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Crónica del L aniversario sacerdotal del cardenal José Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara

Pbro. Francisco Valentín Zárate Pérez[1]

 

Este acontecimiento se vivió con gran gozo

 en la arquidiócesis de Guadalajara,

dando gracias a Dios por el

ministerio del obispo diocesano.

 

 

El lunes 20 de julio del 2026 culminó el Año Jubilar Sacerdotal que se vivió en la arquidiócesis de Guadalajara, con la solemne misa en la que se celebraron los 50 años de ordenación presbiteral del cardenal José Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara, en el Santuario de los Mártires Mexicanos, en el Cerro del Tesoro, en Tlaquepaque. La emotiva celebración reunió a obispos, presbíteros, religiosos y religiosas, seminaristas y fieles de diferentes partes del país.

El cardenal Robles Ortega realizó sus estudios en el Seminario Menor de Autlán, cursó Filosofía en el Seminario Mayor de Guadalajara y Teología en el Seminario de Zamora. Fue ordenado sacerdote el 20 de julio de 1976 para la Diócesis de Autlán, por el monseñor José Maclovio Vázquez Silos, obispo de Autlán. 50 años después conmemoramos este acontecimiento.

 

Preparación de la ceremonia

 

Aparte del trabajo pastoral realizado en este Año Jubilar Sacerdotal, el festejo por los 50 años de ministerio del arzobispo implicó muchos preparativos, tanto para la solemne eucaristía como para el posterior momento de convivencia.

Para la misa se mandaron hacer palias, corporales y purificadores bordados con el escudo del cardenal Robles Ortega. La Catedral prestó 30 cálices. En el Santuario de los Mártires se acondicionaron tres sacristías: una para los cardenales, otra para los obispos y otra para los presbíteros. También se mandaron hacer 550 casullas en España, para los obispos y presbíteros, con un diseño exclusivo, elaboradas por la empresa Karelia Arte Sacra, con sede en Zaragoza. Las monjas dominicas del Monasterio de Santa María de Gracia confeccionaron el juego de ornamentos que utilizará el arzobispo de Guadalajara y los diáconos, y diez casullas más. Las hermanas Brígidas del Santuario de los Mártires se encargaron de la disposición de todos los ornamentos y vasos sagrados para la misa.

En el retablo del recinto fue colocada una copia de la imagen de Nuestra Señora de los Dolores, patrona de Mascota, Jalisco, el pueblo natal del cardenal. La imagen es el regalo del presbiterio de Guadalajara a su arzobispo, y fue realizada por el escultor Rosendo Castañeda Molina y cinco ayudantes más, en madera de sabino y parota, mide 1.60 m. y su elaboración tardó cuatro meses. Los arreglos florales fueron realizados por José Adrián Trejo y un equipo de cinco personas más, utilizando 36 jarrones de Tonalá; la mayoría de las flores fueron donadas por una familia de Toluca, amigos del cardenal.

 

Inicio de la misa

 

Se estima que a esta celebración acudieron unos 8 mil fieles. Acudieron 53 obispos y unos 500 sacerdotes. También estuvieron los parientes del cardenal Robles Ortega. Entre las autoridades civiles estaban el jefe de gabinete del gobierno, Alberto Esquer Gutiérrez, como representante del gobernador de Jalisco, Jesús Pablo Lemus Navarro, y la presidenta municipal de Guadalajara, Verónica Delgadillo García, además de otros presidentes municipales.

A las 11:00 horas comenzó la celebración, con el canto de la Schola Cantorum del Seminario de Guadalajara, un grupo de voces blancas de la Escuela Superior de Música Sagrada y un quinteto de metales, dirigidos por el maestro Carlos Gálvez, y teniendo como director para la asamblea al presbítero Miguel Ángel Silvestre Valdez. Para la entrada se entonaron los cantos Iré a buscar a mis ovejas (Carlos Gutiérrez Quezada) y Tu es sacerdos (Valentino Miserachs). El esquema utilizado para los cantos del Ordinario fue el de la Missa Choralis, de Licino Refice.

En la procesión de entrada participaron los vicarios episcopales de la diócesis, algunos miembros de la curia diocesana, el vicerrector del seminario, algunos otros sacerdotes invitados especiales, los canónigos del Venerable Cabildo Catedralicio y los señores obispos que acompañaron al cardenal Robles Ortega. Al presbiterio accedieron los obispos, los tres diáconos que asistieron al celebrante y los miembros del servicio al altar, y, colocados en sitio aparte, los siguientes sacerdotes: el señor cura Jesús García Zamora, vicario general de la arquidiócesis de Guadalajara, el presbítero Benjamín Aguirre Barba, quien presta su servicio en la Curia Romana como oficial del Dicasterio para la Cultura y la Educación, y el presbítero Juan Carlos Lupercio Gómez, vicerrector del seminario.

 

Mensaje del papa León XIV

 

Después del saludo inicial, todos tomaron asiento para escuchar la lectura de un mensaje del papa León XIV, leído por monseñor Joseph Spiteri, nuncio apostólico en México:

 

A nuestro venerable hermano

José Francisco,

Cardenal de la Santa Iglesia Romana,

Robles Ortega,

Arzobispo Metropolitano de Guadalajara,

 

quien celebra felizmente las Bodas de Oro de su Ordenación Presbiteral: le felicitamos cordial y fraternalmente por su diligente actividad llevada a cabo con gran esmero en las comunidades de Toluca, Monterrey y Guadalajara; por su solicitud apostólica, así como, por su prudente ministerio de profunda espiritualidad ejercido ante la Curia Romana y la Conferencia del Episcopado Mexicano, con el cual ha demostrado una fidelidad filial hacia la Iglesia y su Magisterio, e igualmente hacia Nos, que por voluntad del Señor ejercemos el ministerio petrino.

