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Afectividad sacerdotal y madurez relacional.

Una lectura desde la teoría del apego

Pbro. José Guillermo Valdovinos González[1]

 

 

El autor de este artículo comparte herramientas muy

aterrizadas para crecimientos humano sacerdotal,

fruto de la preparación académica y años de

servicio en la formación y el acompañamiento.

 

 

Introducción

 

La vida afectiva es un componente fundamental de la identidad sacerdotal y el ámbito donde convergen e integran las diversas dimensiones del ministerio: humana, espiritual, pastoral, intelectual, psicológica, familiar, fraterna y de salud integral, entre otras[2]. Entre los múltiples enfoques desde los cuales se ha abordado la afectividad sacerdotal, resulta oportuno realizar una relectura partir de tres ejes: los vínculos o sistemas de apego, la ecología afectiva como equilibrio relacional, y las estrategias para alcanzar una madurez afectiva integral. Desde la experiencia humana del vínculo hasta la madurez relacional como camino de santidad, se plantea que solo un sacerdote reconciliado con su mundo emocional y relacional puede vivir una auténtica comunión con Dios, con los demás y consigo mismo.

En el horizonte del ministerio sacerdotal actualmente se percibe una creciente necesidad de revisar la vida afectiva como un componente fundamental de la identidad personal y vocacional. Las exigencias pastorales, la sobrecarga emocional, la experiencia de la soledad y las tensiones derivadas de la cultura actual invitan a redescubrir la dimensión afectiva no como un obstáculo a la consagración sacerdotal, sino como su sustrato más humano y real[3]. La madurez sacerdotal no consiste en reprimir los afectos, sino en aprender a integrarlos de manera libre y fecunda, iluminándolos desde la experiencia del amor de Dios.

«La formación humana es el fundamento de todas las demás dimensiones del ministerio»[4]. Sobre esa base se se encuentra la afectividad, entendida como la capacidad de amar, vincularse, acoger y generar. La afectividad no se reduce a la sexualidad ni a los sentimientos y emociones; es el dinamismo interior que permite al hombre vivir relaciones auténticas y abiertas al don de sí[5]. En el sacerdote, esta dimensión se convierte en lugar de encuentro con Cristo y con la comunidad, pero también en terreno donde emergen heridas, carencias y búsquedas que reclaman acompañamiento.

El propósito de este artículo es ofrecer una reflexión psico-espiritual que ayude al sacerdote a comprender su vida afectiva como camino de madurez. Desde la perspectiva de la Teoría del apego y de la Psicología de las emociones, se propone una pedagogía del vínculo que permita pasar de los apegos inseguros a una afectividad integrada, expresada en relaciones sanas y en una identidad pastoral equilibrada.

 

1. El arte de relacionarse: el origen de nuestras relaciones

 

Todo ser humano se constituye en relación[6]. Nadie llega a ser persona aislándose, sino al contacto con otros que lo reconocen, lo acogen y lo diferencian[7]. Desde la infancia, el niño aprende a relacionarse a partir de la respuesta que recibe de sus padres que son sus figuras de apego. John Bowlby (1907-1990) describió este sistema como una fuerza biológica y psicológica orientada a buscar seguridad en la cercanía del otro significativo (que puede ser uno de los padres). Si el niño percibe disponibilidad, comprensión y ternura, internaliza un sistema de relación confiado y seguro, que Bowlby llamo apego seguro. Si, por el contrario, experimenta rechazo, ambivalencia o abandono de otro significativo, internalizará uno sistema de relación inseguro, llamado apego inseguro. Estos dos sistemas de relación desarrollará estrategias defensivas que marcarán su modo de amar en la infancia como en la adultez[8].

Estos sistemas de relación - también llamados sistemas de apego - se desarrollan y evolucionan a lo largo de toda la vida. No desaparecen con el crecimiento de la persona, pero sí pueden transformarse: un apego inseguro puede volverse seguro, y viceversa. Por ello, las dinámicas de apego reaparecen inevitablemente en la vida sacerdotal. Del sistema de apego inseguro pueden derivarse dos formas principales. La primera es el apego ambivalente, en el que las relaciones se caracterizan por una intensa necesidad del otro significativo, acompañada de temor a la pérdida o al rechazo. La segunda es el apego evitativo, donde predomina la distancia emocional, el rechazo o la aparente indiferencia ante el vínculo con los demás[9].

