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Noticias de la vida del Padre del Federalismo mexicano,

don José de Jesús Huerta Leal

José de Jesús Vázquez Hernández[1]

 

La historia de bronce tiene motivos para excluir de su Panteón

al padre biológico del federalismo mexicano,

pero Cronos también los tiene para sostener lo contrario.

A unos meses de que se cumplan 200 años del nacimiento

de la República mexicana, y a la vanguardia de ella

el Estado Libre y Soberano de Xalisco,

se ofrecen aquí noticias del presbítero que compuso

el acta de nacimiento de una y otro.[2]

 

 

 

[Aunque el] Seminario [Conciliar de Guadalajara fue]

fundado y planeado para formar pastores [clérigos],

por la coyuntura histórica de ese despertar del siglo xix,

dio un numeroso grupo de hombres a la res-pública.

José Rosario Ramírez[3] 

 

                       

1.    Eclesiástico distinguido

 

Don Jesús Huerta Leal, profesor insigne del Seminario Conciliar de Guadalajara, párroco hasta el final de sus días de Atotonilco el Alto, diputado en el Congreso Nacional y luchador denodado a favor de la implantación y vigencia del federalismo en México, nació en Santa Ana Acatlán[4] el 27 de octubre de 1774, de modo que los primeros años de su vida discurrieron de forma paralela a los de la gestión episcopal de Fray Antonio Alcalde, su prelado al tiempo de matricularse en el plantel levítico tapatío y al final de cuentas formador de su mentalidad.

Fueron sus padres José Huerta y Catalina Leal de Ayala, que dieron a la Iglesia cuatro descendientes directos, “Los padres Huerta, jaliscienses notables”, dice don Agustín Rivera, “fueron cuatro: don José de Jesús, don Esteban, don Tiburcio –los tres hermanos– y don José Guadalupe Gómez Huerta, sobrino de aquéllos. Los cuatro eran nativos de Santa Ana Acatlán, indios, hombres de letras y liberales”.[5] Lo de “indios” no lo tomemos a la ligera  ni menos lo de “hombres de letras y liberarles”, por lo que esto implica.

Comenzó los estudios de gramática en el Seminario Conciliar de Guadalajara apenas alcanzada la edad de 12 años, acreditó las asignaturas de latín y retórica, filosofía y física experimental en exámenes públicos; sobresalió como el estudiante más notable de su tiempo y se graduó supra locum –la nota escolar superlativa en el Seminario en ese tiempo–. Y a partir del 18 de junio de 1795 desempeñó el oficio de bibliotecario, con tan buena mano que a expensas del Seminario vistió desde entonces el manto y la beca.

El 25 de abril de 1796, la Real Universidad de Guadalajara le dio el crédito de bachiller en Artes. Los cuatro años siguientes cursó en esa Alma mater las ciencias sagradas, en las que también alcanzó siempre las notas supremas. Sus prendas en el campo intelectual le valieron desempeñar, de 1795 a 1798, la cátedra de mínimos y la de gramática latina en el Conciliar.[6]

Lo ordenó presbítero para su clero don Juan Cruz Ruiz de Cabañas en 1800. Durante los ocho primeros años de su ministerio se desempeñó como sustituto de la cátedra de Sagrada Escritura en la Real Universidad, e invitado a participar en los actos públicos relacionados con exámenes, lecciones de puntos, oraciones latinas, arengas y demás funciones literarias de esa institución y del Conciliar; también tomará parte de las actividades de la Pía Unión Clerical de Oblatos del Divino Salvador, al lado de los cuales fue confesor asiduo en misiones populares y predicador en ellas, sin contar los sermones y catequesis que desempeñó también a su lado.    

