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El alma del poema: esa verdad creativa, en ¿De qué está hecha el alma?[1], de Juan Jaimes[2]

Lourdes Cabrera Ruiz[3]

 

La interesante obra que aquí se presenta

destaca por la calidad de sus poemas,

obra prometedora de un joven

sacerdote jalisciense.

 

 

La invitación a presentar este libro, el primero de su autor, me ha transportado a universos de ficción cuyo tesoro encuentra quien aprecia y adopta una actitud reflexiva. Si bien el verso corto y el ritmo apropiado son auxiliares perfectos para un deleite veloz, no quise devorar su lenguaje claro y accesible, aunque en varios momentos fue inevitable. Y es que iba con la idea de encontrar el alma, pero la pregunta del título se mantuvo abierta hasta que hice la pausa. Y luego varias relecturas. Azarosas, nada más por tratar de verificar que todo el discurso mantuviera su coherencia.

A primera vista, no encontraba un trasfondo filosófico ni un discurso místico, salvo en contados versos. Y se debía a que el autor real no intenta emular la retórica de san Juan de la Cruz, por mucho que sea su poeta predilecto. Tampoco la de Jaime Sabines, por citar a otro de sus modelos. Quiero decir que san Juan y Jaime no se ven, porque son cimiento para el nombre artístico de una persona que desea compartir su modo particular de expresar lo trascendente.

Mi tarea es, entonces, explicarles cómo el autor real pudo haber traducido la poética de ambos a su primer proyecto de escritura. Con estos lentes nos acercaremos a una posible intención de sencillez verbal. Al cantar episodios en los que sensaciones, percepciones y sentimientos se conjugan, ¿qué muestra el hablante lírico más allá de esa claridad, qué desea confirmar acerca del mundo y de la propia vida interior?

Estas preguntas guiaron mis posteriores lecturas, porque el título y el autor real me invitaban a encontrar la sustancia del alma. Había revisado un artículo de la doctora Lucero González Suárez, quien citando a André Bord, menciona que el concepto central de la antropología sanjuanista es «alma», y que, regularmente, dicho término “quiere decir toda la vida interior de la persona […]” (2018).

Así, trasladando el concepto de alma al de persona, pude notar que Juan Jaimes configura un hablante lírico en su integridad funcional, en lo cotidiano, en la misma condición y experiencia de toda criatura. A la vez, tomando en consideración que Sabines encabeza la poesía “de tendencia comunicativa y vocación realista, que usa el lenguaje de la calle”, como es sabido y bien lo apunta Rogelio Guedea (2014), entonces advertí el semillero que representa este libro.

Estas son las dos influencias que el autor real ha reconocido en una entrevista reciente, y aunque no todos las conozcan a fondo, por ahora vamos a describir brevemente al universo ficcional que las alude o evoca. Se trata de más de un centenar de poemas cortos, organizados en 10 capítulos. El primero es el que desarrolla con mayor amplitud las exploraciones espirituales o trascendentes, y los demás están salpicados por diversos temas, sin abandonar el asunto central del conjunto. 

Voy a compartirles una selección del material verbal que funciona como punto de partida para labrar su propia trayectoria autoral, a la que iré abonando algunos comentarios.

“Me gusta saberme humano/ con los hombros que a veces pesan/ y los pies que se saben cansar;/ el corazón lo tengo acostumbrado/ a ruidos y a los silencios,/ con la parte que acierta/ y la que acepta fallar.” (“Los ángeles también se enferman”: 16)[4]

“Conocí un perro pegado a sus huesos,/ alimentado de sol, de polvo y de olvido (…) No supo que era el mejor amigo del hombre,/ ni hubo hombre que conociera tal amigo,/ sus únicas caricias y golpes fueron del aire,/ aparte de perro era mendigo.” (“Un perro pegado a sus huesos”: 18-19)

“Nunca he querido irme/ pero la misma vida no se detiene (…) De nada quiero adueñarme,/ nada ni nadie me pertenece […]” (“Las cosas simples”: 21)

“Cuando Juan se miró/ se dio cuenta que estaba lejos,/ lejos no significa irse/ si estás en el lugar correcto/ para pensarte/ enmudecer tus ruidos/ y apagar tus incendios. Nadie se queda para destruir,/ es mejor partir/ y no quedarse muriendo.” (“El lugar correcto”: 23)

“Ahora te recuerdo como algo lejano/ y no por ello me dejo de emocionar.” (“Del pasado”: 24)

“No quiero olvidar tu nombre/ porque es el agua que bebo,/ se me han secado los ojos/ pero no el pensamiento.” (“Eternidades”: 30)

“Mas no hay refugio para el que extraña,/ --no hay nada--. Tan solo queda guardar los kilómetros/ y tragarse a suspiros la distancia,/ comer a miradas la luna/ y besar el color de las palabras,/ esas que guardo en los bolsillos/ cuando subo a la luna y las robo/ de debajo de su almohada./ No hay refugio para el que extraña,/ no hay nada.” (No hay refugio: 31-32)