El sacerdote que ha interiorizado un apego seguro tiende a relacionarse con serenidad y apertura: puede ser cercano sin invadir, y autónomo sin aislarse. En cambio, un apego inseguro-ambivalente puede llevarlo a buscar validación constante, a depender del afecto de los demás o a vivir con el miedo de no ser aceptado. Por su parte, el apego inseguro-evitativo puede expresarse en frialdad, autosuficiencia o dificultad para establecer vínculos emocionales profundos con la comunidad o con sus hermanos en el ministerio. Reconocer el propio sistema de apego es el primer paso hacia «la libertad relacional»[10]. Identificar los patrones que guían nuestra manera de relacionarnos - la necesidad de aprobación, el temor al abandono, la tendencia a controlar - permite comenzar un proceso de transformación interior. El sacerdote, al igual que cualquier persona, necesita experimentar vínculos donde se sienta acogido, validado y reconocido. Solo en el marco de relaciones seguras puede florecer una afectividad madura y fecunda.

 

2. Emociones que nos habitan: inteligencia y competencia emocional

 

La vida afectiva no se entiende sin las emociones, esa fuerza que nos habita y que orienta nuestras decisiones cotidianas[11]. Las emociones son respuestas inmediatas ante estímulos internos o externos; los sentimientos, en cambio, son elaboraciones más duraderas que integran pensamientos y emociones[12]. En la experiencia sacerdotal, las emociones no desaparecen con la consagración; permanecen y reclaman un trabajo de discernimiento y de integración.

Cada emoción tiene una función adaptativa: la tristeza llama a la introspección, el miedo protege, la ira defiende la dignidad, la alegría une y el amor impulsa al don. Negarlas o reprimirlas conduce a la fragmentación interior. El desafío consiste en reconocerlas, comprenderlas y expresarlas adecuadamente[13]. La llamada competencia o inteligencia emocional[14] no es un lujo psicológico, sino una virtud humana y espiritual: la capacidad de sentir, entender, controlar y modificar los estados emocionales en uno mismo y en los demás.

El sacerdote emocionalmente competente es aquel que puede nombrar lo que siente sin miedo, que sabe escuchar sin absorber el dolor ajeno, y que conserva la serenidad ante el conflicto. Esta competencia le permite acompañar con empatía y autenticidad. En el fondo, la competencia emocional se traduce en una forma de caridad pastoral: comprender el mundo interior del otro y responder desde la compasión, no desde la defensa. La vida espiritual - la oración, la contemplación, la Eucaristía - se convierte así en escuela de regulación afectiva, donde el sacerdote aprende a armonizar su mundo interior con el ritmo del Espíritu.

 

3. La ecología afectiva: equilibrio y pertenencia

 

La «ecología afectiva» es el arte de mantener en equilibrio las relaciones fundamentales de la vida: con uno mismo, con los demás, con las cosas y con Dios. Estas cuatro relaciones son esenciales, están profundamente entrelazadas y se influyen mutuamente. No es posible mantener una relación equilibrada consigo mismo si no se cultiva una relación sana con los demás, con las cosas y con Dios; del mismo modo, tampoco se puede tener una auténtica relación con Dios si se descuida la relación con los demás, con las cosas y consigo mismo.

Cuando alguna de estas relaciones se desregula - es decir, pierde su equilibrio -, las demás inevitablemente se resienten. El sacerdote que se desconoce a sí mismo, que vive desconectado de su cuerpo o de sus emociones, difícilmente podrá sostener relaciones fraternas auténticas, y mucho menos una relación profunda con Dios en la oración. La relación consigo mismo implica aceptación y autoconocimiento. La relación con los demás se funda en la empatía y el respeto. La relación con las cosas exige un uso sobrio y libre, evitando la instrumentalización o el consumismo. La relación con Dios es la que da sentido a todas las anteriores: el don que integra, regula y transfigura. Cuando estas relaciones se armonizan, el sacerdote vive en una ecología afectiva sana; cuando se rompen, aparece el aislamiento, la frustración o la dependencia.

