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A Fernando Carlos Vevia Romero

Mónica Salazar Vevia

 

En el homenaje luctuoso que la Universidad de Guadalajara ofreció

la tarde del 1º de mayo en el Paraninfo de esa Casa de estudios,

representando a la familia Vevia Romero,

colaborador muy destacado que fue de este Boletín,

la autora de este texto compartió este íntimo mensaje[1]

 

Buenas tardes a todos

 

En primer lugar me gustaría dar las gracias a los organizadores de este acto de homenaje a mi tío, el Doctor Fernando Carlos Vevia Romero, y a todos los asistentes por su presencia hoy aquí. Para nosotros es muy importante.

En realidad, no tengo palabras para agradecer la amabilidad de todas las personas que he encontrado en este maravilloso país. Son tantos, y tan extraordinarios, que es imposible nombrarlos a todos. Agradezco especialmente al Padre Tomás de Híjar, Sandra, Rocío, Lulú…

Imagino que mi tío vivió esa misma experiencia al llegar por primera vez a Guadalajara el 31 de diciembre de 1973 cuando toda la familia de su esposa Irma Martínez le aguardaba para celebrar el cambio de año.

Mi tío siempre estuvo muy agradecido a México, a los mexicanos en general y muy especialmente a su familia mexicana, que siempre le hicieron sentirse como un miembro más de una gran familia.

Sus metas profesionales también se vieron colmadas. La insigne Universidad de Guadalajara le brindó la oportunidad de desarrollar una amplia trayectoria como maestro, investigador y traductor.

Como representante de su familia mexicana, española y alemana (nuestras reuniones familiares parecían las de Naciones Unidas) no me equivoco al decir que mi tío Carlos siempre ha permanecido cerca de nosotros a pesar de la distancia.

Pienso en el bello amor fraternal que dispensaba a sus hermanos, en especial a sus hermanas gemelas, Paloma e Isabel. De hecho, él era el único capaz de distinguirlas. Yo tardé mucho en lograr diferenciar a mi madre de mi tía.

Mi querido tío ha recibido siempre la admiración y el respeto de toda nuestra familia por su erudición y su prolífica carrera al tiempo que se ganó nuestro cariño más profundo con su generosidad, su bondad y su increíble y sutil sentido del humor acorde con su brillante intelecto. Se distinguía también por su discreción y respeto hacia los demás.

Nos separaba un océano, por ello, vernos siempre era motivo de alegría. Ansiábamos que viniera acompañado de nuestra dulce y querida tía Irma, su gran compañera de vida. Un gran hombre solo puede elegir una gran mujer y viceversa.

Nos sentábamos como chiquillos a escuchar sus relatos y vivencias de tierras lejanas. Como aquella vez que viajó a Manzanillo, Colima y se enamoró de cuatro cosas: el Pacífico, el volcán de Colima, los plantíos de cocos y los cañaverales. Mi tío servía de puente entre Europa y América en nuestra imaginación.

Estuviera donde estuviera siempre tenía presente a sus dos familias, la mexicana y la europea.

Nos deja una gran sensación de gratitud, pues nos sentimos afortunados por haber formado parte de su vida y concebimos su partida con alegría porque sabemos que ha disfrutado de una vida completa en todos los sentidos.

Nos llena de emoción todo el amor que recibió y todo el amor que ha dejado. Porque al fin y al cabo, en la vida solo cuenta el amor.

Querido tío Carlos, en su día viajaste a España para darme la bienvenida a este mundo. Hoy vengo para desearte un buen viaje a un lugar carente de todo sufrimiento y donde encontrarás a muchos de tus seres queridos. Siempre te reviviremos a través de tus libros, nuestros recuerdos y nuestros corazones.



[1] Este Boletín agradece a la autora de este escrito su inmediata disposición para que se publicara en sus páginas.



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