Al mismo tiempo que le deseamos todo lo mejor, buena salud y abundancia de gracias celestiales en la predicación del Evangelio, impartimos con gratitud y afecto nuestra bendición apostólica, por intercesión de la bienaventurada Virgen María, de su esposo San José, de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, para él, para su rebaño y para sus seres queridos.

Palacio Vaticano, día XXIX del mes de junio, en la solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, del año MMXXVI.

 

Papa León XIV

 

Texto original latino

 

Venerabili Fratri Nostro

Francisco S.R.E. Card. Robles Ortega

Archiepiscopo Metropolitae Guadalaiarensi

 

aureum ordinationis presbyteralis iubilaeum feliciter celebranti, diligentem quidem navitatem in communitatibus Tolucensi, Monterreyensi et Guadalaiarensi enixe expletam, apostolicam quidem sollicitudinem eiusque prudens atque altae spiritalitatis peractum ministerium apud Curiam Romanam et Conferentiam Episcoporum Mexicanam, quo monstravit filialem fidelitatem erga Ecclesiam eiusque Magisterium itidemque in Nos, qui Domini ex voluntate munus Petrinum gerimus, comiter ac fraterne gratulamur. Cui dum optima quaeque ominamur una cum bona valetudine et caelestium gratiarum copia in praedicando Evangelio, Apostolicam Nostram Benedictionem, per intercessionem Beatae Mariae Virginis eiusque Sponsi s. Ioseph atque ss. Petri et Pauli, apostolorum, ei eiusque gregi ac propinquis grate amanterque impertimur.

Ex Aedibus Vaticanis, die XXIX mensis Iunii, in sollemnitate Ss. Petri et Pauli, apostolorum, anno MMXXVI.

 

[Aplauso de la asamblea] Tras la lectura del mensaje, el nuncio abrazó al cardenal Robles Ortega, que respondió con las siguientes palabras: «Señor nuncio, don Joseph Spiteri, haga llegar al Papa, de mi parte, un profundo agradecimiento por este mensaje tan fraterno, tan cercano y sobre todo por su oración. Hermanos, hermanas, los invito a que en esta eucaristía hagamos una intención muy especial por el papa León XIV y que le reiteremos siempre nuestra comunión y fidelidad a su persona y magisterio como sucesor de Pedro, que nos mantengamos siempre en comunión con él en la fe y en la oración».

 

Ritos iniciales y lecturas

 

Acto seguido el cardenal Robles Ortega invitó a los presentes a ponerse de pie y dirigió el acto penitencial, tras lo cual la Schola Cantorum entonó el Kyrie eleison y el Gloria; luego se hizo la oración colecta: «Padre santo, Tú me has elegido, no por méritos míos, a participar del eterno sacerdocio de Cristo en el servicio de tu Iglesia, concédeme anunciar tu Evangelio con humildad y valentía, y administrar con fidelidad tus sacramentos. Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos» (se utilizó la misa Por el sacerdote celebrante, esquema C: En el aniversario de la propia ordenación).

El esquema de las lecturas, Cristo, Sumo Sacerdote y fuente del ministerio episcopal, fue elegido porque profundiza en la raíz sacramental y espiritual del episcopado, elección gratuita de Dios, cuyo culmen está en la amistad con Cristo. La primera lectura, proclamada por una pariente del cardenal, fue tomada del libro del profeta Jeremías (1, 4-9): Antes de formarte te conocía.

Enseguida el seminarista Luis Fernando González González, de tercero de Teología, entonó el Salmo 39 (arreglo del maestro Carlos Gálvez): Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

La segunda lectura, proclamada por una pariente del cardenal, fue tomada de la Carta a los Hebreos (5, 1-10): Tú eres sacerdote eterno como Melquisedec.

A continuación, el coro entonó el Festival Alleluia de James Chepponis, antes del evangelio, que fue proclamado por el diácono Antonio Dávila Rodríguez, y se leyó el pasaje del evangelio de san Juan (15, 9-17): No son ustedes los que me han elegido. Después de la lectura, se entonó nuevamente el Aleluya, el evangeliario le fue llevado al celebrante, que besó el libro y con él impartió la bendición a la asamblea. A continuación, el cardenal dirigió la siguiente homilía:

 

Homilía del arzobispo de Guadalajara

 

Hermanos cardenales, hermanos arzobispos y obispos, hermanos presbíteros, hermanas consagradas, hermanos consagrados, hermanas, hermanos en el sacerdocio bautismal. Muy amados todos en Jesucristo Nuestro Señor:

Al llegar al Pentecostés de mi vida sacerdotal, cuando el Señor me concede celebrar cincuenta años de ministerio, mi primer sentimiento no puede ser otro que la gratitud. Gratitud a Dios, que me llamó; gratitud a la Iglesia, que me acogió; gratitud a tantas personas que, de una u otra manera, han acompañado mi camino.

Confieso que siempre he considerado difícil hablar de la propia vocación, porque la vocación pertenece al misterio mismo de Dios antes que a nuestros méritos. Cada llamada es una historia que comienza mucho antes de que nosotros seamos conscientes de ella. Por eso, más que hablar de mí mismo, quisiera hablar de la fidelidad del Señor y la obra que ha realizado en mi historia.