Diversos estudios recientes sobre la vida sacerdotal muestran que muchos sacerdotes enfrentan hoy soledad, desmotivación, insatisfacción, frustración o incluso depresión[15]. Detrás de esas experiencias, más que falta de fe, suele haber una ecología afectiva desregula, decir, relaciones superficiales, carencia de espacios de fraternidad, dificultades para expresar vulnerabilidad o una imagen de Dios excesivamente exigente. En este contexto, es necesario una capacidad para relacionarnos caracterizada de saber estar con nosotros mismos, con los demás, con las cosas y con Dios, es decir, el «arte de saber estar»; capacidad que se vuelve una virtud pastoral: saber estar consigo mismo sin huir, saber estar con los demás sin dominar, saber estar con las cosas sin posser y saber estar con Dios con seguridad[16].

 

4. Hacia un apego seguro: estrategias de transformación

 

Transformar el sistema de apego no significa borrar la historia, sino reinterpretarla desde la fe y la conciencia la sacerdotal. El primer paso es reemplazar creencias disfuncionales que alimentan la inseguridad: «no debo necesitar de nadie», «expresar afecto es debilidad», «si muestro mi fragilidad me rechazarán». Estas y otras muchas creencias deben ceder ante una verdad más profunda: somos seres relacionales, creados para amar y ser amados. La madurez no consiste en independencia absoluta, sino en autonomía relacional[17].

Una segunda estrategia es la presencia de «una persona significativa»[18]. Toda herida afectiva se sana en el marco de una relación nueva y coherente. En la vida sacerdotal, esta figura puede ser un director espiritual, un hermano en el presbiterio o un amigo con quien se pueda ser uno mismo. Cuando el sacerdote se siente validado y acogido, puede resignificar su historia y fortalecer su confianza, «solo una relación sana puede sanar una relación herida».

La tercera clave es «la competencia emocional»: la reflexión, la comunicación, la expresión, regulación y la empatía. Implica reconocer las emociones sin juzgarlas, expresarlas con respeto, no actuar impulsivamente y escuchar activamente con el corazón. En esta dinámica, la oración, la contemplación, la practica de los sacramentos no son evasión, sino espacios de regulación afectiva profunda. El sacerdote que ora desde la verdad de su humanidad se deja transformar en «la escuela del amor de Cristo»[19].

La regulación afectiva permite mantener equilibrio en las relaciones personales, comunitarias y pastorales[20]. Supone permanecer dentro de una «zona de tolerancia emocional», sin caer en reacciones extremas de aislamiento o desbordamiento. Para ello es necesario el acompañamiento psicológico, la escritura y lectura reflexiva, la dirección espiritual y el diálogo fraterno. A través de ellos, «la narrativa personal»[21] se reorganiza, y la historia de vida y ministerio  deja de ser un peso para convertirse en testimonio.

Una cuarta estrategia y la más esencial es «integrar una imagen de Dios segura»[22]. Muchas de las dificultades afectivas se alimentan de representaciones distorsionadas de lo divino: un Dios castigador, perfeccionista o distante. Redescubrir a un Dios que acompaña, que no se escandaliza de la fragilidad y que ama sin condiciones, transforma la afectividad desde la raíz. El sacerdote que ora desde esta imagen descubre una representación positiva de sí mismo y de Dios, una imagen siempre compasiva, misericordiosa y empática. Esta experiencia interior se convierte en el fundamento de su equilibrio interno y externo, y sostiene tanto su vida personal como su ministerio.

Finalmente, en un mundo digitalizado, el uso responsable y seguro de las redes sociales forma parte de la ecología afectiva. La autenticidad, el establecimiento de límites sanos y la vigilancia del tiempo y del contenido consumido son expresiones concretas de la templanza. Cuidar las relaciones digitales es, en definitiva, cuidar también el corazón sacerdotal.

 

Conclusión

 

La madurez afectiva no es un punto de llegada, sino un proceso de conversión permanente. Es el fruto de un camino donde la psicología y la espiritualidad se abrazan, donde el conocimiento de sí mismo se abre a la acción transformadora de la gracia. El sacerdote maduro no es aquel que no siente, sino quien ha aprendido a leer sus emociones a la luz de la fe y a poner su corazón en sintonía con el de Cristo.