En el año lectivo de 1800-1801 se hizo cargo del curso de Artes del Seminario, y en marzo de ese último año solicitó las borlas, de modo que en abril sustentó el acto de repetición y en mayo obtuvo el grado de licenciado en teología, y en junio de 1802 el de doctor en esa disciplina, todo lo cual le granjeó ser nombrado Vicerrector del Conciliar y catedrático del tercer año de Filosofía Dogmática. Concluyó su curso de Artes con 35 pupilos, que luego de ser examinados por el claustro de la Real Universidad obtuvieron el grado de bachilleres en arte y la aprobación nemine discrepante de los examinadores, reconociéndolos como aptos para estudiar en cualquiera facultad mayor.

Uno de esos estudiantes fue Valentín Gómez Farías (1781-1858); otro, Anastasio Bustamante, cada uno al frente de México en los subsecuentes años; también el político supremo Juan de Dios Cañedo y el grandísimo gestor del bien común don Juan Cayetano Portugal, que murió siendo obispo de Michoacán y, en el ánimo del Papa Pío ix, primer Cardenal mexicano. Educandos suyos fueron también Miguel Ramos Arizpe y Prisciliano Sánchez.

La posteridad le recuerda talentoso como el que más, y en lo político inclinado abiertamente al liberalismo más que al conservadurismo; optó por ser párroco luego de opositar sin éxito a sitiales en los cabildos eclesiásticos de Guadalajara y Durango,[7] y consta de dos pupilos suyos, uno que ciñó la mitra de Michoacán y otro que ocupó la suprema magistratura, ya investidos de ese rango, habiéndose reencontrado con él en la ciudad de México, le tributaron siempre la deferencia que entonces se daba a un venerable maestro, como la de cederle el lado derecho yendo por la calle o la de recibir de su antiguo mentor, sin amoscarse en lo más mínimo, el familiar tuteo.

No simpatizó siempre con los movimientos emancipatorios, que los conoció de primera mano todos, incluyendo el de don Miguel Hidalgo, según nos lo hace saber en unas Reflexiones que dio a la luz pública. Empero, su simpatía plena por un sistema de gobierno no hegemónico deriva de un trágico episodio que le marcó para siempre, la ejecución de su hermano Francisco, sentenciado a la pena capital por su simpatía por la insurgencia, en tiempos del último representante del trono español en la Diputación Provincial de Guadalajara, el brigadier José de la Cruz, luego de lo cual don Jesús tomará toda la distancia posible del autoritarismo, pareciéndole lo más favorable para aniquilarlo el pacto federal en su versión más pura. 

 

2.    Párroco comprometido

 

·      Del Valle de Matehuala (1806-1813)

Lo más denso de su ministerio lo invirtió a partir de 1806 en la cura de almas, luego de opositar sin éxito, insinuamos ya, a la canonjía magistral del Cabildo eclesiástico tapatío, ganando, en cambio –y en propiedad– el beneficio curado de Matehuala, para cuyo distrito también fue habilitado Vicario y Juez Eclesiástico en un momento de grande agobio para esa comunidad, el de la pandemia de ese año.

Gracias a una Relación de Méritos,[8] sabemos por él mismo que en sus gestiones fue un varón muy responsable cuya dinámica actividad hizo mancuerna con su eficacia; de trato afable y pacífico con el público, con las autoridades civiles y con los vecinos beneméritos; desinteresado con todos y muy caritativo para con los pobres; que benefició a su feligresía gravando su peculio para la pensión de un docente de primeras letras y trajo a esa demarcación la vacuna antiviruela y procuró difundirla con particular empeño.

Para la educación elemental hizo lo propio, no menos que para obras materiales tan esenciales como las que se emprendieron para abastecer de agua en tiempos de secas su cabecera parroquial, a la que dotó de una fuente pública.