“Desde el día que me fui/ no sé lo que es regresar,/ abrir la puerta fue un largo viaje/ llevé dudas en el equipaje./ Más de una vez volteé/ hacia atrás por curiosidad./ Ahora que miro los pasos extendidos,/ solo tengo la certeza de continuar/ hacia donde lleve el camino,/ busco tener Paz.” (“El día que me fui”: 49)

“No hay por qué dormirse en el pasado/ al tener de frente la mañana./ No soñaré las sobras de los días,/ por más sabrosas que sean/ ya son migajas.” (“Destemplanzas”: 51)

En esta breve muestra puede resonar el desasimiento del mundo, a partir de ejercicios en los que late su percepción del mismo, el sentimiento desagradable por haberlo soltado y cierta resolución que dirige los pasos hacia la anhelada Paz.  Una especie de purga, que recuerda al poeta carmelita. Juan Jaimes integra sensación, percepción y sentimiento para otorgar claridad suficiente a su hablante lírico, quien alcanza un estado de serenidad.

Ahora bien, en la segunda mitad del libro, predomina una disposición hacia el encuentro con el otro. El giro añade un toque de erotismo y disfrute. Nos recuerda que incluso Epicuro sostiene que, si bien estamos expuestos al error o al engaño en el conocimiento de la naturaleza, esto no sucede por la acción de los sentidos, sino por lo que nuestra opinión añade a lo percibido. Por esto, puedo afirmar que los poemas amorosos de nuestro autor sostienen la capacidad de discernir en medio de esta experiencia. La voz lírica concuerda con el pensamiento del filósofo, quien, a fin de no confundir la verdad con el error, sugiere que, en el momento en el que conocemos los diversos objetos, no olvidamos las fuerzas que actúan dentro de nosotros mismos (en Oscar Martiarena 2010). Por supuesto que el término objeto puede ampliarse a todo ser. En este libro, se trata de alguien.

Veamos esta selección de algunos versos: “Tú lo que tienes/ es resfrío en los abrazos,/ los oídos vacíos y los labios resecos/ porque no han podido besar.” (“No estés triste”: 65)

“… a tu ‘sí’ respondo con un ‘sí,/ entre nosotros no habrá dudas porque/ querer estar juntos es vivir creyendo.” (“Lo nuestro es eterno”: 66)

“Te escribo y te creo de nuevo,/ te creo para que vuelvas a ser/ y seas una verdad/ que me regresa a los ojos y otra vez veo. Ave de mis versos y mis falanges/ me gusta escribirte porque es/ la única manera en que te tengo. En esta hoja dejo un espacio en blanco/ para que tú hables, di lo que tú quieras,/ en cada poema tú resurges como algo nuevo.” (“Algo nuevo”: 76)

“Usted y yo/ debimos mirarnos más/ y quedarnos para siempre/ sin palabras,/ haber hecho/ en silencio una casa,/ pero vinieron a nosotros/ los razonamientos/ y los miedos inútiles/ que todo lo retrasan.” (“Debimos”: 91)

“Yo quiero un verso de usted,/ un verso que dure toda la tarde/ y que la verdad no diga nada./ El único pretexto es ver su mirada.” (“Toda la tarde”: 92)

“Hay lugares que fueron tuyos y míos/ y significan lo que ya no somos,/ cada quien tiene sus pasos y sus alas/ el tiempo pasa y nos volvemos otros.” (“Lugares”: 98)

“Quiero lo que permanece,/ lo que no muda cuando llega el desastre,/ quiero la gente que a pesar/ de los infiernos y las glorias/ quiere quedarse.” (“Lo que permanece”: 99).

“Te comparto con el mundo/ precisamente porque yo/ no me adueño de nada ni de nadie… Yo me quedo conmigo,/ pongo de nuevo los pies en la tierra,/ siempre me ha gustado caminar. […]  Ahora andaré con más cuidado/ y con los ojos más abiertos […]” (“A volar”: 103).

“Deseo que la muerte no te toque/ sin embargo, te ha de llegar./ Cruza tu mirada con la de ella/ y deja que te acaricie,/ verás el bien que te hará. […] Conocerás lo pasajero que son tus juicios,/ la conquista se volverá derrota,/ no te quedará más. […] Deseo que la muerte no te toque,/ tan solo que te recuerde/ que eres uno más. (“Que la muerte no te toque”: 111)

Podemos traer de nueva cuenta a Epicuro, con Oscar Martiarena, quien apunta que este filósofo permea en la obra poética de Tito Caro Lucrecio, De rerum Natura (La naturaleza de las cosas), en la que  insta al lector a la consideración de que la muerte no significa nada para nosotros; al reconocimiento de que muchos de nuestros deseos son vanos y, con ello, origen de dolor y desdicha; que no hay razón para adherirse a la vida o temer a la muerte; y que la renuncia a algunos de nuestros deseos, acaso los más persistentes, conduce a un placer superior: la tranquilidad del alma (: 144 y 147).

