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Los recuerdos de Ruiz y Flores sobre “los arreglos” de 1929

Carmen-José Alejos Grau[1]

 

La participación en “los arreglos” del 21 de junio de 1929

(gracias a los cuales se reabrió el culto en los templos de México,

pero dejó de tener soporte institucional la resistencia activa católica)

del Arzobispo de Morelia, don Leopoldo Ruiz y Flores, y don Pascual Díaz Barreto

–electo Arzobispo de México cuatro días después–,

 se repasan aquí desde la óptica del primero de los mencionados.[2]

 

I.               Introducción

En el rico acervo del Archivo Histórico del Arzobispado de México (aham) se halla un documento interesante. Es un relato redactado por Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores (1865-1941) sobre lo que recordaba del conflicto cristero y de “los arreglos”, de los que, como se sabe, fue protagonista junto con el Obispo Pascual Díaz (1876-1936).

El texto forma parte de la documentación del Arzobispo de México Luis María Martínez (1881-1956) que se conserva en el aham (caja 26, exp. 1). En efecto, es conocida la estrecha amistad entre ambos, ya que Martínez fue Obispo auxiliar de Morelia entre 1923 y 1937, donde era Arzobispo Ruiz y Flores.

Es un escrito sin fecha ni lugar, pero al final el autor, hablando del Seminario de Montezuma (creado en 1937), afirma: “se ha podido costear el Seminario durante estos cuatro años”, por lo que se puede deducir que la redacción data de 1941, es decir, poco antes de su muerte.

El documento consta de 26 páginas numeradas y está escrito a máquina y sin firmar, aunque al comienzo de la página 1, a mano, dice: “Excmo. Dr. Leopoldo Ruiz”.

Este informe que publicamos es inédito y hemos mantenido el estilo original. La transcripción que ofrecemos ha sido muy levemente retocada, hemos mantenido incluso algunas frases inconclusas. Sin embargo, hemos introducido epígrafes para facilitar la lectura. Hemos optado por publicar sin más el informe, sin más, haciendo algunas anotaciones a pie de página.

Probablemente muchos de los datos que aporta Ruiz y Flores son conocidos, pero nos parece que el interés estriba precisamente en que son los recuerdos de uno de los protagonistas de “los arreglos”.

Es un escrito sencillo, sin intención de justificar su actuación sino, más bien, de explicar sus recuerdos. Algunos de éstos están recogidos también en su autobiografía Recuerdo de recuerdos, publicada póstumamente.

Varios de los documentos, escritos, cartas, etc. que se citan se hallan en el archivo histórico de Plutarco Elías Calles,[3] por lo que se puede cotejar la autenticidad del relato de Ruiz y Flores. Somos testigos de haber visto en dicho archivo algunas de las copias fotostáticas de las cartas de don Leopoldo que Portes Gil quiso publicar.

El relato comienza con la suspensión del culto en 1926 y la conferencia que mantuvieron él y Díaz con el Presidente Calles. A continuación describe el destierro de los obispos en 1926 y cómo ya desde Estados Unidos hay unos primeros intentos de arreglar el conflicto. A primeros de junio de 1929, el Vaticano le nombró Delegado Apostólico ad referendum, es decir, con la misión de procurar establecer un acuerdo con el gobierno. Ruiz y Flores pidió a dos sacerdotes que le acompañaran como secretario, pero ante la negativa, se lo propuso al Obispo de Tabasco, Pascual Díaz, que aceptó.

Don Leopoldo explica las reacciones tanto de católicos como de políticos ante “los arreglos”, así como sus continuas reclamaciones al gobierno de que cumpliera lo pactado, a lo que nunca accedió.

A propósito del conflicto generado por la mala interpretación de la carta de Pío xi al episcopado mexicano en 1932, Ruiz y Flores señala la relación que, en su opinión, existía entre “los arreglos” mexicanos y los Pactos de Letrán firmados entre la Santa Sede y el Estado italiano en 1929.

Durante su tercer destierro, Ruiz y Flores trabajó por el establecimiento del Seminario Interdiocesano de Montezuma en Nuevo México, que duraría desde 1937 hasta 1972. Para su consecución y mantenimiento, como señala, fue de gran ayuda el episcopado estadounidense.

El arzobispo de Morelia termina estos recuerdos narrando la visita que le hizo su Obispo auxiliar, Luis María Martínez, a San Antonio en febrero de 1937. Ruiz y Flores acababa de recibir de Roma su nombramiento como Arzobispo de México y allí se lo comunicó. Poco después de su toma de posesión, don Leopoldo pudo regresar a su diócesis, donde permaneció hasta su muerte.

 

II.             Transcripción del texto

 

Lo que yo sé del conflicto religioso de 1926 y su terminación en 1929

 

1.    Suspensión del culto y conferencia con el Presidente Calles

 

Las declaraciones del señor Arzobispo de México don José Mora y del Río hechas en febrero de 1926 al repórter de su periódico eran personales y no contenían más que lo que se refiere a la protesta que todo el Episcopado había hecho a raíz de la promulgación de la Constitución de 1917, protesta aprobada por el Santo Padre, por el Episcopado de los Estados Unidos y por el de otras muchas naciones.[4]

            Se dijo entonces que esas declaraciones habían sido dolosamente provocadas y que le habían merecido al repórter su destitución del periódico a que servía.

            Es conocida la táctica de algunos gobernantes que para distraer la atención pública de problemas enojosos provocan conflictos religiosos, y si es cierto, como dice el señor Portes Gil en su obra 15 años de política Mexicana[5], que el Gobierno de México tenía al comenzar el año 1926 problemas muy serios que resolver, tal vez eso explica la política del señor Gral. Calles en materia religiosa.

            En febrero de 1926, cinco meses antes de que entrara en vigor la Ley Calles que fue dada en junio de ese mismo año para entrar en vigor el 31 de julio, este señor ordenó la expulsión de cuantos sacerdotes extranjeros se encontraban en el país, sin que el artículo respectivo estuviera reglamentado para poderse aplicar. Esto exasperó los ánimos y previno a muchos en contra de las arbitrariedades del gobierno.[6]

            La verdadera causa de la suspensión del culto fue que la Ley Calles de un golpe acababa con la constitución misma de la Iglesia, puesto que cualquiera (un cargador por ejemplo) que se presentara a registrarse como Ministro del culto y pidiera una iglesia, aunque fuera la Catedral de México, se le daba para administrar en ella los Sacramentos y practicar el culto con todo el apoyo del Gobierno y sin ninguna dependencia de la Superioridad Eclesiástica.

            Se había constituido en México el Comité Episcopal, cuyo Presidente era el señor Arzobispo de México y Secretario el señor Obispo de Tabasco, don Pascual Díaz, quien tuvo que emigrar de Tabasco porque la ley le exigía casarse para poder permanecer en aquel estado. Este Comité estudió detenidamente el asunto, vio que no había más remedio que suspender el culto, consultó al Papa por conducto de Monseñor Caruana, Delegado Apostólico para México, expulsado del territorio y residente en La Habana; el Papa contestó que el Episcopado obrara como lo creía conveniente.

            El Comité Episcopal decidió enviar a Roma un representante por medio del cual se informara a la Santa Sede del curso de los acontecimientos. En la junta del Comité en que se designó ese representante, el señor Arzobispo de Guadalajara, don Francisco Orozco y Jiménez, pidió permiso para poner su veto al señor Arzobispo de Morelia Leopoldo Ruiz, alegando que era demasiado condescendiente, opinión que él se formó sin duda por los acontecimientos de Morelia al darse la ley de limitación de sacerdotes por el Gobernador Gral. Ramírez, en la Cuaresma de 1926. En dicha ley se establecía que ningún sacerdote podría ejercer el ministerio si no tenía una tarjeta que lo autorizara por el gobierno civil; el Arzobispo, después de consultar debidamente, suspendió el culto en toda la Arquidiócesis. A petición del señor Gobernador, por un conducto del licenciado [no pone el nombre; quizá se refiera a Mestre, que aparece citado más adelante], suplicó que se le buscara una solución al problema y se encontró en la forma siguiente: que el Gobierno daría al Prelado el número de tarjetas que éste pidiera y él las distribuiría entre los sacerdotes nombrados por él para administrar en toda la Diócesis, y en vista de eso se reanudó el culto, cuidando el Arzobispo de dar cuenta de lo ocurrido al Delegado señor Caruana y a todos los Obispos, entre los cuales algunos creyeron que había habido demasiada condescendencia, y entre ellos sin duda el señor Arzobispo de Guadalajara.

            Por esos días se estableció en México, con aprobación del Comité Episcopal, la Liga Nacional de la Defensa Religiosa, cuyo objeto tenía que ser el agrupar a todas las asociaciones católicas del país cuyos estatutos se lo permitieran, para usar de todos los medios legales en defensa de los derechos violados por las leyes, sin que por ningún título se pudiera recurrir a medios violentos ni conspiraciones.

            Cuando el 31 de julio, al entrar en vigor la ley Calles, se suspendió el culto en toda la República, la Liga pregunto al Comité Episcopal si sería lícito recurrir al boicot y se le contestó afirmativamente.

            El 21 de agosto de 1926 tuvimos una conferencia con el Gral. Calles el señor Obispo de Tabasco don Pascual Díaz, Secretario del Comité, y yo.

            El licenciado Mestre tenía mucho interés en que algún Obispo conferenciara con el Gral. Calles sobre la situación, y el Comité Episcopal estuvo de acuerdo en que acudiéramos en nombre de todos los Obispos el señor Díaz y yo a la conferencia que dicho señor Licenciado había concertado para ese día, y tuvo lugar en Chapultepec a eso de las once, en una pieza que queda a la derecha de quien entra al Castillo; estuvimos en dicha conferencia el Gral. Calles, nosotros dos y un taquígrafo sentado en el rincón de la pieza, que tomaba la conferencia. Dicha conferencia duró cerca de hora y media; le propusimos al Gral. Calles varias maneras de solucionar el conflicto haciéndole ver las razones que nos habían movido a suspender el culto, pero no aceptó absolutamente nada.

