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Homilía de Su Santidad León XIV en la misa con el rito de canonización de los beatos Ignazio Choukrallah Maloyan, Peter To Rot, Vincenza Maria Poloni, María del Monte Carmelo Rendiles Martínez, María Troncatti, José Gregorio Hernández Cisneros y Bartolo Longo
Ante 70 mil fieles, el papa León XIV ha proclamado a siete nuevos santos, entre ellos los dos primeros santos venezolanos.
Queridos hermanos y hermanas:
La pregunta con la que concluye el Evangelio que hemos proclamado abre nuestra reflexión: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» (Lc 18,8). Este interrogante nos revela lo más precioso a los ojos de Dios: la fe, es decir, el vínculo de amor entre Dios y el hombre. Precisamente hoy están ante nosotros siete testigos, los nuevos santos y las nuevas santas, que con la gracia de Dios han mantenido encendida la lámpara de la fe, más aún, han sido ellos mismos lámparas capaces de difundir la luz de Cristo. La fe, comparada con grandes bienes materiales y culturales, científicos y artísticos, sobresale; no porque estos bienes sean despreciables, sino porque sin fe pierden el sentido. La relación con Dios es de máxima importancia porque Él ha creado de la nada todas las cosas, en el principio de los tiempos, y salva de la nada todo aquello que en el tiempo termina. Una tierra sin fe estaría poblada de hijos que viven sin Padre, es decir, de criaturas sin salvación. Es por eso que Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, se pregunta por la fe: si desapareciese del mundo, ¿qué ocurriría? El cielo y la tierra quedarían como están, pero nuestro corazón carecería de esperanza; la libertad de todos sería derrotada por la muerte; nuestro deseo de vida precipitaría en la nada. Sin fe en Dios, no podemos esperar en la salvación. La pregunta de Jesús nos inquieta, sí, pero sólo si olvidamos que es Él mismo quien la pronuncia. Las palabras del Señor, en efecto, son siempre evangelio, es decir, anuncio gozoso de salvación. Esta salvación es el don de la vida eterna que recibimos del Padre, mediante el Hijo, con la fuerza del Espíritu Santo. Queridos hermanos y hermanas, precisamente por esto Cristo habla a sus discípulos de la necesidad de «orar siempre sin desanimarse» (Lc 18,1). Así como no nos cansamos de respirar, del mismo modo no nos cansemos de orar. Como la respiración sostiene la vida del cuerpo, así la oración sostiene la vida del alma. La fe, ciertamente, se expresa en la oración y la oración auténtica vive de la fe. Jesús nos indica este vínculo con una parábola. Un juez permanece sordo ante las persistentes peticiones de una viuda, cuya insistencia lo lleva, finalmente, a actuar. A primera vista, esa tenacidad se nos presenta como un gran ejemplo de esperanza, especialmente en el tiempo de la prueba y la tribulación. La perseverancia de la mujer y el comportamiento del juez, que actúa de mala gana, preparan una pregunta provocadora de Jesús. Dios, el Padre bueno, «¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche?» (Lc 18,7). Hagamos resonar estas palabras en nuestra conciencia. El Señor nos está preguntando si creemos que Dios es juez justo para todos. El Hijo nos pregunta si creemos que el Padre quiere siempre nuestro bien y la salvación de cada persona. A este propósito, dos tentaciones ponen a prueba nuestra fe. La primera toma fuerza en el escándalo del mal, llevándonos a pensar que Dios no escucha el llanto de los oprimidos ni tiene piedad del dolor inocente. La segunda tentación es la pretensión de que Dios deba actuar como queremos nosotros. Entonces, la oración deja