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La danza religiosa[1], del presbítero Armando González Escoto[2]

Yolanda Zamora Puente

 

En la Universidad del Valle de Atemajac (UNIVA) fueron

presentados los libros La danza religiosa y Los pueblos del

Valle de Atemajac, escritos por el presbítero Armando

González Escoto, el 23 de abril del año en curso.

A parte del autor, en el acto estuvieron presentes también el

presbítero Francisco Ramírez Yáñez, rector de la UNIVA,

y la doctora Yolanda Zamora Puente, periodista cultural.

 

“Yo sólo creería en un Dios que supiera bailar” dijo un filósofo, así, en modo potencial, como si descubriera el hilo negro. Y yo agrego… yo creo en un Dios que danza, por supuesto, porque resulta evidente que la música y la danza acompañaron, desde siempre la creación: ¿no es música y danza el ir y venir de las olas del mar? ¿no es música y danza el elíptico girar de los planetas? ¿no es música y danza la lluvia, el relámpago y la amenazante percusión del trueno? ¿Y no lo es, el niño, la creatura que aún no camina, y al escuchar la música sigue el ritmo en los brazos de su madre como una respuesta natural del cuerpo, la mente y el alma?

Y es que la danza subyace en la creación, desde el alfa hasta el omega del mundo y jugó un papel fundamental en las civilizaciones antiguas. Pensemos, en el mundo griego, en la teoría de los mitos pitagóricos, que sostiene la armonía de las esferas y sus proporciones musicales.

 Pero, escuche usted, estoy segura de que “los griegos se quedarían sin habla, al contemplar alguna de nuestras danzas, tastoanes, por ejemplo, concheros, matlachines…  

De todo esto trata el extraordinario libro que hoy presentamos. Un saludo a cada uno de ustedes, a los miembros del presídium, a quienes hoy nos acompañan.

Es un gusto y un privilegio participar de la presentación de un libro más, que se suma al acervo extraordinario que ha generado la pluma, el trabajo, la investigación, y la sensibilidad del Pbro. Armando González Escoto, Cronista de nuestra ciudad y eco creativo que investiga, consigna, entrega y documenta la riqueza de nuestro patrimonio cultural, una y otra vez, incansable e inspirador. Ese patrimonio que nos da identidad, pertenencia y orgullo en el mejor sentido del término, es decir, que tiene que ver con la contemplación y recreación de lo que somos.

Por ello La danza religiosa, título del volumen que hoy presentamos, cito: “está siempre más allá del sociólogo o del teólogo, porque nace y radica en el interior de la persona…  y es parte, agrego, de lo real maravilloso de nuestro pueblo. “Danzan por rezar, danzan para agradecer y en algunas ocasiones danzan para pedir favores, o cumplir promesas…”

Lo primero que salta a la vista en este libro, es la belleza con que está hecho: el formato, sus pastas duras, de un azul-misterio, con el título en bajorrelieve; página a página nos traen dinámicas imágenes a todo color, capturadas en el instante mismo de un giro, de un salto, de una percusión con la suela de madera y corcholata, con la música como telón de fondo, como viento sonoro que mueve los grandes tocados de arte plumario en el que se juega la creatividad del danzante. 

Y todo esto, sobre un tejido hilvanado con la palabra investigada, la fundamentación histórica, la entrega que significa para las nuevas generaciones que reciben la tradición, la aceptan, y la recrean o modifican.

Voy a decirles algo, a riesgo de exponerme a recibir un juicio de sobre-imaginación en mi persona. Mientras yo disfrutaba de este libro, con avidez, me pareció que, en algún momento, iba a saltar del libro un guerrero tastoán con sus crines al viento, mostrando los colmillos y gritando ¡Aixcaquéma! (¡Hasta mi muerte o la tuya!). Lo primero que yo habría dicho habría sido: “¡Momento, que yo estoy de su parte, señor Tastoán!”

[En la presentación del libro en la UNIVA] Nos abre las páginas de este libro, el Rector de la UNIVA Pbro. Lic.  Francisco Ramírez Yánez, quien nos recuerda con todo acierto que, desde los inicios del siglo XXI, la Danza es Patrimonio Cultural inmaterial, intangible, y comparte, en su presentación una prioridad de nuestra Universidad del Valle de Atemajac, es decir, apoyar la investigación, conocimiento y divulgación de nuestro patrimonio cultural. Cito: “La cultura es la verdadera escuela donde se forja al ser humano; por lo mismo, investigar el patrimonio cultural y divulgarlo, favoreciendo su conocimiento y aprecio, contribuye a fortalecer esa escuela que nos da identidad y sentido”.  