            Al terminar la conferencia nos dijo: “No les queda a ustedes más recurso que el de las Cámaras o las armas”, y el señor Díaz le contestó: “Podemos asegurarle a usted que la Iglesia nunca recurrirá a las armas porque los triunfos que se obtienen por la fuerza son efímeros y nosotros intentamos un acuerdo basado en la justicia y en la concordia”, y nos despedimos.

            Esta conferencia en la que a mi juicio contestamos victoriosamente a cuantas observaciones hacía el Gral. Calles, pasando él de un punto a otro conforme se veía derrotado, fue publicada íntegra en una revista por el mes de agosto de 1927, que me parece se llama Todo.

            Estábamos comiendo el señor Díaz y yo a eso de las dos de la tarde cuando llegó el licenciado Mestre a decirnos que el señor Presidente nos encargaba no decir ni una palabra a la prensa sobre la conferencia que acabábamos de tener. Por la noche a eso de las diez y media un enviado del Presidente le llevó al señor Díaz una breve declaración diciéndole que la mandara publicar en los periódicos; esa declaración nos hacía decir que como resultado de la conferencia podría reanudarse el culto, y el señor Díaz le contestó que mandaría publicar la declaración, pero añadiendo la condición de que la Suprema Autoridad Eclesiástica lo aprobara, es decir el Papa.

            Parece que los radicales manifestaron su oposición y las cosas quedaron en tal estado.

            (Aquí cabe copiar la conferencia literal que está en la revista ya dicha).

            Por el mes de agosto, después del boicot, la Liga preguntó al Comité Episcopal si sería lícito recurrir a las armas y se le contestó por escrito que según la doctrina católica era lícito recurrir a las armas cuando la tiranía era patente y los medios pacíficos habían sido inútiles, respuesta que se imprimió en hojitas y se repartió profusamente por todo México; de palabra se le hizo saber a la Liga que lo que era lícito en principio tal vez lo fuera en la práctica si es que no se contaba con todos los medios necesarios para la defensa y no había probabilidad de éxito.

            La respuesta del Episcopado fue denunciada al Ministerio Publico y no encontraron delito que perseguir.

            Al estallar la defensa armada, el señor Ministro de Gobernación Tejeda ordenó el arraigo de todos los Obispos que se encontraban en la capital de México.

 

2.    Destierro de los obispos

 

[Expatriación del señor Díaz]. Era un sábado y el señor Echevarría, Obispo de Saltillo a eso de la una de la tarde, me llevó un recado a la Oficina del Comité, que estaba en la calle de la Industria, diciendo que el Gral. Tejeda quería hablar con el señor Díaz y le hiciera favor de ir luego; el señor Díaz había ido a comer fuera de casa y el señor Echevarría por teléfono avisó al Gral. Tejeda que el señor Díaz no podía ir pues no se sabría donde verle a esa hora, y contestó el Gral. Tejeda: “dígale que venga el lunes por la mañana”, y en efecto el lunes siguiente, a eso de las diez, se fueron a Gobernación el señor Echevarría y el señor Díaz; a poco volvió el señor Echevarría demudado, diciéndonos que el señor Díaz iba a ser expulsado del país y que había quedado detenido en Gobernación, y en efecto al día siguiente el señor Díaz salió rumbo a Guatemala, en donde el Presidente lo trató con toda clase de consideraciones, lo recibió en audiencia en el palacio y puso a su disposición un tren especial para que lo llevara a Puerto Barrios, pues el señor Díaz estaba resuelto a ir a los Estados Unidos.

            A eso de las once se presentó un señor Mayor con varios empleados de Gobernación en la oficina del Comité; sin aviso alguno, entraron hasta la sala y escritorio diciendo que tenían orden de catear las oficinas, recogieron cuanto papel encontraron y encerraron todo en un cuarto con llave, no dejando salir a ninguno de los que estaban en la oficina; dejaban entrar a todo el mundo pero a nadie dejaban salir, de suerte que a eso de la una ya éramos veintitantas personas; pedimos de comer a un restaurant para todos y nos han tenido ahí hasta las siete de la noche, hora en que viene el mismo señor Tejeda con su Secretario a pasar lista de todos los detenidos y a todos dejaron libres, menos al señor Obispo don Miguel de la Mora y a mí, ordenándonos que diariamente nos presentáramos a Gobernación a firmar el libro de los arraigados, y así lo hacíamos, pero la señorita encargada del registro nos autorizaba para poner nuestra firma por cuatro o cinco días para quitarnos la molestia.

            En la oficina no había absolutamente ningún papel que pudiera comprometer, registraron cuanto papel había y no encontraron ningún documento comprometedor.

            Por el mes de marzo de ese año, un agente de Gobernación fue a la casa en donde se hospedaba el señor Obispo de Aguascalientes don Ignacio Valdespino y en los momentos en que llegaba el agente llegó un enviado particular a llevar una carta al mismo señor Valdespino en la que se injuriaba de una manera muy asquerosa al Gral. Calles; el agente abrió la carta y tomó al señor Valdespino inmediatamente para llevarlo a la Inspección de Policía, en donde lo encerraron en una celda asquerosa; a media noche lo hicieron salir a tomarle las huella digitales; al día siguiente lo dejaron libre.

            Yo había estado con el señor Valdespino a mediodía cuando, a eso de las dos de la tarde, se me presentó un doctor ruso, acompañado de un agente de Gobernación, diciéndome que el señor Valdespino estaba preso y que le había encargado al doctor que fuera a pedirme veinticinco pesos y que le hiciera favor de avisar al hermano del señor Valdespino, cuya dirección me dio, de que agenciara su libertad; yo le di los veinticinco pesos. Cuando salió el señor Valdespino le pregunté de los veinticinco pesos y me dijo que no le había dado nada, que únicamente le había encargado al chófer, a cuyo lado iba, que avisara a su hermano que estaba detenido en la Inspección de Policía. Sufrió tanto el señor Valdespino en esa ocasión que no lo olvidaba, pues al salir tuvo que darse un baño de gasolina y todavía después de tres días encontraba insectos en el tafilete del sombrero.

            El jueves después de Pascua de 1927, a las 7 de la noche, fui llamado a Gobernación, en donde me encontré a los señores Mora, Arzobispo de México; Echevarría, Obispo de Saltillo; Anaya, Obispo de Chiapas; y Valdespino, Obispo de Aguascalientes. Les pregunté qué pasaba y me contestaron que se nos iba a desterrar, a lo que contesté: “peor era que nos fusilaran”. Nos hizo pasar el señor Tejeda a su despacho y visiblemente cortado nos dijo: “Por disposición del señor Presidente tendrán ustedes que salir de la República, porque ustedes son los responsables de los levantamientos”. El señor Mora, en nombre de todos, le contestó: “Protestamos señor Ministro por esa imputación, nuestra conducta en ese asunto es conocida de todo el mundo”, y se limitó a dar nuestro parecer sobre la licitud en general de defenderse con la fuerza cuando los medios pacíficos fueron inútiles, declaración que fue consignada y juzgada inocente.

            Preguntó el señor Ministro por qué los Obispos no reprobábamos las Cartas Pastorales del Arzobispo de Durango, quien abiertamente convidaba a los fieles a unirse a la defensa armada, y el señor Mora le contestó: “No somos los Obispos jueces unos de otros, el único juez es el Papa”; insistió el señor Ministro preguntándonos si no sabíamos que todo ciudadano tiene que obedecer al gobierno constituido, y el señor Mora le contestó que no podía llamarse constituido el del señor Calles, porque todo el mundo sabía cómo había subido a la presidencia, y el Ministro contestó, “no estamos aquí para entrar en discusiones, tendrán ustedes que salir inmediatamente”.

            En automóvil nos llevaron a la estación, en donde ya había una buena muchedumbre de gente reunida para despedirnos; nos hicieron subir al carro de segunda y encargaron al señor Murguía y a su señora que nos acompañaran para ayudarnos en todo.

            El señor Murguía arregló que se nos pasara al pullman, pero los cuatro agentes de Policía de Gobernación que nos acompañaban exigieron que ellos también tendrían que ir en el pullman porque nos iban custodiando.

            Llegamos a Laredo, en donde se nos franqueó la entrada sin ninguna dificultad, y en la misma oficina de inmigración americana un repórter nos enseñó el telegrama oficial que habían recibido los periódicos americanos, en el cual se decía: firmado por el Gral. Álvarez, que, estando los Obispos implicados en la rebelión, se nos había dado a escoger entre el ser juzgados o salir del país, y que habíamos preferido lo segundo. Dimos al repórter esta respuesta: “En ninguna parte del mundo se ve que la autoridad dé a escoger al acusado huir o ser juzgado”.

            Todos nos trasladamos a San Antonio, Texas, en donde encontramos bondadoso alojamiento. Al día siguiente de llegar a San Antonio nos reunimos los Obispos en la casa de los h uéspedes del Convento del Verbo Encarnado, y resolvimos normar nuestra conducta según estas resoluciones:

-Primero, no dar en colectivo ni individualmente ayuda material o moral a la defensa armada;

-Segundo, aconsejar a cuantos políticos se nos acercaran la unión de todos los mexicanos en un partido de orden y libertad.

            A los pocos días de estar yo en San Antonio, salí para Los Ángeles con intención de permanecer en aquella ciudad, pero el señor Delegado Apostólico en Washington, monseñor Fumassoni Biondi, me invitó a residir en Washington con el fin de informarle mejor de la situación de México, y de ayudarle en el despacho de los asuntos mexicanos que le habían sido confiados por no poder haber Delegado Apostólico en México.

            El Santo Padre había encomendado a monseñor Fumassoni Biondi todos los asuntos de México con esperanza de llegar a un avenimiento con el gobierno, pues comprendía el Santo Padre que la suspensión del culto tendría que ser funesta si se prolongaba por mucho tiempo.

