Documentos Diocesanos

Boletín Eclesiástico

2009
2010
2011
2012
2013
2014
2015
2016
2017
2018
2019
2020
2021
2022

Volver Atrás

Memorias de la esplendidísima coronación

de la milagrosa imagen de Nuestra Señora de Zapopan

4ª parte

Fray Luis del Refugio de Palacio[1]

 

Se da cuenta de la forma en que la guerra civil suspendió de forma dilatada

el proyecto de la coronación pontificia de la Virgen de Zapopan,

no obstante los avances que para ello se habían conseguido.[2]

 

 

v

 

Queda en la Recopilación[3] referido menudamente, aunque no con las ponderaciones y lamentos que era razón, el fin de los Colegios Apostólicos en México, al término de la II parte. Eso no obstante, aquí brevemente apunto que

 

casi a raíz de lo dicho, se decretó en Roma la desaparición supresión de los Colegios de Misiones, y Zapopan, en tal virtud, fue refundido en la provincia que en las de San Francisco de Zacatecas y Santiago de Jalisco nuevamente se formaba; aumentando con el más numeroso del referido nuestro Colegio y del de Guadalupe para acrecentarle vida y vigor en el socorro de estos otros religiosos, como expresara el General de la Orden [y yo referí].

El nuevo Comisario General que entró a regir, Muy Reverendo Padre Fray José María Bottaro, argentino, ya Definidor General (y actualmente meritísimo Arzobispo de Buenos Aires en la República Argentina)[4] al venir a estas partes, quiso morar en el convento de Zapopan, casa religiosa la más formal y recogida en su tiempo, y revivir y realizar el proyecto de coronación, en oyéndolo tratar.

 

Porque luego, al punto, dióse cabal cuenta de lo excepcional y singular del culto mariano-zapopano, de su grande importancia y significación y del empuje vigoroso que aún podía recibir efectuada la coronación. En las ordinarias recreaciones, o sea la conversación en comunidad, a que era asiduo en concurrir estando en casa, su tema preferido era lo de la Virgen Prelada, su historia, sus prodigios, sus festejos, sus visitas a la metrópoli, el entusiasmo que despierta… y algo vio. Prendóse, pues, y tomó la coronación por su cuenta, y no esperó mucho, pues apenas comenzaba su gobierno y luego reunió al Venerable Definitorio para ocuparse formalmente de ella con la eficacia y prontitud que sabía.

Vese aquí en la nueva organización de las provincias mexicanas, y en el nuevo ser de esta Casa de nuestra Señora, resucitado oficialmente el intento y labor de la canónica coronación.

Dice el acta relativa:

 

Acta Definitorial

 

En este Convento de María Santísima de Zapopan a… del año de mil novecientos nueve…

En el propio año ut supra y a quince del mismo mes [octubre] reunido y presidido el Reverendo y Venerable Definitorio, como en la precedente sesión, se acordó poner ya mano definitivamente en la solemnísima y canónica coronación de la Venerabilísima y Milagrosa Imagen de María Santísima Reina de los Cielos y Madre de Dios, bajo la advocación y título de la Expectación, Madre y Prelada de este santo Convento, Patrona de esta Villa, y de la ciudad de Guadalajara, que se venera y custodia en este nuestro Santuario.

Y comprometió todo el Definitorio en la Comisión formada por Nuestro Muy Reverendo Padre Comisario General Fray José María Bottaro, y los Reverendos Padres Consiliarios Fernández y Palacio, para todos los acuerdos y arreglos al efecto. De que doy fe, y se firmó para constancia, etcétera.

 

Fray José María Bottaro, Comisario General. Fray Juan Gallegos, consiliario. Fray Nicolás Fernández, consiliario. Fray Pedro de la E. Camacho. Fray Luis del Refugio de Palacio, consiliario secretario de del Definitorio.[5]

 

In continente, a otro día vinimos los expresados que integrábamos la comisión a la presencia del Señor Arzobispo, entonces el Licenciado don José de Jesús Ortiz (que santa gloria haya)[6] y nos recibió como solía, con aquella cortés caballerosidad que le caracterizaba, y con especial finura y amabilidad. Acogió la embajada gustoso, se declaró, como ya antes, activo cooperador; dijo necesitarse una historia, como bien sabíamos, para pedirla gustoso Su Señoría; allí mismo se me designó para formarla; pero, añadió el Prelado respetabilísimo, conocedor cabal de la situación actual de la ciudad, y aun de la nación, que creía conveniente y aun necesarísimo, según su parecer, el que todo se difiriese a causa de la llamada “crisis monetaria” que a toda la sociedad afligiera[7] y cuyos efectos aún se dejaban sentir; menos la formación de la historia que, entretanto, se podrá ir formando. Con lo cual nos despedimos.