En el prólogo, el autor nos sitúa en el Valle de Atemajac, y delimita en circuitos, el escenario de estas danzas que coexisten a partir del barrio y el pueblo: Analco, Mexicaltzingo y Mezquitán, en un primer circuito luego vendrán –nos dice el autor- Tlaquepaque, Tetlán, San Andrés y Atemajac. En el tercer circuito Tonalá, Zalatitlán, San Gaspar, Coyula, Huentitán el Alto, Zoquipan, Zapopan, Jocotán, San Martín de las Flores y Santa Cruz de las Huertas. Y, el autor menciona también los barrios más antiguos de la ciudad, como son: San Juan de Dios, San Francisco, El Pilar, San Felipe y El Carmen, el Santuario y el Hospicio y cómo fueron evolucionando con base en las circunstancias históricas que se fueron viviendo, hasta alcanzar las colonias y… la barrera de los cotos que se vive actualmente.  

Y las danzas fueron surgiendo, aquí y allá. Cito: “Cuando cae la noche de los tiempos de aguas, más precisamente a partir del mes de agosto, se escucha en muchos barrios y pueblos del valle el ancestral sonido de un atabal, convocando al ensayo de un grupo de danzantes que se reúnen en tal cerrada, calle o plaza… para aprender, ejecutar y adquirir condición para el día en que la danza se presente, cuando la virgen visite su templo, o se le acompañe de regreso a su santuario de Zapopan o en su fiesta patronal o peregrinación a otros santuarios. 

Hemos mencionado la palabra “atabal” y conviene recordar que es un vocablo de origen árabe para nombrar un instrumento de percusión, que convoca a manera de arenga a los guerreros. Suele ser un tronco ahuecado y es un claro ejemplo de síntesis cultural, ya que se hermana con el instrumento de percusión prehispánico que conocemos como “teponaztli”.

Es muy común que, quienes conocemos sólo un poco de historia, utilicemos indistintamente la palabra sincretismo, para referirnos a esa especie de fusión entre dos culturas. Sin embargo, particularmente interesante me ha parecido la disertación y precisión con la que el Padre Armando abunda en diversos términos que parecerían querer decir lo mismo pero que, en realidad, son conceptos que tienen su propia significación, matices diferentes, historias como palabra. Me refiero al capítulo en el cual se habla de la evangelización, del sincretismo, sí, pero también de inculturación y vaciamiento.

Sincretismo: Cuando se mezclan conceptos religiosos de por sí distintos, e incluso opuestos, en una apariencia externa que parece aceptar el cambio, pero manteniendo el alma o divinidad, los contenidos originales.

Inculturación: Significa, en cambio, un vaciamiento de los contenidos originales, manteniendo las formas.

Las danzas religiosas representan un fenómeno de inculturación, más que de sincretismo – sostiene el autor.

El autor reseña Tastoanes, Danzas de Conquista, y otras danzas: Concheros, Matlachines, Sonajeros, Lanzeros, y Morenos.          

 

La llamada Danza de Tastoanes, es sin duda alguna, la más compleja y poseedora de una fidelidad a su origen, y una estética que sorprende a propios y extraños. Yo diría que, con permiso de Alejo Carpentier esta danza es un ejemplo perfecto de: Lo real maravilloso. Cito: “¿Pero, ¿qué es la historia de América toda, sino una crónica de lo real maravilloso?”

Esta danza, en sus inicios tiene como intención la defensa de la fe: es decir, la lucha de moros y cristianos en España, trasladada al Nuevo Mundo. Recordemos que los musulmanes permanecieron siete siglos en España, y que la reconquista va a coincidir con la evangelización, la defensa de la fe, y como protagonista, Santo Santiago.

El surgimiento de la danza de los tastoanes coincide con el triunfo de la reconquista y las capitulaciones de Santa Fe en 1492, cuando se entrega el último reducto en poder de los musulmanes, cuando Boabdil II último sultán entrega la Alhambra en Granada, recordemos aquella frase, cierta o no, de la madre de Boabdil que, al verlo llorar por la pérdida de Granada, le dice a su hijo: “Llora como mujer, por lo que no supiste defender como hombre”.

La danza de los tastoanes tiene como antecedente las danzas de moros y cristianos. Dicho sea, arrastra su sentido religioso de defensa de la fe, y claro, traen consigo al paladín por excelencia, el Santo Santiago, que llega en su caballo blanco, para apoyar la lucha contra los impíos que amenazan la fe cristiana. Santo Santiago habrá de combatir no sólo contra los cascanes, sino contra otras tribus indígenas que rechazaban también la conquista, y en contra de Santo Santiago y los indígenas sedentarios del centro y sur de Jalisco, aliados a los españoles.

La ferocidad de los tastoanes termina por vencer y matar a Santo Santiago. Pero, para sorpresa de todos, el Santo Santiago revive y finalmente triunfa, los tastoanes lo aceptan y lo llevan en hombros al templo.

(Voy a narrarles una vivencia: desde niña me llevaba mi Nana Carmen a presenciar las danzas de tastoanes, siempre me emocionaron mucho estas danzas. Sin embargo, hasta la fecha, sigo esperando que algún día ganen los tastoanes y… ¡siempre pierden! ¿por qué?  Esa respuesta tendrán que leerla con toda claridad en el libro que hoy presentamos, o bien, hacerle la pregunta directamente al mismo Padre Armando, él sí que lo explica maravillosamente).