 

3.    Primeros intentos de resolución del conflicto

 

A mi juicio, los arreglos para terminar el conflicto religioso se debieron ante todo al Santo Padre, que estaba hondamente preocupado por la situación anormal de la suspensión del culto. El Papa encomendó este asunto al Delegado Apostólico en Washington, Monseñor Fumassoni Biondi, éste se sirvió del R. Padre John J. Burke, quien por su cargo de Secretario del Comité permanente de Obispos en Washington tenía entrada franca al Departamento de Estado, y el Departamento de Estado a su vez confió el arreglo a Mr. Morrow, quien comenzó por conseguir del Gral. Calles que conferenciara con el R. P. Burke, pues decía Mr. Morrow que él, por no ser católico, no entendía las razones de la Iglesia para la suspensión del culto ni podía poner condiciones para reanudarlo.

            El Viernes Santo de 1928 se celebró la primera conferencia del Padre Burke con el Gral. Calles en San Juan de Ulúa, y con fecha 29 de marzo de 1929 el Padre Burke escribió al Gral. Calles una carta cuyo texto se puede ver en la página 303 del libro del señor Portes Gil 15 años de política Mexicana. A esa carta contestó el Gral. Calles en términos demasiado vagos, por lo que se continuaron las gestiones para una nueva conferencia, y así, el día de la Ascensión de ese mismo año de 1928, el Gral. Calles recibió en Chapultepec, acompañado del señor Montalbán y de mí, al Padre Burke, pues este último quiso que yo le acompañara para que el Gral. Calles entendiera mejor las dificultades insuperables que el Episcopado tenía para reanudar el culto mientras no se modificaran de alguna manera sus leyes.

            En México nos alojamos en la casa del Attaché militar de la Embajada americana y volvimos a Washington sin que nadie se diera cuenta de nuestra visita a México. En esa conferencia se le hizo presente al Gral. Calles que los términos de su carta anterior no daban lugar para poder reanudar el culto y se consiguió que hiciera declaraciones menos vagas sobre el derecho que tenía la Iglesia de vivir y funcionar en México, declaraciones a las que hizo [referencia] el Presidente Portes Gil a la hora de los arreglos.

            Volvimos a Washington, el señor Delegado dio cuenta a Roma de lo que se había conseguido y me ordenaron que fuera yo a Roma, pues querían consultar conmigo el asunto.

 

4.    Ruiz y Flores en Roma

 

En mi viaje pude saber que el Ing. Ortiz Rubio había conferenciado en Roma varias veces con Monseñor Borgongine, alto empleado de la Secretaría de Estado.

            En París se me mostró copia de una larguísima carta en que Mr. Morgan le hacía ver al Gral. Calles las gravísimas dificultades económicas que estaba produciendo su política en materia religiosa.

            Durante el viaje, que duró siete días, de Washington a Roma, preparé yo un memorándum en que hacía ver que no era de esperarse la derogación de las leyes porque nunca en la historia de México se había visto que mitigaran siquiera una ley dada en contra de la Iglesia, como pasó por ejemplo con las leyes de Reforma; que era muy común en México el que las leyes quedaran escritas sin aplicarse, pues que a ciencia y paciencia del Gobierno se desobedecían. Que el Gral. Calles era muy tenaz y creía que la Revolución había triunfado de todo menos del clero, y que por lo mismo no había de permitir a éste un triunfo como sería el de la modificación de sus leyes.

            Que había que contentarse con un modus vivendi aprovechando la primera oportunidad para reanudar el culto.

            Por último, que a mi juicio la suspensión del culto, aunque necesaria, era muy nociva porque, a la larga, la gente se alejaría del culto y de los Sacramentos y la disciplina del clero, con tanto privilegio e indulto que había habido necesidad de conceder, se relajaba muchísimo.

            El señor Cruchaga, político y diplomático de la República de Chile, que había estado en México durante esa época del culto suspendido, hizo al Papa en Roma estas mismas reflexiones.

            Sexto. La defensa armada, a mi juicio, no llegaría a triunfar por falta de organización, pues que en más de dos años que tenía de luchar, no tenía un General en jefe que la organizara ni había sido capaz de tomar una ciudad o un puerto para establecer su gobierno.

            Llegué a Roma el 3 de junio y creí encontrar a los señores Obispos Valverde, González y Méndez, pero pocos días antes de mi llegada habían salido, el señor Valverde para Barcelona, el señor Méndez para los Estados Unidos y el señor González para Alemania.

             El Santo Padre había creído conveniente que se ausentaran de Roma y a mi juicio tuvo gran parte el siguiente episodio:

            El señor González, que en realidad era el cabeza de los tres Obispos, tenía abierta simpatía por la defensa armada, y estaba en continua comunicación con los señores de la Liga, animándolos y dándoles a entender que contaban con todo el apoyo del Papa.

            Y en efecto, a los pocos días de nuestro destierro, recibimos en San Antonio una comunicación de los señores de la Liga pidiéndonos que pusiéramos a su disposición cuantos bienes muebles e inmuebles de la Iglesia tuviéramos en nuestro poder, para ayuda de la defensa religiosa, diciéndonos que el Papa así lo había dispuesto. Nos sorprendió muchísimo semejante comunicación y se les contestó que ya pedíamos instrucciones a la Santa Sede. Se mandó en efecto a Roma la petición de los de la Liga y allá se fueron de espaldas; se descubrió lo sucedido: el señor Arzobispo de Durango, después de hablar con un Cardenal sobre la situación de México, éste le dijo: si yo fuera Obispo mexicano, entregaba a los defensores de la libertad religiosa todo lo que la Iglesia pudiera tener, aún los Vasos Sagrados, y si era necesario hasta mi Cruz pectoral y mi anillo Pastoral.

            El señor González escribió a los de la Liga, y ellos lo tomaron como disposición del Papa.

            Llegué a Roma un domingo, y al día siguiente me presenté con el Cardenal Gasparri, Secretario de Estado de Su Santidad, quien avisó inmediatamente al Papa, y éste nos recibió a los dos en seguida.

            El Papa me dijo después de oírme que le parecía muy poco lo que el Gral. Calles decía, que era asunto de pensarse y encomendarse a Dios en la oración. En esa audiencia yo le dije de palabra al Santo Padre, en compendio, lo que decía en el memorándum que por extenso había yo preparado durante el viaje.

            Me veía yo con frecuencia con el mismo Cardenal Gasparri y con monseñor Borgongine, Subsecretario de los extraordinarios, e iba yo sabiendo los pasos que se daban para conseguir del Gral. Calles, por medio de la Delegación Apostólica de Washington y del Departamento de Estado de Washington, algo más concreto en el asunto, pero en julio el asesinato de Obregón, presidente electo de la República, vino a suspender toda negociación; los periódicos de Europa en general atribuían el asesinato del Gral. Obregón al Gral. Calles; lo cierto es que sin duda esto interrumpió la marcha del asunto. Aguardé al Santo Padre hasta octubre, y viendo que nada se podía conseguir, me dijo que podía yo volver a Washington, a donde volví por el día 10 de noviembre, habiéndome embarcado en Cherburgo el 2 de noviembre de aquel año.

            Al ir a despedirme del Santo Padre, me dijo que él había confiado el arreglo de los asuntos de México a Santa Teresita del Niño Jesús, y me dio una reliquia de la Santa para que se venerara en la Catedral de México, en donde después de los arreglos la entregué solemnemente al señor Arzobispo Díaz para que en la Catedral se conservara. Antes de embarcarme pase dos días en Lisieux, encomendando a la Santa el arreglo de ese conflicto.

 

5.    Hacia “los arreglos”

 

Por los primeros días de mayo de 1929, Mr. Morrow, que había continuado sus actividades en México, aprovechó la ocasión de que el Cónsul Americano de Durango hubiera informado al Departamento de Estado de los Estados Unidos que los revolucionarios del Gral. Escobar habían invitado a los llamados “Cristeros” de Durango para adherirse a ellos, y el Jefe de estos les contestó: que eran muy diversas las causas por las que peleaban y que sin orden de los jefes supremos que estaban en México no podían ellos contestar.

            El Embajador Mr. Morrow se aprovechó de este informe para conseguir del Presidente Portes Gil una declaración publicada en los periódicos de entonces por conducto del repórter americano Dubous, en la que hacía constar que los católicos no se habían mezclado en la revolución escobarista y que el culto podría reanudarse siempre que los Obispos lo determinaran, puesto que de parte del gobierno había buena voluntad para entrar en conferencias que acabaran con el conflicto religioso.

            Entonces el señor Delegado de Washington me llamó urgentemente de una población donde se hallaba visitando a un párroco amigo, y me dijo que era necesario que yo hiciera una declaración contestando al Presidente Portes Gil, y diciendo que si por parte del Gobierno había buena voluntad, por parte de la Iglesia la había también para arreglar el conflicto religioso, siempre que esto pudiera hacerse salvando la conciencia católica.

            Ambas declaraciones están literalmente reproducidas en el citado libro de Portes Gil, 15 años de política Méxicana.

            Contestó el señor Presidente Portes Gil por los periódicos invitándome para venir a México a conferenciar con él; yo acudí al señor Embajador mexicano en   Washington, el señor Téllez, encargándole que dijera en mi nombre al señor Presidente que era enteramente inútil que conferenciáramos porque yo no tenía ninguna representación del Episcopado ni del Papa para ningunos arreglos.

            Pidieron de Roma el que por cable se les comunicaran las dos declaraciones y en seguida vino mi nombramiento de Delegado Apostólico ad referendum, lo cual quería decir que [mi] misión era únicamente la de conferenciar e informar a la Santa Sede los resultados.

            Avisé inmediatamente al señor Téllez que estaba dispuesto a trasladarme a México. Mientras tanto yo convidé para que me sirvieran como Secretario a cada uno tras de otro, a dos sacerdotes mexicanos que se encontraban en Nueva York, pero ninguno de los dos aceptó, y entonces por consejo del señor Delegado Fumassoni Biondi convidé al señor Obispo de Tabasco don Pascual Díaz, quien se encontraba en Luisiana dando Ejercicios; lo llamé violentamente y en tres días preparó su viaje para acompañarme.

