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La hora más dolorosa en la vida de Totatiche

Nicolás Valdés Huerta[1]

 

En el marco del primer centenario de la creación del Seminario Auxiliar

de Nuestra Señora de Guadalupe, en Totatiche, Jalisco,

se ofrece una estampa literaria redactada por uno de los hijos de ese plantel,

testigo de lo que aquí narra y quien honró a su terruño de muchas formas,

ente ellas la investigación histórica.[2]

 

 

Totatiche era, en 1927 un pueblo casi del todo feliz. Y lo había sido por completo, con la felicidad que es posible alcanzar en este mundo, a fines de 1924, año en que celebró, con júbilo desbordante, los veinticinco años de sacerdocio de su extraordinario párroco, el más ilustre de sus hijos, el señor cura don Cristóbal Magallanes, Siervo de Dios desde 1933.[3]

Poco antes de tan gran acontecimiento, el poeta coculense don Juan de Dios Rocha[4] visitó a Totatiche y, encantado, trazó la siguiente magnífica estampa:

 

De par en par abiertas – hallé las puertas – de un pueblo pintoresco y hospitalario – en donde se respira muy puro ambiente; – donde, bajo la sombra de su santuario, – se progresa y se vive cristianamente.

 

Al descender al valle, – se ve una calle – de casitas muy blancas, como palomas; – una graciosa torre, torre cristiana, – que, cuando el sol ya dora lejanas lomas, – la envuelven los albores de la mañana.

 

De pronto placentero – lo ve el viajero – que al caserío se llega por el oriente – entre frondas tan verdes cual esmeralda; – una vasta planicie mira a occidente – y, al sur, del Petacal se ve la falda.

 

Muestra como saludo – lo que es su escudo: – tres cruces en la loma que está a la entrada, – y que paz al viajero auguran; – luego una cuestecita bien pronunciada – y acequias a su vera, que paz murmuran.

 

Sus callecitas – se ven bonitas – por aseaditas, por empedradas, – por sus acequias y naranjales, – porque se miran alineadas – y de los vicios sin las señales.

 

Sus moradores, – trabajadores, – no forman grupos en las esquinas – y todos viven de sus pasares; – no hay el veneno de las cantinas – ni la ponzoña de los billares.

 

Pueblo escondido – que nunca ha oído – silbar la rauda locomotora; que no ha envidiado glorias mundanas; – pueblo cristiano que a Dios adora, – y canta y llora con sus campanas.

 

Verdes granados, – engalanados – con ricas flores rojo escarlata; tiestos cuajados de margaritas – y de otras flores de esencia grata, en sus humildes, limpias casitas.

 

La agricultura – y horticultura – dan vida al pueblo bueno y creyente, – su presa extiende los regadíos – con sus raudales de agua riente, rodeando al pueblo de sembradíos.

 

De penas lleno – llegué a tu seno, – pueblo benigno y hospitalario, – donde hallé luego franca acogida; – tú que, a la sombra de tu santuario, – tranquilo miras correr tu vida.

 

Que Dios aumente – tu fe, y creyente – veas el progreso pasar tus muros – con sus inventos y con sus galas, – sin que tus santos ideales puros – hacia otro rumbo tiendan sus alas.

 

Esto, más lo que no declaró el poeta: que Totatiche era un centro singular de cultura en amplísima zona formada por numerosos pueblos de Jalisco y Zacatecas, en razón del Seminario establecido a mediados de 1915, donde se llevaban no sólo los estudios clásicos, sino, por algún tiempo, los superiores de Filosofía y hasta de Teología, y fue la obra del Señor Cura Magallanes. Obra maravillosa si se tiene en cuenta que, al comenzar el siglo, la parroquia se hallaba en estado espiritual lamentable, semejante al que guardaba la parroquia de Ars, en Francia, al hacerse cargo de ella el santo párroco que inmortalizó su nombre.

Movido por el mismo Espíritu de Dios, el Padre Magallanes tuvo por misión, como el profeta Jeremías, “arrancar y destruir, asolar y demoler, edificar y plantar” (Jer 1, 10). Arrancado el mal y destruidos los vicios, edificó en las almas moradas de la Divinidad, y plantó las virtudes cristianas. Asolada y demolida la discordia sembrada por el Enemigo, plantó y consolidó la unión de los espíritus de los individuos, de las familias y, lo que es más, de las autoridades, de acuerdo con el principio cristiano, que siempre tenía a flor de labio: “Toda autoridad viene de Dios” (Rom 13, 1).