De sus afanes él mismo nos cuenta, a finales de 1808, en carta dirigida a su superior, Ruiz de Cabañas:

 

Con las diligencias que practiqué en los últimos meses del año eclesiástico anterior, a fin de estrechar a los que hasta entonces no se habían confesado y comulgado, y con las repetidas exhortaciones que hice desde la Domínica Septuagésima, según lo ordena el Concilio Tercero Mexicano, logré tener a mis feligreses en la mejor disposición para el cumplimiento de estos preceptos anuales en el presente año, y yo me lisonjeaba con la esperanza bien fundada, de que al tiempo señalado daría a Vuestra Señoría Ilustrísima muy buena cuenta sobre la materia. Prueba de esta buena disposición es el más alto cumplimiento que he logrado de los residentes en las haciendas de Carboneras, Encarnación, Lapa, Palo Blanco o Presa y Pastoriza, y en los Puestos de Ypoa, Boca y [en el] pueblo contiguo a este valle [de Matehuala], quienes a costa de mucho trabajo pudieron atenderse oportunamente […] Después de la cuaresma, es decir, el 1º de mayo, tuve el auxilio de un ministro más, fue el ministro D. Ramón Cabral; pero al mismo tiempo cundió rápidamente la bien notoria peste catarral que a muchos, principalmente viejos y cascados, despachó a la eternidad y que a mí y a mis ministros nos ocupó, de manera que se llegó a ver, no ya el templo, sino aun el lugar sin sacerdote alguno, porque todos corríamos de rancho en rancho.[9]

 

En 1809 hizo una misión formal durante tres meses en los Reales del Catorce, Cedral y Matehuala, de abundantes frutos.[10]

 

·      Del Valle de Ojo Caliente (1813-1819)

A poco de instalarse en la cabecera de su siguiente encomienda, ya en tiempos calamitosos para la paz social, hubo de afrontar una epidemia de viruelas que azotó a su feligresía, orillándole, a partir de 1814, a dedicarse día y noche a asistir a los enfermos. Con los pocos recursos a su disposición, pero con su interés por salvar a los contagiados, elaboró un plan profiláctico que remitió en informe circunstanciado a la Junta de Sanidad de la Intendencia de San Luis Potosí, a modo de contribución personal al caso.

Cuando le notificó a su obispo cómo marchaban las cosas, no le ocultó los achaques graves que él mismo, a sus 45 años de edad, padecía:

 

En el tiempo en que estamos ya, experimento todavía en este lugar lo mismo que en esa capital, en medio de un crudo invierno. En menos de quince días ha desaparecido toda la mejoría de salud que conseguí con mi retiro: la erupción se ha suspendido, el vómito se ha entablado y han vuelto las hemorragias, síntomas nada equívocos de la retropulsión del herpes. En fin, me contemplo destinado a morir, pero adoro la Voluntad que me ha constituido en tan amarga situación.[11]

 

En comunicación posterior, informa a Ruiz de Cabañas que

 

la peste parece que ha cesado enteramente y ahora he tratado de restablecer la vacuna que no se conocía en este lugar. Quizá lograré extenderla oportunamente para preservar a estos miserables de las viruelas, que según tengo noticias se dejan ver en algunos lugares.[12]

 

Por tal razón sugiere al prelado que “exhorte el celo de los párrocos si lo estima conveniente, a fin de que promuevan la vacunación en sus respectivas parroquias”.[13] De cómo marchan las cosas en esa feligresía, don Jesús subraya, a propósito de los sacramentos que lleva administrados en ese año de 1814: 282 bautismos; 125 matrimonios y 815 entierros (¡!).[14]

Cabe señalar que el párroco Huerta promovió en esta comunidad el primer cementerio suburbano, que ejerció su ministerio de forma abnegada a favor de los pobres y de los enfermos graves y que procuró auxiliar espiritualmente, siempre en comunicación con la Junta de Sanidad de la Intendencia de San Luis Potosí.

 

·      De Atotonilco el Alto, Jalisco (1819-1859)

El destino donde discurrieron los restantes años de su longeva existencia fue la parroquia de Atotonilco el Alto, en buena parte gracias a su coadjutor don Abundio Hernández, cuya presencia constante y abnegada facilitó a su superior involucrarse algunos años en la vida pública sin demérito de su encomienda.