            Salimos de Washington en los primeros días de junio por la línea de Pensilvania y Mr. Morrow, que no sé cómo supo de nuestra salida, interrumpió sus vacaciones y salió de Washington el mismo día por la línea del Baltimore and Ohio, llegando a San Luis Misuri casi a la misma hora. En San Luis Misuri Mr. Morrow mandó poner su carro especial en el mismo tren que nosotros veníamos a México, y a poco de salir de San Luis Misuri nos mandó un recado con su Secretario para que pasáramos a su carro especial a conferenciar con él. Se informó de las condiciones que pondríamos al Gobierno para reanudar el culto, tomó notas, cenamos juntos y nos despedimos.

            En San Antonio, Texas, él detuvo su carro para que continuara el tren siguiente al que nosotros tomamos para venir a México. En la frontera nos trataron con toda consideración y llegamos a México, advirtiendo que en la estación de Huehuetoca recibimos un recado del Padre Walsh y del Ministro de Chile, encargándonos que no bajáramos en Tacuba como habíamos pensado sino en Lechería, en donde ellos nos esperarían para llevarnos a México pues consideraron que en Tacuba habría mucha gente pues ya se sabía la hora de nuestra llegada.

            En México nos fuimos a alojar a una casa de la calle Insurgentes que bondadosamente nos había preparado don Agustín Legarreta, el cual nos había informado en Washington del día y la hora en que nos recibiría el señor Presidente.

            Cuando los periódicos anunciaron que iría yo a México a conferenciar con el señor Portes Gil me ocurrió proponer al señor Presidente el que las conferencias se celebraran en Washington con el señor Embajador para evitar la excitación pública que esas conferencias causarían en México, yo mismo escribí la carta en la Embajada Mexicana y al día siguiente apareció en los periódicos de lo Estado Unidos la noticia de que las conferencias se celebrarían en Washington, pero el señor Embajador me informó de que el señor Presidente prefería que fueran en México.

            El Santo Padre impuesto de [sic]

            En la primera conferencia con el señor Portes Gil, que fue en Chapultepec, le presenté un memorándum en el que le hacía ver la necesidad de derogar algunas leyes relativas al culto, pero considerando que esto requeriría tiempo estaba yo cierto de que el Santo Padre se contentaría con declaraciones oficiales que reconocieran la jerarquía episcopal, que el registro de Sacerdotes no se hiciera sino con dependencia de sus respectivos obispos, y de que se suavizaran cuanto más fuera posible las leyes ya dadas en cuanto al número de sacerdotes y condiciones que se les imponían para su ejercicio, como lo eran las de Tabasco, que exigía el matrimonio civil de los sacerdotes.

            El señor Presidente nos ofreció estudiar el punto y resolverlo cuanto antes.

            A los pocos días me mandó un borrador de declaraciones enteramente vagas y yo le contesté que ni las hacía saber a Roma porque con toda seguridad no se aceptarían. Pasaron unos ocho días y una tarde vino Mr. Morrow con un ejemplar en inglés de las declaraciones que sirvieron de base al arreglo, diciéndome que eso era lo más que podía conseguirse y que era absolutamente inútil insistir en conseguir algo más. Yo le contesté que no podía yo dar ninguna resolución mientras el Santo Padre no conociera esas declaraciones y me autorizara para decretar la renovación del culto.

            Inmediatamente después vinieron el Padre Walsh y el señor Cruchaga de la Embajada de Chile a decirme que ellos creían suficiente las declaraciones del Presidente para reanudar el culto, y que así lo harían saber a Roma al enviar yo por medio de la Embajada de Chile, en clave, el texto de las declaraciones.

            Este Padre Walsh era un sacerdote jesuita en quien el Papa tenía mucha confianza, pues se había servido de él para asuntos muy delicados en Rusia, y en esos días había llegado a México enviado por el mismo Sumo Pontífice únicamente para informarse de la situación de México e informar a la Santa Sede; él como americano contaba para su misión con la ayuda de la Embajada americana, y al saber que yo había sido nombrado Delegado ad referendum, por teléfono de larga distancia hasta Washington se puso a mis órdenes para ayudarme en todo lo que se pudiera ofrecer.

            El día 20 de junio por la tarde recibí telegrama cifrado del Santo Padre, por conducto de la Delegación [sic] de Chile, diciéndome que me autorizaba para firmar la reanudación del culto, siempre que se estipulara con el Gobierno:

I.- Amnistía general para todos los levantados en armas que quieran rendirse;

II.- Que se devolvieran las casas curales y episcopales, y

III.- Que de alguna manera se garantizara la estabilidad de esas devoluciones.

            Al día siguiente, 21 de junio, a eso de las 11 del día fuimos al palacio nacional el señor Díaz y yo; nos recibió el señor Presidente, le enseñamos el telegrama que se acababa de recibir de Roma y enseguida mandó llamar al señor Canales, que fungía de Secretario de Gobernación, y le ordenó que inmediatamente comunicara a los Jefes de Armas de todos los lugares donde hubiera gente levantada en armas que diera amnistía a todos los que quisieran rendirse, dando a los simples soldados pasajes gratuitos a cualquier punto de la República a donde quisiera irse y dejando a los oficiales sin pistola.

            Segundo. Dijo al mismo señor Canales que ordenara la devolución de todas las iglesias y casas curales y episcopales que no estuvieran ocupadas con alguna oficina del gobierno, y que en cuanto a las demás se procurara desocuparlas para devolverlas.

            En cuanto a la garantía que se le pedía, nos dijo que por lo que a él miraba no daría un paso atrás en el arreglo que íbamos a firmar.

            Entonces nos presentó los ejemplares de sus declaraciones y mías, que también habían sido preparadas por Mr. Morrow y las firmamos enseguida. Nos suplicó que no dijéramos ni una palabra a los periódicos porque esa tarde él entregaría las declaraciones a los mismos para su publicación y que saldría en el Diario Oficial.

            Eran como las dos de la tarde cuando terminamos con la audiencia e inmediatamente el señor Díaz y yo nos fuimos a la Basílica de Guadalupe a dar gracias a la Santísima Virgen, subimos hasta el altar mayor sin que nadie nos conociera, estuvimos ahí un buen rato rezando y antes de levantarme le dije al señor Díaz: “le tengo que dar la noticia que usted es el Arzobispo de México, conságrele aquí a María Santísima su episcopado”. 

            En efecto, desde mi llegada a México comprendí la necesidad imperiosa de que la Arquidiócesis tuviera Prelado en los momentos de los arreglos, y yo creí delante de Dios que el indicado era el señor Obispo don Pascual Díaz, por su piedad, su instrucción, su conocimiento de toda la sociedad de México a la que había tratado mientras fue Prefecto de disciplina en el colegio de Mascarones y después Rector de la Sagrada Familia; me pareció además un hombre enérgico y prudente, y sin que él supiera una palabra, por la Embajada de Chile propuse mi proyecto al Santo Padre, y a los pocos días fui llamado al teléfono de larga distancia desde Washington a la casa del señor don Agustín Legarreta, fui con el señor Díaz y de la Delegación Apostólica de Washington me informaron que quedaba nombrado Arzobispo de México el señor Díaz y autorizado para tomar posesión sin bulas de ninguna clase sino con un certificado que yo expidiera.

            Mientras llegaba el día de la conferencia con el Presidente, no quisimos el señor Díaz y yo recibir a nadie, ni a los mismos señores Obispos, para que no fueran a correr noticias entre la gente más o menos tendenciosas y estorbáramos el éxito. Esto ocasionó murmuraciones y aun disgustos.

            En la primera conferencia con el señor Presidente, le dije que si llegábamos a un arreglo, era necesario que conviniéramos en no publicar en nombre del gobierno o nuestro reclamaciones de ninguna clase, porque acabaríamos en pleito, y le puse la comparación de un matrimonio desavenido en el que después de contentarse comienzan el uno al otro a echarse la culpa de lo sucedido, y acaban por pelearse de nuevo.

            Sabiendo que en esos días el Gral. Calles estaba en México, tratamos el señor Díaz y yo de visitarlo, pero alegó ocupaciones que le impedían recibirnos.

            El señor Presidente Portes Gil nos dijo que para seguir conferenciando sobre los asuntos que se ofrecieran podíamos acudir al señor licenciado Canales, a quien fuimos a ver varias veces, encontrándolo muy bien dispuesto, y quedamos con él que nuestros representantes para todo lo que se ofreciera serían los señores licenciados don Fernando Noriega y don Manuel Herrera Lazo.

            Estos señores se portaron muy bien y consiguieron de la Secretaría de Gobernación una circular, la del 15 de agosto de 1929, en que se declaraban anticonstitucionales muchas de las leyes dadas en los estados: circular que por desgracia no alcanzó el que se derogara oficialmente ninguna de dichas leyes, pero sí que no se aplicaran.

            En la primera conferencia con el señor licenciado Canales después de los arreglos, nos enseñó un telegrama que el señor Tejeda, Gobernador de Veracruz, había enviado al señor Presidente. Era una reprobación de todo lo acordado y trataba al señor Presidente de traidor a la causa de la Revolución en términos demasiado duros.

            La contestación fue una declaración del señor Presidente publicada en esos mismos días en toda la prensa, en la que aseguraba que los arreglos a que habíamos llegado habían sido en substancia los acuerdos con el señor General Calles, como podría comprobarse en el archivo particular de la Presidencia.

            En cambio, en una sesión de masones tenida en esos días, al pedírsele explicaciones al señor Presidente, que ahí se encontraba, de lo acaecido, contestó que no había habido ninguna dificultad en reanudar el culto porque el clero católico se había sometido a las leyes “sin tapujos”; esto se publicó en los periódicos de esos días. Yo le pedí al señor Presidente una audiencia y le reclamé semejante frase, y le recordé lo que habíamos acordado; pero el señor Obispo Díaz se encargó de contestar por el señor Presidente diciéndome: “Pero señor Ruiz, no ve usted que un masón tenía que hablarle a los masones sus hermanos en su lenguaje, y que no había que entrar con ellos en discusiones”.