Cuando contemplo estos cincuenta años, vienen a mi memoria las grandes historias vocacionales de la Escritura. Pienso en Abraham, llamado a salir de su tierra y a caminar sostenido únicamente por la promesa de Dios. Su existencia siempre estuvo marcada por la confianza. Él no conocía el camino completo, pero conocía a Aquel que lo llamaba. Quizá toda llamada sea, en el fondo, una prolongación de aquella primera peregrinación de la fe.

También el Sacerdote avanza muchas veces sin conocer todas las etapas del camino, pero sostenido por la certeza de que Dios permanece fiel.

Pienso también en el joven Samuel, que aprendió a reconocer la voz de Dios en medio de la noche y respondió con aquellas palabras sencillas y luminosas: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». En efecto, el mismo nombre de Samuel contiene su misión: Samuel significa «el que escucha a Dios», y, con la gracia de Dios, «el que es escuchado por Dios». Con el paso de los años he comprendido que toda vocación consiste precisamente en eso: aprender a escuchar. Escuchar cuando la voz del Señor es clara y también cuando parece resonar en el silencio. Escuchar en la oración, escuchar en la liturgia, en los acontecimientos de la vida y en el rostro concreto de las personas que el Señor pone en nuestro entorno.

En este contexto agradezco, en primer lugar, a Dios, que me ha llamado y me ha bendecido con el don de una familia en la que he aprendido a vivir en la simplicidad de la fe, in simplicitate fidei. Por eso, también hoy doy gracias a mi familia. Ninguna vocación nace aislada. La llamada de Dios necesita un terreno donde pueda germinar. Necesita una familia donde la fe sea vivida con sencillez. Por ello, doy gracias a mi familia, porque fue allí donde aprendí a escuchar por primera vez la voz del Señor.

Con el mismo espíritu de gratitud, recuerdo los años de formación en el Seminario. El Señor quiso conducirme por diversos caminos y hacerme experimentar la riqueza de varias Iglesias particulares. A los doce años llegué al Seminario de Tepic; más tarde, por circunstancias que entonces me parecían simplemente accidentales y que hoy reconozco providenciales, continué mi formación en los seminarios de Autlán, Guadalajara y Zamora. En todos ellos he tenido la gracia de encontrar hermanos y amigos, compañeros de camino con quienes he compartido alegrías, preocupaciones, esperanzas y el servicio al Pueblo de Dios. Doy gracias por todos mis formadores y maestros, quienes, con su testimonio silencioso y dedicación constante, contribuyeron a la maduración de mi vocación y me enseñaron a amar a la Iglesia. Cada una de esas etapas dejó una huella imborrable en mi vida y me permitió descubrir la solicitud con la que cada Obispo cuida la formación de sus futuros pastores. Con el paso de los años he comprendido que aquellas experiencias, lejos de ser episodios aislados, formaban parte de un mismo designio de amor con el que el Señor iba preparando mi camino.

Con especial afecto, agradezco a mi diócesis de origen, Autlán, donde recibí el don de la vocación y aprendí los primeros pasos del ministerio sacerdotal.

Del mismo modo, doy gracias a las diócesis de Toluca, Monterrey y Guadalajara, en las que Cristo, el Buen Pastor, me ha concedido ejercer el ministerio episcopal. Al mirar este itinerario, descubro que lo que en cada momento parecía una interrupción de un proyecto pastoral o un cambio inesperado formaba parte de un mismo designio providencial. El Señor me permitió conocer la riqueza de distintos presbiterios, la diversidad de los carismas y la belleza de la comunión eclesial. En cada una de estas comunidades diocesanas he experimentado la riqueza de la comunión, la fraternidad sacerdotal, el calor de la amistad y, ciertamente, he recibido mucho más de lo que he podido ofrecer y he confirmado la fidelidad de Dios, quien no se deja ganar en generosidad.

Mirando estos cincuenta años, comprendo que el Señor ha querido mostrar su fidelidad a través de innumerables rostros, amistades y comunidades que han sostenido mi camino y me han permitido experimentar la alegría de pertenecer a la gran familia de Dios. En este sentido, reconozco que la vocación no es una tarea que realizamos para Dios, sino una obra que Dios realiza en nosotros. Sí, nosotros respondemos; pero Él sostiene. Nosotros ofrecemos nuestras manos; Él concede la gracia. Nosotros experimentamos nuestra fragilidad; Él manifiesta su fidelidad y fortaleza, como señaló el papa Benedicto XVI el día de su elección: «me consuela el hecho de que el Señor sabe actuar y trabajar también con instrumentos insuficientes».

Por eso, al mirar hacia atrás, no veo únicamente los años transcurridos, ni los lugares recorridos, ni las responsabilidades asumidas. Veo sobre todo la paciencia de Dios, la discreta y eficaz compañía de su gracia en cada etapa de mi ministerio. Y si tuviera que resumir en una sola palabra lo que estos cincuenta años significan para mí, elegiría precisamente ésta: fidelidad. No tanto la mía, siempre limitada e imperfecta, sino la de Dios.

Por eso, en esta Eucaristía, deseo unirme a la oración de acción de gracias que brota del Evangelio: Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra. Te doy gracias por el don inmerecido de la vocación. Te doy gracias por la Iglesia que me permitió crecer, servir y aprender a caminar junto al Pueblo de Dios. Al celebrar este aniversario sacerdotal, hago mías aquellas palabras de san Agustín que han acompañado durante siglos el ministerio de los pastores de la Iglesia: Para ustedes soy obispo; con ustedes soy cristiano. Lo primero expresa una responsabilidad recibida; lo segundo, una gracia compartida. Como todos los bautizados, también yo soy discípulo antes que pastor, destinatario de la misericordia de Dios antes que ministro de ella. Por eso doy gracias por todas las personas que he encontrado en el camino, por las alegrías y también por las pruebas, porque en todas ellas he podido experimentar la presencia fiel del Señor.

