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La pascua de San Francisco. Significado de su vida[1]
El 3 de octubre del 2026 se cumplen 800 años de la muerte de uno de los santos más representativos de la cristiandad; su legado y su influencia en la Iglesia universal hacen de su figura una referencia paradigmática en muchos aspectos de la vida cristiana.
Sor María Victoria Triviño Monrabal, OSC[2].
Resumen: Con motivo del tránsito de San Francisco de Asís, recordamos su legado. Fue el envío a “edificar la Iglesia” lo que dio sentido a su vida toda. Su persona y su obra, hace más de ocho siglos, abrieron un camino de renovación en la Iglesia: Como fundador y Ministro General, dio Regla, o Forma de Vida, a la Orden que lleva su nombre, y la abrió a la cultura. Como santo, es ejemplo y espejo para la Orden y para la Iglesia toda. Es absolutamente ingenuo reducir a ecología el influjo de San Francisco. Confraternizar con todas las criaturas fue un proceso que comenzó en la contemplación de la encarnación del Hijo de Dios y pasó por la Cruz reconciliadora hasta exultar en la más profunda loa al Creador. Francisco de Asís vivió de Cristo, en Cristo y para Cristo.
Palabras clave: Fundador; regla de vida; estudios; testimonio; cántico; ecología.
SUMARIO:I. Introducción II. La familia de Francisco de Asís III. La llamada: “Edifica mi Iglesia” IV. Fundador y Ministro General 4.1. La Regla de vida 4.2. Los estudios franciscanos V. El testimonio de Francisco de Asís 5.1. “Quiero ver con mis ojos”, El Belén de Greccio 5.2. Francisco “otro Cristo”. Impresión de las llagas 5.3. Una experiencia cósmica de lo sagrado. El Cántico de las Criaturas VI. Llegada de la hermana muerte corporal VII. Conclusión VIII. Bibliografía
I. Introducción
El día 4 de octubre del 2026 se cumplirán los 800 años de la muerte de San Francisco de Asís. Aquel día fue la pascua del más seductor y encantador de los santos. Después de escuchar la lectura del Evangelio de San Juan, rodeado de los frailes, desnudo sobre la tierra desnuda, entregó su espíritu al Creador mientras una bandada de tórtolas revoloteaba sobre el convento. Los frailes con sus lágrimas y las tórtolas, con sus cantos, acompañaban su último vuelo. “¿Será creíble que, en menos de un siglo, le han dedicado más de tres mil estudios eruditos?... -exclama uno de sus biógrafos-. Su vida, es como esas obras maestras donde cada generación descubre nuevas riquezas, así ella entraña lecciones de perpetua actualidad y fuentes inagotables de emoción”[3]. Es mi impresión que con frecuencia se usa, y abusa, de la figura de Francisco de Asís a favor de la ecología. Cierto que todos los biógrafos del Santo, resaltan su fraternidad con las criaturas como algo nuevo. Artistas hay que acostumbran a presentar al Santo rodeado de plantas y animales. “Lo que se ha llamado la Arcadia Franciscana. Demasiados corderos y ovejas balan en torno a San Francisco; sobreabundan las incontables bandadas de pájaros… No se condujo así el Dante. No vio en torno del Santo ningún animal. Vio al esposo de la Pobreza, y quedó profundamente maravillado de su renuncia a todo lo terreno para seguir de cerca a Cristo y subir con Él desnudo a la cruz. El excelso poeta dejó lo secundario para clavar sus ojos de águila en lo que hay de más profundo y característico en la personalidad de San Francisco: su amor seráfico a Cristo”[4]. Identificado con Cristo realizó el proyecto de Dios sobre él. Me agradaría colaborar a desmitificar el personaje para llegar a su persona, a su experiencia y significación histórica. Estamos sufriendo un cambio de lenguaje, casi imperceptible, manipulado quizá, que diluye el contenido de la moral, y ahora hace presa en la espiritualidad, incluso en la teología. Me pregunto: ¿no se está vaciando también el franciscanismo de su verdadero y profundo contenido? En este trabajo expongo el inicio de la vocación de San Francisco para destacar el auténtico significado de su persona y de la obra de Dios en él. II. La familia de san Francisco de Asís
Nació en Asís hacia 1181 y fue bautizado en la Catedral de San Rufino. “Como hubiese nacido en ausencia de su padre, su madre le puso el nombre de Juan; pero su padre, de regreso de Francia, le llamó luego Francisco”[5]. Por tanto, Francesco venía a ser un apodo, su nombre de pila era Juan. Pedro Bernardone dio en llamar Francesco a su primogénito, porque le gustaba Francia donde iba a comprar cada año los famosos y apreciados paños francescos y escarlata, para venderlos en los mercados de la región. Pero había más, en Francia encontró Pedro su amor, y a la esposa llamó donna Pica para no olvidar la región de la Picardía donde al parecer se conocieron y enamoraron. A un nieto llamó Picardo. Francisco gustaba hablar, y sobre todo cantar en francés al estilo de los trovadores, un dato más a favor del idioma de su madre. El verdadero nombre de donna Pica era Giovanna. Las fuentes franciscanas la recuerdan como “un espejo de rectitud”, sencilla y buena. Murió en 1236 a los 82 años. Se cree que donna Pica provenía de la nobleza, lo que justificaría el intento de Francisco de acceder a la caballería. “Aspiraba a ser armado caballero por un conde de nombre Gentil[6]”. Fue un sueño, al parecer posible, que le duró poco. Le bastó una visión en sueños para elegir servir al Señor, no al siervo. Pedro Bernardone era un rico y hábil mercader de tejidos de la burguesía de Asís. El abuelo Bernardone, hijo de Adamuccio, tuvo tres hijos Piero, Angelo y Benincasa. Según el historiador franciscano Nicola Papini escribió a propósito de Bernardone: “Se separó de su hermano emigrando de Lucca a Asís con todo su capital y con el único hijo Pedro y se estableció en Asís”[7]. Pedro continuó el oficio familiar. Francisco tenía un hermano, por nombre Ángel. No se sabe cómo era su relación antes de la conversión. Eso sí, cuando Francisco abrazó la vida de penitencia, entre 1206-1208, parece que Ángel compartía los sentimientos de su padre, trató con dureza a su hermano y se burlaba de él. Una mañana de invierto, Ángel le vio rezando, escaso de ropa, muy pobre, pasando cerca de él dijo a un vecino con ironía: “Ve, di a Francisco que te venda siquiera un céntimo de sudor. Más Francisco se echó a reír y respondió en francés muy contento: Yo venderé muy caro este sudor a mi Señor”[8]7. En mayo del 2015, Pedro Bernardone ya había fallecido, y en dos actas notariales firma Ángel de Pica como testigo. Ángel tuvo dos hijos, Picardo y Giovanetto. El primero fue terciario franciscano y, entre 1256-1284, fue administrador del Sacro Convento de San Francisco en Asís[9]. Al fin, el árbol genealógico de los Bernardone dio mucho fruto para las órdenes de san Francisco y santa Clara[10]. Francisco fue a la escuela de la iglesia de San Jorge, donde aprendió lo necesario para entrar en el negocio familiar. “siendo ya adulto y dotado de sutil ingenio, ejerció el oficio de su padre, o sea el comercio, pero de manera diferente: fue mucho más alegre y generoso que él, dado a juegos y cantares, de ronda noche y día por las calles de Asís con un grupo de compañeros”[11]. Se dijo de él que era elegante, pródigo, y cortés en modales y palabras. Desde muy joven se comprometió a no responder a quien le dijese cosas torpes, y nunca dijo palabras ofensivas.
