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Homilía en la misa de la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote Monseñor Héctor López Alvarado, obispo auxiliar de Guadalajara.
En esta misa del 28 de mayo fueron presentados ante el presbiterio tapatío los siete nuevos sacerdotes ordenados en la pasada solemnidad de la Ascensión del Señor. Monseñor Héctor López Alvarado presidió la celebración, acompañado por monseñor Juan Manuel Muñoz Curiel.
Queridos hermanos sacerdotes, en particular a nuestros neo-sacerdotes, queridos fieles laicos, hermanas y hermanos todos: Me da mucho gusto poder compartir con ustedes esta celebración tan significativa para nuestra Arquidiócesis. Nos reúne hoy el amor a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Y nos reúne también el cariño profundo que tenemos por nuestra Iglesia de Guadalajara, en este Año Sacerdotal Diocesano que estamos viviendo con tanta gratitud y esperanza. Hoy, de manera muy especial, damos gracias a Dios porque estamos próximos a celebrar el jubileo sacerdotal de nuestro arzobispo, el señor Cardenal José Francisco Robles Ortega, por sus cincuenta años de sacerdocio. Damos gracias por su vida entregada, por su ministerio fecundo y por el servicio pastoral que ha ofrecido con generosidad a nuestra Iglesia. Quiero transmitirles también el saludo de mis hermanos obispos auxiliares, que hoy no pueden acompañarnos por diversos compromisos pastorales. Y de manera particular, el saludo cercano y agradecido del señor Cardenal, que como ustedes saben aún permanece en Roma y, Dios mediante, estará ya entre nosotros en los próximos días… Esta mañana pude comunicarme con él y me pidió expresamente agradecerles a todos ustedes las oraciones que han estado ofreciendo por su persona, especialmente en este Año Sacerdotal. Y literalmente me pidió decirles: “que sigamos manteniéndonos muy unidos a Cristo, como partícipes de su único Sacerdocio, y entre nosotros como verdaderos hermanos. En comunión y oración”. Qué importante es escuchar esto hoy. Cada año, en nuestro país, celebramos esta fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote el jueves después de Pentecostés. Y no es una fiesta más. Es una celebración que nos lleva al corazón mismo de nuestra fe: Cristo no solamente ofreció el sacrificio redentor… Cristo mismo es el Sacerdote que se entrega por amor. Y justamente ahí encontramos la raíz de nuestra esperanza. Porque vivimos tiempos complejos. Lo sabemos todos. Este cambio de época nos está planteando desafíos muy profundos. Estamos entrando cada vez más en un mundo marcado por la inteligencia artificial, por la hiperconectividad, por el ruido constante, por una rapidez que muchas veces nos deja sin espacio para el silencio interior. Los avances tecnológicos son impresionantes, sí… pero también vemos cómo crece cierta pobreza espiritual. Muchas personas viven cansadas, fragmentadas interiormente. Hay fracturas en las familias, desgaste en la convivencia, pérdida de referentes, corazones heridos. Y tampoco la Iglesia está fuera de estas tensiones. El sacerdocio hoy enfrenta cansancios, momentos de soledad, desánimos, crisis vocacionales. Y también nos duelen profundamente los errores y escándalos que han herido la credibilidad de la Iglesia. Todo eso nos obliga a volver continuamente a lo esencial: al encuentro vivo con Jesucristo. Por eso son tan iluminadoras las palabras que nos ha dejado el papa León XIV en su primera encíclica Magnifica Humanitas, cuando afirma: “…en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto. Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado». En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud”. Y luego añade algo muy hermoso: “Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad”. Qué responsabilidad tan grande tenemos… pero también qué misión tan hermosa. Por eso necesitamos estar bien cimentados en Cristo. Sólo Él sostiene nuestra esperanza. Sólo Él renueva nuestra vocación. La Palabra de Dios que hemos escuchado hoy nos lleva precisamente a contemplar el sacerdocio de Cristo. La Carta a los hebreos nos dice que “tenemos un Sacerdote incomparable al frente de la casa de Dios”. Mientras los antiguos sacerdotes ofrecían sacrificios externos, Cristo ofreció su propia vida. Su cuerpo y su sangre. Su entrega fue perfecta, definitiva, eterna. Por