de ser tal para convertirse en una orden, con la cual enseñamos a Dios cómo ser justo y eficaz. Jesús, testigo perfecto de la confianza filial, nos libra de ambas tentaciones. Él es el inocente, que sobre todo durante su pasión reza así: “Padre, hágase tu voluntad” (cf. Lc 22,42). Son las mismas palabras que el Maestro nos entrega en la oración del Padrenuestro. Pase lo que pase, Jesús se confía como Hijo al Padre; por eso nosotros, como hermanos y hermanas en su nombre, proclamamos: «En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias, Padre santo, siempre y en todo lugar, por Jesucristo, tu Hijo amado» (Misal Romano, Plegaria eucarística II, Prefacio). La oración de la Iglesia nos recuerda que Dios hace justicia a todos, entregando su vida por todos. Así, cuando gritamos al Señor: “¿dónde estás?”, transformamos esta invocación en oración, y entonces reconocemos que Dios está ahí donde el inocente sufre. La cruz de Cristo revela la justicia de Dios. Y la justicia de Dios es el perdón. Él ve el mal y lo redime, cargándolo sobre sí. Cuando estamos crucificados por el dolor y por la violencia, por el odio y por la guerra, Cristo está ya ahí, en la cruz por nosotros y con nosotros. No hay llanto que Dios no consuele, no hay lágrima que esté lejos de su corazón. El Señor nos escucha, nos abraza como somos, para hacernos como es Él. En cambio, quien rechaza la misericordia de Dios permanece incapaz de misericordia para con el prójimo. Quien no acoge la paz como un don, no sabrá dar la paz. Queridos hermanos y hermanas, ahora comprendemos que las preguntas de Jesús son una enérgica invitación a la esperanza y a la acción. Cuándo el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe en la providencia de Dios? Es esta fe, precisamente, la que sostiene nuestro compromiso con la justicia, porque creemos que Dios salva al mundo por amor, liberándonos del fatalismo. Por tanto, preguntémonos: cuando escuchamos la llamada de quien está en dificultad, ¿somos testigos del amor del Padre, como Cristo lo ha sido para todos? Él es el humilde que llama a los prepotentes a la conversión, el justo que nos hace justos, como lo atestiguan los nuevos santos de hoy. No son héroes, o paladines de un ideal cualquiera, sino hombres y mujeres auténticos. Estos fieles amigos de Cristo son mártires por su fe, como el obispo Ignacio Choukrallah Maloyan y el catequista Pedro To Rot; son evangelizadores y misioneros como sor María Troncatti; son carismáticas fundadoras, como sor Vicenta María Poloni y sor Carmen Rendiles Martínez; son bienhechores de la humanidad con sus corazones encendidos de devoción, como Bartolo Longo y José Gregorio Hernández Cisneros. Que su intercesión nos asista en las pruebas y su ejemplo nos inspire en la común vocación a la santidad. Mientras peregrinamos hacia esa meta, no nos cansemos de orar, cimentados en lo que hemos aprendido y creemos firmemente (cf. 2 Tm 3,14). De ese modo, la fe en la tierra sostiene la esperanza en el cielo.
Plaza de San Pedro XXIX Domingo del Tiempo Ordinario, 19 de octubre de 2025
Ignacio Choukrallah Maloyan