III. La llamada: “Edifica mi Iglesia”
Aquel joven elegante y generoso, llevado de sus sueños, dejó atrás las ferias y negocios de su padre. Hizo la experiencia de la guerra, de la derrota y de la cárcel. Volvió a casa enfermo a causa de los rigores de la cárcel, quizá por la añoranza de un sueño roto y la dura experiencia de realismo de la guerra. Una experiencia demasiado dura para su exquisita sensibilidad. Junto a su madre, una inquietud muy nueva surgió en su generoso corazón y, al fin, se encontró con el Señor al que eligió servir. Francisco olvidó los cantares, las fiestas y las rondas nocturnas. Un día pasaba junto a la iglesia de San Damián, sintió el deseo de entrar y...
“Luego que entró se puso a orar fervorosamente ante una imagen del Crucificado, que piadosa y benignamente, le habló así: Francisco ¿no ves que mi casa está en ruinas? Anda, pues, y repárala. Y él con gran temor y estupor, contestó: De muy buena gana lo haré, Señor”[12].
Toda vocación verdadera tiene un sentido que se va realizando en etapas a lo largo de la vida. La vocación de Francisco Bernardone nunca fue la supuesta “espiritualidad de la ecología” que tanto le usa. Él se encontró con la mirada amorosa de Cristo crucificado y escuchó, sin ruido de palabras, el proyecto de Dios sobre él: “Francisco ve, edifica mi Iglesia”. Como suele suceder, Francisco no comprendió la trascendencia de aquel envío, y lo interpretó a la letra. Viendo que la ermita de San Damián estaba ruinosa, comenzó a restaurar sus muros. Fue allí donde un día, enseguida de su conversión, cuando todavía no tenía hermanos, profetizó sobre la fundación de las Hermanas Pobres. Santa Clara lo escribió en su Testamento: “Subido sobre el muro, gritaba en lengua francesa a ciertos pobres que vivían por allí cerca: Venid, ayudadme a las obras del monasterio de San Damián, porque llegará un día en que habrá en él unas damas que con su santa vida darán mucha gloria al Padre del cielo en toda su santa Iglesia”[13]. Edificar la Iglesia fue la tarea de Francisco. Lo hizo con el ejemplo de su vida santa, lo hizo mediante la familia religiosa que lleva su nombre. El movimiento evangélico franciscano, en un abrazo con los dominicos, renovó la Iglesia. Abrieron dos Escuelas de Espiritualidad que han atravesado ocho siglos: por la búsqueda de la Verdad, los dominicos; por el amor seráfico, los franciscanos. Domingo de Guzmán promovía el estudio entre sus frailes para combatir la herejía con autoridad, Francisco no se propuso jamás convencer a nadie, le bastaba predicar con el ejemplo. Se complementaban como los buscadores de la Verdad, y los testigos del Amor seráfico. Eran pobres y salieron a los caminos a predicar el Evangelio, Dominicos y Franciscanos, fueron un huracán del Espíritu que cambió la Iglesia y la sociedad de su tiempo. También las hermanas pobres que luego serían llamadas clarisas, y las dominicas, se multiplicaban prodigiosamente apoyando la evangelización de los hermanos con su intercesión.
IV. Fundador y Ministro General
Se considera fundador de una orden religiosa, en sentido estricto, al que la inicia y da regla de vida. En algunos casos existe la pareja fundacional. San Francisco de Asís es fundador de la Orden de los frailes menores (vulgo Franciscanos), a la que dio regla. Movida por el mismo Espíritu, Clara de Asís dio forma femenina al franciscanismo en la Orden de las Hermanas Pobres (vulgo, clarisas). Ella se consideraba como una “pianticella” asociada a los Menores, pero Francisco no quiso jamás poner su autoridad sobre Clara y sus hermanas. Por eso, franciscanos y clarisas no quedaron aprobados como una orden única, como es el caso de dominicas, cistercienses, etc.; sino como dos órdenes, con una pareja fundacional que les dio sendas reglas. Comparten la misma escuela de espiritualidad.