            Quien quiera que estudie desapasionadamente las declaraciones del señor Presidente de 21 de junio de 1929, encontrará que le quitó a las leyes y al gobierno mismo la intención de acabar con la médula llamada identidad, es decir la naturaleza y la constitución de la Iglesia, que además reconocía la jerarquía asegurando que ningún ministro de culto sería registrado si no era presentado por su legítimo superior (los sacerdotes por sus respectivos obispos, y éstos por el Papa); que ofrecía entender, interpretar y aplicar las leyes actuales en espíritu no sectario sino de amistad y benevolencia.

            Esto fue lo que facilitó la reanudación del culto, de acuerdo con las leyes así interpretadas, cosa que el señor Gral. Calles por ningún título quiso admitir cuando en nuestra conferencia de agosto de 1926 le proponíamos como un medio para reanudar el culto.

 

6.    Después de “los arreglos”

 

A los cuatro días de los arreglos, esto es el 25 de junio, publiqué una Carta Pastoral al clero y al pueblo explicando lo ocurrido. Esa carta puede verse textual en el libro de La persecución religiosa en México desde el punto de vista jurídico, página 37, por el licenciado Félix Navarrete y el licenciado Eduardo Pallares; en esa carta expliqué con la mayor claridad todo lo ocurrido.

            El señor Portes Gil quería aparecer tratando conmigo y el señor Obispo Díaz como prelados mexicanos; pero él muy bien sabía que yo me presentaba ante él con el carácter de Delegado Apostólico, es decir en nombre del Papa, pues como he dicho, por medio del Embajador Téllez le hacía saber que sólo con esa autorización podrían ser útiles nuestras conferencias, y por eso mismo en las declaraciones oficiales mías que aparecieron juntamente con las del señor Presidente en el Diario Oficial aparecía mi nombre con el título de Delegado Apostólico, y para nada el del señor Obispo Díaz, a pesar de que pudiera haber aparecido como mi secretario.

            No hay para qué decir el diferente efecto que los arreglos produjeron en el ánimo de los católicos; unos, sumisos a sus prelados y al Papa, los aceptaron, quienes con aplausos y otros con sumisión, pero en cambio había católicos entre los señores de la Liga y los levantados en armas, así como entre los que les ayudaban a unos y otros, que no podían conformarse con lo sucedido.

            Es de notar que desde que se formó la Liga, antes de que se abanderara en la defensa armada, sus directores trataron de intervenir en los asuntos que trataba el Comité Episcopal, pero a tiempo se les paró el alto y se les hizo saber que el Comité llamaría a algún representante de la Liga siempre que lo creyera conveniente.

            Pero desde el momento en que la Liga se empeñó en la defensa armada, hicimos saber a sus directores que no podían contar con ningún apoyo moral o material de parte del Episcopado.

            Había varias quejas de que la amnistía comunicada por el señor Presidente a los Jefes de Armas no había sido obedecida, y que en muchos casos tanto los militares de la federación como las autoridades locales tomaron venganza de los que se habían levantado en armas, a pesar de haberse rendido; yo pasaba estas quejas al señor licenciado Canales y no podía hacer más.

            Con frecuencia por medio de los licenciados Noriega y Herrera Lazo le urgía al señor Canales el cumplimiento de lo ofrecido delante de él por el señor Presidente acerca de la devolución de los edificios necesarios para los Párrocos y Obispos, y el señor Canales alguna vez contestó a estos dos señores licenciados que el señor Presidente no sabía lo que había ofrecido, pues era casi imposible desocupar los edificios que ya estaban al servicio de la federación o de los gobiernos de los estados.

            Recuerdo perfectamente que al subir a la presidencia el señor Ortiz Rubio le pedí que cumpliera con lo ofrecido por el señor Portes Gil; me contestó que iba a tomar informes con él, y después de algún tiempo me contestó que el señor Portes Gil negaba rotundamente haber hecho ningún ofrecimiento de esa clase.

            El 29 de junio se reanudó el culto en la Basílica de Guadalupe y el Abad me convidó para ir a celebrar la Misa a eso de las 8 de la mañana; me encontré que había habido multitud de Misas antes de la mía y la iglesia estaba repleta de fieles.

            Después de la Misa y Comunión me suplicó el Abad que trasladara el Sagrado Depósito del altar mayor, donde yo había consagrado un gran copón, a la Capilla del Santísimo, en forma procesional; así lo hice, y durante la procesión conmovía el oír los gritos de los fieles, vivas a la Santísima Virgen de Guadalupe y alabanzas y jaculatorias que cantaban en voz alta; durante la procesión mucha gente lanzaba toda clase de flores y rosas hacia el copón, que yo llevaba cubierto con el velo de hombros; se me formó un montón de rosas entre el copón y el pecho, y muchísimas de esas rosas me golpeaban en la cara. Una mujer del pueblo no pudo resistir su emoción y llevando yo el Santísimo se me echó encima, me abrazó y me besó la cara; otras muchas se arrodillaban frente a mí y me abrazaban las piernas, de manera que no podía yo caminar; al pasar por la puerta principal de la Basílica, el señor Abad me suplicó que desde ahí diera la bendición a la ciudad de México y a toda la Nación con el Santísimo que llevaba en mis manos; así lo hice, en medio de un gran silencio, y recuerdo que un hombre del pueblo con voz muy poderosa, a la hora de esa bendición, gritó con toda su fuerza: “concédenos, Señor, ser lo que debemos”. A mí me pareció que era la oración más hermosa que podía hacerse en aquellos momentos.

            El General Gorostieta, que actuaba como Jefe de los rebeldes o levantados en armas, exigía en un manifiesto publicado cuando se supo que íbamos a celebrar conferencias con el Presidente para reanudar el culto, que no hubiera ningún arreglo sin que intervinieran representantes de los levantados en armas.

            Ni yo ni nadie que yo sepa, obligó o pidió o aconsejó a los levantados en armas que se rindieran.

            Sin duda viendo ellos que los arreglos no habían sido sino un modus vivendi pudieron haber continuado su lucha hasta conseguir la completa libertad por la cual peleaban.

            Yo entiendo que los levantados en armas vieron que caería el ánimo con el culto reanudado y por eso cedieron.

            Durante la lucha armada, la Iglesia se limitó a decir que esa lucha era lícita; pero fuera de dos Obispos contrarios enteramente a la defensa armada y otros tres partidarios abiertos de la misma, los demás mantuviéronse fieles a la línea marcada por el Comité, a saber, que el Episcopado no debía cooperar a la defensa armada ni moral ni materialmente.

            Cuando la Liga preguntó al Comité si sería lícito recurrir a las armas, el señor Arzobispo de Guadalajara, don Francisco Orozco y Jiménez, mandó expresamente a México al señor José Garibi para que informara al Comité que el señor Orozco por ningún título era partidario de la defensa armada.

            Poco después de que estalló la dicha defensa armada, el señor Tejeda, por conducto del señor Díaz, Obispo de Tabasco, quería traer a la ciudad de México al señor Arzobispo Orozco, sin duda con el fin de arraigarlo en dicha ciudad; el señor Orozco, al recibir la carta del señor Obispo Díaz, huyó de Guadalajara sin decir a dónde iba, pero dejó una hoja impresa para que circulara entre sus feligreses, la cual decía en sustancia: que no teniendo él ningunos asuntos pendientes con el gobierno de México, no se creía obligado a obedecer a la cita del señor Tejeda, y añadía que prohibía terminantemente a sus fieles el recurrir a las armas para defender sus derechos religiosos violados por las leyes.

            El día de la firma de los arreglos, es decir, el 21 de junio de 1929, el señor Presidente me dijo antes de firmar: “Tengo que pedir a usted una cosa, y es que no vuelvan de pronto al país los señores Arzobispo Orozco de Guadalajara, a quien él creía ausente, el señor Arzobispo González de Durango, y el señor Manríquez, Obispo de Huejutla; yo le contesté: que si esa petición era una condición para firmar los arreglos, no podría yo firmar de ninguna manera, porque esas condiciones tendrían que ser aceptadas por el Santo Padre; él contesto que de ninguna manera era una condición sino una indicación que él hacía, basada en la buena voluntad mutua que nos habíamos prometido. Entonces le contesté que no tendría yo inconveniente en pedir al señor Arzobispo de Durango y Obispo de Huejutla que aguardaran un poco fuera del país y que en cuanto al señor Orozco, quien se encontraba en su Diócesis, yo lo llamaría para que personalmente explicara su conducta.

            Y le añadí: “voy a decirle a usted lo mismísimo que él dirá al presentarse ante usted, a saber que fue enemigo de la defensa armada desde el principio, que si huyó de Guadalajara fue porque él consideró una arbitrariedad del señor Tejeda que trataba de arraigarlo en México, y que al salir de la capital de su Diócesis prohibió a sus fieles tomar parte en la defensa armada”.

            El señor Presidente quedó conforme y firmamos.

            Llamé enseguida al señor Arzobispo Orozco, el cual llegó a México en los últimos días de junio; pedimos la audiencia al señor Presidente y lo acompañamos el señor Obispo Díaz y yo.

            El señor Orozco, algo nervioso, expuso lo mismo que yo había dicho, y el señor Presidente le contestó más o menos estas palabras: “Puedo yo estar convencido personalmente de su conducta, pero ¿quién le quita a usted esa aureola de General que amigos y enemigos le han creado? Se me ha dicho que los obispos quieren cooperar a la paz y en estos momentos la paz pública pide que usted se ausente del país por una temporada. El señor Orozco le dijo: “Entonces me destierra usted”, “No es destierro” contestó el presidente, “es una ausencia voluntaria de parte de usted que yo pido en nombre de la paz pública, y en prueba de ello le digo a usted que nadie lo vigilará y que puede usted disponer del tiempo que le convenga e ir a donde guste”.

