2009
|
2010
|
2011
|
2012
|
2013
|
2014
|
2015
|
2016
|
2017
|
2018
|
2019
|
2020
|
2021
|
2022
|
2023
|
2024
|
2025
|
2026
|
|
Volver Atrás
El Misterio Trinitario a la luz de la Resurrección de Cristo Pbro. Carlos Enrique Zárate Real[1]
Agradecemos esta colaboración teológica de quien imparte la materia de Dios Uno y Trino en el Seminario de Guadalajara, con base en teólogos del más alto nivel, distinguidos tanto por su ortodoxia como por el respaldo institucional de la Iglesia.
Introducción
Creer en el Resucitado y esperar su venida es la verdad que fundamenta la esperanza del cristiano. San Pablo lo expresa así: «si Cristo no hubiera resucitado vana sería nuestra fe» (1 Cor 15, 14). Al interno de esta gran verdad, subyace otra igualmente importante: la revelación del Dios trinitario. El Evangelio de Lucas nos narra aquella ocasión en la que Jesús exultó en el Espíritu Santo y bendijo al Padre por su revelación a los sencillos de corazón, y dentro de esa misma oración nos dio a conocer que el Hijo es el único capaz de revelar el misterio de la Trinidad: «nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (cf. Lc 10, 21-22). No existe otro acceso al misterio trinitario que el de la revelación en Jesucristo y en el Espíritu Santo, y ninguna afirmación sobre la Trinidad inmanente se puede alejar de la base de las afirmaciones neotestamentarias, si no quiere caer en el vacío de frases abstractas e irrelevantes. (Balthasar). De esta manera podemos afirmar junto a los textos de la Escritura y la Tradición, que Cristo es la plenitud de la revelación. De hecho, así lo afirma la Constitución Dogmática Dei Verbum: «Cristo con toda su presencia y manifestación, con palabras y obras, señales y milagros, pero sobre todo con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos, y con el envío final del Espíritu de la verdad, perfecciona la revelación llevándola a plenitud y nos confirma que Dios está con nosotros» (cf. DV 4). Por lo tanto, en la presente investigación profundizaremos en la dimensión trinitaria que nos viene revelada en el misterio de la Resurrección de Cristo. Los incisos a desarrollar serán los siguientes: 1) La paternidad de Dios y la filiación divina de Cristo; 2) La plena posesión del Espíritu en Jesús resucitado; 3) El Espíritu, don del Padre y del Hijo; 4) La vida trinitaria en la vida del creyente. Enriqueceremos el panorama actual sobre la cuestión con las reflexiones de diferentes teólogos, entre ellos: L. Ladaria, H.U. von Balthasar y A. Cordovilla.
El Misterio Trinitario a la luz de la Resurrección de Cristo
Al reflexionar sobre la Resurrección de Jesús no podemos prescindir del horizonte trinitario, pues como veremos más adelante, es el Padre quien resucita a Jesús en el Espíritu, o con palabras del apóstol Pablo, Jesús es constituido Hijo de Dios en poder según el Espíritu (cf. Rm 1,4). Entonces esta reflexión se refiere a la revelación del misterio del Dios trinitario que subyace en el acontecimiento de la Resurrección de Cristo. Al respecto comenta el cardenal Ladaria: «Jesús nos revela a Dios como Padre y nos da el Espíritu Santo que sobre Él ha reposado… sólo a partir de su relación con el Padre, y con la Unción del Espíritu, en virtud de la cual ha llevado a cabo la misión que el propio Padre le ha confiado, sabemos quién es Jesús, el Hijo de Dios, el Señor y el Cristo»[2].