4.1 La Regla de vida Corría el mes de noviembre de 1223 cuando Francisco llegó a Roma acompañado de Fray León y Fray Ángel. Iban a pedir al Papa la aprobación de su Forma de Vida y, los trámites previos, les hicieron prolongar la estancia mucho más de lo que esperaban. El Cardenal Hugolino los hospedó en su casa, estudió cuidadosamente el texto e hizo algunas precisiones antes de presentarlo al Papa Honorio. Años más tarde el Cardenal, siendo ya Papa Gregorio IX, escribía su recuerdo de aquellos días: “Estuvimos cerca de él durante la redacción de dicha Regla, y al presentarla en la Sede Apostólica para obtener su confirmación, cuando teníamos un cargo inferior”[14]. Llegó el día de la audiencia en la Basílica de San Juan de Letrán. El Papa Honorio se alegró mucho de conocer a Francisco, lo tenía por un hombre de Dios fiel al Espíritu, y lo recibió con mucha cordialidad. El Papa leyó la Regla, y -según dijo Fray León- introdujo una precisión en el n. X, por estimar que el texto se prestaba a doble interpretación. Finalmente, el 29 de noviembre de 1223 el Papa Honorio aprobó la Regla de los Hermanos Menores con la Bula Solet annuere. El original se guarda en el Sacro Convento de Asís como un trofeo, como un tesoro. Aquel día, 29 de noviembre de 1223, el movimiento franciscano se acreditó como Orden Religiosa en la Iglesia. Francisco no era el líder religioso de un movimiento en crecida, era jurídicamente el Superior General de la Orden de Frailes Menores. Antes de dejar Roma, Francisco se despidió e hizo partícipe de su alegría a la ilustre dama romana Jacoba de Settesoli, gran bienhechora de la Orden, a la que daba el apelativo de “Hermano Jacoba”. Luego fue a despedirse del Cardenal Brancaleone, gran bienhechor de la Orden desde el inicio. Pero el Cardenal, que amaba mucho a Francisco, le pidió que se quedara unos días en su compañía. Ciertamente, no estaba el tiempo para ponerse en camino porque se avecinaba un fuerte temporal de viento, frío y lluvia. Con estas razones no hubo más que permanecer unos días en casa del Cardenal dándole el consuelo que deseaba. Al fin, pasó el temporal que azotaba el Lazio y Francisco dejó Roma. Sobre las hojas crujientes de otoño caminó con Fray León y Fray Ángel Tancredi hacia Fontecolombo. Francisco ya estaba muy enfermo, “las fiebres cuartanas habían acentuado su desnutrición y debilidad física, porque no se cuidaba. La infección ocular que contrajo en las marismas del Nilo también iba en aumento produciéndole no pocas molestias en los ojos”[15]. Pero el gozo de regresar con la Regla aprobada le daba fuerza para caminar al encuentro de los hermanos cuanto antes. Alcanzar la aprobación de la Regla fue un camino largo. Al inicio de la experiencia franciscana como “Penitentes de Asís”, el año 1209, escribió Francisco una Regla brevísima con unas citas bíblicas, aprobada oralmente por el Papa Inocencio III. Dos veces al año reunía el Capítulo en la Porciúncula y, en 1221, presentó Francisco el primer borrador de la Regla que no fue aprobado por el Capítulo. Finalmente, presentó una nueva redacción que fue aceptada en el Capítulo de 1223. Es la que Francisco llevó a Roma. Una vez aprobada por el Papa, Francisco escribió el Testamento recomendando a los frailes la observancia fiel y cuidadosa de la Regla. Si grande fue el tesón del hermano Francisco para afianzar jurídicamente la Orden, No menos costó, a la hermana Clara, alcanzar la aprobación de su Regla en 1252. Las reglas de Francisco y Clara son muy semejantes, apenas difieren en aquellos puntos en que se adaptan, una a la vida apostólica, la otra a la vida contemplativa claustral. Las dos son muy breves, apenas doce capítulos cada una. Su alma es el Evangelio.
4.2 Los Estudios Franciscanos El hermano Francisco era el Ministro General con la consiguiente responsabilidad. La Orden de los hermanos menores había crecido: cada día se multiplicaban los frailes y se extendían por el mundo las fundaciones. Ya había algunos hermanos letrados, pero la mayoría no tenía estudios de teología y solamente podían predicar la penitencia. Un día, los frailes manifestaron a san Francisco su impotencia en el momento de predicar, sobre todo su malestar ante los herejes. Estaban en inferioridad de condiciones, no tenían argumentos suficientes para defender la Verdad. Se trataba de promover el estudio de la teología. Francisco no lo tenía claro y se resistió por algún tiempo, temía que los títulos académicos dañasen el espíritu de minoridad, de oración y sencillez. Al fin cedió. Fiado de su sabiduría y buen espíritu, dio licencia a Fray Antonio de Padua para enseñar la sagrada teología a los Hermanos. Lo hizo con una brevísima carta, el año 1224, en que le da el título de “mi obispo”. Tratamiento de cortesía que se daba en aquel tiempo a los predicadores insignes:
Al hermano Antonio, mi obispo. El hermano Francisco. Salud. Me agrada que enseñes la Sagrada Teología a los hermanos, a condición de que, en su estudio, no apagues el espíritu de la oración y devoción según se afirma en la Regla.
He aquí la carta que ya cumplió 800 años. San Francisco la dictó a Fray León, para entregarla al hermano Fray Antonio de Padua. El mensaje sigue actual. El estudio, incluso el de la sagrada teología, no debe apagar la devoción, ni en el maestro ni en los discípulos. Lo propio del franciscanismo, según la Regla, no es acumular conocimientos, sino fomentar la santa devoción y la acogida continua “del Espíritu del Señor y su santa operación”, el aliento del Cristo que configura y nos hace testigos de su Amor. “Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la guardan” (Lc 11,28). Fray Antonio de Padua enseñó la sagrada teología a los hermanos en Bolonia, Toulouse, Montpellier y Padua. Dio ejemplo a los discípulos alternando el curso con largos tiempos de recogimiento en el eremitorio de Monte Sant Pietro. Acreditó la enseñanza con el testimonio de su santidad. Y de camino, en sus idas y venidas, visitaba también con grande estima a las Hermanas Pobres del monasterio de Arcela. Pio XII nombró Doctor Evangélico a San Antonio el 16 de enero 1946. Sin duda es uno de los santos franciscanos más populares y queridos. Su nombre era Fernando Martins. Nació en Lisboa de familia noble. Durante un tiempo fue Canónigo regular de San Agustín en Coímbra, donde adquirió una cultura extraordinaria. El ejemplo de los primeros mártires franciscanos, en Marruecos, le conmovió hasta desear ardientemente el martirio. Dejó la canónica de Coímbra e ingresó en el eremitorio franciscano de Olivares. Su primer nombre al vestir el hábito fue: Fray Antonio de Olivares. Se embarcó para ir a Marruecos, a dar la vida por el Evangelio, pero una tempestad le llevó a Italia donde conoció a San Francisco y salió del anonimato al que le había llevado su humildad. Finalmente sería aclamado universalmente como San Antonio de Padua. De él dijo Juan Pablo II: “Los escritos de San Antonio, tan ricos en doctrina bíblica, en los que abundan las exhortaciones espirituales y morales, son también hoy un modelo y una guía para la predicación”. El mensaje de aquella brevísima misiva que fray Francisco envió a fray Antonio es importante en esta hora. Exhorta a enseñar y estudiar, sin apagar el espíritu de oración al que todas las demás cosas deben servir. “Francisco ama la Palabra de Dios, pero la quiere sine glossa, en su pura sencillez”[16]. En la Carta a toda la Orden se dirige Francisco a los hermanos sacerdotes para que sean santos, veneren la eucaristía que celebran y custodien la Palabra de Dios “Y porque quien es de Dios escucha las palabras de Dios (Cf. Jn 8,17) debemos, no sólo escuchar lo qué dice Dios, sino también custodiar los vasos y los demás objetos que contienen las santas palabras, para que arraigue en nosotros la celsitud de nuestro Creador[17]”. Una de las prescripciones de la Regla fue el rezo del Breviario romano para todos los frailes. A aquellos primeros estudios de París, Montpelier, Cervera, Colonia, siguieron las universidades franciscanas que se extendieron por el mundo dando sabios y santos. Que “Cuando en la Orden hay sabios también hay santos”, como bien decía el franciscano Cardenal Carlos Amigo. La Escuela de la espiritual franciscana posee una gran riqueza. San Francisco como ministro general, con una breve carta abrió la Orden a la cultura, a los estudios superiores, a la sabiduría verdadera que santos hace.
