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En el brocal del pozo Pbro. José Marcos Castellón Pérez[1]
El siguiente texto fue leído por su autor el 8 de julio del 2026, durante la XIII Asamblea Diocesana de Pastoral, en el Seminario Menor de Guadalajara. Esta reflexión muestra las realidades a las que se enfrenta la Iglesia y la manera más cristiana y evangélica de abordarlas.
Llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José. Ahí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que venía cansado del camino, se sentó sin más en el brocal del pozo. Era cerca del mediodía. Entonces llegó una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dijo: “Dame de beber”. (Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le contestó: “¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (Porque los judíos no tratan a los samaritanos). Jesús le dijo: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”. La mujer le respondió: “Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?” Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna” (Jn 4,5-14)
1. Sicar
Jesús llega a Sicar, un pueblo de Samaria, aquella región tan cerca geográficamente de Judea y tan lejos en el ámbito religioso y de la cosmovisión judía. En cuanto al contexto geográfico, Samaria está fuera de lo que en el tiempo de Jesús se consideraba la Tierra Santa, aunque no propiamente en lugar de paganos, sí de herejes mestizos: ni solamente asirios ni israelitas, promiscuidad étnica, cultural y religiosa. Por otra parte, el significado etimológico del nombre de Sicar, que podría ser una alteración lingüística de Siquem, significa “ebrio”, “falsedad”, como también “algo obstruido”. Podemos entender desde esta etimología y siempre metafóricamente, que se podría describir situaciones en las que las personas están desconectadas de su fuente, que hay una obstrucción para llegar a lo profundo de la vida y que viven embriagadas de las cosas superfluas y secundarias: dinero, poder, placer, fama, etc. Desde esta perspectiva, la Gran Misión de la Misericordia en su etapa sectorial podría, como Jesús salir de su espacio geográfico para pasar a un espacio mucho más amplio que pudiéramos llamar existencial, incluso aquel que no está marcado por la sensación de pertenencia, que nos es tierra incógnita, aquella marcada por la necesidad, la pérdida de sentido o de aquellos contextos donde pareciera que se apaga la sed de trascendencia, nuestros diversos Sicar. La misión consiste en salir a los espacios que no nos pertenecen, arriesgarnos a ir más allá de lo que comúnmente tenemos como lo “nuestro”. De la misma manera, podemos nosotros, como agentes de pastoral, estar obstruidos de nuestra fuente; obstruidos por nuestros esquemas mentales, nuestros principios ideológicos con barniz de teología y nuestros criterios pastorales de conservación, que nos impiden ser compañeros de camino con todas las personas en cualquier circunstancia, es decir, “caminar sinodalmente” con aquellas realidades que se nos escapan de control.
2. Hora sexta
La hora en la que Jesús llega cansado al brocal del pozo de Jacob es la hora sexta, hora que coincide con la de la condena de Jesús por Pilato (cf Jn 19,14); es la hora del medio día, que aparece simbólicamente, tanto en la Escritura como en la Tradición Patrística, como la hora de la pesadez, de la acedia, del cansancio, del “demonio del medio día”. El cansancio de Jesús es físico, el nuestro es más bien del espíritu. Llegó a la hora sexta, ordinal del seis, número de la imperfección, de aquello que falta, lo incompleto. Por ejemplo, la samaritana ha cohabitado con seis hombres, cinco anteriores del actual, como signo de una relación maltrecha, incapaz de satisfacerle en lo más noble y elevado que es el amor. San Evragio del Ponto enseña que el demonio más difícil de vencer es el de la acedia, el demonio del medio día, de la hora sexta. Vencer la acedia es gracia de una voluntad robusta por el Espíritu, escribía el P. Orbe, uno de los más eminentes patrólogos: «en la hora sexta se hacen los santos». En relación con la misión o a la acción pastoral, el problema de la actualidad no son principalmente los graves retos de la realidad, pues siempre ha sido sumamente desafiante para la evangelización; el problema actual más grave es la acedia, ese gris pragmatismo pastoral, que denunciaba el Papa Benedicto XVI, que nos lleva a una zona de confort, a un programa establecido de lo que siempre se ha hecho, de conformarnos con lo que nos toca, la perspectiva cómoda de aburguesamiento mundano que nos puede caracterizar a algunos clérigos contemporáneos, ya tan acostumbrado a los buenos banquetes, al gimnasio, a las vacaciones, al estilo de vida que no corresponde a la clase social de la que hemos salido. Esa acedia fruto de un activismo sin rumbo, de actividades inconexas, de tediosas reuniones para planear lo que no se hará, pero que entretienen y tranquilizan un poco la conciencia del sentirse atareado. ¡Cuánto celo pastoral nos falta a los evangelizadores! Cuanto entusiasmo y ardor misionero nos falta para salir a los hospitales, visitar las escuelas, acompañar a las madres buscadoras, ir a las fábricas, acompañar los proyectos sociales que pretenden humanizar un poco más... para eso no tenemos tiempo ni voluntad, porque simplemente “no nos toca”. Cito de nuevo al P. Orbe meditando nuestro texto de iluminación: «Nadie da lo que no tiene. Si no siento aquellas aguas que saltan hasta la vida eterna, ¿cómo la van a sentir otros en mí? Yo pediré a otros que te quiten la sed. Iré a predicar en falso un amor que yo no siento». Sería decepcionante entender que la Gran Misión de la Misericordia, en esta etapa sectorial, fuera para acrecentar la de por sí grandísima y compleja estructura diocesana o fincar más grupos parroquiales o, peor aún, aumentar las reuniones; más que proyecto o programa corresponde a un talante misionero que nos hace capaces de salir a los brocales de los pozos donde la gente de hoy va calmar su sed, aquellos quizá donde vamos nosotros de incógnitos y que necesitamos ahí dar testimonio de fe, acompañar las iniciativas. Tener más celo pastoral y menos celos pastorales que matan el carisma, por querer meter toda iniciativa en los límites tan humanos de nuestras estructuras. El ardor apostólico de dejar la zona de confort en la que fácilmente nos instalamos, con una actitud apesadumbrada y negativa frente a la realidad. Quedémonos con Jesús en el brocal del pozo a la espera de la samaritana… no vayamos a proveernos de víveres al mundo, como los apóstoles, ¿acaso no hemos visto cómo sacia el hambre de multitudes con tan solo cinco panes?
