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“El sacramento ya se perdió y lo llevó el aire”.

Análisis del proceso inquisitorial contra Juan de Morales

2ª parte

 

Juan Frajoza[1]

 

La competencia jurisdiccional del Santo Oficio en la Nueva España,

situada entre las fronteras del altar y del trono

respecto a la religión oficial del reino, no fue homogénea, sañuda o sórdida,

según se echa de ver en el análisis a una causa seguida en un Tribunal tan especial.

 

Denuncia y primeras diligencias

 

Pues bien, ¿cómo fue que Juan de Morales se vio inmiscuido en problemas con la inquisición ordinaria de la Diócesis de Guadalajara y más tarde con el Tribunal del Santo Oficio, recién instituido en la ciudad de México? Sin saberse bajo cuáles circunstancias, el sevillano consiguió un mandamiento expedido por el teniente de alcalde mayor y el cura de Teocaltiche para que María Tuzpetlacatl, india mexicana ladina que moraba en la casa de Martín de Arnani desempeñándose como criada, sirviera en su estancia. Así la cuestión, acompañado de Domingo de Mingoya, cierto día de la Cuaresma de 1571 se dirigió al pueblo de San Juan con el único objeto de buscarla. Habiéndola localizado y tratado palabras, ella se negó rotundamente a acompañarlo. En esta ocasión, Morales desistió de su intento sin mayor complicación. Días más tarde, aproximándose la Semana Santa, en presencia de Alonso Riquelme Severinos tornó a decirle que fuera a su heredad, según estaba prescrito en el mandamiento que mantenía en su poder. La mujer respondió que no era su deseo ir a servirle, a lo que replicó el estanciero, enfadado, que había de hacerlo. Antes que la cuestión se acalorara, intervino Alonso rogándole que la dejara tranquila y, a cambio, él sería parte para convencerla. Aceptando la propuesta, Morales dio la media vuelta y se marchó.[2]

Sin embargo, como su aspiración no se veía cumplida, después de la Pascua de Resurrección regresó a San Juan con el propósito de llevársela de una vez por todas. Encontrándola afuera de la casa del gobernador don Pedro de Mendoza, y negándosele por tercera ocasión, el estanciero perdió los estribos, la correteó, maltrató de palabra y aporreó hasta que le corrió sangre de las narices. A causa de los gritos y lamentos de María se acercó gran número de indios. En las cercanías también se hallaban algunos españoles que guardaban unos bueyes, entre ellos un criado del carretero Hernando de Cárdenas, otro de Hernán Martín y un fulano apellidado Gutiérrez, sirviente de Lorenzo Álvarez.[3]

Cabe subrayar que estos últimos datos vienen a clarificar que aquella manida relación entre peninsular y propietario, ponderada en sumo grado por los contemporáneos cronistas alteños, es inexacta. Esto es, en esta región de frontera desde tempranas épocas hubo españoles que se vieron en la necesidad de alquilar su trabajo a cambio de dinero ante la imposibilidad de costear los trámites para ser beneficiados con una merced de tierra. Pero no está por demás agregar que en el acuerdo laboral asimismo estaba en juego otro factor de suma importancia. Ser criado de tal o cual persona, si bien no libraba del origen y la calidad, sí diferenciaba la condición en el contexto regional. Ciertamente existieron notables contrastes de autopercepción y prestigio entre aquellos sujetos que servían al alcalde mayor, al capitán de guerra o a un productor de granos y ganados. Por una parte, hubo sirvientes que trabajaron largo tiempo con la esperanza de convertirse a su vez en propietarios o especializarse en la transportación de bienes para incrementar sus ingresos. Por otra, sobre todo los individuos que pretendían obtener recursos pecuniarios con el exclusivo objeto de establecerse en apacibles provincias o en aquellas donde el rendimiento económico fuera más ostensible que el peligro cotidiano, lo hacían por cortos periodos. Entre éstos podemos citar a Juan Gómez de Vargas, originario de la Puebla de la Calzada (Extremadura), quien antes de pasar al pueblo de Cocula estuvo cierto tiempo “en la villa de Santa María de los Lagos, en la Chichimeca, donde estaba haciendo una labor de maíz”.[4]