            El señor Orozco le contestó: “Está bien, saldré; pero Dios quiera que no se arrepientan algún día y me llamen precipitadamente”.

            En efecto, el señor Orozco se quedó en México casi un mes antes de salir para los Estados Unidos.

            A los pocos días de haber llegado a México, el señor Orozco fue a celebrar a la Basílica de Guadalupe, y el pueblo conmovido comenzó a vitorearlo y a gritar “¡Viva Cristo Rey!”, “¡Viva el Arzobispo Orozco!”, etcétera.

            Yo sí creo que el señor Arzobispo de Guadalajara era leal a las normas dadas para no mezclarnos en la lucha armada, pero al mismo tiempo creo que no dejaba de alabarla y poner en ella alguna esperanza. De todos modos sí había cierta aureola de la que hablaba el señor Presidente Portes Gil.

 

7.    Reclamaciones al Gobierno mexicano

 

Frecuentemente insistía yo por conducto de los señores licenciados Noriega y Herrera Lazo para que el licenciado Canales consiguiera del señor Presidente el cumplimiento de lo ofrecido respecto a la devolución de las casas curales y episcopales, pero sin ningún resultado. Directamente acudí varias veces al señor Presidente Portes Gil para que permitiera volver a la República a los tres Prelados: el de Guadalajara, el de Durango y el de Huejutla, y tampoco conseguí sino ofrecimientos para más tarde.

            Apenas aliviado del atentado que sufrió el señor Ortiz Rubio el día de la toma de posesión de la Presidencia, le pedí una audiencia y me recibió en Chapultepec, y lo primero que le pedí fue la vuelta de los señores Obispos, cosa que concedió en seguida.

            Este señor, antes de tomar posesión de la Presidencia, hizo un viaje a los Estados Unidos, y preguntado en Washington de una manera formal por elementos oficiales cuál sería su política en materia religiosa, contestó que podría compendiarla en tres puntos:

I.- No suscitar nuevos problemas.

II.- Suavizar desde luego los problemas que ya había, y

III.- Procurar la reforma de las leyes antirreligiosas, añadiendo que esto último lo intentaría al año de estar en la Presidencia para poder preparar el terreno.

            Eso mismo que yo había sabido por conducto seguro de Washington me dijo a mí personalmente en nuestra entrevista de Chapultepec, primera y última que tuvimos.

            Yo no pude notar durante el primer año de su Presidencia en qué sentido suavizó el señor Ortiz Rubio la aspereza de los problemas creados por las leyes del señor Calles, pero sí dio muestras de que en vez de reformar las leyes existentes las empeoraba.

            Sucedió que en Diciembre de 1931, con motivo del cuarto centenario de las apariciones de María Santísima de Guadalupe, hubo solemnísimas fiestas en toda la República y principalmente en la Basílica. Esto disgustó sobremanera a los revolucionarios, y obligaron al Presidente a dar una nueva ley de cultos para la capital y el Distrito Federal, la que entre otras cosas fijaba el número de veinticinco sacerdotes y veinticinco templos para más de un millón de habitantes; pero lo más triste fue la explicación que de esa ley dio el señor Ortiz Rubio en el Congreso, precisamente la víspera de que lo desterrara el señor Gral. Calles.

            Dijo el señor Ortiz Rubio que el Partido Revolucionario no podía tolerar la provocación del clero en contra de las conquistas ya ganadas, y que por lo mismo a las demostraciones promovidas con ocasión de una leyenda convertida en religión, el gobierno se había visto obligado a responder con esa ley.

 

8.    Carta de Pío xi. Expulsión de Ruiz y Flores

 

En 1932, el Santo Padre, a fines del mes de septiembre, publicó una carta dirigida al Episcopado Mexicano, en la cual se quejaba de la falta de cumplimiento de lo que el gobierno había declarado y ofrecido en los arreglos; el señor Denegri, que era entonces el Ministro de México en Italia, comunicó el contenido de la carta al Presidente; éste se sintió muy ofendido por lo que el Santo Padre reclamaba y creyó que el Santo Padre empujaba al pueblo a la rebelión, por lo que hizo unas declaraciones en los periódicos, injuriosas al Papa. Yo, que sabía en substancia el contenido de dicha carta del Papa, contesté a las declaraciones del señor Presidente por la prensa, diciendo que sería gran sorpresa la que llevarían aun los enemigos de la Iglesia al conocer los términos de la carta del Santo Padre, quien, si era cierto que se quejaba y con toda justicia de la falta de cumplimiento por parte del gobierno de lo ofrecido en los arreglos, no aconsejaba al clero y fieles sino medios enteramente pacíficos para alcanzar remedio a la situación.

            Estas declaraciones llevaban fecha del 2 de octubre. El día 3 por la tarde, en sesión del Congreso, se acordó que al día siguiente a las diez de la mañana había de ir una comisión del Congreso ante el señor Presidente a asegurarle su incondicional adhesión en lo que había declarado y a pedirle que me expulsara de la Republica. Yo supe esto a eso de las ocho y media de la noche, por persona que estuvo oyendo lo que se resolvió en aquella sesión; me costó trabajo coger el sueño aquella noche, pero estaba yo muy resignado a cuanto pudiera suceder.

            Y en efecto, al día siguiente el señor Ministro de Gobernación, sin esperar a que la comisión del Congreso se presentara ante el señor Presidente, pues eran las cinco y media de la mañana, me mandó a dos agentes de Gobernación para decirme que me esperaba en el Ministerio; yo estaba aseándome; les mandé decir que esperaran y bajé diciéndoles: “tengan ustedes la bondad de decir al señor Ministro que a las 9 de la mañana me presentaré sin falta, pero si tienen ustedes temor de que yo me escape puede uno de ustedes quedar aquí de guardia mientras el otro va a dar mi recado”, y me contestaron que tenían orden de llevarme inmediatamente; les pregunté si me permitían irme a quitar la sotana y me dijeron que sí; subí, dejé la sotana, y como hacía bastante frío tomé mi sobretodo con mi breviario y fui con ellos en automóvil, que esperaba a la puerta, a Gobernación, en donde no había nadie; me acompañó mi Secretario, el señor José Anaya.

            A eso de las 7 llegó el señor Ministro, me hizo pasar a su despacho y me dijo que por orden del señor Presidente tendría que salir del territorio mexicano; me añadió que no valdrían protestas ni recursos. Le dije que estaba muy bien; añadió, “no tema usted, lo vamos a tratar con todo miramiento”, a lo que contesté: “muchas gracias“. Me preguntó a dónde quería ir, y le dije que a los Estados Unidos; preguntó por qué parte, y le dije, “pues por Laredo”; “entonces podrá usted tomar el tren inmediatamente”, “con mucho gusto. Como estoy, así me voy”, y entonces me dijo: “mientras llega la hora de salida no quiero que permanezca usted aquí, lo van a llevar a una casa de toda confianza, vaya usted sin temor”. Bajé por el ascensor y dos agentes de Gobernación me llevaron a la Colonia Obrera, cerca de Tlalpan, a una casa muy misteriosa. La rodeaba un jardín muy mal cuidado, y lo primero que se encontraba al entrar era un salón rodeado de piezas; cuidaba la casa un pobre hombre de muy mala traza, con la rodilla de los pantalones todos rasgados, pero de muy buen corazón. Entré a aquel salón, me senté en un rincón, saqué mi breviario y me puse a rezar, mientras los dos agentes de Gobernación se pusieron a jugar a la baraja en otro rincón.

            Vino a poco un muchacho que cuidaba la casa y me dijo: “¿No quiere usted leer El Nacional?”, y yo le dije: “Tráigalo”, y me encontré con que reproducía literalmente la carta del Papa, enviada por cable por el señor Denegri, cosa que según supe le costó al Gobierno ocho mil pesos, y me alegré de ver confirmado en la carta cuanto yo había dicho en mis declaraciones.

            Vino enseguida el mismo muchacho y me preguntó si quería desayunarme y le contesté que sí: me trajo de desayuno un plato de carnitas muy mantecosas, otro plato de frijoles y unas tortillas; me limité a tomar unos tacos de frijoles porque los sentí bastante buenos, y apenas acababa yo aquel desayuno cuando de Gobernación llegaron con una magnífica charola con café, leche y pan; tomé el café y devolví todo lo demás.

            Entonces el hombre me dijo: “oiga, deje a estos señores ahí jugando y véngase a un cuarto en donde podrá descansar”, y me metió a un cuarto en donde no había más que un diván, al estilo turco, con dos cojines y una silla; me invitaba el mozo a que me acostara en el diván, pero me limité a sentarme en la silla y prepararme para cuanto pudiera suceder.

            A poco entro el mozo con una copa de cognac y me dijo: “tome esto que le ha de servir de mucho”, yo probé apenas aquel cognac y lo dejé sobre el diván. A pocos minutos volvió el hombre, cogió la copa y la escondió debajo del diván y me dijo “ya están ahí por usted”; y, en efecto, había venido un coche con una valija que habían preparado en mi casa, y mi mozo; al verlo, le dije a los agentes que me acompañaban, “no tengo necesidad de llevar ningún mozo”, pero ellos me contestaron que querían que hubiera un testigo de cómo me iban a tratar.

            Me llevaron al campo de aviación de Balbuena, en donde ya tenían un aeroplano contratado para llevarme a Brownsville; había bastante gente en aquel lugar, y al montar yo en el aeroplano me preguntó un repórter que si tenía yo que declarar algo, y le contesté que sí, que era la primera vez que iba yo a volar en mi vida, me hice delante de todos la señal de la Cruz, y el piloto, que era un americano muy diestro porque había trabajado de piloto en la guerra europea, me dijo, “venga usted aquí a mi derecha porque éste es el mejor lugar”. Los dos agentes de Gobernación quedaron detrás de nosotros, del piloto y de mí, y al criado lo sentaron sobre las maletas en la cola del avión. Yo no sentí a qué hora se levantó el aparato, pues cuando menos pensé me asomé por la ventanilla y veía yo allá abajo muy lejos los caminos estrechos, las casitas muy chiquitas, y le pregunté al piloto “¿Ya vamos volando?” Y me dijo: “ya vamos a mil metros de altura”.

