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Memorias de la esplendidísima coronación

de la milagrosa imagen de Nuestra Señora de Zapopan

5ª parte

Fray Luis del Refugio de Palacio[1]

 

Se describen aquí los no pocos tropiezos que debieron sortearse

para proceder a gestionar la coronación pontificia de Nuestra Señora de Zapopan,

y los muchos años que pasaron para que fuese posible.[2]

 

Segunda parte

Lo que ya fue, por beneficio de Dios, gestión eficaz para alcanzar la Coronación

 

Y hubo, en días tan aciagos y turbulentos, quien pensara, quien hablara y tratara de Coronación.

Éste fue el muy virtuoso caballero, devoto sobreinsigne de la diminuta y pervetusta

Imagen zapopana, y aun acaudalado señor don N. N. Éste fue el ángel que por mandado de Dios me habló y trató de ella, no ya en sueños, como hablaba Dios por su ángel a los patriarcas y profetas, sino para despertarme y despertarnos del sueño, cuando aún creíamos de buena fe que no era amanecido el día de nuestra dicha, ni llegada la feliz hora de la realización de nuestros ensueños.

Y aunque quiso y exigió que su nombre quedara oculto bajo el silencio, hágome cuenta que estos mis renglones son para las gavetas y sepulturas del archivo, y que, si de casualidad o la fortuna vieren la luz pública, no podría de pronto: realizo una obra de rigurosa justicia encomendando su nombre a la gratitud de la posteridad, o siquiera de los nuestros.

Hablóme cierto día acerca de la detenida Coronación y díjele de la historia, que era la rémora, pues para pedirla convenientemente aún no se había impreso. Estaba sí prevenido un ejemplar en buen papel, letra grande y clara, con una que otra viñeta miniada, y empastado con terciopelo encarnado, para mandar ese en caso de dilatarse su impresión. Este manuscrito tuvo en su poder y examinó por sí mismo el Ilustrísimo Señor Arzobispo, y mereció su aprobación, dando licencia que se imprimiese. Más no era de gran recomendación este proceder: creeríase sin duda en Roma que una Virgen que aún carecía de historia impresa ni tan célebre sería. Siendo así que nuestra Milagrosa Imagen tiene varias, pero no se reputaban por muy a propósito. En último caso estaba la del Reverendo Padre Thill, exacta, bella y sucinta.[3]

“Si tal es toda la detención –me dijo don N–, busque usted impresor;   me parece buena la casa de Ancira, yo la pago, pero que no saque mi nombre”. Hízose así.

Para que tuviera siquiera unas cuantas ilustraciones, se retrató la Virgen en la casa del Padre don Enrique Anguiano (no con lo más rico, por el peligro, y desnuda). Además se emplearon los clisés que sirvieron al Padre Thill y había adquirido el Padre Fray Rafael, quien había mandado hacer un numeroso sobretiro de dicha historia. Yo añadí otro clisé; de los expresados, uno había expensado el señor don Alfonso M. Orozco, de Zapopan, asimismo de los más entusiastas y activos devotos en la villa.

Túvose, pues, la Historia, pero no despertábamos los religiosos de la Provincia del letargo, y en eso quedó todo. Esperábamos, de seguro, una ocasión tan evidentemente propicia que se nos entrase en los ojos.[4]

Otro encuentro tuve con el Señor N: fue en la calle llamada de la Maestranza, o que va de la espalda del palacio de Gobierno hacia el Sur, por donde iba yo a la casa paterna.[5]

 

      ¿Y esa coronación?

      Pero ¿qué tiempos son estos para ella? El Señor Arzobispo ausente,[6] ¿cómo la vamos a pedir? Y luego el peligro de los Prelados, por la persecución, ¿qué saldrá? No sólo la miro desairada, sino imposible.

      Que se pida luego, ya los Obispos vendrán, y pidámosle a la Santísima Virgen que, concedida, nos haga retornar nuestro Arzobispo.

      Dice bien, venga, vamos a San Francisco, donde se halla el Padre Provincial, a ver qué dice.

 

Fuimos juntos, túvose la conferencia y ésta fue decisiva. El Muy Reverendo Padre Fray Antonio Salazar (q.s.g.h.)[7] ardientemente también deseaba ver coronada a Nuestra Señora en sus días; era Provincial a la sazón. Consintió en la petición inmediata, y se ofreció a trabajar, Su Paternidad y todos los religiosos de la Provincia, con alma, vida y corazón.