Y mientras doy gracias por el pasado, confío también el futuro a las manos de Dios y me encomiendo a su oración, la oración de la comunidad diocesana por su Pastor y por su hermano. La vocación y la misión no terminan mientras el Señor siga concediéndonos la gracia de servir. Por eso, después de cincuenta años sigo comprendiendo que el sacerdote nunca termina su formación, porque permanece siempre no como dueño, sino como servidor de los misterios de Dios y aprende continuamente de la fe sencilla y profunda de su pueblo; que el discípulo nunca deja de escuchar, porque la Palabra del Señor no envejece, sino que conserva siempre la frescura de la aurora y la fuerza de una semilla capaz de abrir nuevos horizontes en el corazón. Quien ha sido tocado por ella sabe que nunca termina de comprenderla del todo y que cada día está llamado a escucharla de nuevo con humildad y asombro.

Y, a medida que pasan los años, he llegado a comprender que toda llamada vocacional participa de lo que me gusta llamar el Evangelio de la vocación.

El Evangelio de la vocación es, en el fondo, el relato de la paciencia de Dios, como lo observamos a lo largo de las páginas de la Sagrada Escritura. En la historia de Abraham que se pone en camino sostenido por una promesa; de Samuel que aprende a reconocer la voz del Señor en medio de la noche; de Jeremías que descubre que ha sido conocido y amado por Dios antes de nacer, de Pedro que, a pesar de su fragilidad, vuelve una y otra vez a confiar en la palabra de Cristo. Es también la historia de tantos discípulos que, a través de los siglos, han escuchado la misma voz y han confiado en la misma promesa.

Pero el Evangelio de la vocación alcanza su expresión más luminosa en María de Nazaret. En ella contemplamos la belleza de una respuesta plenamente disponible a la iniciativa de Dios. Su hágase en mí según tu palabra, no fue solamente la aceptación de una misión particular, fue la entrega de toda una vida al designio divino. En María descubrimos que la vocación florece allí donde la confianza es más fuerte que la incertidumbre y donde la fe se convierte en disponibilidad para que Dios realice su obra.

Y, por encima de todos, contemplamos a Jesucristo, en quien cada vocación encuentra su origen y su plenitud. Él es el llamado y el enviado del Padre.

Toda su existencia estuvo orientada por un único deseo: cumplir la voluntad de Aquel que lo había enviado. Desde Nazaret hasta el Calvario, su vida fue una respuesta ininterrumpida de amor y obediencia filial. Por eso, toda vocación cristiana, y particularmente la vocación sacerdotal, encuentra en Cristo no sólo su fuente, sino también su modelo. Aprendemos a responder porque antes hemos contemplado cómo respondió Él; aprendemos a entregamos porque antes hemos visto cómo se entregó Él.

En efecto, las lecturas que hoy hemos proclamado iluminan de manera admirable este misterio. La Carta a los Hebreos nos recuerda que nadie se atribuye por sí mismo el honor del sacerdocio, sino que es Dios quien llama y constituye a sus servidores para el bien de su pueblo. La figura de Melquisedec, quien bendice a Abraham y alaba al Dios Altísimo por sus maravillas, anticipa así el misterio de Cristo, sacerdote para siempre. Y Cristo, sacerdote según el orden de Melquisedec, hace partícipes de su sacerdocio a quienes llama a su servicio. El Evangelio nos ha permitido escuchar una vez más las palabras del Maestro: «No son ustedes los que me han elegido; soy yo quien los he elegido». En ellas se encuentra condensada la verdad más profunda de toda llamada: antes de nuestra respuesta, siempre está la iniciativa de Dios; antes de nuestro amor está siempre su amor; antes de nuestra fidelidad está siempre la fidelidad de Aquel que nos llamó por nuestro nombre. A la luz de la Palabra proclamada podemos decir que el sacerdote está llamado a ser, ante todo, el hombre de la bendición: el Sacerdote es el hombre que comunica al pueblo la abundancia de la bendición de Dios y que, al mismo tiempo, eleva continuamente su acción de gracias y su alabanza a Dios por sus hazañas, por sus acciones, por su misericordia, por su grandeza. También hoy, después de cincuenta años de ministerio, una de las palabras que mejor expresa mi sentimiento en esta celebración es precisamente ésta: bendición; bendecir a Dios por su fidelidad y bendecir a su pueblo en su Nombre.

Después de cincuenta años de sacerdocio y de ministerio episcopal, puedo decir que he intentado vivir humildemente este Evangelio de la vocación: escuchar la voz del Señor cuando llama, seguirlo por caminos inesperados y confiar en Él cuando las fuerzas parecen insuficientes. Porque, al final, la vocación no es ante todo la historia de nuestra fidelidad a Dios, sino la historia, siempre más grande, siempre más sorprendente y siempre más bella de la fidelidad de Dios a nosotros. Y he comprendido que la vocación no es un acontecimiento que pertenece al pasado, sino que es una gracia que se renueva cada mañana. El Señor, que un día llamó, continúa llamando; el Señor, que un día envió, continúa enviando; el Señor, que un día sostuvo, continúa sosteniendo con la misma paciencia y ternura.

Y también es la historia de tantas etapas, personas y comunidades que, cuando se contemplan aisladamente, parecen carecer de relación entre sí, pero que, vistas a la luz de la fe, revelan una sorprendente unidad. Con el paso de los años he aprendido que Dios escribe la historia de cada vocación con una paciencia admirable y con una sabiduría que supera nuestros proyectos. Sólo al mirar hacia atrás descubrimos que existía un hilo conductor invisible, una lógica de amor y de providencia que daba sentido a cada paso y que nos permitía reconocer que, desde el principio, era Él quien conducía el camino.