V. El testimonio de Francisco de Asís
Santa Clara de Asís, citando (1Cor 1,26), nos dejó unas palabras que llaman la atención: “Conoce tu vocación”[18]. Valora y estima la vocación como el amoroso designio divino manifestado a través de Francisco. Sin duda este empeño de discernir la propia vocación estaba muy vivo en Francisco y sus compañeros. Llamados a edificar la Iglesia, buscaron la gracia de Pentecostés. Aprendieron muy pronto que es “el Espíritu del Señor y su santa operación” quien edifica y renueva la Iglesia. El 29 de noviembre de 2025, el Papa León XIV visitaba Nicea, la actual Bitinia, o Iznik, un lugar que, en otro tiempo, fue punto de encuentro entre Oriente y Occidente. Decía estas palabras: “La fuerza de la Iglesia no está en la economía, ni en el número ni en el prestigio social… La fuerza de la Iglesia está en el Espíritu Santo”. Así es, la vitalidad de la comunidad de fe está en el Espíritu Santo. Para Francisco nada tenía sentido sino dejarse guiar por el Espíritu y, este empeño quedó impreso en las Reglas de Francisco y Clara: “Aplíquense a lo que por encima de todo deben anhelar: tener el espíritu del Señor y su santa operación, orar siempre al Señor con corazón puro…”[19]. En suma, es: vivir la fe de la Trinidad, porque: “El mismo Señor Jesús declara diciendo de su Espíritu: Recibirá de lo mío y os lo anunciará (Jn 16,15). Por tanto, lo que el Espíritu habla es del Hijo, y lo que le da el Hijo es del Padre”[20]. Interesa ver el testimonio de Francisco, avivando en las gentes, la fe, la fuerza de la sagrada liturgia, y en suma, edificando la Iglesia. “La grandeza de Francisco reside en ser indicador que apunta al camino, testigo que remite, eco de la Palabra, reflejo del que es la Luz […] No es posible captar sus vivencias más íntimas ni sus exteriorizaciones más concretas sino desde la óptica de la fe que a él le permitió comprender su vocación”[21].
5.1 “Quiero ver con mis ojos”, el Belén de Greccio Abordamos una de las vivencias sanfranciscanas más hermosas, en la que más trascendió y trasciende el ejemplo del Santo. De vuelta de Roma, cuando Francisco llegó al Valle de Rieti, ya se acercaba la fecha de la Navidad. Desde Fontecolombo, hizo llamar al Caballero Juan Velita, Señor de Greccio para confiarle su alegría, su descanso y un deseo. Aprobada la Regla, era como si comenzase para él una etapa nueva, un gran retiro para descansar, dar gracias y abrazar al Amado de su alma. Y quería comenzar esa etapa celebrando una hermosa Navidad.
“Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén, y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en un pesebre, cómo fue colocado sobre en heno entre el buey y el asno”[22] .
Francisco quería ver. Dicen que los mediterráneos necesitamos ver y tocar y, precisamente la Navidad es la fiesta de los sentidos, y de las costumbres más bellas y entrañables. En todo caso, lo que San Francisco quería, “ver con sus ojos”, era el Evangelio que se proclama en la Misa de Nochebuena. No le bastaba proclamarlo. Quería “ver” el misterio de ternura y de pobreza de la Virgen Pobrecilla, y el anonadamiento del Hijo de Dios hecho niño para mostrarnos el amor ejemplar de Dios. Y quería verlo en un escenario que le era muy querido, en Greccio. Un deseo de Francisco era una orden para el caballero Juan, que cabalgó rápidamente hacia Greccio para disponer los preparativos. Faltaban dos semanas. El Caballero Juan Velita Señor de Greccio, a pesar de su elevado linaje era una persona afable, “de buena fama y mejor tenor de vida que apreciaba más la nobleza del espíritu que la de la sangre, a quien el bienaventurado Francisco amaba con amor singular, era de noble familia y muy honorable”[23]. Según San Buenaventura, abandonó las armas y profesó como terciario franciscano[24], y los terciarios se comprometían a no llevar armas. Lo cierto es que, el Caballero Juan, no ha pasado a la historia por sus blasones y hazañas en la milicia, que tal vez las tuvo, sino por colaborar con Francisco en aquella ejemplar Navidad celebrada en la tierra de su propiedad. Greccio era un poblado pequeño fundado por exiliados griegos en época remota. Su nombre fue Greccia, pero pronto vino a pronunciarse: Greccio. Es un lugar boscoso de robles y encinas, en la provincia de Rieti, a 750 m. sobre el nivel del mar. Frente al poblado, el caballero Juan poseía una alta montaña horadada de grutas y coronada por un bosquecillo. Era el lugar elegido. Allí tenían los frailes un eremitorio, colgado como un nido en la pendiente del Monte Lacerone, donde Francisco se retiraba con gusto. Además, los hermanos le habían preparado una celdilla apartada, en un extremo de la roca, donde él se entregaba a la oración con mucha libertad[25]. Y llegó la Nochebuena. Acudieron muchos frailes que, de paso, invitaban a los hombres, mujeres y niños de la comarca. La comitiva subía serpeando por la montaña como un río de luz. Francisco llegó el mismo día 24 de diciembre. Todo estaba preparado en la gruta, Fray León comenzó la Misa. Francisco, que era diácono, revestido de dalmática cantó el evangelio: “Os anuncio una gran alegría. Hoy os ha nacido el Salvador…” (Lc 2,10). Sus ojos se llenan de lágrimas, el corazón rebosa ternura. “Predica al pueblo sobre el nacimiento del Rey pobre”. Mirad la humildad de Dios. Greccio se transforma en un nuevo Belén y los rudos montañeses le escuchaban, como los pastores de Belén a los ángeles. No había ninguna imagen del Niño Jesús en el pesebre, pero en un silencio denso, todos contemplaban conmovidos “La humildad de Dios”. Fue una experiencia mística. Francisco contemplaba el misterio de la Navidad y transido de ternura transmitía su vibración a los fieles. Llegado el momento de la comunión, el Señor de Greccio vio cómo el Niño sepultado en el olvido de muchos corazones, se reanimaba. Despertaba la fe dormida, la esperanza olvidada, la caridad perdida. Aquella noche bendita se llenó de Luz el Señorío de Greccio. ¿Qué pretendía San Francisco con aquella originalidad de montar el Belén? ¿Acaso solo satisfacer su devoción? No. En ese caso lo habría hecho en la intimidad con los frailes. Francisco pretendía que “todos vieran con sus ojos” el Misterio de Navidad, los frailes y las gentes. Pretendía: abrir senderos de renovación; enseñar a contemplar el Evangelio, enseñar a ver con los ojos de la fe; llevar a las gentes al encuentro con Dios aprendiendo a convivir en la Paz y el Bien. No era mirar una imagen de Jesús, el Señor, era recibirle y abrazarle dentro. “Esta visión prodigiosa