El investigador supremo don Juan B. Iguíniz ancla la hipótesis de cómo por este tiempo se inclinaron las simpatías de don Jesús, que en el pasado nunca había negado su adhesión al régimen monárquico de la Corona española, a favor del sistema político republicano. Fue a raíz del ajusticiamiento, mencionado ya, de su hermano Francisco Huerta por así haberlo dispuesto el Jefe Político de la Diputación Provincial de Guadalajara, José de la Cruz. El hecho le dio ocasión de publicar en 1821, con no escasa temeridad, unas Reflexiones que el Cura de Atotonilco el Alto, Dr. D. José de Jesús Huerta, hizo a los eclesiásticos de su jurisdicción para disipar el temor que podía inferirles la reunión de las tropas de D. José de la Cruz en el pueblo de Xalostotitlán.

 

3.    Participación  en la vida pública y política entre 1821 y 1833

 

·      Diputado a Cortes

A partir de ese momento, será fundamental su participación a favor de crear el estado libre y soberano de Jalisco en 1823, en el marco no ya del Imperio Mexicano sino de la República Federal –finalmente, de los Estados Unidos Mexicanos– y del Acta y luego de la Constitución Federal de 1824.

Todo comenzó al calor de su nombramiento, el 11 de mayo de 1821, como Diputado a las Cortes de España para el bienio 1821-1822, cargo que no tuvo efecto luego de la adhesión de este órgano al Plan de Independencia de la América Septentrional, el 14 de junio de 1821. De por qué se tomó esta decisión conservamos de él un discurso que, sin ser incendiario, sí denuncia como “mala” la gestión de España en sus dominios de ultramar. Al año siguiente hizo una glosa del Mensaje de Agustín de Iturbide, el 27 de septiembre de 1821, en el que textualmente dice a los súbditos del Imperio Mexicano: “Ya sabéis el modo de ser libres; a vosotros toca señalar el de ser felices”.

Al respecto, el doctor Huerta afirma:

 

Con que somos libres, señores; pero aún no somos felices. Es decir, que es cuando más la mitad del camino la que llevamos recorrida. Porque, ¿quién puede dejar de conocer la gran distancia que separa el uno del otro extremo? Si ha sido inmenso el espacio que se ha corrido desde la esclavitud hasta la libertad, no es menos extenso el que aún se tiene que andar desde la libertad hasta la felicidad.

Y si en carrera tan dilatada no hay la energía necesaria para remover los obstáculos que pueden oponer el egoísmo, el interés, la ambición, el orgullo, la preocupación y tantos otros enemigos capitales de la común felicidad; si zanjando los cimientos de este grandioso edificio no se eligen los mejores principios […] ¿quién puede quitarnos los resabios del opresor en que nos educamos y hemos envejecido? Esta es obra vuestra, Señor, no menos que la de haber roto los lazos de nuestra esclavitud. Concluidla, pues, ¡oh buen Dios!, conduciéndonos al término venturoso de felicidad a que aspiramos […] Nos veremos quizá mil veces luchando con dificultades enormes y obligados otras mil a verter un torrente de lágrimas sobre el cúmulo de principios con que la tiranía había establecido entre nosotros un sistema de esterilidad, miseria y desolación.[15]

 

Por cierto, él mismo, en un discurso pronunciado en el Santuario de Guadalupe el 25 de marzo de 1822, refiriéndose a la derrota sufrida por Miguel Hidalgo y sus huestes en el puente de Calderón, afirmaba:

 

Allí, allí fue donde se eclipsó toda la gloria con que la Nueva Galicia esperaba representar un brillante papel en la historia de nuestra Revolución. Los fugitivos restos de aquella jornada, tantas veces celebrada por el partido vencedor, logran reunirse con numerosas divisiones en la ciudad de Zacatecas y en la villa de Saltillo, y cuando se dirigían al norte, llevando el designio de volver no muy tarde con una fuerza irresistible, no hacían otra cosa que acercarse aceleradamente a la ruina. Sí, Acatita de Baján los esperaba con un puñado miserable de alucinados, para cortar el vuelo a las ideas sublimes que habían concebido en el entusiasmo de su espíritu.[16]

 

·      Miembro de la Junta Provincial de Guadalajara

Al tiempo que se debatía el establecimiento de la Provincia Libre de la Nueva Galicia o la del Estado de Xalisco, la Diputación Provincial redactó el Manifiesto de apoyo a la soberanía del Estado, de separación política de la República Federal y de no subsistir a expensas de una metrópoli distante y sus mandamases, sino desde los postulados y los paradigmas propios del federalismo.

