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Palabras congratulatorias de don J. Jesús Macías Pérez

en la Misa por sus Bodas de Diamante como presbítero

 

El domingo 6 de abril del 2021,

en el templo parroquial de María, la Virgen Fiel,

de la colonia Jardines del Nilo, en San Pedro Tlaquepaque,

don J. Jesús Macías Pérez, decano del presbiterio de Guadalajara,

 presidió una Misa de acción de gracias

por el aniversario lxxv de su ordenación sagrada,

dentro de la cual dijo lo que aquí se trascribe.[1]

 

 

[Don J. Jesús Macías Pérez nació en San Martín de Bolaños el 6 de febrero de 1922; ingresó al Seminario Auxiliar de Nuestra Señora de Guadalupe en Totatiche (el Silvestre), el 1° de noviembre de 1934. Fue ordenado presbítero en la capilla del Seminario Interdiocesano de Montezuma, Nuevo México, el 5 de abril de 1946. Ya ordenado presbítero cursó la carrera de profesor normalista y se distinguió como creador de escuelas parroquiales en sus diversos destinos: Tamazulita (1950), Apozol (1955) y Ameca (1960). Siendo cura de esta última parroquia, la de Santiago Apóstol, se le nombró en 1970 director del colegio tapatío Francisco Gómez de Mendiola, que tuvo a su cargo los 41 años siguientes. En 1996 celebró sus Bodas de Oro como presbítero en la basílica de San Pedro, en una ceremonia que presidió, al lado de unos mil clérigos, San Juan Pablo ii.]

 

Hermanos:

Así como en la antigüedad las caravanas de beduinos se valían de camellos para cruzar los desiertos, por ser las más aptas entre las bestias de carga para soportar caminatas largas sin apenas tomar agua, aunque reteniendo líquidos lo suficiente para alcanzar a rehidratarse en algún oasis, cuanto más larga es nuestra vida nos pasa lo mismo: tenemos necesidad de oasis reparadores como el que en esta ocasión me dan ustedes aquí al permitirme repasar muchos momentos gratos de mi vida y manifestar mi gratitud a Dios por ello.[2]

 

***

Desde que alcanzamos el uso de razón nos vamos dando cuenta de cómo el Señor nos marca las etapas del camino que nos dispuso. Figúrense ustedes mi caso, a los 99 años de edad, qué marcas habrán dejado en mi vida tantos y tantos sucesos a partir de la crianza en la casa paterna y en la familia que el Señor me concedió, en especial una madre buena, a cuyo ejemplo y dedicación debo el haber sido sacerdote.

Mi padre nos abandonó porque el Señor se lo llevó; yo tenía cuatro años cuando se fue, pero no sin antes prometerle a mi madre que cuidaría de nosotros desde el cielo; de modo que él desde allá y mi madre en la Tierra fueron los compañeros fuertes que me enseñaron el camino hacia Dios.

Luego de ellos, los superiores que me tocaron. Su ejemplo, sus llamadas de atención, me sirvieron para reflexionar y volver al buen camino cuando me equivocaba, hasta llegar al día dichoso, en mi querido Seminario de Montezuma, del que hoy se cumplen 75 años, y donde viví mucho tiempo como parte de una familia de 400 compañeros, seminaristas de toda la República [mexicana], que nos veíamos como hermanos de sangre.

Allí no era que “yo soy de Guadalajara” o que “yo soy de Culiacán” o que “yo soy de Oaxaca”. No. Todos éramos seminaristas de México. Los padres jesuitas, formadores del Seminario, tuvieron especial esmero, a cambio de enseñarnos a conocernos y amarnos como un solo grupo en preparación a servir al pueblo de México, en borrar divisiones entre nosotros, de modo que con ese cariño fuimos llegando por grupitos al sacerdocio conforme Dios nos llamaba.

Vino luego mi vida de sacerdote, mi trato con mis hermanos en el ministerio y con mi Obispo; al señor José Garibi Rivera le guardo un afecto muy grande, porque fue para mí no sólo un Obispo y un padre sino también un amigo, y muchas veces me lo demostró a través del aprecio con el que supo llamarme para que lo sirviera valiéndose de la ternura de un padre a un hijo. Y así mis demás obispos.

Para las comunidades donde Dios me ha colocado no guardo sino cariño, pues en todas encontré siempre un grupo esforzado a favor del bien común. En la vida parroquial el párroco va a la cabeza en la responsabilidad de hilvanar con los lazos del bien común a todos sus fieles, y con ellos, sostenido con la gracia de Dios y de la Santísima Virgen, hace lo que solo nunca haría, hacer que Cristo reine.

Quiero agradecer al señor Cura José Guadalupe Díaz Cárdenas la bondad que ha tenido para este hermano viejo y pobre, y su caridad ante mis deficiencias. Cuando ustedes lleguen a los 99 años experimentarán lo que siente el cuerpo cuando está ya como el mío, como un carrito viejo al que todo le suena y ya no hay ni qué componerle, porque para dejarlo bien habría que hacerlo de nuevo.

Mi gratitud a mis hermanos sacerdotes y a esta comunidad que me acepta así: “Allí está el Padre Chuyito, para servirnos”. Eso es este pobre viejo, su servidor. No puedo ya más que sentarme en esa sillita, a esperar que vengan a confesarse y poderles dar alguna palabra de aliento de las que son para servir a ustedes y llevarles juntito a Dios. Así me siento en estos 75 años de mi vida sacerdotal.

Gracias, Señor ¿Qué más puedo pedirte? ¡Celebrar todavía esta Misa acompañado por todos los que me rodean, por la familia que me has dado y me acoge ahora en su hogar, que soporta tantas y tantas fatigas para traerme y llevarme, sintiéndome, les decía, como un carrito viejo a quien hay que cuidarle todo, y cuanto más cerca están las personas de mí más experimentan mis miserias, mis debilidades! Muchas gracias, pues, a toda mi comunidad.

La Virgen, con este título hermoso de Siempre Fiel, me alienta a decirle: “si tú fuiste fiel, Madrecita, ayúdame a que yo también lo sea. Tú lo puedes todo. Aquí estás, como reina de esta parroquia, y yo soy ahora un granito de arena que te toca cuidar. Madre mía, no me olvides”. Y hasta le digo: “Acuérdate que yo soy tu padrino. Yo te coroné. No me olvides, porque te necesito mucho”.

***

Voy llegando al final de este desierto, pero hoy, en el oasis que me ha preparado la familia cristiana de esta parroquia, agradezco mucho a mi párroco, a mis hermanos sacerdotes y a ustedes, los fieles de esta comunidad.

Para todos, el Padre Chuyito sólo tiene gratitud y deseos de corresponderles con mis pobres oraciones para pedir en ellas que cada día reine más en el corazón de ustedes, de sus familias, de sus hijos, el deseo de ir, a ejemplo de nuestra Virgen Fiel, por el camino que a cada uno el Señor nos ha marcado.

Dios les pague toda su caridad y que el Señor les recompense como Él sabe hacerlo toda la bondad que ustedes tienen con este su humilde servidor.

Muchas gracias.



[1] Transcribió la entrevista el licenciado Aldo Serrano Mendoza. Se puede reproducir en la liga https://www.youtube.com/watch?v=uZt-hOvHCNY

[2] Al exordio de esta homilía se le hicieron ajustes de redacción. Lo demás, se redujo a trascribir, con muy ligeras modificaciones, su mensaje.





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