simbolizaba la obra maravillosa realizada en la tierra por el Hermano Francisco, que con su experiencia desbordante, despertó la fe dormida en el corazón de los hombres, la fe en Jesucristo nuestro Señor que vive y reina con el Padre en unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén. ¡Alleluya, aleluya![26] “Toda la noche transcurre entre cantos de alegría”[27]. Amanecía cuando las gentes regresaron a sus hogares llevando como reliquia puñados de heno del pesebre. Cinco años después la cueva fue consagrada como lugar de culto, y sobre ella se edificó una iglesia en honor de San Francisco. Podemos intuir dónde se inspiró Francisco. Durante el año que estuvo en Tierra Santa visitó la gruta de Belén. Allí solo hay una estrella en el suelo con la inscripción: “Aquí nació Jesús”. No hay ninguna imagen en la gruta, sin embargo, todo peregrino, como Francisco “ve con sus ojos” la grandeza y la humildad del Misterio del Hijo de Dios que nació de Santa María Virgen. Es posible que la experiencia vivida en Belén le inspirase la celebración en Greccio. Lo que él experimentó, ¿por qué no habían de experimentarlo las gentes? Y aquella noche Francisco creó la forma de despertar en nosotros una nueva sensibilidad hacia la humanidad del Hijo de Dios, nacido en Belén y muerto en la cruz. Todos serían capaces de “ver con los ojos de la fe” el nacimiento del Hijo de Dios en un pesebre con mucho heno y abrazarle en la Eucaristía.
5.2 Francisco “otro Cristo”. La impresión de las llagas Era el tiempo de recoger los racimos para hacer el vino generoso, cuando los días comienzan a ser más cortos y el verano va dejando paso al otoño, que habla de madurez cumplida. Corría el año 1224. Francisco tenía los ojos cansados y sentía que las fuerzas le abandonaban. En fecha próxima a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, acompañado por fray León, fray Ángel, fray Maseo, fray Rufino, fray Silvestre y fray Iluminado, se retiró a la montaña de La Verna para vivir intensamente la Cuaresma de San Miguel. Buscaba Francisco la soledad para encontrarse con el Amado de su alma en el hueco de la oración. Deseaba tener los mismos sentimientos del Cristo como “espejo y ejemplo”, porque… ¿qué podían significar todo lo que había escrito: las admoniciones, las reglas, las cartas, sus más entrañables exhortaciones, si no recibían el sello divino en el ejemplo de su misma vida? Francisco llevaba impresa en sus ojos y en su corazón la imagen del Crucificado y se asombraba del incomparable amor del Amado. Admiraba su altísima pobreza y su santa humildad contemplándole clavado en cruz. Solamente le quedaba un deseo, alcanzar y sentir la semejanza con el Crucificado. Y he aquí que, el Amado atendió su ruego. El que vino a traer fuego a la tierra y deseaba ardientemente verlo arder (Cf. Lc 12,49), descendió en llama de amor viva sobre Francisco. Cuando acontece una experiencia mística, no es fácil expresar lo sucedido. La persona que recibe la gracia apenas puede expresar los efectos, y recurre a símbolos generalmente bíblicos. Así fue en el caso de la experiencia sanfranciscana en La Verna. Algo confió Francisco a sus hermanos, a Clara y sus hermanas. Pero, para comprenderlo: “El camino real no es el razonamiento sino la fe. A través de la oración y de la gracia, el místico llega al conocimiento y experiencia de Dios; es decir, que Dios es sentido y tocado como por un sentido especial. Siente certeza de la presencia de Dios. El místico aparece realmente como poseído de Dios”[28]. La experiencia sanfranciscana nos ha llegado descrita como una visión. Estaba Francisco orando en el monte cuando apareció ante sus ojos un Serafín. Entre las seis alas incandescentes contempló la efigie del Cristo crucificado. Francisco se sentía mirado con infinita ternura por el Señor. De pronto, descendió el Serafín crucificado en rápido vuelo hacia él. Y se acercó tanto, tanto, que tocó al amado en un abrazo: manos con manos, pies con pies boca con boca. Era el abrazo que imprime la semejanza. Lo visible, lo explicable de aquella experiencia mística fueron los efectos. La semejanza fue para su espíritu cauterio que, desde entonces, en una paz imperturbable, “transformó lo amargo en dulzura de alma y cuerpo”. La semejanza deseada se hacía visible en su carne al quedar sellado con las cinco llagas dolorosas y sangrantes. Eran los efectos de aquel abrazo. Y las llagas acreditaron la palabra, la Regla, las Admoniciones, la enseñanza toda y la forma del amor seráfico del hermano Francisco, fundador y Ministro General de los Menores. Por aquellos días compuso Francisco las bellísimas Alabanzas al Dios Altísimo”. Al bajar del monte arrebatado por Dios y herido por la enfermedad, Francisco sorprendió a los hermanos, una vez más, con estas palabras: “Hasta hoy no hemos hecho casi nada. Comencemos, hermanos míos, a servir a Dios”[29]. Y recorrió pueblos y poblados de la Umbría y de Las Marcas anunciando el Evangelio. “El Pobre de Asís encarnaba más que nunca, ante los ojos de todos, el encuentro del evangelio con la historia de los hombres. Ahora sentía deseos de alcanzar, atraer y renovar, toda la sociedad de su tiempo. […] Las giras de predicación emprendidas por Francisco en Umbría y en las Marcas suscitaron una oleada de entusiasmo en la población. A su paso la gente acudía de todas partes en masa. Todos querían verlo, escucharlo, tocarlo. Por más que intentara disimular las llagas que llevaba impresas en las manos y en los pies, no podía evitar que su persona irradiara luz y apareciera como una viva imagen de Cristo”[30]. Pero él deseaba abarcar mucho más, y se le ocurrió escribir una carta: “En el nombre del Señor, Padre, Hijo y Espíritu Santo. A todos los cristianos: religiosos, clérigos y laicos, hombres y mujeres, a todos los habitantes del mundo entero…”[31]. El fuego que sintió en sus entrañas, quería verlo arder en las gentes. Y era como “otro Cristo”. Desde Belén hasta la Cruz. Desde la Cruz hasta la Resurrección. Cristo actuaba a través de él. Estaba edificando la Iglesia. Desde entonces, el abrazo del Serafín crucificado es la cumbre de nuestra espiritualidad mística. La “transformación de lo amargo en dulzura de alma y cuerpo”, es el termómetro de la autenticidad franciscana. Es injusto limitar o centrar la ejemplaridad de Francisco a la ecología y otros significados más o menos peregrinos que se le atribuyen. Él es “forma y ejemplo” de la imitación de Cristo, hasta el abrazo que transforma en “otro Cristo”. Con un abrazo el Amado tornó en dulzura lo amargo.