1. La paternidad de Dios y la filiación divina de Cristo
Esta revelación trinitaria en la Resurrección, se afirma en primer lugar porque la mayoría de los textos del Nuevo Testamento, apuntan a que la iniciativa de la Resurrección corresponde al Padre (cf. Rm 6,4; 8,11; 10,9; 2 Cor 4,14, Ef 1,20; etc.); y, en segundo lugar, porque Jesús es exaltado por Dios y, sentado a su derecha, participando ahora de su gloria (cf. Sal 2,7; Hch 13,33; Hb 1,5; 5,5). De esta manera, en la Resurrección se nos revelan la relación de paternidad y filiación, las cuales abordaremos desde dos enfoques distintos. En primer lugar, nos ocuparemos de la perspectiva del cardenal Ladaria quien interpreta la dimensión trinitaria de la Resurrección en términos de “generación”. Pues siguiendo a san Pablo afirma que Jesús adquiere en este momento la condición de Hijo de Dios en todo su poder (cf. Rm 1,3-4); tratándose, por tanto, de la exaltación de Jesús en su humanidad[3]. Ladaria realiza una interpretación singular sobre los textos que nos hablan de la Resurrección, de modo que nos sugiere tener en especial atención la paternidad de Dios y la filiación divina de Cristo. Relaciones que, manifestadas en la resurrección, nos ofrecen a su vez la clave de comprensión de toda la vida de Jesús, abriéndonos así la puerta a la comprensión de la Trinidad inmanente: «Sólo a la luz de la “generación” a la vida divina en la Resurrección ha podido el Nuevo Testamento, y a partir de él la Tradición de la Iglesia, hablar de la existencia del Hijo desde el principio en el seno del Padre que lo ha engendrado eternamente»[4]. Si Jesús es desde siempre Hijo de Dios y no ha llegado a serlo en modo alguno después de la Resurrección, ¿en qué sentido Ladaria habla de generación? Al respecto contesta con las magistrales palabras de san Hilario de Poitiers, aclarando que una vez realizado el designio de amor que ha llevado al Hijo a despojarse de sí mismo y a tomar la forma de siervo, no puede vivir en plenitud la vida divina, si a ella no está incorporada también plenamente la humanidad que ha hecho suya desde la encarnación:
…para que, el que antes era Hijo de Dios, y entonces también Hijo del hombre, en cuanto era Hijo del hombre fuera engendrado como perfecto Hijo de Dios; es decir, para que volviera a tomar y le fuera concedida a su cuerpo la gloria de la eternidad mediante la fuerza de su Resurrección; por ello, como encarnado, volvía a pedir al Padre esta gloria (cf. Jn 17,5)[5].
El cardenal Ladaria interpreta de este modo que el Nuevo Testamento hable de la Resurrección en términos de “generación”: en el sentido que la vida humana de Jesús afecta a la vida interna de la Trinidad, es decir, la asunción que el Hijo ha hecho de nuestra naturaleza humana, es irrevocable. Así la plena incorporación de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, en la vida divina se hace necesaria[6]. Y así como la unidad del Padre y del Hijo se manifiesta en la Resurrección y exaltación de Jesús, del mismo modo queda revelada la efusión del Espíritu Santo; desde ahora quedará mostrada la pertenencia de este Pneuma al ámbito divino, don del Padre y del Hijo a los hombres, y expresión de unidad entre ambos[7]. En segundo lugar, nos ocupamos de la lectura que hace H.U. von Balthasar sobre la dimensión trinitaria manifestada en la Resurrección. Al tratar las relaciones de paternidad y filiación, le parece importante tener presente la contraposición de voluntades entre el Padre y el Hijo manifestadas en el Huerto de los olivos y en la Cruz; ya que, en esta contraposición, se hace visible la suprema oposición económica entre las personas divinas. Oposición que por otra parte se muestra como manifestación última de la actividad salvífica, conjunta y unitaria de Dios[8]. Según el teólogo suizo, al Padre se le atribuye constantemente la iniciativa en la Resurrección del Hijo. Iniciativa que viene interpretada en el contexto de la Creación, pues si al Padre se le atribuye en el orden de las misiones la Creación del mundo, con la Resurrección de su Hijo de entre los muertos, lleva a término y plenitud su obra creadora. También Balthasar interpreta la iniciativa del Padre en el contenido veterotesmentario de la Alianza. De esta manera el Dios fiel y vivo, en el que creyó Abraham, es el Dios verdadero que da la vida y ha resucitado de entre los muertos a su Hijo Jesús, Señor nuestro (cf. Rm 4,17.24). El Padre sella su alianza con el mundo definitivamente al reconciliar consigo al mundo en Cristo (cf. 2 Cor 5,19). Por eso se puede decir que toda la actividad del Dios vivo ha tenido desde siempre puestas sus miras en la Resurrección del Hijo[9]. Es interesante también la interpretación de paternidad en el contexto litúrgico. Balthasar, siguiendo a Durwell, nos indica que, si el sacrificio de la cruz se interpreta en el contexto cultual, la Resurrección se convierte en la aceptación del sacrificio por parte de la divinidad. Argumenta Balthasar:
El cordero que carga con el pecado (Jn 1,29) no se eleva a sí mismo hasta el altar celestial para allí sentarse eternamente en el trono con el Padre y recibir los cánticos de alabanza de la eternidad; el acto del cordero consiste sólo en entregarse y abandonarse (Gal 1,4; 2,20; Ef 5,25; Tit 2,14; Hb 9,4): en manos de aquel (Lc 23,46) que puede y debe recibir este sacrificio y convertirlo en significativo y fecundo[10].
