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Homilía del Secretario de Estado del Vaticano

en la Santa Misa con presbíteros

de la Arquidiócesis de Guadalajara

que celebraban su xxv aniversario de ordenación ministerial,

en la memoria de Nuestra Señora de Fátima del 2022

Pietro Card. Parolin [1]

 

Un grupo de presbíteros del clero de Guadalajara

que están cumpliendo 25 años de haberse ordenado

peregrinó a la tumba de San Pedro, donde concelebraron la Eucaristía

presidida por el Secretario de Estado de la Santa Sede,

que les dedicó esta homilía.

 

 

Queridos hermanos: permitan que haga mías las palabras del Profeta Isaías que acabamos de escuchar y las aplique a esta asamblea litúrgica: “Me alegro en el Señor con toda el alma y me lleno de júbilo en mi Dios” (Is 61,10).

Sí, me alegro por todos ustedes, hermanos sacerdotes de la Arquidiócesis de Guadalajara que concelebran esta Eucaristía festejando con ilusión su vigésimo quinto aniversario sacerdotal. Todos los presentes nos alegramos en el Señor, llenos de júbilo, al constatar la fidelidad de Dios en su vida y ministerio, a la que han respondido y quieren seguir respondiendo generosamente.

Les agradezco vivamente que me hayan invitado a presidir esta Santa Misa. Ante todo, en nombre de toda la Iglesia y en particular del Santo Padre, el Papa Francisco, así como de todos los aquí presentes, les felicito y me uno a su acción de gracias con las palabras de María Santísima en el Magníficat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, exulto de gozo en Dios mi salvador, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí”.

Hace 25 años han recibido la ordenación sacerdotal. Por medio de la imposición de las manos de su Obispo y la oración consagratoria, fueron configurados sacramentalmente a Jesucristo, Siervo y Buen Pastor. Hoy, en esta Basílica de San Pedro, junto a la tumba del Apóstol y en este altar donde se conservan las reliquias de San Juan Pablo ii, quien fuera Sucesor de Pedro durante toda su formación en el Seminario y en los años de sus primeros pasos sacerdotales, con ustedes nos volvemos a maravillar de la vocación que han recibido y alabamos al Señor por su infinita misericordia.

Ya que no hay palabras que puedan contener exactamente los sentimientos de gratitud y alegría que les embargan ante la obra del Señor en su vida y ministerio, les propongo volver la mirada sobre la humilde Virgen nazarena –que hoy celebramos en su advocación de Nuestra Señora de Fátima– la cual es proclamada dichosa por su Hijo Jesús más por ser su discípula que por ser su madre.

De hecho, el breve pasaje evangélico que escuchamos nos relata que una mujer de entre la multitud, llena de gratitud para con el Señor, alzando la voz proclamó dichosa a la Virgen María por haberlo llevado en su seno y haberlo criado. Ante esta aclamación inesperada, Jesús respondió con toda claridad: “Dichosos todavía más los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 11,27).

Queridos sacerdotes, les invito esta mañana a profundizar en esta bienaventuranza, contemplando el misterio de la Palabra Divina en su vida y ministerio.

Ante todo, el sacerdote es un cristiano, esto es, un discípulo-misionero del Señor Jesús y, por lo mismo, alguien que mantiene una relación constante de apertura y docilidad con su Maestro. La actitud fundamental que permite que crezca y madure esta profunda vinculación es la escucha de su Palabra de vida, es decir, entrar en diálogo de salvación con el Señor, donde nos hace sentir su voz y sus deseos, nos muestra también nuestras flaquezas e inconsistencias, así como nos reanima y nos permite resurgir en esperanza. ¡Sólo en esta íntima relación se descubre el horizonte salvífico de la propia vida y la misión que el Señor nos ha confiado como sacerdotes!

