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Mensaje del cardenal José Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara, a su presbiterio en la posada sacerdotal 2025 Buenos días. Me da mucho gusto tener en la oportunidad una vez más de encontrarnos y de saludarnos, especialmente por la cercanía de la Navidad. Quisiera ser muy breve en el mensaje, pero, sí de mucha trascendencia. El tiempo litúrgico que estamos por concluir el Adviento, sabemos que litúrgicamente está dividido en dos partes, el inicio del Adviento hasta el 15 de diciembre y del 16 a la víspera solemne de la Navidad es la segunda parte del Adviento. En la primera parte de este tiempo, la liturgia, las oraciones, la palabra de Dios nos invita a ser conscientes y a contemplar la última venida del Señor en la historia y en nuestra vida. Es decir, la primera parte del Adviento nos hace pensar en las realidades últimas a las que estamos destinados y en las que vendrá el Señor en esa última etapa, para ser nuestro Juez y Salvador. La segunda parte del Adviento, es decir, del 16 (ya estamos en esta segunda parte) hasta la víspera de la Navidad, la liturgia, las oraciones y la palabra de Dios nos centran en la celebración de la venida del Señor en el Misterio de su nacimiento. Es decir, la Navidad, y nos prepara a ello, a que seamos conscientes de que las celebraciones litúrgicas actualizan el misterio de la primera venida del Señor a nuestra realidad, a nuestra humanidad. Ahí están dos aspectos de la venida del Señor: la última, de la que no sabemos el día y la hora, pero que vendrá, y la primera en el tiempo que la actualizamos en la Navidad. Yo quisiera, en este mensaje, invitarles a que seamos conscientes de otra venida, la venida permanente del Señor. Él está constantemente viniendo a nuestra vida, a nuestra Iglesia, a nuestro mundo, a nuestra historia. Y lo que quiero invitarles a ser conscientes, es de que, sí, Él viene de una manera real, sacramental, en cada sacramento, pero de manera especial en nuestra persona consagrada para ser sacramento de su presencia en el mundo. Que seamos conscientes de que cada uno de nosotros, llamados por gracia al sacerdocio ministerial, estamos consagrados para ser sacramento vivo, presencia real de Jesucristo en la historia. Y que, siendo conscientes de esta verdad, nosotros actuemos en consecuencia. Somos signos vivos de la permanente venida del Señor a su Iglesia y al mundo. Y nosotros somos signos, somos sacramentos eficaces y reales de esa presencia que se efectúa todos los días en nuestra vida. Y de aquí se desprenden muchas cosas que tienen que ver con nuestra espiritualidad, con nuestra pastoral, con nuestra predicación, con todo lo que hacemos. La celebración de los sacramentos, de suyo el sacramento, es actualización de la venida del Señor a nuestras vidas. Pero que no lo perdamos nosotros de vista, porque si lo perdemos de vista, le robamos el sentido, el sentido de esa venida actual del Señor. Por decir un ejemplo, si en la celebración de la Eucaristía a mí me gana la rutina, algo que debo de celebrar y que celebro y de carrera y ya está, estoy despojando yo, la esencia de ese sacramento con mi ánimo de rutina, de ligereza y, tal vez, hago que los fieles que están participando no alcancen a descubrir el misterio de la venida del Señor en este momento, en esa circunstancia de su vida. Y lo que digo como ejemplo de la eucaristía lo podemos decir del sacramento de la reconciliación y lo podemos decir de nuestra predicación, en fin, de todo lo que hacemos. Somos nosotros el instrumento por el que el Señor está viniendo permanentemente a su iglesia y a los fieles que nos ha confiado. Entonces, este tiempo de Adviento nos debe de hacer conscientes y debe ser motivo de renovación de nuestro ser sacerdotal y renovación de todo lo que hacemos.
Seminario Menor, Zapopan, Jalisco,18 de diciembre del 2025. |




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