Ahora Balthasar, considera la actuación del Hijo en su misma Resurrección en términos de obediencia: «Y si a la obediencia última del Hijo pertenecía que él se dejase resucitar por el Padre, no menos pertenece al cumplimiento de su obediencia el que se deje dar el tener vida en sí mismo (Jn 5,26)»[11]. Esta exaltación que Cristo recibe en la Resurrección no lo determina como sujeto meramente pasivo, sino todo lo contrario, activamente participa con el Padre y el Espíritu en su misma Resurrección. Aquí son importantes las palabras de san Juan en las que se descubre el poder del Hijo, no sólo para entregar la vida, sino también para recobrarla de nuevo (Jn 10,18; 2,19); y con esta fuerza resucitar a los muertos en el tiempo y al final de los tiempos. Dice nuestro autor reforzando su argumentación:
Al poder del Padre, que es una sola cosa con su misión, se abandona el Hijo en su extrema debilidad; pero dicha obediencia es hasta tal punto amor al Padre, que quien envía y quien obedece actúan desde la misma libertad divina de amor: el Hijo, al dejar al Padre la libertad para mandar hasta la muerte del Hijo; el Padre al dejar al Hijo la libertad para hacerse obediente hasta la muerte[12].
2. La plena posesión del Espíritu en Jesús resucitado
La segunda consideración a tomar en cuenta, será la relación manifestada en el Nuevo Testamento entre la Resurrección de Jesús y el Espíritu Santo. En este apartado nos centraremos principalmente en las reflexiones del cardenal Ladaria quien esboza en varios de sus escritos una interesante aportación sobre la presencia del Espíritu Santo en la vida de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios y Mesías. Al respecto comenta Ladaria: «La Resurrección es la culminación del camino de la vida filial de Jesús en cuanto hombre, realizado en el Espíritu. No conocemos un camino histórico del Hijo encarnado que no se lleve a cabo en el Espíritu»[13]. En su Manual de Trinidad, El Dios vivo y verdadero, nos ofrece el comentario sobre algunos pasajes bíblicos que iluminan significativamente la relación entre el Hijo y el Espíritu. Comencemos con el pasaje de Rm 1,4, en el que se dice: “Constituido Hijo de Dios en poder según el Espíritu de santidad por la Resurrección de los muertos”. Nuestro autor hace notar aquí que, la filiación divina de Jesús en poder, se actúa en virtud del Espíritu. Si en el AT el Espíritu de Dios era fuerza creadora capaz de robustecer al hombre (Ez 37.5ss), ahora es fuerza de resurrección. Más adelante en la misma Carta a los Romanos leemos: “Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también vida a sus cuerpos mortales por su Espíritu que habita en ustedes” (Rm 8,11)[14]. El cardenal Ladaria nos manda también a la obra de Y. Congar en la que se propone una cristología de la exaltación. Estos son los textos que la caracterizan: Rm 1,3-4; Hb 1,5-6; Hch 2,32-34; 1 Cor 15,42-45. Se trata de una cristología histórica, que reconoce dos estadios en el destino de Jesucristo: un estadio de kénosis, la de Siervo, que culmina en la cruz y en el descenso a los infiernos; y otro glorioso, el de la resurrección y del sentarse a la derecha de Dios. En el primer estadio, Cristo recibió el Espíritu; fue santificado y guiado por él. En el segundo estadio, está sentado a la derecha de Dios, es hecho semejante a Dios y de esta manera puede como hombre incluso, dar el Espíritu[15]. Con estas referencias se nos revela la dimensión trinitaria del Misterio Pascual, pues vemos cómo en la resurrección de Jesús quedan definitivamente caracterizados tanto el Padre como el Espíritu Santo. Es el Padre quien resucita a Jesús en el Espíritu. De esta manera, la plena manifestación de la filiación divina de Jesús no puede separarse de la revelación de las otras dos personas divinas[16]. Ladaria, continuando con la reflexión, da un paso más y aclara cómo es que Jesús en su Resurrección, recibe plenamente el Espíritu que le pertenece en cuanto Hijo:
La Carta a los Corintios, nos enseña que el mismo Jesús, en la Resurrección, ha sido hecho «espíritu vivificante» (1 Cor 15,45; 2 Cor 3,6; Jn 6,63). No se trata por supuesto de una identificación personal de Cristo y el Espíritu Santo, sino del hecho que Jesús, en su Resurrección, ha sido lleno del Espíritu Santo de Dios, convirtiéndose así en fuente de vida para todos los que creen en Él. Si el primer Adán ha sido fuente de la vida terrena que termina en la muerte y el pecado; Jesús, el segundo y definitivo Adán, es la fuente del Espíritu, que ahora llena su humanidad perfectamente divinizada y en total comunión de vida con el Padre, con el cual se nos da la vida definitiva. Jesús se coloca por tanto de la parte del Creador, ya que es capaz de dar la vida. Encontramos así una relación clara entre la divinización de la humanidad de Cristo, y la efusión del Espíritu que descendió sobre Él en el Jordán, y ahora tiene en plenitud[17].