Y quisiera dirigir una palabra particular a mis hermanos sacerdotes. Queridos hermanos: antes de ser ministros, somos discípulos; antes de hablar de Cristo, escuchémoslo; antes de conducir al pueblo de Dios, caminemos detrás del único Pastor. No permitamos que la costumbre apague el asombro de la vocación ni que las fatigas del camino oscurezcan la alegría del Evangelio.

Permanezcamos cada día a los pies del Maestro, porque solo quien persevera como discípulo puede servir auténticamente como pastor. Sigamos viviendo nuestro ministerio como hombres de la bendición. Anunciemos con nuestro testimonio el Evangelio de la vocación.

Que el Señor nos conceda perseverar con corazón agradecido y espíritu humilde, hasta el día en que la fe se transforme en posesión, la esperanza en plenitud y el amor en comunión perfecta. Entonces podremos comprender que toda nuestra vida no ha sido otra cosa que una constante y bendita respuesta a la voz de Aquel que nos llamó por nuestro nombre. Y descubriremos que, desde el principio hasta el final, el verdadero protagonista de la vocación ha sido siempre Dios. Por eso, unidos a la voz del salmista y con la misma disponibilidad de la respuesta de Samuel hoy respondemos: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Que María, Madre de la Iglesia y Madre de los sacerdotes, nos enseñe a conservar en el corazón las maravillas que Dios realiza en nuestra vida. Y que el Señor, que comenzó en nosotros su obra, la lleve a plenitud.

Así sea [Aplauso de la asamblea].

 

Continuación de la misa

 

A continuación, el cardenal Robles Ortega comenzó con la oración universal, y el diácono leyó las preces por la Iglesia, por el obispo diocesano, por la Iglesia local, por los consagrados, por las vocaciones y por todo el pueblo de Dios; la asamblea respondía cantando Oh Señor, escucha y ten piedad.

Al comienzo del ofertorio, diáconos y seminaristas se acercaron al presbiterio con las hostias que serían consagradas y distribuidas en la asamblea. El cardenal bajó del presbiterio para recibir las ofrendas y los diáconos prepararon el altar. El cáliz utilizado fue el mismo que el cardenal utilizó en su cantamisa hace 50 años, restaurado especialmente para la ocasión. En este momento se cantó He descubierto a David (Carlos Gutiérrez Quezada). El cardenal incensó el altar y procedió con la oración super oblata, y luego leyó el prefacio de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. En el altar, al lado del celebrante, se colocaron monseñor Joseph Spiteri (concelebrante número uno), nuncio apostólico en México, el cardenal Carlos Aguiar Retes (concelebrante número dos), arzobispo primado de México, el cardenal Alberto Suárez Inda, arzobispo emérito de Morelia, y el cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, arzobispo emérito de Tegucigalpa.

La Schola Cantorum entonó el Sanctus, y luego se realizó la consagración tomando la Plegaria Eucarística número III. Tras el rezo del Padrenuestro y el signo de la paz, se cantó el Agnus Dei, y luego la asamblea fue invitada a comulgar encomendando las vocaciones y la santidad de los sacerdotes.

La Sagrada Comunión fue distribuida mientras se cantaba Alimento celestial (Emmanuel Ramírez Castellanos), y luego se cantó el Tantum Ergo (José Ruiz Medrano). Después de la reserva del Santísimo Sacramento, el cardenal Robles Ortega rezó la oración de postcomunión: «Por la gloria de tu nombre, Señor, he celebrado con gozo el misterio de la fe en el aniversario de mi ordenación sacerdotal; haz que manifieste con mi vida al Cristo que ofrecí y recibí en este sacrificio. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos».

 

Mensaje de los obispos auxiliares de Guadalajara

 

A continuación, todos tomaron asiento para escuchar el siguiente mensaje de los obispos auxiliares de Guadalajara, monseñor Ramón Salazar Estrada, monseñor Héctor López Alvarado, monseñor Juan Manuel Muñoz Curiel y monseñor Manuel González Villaseñor, este último leyó:

 

Eminentísimo señor cardenal, reciba un fraternal y respetuoso saludo de parte de toda la comunidad eclesial de la arquidiócesis de Guadalajara, especialmente de los agentes de pastoral laicos, de los miembros de la vida consagrada, de sus seminaristas, sus presbíteros, sus obispos auxiliares ―¡Sus queridos obispos auxiliares!―.

Nos dirigimos a usted con el corazón lleno de gozo y gratitud al celebrar el don de su vida y de manera muy especial el quincuagésimo aniversario de su ordenación presbiteral, 50 años de fidelidad y entrega al servicio de la Iglesia, en la simplicidad de la fe, que son un testimonio vivo del amor de Dios en medio de nosotros.

Queremos expresar nuestro más sincero agradecimiento por la oportunidad que esta dichosa efeméride nos ha brindado para detenernos a recordar, reflexionar y profundizar la gracia y el misterio del don del sacerdocio.

Queremos expresar nuestro más sincero agradecimiento y también decir que su aniversario ha sido una ocasión para ponderar el sacerdocio común de los fieles, participado a todos nosotros por la gracia del Bautismo, así como el sacerdocio ministerial, conferido a nuestros pastores por el sacramento del Orden.

A través de esta conmemoración, queremos renovar nuestra conciencia de que ambos sacerdocios, aunque diferentes, están íntimamente ordenados entre sí para el servicio del Pueblo de Dios. Nos ha recordado la urgencia de asumir este llamado en su triple ministerio cristiano.

