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Patria santa

José Ruiz Medrano[1]

 

La pieza oratoria que a continuación se trascribe la pronunció su autor en la Basílica del Tepeyac el 5 de octubre de 1945, en ocasión del L aniversario de la Coronación de Nuestra Señora de Guadalupe y en el marco de la Misa Pontifical de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara. Se reproduce ahora al cumplirse en este 2020 los 125 años

de esa efeméride.[2]

 

Ego vos genui.[3]

i ad Cor. 4, 15.

 

En la historia de las almas, lo mismo que en la historia de los pueblos, hay una hora en que pasa la gloria por el cenit; hora de alegría en plenitud, momento de inefable revelación, cuyo relámpago basta a iluminar todo el camino de la vida. Es la hora imprevista en que cada alma cada pueblo asciende a su Tabor:

Subieron una noche con Jesús a la montaña, tres discípulos –los escogidos– cargados de sueño y de fatiga. Mientras se perdían entre los abruptos senderos del monte, allá abajo quedaban dormidos los campos y los pueblos . . . Subieron a la soledad de la cumbre, y ahí, de improviso, los sobrecogió la hora sublime de la dicha; abrieron los ojos, y vieron… ¡la gloria del Hijo de Dios!: el humilde galileo estaba transfigurado: luminoso su cuerpo, como flor de luz contra las tinieblas de la noche; transparentes sus vestiduras, como girones de nieve flotando al viento; radiante su rostro, como cristal dejando traslucir el interno resplandor de la majestad de Dios…!

¡Pedro lo vio...! y transfigurada fue su alma y acrisolada su fe: entendió entonces que no era ni la carne ni la sangre quien había confesado por su boca al “Hijo de Dios vivo”, sino el Padre Celestial, cuya voz resonaba en la montaña, dando testimonio de “Su Hijo muy amado”. Y esta visión, y esta voz, impresa para siempre en la médula de su ser, fue suficiente a endulzar las tribulaciones del apostolado. ¡Cómo no! si él, ¡lo había visto! ¡Santiago lo vio!… ¡Ahí, en la hora de revelación, bebió su eterna alegría, la alegría que le hizo dar su sangre- el primero de los apóstoles- por el nombre del Hijo de Dios!

¡Lo vio Juan, “el amado”...! ¡y la gloria del Tabor le encendió el amor! Ahí aprendió la palabra de fuego, que dejó grabada años después en su Evangelio: Vidimus gloriam eius; gloriam quasi Unigeniti a Patre… Plenum gratiae et veritatis: ¡Hemos visto su gloria, la del Unigénito del Padre, le vimos grávido de gracia y de verdad...!

            En la hora fugaz del Tabor. Pedro acrisoló su fe, Santiago aprestó su sangre, Juan erigió la llama de su amor: ¡Tanto puede un momento de gloria...!

Hace cuatro siglos que “Juan” vio la gloria de Dios en esta montaña que pisamos. En la hora más imprevista, lo sobrecogió la dicha celeste: abrió los ojos, y vio… ¡a la Madre de Dios transfigurada...! Transfigurada en… ¡mexicana!... Y oyó la voz misteriosa, que daba testimonio de “su hijo muy amado”… ¡Y esta roca trocó en paraíso… y el alma de Juan se transfiguró, y acrisoló su fe, como Pedro, y aprestó su sangre, como Santiago, y levantó la llama de un amor eterno, como Juan el evangelista! La divina revelación iluminó los días de su vida… y la muerte le fue dulce, porque… ¡había visto la gloria de Dios…!

Hace cuatro siglos murió el indio… murió su frágil cuerpecillo de indio, pero…su corazón, el que vio la gloria, el que oyó la inefable palabra, no ha muerto todavía… ¡aquí esta…! Y ahora de nuevo sube a la montaña, a renovar la alegría de su Tabor, ¡a abrir los ojos para ver la gloria de Dios!