eso lo llamamos Sumo y Eterno Sacerdote. Y aquí está algo muy importante: no hay otro sacerdocio fuera del suyo. Todo sacerdocio nace de Cristo y participa del suyo. Como bien sabemos, y en este Año Sacerdotal Diocesano, hemos tenido la oportunidad de reflexionarlo todos, sacerdotes, religiosos, seminaristas y laicos: por el bautismo, todos nosotros somos incorporados a Cristo y participamos de su sacerdocio común. TODOS estamos llamados a ofrecer nuestra vida a Dios y a caminar hacia la santidad. Y de entre los bautizados, el Señor nos llama a algunos —sin mérito alguno de nuestra parte— al sacerdocio ministerial, para servir al pueblo de Dios, anunciar el Evangelio y administrar los sacramentos. Por eso esta fiesta no es sólo “la fiesta de los sacerdotes”. Es la fiesta de Cristo Sacerdote, que comparte su vida con toda la Iglesia. Y luego, poniendo nuestra atención en el Evangelio de hoy, san Lucas nos lleva hasta el Cenáculo… qué importante es volver siempre al Cenáculo. Ahí Jesús instituyó la Eucaristía. Ahí nació el sacerdocio ministerial. Ahí dejó el mandamiento del amor. Y ahí también nació la Iglesia en Pentecostés. El Cenáculo sigue siendo fuente de esperanza para nosotros, porque ahí aprendemos que el sacerdocio no se entiende desde el poder, sino desde la entrega. No desde el protagonismo, sino desde el servicio. Y por eso esta celebración tiene también un sentido muy concreto: orar por la santificación de los sacerdotes. ¡Lo necesitamos… y mucho! Necesitamos que el pueblo de Dios rece por nosotros. Que nos sostenga. Que pida al Señor sacerdotes santos. Porque somos frágiles. Porque llevamos este tesoro en vasijas de barro. Porque necesitamos convertirnos todos los días. Y tiene un sentido muy profundo que esta celebración se realice aquí, en este Templo Expiatorio, porque hoy también venimos a pedir misericordia, a reparar, a dejarnos renovar por Cristo. Y hoy además presentamos oficialmente a nuestros queridos neosacerdotes. Qué alegría verlos, porque nos contagian de su alegría y su juventud. Qué esperanza para nuestra Iglesia. Queridos hermanos recién ordenados: no pierdan nunca el asombro de haber sido llamados por Cristo. Permanezcan siempre cerca del Señor. Amen a su pueblo. No se acostumbren nunca a celebrar la Eucaristía. No permitan que se enfríe el corazón. Y a todos nosotros, hermanos sacerdotes, esta fiesta nos invita a renovar nuestro “sí”. · Volvamos a agradecer el don recibido. · Cuidemos nuestra oración. · Promovamos la comunión entre nosotros. · Y, por favor, no perdamos la alegría. Nuestro pueblo necesita sacerdotes cercanos. Humanos. Sencillos. Que sepan escuchar. Que acompañen. Que huelan a pueblo y huelan a Evangelio. Y ustedes, queridos fieles laicos, sigan caminando junto a nosotros. Recen por sus sacerdotes. Ayúdennos. Corríjannos cuando sea necesario. La Iglesia no se construye solos. Caminamos juntos. En este Año Sacerdotal Diocesano pidámosle al Señor amar más nuestro sacerdocio, vivirlo con mayor radicalidad, transmitirlo con alegría y trabajar con pasión por nuevas vocaciones. Porque sí, la Iglesia necesita sacerdotes santos… pero también familias santas, matrimonios santos, jóvenes santos. Como decía el Siervo de Dios Mons. Guglielmo Giaquinta: si los sacerdotes vivimos nuestra vida a la luz de la santidad del Cenáculo, también el pueblo de Dios comprenderá mejor que todos estamos llamados a la santidad. Y quiero concluir con unas palabras que el Papa León XIV dirigía esta mañana al Dicasterio para la Evangelización, al cual pertenece nuestro Arzobispo y que estuvo ahí esta mañana con el Santo Padre: “La evangelización no se basa en la eficiencia de las estructuras ni en la relevancia social, ni tampoco en el consenso que se pueda obtener en algún momento. Lo que sigue siendo esencial es, más bien, confiar en la guía del Espíritu Santo, seguir los caminos que Él indica para conducir a muchos a Cristo, a su palabra que salva, a su amor que renueva la vida”. Que la Virgen María, Madre de los sacerdotes, interceda por nosotros, y que nos enseñe a permanecer cerca de su Hijo siempre, y que nos ayude a ser testigos creíbles, sencillos y alegres de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Amén.
Parroquia El Expiatorio Eucarístico 28 de mayo de 2026
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