Queremos agradecer la tarea pastoral de hacer presente a Cristo, cabeza de la Iglesia; la labor, guiada por el Espíritu Santo, en la promoción de los diferentes carismas de servicio al pueblo de Dios, en la vida laical, en la vida religiosa, en la apertura a la misión ad gentes, en la ordenación de diáconos, presbíteros y obispos.

Hoy, la arquidiócesis de Guadalajara quiere ofrecerle dos regalos, el primero una bella imagen que desde muy joven usted veneró en su querido pueblo de Mascota, la imagen de La Dolorosa, esta imagen está aquí al pie de la Cruz ―a la salida la ve, o si quiere párese de una vez para que la vea, a su derecha, ¿le gusta? ¡muy bien! [aplauso de la asamblea]―. En adelante no dejará de acompañarle.

También, un segundo regalo, toda la comunidad, fieles, agentes de pastoral, religiosas, religiosos y sacerdotes, deseamos darle un regalo espiritual [al cardenal Robles Ortega le acercan un cuadro con un ramillete espiritual]. Es una pequeña muestra de la oración, los sacrificios, que tanta gente hace por usted cada día. Señor cardenal [aplausos], le aseguramos nuestras constantes oraciones para que el Señor Jesús, que hace todas las cosas en todos, lo siga bendiciendo, fortaleciendo y colmando de su paz.

Que la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, lo acompañe siempre en su ministerio. Señor cardenal, ¡muchas felicidades! ¡lo queremos! [aplausos de la asamblea].

 

Los obispos auxiliares de Guadalajara felicitaron con un abrazo al arzobispo. El ramillete espiritual dice lo siguiente:

 

Ramillete espiritual con motivo del 50° aniversario sacerdotal del Emmo. Sr. Card. D. José Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara.

Los pastores y ­ fieles de la arquidiócesis de Guadalajara, agradecemos a Dios el don del sacerdocio ministerial derramado en nuestro arzobispo y queremos elevar las siguientes acciones por su santificación:

• 68,919 Eucaristías

• 40,350 Visitas al Santísimo

• 59,520 Comuniones espirituales

• 88,074 Rosarios

• 37,079 Oraciones

• 82,203 Obras de misericordia

• 153,622 Horas de trabajo

 

Mensaje del cardenal José Tolentino de Mendonça, prefecto del Dicasterio para la Cultura y la Educación

 

A continuación, el presbítero Benjamín Aguirre Barba, quien colabora como oficial en el Dicasterio para la Cultura y la Educación, leyó el siguiente mensaje:

 

Dicasterium de Cultura et Educatione

Prot. N. 04953/2026

Ciudad del Vaticano, 20 de julio de 2026

 

A Su Eminencia Reverendísima

Cardenal José Francisco Robles Ortega

Arzobispo de Guadalajara

 

Es con inmensa alegría y con el corazón lleno de gratitud, que le escribo estas palabras para me unirme a su acción de gracias por este maravilloso acontecimiento: sus Bodas de Oro sacerdotales. Cincuenta años de entrega total son, ante todo, un testimonio elocuente de la fidelidad del Señor –que lo llamó y lo ha sostenido– y de su respuesta personal, constante y generosa, para pastorear a su Rebaño.

A lo largo de estas cinco décadas, su ministerio ha sido fecundo y ha dejado una profunda huella en la Iglesia mexicana, primero en sus encargos previos: Autlán, Toluca, Monterrey, la Conferencia del Episcopado Mexicano y hoy, al frente de esa entrañable Arquidiócesis de Guadalajara. Pero también en la Iglesia universal, como parte y miembro de algunos ministerios dentro de la Curia Romana: la Pontificia Comisión para América Latina y el Dicasterio para la Evangelización. Quienes gozamos de su cercanía descubrimos en su persona no solo un claro reflejo del amor de Cristo, Buen Pastor, que con sabiduría pastoral y dedicación paterna, ha guiado y fortalecido la fe y la esperanza de sus fieles y de sus sacerdotes, sino que también, somos testigos de alguien que, como lo dijo el papa León XIV a los obispos españoles en su reciente visita, ha comprendido que «el corazón humano no se colma acumulando experiencias, posibilidades o seguridades provisorias, [sino que] se colma cuando descubre una llamada, cuando comprende que la vida llega a plenitud sólo si es donada» (Encuentro con los obispos de España, Sede de la Conferencia Episcopal, Madrid, 8 de junio de 2026).

Por ello mismo, en el marco de esta feliz conmemoración, quiero aprovechar también para darle las gracias de una manera muy personal. Como Prefecto del Dicasterio que presido, deseo expresarle mi sincero reconocimiento por el valioso don que significan los varios sacerdotes de Guadalajara que, desde hace ya algunos años, han venido colaborando en este y en otros Dicasterios de la Santa Sede. Que los comparta con nosotros es una muestra de su amor, su compromiso y su premura para con la Iglesia universal.

Querido Hermano, le pido al Señor que le siga concediendo salud, fortaleza y esa paz profunda, serena, que solo Él puede dar, para que continúe guiando a su grey con la misma alegría del primer día. Y que Nuestra Señora de Zapopan –a la que usted tanto ama– lo cubra siempre con su manto y le conceda así, su maternal cuidado, auxilio y protección.

Reciba un abrazo fraterno, acompañado de mi oración constante y mi más sincero afecto en el Señor.

José Tolentino Card. de Mendonça

Prefecto

[Sello]

 

El presbítero Benjamín abrazó al cardenal y le entregó el mensaje por escrito, mientras la asamblea aplaudía.