Ignatius Maloyan (Shoukrallah), hijo de Melkon y Faridé, nació en 1869, en Mardin, Turquía. Su párroco, notó en él signos de vocación sacerdotal, por lo que lo envió al convento de Bzommar-Líbano; tenía catorce años. Tras finalizar sus estudios superiores en 1896, día dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, fue ordenado sacerdote en el convento de la Iglesia de Bzommar, se incorporó al Instituto Bzommar y adoptó el nombre de Ignacio en memoria del célebre mártir de Antioquía. Entre 1897 y 1910, el padre Ignacio fue nombrado párroco en Alejandría y El Cairo, donde gozó de gran prestigio. Su Beatitud el Patriarca Boghos Bedros XII lo nombró su asistente en 1904. Debido a una enfermedad que afectó sus ojos y una dificultad asfixiante para respirar, regresó a Egipto y permaneció allí hasta 1910. La diócesis de Mardin estaba en estado de anarquía, por lo que el Patriarca Sabbaghian envió al Padre Ignacio Maloyan para restablecer el orden. El 22 de octubre de 1911, el Sínodo Episcopal reunido en Roma eligió al Padre Ignacio como arzobispo de Mardin. Asumió su nuevo cargo y se propuso renovar la diócesis, destrozada, fomentando especialmente la devoción al Sagrado Corazón. Lamentablemente, al estallar la Primera Guerra Mundial, los armenios residentes en Turquía (país aliado de Alemania) comenzaron a sufrir sufrimientos indecibles. De hecho, el 24 de abril de 1915 marcó el inicio de una verdadera campaña de exterminio. El 30 de abril de 1915, los soldados turcos rodearon el obispado católico armenio y la iglesia de Mardin, alegando que eran escondites de armas. A principios de mayo, el obispo reunió a sus sacerdotes y les informó de la peligrosa situación. El 3 de junio de 1915, soldados turcos arrastraron encadenado al obispo Maloyan ante el tribunal junto con otras veintisiete personalidades católicas armenias. Al día siguiente, veinticinco sacerdotes y ochocientos sesenta y dos creyentes fueron encadenados. Durante el juicio, el jefe de policía, Mamdooh Bek, le pidió al obispo que se convirtiera al islam. El obispo respondió que jamás traicionaría a Cristo ni a su Iglesia. El buen pastor le dijo que estaba dispuesto a sufrir todo tipo de maltratos e incluso la muerte, y que en ello residiría su felicidad. Mamdooh Bek lo golpeó en la cabeza con la culata de su pistola y ordenó encarcelarlo. Los soldados le encadenaron los pies y las manos, lo tiraron al suelo y lo golpearon sin piedad. Con cada golpe, se oía al obispo decir: «Oh, Señor, ten piedad de mí, oh, Señor, dame fuerza», y pidió la absolución a los sacerdotes presentes. Tras esto, los soldados volvieron a golpearlo y le arrancaron las uñas de los pies. El 9 de junio, su madre lo visitó y lloró por su estado. Pero el valiente obispo la animó. Al día siguiente, los soldados reunieron a cuatrocientos cuarenta y siete armenios. Los soldados, junto con los convoyes, tomaron la ruta del desierto. El obispo animó a sus feligreses a mantenerse firmes en su fe. Luego, todos se arrodillaron con él. Rogó a Dios que aceptaran el martirio con paciencia y valentía. Los sacerdotes concedieron la absolución a los creyentes. El obispo sacó un trozo de pan, lo bendijo, recitó las palabras de la Eucaristía y se lo dio a sus sacerdotes para que lo distribuyeran entre el pueblo. Uno de los soldados, testigo presencial, relató esta escena: «En ese momento, vi una nube que cubría a los prisioneros y de todos emanaba un aroma perfumado. Había una expresión de alegría y serenidad en sus rostros». Como todos estaban a punto de morir por amor a Jesús. Tras dos horas de caminata, hambrientos, desnudos y encadenados, los soldados atacaron a los prisioneros y los asesinaron ante los ojos del obispo. Tras la masacre de los dos convoyes, le llegó el turno al obispo Maloyan. Mamdooh Bek le pidió de nuevo a Maloyan que se convirtiera al islam. El soldado de Cristo respondió: «Te he dicho que viviré y moriré por mi fe y mi religión. Me enorgullezco de la cruz de mi Dios y Señor». Mamdooh, furioso, sacó su pistola y disparó a Maloyan. Antes de exhalar su último aliento, exclamó: «Dios mío, ten piedad de mí; en tus manos encomiendo mi espíritu».