Mejicanos de mi generación: ¡ésta es la hora del cenit de nuestra vida, la que nunca se volverá a repetir en la tierra! Subamos a la montaña dejando allá abajo el mundo tumultuoso de nuestros afanes y tristezas… Subamos despojados del vano lenguaje que hablan los hombres… vamos sencillos como el indio… vamos desnudos como los niños, ¡temblando de amor y buscando el regazo de la Madre! ¡Ahí está en la cumbre, transfigurada …!

¡Subamos! ¡Ah! Pero no iremos sólo nosotros… van también dos millones y medio de mejicanos que, en esta hora de Tabor, acuden en espíritu desde lejanas tierras: aquellos que, al partir nosotros, nos dieron sus ojos, para que pudiesen ver lo que nosotros vemos: los que nos entregaron el corazón ¡para que lo subiésemos a la cumbre y lo asomáramos a la gloria de la montaña...!

¡Ahí está María! Al verse ceñida de sus hijos, no puede contener el cántico de la montaña de Judea: Magnificat anima mea Domino... ¡Glorifica mi alma al Señor…! ¡Mi espíritu se inunda de gozo...! Porque miró la humildad de su sierva: ¡Bienaventurada me llamarán todas las generaciones, porque el Señor hizo en mí cosas grandes y maravillosas! Es María transformada en la gloria de la maternidad… ¡Qué digo! Cristianos, ¡ahí está la Patria transfigurada…! Sí, en esta hora, la Patria clama por boca de María: Magnificat anima mea… ¡mi espíritu se inunda de gozo! Miró la humildad de su sierva: ¡bienaventurada me llamarán todas las naciones, porque el Señor hizo en mí cosas grandes y maravillosas!

 

***

 

Señora: aquí está de nuevo Juan Diego; viene de lejos, de aquella región de la Patria en que se te ama a fuerza de sangre. Te trae la historia de medio siglo; viene a darte cuenta del encargo que le hiciste de fabricar un templo: ¡no sólo el de oro y mármoles, sino el templo de fe, de sangre y amor! Escucha, Señora, el humilde cantar que le tiembla en los labios: un cantar de milagros y rosas... Impetra para él la gracia de entender que nuestro pueblo es el prodigio perenne de tu amor.

 

***

E1 himno a la Patria Mejicana debe ser cantado aquí, en este lugar augusto y sagrado; porque para nosotros, la Patria es santa. Nada en ella hay de profano: cantarla es cantar al Señor.

No sospechó nuestro poeta el hondo sentido teológico de su verso: “la Patria es impecable y diamantina”; si los otros pueblos pueden en verdad decir que la patria es grande, augusta, maravillosa, es privilegio nuestro el llamarla Sagrada. Tiene algo que sólo nosotros podemos entender: su sentido divino… Algo que la tiene unida a Dios con vínculos únicos, algo excelso que la introduce en el orden de la gracia, algo que la constituye perennemente en estado de caridad y de amor.

Yo pienso que el mejor elogio de gratitud a esa Madre que nos oye es venir a cantar aquí y ahora lo que nunca volverá a cantar: ¡La Patria es divina…! No temáis que abuse de esta palabra irreverentemente. La Patria es divina por su origen, por su milagrosa conservación y por su destino.

i

 

Todo lo que nace de María es divino. Méjico nació de María… Quod nascetur ex te sanctum, vocabitur Filius Dei: “Lo que de ti nacerá será llamado Hijo de Dios”, dijo el ángel a María; hablaba de Cristo Redentor, pero no sólo de Él. No; que todo lo que nace de María es llamado “hijo de Dios”. María es madre no por la fecundidad humana –que ella es virgen, “la Virgen” – sino por la única fecundidad que el Padre Celestial le comunicó por obra del Espíritu Santo, y esta fecundidad es divina. María no puede tener hijos sino por divina fecundidad.

            Bien sé que, además de la maternidad del Verbo, María tiene la maternidad de los hombres; pero esta maternidad es también divina… Más claro: en María no hay dos maternidades, sino una sola con dos términos: el Verbo humanado y los hombres… Y es madre de los hombres en cuanto los hombres “se divinizan” por la gracia, en cuanto se hacen una sola cosa con Cristo, como los sarmientos con la vid. Y no sé, oh cristianos, cuál es mayor milagro, si darle la vida humana a Dios, o darles a los hombres la vida divina.