La filiación divina de Jesús, que había sido proclamada en el bautismo (Lc 3,22; Sal 2,7) y que Jesús había vivido durante su vida terrena, se manifestó solemnemente en la Resurrección (Hch 13,33). Si la Resurrección manifiesta y realiza en toda su amplitud y profundidad la paternidad de Dios, así ha de ocurrir también con la filiación de Jesús. En la Resurrección Jesús, el Hijo, adquiere la condición de Hijo de Dios en todo su poder. Sin necesidad de caer en un adopcionismo, podemos afirmar con toda su verdad la plena constitución filial de Jesús en la Resurrección[18].
3. El Espíritu, don del Padre y del Hijo
La tercera consideración que tiene que ver con el don del Espíritu, don del Padre y del Hijo. Para abordarla, es necesario hacer referencia al pasaje de la carta a los Gálatas en la que leemos: «Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama Abbá» (Gal 4,4-6). Comenta Balthasar que sólo gracias a este don del Espíritu traído por el Hijo Jesús, el acontecimiento de la Resurrección llega a ser existencial para nosotros[19]. Ya hemos hablado antes de la conexión existente entre las misiones del Hijo y del Espíritu. Es necesario profundizar un poco más en ellas, pero ahora desde la perspectiva de la Resurrección. El envío del Espíritu no se explicará sin la glorificación del Hijo. Jesús ha recibido el Espíritu en plenitud para después donarlo entre los hombres. De hecho, así lo presentan los evangelios: como aquel que bautizará en el Espíritu (cf. Mc1,8; Mt 3,11; Lc 3,16)[20]. Ahora indicaremos de forma sucinta los datos escriturísticos que nos ayudarán a profundizar lo que se conoce como el “segundo tiempo” en la relación de Jesús y el Espíritu[21]. Comencemos con la tradición lucana. Según el texto de Lc 24,49 Jesús enviará la promesa del Padre una vez que haya ascendido al Cielo. Esta idea parece coincidir en los siguientes textos: Hch 1,5.8; 2,17ss, junto a la relectura de Jl 3,1-5. Sin embargo, el evento de Pentecostés manifestará la efusión del Espíritu por parte del Padre (cf. Hch 1,4; 11,17) y del Hijo (cf. Hch 2,33), de un modo universal y sin fronteras sobre la humanidad[22]. Para el Evangelio de Juan el don del Espíritu es consecuencia de la glorificación de Jesús en su humanidad (cf. Jn 7,37-39). En cuanto al sujeto agente de la misión del Espíritu, san Juan ofrece variaciones: lo enviará el Padre a petición o en nombre de Jesús (cf. Jn 14, 18.26); será enviado también enviado por Jesús, pero como procedente del Padre (cf. Jn 15,26; 16,14-15). Por lo tanto, para san Juan, aunque el Padre es el principio último de la misión del Paráclito, no se prescinde de la intervención de Jesús en la efusión del Espíritu Santo. Además, se añade un exquisito dato teológico de la teología joánica: la efusión del Espíritu se da propiamente en el acontecimiento de la glorificación de Jesús, bien sea en el momento mismo de la muerte, donde al expirar Jesús anticipa el don del Espíritu (cf. Jn 19,30)[23], o también, en el atardecer del mismo día de Pascua, cuando el Resucitado, soplando sobre los discípulos, les comunica el hálito de la vida nueva (cf. Jn 20,22)[24]. San Pablo nos ayuda a profundizar en la íntima relación del Espíritu como don del Resucitado. El apóstol contempla a Jesús glorificado como la fuente del Espíritu donado a los hombres. Por esta razón encontraremos en Pablo toda una terminología para hablar del Espíritu[25]. Para él, los problemas cronológicos entre Resurrección de Jesús y Pneuma no existen; ambas se consideran, más bien en estrecha unidad. También es necesario aclarar que el Espíritu no es sólo instrumento de la Resurrección, sino también