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La arquidiócesis de Guadalajara en los informes del delegado Ridolfi en un libro de Carmen-José Alejos Grau y José Luis Soberanes Fernández
Pbro. Juan González Morfín[1]
Recientemente ha sido publicado el libro La impronta de las Leyes de Reforma en la sociedad mexicana. Del porfiriato a la Revolución (1876-1914), del jurista José Luis Soberanes Fernández y la investigadora Carmen José Alejos Grau.[2] La obra consta principalmente de una selección amplia y bien organizada de documentos que se encuentran en los archivos vaticanos y que permite adentrarnos tanto en la visión del país y de la Iglesia por parte de los diferentes representantes de la Santa Sede en México, así como de la pluma de sus propios prelados. Todo ello bajo la sombra de las Leyes de Reforma y la supervisión, casi protección, de don Porfirio Díaz. Más que una reseña del libro, que por la cantidad de temas que trata sería difícil resumir, me propongo en este breve espacio entresacar algunos datos sobre la arquidiócesis de Guadalajara que pueden ser de interés, partiendo solamente de los informes del delegado apostólico Giuseppe Ridolfi, quien estuvo en México entre 1905 y 1911. Los informes que se utilizarán son de 1906-1909 con la esperanza de que sirvan al lector para entusiasmarse por la lectura completa del libro. En un informe de noviembre de 1906, Ridolfi dibuja así la situación de la arquidiócesis, después de asentar que cuenta con una población de 1,135,000 feligreses:
Se le llama la “Perla de Occidente”. Creo, sin miedo a equivocarme, que es la más floreciente de toda la República. El actual arzobispo Mons. Ortiz es un hombre de carácter y de empresa. Aunque tenía suficiente clero, abrió las puertas a las comunidades religiosas, rompiendo así la tradición de un provincianismo estúpido. Por este motivo tuvo fuertes disgustos que le fueron ampliamente compensados por tantas obras instituidas en beneficio de las almas. Amante de la educación, dio un gran impulso a las escuelas católicas de la arquidiócesis ayudándolas económicamente. Bajo su protección, florece en la ciudad residencial un colegio dirigido por los padres de la Compañía de Jesús, cuyos estudios son reconocidos por el Estado: único ejemplo en esta nación. Una escuela católica de normalistas, que terminados los cursos y obtenido el título son enviados a enseñar a las instalaciones del arzobispado. Un centro de Artes y Oficios confiado a los salesianos de Don Bosco. Un instituto de educación de chicas con externado, dirigido por las damas del Sagrado Corazón. No menciono otros establecimientos católicos. El seminario mayor y menor y escuelas anexas para externos cuentan con un total de mil alumnos. Los teólogos son unos 110; los Filósofos 150. Quizás en lugar de otro seminario convendría más una Universidad. Las sociedades católicas de trabajadores prosperan. Solo los miembros de los de la capital son 4.000. El arzobispo a menudo preside las reuniones. El clero es bastante numeroso y disciplinado. El capítulo de la catedral es por tradición algo independiente del prelado. Había una cuestión bastante seria para un nuevo reparto de los diezmos, cuya decisión se envió al arbitrio del delegado. Propuse un proyecto que pro bono et equo fue aceptado por ambas partes con satisfacción […]. Dos veces visité Guadalajara. La primera en febrero de 1906; la segunda en octubre del mismo año para presidir el Congreso Eucarístico, que resultó digno de aquella metrópoli (pp. 241-242).
Más adelante destaca otros aspectos: “De mención especial es la escuela católica de cuatrocientos normalistas que florece en Guadalajara” (p. 260). Al hablar del movimiento social, Ridolfi subraya:
Hace seis años, el actual arzobispo fundó un “Círculo católico de Obreros” que prospera bastante y tiene 4.000 trabajadores. Todas las semanas en sus propios locales se realizan encuentros con instrucción de catequesis, conferencias de índole social, de relación, etc. El director es el sacerdote Correa: órgano, el semanario El Obrero Católico. La sociedad dispone de un fondo de Ayuda Mutua para enfermedades, y a favor de la familia en caso de fallecimiento de un socio. Fuera de la ciudad no faltan asociaciones obreras sostenidas por el celo de los párrocos (p. 261).
Hablando del número de escuelas católicas, hace notar que Guadalajara supera a las demás diócesis:
En el desarrollo escolar católico destacan cuatro estados: Guadalajara era la que tenía más escuelas e institutos (491 y 53) y más alumnado en total, 40,880. Michoacán que, con menos escuelas e institutos (210 y 15), tenía un número de alumnos bastante aproximado, 39,160. La siguiente era la capital, con 206 escuelas, 20 institutos, y 17,947 alumnos. En cuarto lugar, Puebla que, aunque tenía menos escuelas, 30, disponía de casi tantos institutos como Guadalajara, 50, además de la Universidad con 270 alumnos, incluidos los seminaristas (p. 272).