Peter To Rot
Los padres de Peter To Rot fueron de los primeros nativos bautizados en Rakanui, su ciudad natal, situada en la isla de Nueva Bretaña de Papúa Nueva Guinea. Este hecho, ocurrido apenas 14 años antes de su nacimiento, da una idea de la importancia de la evangelización que los misioneros iniciaron allí a finales del siglo XIX, puesto que el padre de Peter To Rot era nada menos que el líder de su pueblo, lo que hacía que su bautismo, a una máxima autoridad, supusiera todo un gesto de aceptación del mensaje de Cristo por parte de los pobladores de aquellas tierras y, quizás lo más importante, la renuncia a todas las prácticas de brujería y canibalismo, profundamente arraigadas en su cultura. Tan intensa fue esta conversión al cristianismo, que el mismo Angelo To Puia, así se llamaba, donó los terrenos para la construcción de la iglesia, la escuela y la casa de los Misioneros del Sagrado Corazón en Rakanui, quienes habían llegado a la isla en 1882, enviados por el Papa León XIII, una petición expresa del Santo Padre a su fundador, el P. Julio Chevalier. Por su condición de líder, el resto de la población le tenía mucho respeto, pero más aún, por su bondad y dedicación personal a quienes más lo necesitaban. Junto con su mujer, María Ia Tumul, entablaron una estrecha relación con los misioneros. De esta manera, es como su fe fue entendida, por otros miembros de la comunidad, como algo bueno. En este ambiente familiar de fe y caridad, nació Peter To Rot. Desde bien pequeño se ofrecía para colaborar como servidor en la Misa, no sólo en la dominical, también en la diaria. Gracias a esta disposición por ayudar, se creó una amistad sincera con el P. Carl Laufer, msc, párroco en aquella misión desde la adolescencia de To Rot, quien le aconsejó que ingresara en la escuela de catequistas, al cumplir los 18 años. Durante la II Guerra Mundial, en 1942, el ejército japonés invadió Papúa Nueva Guinea. Una de las primeras medidas que adoptaron fue la de encarcelar a todos los misioneros, aunque siguieron permitiendo la práctica religiosa por parte de la población. Aquí los catequistas en general y Peter To Rot en particular, jugaron un papel muy importante en el sostenimiento de la fe, las celebraciones y la dispensación de sacramentos. Un año más tarde, comenzaron a prohibir determinadas actividades hasta que, finalmente, prohibieron toda práctica. Pero Peter To Rot ya había adquirido un compromiso muy fuerte con el anuncio de la palabra de Dios y por la puesta en práctica de las enseñanzas de Jesús, conforme al Evangelio. El ejército japonés comenzó a llamar a todos los catequistas para que acudieran a comisaría, interrogándoles sobre sus actividades y advirtiéndoles de que la prohibición de cualquier práctica religiosa era total. Peter To Rot quiso explicarles que lo que hacían no tenía nada que ver con la guerra, fue reprendido por ello y, ciertamente contrariado, volvió a casa con el convencimiento de que tenía que seguir su trabajo pastoral a pesar de haberse quedado prácticamente solo. Salía por las noches, en secreto, para rezar con algunos grupos. Daba una pequeña catequesis y, si era necesario, bautizaba u oficiaba bodas. Era muy consciente de que, en ausencia de los misioneros, él tenía que ejercer sus funciones de catequista, para no dejar solas a las comunidades cristianas. Acercándose el final de la guerra y la más que probable derrota del ejército japonés, las autoridades del país nipón quisieron ganarse el favor de los papúes y recuperaron costumbres del pasado. Una de ellas fue la poligamia. Esto hizo que Peter To Rot confirmase totalmente su compromiso con el sacramento del matrimonio. A la necesidad de mantener viva la llama de la fe, ahora se sumaba la obligación de velar para que estas prácticas contrarias a las enseñanzas de Jesús, ya casi desterradas de la cultura de su pueblo, no volviesen. Inició así una cruzada abierta contra la poligamia, lo que le llevó a enfrentarse con algunas personas de poder, policías, jueces… que querían tener como esposas a mujeres ya casadas. To Rot se enfrentó directamente a las autoridades que se convirtieron en sus enemigos, entre ellos, uno con suficiente poder como para ordenar su arresto, el policía To Metapa. Pronto fue llamado a declarar en comisaría sobre sus actividades religiosas. Peter To Rot confirmó que seguía haciendo lo que le correspondía como catequista y, al reafirmarse sobre su postura frente a la práctica de la poligamia, tuvieron la excusa perfecta para retenerlo. Durante el tiempo de internamiento, mostró una actitud serena y una clara convicción de que había hecho bien en denunciar la práctica de la poligamia y defender el matrimonio cristiano, además de seguir con el servicio a las comunidades. Nunca mostro arrepentimiento y se mantuvo firme en su fe y sus obligaciones como catequista. Finalmente, en los primeros días de julio de 1945, Peter To Rot se encontraba resfriado. No hizo falta una sentencia firme, ni un método de muerte oficial. Aprovechando su refriado, el médico le administró una inyección y le hizo tomar un supuesto medicamento. Al poco, con ganas de vomitar, el médico le tapó la boca y murió. Al lugar acudió el policía To Metapa, el causante de su detención y dijo: “Él, el ‘chico de la misión’, estaba muy enfermo y ha muerto”.