El violento trato que dio Juan de Morales a María Tuzpetlacatl no fue denunciado sino hasta el 26 de junio del propio año, fecha en que por ausencia de Hernando Martel, alcalde mayor de Santa María de los Lagos y su jurisdicción, el teniente Alonso Macías Valadez visitó el pueblo de Mezquitic acompañado de Diego de Rivera, escribano del cabildo y juzgado de la propia villa, quien recibió este último nombramiento el 24 de marzo retropróximo pasado para que no se paralizara la administración de justicia, siendo testigos Francisco de Espinosa, Alonso y Francisco Palacios.[5] A fin de tomar sus declaraciones a Miguel Moaste (Maste o Noaste), María Mexicana, María Tuzpetlacatl y don Pedro de Mendoza, el teniente nombró por nahuatlato a Francisco Cuenca, indio versado en las lenguas castellana y mexicana. En cambio, para que depusieran Juanes, Antonio y Francisco, indios de San Juan, así como Juan, natural de Mitic que estaba trabajando en las casas de Juanes de Arrona al momento de ocurrir el altercado, hubo de nombrar a don Pedro de Guzmán, ladino en las lenguas castellana, mexicana y tacuexa. En resumidas cuentas éstos expresaron, a excepción del gobernador de San Juan que aseguró haber pasado de largo y no poner atención a las frases vertidas por los pugnantes, que mientras Morales maltrataba a Tuzpetlacatl hubo un intervalo en que ésta le dijo: “Señor, déjeme por amor de Dios, que me he confesado y no quiero ir con vos, que no sois mi amo; y déjeme por amor de Dios, pues que sois cristiano y os habéis confesado y recibido el Santísimo Sacramento [el Domingo de Pascua en Teocaltiche]. ¿Por qué me tratáis así?”. A lo que respondió el sevillano, riéndose y burlándose: “Anda, que el Sacramento ya se perdió y lo llevó el aire”. Entonces ella elevó las manos al cielo, profiriendo: “Jesús, señor, por qué dices eso, que ningún cristiano dice eso en México ni en ninguna parte. Yo me iré a Tequaltiche o a Guadalajara [a quejar]”. Según los testigos, la discusión fue sostenida en castellano y mexicano. De esta suerte, los naturales monolingües que no entendían sobre qué versaba la cuestión fueron enterados en tiempo real por bilingües y trilingües que ahí mismo se encontraban. Por supuesto, lo enunciado por el estanciero causó escándalo inmediatamente. Algunos “trataron de que aquel hombre era peor que chimeca[6] y que el Santo Sacramento no se puede perder jamás”, otros más plantearon que “éste no debe de ser cristiano, por ventura será judío”. No faltaron aquellos que deliberaron juntarse para darle de palos, pero rápidamente determinaron no verificarlo por miedo a que el sevillano se defendiera con la espada que portaba. Tras el febril incidente, la agredida se entrevistó con el gobernador y le pidió prestado un caballo para ir a Teocaltiche, con la finalidad de dar cuenta al cura Miguel Lozano y al teniente. Aunque don Pedro de Mendoza le proporcionó la cabalgadura, estando ya de camino le rogó que no fuera. Así lo verificó María Tuzpetlacatl, y se fue a ocultar con la mujer de Juanes de Arrona.[7]

Fuera de la acusación en sí, las declaraciones dejan entrever otras materias que a primera vista podrían pasar inadvertidas. Por un lado, que algunos testigos afirmaran que por haber vertido aquellas atentatorias palabras Juan de Morales era peor que un chichimeca y por ventura sería judío nos da a entender que la evangelización y catequesis de los naturales no sólo estuvieron enfocadas en mostrarles cómo era actuar conforme a lo dictado por la Santa Madre Iglesia, sino también en darles herramientas para identificar actos pecaminosos y conductas punibles fuera y dentro de sus comunidades, a la vez que en la creación de mecanismos para categorizar a los hombres de acuerdo con su cercanía o alejamiento de la doctrina.