Despidióse Don N. muy contento; y, sobre la marcha, hablamos con el Padre Provincial de todo lo necesario y conducente; era cercana la fiesta de la Inmaculada, tan significativa para Zapopan (Véase la Recopilación),[8] y quise poner esa fecha, 8 de diciembre, en los primeros documentos que se redactaron.

Lo natural y obvio era escribir nosotros la petición y recomendarla al Ordinario. Tal había sido el consejo dado por el experto Procurador General de la Orden en Roma (hoy meritísimo General Ministro), Reverendísimo Padre Fray Bonaventura Marrani.[9] Aun su parecer en otras cosas fue evidentemente el que allanó las dificultades que por más graves y casi insuperables acá se reputaban. Platicóse todo con Su Reverendísima el año de 1906, en el Colegio Internacional de la Orden, de San Antonio de Roma.

Pero ¿sería ahora factible, con tanto peligro del correo y tanto ir y venir de los pliegos? ¿Y sabíamos acá redactar las preces? Lo que ocurrió fue suplicar la Provincia y la Orden al Ilustrísimo Señor Arzobispo de Guadalajara, en forma oficial rendida, pidiese Su Señoría en su nombre y en el nuestro a Roma la concesión de la áurea corona ritual, y que consintiera en el que la solicitara nuestro Procurador, a quien también escribiríamos de parte nuestra.

Ya se habrá caído en cuenta que el actual Arzobispo era el Señor [Francisco] Orozco, de cuyo acendrado amor a la milagrosa Virgencita, y del interés de coronarla, está dicho lo bastante en la Recopilación. Baste aquí recordar que la primera vez que visitó nuestro Colegio, vio las alhajas de Nuestra Señora y entre ellas la riquísima corona antigua; y aun expresó que estaría ésta muy a propósito para celebrar con ella la coronación si no se hiciese otra nueva.

En fin, sabíanse los vivos deseos de Su Ilustrísima de coronarla por su mano y cuanto antes.



[1] Franciscano tapatío (1868-1941), compuso una copiosa bibliografía, inédita casi toda, con temas historiográficos relacionados con los Hermanos Menores.

[2] Paleografía: Aldo Mendoza Serrano.

[3] Juan M . Thill , s.m. , Nuestra Señora de Zapopan, Guadalajara, Tip. El Regional, 1907 (salvo si se indica lo contrario, todas las notas al pie son del editor).

[4] Se publicó bajo el título de Historia Breve de la Milagrosa Imagen de Nuestra Señora de Zapopan, Guadalajara, Tipografía y Litografía de Loreto y Ancira y Cia., 1918.

[5] Hasta fechas muy recientes, la casa paterna de Fray Luis del Refugio, al centro de la acera poniente de la calle de la Maestranza, entre las de Prisciliano Sánchez y Héroes, tuvo una inscripción broncínea dando cuenta de esto, pero fue removida de su sitio por vandalismo o por el solo gusto de borrar las huellas del pasado.

[6] Desde los primeros meses de 1914 el Arzobispo Francisco Orozco y Jiménez se trasladó a la ciudad de México, de donde se dirigió luego al puerto de Veracruz para embarcarse a Europa, donde estuvo en Roma en el peor momento, el estallido de la 1ª Guerra Mundial. Posteriormente pasó a los Estados Unidos y retornó a su Arquidiócesis en 1918.

[7] Que santa gloria haya.

[8] Alude Fray Luis a su trabajo de investigación y archivo del tema mariológico zapopano que se publicó con el título de Recopilación de noticias y datos que se relacionan con la milagrosa imagen de Nuestra Señora de Zapopan con su colegio y santuario; lo publicó la Universidad de Guadalajara como homenaje a su autor en 1942, al año siguiente de su deceso.

[9] Nativo de Ripa de Perusa (1865), fraile de la Provincia de Santa Clara en Asís (1880), fue Provincial (1897), Secretario de la Orden (1901) y Procurador General (1903). Fue electo Superior General en 1927, al tiempo que el autor de estas Memorias compuso su texto. Durante su generalato promovió los estudios teológicos y sociales entre los franciscanos. Murió en Spoleto en 1947. Fray Luis añada de su mano, aquí, lo siguiente: “¡Notable coincidencia! El reverendísimo Padre Klumper, cual Procurador trató los arreglos y gestionó la coronación: en el inmediato capítulo sale electo general de la Orden. El Padre Bonaventura, que había aconsejado la manera, declarado los trámites, los requisitos indispensables, que creían acá insuperables, por personas de pro; al otro capítulo, en este año mismo (1927), asciende a su vez al generalato. ¡La Virgen, obligada y agradecida lo haría!”.





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