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Francisco Villalobos Padilla.

Su paso por el Seminario Conciliar de Guadalajara (1949-1971)

según lo recuerda uno de sus pupilos

Ramiro Vázquez Sáinz[1]

 

El 1º de febrero de este año 2021 está celebrando

el centenario de su nacimiento el decano del Colegio Episcopal mexicano,

don Francisco Villalobos Padilla, Obispo emérito de Saltillo.

No deja de ser singular para esta efeméride

que el siglo de su vida coincida también con el de su elección episcopal.

Aquí, un testigo cualificado de su gestión

al frente del Seminario Conciliar de Guadalajara

vuelca su testimonio.[2]

 

 

Si vous ne comprenez pas, vous devez demander aussitôt”. Era la voz solemne del Padre Francisco Villalobos Padilla, maestro de francés del grupo de 4° año de Humanidades, en el Seminario Menor de Guadalajara en el ciclo escolar 1961-1962, en aquella casa que se conocía como de San Martín.

Yo era un adolescente de 16 años, y la voz del Profesor de francés me parecía imponente, por la voz misma y porque desde que comenzaba no dejaba de hablar en francés. Y, aunque repetía que si no entendíamos debíamos preguntar, nadie entendía pero nadie preguntaba.

Fue el trato más cercano que yo tuve con el P. Villalobos, aunque le saludábamos con alguna frecuencia porque estuvo al frente del recién creado ivt (Instituto de Vocaciones Tardías), que pronto cambiara de denominación por iva (Instituto de Vocaciones de Adultos), porque –se argumentó— ninguna vocación es tardía, porque el Señor llama cuando Él quiere.

En los primeros años nos tocó convivir con alumnos de dicho Instituto, que asistían con nosotros a clases de latín principalmente. Casi todos ellos eran ya profesionistas. Quienes fueron alumnos de dicho Instituto manifestaron siempre su aprecio por el Padre Villalobos y él mismo se comunicaba con algunos de ellos cuando, ya Obispo de Saltillo, venía cada año al menos en tiempo de Pascua.

Más tarde, Don Paco –como también le decíamos—,ya en el Seminario Mayor, fue nuestro maestro de varias asignaturas; recuerdo principalmente la de Historia de la Iglesia.

En el año 1968 fue nombrado Rector del Seminario de Guadalajara. En esas circunstancias –recuerdo muy bien–, en la primera oportunidad que tuvo de dirigirse a los alumnos del Seminario Mayor, nos dijo (no son palabras textuales): “Miren, muchachos, yo me propongo trabajar con ustedes con base en la libertad y la responsabilidad. Ciertamente yo no andaré detrás de nadie para ver si hacen bien o no lo que deben hacer. Quien quiera formarse, tendrá esta oportunidad de hacerlo con responsabilidad y creo que le hará mucho bien. También sé que habrá quienes no sabrán o no querrán utilizar rectamente la libertad, y abusarán. Ellos se perderán esta oportunidad de crecer y ser mejores”.

Él lo sabía bien y, tal como lo previó, sin duda que hubo abusos. Pero también esos años fueron muy favorables en el aspecto formativo.

A manera de anécdotas, menciono alguna: en aquellos años, con cierta frecuencia invitaban a los alumnos del Seminario Mayor a algún concierto en el Teatro Degollado y era libre la participación. Eran muy amigos Rigoberto Orozco y Adán Hernández (alumno de la Diócesis de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas). La forma de traslado era ordinariamente en camión urbano de la línea Centro-Colonias, que tenía las rutas Morelos-Chapalita y López Cotilla-Chapalita. Había de primera y de segunda clase; los de primera cobraban 35 centavos y los de segunda, 20 centavos. Hacia Chapalita sólo había de primera. (Los de segunda sólo llevaban bancas alrededor y en el espacio central todo mundo de pie).

Así pues, hacia el centro íbamos en camión y para el regreso, en ocasiones, ya después de las 9 de la noche, ordinariamente nos juntábamos grupos de cuatro o comcp y, apretaditos, tomábamos un taxi que, si mal no recuerdo, nos cobraba de 5 a 6 pesos.

En una de esas ocasiones, los dos amigos sólo traían para el camión. De manera que, para regresar –sin comentar con nadie– esperaron el camión, primero en Morelos un buen rato y, después, en López Cotilla, sin éxito. Y decidieron irse en taxi sin dinero; de manera que, al llegar, le pidieron al taxista que los esperara un poco. Ya pasaba de las 10.30 de la noche.