En otro orden de cosas, también se visibiliza que a pesar de que las prohibiciones sobre el uso del caballo por parte de los naturales eran inflexibles, el medio fronterizo y las circunstancias de guerra tempranamente se impusieron sobre las disposiciones jurídicas y los temores de los nuevos pobladores de la tierra. En un principio, las autorizaciones fueron expedidas a caciques reducidos a la policía cristiana, a cambio de participar activamente en la pacificación de los chichimecas.[8] Conforme el conflicto aumentó y hubo necesidad de una mayor movilidad para defender los pueblos de indios, las villas de españoles y las estancias, del mismo modo los principales y maceguales recibieron la correspondiente aquiescencia. Para principios de la década de 1570 ya es perceptible que había una tendencia a la generalización de su empleo, pero quizá no de su propiedad, tanto en la vida cotidiana como en las actividades bélicas. Por el proceso fulminado contra el padre Francisco de Beas, primer cura y vicario del partido eclesiástico de Nochistlán, sabemos a pie juntillas que don Gabriel y don Martín, gobernadores de Contla y Mexticacán, poseían respectivamente al menos una bestia.[9] En este último pueblo, varios miembros del común también tenían equinos propios.[10] Si éstos pudieran parecer ejemplos livianos, el siguiente es más contundente. En fecha indeterminada del primer semestre de 1570, Diego García de Saldaña y Bartolomé García salieron de Mezcala rumbo a Mexticacán para recoger a su hermana Mari Jiménez, que se encontraba holgando en la casa del matrimonio formado por Luis de Benavides y Andrea Cortés. Tras descansar un breve tiempo en la estancia de Leonor de Padilla, enfilaron a Yahualica. Rato más tarde, en las cercanías de Manalisco, “encontraron al dicho Francisco de Beas con dos españoles consigo, y ambos con arcabuces, y con obra de cincuenta indios, de ellos a pie, de ellos a caballo, con arcos y flechas y espadas”.[11] En efecto, también al uso de armas blancas tuvieron acceso los indios de nuestra región de frontera. Agregamos que entre los bienes que quedaron por fin y muerte de Pedro Hernández, indio de Nochistlán enlazado con Juana, originaria de Tepeaca, había una espada, una rodela aforrada de cuero de tigre y un arco.[12] Pero el uso del caballo no era exclusivo de los varones. Ya hemos apuntado que María Tuzpetlacatl pidió uno prestado a don Pedro de Mendoza, para ir a quejarse a Teocaltiche. En el mismo tenor, en Mexticacán “murió una india y dejó un hijo, al cual dejó un caballo que tenía, y el dicho clérigo [Beas] lo tomó y dijo que le pertenecía a él y no a otra persona”;[13] asimismo, en otra ocasión, quitó “un caballo contra su voluntad a un indio de este dicho pueblo, que se llama Diego, diciendo era de su mujer y que no se lo ha querido volver”.[14]

En su clásica obra sobre la guerra chichimeca, Powell indica que varias tribus nómadas pronto aprendieron a valerse del ganado caballar para hacer la guerra a los españoles e indios aliados, consiguiéndolo tanto en los ataques que hacían a las caravanas que se dirigían a los reales de minas como robándolo subrepticiamente en las estancias y pueblos. A más de ello, manifiesta que de no haberse virado hacia una política de paz a finales del siglo xvi, “el guerrero indígena habría resultado un problema más grave aún, pues una vez a caballo era sumamente peligroso”.[15] Por nuestra parte podemos decir que es innegable que varios grupos contaron con la suficiente cantidad de bestias para agilizar sus ataques y expeditas huidas. Por ejemplo, el encabezado por Barbudo, que se ocultaba en una recóndita ranchería de la sierra de Comanja, cercana a las minas de Santiago, en los límites territoriales de la Nueva Galicia y la Nueva España. De acuerdo con la declaración que ante el alcalde mayor de la villa de León y su jurisdicción, Cristóbal Sánchez Carvajal, el 6 de marzo de 1585 rindió Ana, natural del pueblo de Santa Fe que desde pequeña edad se hallaba cautiva y que se determinó a huir dos días antes de sus aprehensores guachichiles porque “un indio chichimeca que la tenía por amiga le aporreó y la maltrató por respeto de otra india de nación chichimeca que el dicho su amigo asimismo la tenía por amiga”,

 

los indios chichimecas que en la dicha ranchería hay son diez, y que de nación teqüexec y otras naciones hay cinco indios, que son por todos quince, los cuales no están forzados ni contra su voluntad sino que salen [a] ayudar a matar y a robar a los dichos chichimecas cuando salen a robar y saltear a los cristianos; y que asimismo están en la dicha ranchería con los dichos indios tres indias llamadas la una Isabel y la otra Lucía y la otra Anica, y otras dos muchachas, y todas ellas están de su voluntad con los dichos indios de guerra porque dicen que en poder de los españoles tienen mucho trabajo y que allí se huelgan y están a su voluntad; y asimismo está otra india que se llama Inesica, de nación chichimeca, que se huyó de casa del capitán don Andrés López [de Céspedes] y se fue a la dicha ranchería juntamente con otra india que se fue [a] la tierra dentro con otros indios chichimecas de los de la compañía y ranchería de Mazcorro.