            Pero… la Patria nació de María… Esto no nos lo enseñan los padres ni los teólogos, es Ella misma, la Madre de Jesús, sin símbolos ni profetas, la que nos lo dijo; con palabras tan claras que no hay necesidad de interpretaciones; con palabras tan celestiales y amorosas, que sólo Cristo pudo pronunciarlas iguales, en aquella noche tempestuosa de amor y muerte, en que vertió su corazón: ¡Hijitos míos! María vino a repetirlas a esta colina: ¡hijito mío, a quien amo como a tierno y delicado!

            La madre de Dios no podía decir sino la verdad: Méjico es su hijito; pero no lo fuera si no fuese en cierto modo divino, si no tuviese un don divino de gracia que lo hiciera digno del nombre de hijo: una gracia del Redentor, concedida no sólo a los individuos, sino especialmente concedida a eso único que es la Patria. Una gracia que venía del corazón inmolado de Cristo en el Calvario. ¡Qué digo…! de las profundidades de la divinidad, desde que el Verbo es engendrado por el Padre, desde que el Verbo oye la inefable palabra: tú eres mi hijo, hoy te engendré… Dios amó a la Patria desde la eternidad, desde entonces fue concebida en el amor… y nacida en el tiempo en la colina del Tepeyac.

            Es cierto que todo lo que Dios ama lo ama desde la eternidad, pero no ama a todos con predilección e igual ternura, ni a todas las almas, ni en todos obra sus maravillas… ¿Es Méjico la nación predilecta...? Tal vez los extranjeros piensen ser esta convicción un inaudito orgullo. Tal vez… Pero si esto no es así, hay que borrar las palabras del Pontífice: “non fecit taliter omni nationi, ¡no hizo cosa igual con ninguna otra nación”; si esto no es así, hay que borrar de los labios de María su inefable palabra, jamás dicha a ningún otro pueblo de la tierra. Pero esto es difícil, porque las palabras de la Madre de Dios no pueden pasar…

 

***

Méjico nació de María y, como todo lo que nace de María es engendrado de un modo parecido a la generación de Jesús, nuestra Patria fue engendrada virginalmente. Otros pueblos han nacido por obra de varón: por unidad de raza, de lengua, de costumbres; ha habido algo humano que dio unidad a la Patria, que le pudo constituir en su ser, sin necesidad de un milagro del cielo.

            No así Méjico, que no nació por obra de varón: ¿qué poder humano podría haberle dado la unidad y el ser? nadie puede formar patria de unas tribus decadentes y disgregadas y antagónicas. ¿Qué patria puede surgir donde no hay ni unidad de sangre, ni de lengua, ni de ideal, ni de amor...? Lo intentaron los conquistadores, pero no pudieron; que nunca la espada engendra amor. Lo intentaron nuestros santísimos misioneros… pero el suyo no era poder milagroso. Muchos “pedagogos” tuvo nuestro pueblo, a quienes debe eterna gratitud, pero sólo una madre: Ego vos genui. Y, cuando el mundo comprendió la impotencia de los hombres, María Virgen, por obra del Espíritu Santo, dio a luz un hijo pequeñito y delicado: ¡¡Patria, eres virginal y divina!!

ii

 

Si México es divino por su origen de predilección, no lo es menos por su milagrosa conservación. Porque nuestro pueblo es “pequeñito y delicado”, y lo pequeñito y delicado fácilmente sucumbe a las fuerzas de lo que es poderoso. Lo que constituye la criatura de María, lo medular de la Patria, no es tanto nuestro ubérrimo suelo, ni nuestras egregias ciudades, ni nuestra civilización; no, lo íntimo, lo esencial es algo sutil e impalpable y al propio tiempo fuerte y diamantino: la unidad espiritual de ideal y de amor. En los demás pueblos el ideal común es de grandeza, de poderío, de progreso, en fin, realidades que se ven y se palpan. En este pueblo, el ideal único, el pensamiento común, es algo divino: la fe. Disentimos en política, en filosofía, en ciencias, en costumbres, hasta en idiomas, pero lo que nos une a 19 millones y tres cuartos de los 20 que habitan esta tierra, es la fe de Cristo. El único amor profundo que nos ata es el sentirnos hijos de una misma Madre. Si la fe no nos uniera, si la caridad no nos atara, Méjico dejaría de tener alma. Sería una nación de tantas, sin grandeza ante los hombres ni ante Dios.