Un sacerdote con sistema de apego seguro es un sacerdote reconciliado: con su historia, con su fragilidad y con su deseo. Vive la soledad como espacio habitado - inteligente, profundo y maduro -, el celibato como forma de comunión y el ministerio como expresión del amor recibido. Su afectividad integrada se convierte en fuente de caridad pastoral, en signo de la cercanía de Dios para su pueblo.

El itinerario hacia la madurez relacional pasa por el reconocimiento del propio sistema de apego, la aceptación de la vulnerabilidad y la apertura al acompañamiento psicológico y espiritual. Solo quien se deja amar puede amar verdaderamente; solo quien ha experimentado la seguridad del apego divino puede ofrecer a los demás una presencia estable, empática y compasiva.

En un tiempo marcado por el aislamiento y la sobreexigencia, redescubrir la afectividad sacerdotal como don y camino de santidad es una urgencia pastoral. La Iglesia necesita pastores que sepan amar sin poseer, acompañar sin controlar y vivir la fraternidad sin miedo. Porque, en definitiva, la madurez afectiva es el rostro humano de la caridad pastoral.

 

 

Bibliografía

 

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[1] Del clero de Guadalajara, ordenado en 2010. Realizó estudios en Formación Sacerdotal en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde también obtuvo una licenciatura en Teología Espiritual. Posteriormente obtuvo una licenciatura en Psicología en la Pontificia Universidad Salesiana de Roma; actualmente es formador en el Seminario de Guadalajara.

[2] Cf. Pastores Dabo Vobis n. 44; Ratio Fundamentalis Istitutionis Sacerdotalis n. 63.84; Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros n. 93.

[3] C. Chiclana, L. García – R. López (2024), «Retos, riesgos y oportunidades de la vida afectiva del sacerdote», p. 198.

[4] Pastores Dabo Vobis n. 43.

[5] F.J. Insa (2019), Amar y enseñar a amar. La formación de la afectividad en los candidatos al sacerdocio, p. 14.

[6]  M. Giménez – S. Mariscal (2008), Psicología del desarrollo, p. 54.

[7] Cf. E. H. Erikson (1963), Childhood and Society, p. 29.

[8] Cf. J. Bowlby (1980), Vínculos afectivos. Formación, desarrollo y pérdida, p. 23.

[9] Cf. J. Bowlby (1988), Una base segura. Aplicaciones Clínicas de una teoría del apego, pp. 33-52.

[10] Lo que Paolo Gambini llama el proceso de madurez afectiva relacional. Cf. P. Gambini (2022), Esprimere il sesso oltre la Genitalità. Una sfida per i celibi volontari e non solo, p. 91.

[11] Cf. D. Goleman (2016), Leadership emotiva. Una nuova intelligenza per guidarci oltre la crisi, pp. 33-34.

[12] Cf. U. Galimberti (2002), «Emoción», p. 377.

[13] Cf. F. Gutiérrez (2005), Teorías del desarrollo cognitivo, p. 192.

[14] D. Goleman (2016), Leadership emotiva. Una nuova intelligenza per guidarci oltre la crisi, p. 155; D. Cooper (2020), Inteligencia Emocional, p. 24.

[15] Cf. J.G. Valdovinos (2024), Estrés y frustración existencial: un estudio sobre los primeros años del sacerdocio en México, 69-93; G. Cucci (2023), Solitudine e disagio del prete: un problema strutturale, pp. 535-548; AA. VV. (2021), Catholic priests mental health facing contemporary challenges, pp. 48976-48982, entre otros.

[16] Cf. Es una dinámica propuesta bajo la perspectiva del libido amandi, possidendi e dominandi. Cf. E. Bianchi (2012), Una lucha por la vida. Combate Espiritual, pp. 72-77.

[17] Cf. J. Holmes (2009), Teoría del apego y psicoterapia. En busca de la base segura, p. 85-86.

[18] A. Verete – R. Dallos (2012), Apego y terapia narrativa. Un modelo integrador, p. 78.

[19] K. Ranher (2004), De la necesidad y don de la oración, p. 67.

[20] Cf. D. Hill (2017), Teoria della regolazione affettiva. Un modello clinico, pp. 15-19.

[21] A. Verete – R. Dallos (2012), Apego y terapia narrativa. Un modelo integrador, p. 21.

[22] Cf. L.A. Kirkpatrick - P.R. Shaver (1992), An attachment theoretical approach to romantic love and religious belief, pp. 266-275.



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