La nueva situación, que tantos vaivenes trajo y nos hacía andar de aquí para allá, y de allá para acá, me retrajo de ponerme a pergeñar la historia pedida; mi espíritu ¡mucho menos podía entrar en calma!, hasta que independiente al movimiento, gozándola relativa, en la casa de Aránzazu, la comencé y breve le di fin a 16 de enero de 1911. Pero ya el Padre Bottaro era ido; la casa de Zapopan desamparada y exhausta, gobernada de precario, hoy por uno, mañana por otro, puede decirse todo había muerto, no sólo dormido, y faltaba quien estuviese abocado a iniciar, y más aún, quien estuviese capaz de imprimir movimiento y sostenerlo hasta llevarlo a cabo, ¿quién secundaba, quién coadyuvaba? Nuestras cosas, por todos respectos, iban pésimamente, y todo lo de la coronación a morir. Sólo Dios podía decir, como en el Evangelio de este día en que escribo: …non est mortua, sed dormit,[8] como era en efecto.

Sólo faltaba hacer la corona, pedir la coronación; pero a razón de esto se venía de golpe cuanto concurrir debía a un acto de tal solemnidad, y cuanto había de completar los festejos, regios de todo punto; que de no ser esto, mejor era no mover cosa.

La historia, aun aprobada y censurada, fue también a su rincón a dormir; vínose la avalancha de la revolución carrancista, aun la santa y preciada Imagen estuvo amenazada con la hoguera, milagro fue que se salvase, como todo queda cumplidamente referido al fin de la de la primera parte de la Recopilación.[9]

Y estábamos apenas repuestos de las primeras arremetidas y no vistos atropellos, cuando pasé de presidente a mi amada santa Casa de Zapopan, dediqué el precio de un cáliz, entregando algo de oro y los dibujos al conocido joyero don Paulino Sánchez, de esta ciudad de Guadalajara, para que fuere forjando poco a poco la corona, deseoso yo de enseñar siquiera el primer aro a las personas que principalmente se habían desprendido de sus alhajas con este fin, pero ni aun eso pude lograr.

Ya el Señor Obispo Portugal, principal fautor que debía haber sido de la coronación, había muerto;[10] pero antes, él mismo había puesto en manos del Padre Fernández un riquísimo pectoral con su cadena, todo de oro, y siete grandes esmeraldas, y diversas monedas de oro de buena ley, todo puesto en una caja china barnizada finamente con goma laca. Con los temores de la revolución habíala dado Fray Nicolás a su hermano que se la guardase. No poco trabajo me costó recobrarla y ahora mil veces me alegro de haberme portado exigente; pero hube de valerme de la respetabilidad del Señor don Ramón Garibay, hermano del suegro del depositario, y se resolvió éste, por fin, a extraer lo de la Virgen y mandármelo entregar con Fray Nicolás.

Montaba (en tiempo que recogió el intruso gobierno todo el dinero y circulaban inmundos papeles[11]) una grande cantidad, mas me dije: “en este espejo no se verán” y por mi mano, moneda por moneda, eché todo el oro a la fundición, para que con el mismo, materialmente, que había con mis manos reunido y con sus sudores granjeado nuestro Fray José María Portugal, fino amante de nuestra divina Prelada de Zapopan, con ése se fabricara, llegado el tiempo, la insigne corona; y con ése traté de empezar, como dicho es. Fundió el oro el Hermano Terciario Eduardo Martínez, a la vez que muchas piezas también de oro de la catedral.

Había también fallecido don Manuel Corcuera,[12] había muerto el Ilustrísimo Señor Arzobispo Ortiz, separádose por completo de México el Reverendísimo Bottaro, y de la orden Fray Rafael Hernández, queridísimo compañero mío y de importantísima labor para el caso; habían muerto todos los antiguos padres zapopanos, dispersádose los muy pocos nuevos; quedábamos de la comisión solos Fray Nicolás y yo, lejos uno del otro, imposibilitados de todo y atadas las manos; en un ambiente político y civil todo revueltas, levantamientos, sangre, despojos sacrílegos, recelos y sobresaltos continuos, en fin: en mitad de un océano, sobre amargo, a punto y hora de la más borrascosa tempestad.

Desterrado, de más a más, el Arzobispo de esta Iglesia,[13] aborrecido y amenazado de muerte por las hordas demagógicas entronizadas en el gobierno: siendo que el Prelado y ningún otro había de pedir o recomendar por lo menos necesariamente las preces, y según estilo de Roma, a nadie sino al diocesano se confiaría: ¿quién hablaba, torno a decir, de la coronación?

Los esperanzados, pues, tenían que ponerse a esperar, y los desesperanzados a desesperar, y no había otro partido.

Y esto es cuanto toca a la primera parte: lo que parecía como frustrado o ciertamente por de pronto.