Dedicó a Pedro Celestino Negrete el sermón que compuso para la bendición solemne de las banderas del Regimiento de Infantería de la Milicia Nacional de Guadalajara, y que hizo publicar.

 

En dicho Manifiesto, fechado el 12 de mayo de 1823, se pide que una vez abrazado el federalismo se le dé vida jurídica al Estado Libre y Soberano de Xalisco en lo que antes fue el Reino de la Nueva Galicia, lo cual tendrá lugar el 16 de junio de ese año gracias al Acta en cuya redacción también intervino el doctor Huerta y avaló con todo el peso de su autoridad el último Capitán General y Jefe Superior de la Provincia de Guadalajara, don Luis Quintanar, mereciendo con ello lo que posteridad reconoce en estos términos: “Jalisco fue la primera entidad que se proclamó como Estado Soberano de la República, que luchó por llevar ante el resto de los mexicanos la propuesta de integrar la República Independiente con estados libres y soberanos; Jalisco es el hermano mayor en este sentido”.[17]

 

·      Diputado al Congreso General Constituyente de 1824

 

Habiendo sido electo diputado por Jalisco al Congreso General Constituyente, se le comisionó para integrarse a la Comisión de la que saldrá, el 30 de noviembre de 1823, el proyecto del Acta Constitucional de la Federación Mexicana, que será aprobada por el Congreso el 31 de enero de 1824, y que hemos de ver siempre como la estructura fundamental del texto definitivo de la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos, cuyos principios torales siguen vigentes; de modo que para un crítico tan acendrado del federalismo como Lucas Alamán aquélla debió haber sido la verdadera constitución de la República y no ésta.[18] Fueron compañeros de fórmula del doctor Huerta nada menos que su correligionario Miguel Ramos Arizpe –diputado por Coahuila–,[19] Tomás Vargas –diputado por San Luis Potosí–, Manuel Argüelles –diputado por Veracruz– y Rafael Mangino –representante de Puebla–.

Actuando como Presidente del Congreso, respondió al discurso de la sesión de clausura de esa asamblea que pronunció el primer Presidente de la República, Guadalupe Victoria, el 24 de diciembre de 1824. También estampó su firma en el Acta Constitucional de la Federación Mexicana y en la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos.

 

·      Diputado Federal por Jalisco

 

Al doctor Huerta tocó pronunciar, en abril de 1827, el elogio fúnebre del primer gobernador constitucional de Jalisco, Prisciliano Sánchez, en el solemne funeral que le ofreció la logia masónica yorkina en el templo de Nuestra Señora del Rosario, del convento de Santo Domingo de Guadalajara.

Nuevamente el doctor Huerta fue electo diputado federal por Jalisco en los Congresos Generales correspondientes a los periodos 1827-1828 y 1833-1834, y otra vez en el cargo de Presidente del Congreso contestó el discurso del Presidente de la República Guadalupe Victoria el 1º de septiembre de 1827. De igual manera contestó el de Valentín Gómez Farías en su calidad de Presidente de México por ausencia del titular.