Así nos lo acaba de recordar el Papa Francisco en la Misa Crismal de este año:

 

Jesús es el único camino para no equivocarnos en saber qué sentimos, a qué nos conduce nuestro corazón. Él es el único camino para discernir bien, confrontándonos con Él, cada día, como si también hoy se hubiera sentado en nuestra iglesia parroquial y nos dijera que hoy se ha cumplido todo lo que acabamos de escuchar.[2]

 

Perdonen que insista en la primera parte de la bienaventuranza que el Señor hoy nos propone: “Bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios”. Hay un matiz importante a considerar que diferencia “escuchar” y “oír”. Mientras “oír” (del latín audire) no supone necesariamente la atención del interlocutor, pues puede corresponder a la mera percepción de los sonidos de la voz, “escuchar” (del latín auscultare) involucra atesorar en el corazón y dejarse afectar vitalmente no sólo por el contenido trasmitido, sino también por quien nos lo comunica. En efecto, al escuchar, algo del otro se queda en nosotros. Es la experiencia de María Santísima (y de San José) que se maravilla frente a los acontecimientos que protagoniza Jesús en sus tiernos años de infancia y, al mismo tiempo, medita esos hechos atesorándolos en su memoria: “Su madre conservaba estas cosas en su corazón” (Lc 1,51; cf. 1,19).

Queridos presbíteros: su vida refrenda que son hombres de la Palabra de Dios y que quieren serlo aún más hondamente, nutriéndose cada día de ella, sobre todo a través de su contemplación orante, especialmente en la Lectio divina. Sí, “la Palabra de Dios es viva y eficaz” (Hb 4,12) y, aun después de 25 años de meditarla y anunciarla cada día, puede ofrecerles la frescura del primer amor y un renovado dinamismo evangelizador.

En consecuencia, den amplio espacio al diálogo con el Maestro, para descubrir su voluntad en el aquí y ahora de su existencia y misión. Sean siempre más decididamente hombres de la Palabra y, por lo mismo, de discernimiento evangélico. Así continuarán siendo Pastores capaces de acompañar procesos de seguimiento cristiano, personales y comunitarios, en el seno de su rebaño.

Una ulterior precisión: la escucha atenta de la Palabra de Dios encuentra su cúspide en la celebración de los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía, en la cual no sólo se nutren del pan de la Palabra y del pan eucarístico, sino que también en nombre y en representación del Maestro explican las Escrituras y parten el pan para sus hermanos y hermanas.

 

“Dichosos todavía más los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”

 

No basta escuchar la palabra para entrar en la bienaventuranza del Señor; también se requiere ponerla en práctica. Esto es, llevarla a cabo siguiendo las inspiraciones del Señor, las cuales previamente se han discernido con seriedad. Se trata del dinamismo de la semilla y la buena tierra de la Parábola del Sembrador. En efecto, “los que reciben la semilla en tierra buena son los que escuchan la Palabra, la aceptan y dan fruto al treinta, al sesenta y al ciento por uno” (Mc 4,20).

En el caso de la vida sacerdotal, los frutos que se esperan no son necesariamente los resultados cuantificables en términos de sacramentos celebrados o edificios construidos, libros o artículos escritos, o cualquiera otra realidad tangible, sino la caridad pastoral dispensada a los fieles con gestos y palabras concretas de ternura y misericordia para los más débiles y heridos, comprensión y esperanza para los que yerran o están desorientados, sostén y ánimo para los que titubean en el seguimiento del Señor, así como ánimo y fortaleza para los que se han levantado o superan graves crisis y tentaciones; ardor y entusiasmo para los que emprenden obras de evangelización explícita, promoción humana y cultura cristiana, e impulso para todos los que sencillamente perseveran en su camino cristiano.

Queridos hermanos, en esta Eucaristía con gozo agradecen los primeros 25 años de vida y ministerio sacerdotal, pidiendo también la gracia y la amistad del Señor para todo el tiempo en que les quiera conceder la alegría de continuar colaborando como trabajadores en su viña, hasta ese día dichoso en que les llame a Sí para introducirlos a la casa de su Padre, en la Jerusalén del cielo, haciéndoles sentar a su derecha por toda la eternidad, junto a todos sus amigos que durante la vida ejercieron el ministerio santo a favor del santo Pueblo de Dios.

 



[1] Secretario de Estado de la Ciudad del Vaticano.

[2] 14 de abril del 2022.



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