5.3 Una experiencia cósmica de lo sagrado. El Cántico de las criaturas Era el mes de marzo de 1225. El hermano Francisco sentía que le faltaban las fuerzas. Venía de La Verna y, después de un breve descanso en la Porciúncula, decidió ir al convento de San Damián. ¡Cuántos recuerdos de su juventud, de su búsqueda, de su conversión, guardaba aquel lugar! Tal vez necesitaba acercarse, una vez más, a aquel crucifijo que le envió a edificar la Iglesia. En todo caso, Francisco deseaba estar con las Damas Pobres, quería hablar con la hermana Clara. Ella era como el espejo puro de su alma, con ella podía compartir el amor seráfico hacia Cristo en sus misterios de gozo, dolor y gloria, su anhelo de martirio. A Clara podía confiar sus más puras emociones y su pasión secreta. Junto a ella, un aura pura de delicadeza confortaba su espíritu. Cuando el hermano Francisco llegó a San Damián, Clara, ya estaba informada acerca del sufrimiento y fragilidad física que él padecía, las llagas, la oftalmia purulenta... Confeccionó con sus hábiles manos un par de sandalias, digamos “ortopédicas”, para alivio de sus pies llagados. Dispuso una celdilla oscura, de ramaje, para alivio de sus ojos casi ciegos que ya no soportaban la luz.
Llevaba más de cincuenta días sin poder soportar de día la luz del sol y de noche el resplandor del fuego. Permanecía constantemente a oscuras tanto en la casa como en aquella celdilla. Tenía, además grandes dolores en los ojos día y noche, de modo que casi no podía descansar ni dormir durante la noche, lo que dañaba mucho y perjudicaba la enfermedad de los ojos y sus demás enfermedades[32].
La estancia en el convento de San Damián se prolongó durante un par de meses. Una noche, el Pobrecillo hubo de luchar con la soledad, los dolores, las pesadillas, hasta sentir lástima de sí mismo en lo íntimo del corazón. Clamó al cielo con el alma sumergida en la oscuridad de la noche: “¡Señor, ven en mi ayuda para que pueda soportar las enfermedades con paciencia!” Todavía era la noche cuando el cielo respondió y Francisco. Oyó en su espíritu:
“Si se te diera un universo de oro, un tesoro de grande gloria, a cambio de tu penar, ¿no te gozarías sufriendo de buena gana por poco tiempo? Francisco respondió: Me gozaría lo indecible. Y de nuevo el cielo: ¡Exulta pues! Tu enfermedad es prenda de mi Reino”[33].
Comprendió Francisco que el sufrimiento, soportado con paz como si ya estuviera en el Reino de Dios, transforma los elementos en tesoros. Llegó el alba, estaba radiante y contó su dicha. Llamó a los hermanos:
“Debo exultar de gozo en medio de mis tribulaciones y dar gracias a Dios Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Dios se ha dignado asegurarme que yo, su pobre e indigno siervo, tendré parte en su Reino. Por eso, para su gloria, edificación y consolación del prójimo, quiero componer una nueva Laude para el Señor, con ocasión de sus criaturas”[34].
Fue entonces cuando Francisco, en un momento exultante de fervor místico e inspiración poética, pronunció el más bello cántico: “Altísimo, Omnipotente y buen Señor…”. Lo compuso en su lengua materna, en el dialecto umbro, popular y libre, parecido a los salmos con versos asonantes agrupados en estrofas de dos o tres hemistiquios. No fue un momento de euforia, el Cántico brotó del corazón reconciliado de Francisco, identificado con los sentimientos de Cristo y en comunión con todas las criaturas. “Parece, pues, imposible comprender este cántico sin relacionarlo directamente con la experiencia profunda de Francisco, con su áspero sufrimiento, con su paciencia heroica, con su combate cotidiano por los valores evangélicos, con su gozo sobrenatural, con su existencia íntima, en una palabra, con Cristo”[35]. Fue desgranando el hermano Francisco su alabanza al Creador con palabras llenas de contenido teológico. “Es un canto, sí, pero también una acción litúrgica en la que el cantor, que además, no es digno de decir el nombre de Dios, se une a una coral formada por las cosas que manifiestan y señalan sacramentalmente el poder, el tamaño de este Dios y de sus criaturas”[36]. Y su loa fue “una experiencia cósmica de lo sagrado”[37]. Se encontraron en su alma: la mística evangélica íntima y personal, y la cósmica. Sintió una profunda comunión entre la presencia de Dios y sus criaturas. Pero, tenemos experiencia de que los elementos a veces son violentos y hacen daño. En el Cántico, las imágenes no se quedan en la naturaleza, adquieren: una dimensión religiosa celebrando al Creador; una valoración sagrada, pues son preciosos, castos; y van ordenados en parejas expresando una fraternidad. Francisco ha introducido a los elementos en el ámbito de las relaciones humanas familiares, al llamarlos hermano y hermana y resaltar las cualidades de cada sexo. “Ni la excelencia de las cosas naturales en sí ni el carácter de Francisco hay que considerar como la fuente y manantial de su amor a la naturaleza, sino más bien su abrasado amor de Dios, según se expresa ya en el Speculum perfectionis con aquellas palabras: Todo absorto en amor de Dios, el bienaventurado Francisco veía perfectamente en cada criatura la bondad del Señor, por lo cual sentía un amor cordial y singular a las criaturas”[38]. ¿Qué sentimientos expresaba Francisco? Venía de La Verna, sellado a fuego con los estigmas del Serafín crucificado. Contemplaba la verdad de la encarnación, de la muerte de Cristo, de la reconciliación universal. Pero sucedió, en aquellos días, que se enemistaron las dos principales autoridades de Asís, el obispo y el podestá, con grave perjuicio y escándalo para las gentes. Enterado Francisco pidió a los hermanos que convocaran en la plaza a los adversarios y a las gentes, y que cantasen el Cántico añadiendo la estrofa que acababa de componer: “Loado seas mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor”. Apenas acabado el canto los dos