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Homilía en la peregrinación anual del presbiterio de Guadalajara a la parroquia del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe

Monseñor Ramón Salazar Estrada,

obispo auxiliar de Guadalajara

 

Alrededor de 160 sacerdotes participaron

en la misa de mediodía en el Santuario.

Publicamos aquí la reflexión que

 se compartió al presbiterio.

 

 

[El evangelio fue tomado de Lc 1, 39-56, el texto de la Visitación]

 

Estimados Hermanas y Hermanos en Cristo

Muy estimados hermanos Obispos

Muy estimados hermanos sacerdotes

 

Permítanme ofrecer esta reflexión en cuatro momentos, la prisa o urgencia, el saludo, el encuentro y la alabanza.

 

I. La prisa

 

“En aquellos días, María se levantó y se puso en camino a toda prisa hacia la montaña…” (Lc 1, 39).

La Visitación la Santísima Virgen a su pariente Isabel comienza en la Anunciación, porque es el paso previo, paso que va de la contemplación a la acción, sin perder la presencia de Dios. Para el sacerdote, la Visitación es el modelo de su salida misionera, sabiendo que antes se ha tenido el necesario encuentro con el Señor. María urgida por la presencia del Verbo que lleva en sus entrañas se encamina hacia las montañas, llevando por aquella tierra de la promisión a un primer recorrido y encuentro con el Salvador.

El Sacerdote es portador de la presencia, al igual que María es, ante todo, un portador de Cristo. Nuestra "prisa" no es la del activismo que agota, sino la de la caridad que no puede esperar. El sacerdote que sube "a la montaña" de las periferias existenciales de sus fieles lo hace con la misma conciencia que María: no va él solo, va el Señor en él.

Cuando caminamos hacia el enfermo, cuando entramos en el confesionario o nos acercamos a cualquier labor pastoral, nuestra participación en la obra de la salvación comienza con ese movimiento interior de llevar a Jesús. La Visitación nos enseña que el ministerio no es llevar solo un conocimiento, realizar un oficio más, sino permitir que el "Verbo" que hemos contemplado en la oración y recibido sacramentalmente sea el que visite a los hermanos.

 

II. El saludo

 

“En cuanto Isabel oyó el saludo de María, la criatura saltó en su vientre e Isabel quedó llena del Espíritu Santo” (Lc 1, 41).

En el saludo de María su voz se convierte en el vehículo para que el Espíritu Santo actúe en Juan el Bautista y en Isabel. Como ministros de la Palabra nuestra voz, estimados hermanos, se vuelve un vehículo que conforta, impulsa y santifica, por la gracia de Dios, a su Iglesia. Este es un valioso tesoro que el Señor ha querido dejar en la participación ministerial de su sacerdocio.

El Espíritu de Dios se manifiesta a través de la Palabra, ya ahora hecha carne en el seno purísimo de María. El saludo de María hace que la presencia de Dios se manifieste en aquella humilde casa donde Zacarías e Isabel, en la imposibilidad de sus personas, han sido también agraciados con el don de Dios. Casa donde simbólicamente se encuentran aquellos que de inmediato perciben la acción del Altísimo, como Isabel, pero también se encuentran aquellos que tardan en percibir la “luz que brilla en las tinieblas”, como Zacarías.

El sacerdote, en el ejercicio de su ministerio, presta su voz a Cristo. Cuando decimos: "Yo te absuelvo", o "Esto es mi Cuerpo", estamos realizando la "Visitación" nuevamente de Dios a su pueblo.

Nuestra palabra ministerial, como el saludo de María, tiene el poder de hacer que la vida "salte de gozo" en el alma de los fieles. La Santísima Virgen María nos enseña que el sacerdote no es un mero "funcionario del lenguaje", sino un canal de gracia donde el saludo cotidiano y la bendición transmiten la alegría de la misericordia.

 

III. El encuentro

 

“¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?” (Lc 1, 43).

En la Visitación, el encuentro entre las dos madres produce una explosión de alegría. Juan el Bautista, aún en el seno materno, reconoce al Mesías. Así encontramos cómo la participación de María en la preparación de los caminos del Señor es una tarea esencialmente sacerdotal.

El Sacerdote es un facilitador del encuentro. Isabel reconoce la presencia de Dios a través de María. El sacerdote, en su paternidad espiritual, en el ejercicio de su ministerio es aquel que permite que los demás reconozcan a Cristo y se encuentren con Él. No retiene ni desvía, mucho menos confunde, la atención que ha de ir siempre hacia el Señor. Decía San Luis María Grignion de Monfort: Vamos "a Jesús por María. Ella es un camino corto, fácil y seguro para llegar a Jesucristo”. ¿Podríamos llegar a decir que nuestro ministerio sea ese camino corto, fácil y seguro hacia el Redentor?

Al igual que María se alegra de que Isabel reconozca al Señor, el sacerdote encuentra su mayor realización cuando los fieles "llenos de gozo" se encuentran ante la presencia de Jesús en sus vidas. María enseña al sacerdote a vivir la "alegría del segundo plano". Participar en la obra de la salvación es ser el amigo del Esposo que se alegra al oír su voz, sabiendo que es Jesús quien está haciéndose presente.

 

IV. La alabanza

 

“Proclama mi alma la grandeza del Señor… porque ha mirado la humillación de su esclava” (Lc 1, 46-48).

La Visitación culmina en el canto del Magníficat. María no se atribuye la gloria de la maravilla que está ocurriendo; devuelve toda la luz a la Fuente. Este es un magnífico ejemplo para el sacerdote frente a la tentación del clericalismo.

La Eucaristía, los sacramentos, la obra pastoral, son como nuestro Magníficat. Cada vez que el sacerdote realiza el ministerio, recitamos el propio Magníficat. María nos enseña a mirar nuestra historia personal y nuestro ministerio más que como un logro personal, como una misericordia, volviéndose aquella "Misericordia que va de generación en generación".

Como sacerdotes, a menudo conscientes de la propia fragilidad, encontramos en el canto de María la fuerza para seguir. María permaneció con Isabel "unos tres meses", sirviendo en lo cotidiano. Así, el sacerdote está llamado a traducir su alabanza en el altar en un servicio concreto a los hermanos, permaneciendo y conviviendo con ellos en la "casa" de lo más ordinario.

 

Estimados hermanos sacerdotes, la Visitación, así, no es un evento del pasado, es el mapa de nuestra jornada diaria. De aquí la invitación como María, de que…

1.     Salgamos con prisa, pero habitados por el Verbo.

2.     Hablemos para que sea el Espíritu quien santifique.

3.     Gocemos con el encuentro, siendo siempre puentes.

4.     Cantemos desde la pequeñez, para que la grandeza de Dios sea proclamada.

 

Quiero, por último, recordar la petición que el papa León hacía en la pasada fiesta de Santa María de Guadalupe: «Virgen Santa, que, como tú, conservemos el Evangelio en nuestro corazón (cf. Lc 2,51)». Ayúdanos a comprender que, aunque destinatarios, no es solo para nosotros este mensaje, sino que, al igual que san Juan Diego, somos sus servidores. Que vivamos convencidos de que allí donde llega la Buena noticia, todo se vuelve diferente, todo recupera la salud, todo se renueva.

 

 

 

 



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