medio en el que ésta se produce (cf. 1 Pe 3,18; 1 Tim 3,16; Rm 1,4)[26]. Ladaria haciendo eco de la voz de los santos Padres que desarrollan las afirmaciones de la Escritura nos ofrece estas consideraciones. Con san Ireneo de Lyon, afirma que la obra del Espíritu es renovar al hombre para introducirlo en la novedad de Cristo resucitado. De Orígenes, rescata la invitación que hace a los creyentes, para que caminen en la novedad de la vida (cf. Rm 6,4), es decir la novedad de la gracia del Espíritu Santo. Juntamente con san Hilario, pone de relieve la identidad entre el Espíritu que Jesús resucitado posee en plenitud, y que derrama sobre toda carne[27]. El cardenal Ladaria precisa en la interpretación de los textos bíblicos y patrísticos, que el don del Espíritu Santo, como don de Jesús glorificado no es “nuevo”, sino “donado de un modo nuevo”. Antes de la venida del Mesías, en el Antiguo Testamento, el Espíritu ya había actuado, sólo que ahora se manifiesta en todas sus virtualidades como don del Padre y del Hijo. «Por lo tanto no hay presencia del Espíritu Santo en el mundo después (y aún antes) de la Resurrección de Jesús que no tenga que explicarse a partir de esta última. Sólo como don de Jesús resucitado despliega el Espíritu en la historia todas sus virtualidades»[28]. Esta novedad de la efusión del Espíritu, como don del Padre y del Hijo radica en la forma de comunicación, es decir, a través de la humanidad glorificada de Jesús resucitado y sólo en ella, en la cual reside toda la plenitud de la divinidad (Col 2,9). A partir de la Resurrección, la carne de Jesucristo se convierte en vehículo e instrumento para la comunicación a los hombres de la misma vida que a ella vivifica, el Espíritu[29].
Encarnación, resurrección y misterio de la efusión del Espíritu Santo pueden contemplarse así en su estrecha relación mutua. La encarnación, acto libre y soberano de Dios en su amor a los hombres, lleva como necesaria consecuencia la comunicación del Espíritu divino, fuerza y vida de Dios, a la humanidad de Jesús; esta presencia del Espíritu en Él tiene en primer lugar un significado para el mismo Jesús, en cuanto a la vez es presupuesto y consecuencia de su filiación divina. Pero tiene a su vez, inseparablemente, un significado histórico-salvífico en cuanto la misión y la vida entera de Jesús están destinadas a traer la salvación a los hombres; éste es el único sentido de la encarnación. La plenitud de la posesión del Espíritu por Jesús no puede en modo alguno separarse de su función salvífica[30].
Con la reflexión anterior, el cardenal Ladaria confirma de manera contundente la importancia capital de la humanidad del Hijo de Dios en los misterios de su vida terrena: quien ha sido glorificado ya en su humanidad y sobre el cual se ha posado plenamente el Espíritu Santo, es el único capaz de transmitirlo a los hombres, Jesucristo el Mesías Ungido. El Espíritu es el don otorgado por el Resucitado a los creyentes (cf. Jn 20, 19-23). El Espíritu es la persona, la fuerza dinámica y el ámbito que suscita unos efectos en la Iglesia y en la vida de los creyentes que también hacen referencia a Jesús: edifica el cuerpo de Cristo (1 Cor 12; Rm 12); impulsa la predicación y el testimonio de Jesús; nos hace vivir la filiación adoptiva; (Gal 4,6-7; Rm 8,14-17); nos configura con Cristo (Rm 8,28-30); nos enseña, conduce y recuerda la verdad completa de Jesús (Jn 14-16). El Espíritu de Dios es el Espíritu del Hijo (Gal 4,6) y el Espíritu de Cristo por lo que el Nuevo Testamento ha podido poner en cierta equivalencia en cuanto al contenido la misión y función de Cristo y la del Espíritu[31].