La luz del cuarto del P. Villalobos era la que se apagaba más tarde. De manera que, al llegar, comenzaron a tocar el timbre de la portería sin que nadie abriera, pero con la esperanza de que el P. Villalobos escuchara el timbre. Ante la insistencia, el Padre bajó hasta la portería y abrió la ventanita del portón y vio a Rigo y Adán. Les preguntó por qué tan tarde. Es que fuimos al concierto –le dijeron.  –Hace ya mucho rato que llegaron los que fueron al concierto, les contestó. Y ellos: Padre, por favor, préstenos para pagar el taxi y luego le explicamos. El Padre Villalobos aportó lo del taxista y los mandó a dormir sin pedir mayor explicación.

Otra anécdota muy distinta: a Don Paco le gustaba jugar al ping pong y, algunas veces en el recreo de la tarde iba a hacer cola en “la reta”, como se decía entonces. Y jugaba bien.

Era el día 29 de noviembre de 1969. Fue el día en que, al terminar su clase de Pastoral a los grupos de 2°, 3° y 4° de Teología, el señor Cardenal don José Garibi Rivera salió para ir a la celebración del templo de San Luis Gonzaga. Se habían adelantado cuatro seminaristas, condiscípulos míos, para ayudar como acólitos en dicha ceremonia.

El señor Cardenal salió y el Padre Rector estaba jugando ping pong y ganaba. En eso estaba, cuando el Padre Felipe de Jesús Campos, prefecto y maestro de Filosofía, pasó junto al Padre Villalobos, lo tomó del brazo y le pidió que le acompañara. Al dejar la raqueta, comentaba el Padre: ¿qué será tan importante como para quitar al Rector de su juego de ping pong?

Cuando pasó de regreso, sin decir nada, pero por la expresión de su rostro, entendimos que era algo grave. Y, en efecto, antes de que el señor Cardenal llegara al templo, la bóveda se vino abajo y murieron alrededor de 17 personas, entre ellas dos de mis compañeros: Antonio Gómez Camarena y Javier Navarro García. Los otros dos quedaron por meses hospitalizados con fracturas y golpes y, en su momento, recibieron la Ordenación Sacerdotal. Aquellos días de luto en el Seminario fueron tristes.

La Ordenación Sacerdotal de Don Paco fue el 2 de abril de 1949. También el grupo más numeroso de nuestra Generación fuimos ordenados el 2 de abril, Pascua de Resurrección  de 1972.

En los últimos años, sabiendo la coincidencia de fechas y que el señor Obispo venía para esas fechas, lo invitamos en varias ocasiones a presidir nuestra Concelebración de Aniversario, que era también la suya. Y aceptó con gusto. Con algo de dificultad para caminar y subir los escalones del altar, se apoyaba en alguno de los compañeros y presidió la Misa, en el templo parroquial de Nuestra Señora del Rosario, haciendo él mismo la homilía con recuerdos y enseñanzas muy claras y significativas para nosotros.

En el año 2019 no pudo estar para la fecha. Pero unos días después, recordando que cumplía sus 70 años de sacerdote, aceptó con gusto presidir una Concelebración en el Santuario de Nuestra Señor del Carmen, donde él había tenido su Cantamisa. Nos recibió allí Monseñor Héctor Tomás Gómez Mendoza y, al terminar, Monseñor Rubén Darío Rivera nos invitó a celebrar el acontecimiento en un restaurante. Los dos monseñores había sido casi de las primicias del I.V.A., del que Don Paco fue director, como ya se dijo antes.

            Estuve un día en Saltillo para asistir al matrimonio de un sobrino. Quise saludar al señor Obispo y fui a la Catedral. Pregunté por él y me dijeron: viene en unos momentos a celebrar la Santa Misa.

            En pocos minutos, vi a dos niños acólitos que se pusieron uno a cada lado de la puerta por donde entraría. Y, al entrar, de uno y otro lado saltaron los chiquillos y gritaron un ¡Aaah!, que casi al unísono, se correspondió con el ¡Aaah! del señor Obispo.

            Cuando me vio, me dijo: has de dispensar… Le contesté: me da mucho gusto que así sea.



[1] Presbítero del clero de Guadalajara. Fue Vicario General de esta Arquidiócesis. A la fecha funge como Párroco de Nuestra Señora del Rosario en esta capital.

[2] El Boletín agradece al autor de este testimonio su inmediata disposición a redactarlo para sus páginas.





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