El reinado espiritual de Dios en la sociedad fue su preocupación dominante, pero no la única. Vocación tardía, es decir, llamado al seminario y al sacerdocio en edad ya adulta (casi veinte años), era un despierto conocedor de la realidad social, pues estaba dotado de un claro talento, cuando en el curso de sus estudios apareció la famosísima encíclica Rerum Novarum del luminoso Papa León xiii, que sacudió profundamente las estructuras económicas del mundo.

Por su candente actualidad, la Encíclica fue de inmediato texto obligado en el Seminario, y el espíritu recto y justiciero del seminarista Magallanes, cual sediento terreno preparado, la absorbió línea por línea, palabra por palabra, convirtiéndola desde entonces en brújula infalible de su acción social, obediente a la imperiosa consigna del mismo inmortal Pontífice: “Salir de las sacristías e ir al Pueblo”. En los veinte años de su función como párroco, pudo hacer de su parroquia, como en símbolo, un fruto temprano y prometedor del mundo recristianizado que soñó el gran León xiii.

Mas es ley inexorable de la Providencia que los más cercanos seguidores de Cristo mueran, como Él, en la cruz. En forma cruenta y, como Cristo, calumniados.[5] Así murió el Señor Cura Magallanes, juntamente con el angelical Padre Agustín Caloca: bajo el falso cargo de ser alborotador del pueblo, el mismo cargo calumnioso bajo el cual murió Nuestro Señor Jesucristo.

Y ello constituyó –huelga decirlo– la hora más dolorosa en la vida de Totatiche, que sólo quitará de su corazón el luto cuando vea al Señor Cura Magallanes y al Padre Caloca elevados al honor de los altares por la voz autorizada del Vicario de Cristo.[6]

 

Pbro. Nicolás Valdés

25 de mayo de 1977

Cincuentenario del sacrificio

 



[1] Originario de Totatiche, Jalisco (1907) y alumno de la preceptoría establecida por el párroco Cristóbal Magallanes en esa cabecera, militó en la resistencia activa católica entre 1926 y 29 y muchos años después retornó al plantel levítico, el Seminario Conciliar de Guadalajara. También fue huésped del Colegio Pío Latino Americano de Roma, y de la Universidad Gregoriana. Ordenado presbítero en 1942, tuvo por destinos ministeriales las parroquias de Nochistlán, Bolaños, Cocula y Lagos. Fue director espiritual en el Seminario Mayor de Guadalajara. Al lado de Aurelio Acevedo dio vida al periódico cristero David. Murió en 1982. Cf. Jesús Jiménez López, “Don Nicolás Valdés Huerta”, en Estudios Históricos, Guadalajara, núm. 23 y 24 (1982), pp 91-108.

[2] El autor compuso el texto en una hoja tamaño carta e impresa por las dos caras, en la fecha indicada al término del artículo, pero sin datos de la impresión. La ilustra un dibujo a pluma alzada de Rodolfo Caloca, donde se echa de ver la participación de Luis Sandoval Godoy.

[3] La fase diocesana de su causa de canonización la inició el hoy también Siervo de Dios Francisco Orozco y Jiménez, a la sazón arzobispo de Guadalajara.

[4] Profesor. En sus lances poéticos usaba el seudónimo Eduardo H. Jaconis.

[5] El teniente coronel Enrique Medina, jefe de plaza en Colotlán, exigió al general Francisco Goñi la entrega del Señor Cura Magallanes y del Padre Caloca, y, luego de ejecutarlos, lanzó un volante con el cargo calumnioso de que se hace mención, a la vez que injuriaba a la sociedad por el duelo que hizo [Nota del Autor].

[6] Este oráculo se cumplió la mañana del 24 de mayo del año jubilar 2000, en la Plaza Vaticana, cuando el Papa San Juan Pablo ii, ante ocho mil mexicanos, canonizó a veinticinco mártires de la persecución religiosa en México, encabezándolos San Cristóbal Magallanes.



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