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Homilía del cardenal José Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara, en la misa de ordenaciones diaconales

 

 

 

Hermanos seminaristas que van a recibir hoy el diaconado. Muy amados todos en Jesucristo nuestro Señor. Estamos a unas horas de reunirnos con toda la Iglesia para celebrar el Misterio del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, nacido de la Santísima Virgen María. Nos hemos venido preparando durante este tiempo de Adviento para celebrar con conciencia, con ánimo renovado, revestidos de la gracia de Dios, para celebrar este misterio. Nos hemos venido preparando conscientemente, ayudados de la palabra de Dios y ayudados también de la oración y los sacramentos.

El tiempo de Adviento nos recuerda que Jesucristo Nuestro Señor vino hace dos mil años en la pobreza de nuestra carne, se hizo hombre y nació de la Santísima Virgen María. Esa primera venida la vamos a recordar y la vamos a actualizar con el misterio de la liturgia esta noche santa. Pero también el Adviento nos recuerda la última venida del Señor. Él va a venir, no sabemos el día, la hora, pero va a venir de forma definitiva a nuestra vida, para salvarnos, para revivirnos, para purificarnos de todos nuestros pecados y para introducirnos en la vida eterna con Dios. El Adviento también nos recuerda esta última venida del Señor.

Pero entre estas dos venidas, la de hace dos mil años y la que será algún día, el Señor está constantemente viniendo a nuestras vidas, a nuestra Iglesia, a nuestra historia. Y la prueba de esta permanente venida del Señor a nosotros, la palpamos hoy en la ordenación diaconal de estos queridos seminaristas que se han preparado y que la Iglesia considera dignos para recibir este sacramento. En cada uno de ellos, Jesucristo nuestro Señor comienza una presencia real, una presencia viva. Por la fuerza del sacramento ellos se van a comenzar a identificar más plenamente con Cristo, vivo y presente en su Iglesia. De tal manera que reconocemos que el Señor vino, vendrá y está presente, está viniendo. Y por eso nos llenamos de gozo, por eso nos llenamos de agradecimiento al Señor que no abandona a su pueblo. Él había dicho: «yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Y esta su promesa se cumple cabalmente en sus sacramentos, en su palabra, en las inspiraciones de su Espíritu, en tantos regalos que Jesús hace a su Iglesia, y Él se hace vivo y presente en aquellos que Él elige por amor, por gracia. Él se hace presente. Seamos conscientes.

Por eso hacemos propio el himno de Zacarías: «Bendito sea el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo» (Lc 1,68). Él, movido por la inspiración del Espíritu, hace este cántico de bendición y alabanza a Dios, porque ha visitado a su pueblo con la salvación en Jesucristo, con el cumplimiento de la promesa a David, que uno de sus descendientes nacería para ser un reino universal y eterno. Es el cumplimiento de las promesas que Dios hizo a Abraham, que Dios hizo a los patriarcas, que Dios hizo en el Antiguo Testamento. Él cumple su promesa en el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. La plenitud de la salvación del amor, de la misericordia de Dios en favor de nuestra humanidad. Hacemos nuestro este cántico, el cántico de Zacarías. Es más, la Iglesia lo ha hecho propio y lo recita todos los días. Este himno se recita todos los días en el resto de la liturgia de las horas, por la mañana, como la Iglesia recita todos los días en el cántico de la Santísima Virgen María. «Proclama mi alma la grandeza del Señor» (Lc 1,46). No, la Iglesia proclama estos dos himnos porque ella asume que lo que ahí se dice es glorificación y agradecimiento a Dios, que lo que ahí se dice es cumplimiento de su promesa y garantía de su presencia en medio de nosotros. Hoy escuchamos el cántico de Zacarías, el día 22 pasado escuchamos el cántico de María. Estos dos cánticos están inspirados por el Espíritu y que hacen, por así decir, una síntesis, ambas de las promesas de Dios en el Antiguo Testamento, realizadas a plenitud con el nacimiento, la venida de nuestro Salvador Jesucristo.

Celebremos, hermanas, hermanos, con gozo la venida del Señor a nuestra Iglesia en el regalo de estos queridos seminaristas que hoy van a dar el primer paso en su participación del sacerdocio ministerial de Jesucristo. Van a ser diáconos. Signados, sellados por el carácter que los identificará especialmente con Cristo Servidor. Él dijo estas palabras, «Yo no he venido a ser servido, he venido a dar la vida» (Cf. Mt 20, 28) y este es el servicio más grande que Jesucristo nuestro Señor dio a su Iglesia, la vida. Él entregó la vida como el máximo servicio para que nosotros fuéramos purificados, fuéramos reconciliados con nuestro Padre Dios y se nos devolviera la dignidad, la plena dignidad de ser hijos de Dios.

Entonces reaccionemos con gozo, con agradecimiento, pero también, reaccionemos conscientes de que Cristo sigue viniendo, se hace presente y seamos cuidadosos de este don de su presencia en la persona de estos hermanos que van a ser ordenados, cómo queremos ser también cuidadosos del don del sacerdocio, de todos aquellos hermanos que han sido marcados por la distinción amorosa y misericordiosa de Dios y han sido ungidos por la fuerza del Espíritu para ser presencia viva de Cristo en el mundo. Seamos agradecidos y seamos cuidadosos de este don. No solo cada uno de los que hemos recibido el don, sino todos como Iglesia, como familia, como comunidad, cuidemos, protejamos el tesoro del sacerdocio en la Iglesia, con la oración, con el testimonio de vida cristiana, con el consejo, incluso con la fraterna corrección, si fuera el caso, para que cuidemos el don inapreciable del sacerdocio ministerial del que hemos sido los sacerdotes distinguidos por la gracia y misericordia de Dios.

Cristo vino hace dos mil años y lo vamos a recordar esta noche, Cristo vendrá, no sabemos el día ni la hora, a salvarnos. Pero Cristo está viniendo, está presente, está vivo, está llevando a cabo la obra de la salvación, estableciendo su Reino. Haciendo que todos, reconozcamos a Dios como nuestro verdadero Padre y que lo reconozcamos cada uno a cada una, todos, como verdaderos hijos de Dios, hijos del Padre. Y que nos reconozcamos todos y todas como verdaderos hermanos. Este es el Reino de Dios entre nosotros y este es el Reino que Jesucristo nuestro Señor vino a establecer en el mundo y lo está estableciendo con la fuerza de su Espíritu, con la acción ministerial de sus sacerdotes, con la predicación de la palabra, la administración de los sacramentos. El Reino de Dios está construyendo, se está ajustando como Jesucristo nuestro Señor vino y fue enviado para establecerlo aquí en el mundo. Sigamos participando con mucha fe, con mucha esperanza, con mucho gozo.

Santuario de los Mártires Mexicanos, Tlaquepaque, Jalisco. 24 de diciembre del 2025.

 

 



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