adversarios sellaron la paz públicamente en un abrazo. Contemplaba la efusión del Espíritu que crea la comunión afectiva con todas las criaturas hermanas, la fraternidad universal. “Degustaba la bondad originaria de Dios en cada una de sus criaturas como en tantos otros arroyos derivados de la misma bondad; y, como si percibiera un concierto celestial en las facultades y movimientos que Dios les ha otorgado, las invitaba dulcemente –como otro David- a cantar las alabanzas divinas que brotaban de aquella fuente inagotable”[39]. El Cántico es un fruto de la experiencia de La Verna, que recupera la armonía de la creación que Adán rompió. En su loa al Altísimo, Francisco deja constancia de su condición de criatura: “ningún hombre es digno de hacer de Ti mención”. Y al final: “Te alabo y te bendigo, mi Señor, y te doy gracias y te sirvo con grande humildad”. Llama a los cuatro elementos, invita a las criaturas a la gran liturgia de alabanza. “No cabe duda que uno de los aspectos más actuales del Serafín de Asís es su teocentrismo. Frente al laicismo contemporáneo que quiere hacer del hombre el árbitro de su destino, Francisco reafirma la verdad bíblica: Cristo Dios es el sol del mundo que centra en sí todo lo creado. “Todo es vuestro y vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios” (1Cor 3,22)[40]. VI. La llegada de la hermana muerte corporal
Llegó la hora del Tránsito. Dijeron los hermanos que Francisco sufría mucho en su última enfermedad. Padecía hidropesía, una molesta acumulación de líquido en los tejidos. Pero todo lo soportaba, no sólo con paciencia, sino con gran amor. Cuando un hermano le sugería pedir al Señor que le tratase con menos rigor, se tiró al suelo, lo besó y exclamó: “Gracias, Señor Dios mío, por estos dolores. Te ruego que los multipliques por cien, si así te place, pues mi mayor consuelo es hacer tu voluntad”. Y los hermanos se admiraban y creían ver a Job, con la piel pegada a los huesos, el rostro sereno y la plegaria en los labios. Amaba tanto a Jesús, el Señor, que con sólo oír su Nombre se derretía de ternura, lo repetía con dulzura, y quería que cielo y tierra le adorasen postrados. Todavía estaba hospedado en casa del Obispo cuando le visitó Bongiovanni, el médico de Arezzo. El santo le apreciaba mucho, pero le llamaba solamente “Giovanni”, porque “sólo Dios es Bueno”. Aprovechó el santo la oportunidad para preguntar al galeno amigo:
- ¿Qué opinas de mi hidropesía? Bongiovanni, viendo la gravedad, se sintió comprometido y prefirió responder con evasivas: Todo irá bien con la gracia de Dios.
Pero Francisco insistió:
-Dime la verdad, que no temo a la muerte. El Señor me ha unido a él y estoy tan contento de vivir como de morir.
Y el médico amigo le dijo la verdad:
- Tu mal es incurable y morirás, tal vez hacia finales de septiembre o primeros de octubre. - ¡Bienvenida mi hermana muerte corporal! – exclamó Francisco. Cuando quedó a solas con los hermanos les pidió: “Si está tan cerca, llamadme a los hermanos Ángel y León para cantar a la Hermana Muerte. Cuando llegaron les dictó la última estrofa: “Alabado seas mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal, de la cual ningún viviente puede escapar. ¡Ay de los que mueran en pecado mortal! ¡Dichosos los que encontrará en su santísima voluntad! Pues la muerte segunda no les hará mal”.
Desde aquel día y muchas veces al día, pedía a los hermanos que le volviesen a entonar el Cántico, para que su ánimo no decayese con tantos dolores y molestias. Duro es conocer la fecha, siquiera sea aproximada, de la muerte. Hace falta mucha fe y mucho amor para mantener la serenidad hasta el momento del desenlace. Ejemplos hemos visto en personas altamente virtuosas, que desfallecen cuando la debilidad hace presa en su carne y una secreta incertidumbre debilita el espíritu, cuando la noche alarga la soledad y el día no trae seguridad. Francisco no ignoraba que la carne es débil, y se ayudó de los hermanos para recibir a la Hermana Muerte corporal. Juntos fueron tejiendo horas de alegría en torno a su lecho cantando las Alabanzas al Señor.
VII. Conclusión
He querido presentar los rasgos más significativos de Francisco de Asís a la luz de la llamada a “edificar la Iglesia”, como obediencia a una vocación muy concreta. Y presentarlos como una defensa frente a la tendencia a reducir su mensaje a ecología, una deriva que los vacía de su espiritualidad. Soportamos un cambio sutil de lenguaje que ha ido conduciendo; de la teología a la psicología, de la psicología a la sociología y ahora nos vende una supuesta “espiritualidad de la ecología”. El resultado viene siendo una ignorancia supina del contenido de la fe. Lo que al salir del arrianismo en el III Concilio de Toledo del siglo VI, definían como “el olvido duradero del don divino de la fe”. Francisco abrió un camino evangélico: liderando como fundador y Ministro General la Orden que lleva su nombre; con sus gestos, cantos y palabras de una pastoral novedosa, creativa sencilla; con el ejemplo y santidad de su vida toda. Santa Clara escribió en carta a Inés de Praga: “Transfórmate toda entera en icono de la divinidad”. Es lo que vio en Francisco y lo que vivió ella misma. Y se dijo de Francisco que era, como “otro Cristo”. Y de Clara, que era como “otra María”. Ambos cumplieron su llamada ejemplar a “edificar la Iglesia”. Vivió Francisco como “otro Cristo”, la reconciliación universal, y “este debería ser el fundamento de toda ecología. Pero la ecología actual está muy lejos de esta base sana y equilibrada. Hoy día se habla de ecología ambiental, de ecología social y de ecología mental. La ecología lo abarca todo, Pero en el fondo, todo viciado por el viejo antropomorfismo que, marginando a Dios acaba destruyendo al hombre”[41]. Solamente quien ha encarnado en sí el Misterio Pascual, puede cantar de esta manera y transmitir el don divino de la fe.
