23 viernes
Blanco
EN GUADALAJARA
Memoria (Anticipada) de
SAN FRANCISCO DE SALES,
Obispo y Doctor de la Iglesia
MR pp. 667 y 909 [682 y 948] / Lecc. I p. 524
Fue esencialmente un pastor de almas (1567-1622). Fue misionero
y después obispo de Ginebra (residente en Annecy), fundó la orden
de las religiosas de la Visitación junto con santa Juana Francisca
Fremiot de Chantal. Se hizo todo a todos por medio de la palabra
hablada y escrita, y mantuvo conversaciones teológicas con los
protestantes. Se preocupaba de todos, pequeños y grandes, y
puso al alcance de todos ellos la vida espiritual.
ANTÍFONA DE ENTRADA Sal 36, 30-31
La boca del justo proclama la sabiduría, y su lengua
manifiesta lo que es verdadero. Porque la ley de su Dios
está en su corazón.
ORACIÓN COLECTA
Dios nuestro, que para la salvación de las almas quisiste
que el obispo san Francisco de Sales se hiciera todo para
todos, concédenos que, a ejemplo suyo, mostremos siempre la
mansedumbre de tu amor en el servicio a los hermanos. Por
nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la
unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
PRIMERA LECTURA
[No pondré la mano sobre el ungido del Señor.]
Del primer libro de Samuel 24, 3-21
En aquellos días, Saúl tomó consigo tres mil hombres valientes
de todo Israel y marchó en busca de David y su gente, en dirección
de las rocas llamadas “las Cabras Monteses”, y llegó hasta donde
había un redil de ganado, junto al camino. Había allí una cueva,
y Saúl entró en ella para satisfacer sus necesidades.
David y sus hombres estaban sentados en el fondo de la cueva.
Ellos le dijeron: “Ha llegado el día que te anunció el Señor, cuando
te hizo esta promesa: ‘Pondré a tu enemigo entre tus manos, para
que hagas con él lo que mejor te parezca’ ”.
David se levantó sin hacer ruido y cortó la punta del manto
de Saúl. Pero a David le remordió la conciencia por haber
cortado el manto de Saúl y dijo a sus hombres: “Dios me
libre de levantar la mano contra el rey, porque es el ungido
del Señor”. Con estas palabras contuvo David a sus hombres
y no les permitió atacar a Saúl.
Saúl salió de la cueva y siguió su camino. David salió detrás
de él y le gritó: “Rey y señor mío”. Y cuando Saúl miró hacia
atrás, David le hizo una gran reverencia, inclinando la cabeza
hasta el suelo, y le dijo: “¿Por qué haces caso a la gente que dice:
‘David trata de hacerte mal’? Date cuenta de que hoy el Señor te
puso en mis manos en la cueva y pude matarte, pero te perdoné la
vida, pues me dije: ‘No alzaré mi mano contra el rey, porque es
el ungido del Señor’. Mira la punta de tu manto en mi mano. Yo
la corté y no te maté. Reconoce, pues, que en mí no hay traición
y que no he pecado contra ti. Tú, en cambio, andas buscando la
ocasión de quitarme la vida. Que el Señor sea nuestro juez, y que
él me haga justicia. Yo no alzaré mi mano contra ti, porque como
dice el antiguo proverbio: ‘Los malos obran mal’. ¿Contra quién
has salido a guerrear, rey de Israel? ¿A quién persigues? A un
perro muerto, a una pulga. Que el Señor sea el juez y nos juzgue
a los dos. Que él examine mi causa y me libre de tu mano”.
Cuando David terminó de hablar, Saúl le respondió: “¿Eres
tú, David, hijo mío, quien así me habla?” Saúl rompió a
llorar, y levantando la voz, le dijo: “Tú eres más justo que
yo, porque sólo me haces el bien, mientras que yo busco tu
mal. Hoy has demostrado conmigo tu gran bondad, pues el
Señor me puso en tus manos, y tú no me has quitado la vida.
¿Qué hombre, que encuentra a su enemigo, le permite seguir
su camino en paz? Que el Señor te recompense por lo que
hoy has hecho conmigo. Ahora estoy cierto de que llegarás
a ser rey y de que el reino de Israel se consolidará en tus
manos”. Palabra de Dios.
SALMO RESPONSORIAL del salmo Sal 56
R. Señor, apiádate de mí.
Apiádate de mí, Señor, apiádate, pues en ti me refugio; me
refugio a la sombra de tus alas hasta que pase el infortunio. R.
Voy a clamar al Dios altísimo, al Dios que me ha colmado de
favores; desde el cielo, su amor y su lealtad me salvarán de mis
perseguidores. R.
Señor, demuestra tu poder y llénese la tierra de tu gloria;
pues tu amor es más grande que los cielos y tu fidelidad las
nubes toca. R.
ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO 2 Cor 5, 19
R. Aleluya, aleluya.
Dios ha reconciliado consigo al mundo, por medio de Cristo, y
nos ha encomendado a nosotros el mensaje de la reconciliación.
R. Aleluya.
EVANGELIO
[Jesús llamó a los que él quiso, para que se quedaran con él.]
Del santo Evangelio según san Marcos 3, 13-19
En aquel tiempo, Jesús subió al monte, llamó a los que él
quiso, y ellos lo siguieron. Constituyó a doce para que se
quedaran con él, para mandarlos a predicar y para que tuvieran
el poder de expulsar a los demonios.
Constituyó entonces a los Doce: a Simón, al cual le impuso el
nombre de Pedro; después, a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo,
a quienes dio el nombre de Boanergues, es decir «hijos del
trueno»; a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago
el de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y a Judas Iscariote, que
después lo traicionó. Palabra del Señor.
REFLEXIÓN: Es de gran interés y de suma
importancia el detalle introductorio con que empieza
el evangelio, como prólogo a la institución de los Apóstoles:
«Jesús subió a un monte». Los montes en la Biblia, más
que accidentes topográficos, son lugares de «teofanía»,
es decir, de presencia y revelación de Dios. Con esta
cuidadosa elección de los «Doce», Jesús demuestra su
intención de prepararlos para ser guías y pilares del
futuro pueblo de Dios, que es su Iglesia. Es por eso
que Él los asocia estrechamente a su vida y a su
misión. Él los envía a predicar, con poder de expulsar
incluso a los demonios.
ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Por esta ofrenda de salvación que te presentamos, Señor,
enciende nuestro corazón con aquel divino fuego del Espíritu
Santo con el que de manera admirable inflamaste el corazón lleno
de mansedumbre de san Francisco. Por Jesucristo, nuestro Señor.
ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Cfr. Sal 1, 2-3
El que día y noche medita la ley del Señor, al debido tiempo
dará su fruto.
ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
Concédenos, Dios todopoderoso, que, por este sacramento
que acabamos de recibir, imitando en la tierra la caridad y la
mansedumbre de san Francisco, consigamos también la gloria
del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor.




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