            Pero esa fe, ese amor divino –la creatura pequeñita– se conserva por milagro, y se conserva con tal vigor que es la admiración de todos los pueblos. Esto lo he oído de varios Excelentísimos Señores Obispos extranjeros venidos para estas festividades. Sobre ella se han abatido brutalmente todos los poderes del mundo, y no parece sino que nuestra tierra sea escogida para librar la más enconada batalla las fuerzas de Dios y de satán. ¡Es natural! Aquí está el hijo predilecto de aquella Mujer que sería acechada por la serpiente. ¡Es natural! Méjico ha sido puesto como signo de contradicción. Y eterna contradicción es nuestra historia.

            Apenas salida de la adolescencia, la Patria fue lanzada a los más terribles combates. Casi niña, supo resistir los asaltos encarnizados de los grandes poderes anticristianos –casi todos extranjeros–. En 1822 vino aquel hombre nefasto a traernos el virus desintegrador de la masonería. Sedujo incautos y fatuos. Su labor ha menguado, pero no cesado. Vino el liberalismo, predicándonos el “progreso”, la “libertad de conciencia” (de que jamás nos dejaría disfrutar); nos excitó          a sacudir “el ominoso yugo de la fe” y del “fanatismo”… y prosperó y se revistió    de autoridad y fuerza, y despojó de sus bienes temporales a la Iglesia –como si ella no viviera de los eternos–; y expulsó sacerdotes y disgregó y vejó comunidades religiosas, prohibiendo –con derecho divino, claro está– el voto con que las almas se consagran a Dios… Y dimos al mundo el inédito espectáculo, la escandalosa contradicción de un pueblo totalmente católico y fervoroso, regido por leyes no liberales sino ateas. Y fue el tiempo en que la Patria empezó a llevar máscara… la grotesca máscara que pretende disfrazar lo que somos: ¡fervorosamente cristianos! ¡La máscara por la que nos juzgan las naciones extranjeras…! Pero la verdad, algún día la resquebrajará y conocerán al indio del Tepeyac… Entonces empezó aquella especie de hombres que aparentando ser irreligiosos avanzados, y hasta perseguidores, a la hora de la muerte arrojaban el disfraz y pedían confesión y besaban la imagen de su Madre…

            Siguió su fugaz y engañosa tregua. Hace cincuenta años, México estuvo aquí para coronar a la Madre con el mismo amor con que la vio aparecer hace cuatro siglos. Augurábanse nuestros padres una época de paz y prosperidad; pero en vano; la semilla estaba sembrada y no podía sino fructificar. Siguió pujante la labor antirreligiosa. Fueron a Europa hombres que ingenuamente se autollamaron intelectuales y cultos; iban a aprender impiedad y volvían ufanos, trayéndonos nuevos venenos: el desecho ya preterido en Europa: ¡el positivismo! Se impuso a la fuerza. Una generación de estudiosos se nutrió en él hasta que la desilusión les volvió el seso. ¡Y nació la Escuela Laica, dignísima progenitora de la Escuela Atea, de la Educación Sexual, del “Concepto Racional del Universo” y de otros productos no menos ingeniosos y admirables!

            Cristianos, ¿qué no se ha hecho por destruir la fe? ¿Qué no se ha ensayado para disgregar la médula de la Patria? Francia y Alemania nos enviaron el Materialismo. Rusia el Comunismo, el Norte el protestantismo… ¡Y todos con manos libres, y todos poderosos, y todos contradictorios, concordes únicamente en corroer esa fe, ese amor, esa unidad, que es la creatura pequeñita y delicada de María…!

