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El señor licenciado Dionisio Rodríguez, educador y periodista

Alfonso Manuel Castañeda[1]

 

La breve semblanza que se reproduce aquí a la memoria

de un benefactor de Guadalajara por excelencia a mediados del siglo xix

es una muestra, tanto por la trayectoria y linaje de su autor

como por su contenido, de la prole que retomó el legado alcaldeano

en esta capital a favor de los más desvalidos

y que nunca ha cesado del todo.[2]

 

Fue el 1º de mayo de 1877 cuando nuestra ciudad se conmovió intensamente con el fallecimiento del ilustre benefactor y hombre público, virtuoso ciudadano y hombre sincero y leal, el señor licenciado Dionisio Rodríguez, habiéndosele tributado grandes demostraciones de duelo, y velado durante dos días…

Había nacido el 8 de abril de 1810; fueron sus padres los señores Mariano Rodríguez y Antonia Castillo, quienes le inculcaron una sólida cultura, estimulándolo en su carrera literaria. Sus estudios preparatorios los llevó a cabo en el Seminario, habiendo sido sus maestros el Rector doctor José Miguel Gordoa y el Presbítero Arcadio Cairo. Al pasar del Seminario a la Escuela de Derecho, sus prácticas las hizo con los señores licenciados, Apolonio Arroyo y Crispiniano del Castillo, y obtuvo el título de abogado a los 25 años de edad, el 28 de junio de 1835.

Fue nombrado Secretario del Ayuntamiento y más tarde de la Junta Departamental, demostrando una actitud poco común en la práctica de los negocios y promoviendo realizaciones de utilidad constante y de bondad manifiesta. Y cuando fallece su señor padre don Mariano Rodríguez, en abril de 1845, don Dionisio, en virtud de un arreglo de familia, quedó en posesión de la imprenta (que dio tanto lustre en el siglo pasado, poniendo de ejemplo las obras allí impresas).

Al estar él armado con el poderoso medio de la imprenta, diole al pensamiento un impulso formidable, pudiéndose asegurar que “su imprenta propagaba el fuego de la verdad”.  Todos sus afanes por la realización de obras de caridad y beneficencia, con ese mismo medio, encontraron el más firme apoyo y auxilio constante.

En la vida del señor Rodríguez se encuentra esa aureola luminosa de dar atención en todo lo posible a la instrucción de la niñez, formando ciudadanos honrados, dignos, ejemplares, hijos de familia y de la Patria, preocupándose por la formación interior del hombre, a la vez que aprendiera un oficio o profesión y como hombre ejemplar se identificaba con los infortunios de los demás.

El señor Rodríguez pertenece a todos… es padre de los niños, que lloran al padre muerto; es protector de la juventud menesterosa, expuesta a caer en los abismos del crimen; es amparo constante de los indigentes; es consuelo vivificador de todos los infortunios… la historia de su caridad la saben los pobres.

Encarnaba en su vida épocas distintas formándose de ellas el caudal de sus ideas, que, rectas y justas, contribuyeron a que se limaran los tropiezos y se abrieran los caminos. Condenaba el error y amaba al hombre. Dotado de una mirada vasta y penetrante, y de un golpe de vista certero, permanece en pie…. Y vence los más grandes obstáculos y hace llegar la palabra de caridad aun a aquellos que se rehúsan a oírla… infunde el soplo de vida en el espíritu de los niños y de los jóvenes, y funda y coopera al sostenimiento de las más bellas instituciones, figurando en primer término en el movimiento de regeneración y progreso, de la Guadalajara del siglo pasado.

De todas las obras de señor Rodríguez, la Escuela de Artes es el monumento más imperecedero a su memoria. Y su noble y celebrada idea, lanzada el año de 1841, hace de este plantel de educación y beneficencia uno de los de mayor ejemplaridad. Y al ceder al Ayuntamiento la antigua casa de la Alhóndiga (donde actualmente se encuentra la Escuela de Artes y Letras), el establecimiento se abrió con ocho alumnos internos, porque no los pudo haber externos, con los talleres de carpintería y herrería una escuela de primeras letras y una academia de dibujo lineal.

Al poco tiempo, los albaceas de don Martín Gutiérrez donaron a la Escuela de Artes el resto de su testamentaría, que consistió principalmente en la casa que era del Monte de Piedad y algunos capitales a réditos, que ayudaron enormemente al sostenimiento y desarrollo de tan importante centro educativo.

Hizo el señor Rodríguez de la Escuela de Artes un objeto de complacencia y un lugar de actividad infatigable y el verbo moralizar fue la idea dominante, entregándole lo mejor de su vida y el vigor de su espíritu, para constancia y ejemplo de los educandos.

No sólo se concretó su fundación a la Escuela de Artes, sino que dio libre paso al desarrollo de sus ideas y no hubo lugar de instrucción o de beneficencia en nuestra ciudad sin la mano protectora de don Dionisio Rodríguez. Los establecimientos más notables de educación, las casas de asilo, las penitenciarías más renombradas fueron por él visitados y los hizo objeto de un estudio analítico y concienzudo; nunca abandonó su interés constante por las clases desvalidas y los parias de la sociedad, y alentaba con su presencia todo lo benéfico y educacional.

Por ello cuando la muerte no lo ha aislado en la tumba, sino que lo ha enlazado con la eternidad, las demostraciones de duelo y sentimiento fueron colectivas y las oraciones fúnebres que los señores licenciados Jesús López Portillo, José López Portillo y Rojas, Joaquín Silva, la notable petisa Esther Tapia de Castellanos y los señores Trinidad Verea, Rafael Arroyo de Anda, Pablo Ochoa, Antonio Mijares Añorga y José F. Olasagarre, volcaron sus sentimientos en bellas piezas literarias que fueron recogidos en una Corona Fúnebre salida de la Antigua Imprenta de Rodríguez (Santo Domingo número 13, actual avenida Alcalde), rubricando el principio de “honor a quien honor merece”.



[1] Médico de profesión, nació en Guadalajara en 1906, se tituló en 1929, fue profesor de la Universidad de Guadalajara, director del lazareto del Hospital Civil y del Hospital Sud Pacífico de México, Jefe de Servicio de Piel y Sífilis y médico del hogar de ancianos María Auxiliadora. Fue miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y del Instituto Mexicano de Investigaciones Lingüísticas..

[2] Este artículo se publicó en las páginas del diario El Informador, Guadalajara (domingo 4 de mayo de 1958), p. 8.



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