Vincenza Maria Poloni
El 26 de enero de 1802, en Verona, nació la Sierva de Dios Vincenza Maria Poloni, hija de Gaetano y Margherita Biadego. Esa misma tarde, fue bautizada en la parroquia de Santa Maria Antica, cerca de las Tumbas de los Scaligeros, y tomó el nombre de Luigia Francesca Maria. Fue la menor de doce hijos, nueve de los cuales murieron en la infancia, Luigia creció en un ambiente familiar arraigado en sólidos principios religiosos y un espíritu de solidaridad con los más vulnerables. De sus padres, recibió la fe, la oración y el trabajo, y una educación acorde con su posición social. Joven de mente abierta e inteligencia vivaz, se convirtió en la mano derecha de su madre en el cuidado del hogar, un apoyo inestimable en la crianza de sus numerosos sobrinos y sobrinas, una fiel asistente de su cuñada, frecuentemente enferma, y la principal ayudante en el taller de su padre. Su hermano Apollonio también encontró en su hermana Luigia un valioso apoyo en la gestión y administración del complejo negocio agrícola de Palazzina (Verona). Bajo la dirección espiritual del Beato Carlo Steeb, su corazón se sintió cada vez más atraído por la llamada del Espíritu Santo, que la impulsó con mayor fervor a dedicar tiempo y atención a los ancianos y enfermos crónicos del hospital Pio Ricovero de la ciudad. En 1836, durante una terrible epidemia de cólera, demostró una abnegación incondicional en el llamado pabellón de "secuestro", arriesgando su propia vida. Mientras tanto, la voluntad de Dios se hacía cada vez más evidente: los ancianos y los enfermos constituían el cuerpo sufriente de Cristo, a quien se entregó generosamente y a quien deseaba atraer a otras compañeras. Tras superar la considerable resistencia de sus familiares, que aún consideraban indispensable su presencia, el 2 de noviembre de 1840, Luigia Poloni se instaló con tres compañeras en dos pequeñas habitaciones del Pío Ricovero, dedicándose por completo al servicio de los ancianos y enfermos. Los inicios de las obras de Dios siempre se caracterizan por la entrega celosa y una pobreza generosa y conscientemente elegida. Aquellas cuatro personas adoptaron de inmediato el estilo de vida de una comunidad religiosa, marcada por un horario estricto, la oración ferviente y un servicio caritativo total a los demás. Pronto se unieron otras compañeras, se compró una casa, se obtuvieron las autorizaciones civiles y canónicas, y así, el 10 de septiembre de 1848, Luigia Poloni, junto con otras doce hermanas, hizo los votos religiosos de pobreza, castidad y obediencia, tomando el nombre de Vincenza Maria. El Instituto de las Hermanas de la Misericordia de Verona se estaba convirtiendo en una realidad. Una nueva fuente de luz y amor brotaba de Verona, ciudad de santos y beatos. La Madre Vincenza Maria, durante los quince años que vivió tras fundar el Instituto, ejerció su misión de cuidar a los ancianos, enfermos y huérfanos con admirable celo. Con la sabiduría que emanaba de su temperamento, su experiencia de vida familiar y, sobre todo, su fidelidad al Espíritu, gobernó la Comunidad, que, mientras tanto, se expandía, alcanzando, a su muerte, el número de 48 hermanas. Con el ejemplo de su vida y su enseñanza, instó a sus hijas a actuar con integridad, a mostrar ternura hacia los enfermos, a ser pacientes en los momentos de prueba, a ser humildes al reconocer los propios errores y a mostrar caridad hacia los demás, especialmente hacia los pobres. A menudo decía: «Los pobres son nuestros amos: amémoslos y sirvámoslos como serviríamos al mismo Jesucristo». Soportó dificultades y sacrificios con fe y confianza en la Divina Providencia. Cultivó la oración, el amor a la Eucaristía y la devoción a Nuestra Señora de los Dolores y a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. También cultivó una especial devoción a San Vicente de Paúl, el santo que inspiró al Beato Charles Steeb a redactar las Reglas del Instituto que estaba a punto de fundarse. En los últimos años de su vida, la Madre Vincenza Maria fue atacada por un tumor que la consumió lenta pero inexorablemente. Soportó el dolor con fortaleza cristiana y en silencio para no ser una carga para sus hermanas. Se sometió a una cirugía y al tratamiento aún más doloroso de la sosa cáustica sin anestesia. Pasó los últimos diez días de su vida en una edificante preparación para la muerte, confortada por la presencia de su director espiritual, el padre Carlo Steeb, quien administró el sacramento de la unción de los enfermos. Murió el 11 de noviembre de 1855.