[…]

[Y] tienen muchos caballos y sillas y frenos; y que cuando salen a robar, todos salen a caballo; y que no tienen plata ni dineros; y que el capitán [Barbudo] tiene muchos paños como el que esta confesante trae vestido.[16]

 

En fin, siendo el caso “terrible y feo”, Alonso Macías Valadez puso bien preso a Juan de Morales en la cárcel de Mezquitic y ordenó que fuera custodiado por Gaspar Alonso de Chávez y Diego de Rivera, de día y de noche, porque tenía recelos de que escapara para no ser juzgado. A cada uno le señaló por salario tres pesos de tepuzque diarios.[17] Sin embargo, aunque el sevillano lo solicitó encarecidamente en dos ocasiones, no se le discernieron los cargos. En palabras simples, el teniente de alcalde mayor argumentó que el negocio no estaba en término para podérsele dar la causa de su prisión. Poco más tarde, el día 29, fueron secuestrados sus bienes y se entregaron “a Domingo de Mingoya, que estaba presente, en depósito real, de tal manera que daría cuenta y razón de ello cada que el dicho señor teniente se lo mandare u otro juez que del caso deba de conocer”.[18]

Por otra parte, el 1º de julio, misma fecha en que Morales fue conducido a la cabecera de la alcaldía mayor para que estuviera a mayor resguardo, Macías Valadez mandó comparecer a los testigos indios para que se ratificaran en sus dichos ante ambos intérpretes nombrados y los españoles Juan Calvo, Diego Pardo de Alarcón, Juan Morán y el padre Juan de Cuenca Virues. De igual manera tomó declaración a Domingo de Mingoya, quien complementó el boceto del estanciero con otras conductas punibles. Aseguró nunca haberle escuchado proferir cosa alguna que atentara contra la santa fe católica, pero sí observar que un día de fiesta señalada hizo trabajar a ciertos naturales en un pedazo de azotea que tenía por cubrir. Por tal motivo Juan Martín, vecino de Lagos que a la sazón se hallaba en la estancia de Mezquitic, expuso que aquello era “mal ejemplo que se da a los indios; y que asimismo los mismos indios se alborotaron y escandalizaron; y el dicho Juan [de Morales] dijo: Ya yo no soy cristiano grande, pues que trabajo tal día como hoy”.[19] Cabe agregar que el asturiano tenía al sevillano por “hombre de poca conciencia y verdad, y que si se le sigue interés no dejará de poner algunos pleitos; y que le vio recoger ganados ajenos y de hierros diferentes de los criadores de este reino, y que no sabe cómo lo mata y cómo lo tiene, pues él no lo veía”.[20]

Como hemos referido, el inculpado no consiguió que Alonso Macías Valadez le discerniera los cargos. Pero esa autoridad real tampoco trató de agilizar su proceso y no remitió el expediente formado al Provisor del Obispado o al Cabildo de la Catedral de Guadalajara, órgano que gobernaba la Diócesis en sede vacante por haber fallecido el Obispo fray Pedro de Ayala el 19 de septiembre de 1569,[21] puesto que la causa principal era eclesiástica. En este caso, las imputaciones de abigeato y matanza de ganado eran secundarias y debían sustanciarse en cuerda separada. Así la cuestión, sospechando que el retardo era malicioso, Morales se vio obligado a recurrir a la benevolencia de Gaspar de la Mota, juez de residencia de la villa de Santa María de los Lagos y los Llanos de los Chichimecas, recién llegado a Teocaltiche en compañía del notario Juan Vicente, mestizo avecindado en Mexticacán.[22] Este importante miembro de la elite de la capital del reino, el 2 de julio de 1571 expidió un mandamiento para que el teniente entregara expeditamente las diligencias y al reo, advirtiéndole a su vez que de poner algún impedimento o excusa incurriría en pena de 200 pesos de oro de minas aplicados por mitad a la cámara de Su Majestad y gastos de justicia, y procedería en su contra conforme a derecho. Para su ejecución comisionó al alguacil de su juzgado, Bartolomé Rodríguez.