No todo en su trayectoria fue miel sobre hojuelas. Un corrosivo detractor anónimo, autor del pasquín Semblanzas de los miembros que han compuesto la Cámara de Diputados en el bienio de 1827 a 1828, lo describe en estos términos:

 

Teólogo, político a la violeta, espositor [sic] plagiario: liberal por despecho: adversario de los canónigos, porque no lo ha sido, débil e inconstante en su opiniones: fastidioso apologista de sí mismo: enemigo del que no le considera como un oráculo: autor de todo lo bueno que tiene la Constitución, y atribuidor de todo lo malo a sus compañeros de comisión.[20]

 

Fue Presidente interino del Congreso al tiempo de la apertura de las sesiones ordinarias, el 2 de junio de 1833, al tiempo que su antiguo discípulo Valentín Gómez Farías ejerció interinamente el Poder Ejecutivo de la Republica, y en atención a su maestro le ofreció la rectoría del Colegio de San Juan de Letrán, el sitial de abad de la Colegiata de Santa María de Guadalupe, o bien presentarlo al Papa para la Mitra de Chiapas, que denegó a favor de otro antiguo pupilo, Carlos María Colina y Rubio, de quien fue padrino de consagración. Estuvo como encargado de despacho del Poder Ejecutivo en 1834, y con tal investidura pronunció un encendido discurso en la Alameda Central en el marco de la celebración del 16 de septiembre, aniversario de la Independencia.

 

·      Aceptó la Constitución de 1857

 

Acerca de ese punto, quien mejor lo aborda, porque lo conoció y trató, don Agustín Rivera, dice al respecto:

 

Rarísimos eclesiásticos aceptaron las Leyes llamadas de Reforma, y uno de ellos fue José de Jesús Huerta, quien consultado por su coadjutor (de la parroquia de Atotonilco) sobre lo que debía hacer en los juramentos, le contestó (y esta contestación se publicó en los periódicos): “Sobre adjudicaciones y denuncias, que es otro punto de los contenidos en su apreciable comunicación de la fecha referida, lo más que puedo decir a usted es que obre según lo dicte su prudencia, no dando lugar a que en la efervescencia de pasiones y de partidos se formen comentarios en que aparezca usted o esa mi parroquia aumentando el catálogo de las personas que, por ilusión, fanatismo o ambición reprueban la moderada ley de desamortización…[21]

 

El historiador de la Iglesia en México en el siglo xix don Francisco Banegas Galván (1867–1932) dice que el doctor Huerta “figuró entre los elementos de ideas avanzadas, entre los que se hallaban Gómez Farías y Cañedo, sus discípulos, y Ramos Arizpe, Rejón, Mier, Morales, Zavala y otros”.[22]

 

·      Se le confiere el título de Padre del Federalismo

 

Es el título que le reconoció el 21 de agosto de 2003 el pleno del Ayuntamiento de Acatlán de Juárez, Jalisco, su patria chica, en estos términos:

 

Por los merecimientos históricos y sus aportaciones en el ámbito religioso, libertario y federalista en la creación del Estado Libre y Soberano de Xalisco, de la República Federal, hoy Estados Unidos Mexicanos, y de la primera Constitución Federal para el México naciente en su Independencia.[23]

 

A partir de esta fecha, la antigua Plaza Mayor lleva su hombre y sobre un pedestal se honra su retrato en bronce y declaran igualmente fechas cívicas a celebrarse, la de su natalicio cada 27 de octubre y la de su muerte, cada 29 de noviembre.

 

4.    Su testamento y muerte

Se toma de su expediente de órdenes, depositado en el Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara:

 

En el nombre de Dios Todopoderoso, de la bienaventurada Siempre Virgen María, que fue concebida en gracia desde el instante mismo de su animación santísima, amén. Sea notorio, cómo yo, el doctor José de Jesús Huerta, originario de este pueblo, hijo legítimo de Don José Huerta y de Doña María Catalina Leal, ya difunta. Creyendo como creo en el incomprensible misterio de la Santísima Trinidad, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero y en todos los demás artículos, misterios y sacramentos que tiene y que creo confiado predica y enseña nuestra Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana, bajo cuya fe y creencia he vivido y protesto vivir y morir como católico cristiano, en resurrección de la muerte que lo es natural y preciosa a toda criatura viviente, para que no me encuentre sin disposición testamentaria.