María Carmen Rendiles Martínez
Nació el 11 de agosto de 903 en Caracas, Venezuela. Tras la muerte de su padre y de su hermano menor, ayudó a su madre a criar a los más pequeños, desarrollando pronto un fuerte sentido de maternidad y protección hacia ellos. Quería seguir el camino de la vida consagrada, pero debido a una discapacidad que padeció desde su nacimiento, le faltaba el brazo izquierdo, fue rechazada en varias ocasiones. En 1927 ingresó en la Congregación de las Siervas de Jesús en el Santísimo Sacramento, fundada en Francia setenta años antes. Asumió para sí el carisma de esa familia religiosa, viviendo cada vez más profundamente el amor a la Eucaristía y el servicio a los sacerdotes. Cuando la congregación decidió transformarse en Instituto Secular, las hermanas de Venezuela y Colombia, deseosas de continuar siendo religiosas, solicitaron crear un nuevo instituto. Reconocidas por la Sagrada Congregación de Religiosos desde 1965, las Siervas de Jesús se convertirían en Instituto de derecho pontificio en 1985. Desde el principio, primero de manera provisional y después con la elección de 1969, sor María Carmen ocupó el cargo de Superiora general de la nueva familia religiosa. El instituto vivió un periodo de crecimiento: las hermanas trabajaban en parroquias y seminarios, impartiendo catequesis, enseñando y cuidando a los más necesitados. Elaboraban, además, vestimentas y ornamentos para el uso de los sacerdotes. En 1974, la Madre sufrió un accidente automovilístico. Durante su convalecencia, decía: «Es una pequeña astilla más de la Cruz de Cristo y la llevo con entusiasmo y alegría». Continuó trabajando para sus hermanas, visitando las casas de la Congregación, apoyándose en muletas y desplazándose en silla de ruedas. Concluyó su vida terrenal el 9 de mayo de 1977. Fue beatificada por el Papa Francisco el 16 de junio de 2018.
María Troncatti
De origen italiano, ingresó con las Hijas de María Auxiliadora y fue misionera en Ecuador. Nació en Corteno Golgi (BS) el 16 de febrero de 1883. Desde niña se apasionó por las misiones salesianas, pues su maestra de primaria le compartía para leer la revista Boletín salesiano, fundada por san Juan Bosco. Recibió su primera formación como religiosa en la casa madre de Nizza Monferrato (AT) y pronunció sus votos perpetuos el 19 de septiembre de 1914. En la primavera de 1922 le anunciaron que Ecuador sería su misión. Al llegar a Chunchi, armó un pequeño dispensario llamado botiquín. Después de tres años partió hacia la selva amazónica: a Macas, Sevilla Don Bosco y Sucúa. Fue pionera, enfermera y catequista, consejera de jóvenes y adultos y, para todos, madrecita. Sufrió mucho por el conflicto entre los colonos y los shuar: la misión de Macas fue incendiada en 1938 y la de Sucúa corrió la misma suerte en 1969. En esas circunstancias, sor María decía: «¡Cumplamos bien la voluntad de Dios! Él permitió esto, Él nos ayudará». Auxilió a la población durante las frecuentes epidemias de viruela y sarampión. En 1954 comenzó a funcionar, en nuevas instalaciones, el hospital de Sucúa, del que sor María se convertiría en directora. Defendió los derechos de los habitantes de aquellas tierras y organizó obras de promoción, como cursos de preparación para enfermeras y formación de niñas. En medio de las dificultades y las pruebas, la sostenía una gran fe: «Una mirada al Crucificado me da vida y valor para trabajar». El 25 de agosto de 1969, cuando se disponía a partir para los ejercicios espirituales, la pequeña avioneta, recién despegada del aeropuerto de Sucúa, se estrelló un poco adelante de la pista. La hermana María fue trasladada, ya sin vida, a la misión. Se había cumplido su ofrenda por la reconciliación entre los shuar y los colonos. Fue proclamada beata por el Papa Benedicto XVI el 24 de noviembre de 2012.