El día 4, al presentársele este funcionario en Lagos, en un primer momento Macías Valadez se resistió a obedecer arguyendo “que hasta ahora no le consta haber juez otro sino Hernán Martel, por no haberle visto presentar[se] en el cabildo de esta villa con su provisión y ser recibido en ella, como es uso y costumbre venir como [es] a la cabecera de la alcaldía”.[23] En consecuencia, si y solo si constándole estar hechas las solemnidades que en tal caso solían verificarse, estaría presto a cumplir con sus órdenes, darle todo el favor y la ayuda necesaria. Sin embargo, siendo requerido so las penas antedichas, “por evitar escándalo en la república y cumplir con el mandamiento de dicho señor juez de residencia” hubo de doblegarse, entregando proceso y reo.[24]

Sin moratoria alguna, ambos montaron a caballo y enfilaron rumbo a Teocaltiche. Empero, a súplicas de Morales, al caer la noche se detuvieron en la estancia de Mezquitic. A fin de que el alguacil se envolviera y descansara en tanto que otro sirviente traía de un punto localizado a dos leguas de distancia una llave para abrir un aposento en que guardaba unos colchones, el sevillano ordenó al indio Francisco Jerónimo que le diera un paño. Éste, en cambio, se fue a dormir a una cámara en que tenía su ropa y cama. Al pie de la puerta una candela iluminaba el espacio. Al cabo de tres o cuatro horas regresó el criado con la llave. Mientras le aderezaban el colchón, el conductor salió de la casa a hacer aguas. Tras volver, se recostó y cubrió. Sin embargo, inmediatamente se puso en pie dando voces y quejándose porque no estaba en el paño el proceso contra Morales. Ahí, no en otro lugar, hacía unos instantes lo había dejado. Con detenimiento, los presentes lo buscaron aquí y allá sin conseguir nada en claro. De hecho, únicamente el sevillano encontró tiradas unas peticiones suscritas por él mismo relativas al maíz que se le embargó. Después todos se fueron a dormir.

Habiendo almorzado con suma tranquilidad y preparado las cabalgaduras, alrededor del mediodía prosiguieron su camino el alguacil y el inculpado, siendo asistidos por Francisco Jerónimo. Al llegar a Teocaltiche, el estanciero quedó sujeto a las resoluciones del juez de residencia. Enseguida, estando ya bien preso su amo, el indio reveló a Bartolomé Rodríguez que la noche anterior, tras no ser hallado el proceso,

 

Juan de Morales, andando por la dicha casa, llamó a este testigo y le dijo que quitase una candela que estaba en la puerta de la cámara donde dormía […]; la quitó y, llevando la dicha candela, se asomó a la dicha puerta para ver lo que hacía el dicho Morales y le vio que tenía en sus manos un papel ancho, y el dicho papel lo arrojó tras de una petaca […]; y habiendo echado el dicho papel en la dicha petaca, el dicho Morales comenzó de aderezar la cama para acostarse; y desde a un gran rato que esto pasó, estando este testigo fuera de la dicha cámara, tornó a entrar dentro para ver si dormía el dicho Juan de Morales y le vio este testigo que estaba cavando en el suelo y haciendo un agujero junto al pie de la cama, y le vio que enterró en el dicho agujero un papel, y se lo vio enterrar y cubrir con tierra y poner sobre el dicho agujero unos comales.[25]

 

Al concluir el indio su explicación, Rodríguez se la comunicó a Gaspar de la Mota. Incontinenti, este funcionario real le expidió un mandamiento para que recuperara personalmente las diligencias actuadas. De esta manera, acompañado por el delator y Diego Pedro, alguacil de Teocaltiche, llegó muy de noche a la estancia de Mezquitic. Para conducirse con toda legalidad pidió favor y entrada a Martín Vázquez, vecino de la villa de Lagos que ahí se encontraba. Al dársele la correspondiente licencia, Diego Pedro se quedó resguardando la puerta principal para que nadie saliera de la casa mientras el alguacil del juez de residencia y Francisco Jerónimo registraban la alcoba de Juan de Morales. Luego que entraron llevando una candela, el indio “fue derecho a una cama que estaba armada en la dicha cámara, donde decían que dormía el dicho Morales, y al pie de la dicha cama, buscando en un rincón, hallaron tierra movediza y cavaron y hallaron metido en un hoyo el proceso, cosido y cerrado”.[26] Finalmente, para que fungieran como testigos del hallazgo fueron llamados Martín Vázquez, el alguacil Diego Pedro y Domingo de Mingoya.