González Suárez también nos recuerda que el alma es una, pero sus potencias son tres: entendimiento, memoria y voluntad. Para san Juan de la Cruz, dice, “las potencias del alma son ciertos principios inmediatos de la actividad humana, sin perder de vista que la naturaleza del obrar no se refiere al producir sino que, ante todo, se concreta en el pensamiento que orienta y determina la acción, en la unidad real de la vida contemplativa y la vida activa” (: 83). Al explicar los dinamismos que están detrás de los diversos modos de relacionarse con Dios, a semejanza del obispo de Hipona, el poeta carmelita presupone que el alma es una realidad inmediatamente operativa, cuyas operaciones son entender, recordar y amar. 

En este marco ofrecido por González Suárez pude construir el sentido de este hablante lírico que ama, recuerda y entiende. Los poemas que dan cierre a esta obra van explicando parte de estas operaciones.

“El día que me encontré/ no regresé a buscarme en nadie,/ me sentí parado a media calle/ esperando a mis pies/ aunque el alma iba adelante,/ pero le grité que íbamos juntos,/ que no se adelantara.//Ese día supe lo que es respirar hondo,/ y no depender de otro aire,/ se borraron los lugares de regreso/ a los que en otro tiempo/ hubiera podido volver./ Ese día me encontré/ y conmigo quise quedarme”. (“Quise quedarme”: 113)

“Me dueles como pocas veces/ alguien me dolió tan seguido,/ eres un dolor repetido que ya quiero sanar.// Curarme de ti me va a costar.” (“Curarme”: 120)

“A veces es necesario ausentarse,/ dejar el espacio de costumbre/ para habitarse uno mismo/ en otra parte.// Hay que dejar espacios vacíos/ sin buscar a nadie.// […] la ausencia es una forma de existir en otra parte.” (“Una forma de existir”: 125)

“Ha oscurecido,/ fuiste un poema de ayer/ y pronto será mañana.” (“Poema de ayer”: 126)

Sin duda, en este trabajo de Juan Jaimes despuntan las primeras articulaciones de lo que podría llegar a ser una propuesta místico-erótica que el tiempo y la disciplina vendrían a consolidar. Tiene la ventaja de haber estudiado en un seminario mayor y de haber cursado una maestría en Escritura Creativa. Además, las tradiciones literarias que conversan con el poeta carmelita y el poeta chiapaneco confluyen en una obra cumbre, el Antiguo Testamento, que como sacerdote, supongo que debe conocer mejor que todos sus laicos lectores, que vemos en la Biblia, en general, numerosos recursos literarios, y fuente inagotable de inspiración. Esperamos tener noticia de nuevos títulos y más reconocimiento a su poesía. Enhorabuena, y muchas gracias por la oportunidad.

 

 

 

Referencias

 

·      2018. González Suárez, Lucero, “La privación de los recuerdos durante la noche oscura de la memoria, en la mística de san Juan de la Cruz”, en Franciscanum. Revista de las ciencias del espíritu, vol. 60, núm. 170.

·      2014. Guedea, Rogelio, Tiempo quebrado: la poesía de Jaime Sabines, Edit. Lectorum, Ciudad de México.

·      2010. Martiarena, Óscar, “Tranquilidad del alma y poesía en De rerum Natura”, en Theoría. Revista del Colegio de Filosofía, (20-21), 143-158.

 

 

 

 

 



[1] Texto leído por su autora durante la presentación del libro, el 20 de noviembre de 2025 en las instalaciones del Gran Museo del Mundo Maya de Mérida.

[2] Pseudónimo del presbítero Marco Antonio de Jesús Becerra Pérez con el que firma su obra poética, autor del libro ¿De qué está hecha el alma? Nació en Yahualica Jalisco. Tiene estudios en filosofía y teología por el Seminario de San Juan de los Lagos, fue ordenado sacerdote en el año 2013. Se especializó en formación sacerdotal y religiosa por la Universidad Gregoriana en Roma; ha colaborado como formador del seminario de su diócesis y en el acompañamiento a sacerdotes en formación permanente. También tiene Maestría en Escritura Creativa, por la Universidad de Salamanca, España, quien le otorgó la mención honorífica con la tesis: “Las palabras son una forma del alma. La influencia de la literatura en la formación integral de la persona”. Escribe poesía desde los diez años. Ha participado en diversos concursos de poesía tanto en la región Alteña como en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Publicó en la Revista Fragua editada por el Seminario Mayor de San Juan de los Lagos. Ganó el primer concurso de poesía “Letras Yahualicenses” en el año 2022. En el año 2023 recibió el galardón por su trayectoria artística en el Seminario y en su ministerio sacerdotal, premio fue otorgado por el Seminario Menor de Lagos de Moreno en el “Festival Leonardo Pérez Larios”. Actualmente desempeña su ministerio Sacerdotal en la Catedral Basílica de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos, es coordinador y presidente de la Cáritas Diocesana y de los albergues para peregrinos que recibe esta ciudad.

[3] Licenciada en Literatura Latinoamericana (Universidad Autónoma de Yucatán) y Maestra en Español (Escuela Normal Superior de Yucatán “Antonio Betancourt Pérez”).

[4] Todas las citas hacen referencia a la edición de Lapicero Rojo Editorial, 2024.



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