[1] Franciscano tapatío (1868-1941), compuso una copiosa bibliografía, inédita casi toda, con temas historiográficos relacionados con los Hermanos Menores.

[2] Paleografía: Aldo Mendoza Serrano.

[3] Renovada alusión al trabajo magno que a título personal se echó a cuestas su autor y que sigue inédito a la vuelta de más de un siglo, sin que nada impida su divulgación más allá de la voluntad de llevarla a cabo. A menos que se indique lo contrario, las notas al pie las agregó el editor.

[4] Fray José María Bottaro y Hers, ofm, (San Pedro Buenos Aires, 1859-Buenos Aires, 1935), hijo de inmigrantes gibralteños, llevó el nombre de pila de Rafael, que cambió el día de su toma de hábito (1881). Presbítero desde 1886, virtuoso, docto y disciplinado, fue maestro de novicios y de coristas, bibliotecario, guardián de varios conventos, profesor de filosofía, teología y derecho canónico, definidor, Ministro Provincial, Visitador General en Chile tres veces y dos en el Perú. Siendo definidor general en 1911, la Santa Sede le nombró Delegado General en México durante cuatro años y Delegado Apostólico ante el gobierno civil. Siendo provincial por tercera vez, Pío xi lo nombro v Arzobispo de Buenos Aires el 9 de octubre de 1926.

[5] Del Libro de Actas definitoriales, folio 6 vuelta, de esta mexicana provincia de los Santos Francisco y Santiago, del Orden de Frailes Menores de Nuestro Seráfico Padre San Francisco [N. del A.].

[6] Primer obispo de Chihuahua (1893) y tercer arzobispo de Guadalajara (1901), nació en Pátzcuaro (1849) y se graduó como abogado y ejerció esa profesión antes de ordenarse presbítero (1877) para el clero de Michoacán. Como obispo, se distinguió por su celo pastoral y su atención a los más vulnerables. En Guadalajara se ganó el mote de Padre de los Obreros. Promovió la acción social, la prensa y la educación. Participó en el Concilio Plenario Latinoamericano en Roma y encabezó el Primer Congreso Eucarístico Nacional y Segundo Obrero en su sede, donde murió el 19 de junio de 1912 a la edad de 62 años. Su primo hermano Pascual Ortiz Rubio será Presidente de México en 1930 a 1932.

[7] En efecto, aquí alude el cronista a las secuelas que padeció la economía mexicana luego del bienio 1907-1908, que tanto afectó el mundo y entre nosotros al sistema bancario mexicano, sobre todo luego de divulgarse los problemas graves del Banco Central Mexicano y lo que derivó de ello: reacciones de pánico, elevación de las tasas de interés, celeridad en los cobros y sequía de los créditos, todo lo cual produjo una deflación general y una disminución en la actividad económica, al grado que el periodo de crecimiento económico se detuvo al año siguiente y disminuyeron las exportaciones hasta en un 34%. Todo ello orilló al Secretario de Hacienda, José Yves Limantour, a destinar 25 millones de pesos del erario a la promoción de actividades agrícolas y de irrigación y a la reforma de la Ley General de Instituciones de Crédito. Cf. Gloria Delgado Historia de México, Vol. i, México, Pearson Educación, 2003, p. 574.

[8] “…no ha muerto, está dormida”. Mc. 5, 39

[9] El Plan de Guadalupe se lanzó el 23 de marzo de 1913.

[10] Murió en su sede episcopal de Aguascalientes el 27 de noviembre de 1912, a la edad de 74 años. Poco antes, el 19 de junio inmediato, había fallecido en la suya el Arzobispo de Guadalajara don José de Jesús Ortiz y Rodríguez.

[11] El pueblo apodó “bilimbiques” al papel moneda emitido por diferentes bandos de combatientes entre 1913 y 1916. Sin respaldo bancario, servía como medio para el comercio de mercancías en diferentes regiones del país.

[12] Juan Manuel Francisco Corcuera y Luna (Guadalajara, 1844), cónyuge de Concepción Palomar y García Sancho, murió en 1908.

[13] Se refiere al Siervo de Dios Francisco Orozco y Jiménez, (Zamora, 1864-Guadalajara, 1936), obispo que fue de Ciudad Real de Chiapas (1902) y de Guadalajara desde el 2 de diciembre de 1912, pero desde principios de 1914 fuera de su sede episcopal, a la que no retornará hasta 1918.





Aviso de privacidad | Condiciones Generales
Tels. 33 3614-5504, 33 3055-8000 Fax: 33 3658-2300
© 2022 Arquidiocesis de Guadalajara / Todos los derechos reservados.
Alfredo R. Plascencia 995, Chapultepec Country C.P. 44620 Guadalajara, Jal.
Powered by paxomnis