4. La vida trinitaria en la vida del creyente
La fuerza divina de Jesús en poder se actúa en virtud y en la fuerza del Espíritu. El Padre resucita a Jesús en el Espíritu. El Espíritu de Dios que en el AT se relaciona con la fuerza creadora en el origen del mundo y con la fuerza que robustece al hombre para que de los huesos secos pueda salir nuevamente vida, ahora se relaciona con la fuerza desde la que el Padre resucita a su Hijo y quien obrará en nosotros la resurrección futura[32]. La obra del Espíritu que se revela en la Iglesia sigue siendo la auténtica prueba de que Cristo ha resucitado. San Lucas con el relato de Pentecostés nos proporciona la conciencia que la Iglesia tiene de estar en posesión viva del Espíritu. Dicha posesión se manifiesta de forma particular en la continuación de los signos y prodigios que obra en el nombre de Jesús, su oración, su fe viva, su comunión fraterna, su solicitud por los necesitados, etc[33]. El don de la filiación adoptiva de los hombres en Cristo, el Unigénito, que en el arco de su vida terrena desde la Encarnación hasta la Resurrección, se convierte en el Primogénito entre muchos hermanos[34], es uno de los dones otorgados a partir del Misterio Pascual. Cristo no sólo es el Mesías ungido, sino también y, sobre todo, el Hijo de Dios. Pero, además, Jesucristo, el Hijo encarnado, nos revela esta paternidad divina en sí mismo, es decir, en su misión y persona. El cardenal Ladaria argumenta que nuestra filiación es participación en la filiación de Jesús que como humano, se manifestó y realizó en la historia. Por la Resurrección, Jesús se convirtió no solo en el Ungido por el Espíritu, sino también en el dador del Espíritu (Jn 20, 22-23). En este sentido, su Resurrección es la realización previa de la adopción divina de los seres humanos por el Padre a través del Hijo en el Espíritu[35]. El Espíritu Santo es quien posibilita esta adopción divina. El Espíritu Santo es tanto el Espíritu del Padre como del Hijo. Por medio de Él, llamamos a Dios Abbá, Padre (cf. Rm 8,15). Nuestra adopción divina se revela y se realiza en Jesucristo y a través de la presencia y la actividad del Espíritu Santo[36]. No puede concebirse esta vida de hijos sin la permanencia de Cristo en el hombre por medio de la unción, y sin la presencia del don del Espíritu en nosotros (cf. 1 Jn 2,20.27; 3,24; 4,13)[37]. Junto a nuestra filiación adoptiva acontecerá también nuestra divinización, es decir, la recapitulación de todo en Cristo. En efecto, san Juan en su primera Carta así nos lo revela: “Miren cuánto amor nos ha mostrado el Padre: pues no solamente nos llamamos hijos de Dios, sino que realmente lo somos… pero todavía no se ha manifestado lo que seremos al final. Pues cuando aparezca, seremos semejantes a Él…” (cf. 1Jn 3,1-2). A propósito, comenta el cardenal Ladaria:
Lo que ahora vivimos es la primicia y la prenda de la plenitud que todavía está por venir. En la consumación final, cuando veremos a Dios paternalmente, cuando Él paternalmente nos hará partícipes de su vida, nuestra filiación divina alcanzará su plenitud. Perfectamente conformados con Cristo y con la plenitud del don del Espíritu nuestra relación al Padre llegará a su grado más elevado[38].
Al pactar Dios Padre por su Palabra una alianza con Israel, prometiendo en Abraham, dando la ley en el Sinaí, apuntando y orientando a una forma definitiva de alianza en los profetas, podemos decir que, en la Revelación de la Palabra humanada, esta alianza queda sellada y concluida con la Resurrección de Jesús. Finalmente concluimos este desarrollo con las palabras de Balthasar:
Desde la Resurrección de Jesús por parte del Padre, y la efusión de su Espíritu común, Dios existe total y definitivamente para nosotros, manifiesto para nosotros hasta en las profundidades de su misterio trinitario, aun cuando precisamente esta profundidad que se nos revela (1 Cor 2,10ss.), da a conocer su carácter insondable e inescrutable (Rm 11,33) de un modo completamente nuevo e imponente[39].