Molesto y agraviado, al regresar a Teocaltiche, el 7 de julio Bartolomé Rodríguez se querelló criminalmente ante el juez de residencia contra Juan de Morales por el hurto y ocultamiento del proceso. Entretanto que se conocía en este caso, dos días más tarde el estanciero otorgó un poder general a su esposa Leonor de Lara y a Alonso de Llerena, procurador de la Real Audiencia, para que pudieran intervenir plenamente en todos sus negocios civiles y criminales.[27] Por otro lado, después de leer con total detenimiento las declaraciones vertidas por los indios en presencia del teniente Alonso Macías Valadez, a Gaspar de la Mota le quedó en claro “que el dicho caso y pleito [es] competente a la justicia eclesiástica”. Por tanto, enseguida de notificar al sevillano la causa de su prisión, el día 11 se eximió del negocio a la vez que determinó que debían remitirse proceso e inculpado al Provisor y juez eclesiástico de la santa Iglesia Catedral de Guadalajara.[28]



[1] Investigador con estudios en filosofía, historia, paleografía y hermenéutica, es autor de una veintena de libros, fonogramas y artículos, entre ellos Pueblo de mujeres enlutadas. Estudio prototípico de Al filo del Agua (conaculta, 2010), ¡No te arrugues cuero viejo…! La tambora ranchera de los Altos de Jalisco y el Sur de Zacatecas (inah, 2016) y Permanente y huido. Historia general del municipio de Mexticacán (Centro de Estudios Históricos de la Caxcana-Ediciones del Río Verde, 2020). Asimismo, coordinó el fonograma Aromas de pólvora quemada. Música y cantos de bandidos (inah, 2019).

[2] AGN, Instituciones Coloniales, Inquisición, vol. 46, exp. 13, ff. 20r-v.

[3] Ibid., ff. 20v-21r.

[4] AGN, Instituciones Coloniales, Inquisición, vol. 135, exp. 5, f. 16v.

[5] AGN, Instituciones Coloniales, Inquisición, vol. 46, exp. 13, f. 1r.

[6] En el extenso territorio de la Nueva Galicia, en el transcurso del siglo XVI, esta aféresis estuvo generalizada en ambos géneros gramaticales. Por ejemplo, aparece en una carta que en 1589 remitió a Su Majestad el presbítero Martín de Espez, beneficiado de las minas del Fresnillo: éstas son “unas sierras y tierra doblada y áspera donde hay mucha tuna, que es una fruta con que se sustentan los chimecos” (AGI, Indiferente, 1092, N. 283, (3), f. 1r). Como es bien sabido, chichimeca fue el término genérico con que se conoció a los indios nómadas y seminómadas, a quienes se acusaba de un grado superlativo de salvajismo, crueldad e incivilidad

[7] AGN, Instituciones Coloniales, Inquisición, vol. 46, exp. 13, ff. 2r-7r.

[8] Powell, op. cit., p. 166.

[9] AGN, Instituciones Coloniales, Inquisición, vol. 68, exp. 3, ff. 94 y 142r.

[10] Ibid., ff. 28r y 153r.

[11] Ibid., f. 67

[12] Ibid., f. 48v.

[13] Ibid., f. 4r. 

[14] Ibid., f. 11v.

[15] Powell, op. cit., p. 64.

[16] Archivo Histórico Municipal de León (en adelante, AHML), AM-JTC-AVE-Exp.3-C.1-1585, f. 2r.

[17] AGN, Instituciones Coloniales, Inquisición, vol. 46, exp. 13, f. 12r.

[18] Ibid., f. 10v.

[19] Ibid., f. 9r

[20] Id.

[21]Archivo Histórico del Cabildo Eclesiástico de la Catedral de Guadalajara (en adelante, AHCECG), Libro de Cabildo. Años 1568-1583, f. 24v.

[22] AGN, Instituciones Coloniales, Inquisición, vol. 68, exp. 3, ff. 25r-28r.

[23] AGN, Instituciones Coloniales, Inquisición, vol. 46, exp. 13, f. 15v.

[24] Ibid., f. 15r.

[25] Ibid., f. 125r.

[26] Ibid., f. 129r.

[27] Ibid., ff. 101r-102r.

[28] Ibid., f. 15av.



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