3. El pozo
El pozo, más allá de ser un elemento de ingeniería humana para satisfacer la necesidad del agua, tiene un sentido trascendente, pues es un punto de conexión y encuentro entre las personas, los animales (la creación) en un ambiente de vida, pues todos necesitan satisfacer la sed. Es en un pozo donde Jacob conoció a Raquel (Gn 29, 2-14) y Moisés a Débora (Ex 2,15-17). Antes, en los pueblos, el pozo era un lugar común de familiaridad. Pero también el pozo representa, desde las culturas antiguas, el lugar de encuentro con la divinidad. Simbólicamente, entonces, el pozo indica la sabiduría, la búsqueda del conocimiento y de la verdad. A pesar de ello, como el brocal genera un miedo por el vacío, así psicológicamente “el propio pozo” genera inseguridad y miedo ante la profundidad del yo insondable y oscuro, el yo real. En este sentido, según algunas narraciones mitológicas, los malos espíritus pusieron, por envidia, los tesoros más valiosos del hombre en el pozo de su corazón para que, ante el temor de encontrarse consigo mismo en el espejo del agua de su propio pozo, anduviera buscando lo más valioso, la felicidad, fuera de sí. El pozo es el medio para llegar al agua pura, el medio para saciar la sed, la que todos padecemos. Esa sed que nos hace buscar a Dios, como a la cierva corrientes de agua… porque sin Dios quedaríamos como tierra reseca, agostada sin agua, como rezan los salmos. Dice san Agustín: «En esta sequedad, pues, de la vida y de la condición mortal, si no nos fuera rociada de lo alto como una tenuísima brisa de justicia, antes nos secaríamos que llegaríamos a tener sed». El pozo es el símbolo de la búsqueda de lo trascendente, de Aquel que sólo él puede saciar la sed humana, la sed espiritual. Jesús rompe los esquemas culturales, sociales y religiosos al entablar un diálogo con una mujer samaritana, algo totalmente impensable en sus coordenadas. Esta conversación pasa del nivel humano al divino a partir de una necesidad física, la sed, metáfora de una más profunda: del deseo innato de trascendencia, del sentido de la vida, de la búsqueda de la felicidad, del deseo de Dios. No hay prisa de parte de Jesús y tampoco de la samaritana. Esta venía al pozo con el cántaro vacío, con el cansancio del medio día o quizá a la hora en que menos gente hubiera en el pozo para evitar alguna desavenencia con las mujeres actuales de sus maridos pasados. Qué imagen tan impactante la del cántaro vacío, como tantos contextos de la vida, sedientos de Dios, pero vacíos de él. Pero ahí está Jesús, sin prisa, esperándola, en el lugar y en el momento propicio. La etapa sectorial puede ser la oportunidad maravillosa de conectar con “lo espiritual” de cada ser humano en las circunstancias concretas de su vida, inclusive de aquellos que pueden no ser tan religiosos ni practicantes. Esa espiritualidad profunda, búsqueda de sentido, la honesta vivencia de valores humanos trascendentes, el deseo de conocer la verdad y hacer el bien. Más que un camino ya andado es un itinerario a hacerse desde la empatía y de ser capaz de ser compañero del camino de la vida. Beber en el propio pozo de la espiritualidad cristiana llena de signos de vida. Hay todavía en los sectores de nuestra sociedad un vínculo profundo y espiritual: cuando se pide la bendición a personas, cosas o locales, cuando se solicita una misa por algún acontecimiento de la vida, las fiestas de la Virgen de Guadalupe o la visita de la imagen de la Virgen de Zapopan, escuchar a las personas en sus necesidades y angustias colectivas, participar en los comités de vecinos y en la reconstrucción del tejido social, aunque tengamos qué sentarnos atrás y no ser los que dirigen. Un largo etcétera de posibilidades pastorales desde el paradigma de la Encarnación. Jesús se hace sediento para suscitar y saciar la sed del Agua viva. Ese modelo pastoral de acompañamiento o de lo que se ha llamado de engendramiento, de “saber estar”, sin presiones ni prisas, sin programas preestablecidos; no como actividad, sino como actitud vital. Evangelizar sectores y construir ambientes de gracia exigen más un talante que un programa. Jesús no hace proselitismo, simplemente dialoga y pide para ofrecer; se hace necesitado para dar. Esta es la tarea de los agentes laicos y, por ende, también es su hora; lo describe así el Concilio Vaticano II: «A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el Reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios» (LG 31). En este tenor, más adelante subraya: «Los laicos están especialmente llamados a hacer presente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias (¿sectores?) en que sólo puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos» (LG 33). [1] Del clero de Guadalajara, ordenado en 1998. Obtuvo el doctorado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (2004-2008); actualmente presta su servicio como párroco de Ixtlahuacán de los Membrillos, vicario episcopal de San Francisco de Asís en la Ribera de Chapala, profesor del Seminario Mayor de Guadalajara y colaborador en la Vicaría de Pastoral de la arquidiócesis tapatía. |




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