            Con menores enemigos sucumbieron naciones fuertes y adultas; sólo el pequeñito sigue viviendo… ¡Poder divino!

 

***

 

Como si la dicha no fuera suficiente, la lucha alcanzó el vértice de la sangre. Empezó el glorioso calvario de Juan Diego.

            Y nos preguntamos: ¿cómo es posible, si María es la Madre que nos ama con ternura infinita, que Ella permitiera el martirio de su hijo? Yo os vengo a responder que María no permitió ese calvario ¡María lo quiso, lo anheló precisamente porque somos sus predilectos, precisamente porque Ella es Madre…! Cristo llamó a María madre de los hombres en el Calvario: “Mujer, he ahí a tu hijo”. Pero en realidad, ¿qué significa que María es Madre?

            Si María es Madre, tiene que engendrar hijos en el orden de la Redención. Es decir, hacer hijos de Dios a los hombres. Pues para hacerlos hijos de Dios, no hay sino un camino: redimirlos. Para redimirnos, no le basta a María haber sufrido horrendos dolores; al mismo Cristo no le hubiera bastado sufrir y morir… era preciso que Jesús, con un acto de soberana libertad, aceptara, anhelara, amara su muerte, para merecer la Redención. El mundo más que por el dolor, fue redimido por el amor.

            María no llegó a ser corredentora del género humano sino cuando su voluntad se hizo una sola cosa con la voluntad de Jesús, amando la muerte. Hubo de amar la cruz: quiso que Cristo muriese. María lo entregó a la muerte. Puesta a elegir entre la muerte de su unigénito y la muerte eterna de los hombres, escogió la muerte de su hijo, sacrificó a Jesús. Hay que decir de María lo que la Escritura dice del Padre: sic enim dilexit mundum, ut filium suum unigenitum daret: “De tal modo amó a los hombres, que entregó a su hijo unigénito”.

            ¿Qué cómo permitió María el Calvario de Juan Diego? No lo permitió, lo quiso, porque el “hijito predilecto” ha de estar muy cerca del Unigénito, porque ha de participar de la divina vocación del martirio, para redimir… Y nuestro pueblo fue entregado a la muerte por los pecados de sus hermanos, y quizá, por los pecados de otras naciones… Y empezó –es tiempo de decirlo– la página gloriosa: las bocas de piedra de los antiguos ídolos soplaron sobre las rosas del Tepeyac rachas de tormenta, se irguió la serpiente a vomitar la muerte: y destrozó los venerandos cuerpos de 150 sacerdotes, y devoró millares de héroes… hasta que se hartó de sangre… Y en tanto, el pequeñito y delicado desafió cárceles y destierros y agonías y torturas… ¡Cristianos, el pequeñito y delicado nos dio el espectáculo de morir sonriendo con una rosa de balas en el pecho, y una rosa de amor en los labios...!

¡Vivimos lo mejor de nuestra historia! Nos hicimos dignos de estar al pie de la Cruz, para oír, como Juan, la voz de Jesús entregándonos a su Madre! Comprendimos entonces nuestra elección… Entendimos por qué Jesús tuvo doce apóstoles, pero fue a uno solo, Juan, a quien le entregó su Madre…

Comprendimos entonces el celeste regalo de esa tilma y quisimos conservarla, porque conservar esa tilma es conservar la Patria… Así es la Patria: un lienzo humilde y frágil que cualquiera creería poder romper, pero fuerte porque lleva la imagen del Cielo.

¡Ahí estarás, Madre, mientras Juan Diego te ame! Venid vosotros, los que hace más de cien años lucháis contra ella: ¡Probad a destruirla…! Traed si queréis la dinamita –ya lo hicisteis–; que suba la serpiente por esas gradas; que ascienda por ellas el matricida, hasta las plantas de la Madre… ¡Que estalle el fragor de vuestros odios: se sacudirán la rocas, temblará el sagrado recinto, se partirán las piedras, se doblegarán los hierros… pero el fuego levantará una lengua para lamer reverente el cristal de la tilma...! ¡Ah! ¡Aquí está el poder de Dios! ¡Aquí reina María, porque quiere y puede reinar! Es dulce y mansa… ¡pero también es brava como el águila que destroza a la serpiente…!