¿Cómo van ataviados los tastoanes? Cito: “Los danzantes tastoanes llevan cabelleras hechas de crines, hirsutas y alborotadas, largas negras, o canosas, y máscaras de madera, sobre las que se pasean animales como escorpiones, lagartijas, iguanas, herencia de las tribus totémicas que idealizaban a los animales”.  Pensemos en los nahuales.

 “(…) por debajo de las grandes máscaras melenudas, que, insisto son la principal característica de su indumentaria, muchos tastoanes suelen llevar gabardinas, pantalones y botines, todo en un claro mestizaje que se ha ido actualizando a tenor de los tiempos”. Agrego, para evitar los “varazos”, generalmente con varas de guayabo y los danzantes van dispuestos a recibir el vareo. (Hay quien ofrece recibir cierto número de azotes, como manda, o como expiación de culpa).

 

La danza de Concheros es otra de las danzas que se escenifican en el Valle de Atemajac. Cito: “Así llamada por el uso de mandolinas hechas sobre caparazones o conchas de armadillo. Pero también acostumbran atarse conchas y cascabeles en torno a muñecas y tobillos”.  Los danzantes van ataviados con tocados de exquisito diseño y plumas naturales, como de faisán.  (Fotografía a dos páginas).

 

“Los matlachines bailan en columnas de dos en fondo, con un ritmo suave, sin dejar de ser recio. Predomina el sonido de una gran tambora, que va marcando el paso…los danzantes llevan faldillas abiertas por los costados con hileras de carrizo cosidos de arriba abajo, un chaleco sobre camisa con lentejuela y un vistoso penacho, que lo mismo puede ser al estilo apache o bonete de plumas, pero cuyas ínfulas anteriores, o abalorios, les cruzan parte del rostro”.

 

“Los sonajeros (originarios de Tuxpan, Jalisco) usan pantalones y camisas de manta, llevan al cuello un paliacate (pañuelo grande, originalmente rojo, pero cuyo color ahora varía…), portan igualmente un chaleco adornado con tiras de listones multicolores horizontales, ceñidor rojo y calzoneras, cuyas puntas trianguladas terminan en borlas. Suelen llevar sombrero blanco de ala, de tipo rural. Sin duda, lo que más lo caracteriza es el bastón-sonaja que hacen sonar lo mismo levantándolo en el aire, que golpeando con él en el piso”.

 

Los lanceros. “Esta danza es una derivación de la danza de Sonajeros de Tuxpan. (…), es muy semejante a la danza denominada de apaches, de hecho, la más antigua fotografía que se conserva de un grupo de danzantes de este estilo, es justamente de apaches y corresponde a los años treinta de la pasada centuria.  La lanza vino a sustituir a la sonaja-bastón propia de los danzantes de Tuxpan.  (…) La danza se acompaña por el sonido de una flauta (chirimía) y un tamborcillo, ambos instrumentos portados por un solo ejecutor”.

(Origen Sonora y Chihuahua).

 

En Guadalajara llaman “morenos” a los danzantes responsables de mantener el orden entre los observadores, y permitir así abrir paso a la danza, lo mismo en una plaza que cuando van de camino. Suelen vestirse con ropas oscuras, intimidantes y grotescas.

 

 Todas las danzas están registradas en cuarteles:  Cuartel de Danzas Autóctonas de Zapopan; Cuartel General de Danzas Chimalhuacanas del Estado de Jalisco; Cuartel Real Unión de Danza Autóctona de Jalisco.  Cada uno de estos cuarteles reúne a un buen número de danzas, alrededor de trescientos grupos de danza.

 “Danzan por rezar, danzan para agradecer y en algunas ocasiones danzan para pedir favores, o cumplir promesas…”

Año con año, como brotan los mirasoles en el campo, o la flor de calabaza después de una lluvia, brotan las danzas, y se suman los jóvenes, que aprenden a danzar de generación en generación.

En los años recientes, hemos visto con alegría que los niños se han incorporado decididos y entusiastas a las danzas, recibiendo la herencia y tradición que con ellos vive, se renueva y finca la esperanza de su conservación.

Y si alguien duda de ese “Dios que sabe danzar” y que fecunda con su luz las nuevas generaciones de danzantes abriendo una grieta a través de la cual se atisba lo divino, le invito a que acompañe a las danzas un 25 de julio, o un 12 de octubre, en la “Llevada de la Virgen”, de regreso a su Santuario. Zapopano.

¡No le quedará duda, el Danzante Mayor sí que danza, ¡de la mano de la creación!

 



[1] Editado por la Universidad del Valle de Atemajac, 2026.

[2] Del clero de Guadalajara, ordenado en 1983. Obtuvo la licenciatura en Historia de la Iglesia por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y ha profundizado en la historia de la arquidiócesis de Guadalajara; actualmente está asignado al Templo Expiatorio de Guadalajara y colabora en la Universidad del Valle de Atemajac.



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