            Yo gocé lo indecible en aquel viaje, porque tenía que reflexionar que iba desterrado para sentirlo. A veces el aparato iba entre las nubes y no se veía nada para ninguna parte, a veces se levantaba sobre las nubes y éstas aparecían formando valles, montañas, picos muy elevados, y de cuando en cuando se descubrían unos claros que dejaban ver la tierra allá en lo más profundo; el aparato iba firmísimo y yo no sentía ninguna oscilación. A la tarde salimos de México y a las 3 llegábamos a Tampico, aterrizando en un campo de aviación de una compañía de petróleo, pues no querían que se dieran cuenta de mí; ahí uno de los agentes mandó un muchacho para que comprara algo de comer y nos trajo 5 tortas de pan, 5 botellas de cerveza y dos cajas de sardinas; yo abrí mi pan, lo llené de sardinas y lo comí con muchísimo apetito, y todo esto caminando porque se les hacía tarde para que llegáramos a Bronswille.

            Después de una hora de haber salido de Tampico, nos cogió un norte muy fuerte que hacía levantarse y clavarse el aparato; el piloto me dijo; “amárrese”, y con las cintas de cuero que había en el sillón las abroché para estar asegurado, pero no acababa de hacerlo cuando el piloto me dijo: “esto es imposible, tenemos que volver”, y sin decir más volteó el aparato y volvimos a Tampico, y todo fue tomar esa dirección y el aparato siguió firme sin moverse ya.

            Llegamos a Tampico todavía obscureciendo, aguardamos un rato a que acabara de obscurecer, llamaron un coche y me llevaron a un hotel en donde no había lugar, fuimos a otro hotel en donde encontramos lugar. Cené con muy buen apetito y dormí perfectamente; en cambio, los agentes de Gobernación con quienes habíamos quedado que a las 5 de la mañana continuaríamos el viaje en el avión hasta Bronswille, viendo que el norte arreciaba en vez de disminuir, pasaron toda la noche conferenciando con México y preguntando qué hacían conmigo, porque no era posible continuar en el avión hasta Brownsville. Ordenaron de México que se pusiera un tren especial de Tampico a Laredo, y a las 5 de la mañana montamos en aquel tren que no tenía más que la máquina y un carro de primera. Ahí me encontré con una guarnición de más de 40 soldados que me habían de acompañar hasta Laredo; el agente de Gobernación me explicó que esa guarnición iba a aprovechar la ida de ese tren vacío a Laredo, a donde tenía que cambiarse; los soldados se portaron admirablemente, hablaban en voz baja, para comer bajaban los dos agentes de Gobernación a comer en la fonda y a mí me traían mi comida al carro; en Monterrey no entró la maquina a la estación, sino que allá en el cambio, lejos de la estación, vino otra máquina para que continuáramos a Laredo.

            Llegamos a Laredo después de medianoche, pues en muchos lugares había habido inundaciones y tenía la máquina que ir muy despacio, con los rieles sostenidos por guacales de durmientes. Los agentes de Gobernación me dijeron: “qué lástima que lleguemos tan tarde, no podremos pasar al otro lado”; pero al llegar a la estación de Nuevo Laredo, un agente americano de Migración vino al tren a preguntar por mí y decirme que el puente estaba abierto para que yo pudiera pasar; en efecto, pasé sin dificultad ninguna y me dijeron que al día siguiente me presentara a las 9 en la Oficina de Migración, para arreglar mi entrada, y en cambio a los agentes de Gobernación les dijeron que no podían pasar y que tenían que volverse a Nuevo Laredo.

            Al día siguiente, a las 9, me dieron un permiso indefinido para permanecer en los Estados Unidos, y el Cónsul Americano quiso retratarse conmigo precisamente a medio puente internacional, a donde me llevó a hacer el juramento de costumbre.

            No faltaron quienes censuraron lo arreglos alegando que eran una verdadera claudicación, que el Episcopado había faltado a su palabra de no ceder mientras no se consiguiera el triunfo, que el Papa estaba mal informado, que el gobierno americano había traicionado a la Iglesia de México, sin que faltara quien llegara a decir que había connivencia entre la masonería y algunos de los Prelados.

            El Santo Padre, en su primera carta a los mexicanos después de los arreglos, quiso explicar minuciosamente éstos y demostrar que se había hecho bien.  

            Los de la Liga tenían al Papa perfectamente informado de sus puntos de vista, y a pesar de los arreglos no desistieron de intentar que el Papa los declarara nulos y autorizara a los católicos expresamente para continuar la lucha armada. Yo pude ver el texto de un cablegrama en que los de la Liga le pedían al Papa que desconfiara de los informes que yo daba, porque yo era demasiado partidario del gobierno.

            Algún tiempo después de los arreglos, los de la Liga enviaron a Roma al señor licenciado Palomar y Vizcarra, provisto de cuantos documentos creyeron ellos convenientes para su propósito. Este señor llegó a Roma, el Secretario de Estado le dijo que entregaría los documentos que llevaba y que ya lo examinarían y resolverían lo conveniente, y lo despidieron.

            Insistieron los de la Liga en conseguir que algún Obispo fuera a abogar por sus pretensiones, y sé que dos de ellos se negaron hasta que consiguieron que fuera el señor Obispo de Tacámbaro, don Leopoldo Lara, el cual se había mostrado muy partidario de la Liga.

            Este señor, a raíz de las leyes de Calles, publicó una Pastoral en términos demasiado duros, diciendo que el gobierno de Calles era un gobierno de facto; el Gral. Calles, indignado, lo consignó a los tribunales, éstos lo procesaron y el señor Obispo consiguió quedar libre bajo fianza. En uno de sus viajes a Morelia del Gral. Calles, supo esto y ordenó al juez que lo acusara de delito y que no le permitiera libertad bajo fianza, cosa que el agente del Ministerio no se atrevió a hacer.

            Por ese tiempo, un empleado público me informó que el Gral. Calles había girado por telégrafo orden a todos los juzgados para que no dieran entrada a ningún recurso de amparo relacionado con las leyes que él había dado.

            El señor Lara, desde Roma, escribió a los de la Liga, carta que yo vi, en la cual les decía: “no me vuelvan ustedes a hablar de defensa armada, porque si yo menciono tal cosa ante la Santa Sede, me cogen con dos palitos y me echan fuera de Roma”.

            Poco después de nuestros arreglos vino el Tratado de Letrán, que remedió la triste situación creada por el despojo sufrido por la Santa Sede de sus Estados temporales. Yo me permitía hacer ver a los que tenían dificultades sobre nuestros arreglos la analogía que existía entre éstos y los que el Papa Pío xi había arreglado con Mussolini.

            El Papa, desde 1870, juraba defender sus derechos sobre los Estados Pontificios, al ser electo Pontífice protestaba contra aquel despojo. Esto, que al principio fue un deber por la injusticia palpable que se había cometido y la esperanza que había de recobrar lo perdido, dejó de serlo cuando se vio que los males producidos por el dicidio [sic] entre la Santa Sede y el gobierno italiano eran irremediables, porque la esperanza de recobrar dichos Estados estaba perdida.

            Pío xi estudió el caso, consultó, oró muchísimo y se resolvió a firmar los Tratados de Letrán, en los cuales se salvaba el principio de la soberanía del Papa, por más que se perdían los Estados Pontificios.

            Yo me permitía hacer una comparación con el caso de México, haciendo ver [que] el fundamento principal de toda nuestra reprobación de las leyes estribaba en el desconocimiento absoluto de la Iglesia y de su Jerarquía. Una vez que ese reconocimiento se había logrado pudimos lícitamente reanudar el culto y, si se dijo que esto se haría de acuerdo con las leyes, estas quedaban en principio reprobadas por nuestras protestas y circulares y quedábamos obligados a seguir trabajando por su derogación de la que se hacía mención en las mismas declaraciones del señor Presidente Portes Gil.

            El señor Arzobispo de México don Pascual Díaz tuvo que sufrir muchísimo por parte de los señores de la Liga, como podrá verse en el libro publicado por el señor Alberto M. Carreño.[7]

            Poco a poco se fueron calmando los ánimos, y creo que la experiencia de doce años ha demostrado la prudencia y sabiduría con que el Papa procedió en el asunto.

            Yo no dudo que si el Papa hubiera puesto este negocio en manos más expertas, tal vez habría conseguido algo más, pero no creo que hubiese habido diplomático capaz de alcanzar del gobierno la derogación de sus leyes antirreligiosas.

            El Comité Episcopal se había formado en 1926, en previsión de lo que podría suceder, pues el Gobierno estaba arraigando en la capital a varios Obispos.

            Se creyó necesario que este Comité tuviera facultades ejecutivas para determinar en cada caso lo que conviniera mandar a los fieles, y así estuvo funcionando hasta 1929.

            Al reanudarse el culto, el Comité se disolvió, pues cada Obispo podía volver a su Diócesis y gobernarla por sí mismo.

            Al expulsarme en 1932, algunos señores Obispos se propusieron la conveniencia de restablecer el Comité, porque se temía que la persecución se recrudeciera. Pedimos su parecer desde San Antonio, Texas, a todos los Obispos por medio de un sacerdote de confianza, y pude darme cuenta de que todos estaban porque se restableciera el Comité, pero algunos creían que el señor Arzobispo de México, don Pascual Díaz, no era el indicado para Presidente del Comité por la atmósfera que le habían creado los señores de la Liga. A mí me pareció conveniente que dicho señor no fungiera de Presidente, más que nada por evitarle compromisos con el gobierno, pues que a la hora que el Comité ordenara o publicara cualquier cosa que al gobierno no le pareciera, iría en contra del Presidente.

            Por esto resolví nombrarme a mí mismo Presidente y nombrar Vicepresidente al señor Arzobispo de Oaxaca, Don José Othón Núñez, con dos consultores de los Obispos que estaban en México, de manera que los tres funcionaran en los asuntos ordinarios con toda libertad, consultaran con los demás Obispos en los asuntos más delicados, y pidieran la aprobación en los asuntos más graves.