 

Agradecimiento del cardenal Robles Ortega

 

Quiero, al nombrar a mis hermanos arzobispos, obispos, cardenales, agradecerles su presencia en este acontecimiento de acción de gracias y su unión a mi persona con esta intención de agradecer al Señor el don del sacerdocio. Voy a nombrarlos y les voy a pedir que al final, al final de la lista les brindemos un fuerte y caluroso aplauso [aplausos] ―al final, al final de la lista, no al final de mis palabras―.

 

1.     Monseñor Joseph Spiteri, nuncio apostólico en México.

2.     Cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo emérito de la arquidiócesis primada de México. 

3.     Cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, SDB., arzobispo emérito de la Arquidiócesis de Tegucigalpa (Honduras). 

4.     Cardenal Carlos Aguiar Retes, arzobispo primado de México.

5.     Cardenal Alberto Suárez Inda, arzobispo emérito de Morelia [por error no se mencionó].

6.     Monseñor Rogelio Cabrera López, arzobispo de Monterrey.

7.     Monseñor Jorge Alberto Cavazos Arizpe, arzobispo de San Luis Potosí. 

8.     Monseñor Juan María Huerta Muro, OFM., obispo de Xochimilco, Ciudad de México. 

9.     Monseñor Javier Navarro Rodríguez, obispo emérito de Zamora, Michoacán. 

10.  Monseñor Francisco Figueroa Cervantes, obispo auxiliar de Zamora, Michoacán. 

11.  Monseñor Jaime Calderón Calderón, arzobispo de León. 

12.  Monseñor Ramón Castro Castro, obispo de Cuernavaca, Morelos; presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano. 

13.  Monseñor Carlos Briseño Arch, OAR., obispo de Veracruz. 

14.  Monseñor Jorge Cuapio Bautista, obispo de Iztapalapa, Ciudad de México. 

15.  Monseñor Hilario González García, obispo de Saltillo, Coahuila. 

16.  Monseñor José Eugenio Ramos Delgado, obispo Auxiliar de Monterrey. 

17.  Monseñor José Trinidad Zapata Ortiz, obispo de Papantla. 

18.  Monseñor Jonás Guerrero Corona, obispo Emérito de Culiacán. 

19.  Monseñor Luis Manuel Pérez Raygoza, obispo auxiliar de la arquidiócesis primada de México. 

20.  Monseñor Rutilo Felipe Pozos Lorenzini, obispo de Ciudad Obregón, Sonora. 

21.  Monseñor Luis Alfonso Tut Tun, obispo auxiliar de Antequera, Oaxaca. 

22.  Monseñor Ruy Rendón Leal, arzobispo de Hermosillo, Sonora. 

23.  Monseñor Francisco Javier Chavolla Ramos, obispo emérito de Toluca, Estado de México.

24.  Monseñor Leopoldo González González, arzobispo de Acapulco, Guerrero. 

25.  Monseñor Engelberto Polino Sánchez, obispo de Tepic. 

26.  Monseñor Gerardo Díaz Vázquez, obispo de Colima, Colima. 

27.  Monseñor Herculano Medina Garfias, obispo de Ciudad Guzmán. 

28.  Monseñor Eduardo Muñoz Ochoa, obispo de Autlán de Navarro. 

29.  Monseñor Rafael Sandoval Sandoval, obispo emérito de Autlán, Jalisco. 

30.  Monseñor José Francisco González González, arzobispo de Tuxtla. 

31.  Monseñor Andrés Sainz Márquez, obispo de la Prelatura del Nayar. 

32.  Monseñor José Leopoldo González González, obispo de San Juan de los Lagos. 

33.  Monseñor Trinidad Antonio Márquez Guerrero, obispo auxiliar de San Juan de los Lagos.  Monseñor Raúl Gómez González, arzobispo de Toluca, Estado de México. 

34.  Monseñor Víctor Sánchez Espinosa, arzobispo de Puebla de los Ángeles, Puebla. 

35.  Monseñor Tomás López Durán, obispo auxiliar de Puebla de los Ángeles. 

36.  Monseñor Francisco Javier Martínez Castillo, obispo auxiliar de Puebla de los Ángeles.

37.  Monseñor Juan Humberto Gutiérrez Valencia, obispo auxiliar emérito de Guadalajara. 

38.  Monseñor José Luis Chávez Botello, arzobispo emérito de Antequera-Oaxaca, Oaxaca. 

39.  Monseñor Alfonso Gerardo Miranda Guardiola, obispo auxiliar de Monterrey; secretario general de la Conferencia del Episcopado Mexicano (2024-2027). 

40.  Monseñor Faustino Armendáriz Jiménez, arzobispo de Durango, Durango. 

41.  Monseñor Cristóbal Ascencio García, obispo de Apatzingán, Michoacán. 

42.  Monseñor Juan Manuel González Sandoval, obispo de Tarahumara, Chihuahua. 

43.  Monseñor Gustavo Rodríguez Vega, arzobispo de Yucatán. 

44.  Monseñor Jorge Carlos Patrón Wong, arzobispo de Xalapa, Veracruz. 

45.  Monseñor Sigifredo Noriega Barceló, obispo de Zacatecas. 

46.  Monseñor Luis Artemio Flores Calzada, obispo Emérito de Tepic. 

47.  Monseñor Ramón Salazar Estrada, obispo auxiliar de Guadalajara. 

48.  Monseñor Juan Manuel Muñoz Curiel, obispo auxiliar de Guadalajara. 

49.  Monseñor Manuel González Villaseñor, obispo auxiliar de Guadalajara. 

50.  Monseñor Héctor López Alvarado, obispo auxiliar de Guadalajara. 

51.  Monseñor Margarito Salazar Cárdenas, obispo de Tampico. 

52.  Monseñor Víctor Cárdenas Caravez, obispo de Tenancingo. 

53.  Monseñor Víctor René Rodríguez Gómez, obispo de Valle de Chalco

 