Encontrándome de avanzada edad y con achaques y enfermedades habituales, deseando que los asuntos tocantes al descargo de mi conciencia tengan la disposición que conviene en materia de esa importancia, procedo a ordenar mi testamento en la forma siguiente:

Cláusula 1ª-  Primeramente, encomiendo mi alma a Dios que la crió y redimió con el infinito poder de Su Santísima Sangre, y mi cuerpo se mande a la tierra de que fue formado, ordenando que cuando fallezca sea su entierro verdaderamente humilde y en donde dispongan mis albaceas, o quienes por falta de ellos se encarguen de sepultar mi cadáver.

2ª- Segunda, ordeno se den dos reales a cada una de las mandas forzosas pías vigentes; y un peso a la civil, que estableció el acuerdo sobre organización a la enseñanza pública.

3ª- Tercera, declaro por mis bienes todos aquellos de que tienen conocimiento mis albaceas.

4ª- Cuarta, asimismo declaro que mis dichos albaceas están instruidos de mis deudas activas y pasivas, con encargo de cobrar las unas y pagar las otras, exceptuando lo que la hacienda pública me debe de viáticos y dietas que, en razón de diputado al Congreso de la Unión, debí percibir en los años de ochocientos treinta y tres y treinta y cuatro, y también la renta que como Rector del Colegio de San Juan de Letrán de México tenía ganada y no se me pagó cuando fui despojado de la dirección de aquel establecimiento, cantidad más que bastante para cubrir cualquiera responsabilidad que en todo tiempo resulte en mi contra y a favor del Erario Nacional.

5ª- Quinta, y para cumplir y pagar lo establecido en este mi testamento, nombro por mis albaceas testamentarios y fideicomisarios y tenedores de libros a Don Francisco Gómez Huerta y Don Atilano, y a los mismos doy poder y facultad que en derecho se requiere y es necesario para que, verificado mi fallecimiento, entren y se apoderen de mis bienes, los vendan y rematen en almoneda o fuera de ella y de su producto cumplan y ejecuten, aunque sea fuera del término que la ley dispone, por lo que les prorrogo el más que necesiten sin limitación alguna.

6ª- Sexta, confiriéndoles también la facultad de que por sí o por medio de la persona que elijan, procedan extrajudicialmente a la elaboración del inventario y demás operaciones regulares, en virtud de las concedidas a los testadores por disposiciones vigentes.

7ª- Séptima, y en el remanente que resultare de todos mis bienes, deudas, derechos y acciones, herencias y restituciones que en cualquier manera me correspondan y deban pertenecerme en atención a carecer de herederos forzosos, instituyo, elijo y nombro por mi única y universal heredera a mi alma para, lo que fuere, le sea aplicado como corresponde.

8ª- Octava, y por el presente revoco expresamente el testamento que otorgué en Guadalajara a ocho de diciembre de mil ochocientos cuarenta y seis, y las demás disposiciones testamentarias que antes de ésta haya otorgado en cualquier manera, para que ninguna valga, ni haga fe en juicio, ni fuera de él, salvo el presente, que quiero se cumpla y ejecute como mi última deliberada voluntad, en la mejor forma que haya lugar en derecho.

 

Yo, el siervo público de la nación venido de este Distrito de Guadalajara, certifico y doy fe que conozco al señor otorgante, que se halla en el completo uso de sus sentidos y de que así lo otorgó en presencia de los testigos, ciudadanos Santiago Velázquez, Benito García y Tiburcio Rubalcaba, vecinos de este pueblo de Santa Ana Acatlán, a los veintinueve días del mes de mayo de mil ochocientos cincuenta y nueve, y firman todos en este registro. Doy fe.[24]

 

Falleció el 6 de noviembre de 1859, en plena Guerra de Reforma, hallándose de visita en Santa Ana Acatlán. Ya en ese tiempo alternaba su residencia en Atotonilco, en Santa Ana y en Guadalajara, donde tenía vivienda al lado norte del Hospicio Cabañas, por la avenida que hoy se llama República. Fue sepultado en el Panteón de los Ángeles, ya desaparecido. 