Conclusión
La Iglesia en su Tradición nos enseña que el misterio de la Trinidad, es uno de los misterios que no pueden ser conocidos si no son revelados desde lo alto. Y que Dios ha dejado sus huellas en la creación y también en la Revelación a lo largo del AT. Sin embargo, comprendemos que este misterio es inaccesible a la sola razón, pues sólo a través de la misión del Hijo y del Espíritu Santo nosotros podemos conocer este misterio: un sólo y eterno Dios y tres personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo (cf. CEC 232-260). En la presente investigación hemos abordado cómo en la Resurrección de Cristo, se nos revela de forma plena el Misterio trinitario; pues así lo atestiguan los textos de la Escritura. Especialmente san Pablo nos refiere que el Padre ha resucitado a su Hijo, con la fuerza del Espíritu (cf. Rm 1,4). Y todavía más, en el misterio trinitario revelado en la Resurrección de Cristo, comprendemos que los creyentes son injertados en esta vida trinitaria y destinados a la Resurrección de entre los muertos y a la vida divina (cf. Rm 8,11). Basados en la disertación presentada concluimos que en la Resurrección se nos revela: En primer lugar, la paternidad de Dios y la filiación eterna de Cristo. Según los datos de la Escritura, al Padre se le atribuye la Resurrección de Cristo como su agente principal. Es el Padre que completa con la Resurrección de su Hijo, la Creación que ha tenido como modelo al mismo Hijo, imagen perfecta del Padre; es el Padre que sella definitivamente con la Resurrección de Cristo, la alianza entre Dios y los hombres, reconciliando consigo al mundo en Cristo. De manera que podemos decir: toda actividad del Dios vivo ha tenido desde siempre sus miras en la Resurrección del Hijo. El Hijo es constituido en su Resurrección Hijo de Dios en poder. Con esto no se indica un adopcionismo de parte del Padre, sino más bien la aclaración de que la carne tomada por el Hijo Jesús, debía ser glorificada para entrar en la gloria de la eternidad, mostrando así el modo como la humanidad fue asumida real y verdaderamente, por la segunda persona de la Trinidad. De igual manera queda claro que la Resurrección de Cristo es el encuentro amoroso entre dos libertades: la del Padre, que entrega a su Hijo al mundo (Jn 3,16); y la del Hijo, que, con su obediencia hasta el extremo, se entrega al Padre y a la humanidad. En segundo lugar, se nos revela la plena posesión del Espíritu en Jesús resucitado. Aquí hacemos eco de la declaración Dominus Iesus en la que se nos refiere: «En el Nuevo Testamento el misterio de Jesús, Verbo encarnado, constituye el lugar de la presencia del Espíritu Santo y la razón de su efusión a la humanidad» (cf. DI 12). Con esto queda claro lo que comenta el cardenal Ladaria: «La Resurrección es la culminación del camino de la vida filial de Jesús en cuanto hombre, realizado en el Espíritu. No conocemos un camino histórico del Hijo encarnado que no se lleve a cabo en el Espíritu». En tercer lugar, el Espíritu, es el don del Padre y del Hijo. Aquí hacemos hincapié en la carta a los Gálatas: «Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama Abbá» (cf. Gal 4,4-6). Comenta Balthasar que sólo gracias al don del Espíritu traído por el Hijo Jesús, el acontecimiento de la Resurrección llega a ser existencial para nosotros. El Espíritu Santo es la promesa del Padre y del Hijo a la Iglesia y a la humanidad. Observamos una vez más que las misiones entre las personas divinas, aunque sean atribuidas a alguna de ellas en particular, en cierto modo, son comunes a las otras dos. Por último, se nos revela en la Resurrección que la vida trinitaria es destinada a la vida de los creyentes. Con el don del Espíritu Santo otorgado por Cristo, nos viene también la filiación adoptiva y la participación en la vida divina, así nos enseña el apóstol Pedro: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada, santa» (cf. 1 Pe 1,3-4) … «Pues por su divino poder nos ha concedido cuanto se refiere a la vida y a la piedad, mediante el conocimiento perfecto del que nos ha llamado por su propia gloria y virtud… para hacernos partícipes de la naturaleza divina» (cf. 2 Pe 1, 3-4).
Bibliografía
Ladaria, L., «L’uomo in Cristo alla luce della Trinità», Lateranum 75 (2009) 147-169. ___, Antropologia Teologica, Roma 2011. ___, Jesús y el Espíritu: la unción, Burgos 2013. ___, Teología del pecado original y de la gracia, Madrid 2012. ___, El Dios vivo y verdadero, Salamanca 2015. Balthasar, H.U. von, Theologie der drei Tage, Freiburg 1990; trad. española Teología de los tres días, Madrid 2000. Congar, Y., El Espíritu Santo, París 1980. Cordovilla, A., ed., La Lógica de la fe, Madrid 2013. Lambiasi, F., - Vitali, D., Lo Spirito Santo: Mistero e presenza, Bologna 2005.