El 30 de marzo de 1908, falleció don Próspero María de Alarcón y Sánchez de la Barquera, arzobispo de México. El cardenal Secretario de Estado, Rafael Merry del Val, solicitó al delegado apostólico informes de los candidatos a sucederlo, adelantando que tenía muy buenas referencias del obispo de Yucatán, Martín Tritschler. En poco tiempo, Ridolfi envió una propuesta en la que presentaba a: 1.Monseñor Leopoldo Ruiz, arzobispo de Linares. 2.Monseñor Martín Tritschler, arzobispo de Yucatán. 3.Monseñor Ramón Ibarra, arzobispo de Puebla. 4.Monseñor José de Jesús Ortiz, arzobispo de Guadalajara (p. 284). De don José de Jesús Ortiz, el delegado reportaba que:
Había sido abogado muy recomendable antes de ser sacerdote. Era posible que en las ciencias sagradas no estuviera a la altura de los otros colegas, pero en el actuar era un hombre que valía mucho. El delegado expresaba que había experimentado varias veces su prudencia y rectitud a la hora de actuar. En su primera sede, Chihuahua, había destacado por su celo y abnegación: en la arquidiócesis de Guadalajara había logrado abrir las puertas a las comunidades religiosas, a pesar de no pocos obstáculos. El capítulo catedralicio, que no estaba habituado a obedecer, lo quería poco; el clero, bastan te; la sociedad laica, mucho (pp. 285-286).
Había otros tres candidatos a los que Ridolfi consideraba “menores”, pero no por ello dejaba de dar su opinión: Eulogio Gillow, José Mora y del Río y Atenógenes Silva. Como sabemos, la nominación recayó en Mora. En los meses que transcurrieron antes del nombramiento de don José Mora y del Río como arzobispo de México, Ridolfi escribe una carta a Merry del Val anticipándose a la posibilidad de llenar una vacante importante, la de la arquidiócesis de Linares, ocupada entonces por don Leopoldo Ruiz y Flores. Al que sugiere en su lugar, en caso de vacancia, era nada menos que a Mons. Francisco Orozco y Jiménez –entonces obispos de San Cristobal de las Casas, Chiapas–, bajo estos argumentos:
Si se produjese el traslado del Prelado de Linares, por el cual la corriente es muy fuerte, me confirmo cada día más que hic et nunc solo Mons. Orozco podría llenar ese vacío. Este obispo es más romano que los romanos, y daría su vida por la Santa Sede. Tiene el espíritu de Dios y la salvación de las almas. Después de seis años de ministerio en una diócesis difícil como Chiapas, ha adquirido suficiente experiencia de los hombres y de las cosas. Posee un discreto capital familiar, que en Linares es necesario porque esa Mesa se puede decir que es nada. Ama de corazón a las Corporaciones Religiosas y es un defensor de la educación en todas sus formas. En Linares encontraría el programa bien trazado y las instituciones más importantes recién fundadas. De hecho, los lazaristas fueron este mes a tomar posesión del Seminario que sólo existía de nombre. Los hermanos de la Doctrina Cristiana acaban de inaugurar su colegio, fruto de tantas prácticas, y han comenzado un externado, que se opone a la propaganda protestante. También está en germen el instituto de María Auxiliadora para las jóvenes pobres. Incluso el círculo de jóvenes de la Doctrina Cristiana, bien cultivado, dará excelentes resultados. ¡Ay si no llegara a sucederle en Linares un hombre de celo y laboriosidad! (pp. 284-285).
Esto lo decía el delegado el 22 de agosto de 1908. En fin, el libro de Soberanes y Alejos es interesante no solo por los datos que contiene de la arquidiócesis tapatía, sino por ser un magnífico espejo de lo que ocurría en la Iglesia de México por aquellos años e, incluso, de lo que se vivía en la sociedad mexicana. Tenemos la suerte de que está disponible en internet: https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/16/7751/15_7751.pdf [1] Profesor e investigador de la Universidad Panamericana, que centra su actividad en las relaciones Iglesia – Estado en México entre 1910 y 1940, autor de varios libros y artículos sobre el tema. [2] José Luis Soberanes Fernández, Carmen-José Alejos Grau, La impronta de las Leyes de Reforma en la sociedad mexicana. Del porfiriato a la Revolución (1876-1914), UNAM – IIJ, México, 2025. |




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