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Mensaje de cuaresma del arzobispo de Guadalajara a su presbiterio
El pasado miércoles 11 de febrero de 2026, en la capilla del Seminario Menor, el cardenal José Francisco Robles Ortega se reunió con los sacerdotes de la arquidiócesis para disponerlos a la vivencia de la cuaresma. Presentamos una síntesis de su mensaje.
Al inicio de su mensaje, el arzobispo situó la reflexión cuaresmal en el horizonte del testimonio histórico de la Iglesia en México, evocando la memoria de los sacerdotes y fieles que, en circunstancias particularmente adversas, vivieron su ministerio y su fe hasta el extremo del sacrificio. Recordó que muchos de quienes precedieron a las generaciones actuales ejercieron su servicio en situaciones muy exigentes al grado de derramar su sangre. En este contexto, compartió una experiencia vivida durante la beatificación de los mártires mexicanos: la presentación de sus testimonios y sus últimas palabras ponen de manifiesto la gravedad de la persecución religiosa sufrida por la Iglesia en el país. No solo los sacerdotes y laicos padecieron los efectos de la persecución, sino también los obispos (especialmente Monseñor Orozco y Jiménez y Monseñor José Amador Velasco y Peña, obispo de Colima), quienes cargaron con el peso de la responsabilidad pastoral, el sufrimiento del pueblo y el riesgo constante de perder la vida. Seguido de dicho preámbulo, el Cardenal dijo que el horizonte del camino cuaresmal es la Pascua del Señor: «La Cuaresma es el tiempo de gracia para prepararnos, renovando nuestra vida, recuperando nuestra gracia y dignidad bautismal para celebrar con Cristo el misterio de su muerte y su resurrección». No es un periodo meramente devocional o disciplinar, sino de un proceso interior de transformación que conduce a «morir con Cristo y resucitar con Él a la vida nueva. Mencionó que el llamado a la conversión no se dirige primero al pueblo, sino a quienes han recibido la misión de pastorear: «Los primeros llamados a renovar nuestra vida, muriendo y resucitando con Cristo, somos nosotros». Esta afirmación sitúa la responsabilidad de los ministros de no excluirse de renovar la propia vida. Sólo en la medida en que el sacerdote viva personalmente el Misterio Pascual, podrá conducir a los fieles a una experiencia auténtica de renovación cristiana. Ante el cambio cultural y religioso, el Cardenal pidió hacer una reflexión honesta de la realidad: el mensaje de la conversión «no es interesante para muchos», incluso dentro de las mismas comunidades eclesiales. La misión pastoral exige implicación real y no simple cumplimiento de programas. No basta organizar actividades y dejar la respuesta a la libre decisión de los fieles. La conversión ha de promoverse especialmente mediante la escucha de la Palabra, la vida de oración y la caridad, de modo que la comunidad entera participe activamente en el dinamismo pascual: «El reto es, cómo ese tesoro que tenemos dentro de los templos lo podamos proponer a todos para que retomen otra vez la conexión con el misterio que se encierra en el templo: la Palabra y el sacramento». El ministerio se desarrolla hoy en un ambiente secularista: «El marco cultural que nos ha tocado vivir es verdaderamente secularista», donde la propuesta religiosa «ya no tiene el mismo interés para el mundo de hoy». Además, mencionó la polarización y el reduccionismo antropológico de la cultura contemporánea, que dificultan la visión cristiana de la persona y de su dignidad. Sin embargo, frente al panorama tan desafiante, el cardenal exhortó a no caer en el desaliento: «Esto no es […] para desanimarnos. Esto es para confiar en la gracia del Señor. Él está actuando siempre». Aunque no siempre se perciban los frutos inmediatos, la certeza de la acción salvadora de Dios sostiene la misión y da fundamento a la esperanza pastoral. El arzobispo invitó a la revisión personal ante la influencia de la mentalidad mundana: el reto es «estar en el mundo sin ser del mundo» y debemos preguntarnos hasta qué punto los criterios del mundo han influido en la propia vida sacerdotal. La Cuaresma se presenta como ocasión para despojarse de la «mundanidad» y volver a la fuente que sostiene el sacerdocio: la tradición apostólica y el Magisterio de la Iglesia. En el marco también de la celebración de sus cincuenta años de ministerio sacerdotal, el cardenal invitó a reavivar el don recibido y a asumir la Cuaresma como un tiempo de gracia compartida. Concluyó exhortando a que este sea «un tiempo de renovación pastoral para nosotros y junto con nosotros de renovación para nuestras respectivas comunidades», deseando a todos una santa Cuaresma.
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