La noticia de su muerte la comunicó a los gobernadores de la Sagrada Mitra el párroco don Francisco Melitón Vargas (1822-1896), quien sería obispo de Puebla:

 

Hoy entre las dos i (sic) media i tres de la tarde ha fallecido el Dr. D. José de Jesús Huerta, cura de Atotonilco el Alto, a los ochenta i cinco años i tres meses de su edad. Lo asistí i auxilié dispensándole todos los socorros espirituales que N[uestra] M[adre] la Iglesia administra a sus hijos que mueren en la comunión Católica, Apostólica, Romana. Su muerte ha sido preciosa.

He concedido licencia a su albacea i dolientes para que trasladen el cadáver del finado de esta Parroquia a la del Sagrario de esa capital, porque no he encontrado una disposición canónica que me lo impida.

Hago saber a Usías que otra comunicación por el tenor de ésta dirijo al Señor Cura del Sagrario.

Dios Nuestro Señor guarde a Usías muchos años.

Curato de Santa Ana Acatlán, noviembre 29 de 1859

Francisco M. Vargas [rúbrica][25]



[1] Licenciado en Derecho con maestría en Letras de Jalisco, autor de varios títulos publicados; uno de los temas de su interés ha sido el federalismo.

[2]  Este Boletín agradece al autor su total disposición para reproducirlo en sus páginas.

[3] Ramírez Mercado, J. R. El liberalismo en JaliscoEl Seminario de Guadalajara y el Liberalismo en Jalisco. Instituto Cultural Ignacio Dávila Garibi. Cámara Nacional de Comercio de Guadalajara, 1999, p. 27.

[4] Que hoy lleva el nombre de Acatlán de Juárez.

[5] Cf. Agustín Rivera, Anales Mexicanos. La Reforma y el Segundo Imperio. México, Rivera S. A., 1963, p. 31.

D.F.

[6] Cf. Daniel R. Loweree, El Seminario Conciliar de Guadalajara, Apéndice, p. 18.

[7] Testimonio de Agustín Rivera, op. cit.

[8] Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara (ahag en lo sucesivo), Sección gobierno. Serie Sacerdotes. Expediente del presbítero José de Jesús Huerta. Relación de méritos.

[9] ahag. Misiva fechada en Matehuala el 2 de diciembre de 1808.

[10] ahag. 2 de diciembre de 1808.

[11] ahag. Enero 30 de 1815.

[12] Ibíd.

[13] ahag. Enero 31 de 1815.

[14] Ibíd.

[15] Agustín Rivera, Anales mexicanos. La Reforma y el Segundo Imperio. México, 1963, pp.  12, 31-32.

[16] Agustín Rivera, Hidalgo. El joven teólogo. Anales. Biblioteca Jalisciense. Universidad de Guadalajara. 1954.

[17] Discurso del Secretario de Gobernación Santiago Creel Miranda, en el Palacio de Gobierno de Jalisco, 2003.

[18] Pedro Vargas Ávalos, Datos biográficos del Dr. José de Jesús Huerta, Guadalajara, Instituto de Estudios del Federalismo Prisciliano Sánchez, 2003.

[19] Se formó en el Seminario Conciliar de Guadalajara, para cuyo clero se ordenó presbítero en 1803. Se doctoró in utroque iure por la Real Universidad de Guadalajara. Se le tiene como el redactor principal de la Constitución Federal de 1824 y, en consecuencia, el padre el Federalismo mexicano.

[20] Real Ledezma,  Juan, La Real Universidad de Guadalajara, 1791-1821. Versión digital

[21] Rivera, Anales mexicanos… p. 23

[22] Citado por Iguíniz en “El doctor don José de Jesús Huerta”, Anuario de la Comisión Diocesana de Historia del Arzobispado de Guadalajara. México, Jus, 1968, vol. 1, p. 160.

[23] Acta de la sesión pública y solemne del Cabildo de Acatlán de Juárez del 21 de agosto del 2003.

[24] ahag. Mayo 29 de 1859

[25] ahag. Noviembre 29 de 1859



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