¡Ahora sí! Les saludamos y agradecemos con un fuerte aplauso [aplausos]. ¡Muchas, muchas gracias! ¡Gracias, hermanos, por su presencia! ¡Muchas gracias, muchas gracias! Quiero agradecer también de manera muy especial a las autoridades civiles que nos acompañan, varios presidentes municipales de los municipios conurbados y de otros municipios, al representante del señor gobernador Pablo Lemus, que es el licenciado Alberto Esquer. Y quiero agradecer a todos los hermanos y hermanas que me acompañan de las diócesis en las que he estado, como hermano, como servidor, como amigo, me refiero a Autlán, me refiero a Toluca, me refiero a Monterrey, y me refiero desde luego a todos los hermanos y hermanas están aquí de la arquidiócesis de Guadalajara. Un aplauso para todos [aplausos]. Quiero nombrar y agradecer de manera muy especial a nuestro querido seminario por todo el apoyo que han prestado a este programa de celebración de agradecimiento a Dios, de manera muy especial teniendo en cuenta que el seminario se encuentra en distintas actividades de misiones, pre-seminarios o algunos otros apostolados; me reportan que hoy solamente pudieron venir 500 [aplausos, risas] ¡bienvenidos y muchas muchas gracias a nuestro querido seminario!

 

Despedida

 

El arzobispo de Guadalajara impartió la bendición solemne, y tras la despedida del diácono, los obispos se acomodaron al frente del presbiterio para la fotografía del recuerdo, mientras la Schola Cantorum entonó Ecce Sacerdos, de Licinio Refice.

 

Servicio al altar

 

La misa estuvo organizada por el señor cura Juan Pablo Godínez Ceja, ceremoniero de la arquidiócesis de Guadalajara; también fungieron como ceremonieros los presbíteros Miguel Ángel Siordia González, Cruz Israel Barrios Guzmán, Christian Chávez González y Jorge Eduardo Luna Hernández, y los seminaristas Gilberto Torres Blanco, Carlos Andrés Fregoso Rodríguez, Oscar Samuel Mora Anguiano y Esaú Antonio Barboza Castillo.

El servicio al altar lo prestaron los diáconos Antonio Dávila Rodríguez (Evangelio), Luis Antonio López Díaz y Yael Buenrostro Casillas Monitores, y de tercero de Teología, los seminaristas Brayant Joel Ornelas Navarro (turiferario), Fernando Tiznado Altamirano (cruciferario), Sergio Daniel Quiroz Jacobo (ceroferario), José Antonio Villa Jauregui (ceroferario), Juan Jesús Rodríguez Chávez (familiar), Luis Antonio Romero García (familiar) y Martín Roberto Sánchez Solorio (acólito); Las moniciones estuvieron a cargo de los seminaristas Elian Ernesto Fernández Robles y Aldo Hernández Márquez.

 

Comida al terminar la misa

 

Los asistentes fueron invitados a pasar a 10 puestos de comida colocados afuera del Santuario de los Mártires, con el apoyo de bienhechores y familias amigas. Hubo tacos de barbacoa, de canasta, al vapor, tostadas, carnitas, tortas ahogadas, flautas, etc. Gracias a los comerciantes del Mercado de Abastos se regaló fruta, y dulces como postre (gracias a la familia Michel de Dulces de la Rosa). El mariachi JalMich amenizó la fiesta con dos horas de música. En la comida participaron unas 3,500 personas.

 

Comida en el Seminario Menor

 

En el Seminario Menor se tuvo otra recepción, en la que participaron los obispos, los parientes del cardenal Robles Ortega, sacerdotes, seminaristas y otros invitados especiales (unos mil asistentes en total). En la explanada de afuera de la capilla se instaló un toldo para los comensales, y otro en la división de la Secundaria Anacleto para la preparación de los platillos. El momento estuvo amenizado por el mariachi femenil Nuevo Tecalitlán.

El señor Hugo Alfonso Robles Ortega, hermano del cardenal, dirigió unas palabras a los invitados, agradeciendo y compartiendo algunos recuerdos: «Mis papas, hermanos, tíos y abuelos apreciábamos tu compañía en aquellos días, contemplando el paisaje verde esmeralda que tanto distingue a ese sitio que te vio nacer, en el Rancho ‘El Troje’, que hasta la fecha tanto disfrutas, te fortalece y descansa. Recuerdo con nostalgia aquellos días después de Nochebuena, que eran para mis papás y nosotros una gran ilusión y emoción: tu llegada a compartirnos alguna novedad, como villancicos que recién habían salido. [Era algo que], sobre todo, mi mamá tanto disfrutaba. Era ella misma quien, con mucho esmero, te guardaba con devoción el recalentado navideño que tanto disfrutabas y agradecías. Tengo un recuerdo, casi palpable, de ver a mi mamá leyendo las cartas que le escribías desde Roma. Debo aclarar que, por aquellos años, en Mascota aún no había teléfono, así que, a pesar de la distancia hasta otro continente, no dejabas de estar en contacto» (extracto).

Después de la bendición de los alimentos, hecha por el señor cura de San Andrés, Santiago Navarro Chávez, se sirvieron los alimentos.



[1] Del clero de Guadalajara, ordenado en 2014.



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