            De esta resolución le daba yo cuenta al señor Arzobispo Díaz en términos algo velados en una carta dirigida a una señora de México que era de toda la confianza de ambos. Eso pasaba por el mes de octubre de 1933. El señor Portes Gil, entonces Procurador General de la República, violó mi correspondencia, no sé con qué autoridad, y quiso hacer un escándalo publicando copias fotostáticas de mis cartas interpretando todo lo del Comité Episcopal como si se tratara de una Junta Revolucionaria o conspiradora y sentenciándome, sin oírme para nada, a que si yo trataba de entrar a la República se me arrestara inmediatamente y se me consignara a la justicia federal.

            Y lo curioso era que me involucraba a mí con el señor Obispo de Huejutla en esa conspiración soñada por él.

            Cuando en 1937, al volver yo a México, se trató de que se revocara esa orden, se averiguó que nunca se había comunicado a ninguno de los lugares de entrada a la República.

 

9.    Últimos años en EUA y regreso a México        

 

A raíz de la elección del señor Roosevelt [1933], los Caballeros de Colón tuvieron una conferencia con él en la que le hablaron de los asuntos religiosos de México y de mí en particular. Mr. Roosevelt les ofreció que aprovecharía la primera oportunidad para declararse en favor de la libertad de conciencia, y así lo hizo al ir a inaugurar la Exposición de San Diego en California; y por lo que se refería a mí, Mr. Roosevelt les aseguró que el gobierno de México estaba seguro que yo conspiraba en los Estados Unidos en contra de él.

            Cuando se dio la ley de nacionalización de bienes el 26 de agosto de 1935, vi que era imposible la existencia en la República, y entonces, de acuerdo con los Obispos mexicanos, acudí al Episcopado Americano pidiéndoles su ayuda tanto para el seminario que convenía establecer en los Estados Unidos como para auxiliar a los sacerdotes y comunidades religiosas empobrecidas con la revolución.

            En la Junta de Obispos celebrada en Washington a fines de 1935 fue acogida favorablemente mi petición, y se nombró una comisión integrada por el señor Arzobispo de Baltimore, del señor Arzobispo de San Antonio, y del señor Obispo de Oklahoma, los tres muy amigos de México, encargados de colectar para esos objetos. Esta Comisión quería darle a esa colecta la mayor publicidad y una administración verdaderamente eficiente; los tres consiguieron de Mr. Smith que les cediera sin renta un despacho en el Empire Building en Nueva York; pidieron al Papa su bendición, quien contestó en términos los más expresivos y quiso ser el primer contribuyente.

            Comenzó a hablarse de esto en los periódicos y yo estoy seguro que el gobierno de México, por medio del de Washington, estorbó las actividades de esta Comisión, pues una oficina así y una colecta permanente con la propaganda que pensaba dársele era un reproche continuo a la tiranía del gobierno de México. El hecho fue que se le ordenó a los tres Obispos de la Comisión que suspendieran todo y que estudiaran el asunto y lo propusieran en la siguiente junta, esto es en noviembre del año siguiente, antes de dar principio a su ejecución.

            El Arzobispo de Baltimore renunció y en su lugar fue nombrado el señor Obispo de Erie, monseñor Cannon. Se redujo al auxilio únicamente en favor del seminario, haciéndose por una vez una colecta general en todas las diócesis de los Estado Unidos, colecta que produjo lo suficiente para comprar el edificio de Montezuma, que había sido un magnífico hotel, que se acondicionó y amuebló para servir de seminario, el cual se abrió con cerca de quinientos alumnos de las más diócesis de México. Por expresa disposición del Santo Padre, se confió ese seminario a la Compañía de Jesús, y los pocos años que lleva ha dado muy consoladores resultados.

            Poco después de los arreglos de 1929, el R. P. Félix Rougier me propuso un proyecto de abrir en Tlalpan un Seminario interdiocesano en favor de las diócesis más escasas de clero y de recursos; de acuerdo con los Obispos y la Santa Sede, quedó aprobada la idea, pero cuando trataba de dar principio a su ejecución vinieron amenazas de mayor persecución, y entonces se pensó en abrirlo en Castroville, cerca de San Antonio, Texas.

            Al formalizarse la apertura del seminario con ayuda de los Obispos de los Estados Unidos en favor de todas las diócesis de la República, algunos señores Obispos me escribieron a San Antonio diciéndome que a su juicio habría que preferir a los Padres Jesuitas para la dirección del mismo seminario, pues contaban con mayor personal para la dirección y estudios y habría mayor unidad en la formación del clero, puesto que varios se educaban con los jesuitas en el Colegio Pío Latino-Americano de Roma. Yo expuse todo esto a la Santa Sede, y el Santo Padre dispuso que los jesuitas fueran quienes se encargaran de la dirección y estudios del Seminario de Montezuma.

            En 1937 los Comités Americano y Mexicano en favor de Seminario de Montezuma celebramos una junta en San Antonio, Texas, el Comité Americano, formado por el señor Obispo Cannon, de Erie; del señor Drossaerts, de San Antonio; y Kelley de Oklahoma; y por parte del Episcopado Mexicano, yo como presidente y los señores Arzobispo Márquez, auxiliar de Puebla,[8] y Obispo Tritschler de San Luis Potosí. En esa junta convinimos en que el Episcopado Americano daría para el Seminario de Montezuma casa y muebles, y que además se comprometía a suplir todos los gastos que faltaran, pagando los Obispos mexicanos lo que buenamente pudieran por sus alumnos. Y así lo comunique a todos los Obispos mexicanos; los más enviaron alumnos al nuevo seminario que, al abrirse, contaba con cerca de quinientos alumnos.

            Al año siguiente tuvimos otra junta los dos Comités en San Antonio, y entonces nos hicieron ver los Obispos Americanos que era demasiado pesado para ellos suplir todo lo que faltaba de gastos en el Seminario, por lo que nos suplicaron que diéramos los Obispos mexicanos siquiera la mitad de los gastos y, hecho el cálculo, se vio que era necesario pagar cuando menos seis dólares por cada alumno.

            Se celebró la tercera junta en Montezuma y la cuarta en México, y gracias a la ayuda de los Obispos americanos se ha podido costear el Seminario durante estos cuatro años, con beneplácito de todos los Obispos, pues que los Padres jesuitas han puesto todo su esmero en la disciplina, instrucción, piedad e higiene de los alumnos.

            En febrero de 1937, el señor Arzobispo don Luis M. Martínez, auxiliar de Morelia, me fue a visitar a San Antonio, sin saber que en esos mismos días había yo recibido de Roma el aviso de que había sido nombrado Arzobispo de México. En San Antonio, pues, recibió esta noticia y, apenas tomó posesión de la Arquidiócesis de México, comenzó a trabajar porque se me abrieran las puertas para volver a la patria, y lo consiguió en los últimos días de noviembre de ese año, de suerte que yo pude salir de San Antonio en los primeros días de diciembre y llegar a México el 7 del mismo mes para consagrar al día siguiente, en la Basílica de Guadalupe, al señor Obispo de Tulancingo, don Miguel Miranda, y volví a Morelia sin anunciarme para evitar cualquier demostración y, gracias a Dios, desde entonces he podido estar en la ciudad de Morelia sin ser molestado para nada.

 

 



[1] Académica de la Universidad de Navarra, especialista en las relaciones entre el Estado y la Iglesia en México entre 1850 y 1925, en Historia de la Iglesia en América Latina 1493-2001 y en Historia de la Teología en América Latina entre 1493 y 2001. Su labor docente y su producción bibliográfica son muy ricas.

[2] Este Boletín agradece a la autora su interés para que su importante investigación se publique en estas páginas, como ya se hizo en el ejemplar correspondiente al mes de febrero del año en curso con un artículo de tema similar: “Los arreglos en la correspondencia privada y la obra de Alberto María Carreño (1929-1933). Una aproximación”.

[3] El nombre exacto del archivo es “Fideicomiso Archivos Plutarco Elias Calles y Fernando Torreblanca”. Su sede es la casa de Hortensia, la hija del Presidente Calles, en la Calle Guadalajara 104, de Ciudad de México.

[4] Sobre la protesta del episcopado y los acontecimientos en torno a la Constitución de 1917 puede consultarse Carmen-José Alejos Grau, Una historia olvidada e inolvidable. Carranza, constitución e Iglesia católica en México (1914-1919), México, unam-Instituto de Investigaciones Jurídicas, 2018. El link: https://biblio.juridicas.unam.mx/bjv/detalle-libro/5152-una-historia-olvidada-e-inolvidable-carranza-constitucion-e-iglesia-catolica-en-mexico-1914-1919

[5] Publicado en México por Ediciones Botas en 1941. Es posible que las notas de Ruiz y Flores fueran escritas con el fin de salir al paso a algunas afirmaciones que hizo Portes Gil en esta obra.

[6] Aparte del ya conocido libro de Jean Meyer, La Cristiada, conviene consultar Paolo Valvo, Pio xi e la Cristiada. Fede, guerra e diplomazia in Messico (1926-1929), Brescia, Morcelliana, 2016.

[7] Puede consultarse Carmen-José Alejos Grau, Los “arreglos” en la correspondencia privada y la obra de Alberto María Carreño (1929-1933). Una aproximación, en Miguel Carbonel y Óscar Cruz Barney (coord.), Historia y Constitución. Homenaje a José Luis Soberanes Fernández, t. iii, México, Instituto de Investigaciones Jurídicas-unam, 2015, pp. 1-18 (texto), 19-37 (documentos). Artículo reproducido en parte en el Boletín eclesiástico de la Arquidiócesis de Guadalajara del mes de febrero del año en curso.

[8] Aunque Márquez era Obispo auxiliar de Puebla, había sido nombrado Arzobispo titular de Bosporus. Una sede titular es una diócesis antigua de la que ya sólo existe su título; suele asignarse a un obispo auxiliar.



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