VIII. Bibliografía
- ASCOLI, P. E, de, El alma de San Francisco. Bilbao 1955. - BARSOTTI, D., San Francisco oración viviente. El infinitamente pequeño frente al infinitamente más grande. Bilbao 2012. - BOADAS LLAVAT, A., San Francisco de Asís o casi. Vitoria-Gasteiz 2023. - CASTALDINI, A., Il segno del Giusto. Francesco d’Assisi e l’ebraismo, Reggio Emilia Roma 2001. - ENGLEBERT, O., Vida de San Francisco de Asís. Santiago de Chile 1973. - GÁLVEZ CAMPOS, T., Francisco de Asís, paso a paso. Madrid 2009. - FELDER, H., Los ideales de San Francisco de Asís. Buenos Aires 1948. - FERNÁNDEZ-GALLARDO, Fr, G., “El fundamento de toda ecología”, en Antena Conventual (Madrid), n. 81 (2025). - LECLERC, É., El Cántico de las criaturas. Oñate 1977. - LECLERC, É., Francisco de Asís. Un hombre nuevo para una sociedad nueva, o el retorno al Evangelio. Salamanca 2006. - PROFILI, Frate L. Francesco pura trasparenza di Cristo. Spoleto 1986. - SAN AMBROSIO DE MILÁN, El Espíritu Santo. Madrid 1998. - SAN FRANCISCO DE ASÍS, Escritos, Biografías, Documentos de la época. Edición preparada por José Antonio Guerra. Madrid 1978. - SANTA CLARA DE ASÍS, Escritos y Fuentes Biográficas. Edición preparada por María Victoria Triviño, osc. México 1994. - ZAVALLONI, R., La personalitá di Francesco d’Assisi. Studio psicológico. Padova 1991. [1] Este artículo fue publicado en la revista digital Escurialensia, 4 (2026). Agradecemos la disponibilidad de su autora para ser publicado en este boletín. [2] Religiosa española de la Orden de las Hermanas Pobres de Santa Clara, escritora y reconocida especialista en espiritualidad franciscana y mística cristiana, con más de 50 publicaciones; miembro de la Sociedad Mariológica Española; superiora de las Clarisas del Santuario del Santo Cristo de Balaguer en Lleida, Cataluña. [3] ENGLEBERT, O., Vida de San Francisco de Asís. Santiago de Chile 1973, pp. 9; 15. [4] Cf. ASCOLI, P. E., El alma de San Francisco. DDB, Bilbao 1955, p. 256. [5] “Leyenda de los tres compañeros”, I, 2, en, San Francisco de Asís. Escritos, Biografías, Documentos de la época. Edición preparada por José Antonio Guerra. Madrid 1978. [6] “Leyenda de los tres compañeros”, II, 5, en San Francisco…, p. 535. La guerra entre Asís y Perusa, con algunas treguas, duró del 1202 al 1209. [7] Cf. CASTALDINI, A., Il segno del Giusto. Reggio Emilia. Italia 2001, pp. 10-11. [8] “Leyenda de los tres compañeros”, VIII, 23, en San Francisco…, pp. 74-75. [9] Cf. GÁLVEZ CAMPOS, T., Francisco de Asís, paso a paso. Madrid 2009, p. 19. [10] La peste negra de 1348 mermó bastante la familia, pero todavía se hallaban descendientes en 1534. [11] “Leyenda de los tres compañeros”, I, 2 en San Francisco…, p. 533. [12] “Leyenda de los tres compañeros”, V, 13, en San Francisco…, p. 540. [13] “Testamento de Santa Clara”, 12-14, en SANTA CLARA DE ASÍS, Escritos y Fuentes Biográficas. Edición preparada por Sor Mª. Victoria Triviño, osc. México 1994, p. 29. [14] Bulario Franciscano. Bula Quo elongati, de 28 de septiembre de 1230. [15] GÁLVEZ CAMPOS, T., Francisco de Asís…, p. 543. [16] BARSOTTI, D., San Francisco oración viviente. El infinitamente pequeño ante el infinitamente grande. Bilbao 2012, p. 279. [17] “Carta a toda la Orden”, 34, en SAN FRANCISCO, Escritos…, p. 67.
[18] “Testamento Clara” 2, en SANTA CLARA DE ASÍS, Escritos…, pp. 29 y 30. [19] RCl X, 6, en SANTA CLARA DE ASÍS, ..., p. 52; Rb X, 9, en SAN FRANCISCO, Escritos…, p. 115. [20] SAN AMBROSIO DE MILÁN, El Espíritu Santo. Madrid 1998, II, 133, p.164. [21] GUERRA, J. A., “Presentación”, en SAN FRANCISCO DE ASÍS, Escritos…, p. XIV. [22] CELANO, “Vida”, 1, XXX, 84, en SAN FRANCISCO DE ASÍS, Escritos…, p. 192. [23] CELANO, “Vida”,1, XXX, 84, en SAN FRANCISCO DE ASÍS, Escritos…, p. 192. “Honorable” significaba que era culto. [24] SAN BUENAVENTURA, “Leyenda Major”, X, 7, en SAN FRANCISCO DE ASÍS, Escritos…, p. 446; 192 nota 2. [25] Cf. CELANO, “Vida”, 2, n. 35, en SAN FRANCISCO DE ASÍS, Escritos…, p. 250. [26] Cf. CELANO, “Vida”, 1, n. 86-87, en SAN FRANCISCO DE ASÍS, Escritos…, pp. 193-194. [27] Cf. CELANO, “Vida”, 1, n. 85, en SAN FRANCISCO DE ASÍS, Escritos …, p. 193. [28] ZAVALLONI. R., La personalitá di Francesco d’Assisi. Studio psicológico. Padova 1991, pp. 159-160. [29] CELANO, “Vita prima”, 103, en San Francisco de…, p. 226. [30] LECLERC, É., Francisco de Asís. Un hombre nuevo para una sociedad nueva, o el retorno al Evangelio. Salamanca 2006, pp. 190-191. [31] “Carta a todos los Fieles”, 1s, en SAN FRANCISCO DE ASÍS, Escritos …, p. 54. [32] “Leyenda de Perusa”, 83, en SAN FRANCISCO DE ASÍS, Escritos , p. 650. [33] Cf. CELANO, “Vita”, 2, n. 213, en San Francisco…, p. 352. [34] O.c., l.c. [35] LECLERC, E., El Cántico de las criaturas. Oñate 1977, pp. 14-15. [36] BOADAS LLAVAT, A., San Francisco de Asís o casi. Vitoria-Gatzeit 2023, p. 115. [37] LECLERC, E., El Cántico…, p. 17. [38] FELDER, H., Los ideales de San Francisco de Asís. Buenos Aires 1948, pp. 427-428. [40] Cf. PROFILI, Frate L., Francesco pura trasparenza di Cristo. Spoleto 1986, pp. 30-31. [41] FERNÁNDEZ-GALLARDO, Fr. G., “El fundamento de toda ecología”, en Antena Conventual (Madrid), n. 81 (2025) 19.
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