 

iii

 

La Patria es divina por su destino. Forjen los hombres el destino de otros pueblos: el nuestro ha sido forjado por Dios. Destino divino: Fuit homo missus a Deo cui nomen erat Ioannes. Hic venit ut testimonium perhiberet de lumine: fue enviado un hombre, cuyo nombre era Juan. Vino para dar testimonio de la Luz en este mundo de tinieblas, como faro de fe que ilumine a las naciones que naufragan.

Tiemblen las naciones ante lo incierto y oscuro del     porvenir. ¡Méjico no teme! ¡No puede temer! Atraviesa las tinieblas del tiempo con firme planta… Vedlo: ¡es Juan Diego que camina por la montaña! Mientras allá abajo se fraguan guerras y filosofías, y se crispa el mundo de horror y lágrimas, allá va el indio por la montaña, soñando… su divino destino que sólo él entiende; oyendo la inefable dulzura de las palabras “Hijito mío“; llevando la humilde tilma que pintó el Cielo, y, en ella, apretado contra su corazón, el manojo de rosas que le dio su Madre; y, para acrecentarlas, va recogiendo las nuevas rosas que brotan día a día del Tepeyac. Ya no sólo son rosas blancas… ¡son también rojas! …Va cantando… sus ojos se pierden en la visión divina, en el perpetuo Apocalipsis de su amor: la mujer vestida del sol, hollando la luna y coronada de estrellas…! Ve esa mujer que ahí está, que tiene las manos juntas… pero no completamente juntas, para que entre ellas quepa el corazón de la Patria…! Con los labios cerrados… pero no enteramente cerrados, porque todavía no acaba de pronunciar la palabra de maravilla… Ni los cerrará hasta que el pequeñito haya consumado su divina misión en la tierra.

 

***

Hemos cantado a la Patria en este lugar sacrosanto, donde la Providencia quiso como reproducir toda escena evangélica; porque aquí es Belén: aquí nació el hijo de María; aquí es Nazaret: nuestro hogar; aquí la montaña de Judá: donde proclama su divina maternidad; aquí la montaña de la Trasfiguración; aquí la montaña del Calvario donde nos entrega a su Madre; aquí el Cenáculo donde se derrama el amor.

¿Qué nos queda...? Recoged, oh cristianos, las voces de los que quedaron allá lejos. Recoged, Excelentísimos Señores, las voces de vuestros mil sacerdotes, la de los dos millones y medio de ovejas que apacentáis, para que resuenen con la palabra que todo lo dice, la palabra única que puede pagar la palabra de María: ¡Hijito…! ¡Madre…! ¡Tiembla mi voz porque en ella no puede caber el torrente de amor que viene fluyendo por montes y colinas de toda aquella región de la Patria... y quisiera desbordarse! Señora, te hablo en nombre de cinco diócesis, te hablo en nombre de medio siglo de historia, te hablo en nombre de los muertos; de aquel Obispo mártir que bien supo amarte; ¡en nombre de mucha sangre…! Permite que Juan Diego saque de su tilma esas rosas sangrientas: son nuestro regalo; que las levante ante ti, para que, al ser coronada de aquí a pocos días, tengas una nueva corona… Y por los que no fuimos dignos de las rosas rojas, que saque de más hondo, del corazón, la rosa que llevamos intacta… sólo para entregarla a ti.... que la mezcles con las otras rosas…

A cambio, nada te pedimos… ¡nos basta que no cierres tus labios para seguir oyendo la palabra que nos da la vida! Verás a Juan Diego seguir alegre por su sendero, desafiando tempestades, cantando su celestial destino, llevando su tilma y dando testimonios de la Luz y el Amor…



[1] Presbítero del clero de Guadalajara (1903-1967), fue un distinguido orador, docente y gestor de la cultura en la capital de Jalisco.

[2] Publicó este sermón la revista Ábside, vol. ix, núm. 4 (1945), pp. 367-379.

[3] Yo os engendré.





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