[1] Del clero de Guadalajara, ordenado en el año 2016. Obtuvo una licenciatura en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma en 2020. Actualmente presta su servicio en el Seminario de Guadalajara, como prefecto de cuarto de Teología. [2] L. Ladaria, El Dios vivo y verdadero, 162-163. [3] Cf. L. Ladaria, El Dios vivo y verdadero, 133-134. [4] L. Ladaria, El Dios vivo y verdadero, 135. [5] Hilario de Poitiers, Tr. Ps 2,27 (CSEL 22,57) en L. Ladaria, El Dios vivo y verdadero, 136. [6] Cf. L. Ladaria, El Dios vivo y verdadero, 136. [7] Cf, L. Ladaria, El Dios vivo y verdadero, 137. [8] Cf. H.U. von Balthasar, Teología de los tres días, 175. [9] Cf. H.U. von Balthasar, Teología de los tres días, 176-177. [10] H.U. von Balthasar, Teología de los tres días, 177. [11] H.U. von Balthasar, Teología de los tres días, 178. [12] H.U. von Balthasar, Teología de los tres días, 179. [13] L. Ladaria, La Trinidad misterio de comunión, 201. [14] Cf. L. Ladaria, El Dios vivo y verdadero, 137. [15] Cf. Y. Congar, El Espíritu Santo, 603-604. [16] Cf. L. Ladaria, El Dios vivo y verdadero, 137. [17] L. Ladaria, El Dios vivo y verdadero, 138. [18] Cf. A. Cordovilla, La Lógica de la fe, 123. [19] Cf. H.U. von Balthasar, Teología de los tres días, 174. [20] Cf. L. Ladaria, El Dios vivo y verdadero, 138. [21] Cf. C. Gallardo, Cristo, el hombre perfecto, 336. [22] Cf. L. Ladaria, El Dios vivo y verdadero, 140. [23] Al respecto es interesante el análisis realizado por F. Lambiasi y D. Vitali sobre el evangelio de Juan, en el que se presenta a Cristo crucificado como la fuente del Espíritu: «La scena del costato trafitto illustra simbólicamente il tema dell’acqua viva: “uno dei soldati gli colpì il fianco con la lancia e súbito ne uscì sangue e acqua” (Gv 19,34); davvero ora “tutto e compiuto” (Gv 19,30), tutto si realiza in pienezza, anche la promessa che dal seno del messia sarebbero sgorgati fiumi d’acqua viva, cioè l’aqua che è lo Spirito (Gv 7,37-39). É da rimarcare nel testo (Gv 19,34) anche il ritorno di una formula già incontrata in 1,34: “vedere e rendere testimonianza”: lì era il Battista che aveva visto la colomba e aveva reso testimonianza; qui il discepolo prediletto vede la scena della trafittura e rende testimonianza; sia la colomba che resta su Gesù, sia l’acqua viva che scorre dal suo costato trafitto si riferiscono al dono dello Spirito, ma qui lo scaturire dell’acqua mescolata con sangue prefigura la permanenza dell’effusione dello Spirito al di là della norte di Gesù» F. Lambiasi-D. Vitali, Lo Spirito Santo: Mistero e presenza, 66. [24] Cf. L. Ladaria, El Dios vivo y verdadero, 140-141. [25] «El texto que ya conocemos de Gal 4,6 habla del “Espíritu de su Hijo”; se usa también “Espíritu de filiacion” (Rm 8,15); “Espíritu de Cristo” (Rm 8,9;1 Pe 1,11); “de Jesucristo” (Flp 1,19); “del Señor” (2 Cor 3,17); “de la vida en Cristo Jesús” (Rm8,2)» L. Ladaria, El Dios vivo y verdadero, 142; y también L. Ladaria, Jesús y el Espíritu: la unción, 24-44. [26] Cf. H.U. von Balthasar, Teología de los tres días, 181. [27] Cf. Ireneo de Lyon, Adv. Haer. III 17, 1 (Sch 211,330); Orígenes, De principiis, I 3,7 (Sch 252,158); Hilario de Poitiers, Tr. Ps. 56,6 (CCL 61,164) en L. Ladaria, El Dios vivo y verdadero, 142-143. [28] L. Ladaria, Jesús y el Espíritu: la unción, 29. [29] Cf. C. Gallardo, Cristo, el hombre perfecto, 339. [30] L. Ladaria, Jesús y el Espíritu: la unción, 42. [31] Cf. A. Cordovilla, La Lógica de la fe, 115. [32] Cf. A. Cordovilla, La Lógica de la fe, 123. [33] Cf. H.U. von Balthasar, Teología de los tres días, 182. [34] Cirilo de Alejandría, De recta fide ad Theodosium (PG 76, 1177): «Cristo es, a la vez, el Hijo único y el Hijo primogénito. Es el Hijo único como Dios; es el Hijo primogénito por la Unción salvadora, que ha constituido entre nosotros y él, haciéndose hombre…»; citado por Y. Congar, El Espíritu Santo, 312, en L. Ladaria, Teología del pecado original y de la gracia, 252. [35] Cf. L. Ladaria, Antropologia Teologica, 38-39. [36] L. Ladaria, “L’uomo in Cristo”, 149-161. [37] Cf. L. Ladaria, Teología del pecado original y de la gracia, 244. [38] L. Ladaria, La filiación divina, categoría fundamental de la Teología de la Gracia, 143 en C. Gallardo, Cristo, el hombre perfecto, 488. [39] Cf. H.U. von Balthasar, Teología de los tres días, 183. |




Informes Parroquiales
Informes Especiales