José Gregorio Hernández Cisneros
Es conocido en Venezuela, su tierra natal, como «el médico de los pobres». Nació en Isnotú el 26 de octubre de 1864. Su padre le sugirió inscribirse en la Facultad de Medicina de la Universidad de Caracas, donde defendió con éxito su tesis doctoral en el año 1888. Al año siguiente, las autoridades del país lo eligieron para perfeccionar sus estudios en París. De regreso en Venezuela, fundó las cátedras de histología, fisiología y bacteriología, iniciando así su carrera universitaria con tan sólo 27 años. Se dedicó a la enseñanza, invitando incluso a su casa a los estudiantes con más dificultades. Instituyó el Colegio de Médicos de Venezuela y fue uno de los miembros fundadores de la Academia Nacional de Medicina. Con el objetivo de consagrar su vida a Dios, en 1908 pasó una temporada en la Cartuja de Farneta (Lucca) y, unos años más tarde, en el Pío Colegio Latinoamericano de Roma. En ambas ocasiones, su delicada salud lo obligó a regresar a Caracas. Continuó sus estudios de embriología e histología y, a lo largo de toda su carrera, fue autor de varias contribuciones sobre diversos aspectos de la medicina. Era silencioso, prudente y lleno de caridad. Ayudaba gratuitamente a los pobres, a quienes además daba los medicamentos y el dinero que necesitaban. Les exhortaba a confiar en Dios y a acercarse a los sacramentos, especialmente a la Eucaristía. Durante la gripe española, que devastó Caracas en 1918, se dedicó por completo a su labor como médico y apóstol de la caridad. Acababa de comprar los medicamentos para llevar a un niño enfermo cuando, el 29 de junio de 1919, fue atropellado por un coche y murió invocando a la Santísima Virgen. Unos meses antes le había dicho a un amigo: «Te voy a confiar algo: ¡he ofrecido mi vida como ofrenda a Dios por la paz del mundo!». El Papa Francisco lo beatificó el 30 de abril de 2021.
Bartolo Longo
El nombre de Bartolo Longo está vinculado al mundialmente conocido complejo de devoción mariana y obras de caridad del Santuario de Pompeya (Nápoles). Nacido en Latiano (Brescia) el 10 de febrero de 1841, comenzó sus estudios de Derecho en Lecce, que completó en la Universidad de Nápoles, donde se graduó como abogado. Tras un período de alejamiento de la fe, en 1865 abandonó las prácticas del espiritismo, se dedicó a promover obras de caridad y se convirtió en Terciario Dominico y un ferviente creyente del rezo del Rosario. Para administrar los bienes de la condesa Marianna Farnararo, viuda de De Fusco, en octubre de 1872 se trasladó al Valle de Pompeya y atendió las necesidades espirituales y materiales de los habitantes, que se encontraban completamente abandonados. Así oró a la Santísima Virgen María: «Si es cierto que prometiste... que quien propague el Rosario se salvará, yo me salvaré, porque no me iré de esta tierra de Pompeya sin haber propagado aquí tu Rosario». Al sonar las campanas del Ángelus, que repicaron en ese momento, comprendió que esa sería su misión. El 13 de noviembre de 1875, trajo la imagen de Nuestra Señora del Rosario a Pompeya, y el 8 de mayo de 1876 se colocó la primera piedra del Santuario. Escribió libros devocionales y editó las revistas Il Rosario y La Nuova Pompei. En 1883, compuso la Súplica a Nuestra Señora de Pompeya. Se casó con la condesa De Fusco, con quien siempre observó la castidad conyugal. Junto con su esposa, construyó en Pompeya un orfanato para niñas (1887) y hogares para hijos (1892) e hijas de prisioneros (1922). Fundó la Congregación de las Hermanas Dominicas, Hijas del Santo Rosario de Pompeya, y en 1906 legó todas sus propiedades a la Santa Sede. Falleció el 5 de octubre de 1926. Fue beatificado en la Plaza de San Pedro por san Juan Pablo II el 26 de octubre de 1980. |




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