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Pablo González Zepeda, S.I. (1901-1954). Un modelo de vida

Jorge Moreno Méndez[1]

 

 

Se divulgan aquí datos de la vida y obra de un ministro del altar

vinculado sin límite con su apostolado,

que abrazó en un lugar y época de criba y forja

para la Iglesia en México: la diócesis de Zamora.

 

 

1.    Cotija, lugar bendecido por Dios

 

Pablo González Zepeda, el Padre Pablito, como fue finalmente conocido y del que hablaremos en seguida, nació en Cotija, y como el pueblo donde nacimos influye poderosamente en nuestra formación y manera de ser, me permito hacer un breve comentario acerca de esta población.

Cotija ha sido cuna de grandes personajes en los campos más diversos: Cantinflas en el cine, Tito Guízar en la composición musical, José María Silva Herrera como constituyente de 1917, Emiliano Degollado y Manuel Bouquet Carranza, gobernadores sustituto e interino respectivamente del estado de Jalisco, José Rubén Romero en las letras, Marcelino García Barragán en la milicia, el Padre Luciano Farías y el coronel José María Vargas en la insurgencia, Jesús Degollado Guízar y José Guízar Oseguera como jefes cristeros y los padres Miguel Guízar Morfín y Gabriel González como capellanes del mismo movimiento, patriotas como los esposos Alvín García y María Guadalupe Rangel, y otros muchos personajes que podríamos citar.

Pero, de manera especial, llama la atención el número extraordinario de obispos, sacerdotes y religiosas que Cotija ha dado a la Iglesia y a la Patria, pudiendo citar entre los primeros a Francisco González Arias, Obispo de Campeche y de Cuernavaca; José María González Valencia, Arzobispo de Durango; Luis Guízar Barragán, Obispo de Saltillo; Antonio Guízar y Valencia, Obispo de Chihuahua y Jesús Sahagún, Obispo de Tula y de Lázaro Cárdenas. En cuanto a los sacerdotes y según las estadísticas diocesanas, de los 1 384 que se han ordenado en la diócesis de Zamora desde su erección hasta nuestros días, 103 han sido originarios de Cotija. Finalmente, en la línea de la santidad, debemos mencionar a San Rafael Guízar y Valencia y a la Madre Vicentita, entre otros muchos  cotijenses que, sin estar en los altares, fueron también hombres y mujeres virtuosos y ejemplares. Y así lo corrobora Carrión Riofrío en una de sus poesías sobre Cotija:

 

De tu seno fecundo / han salido mil hombres de talento,/ de talento profundo, / de noble y elevado pensamiento, / de exquisita bondad y sentimiento. / Tus egregios prelados / la gloria fueron de tu suelo, / por todos admirados / por su virtud, su celo;/ aún te bendicen desde el cielo. /Tus poetas y guerreros,/ tus insignes, excelsos bienhechores/ han sido los primeros / en mostrar sus amores/ a la Patria del genio y de las flores.

 

            Tal fenómeno no puede menos que explicarse como fruto de lo que apunta Montes de Oca:

 

Cotija […] supo templar almas en la fragua del sacrificio, en la fe infinita de sus mujeres y en la adustez de sus costumbres. Sus hijos fueron varones de bravos arrestos, de entereza de carácter y de tenaces empeños; y como coraje y bondad no se excluyen, también fueron generosos, tiernos y sencillos.

 

            Ante esta realidad, no podemos dejar de reconocer otra: la labor de los sacerdotes que han estado al frente de la Parroquia de Cotija, como un Francisco Licea y Borja, un Benigno Tejeda, un Alejo Carranza y otros más que, con su palabra y su ejemplo, supieron predicar el Evangelio y hacer que sus feligreses lo practicaran.

 

·      Un cotijense más

Fue precisamente en este pueblo y en este ambiente donde nació Pablo González Zepeda en el año de 1901, en el seno de una típica familia cotijense, pródiga en aportar a la Iglesia varios de sus miembros (Pablo, Ignacio y Pedro), formada por don Pablo y doña Juana, cristianos a carta cabal y con un alto aprecio por el sacerdocio, aprecio que lograron infundir en sus hijos, y con ello que el Señor los llamara a su servicio y al servicio de su Iglesia.

 

·      Dios y las circunstancias señalan el camino

El niño Pablo González había sido llevado a recibir el sacramento del bautismo en brazos de María de Jesús Zepeda y del padre don Ignacio Zepeda, ambos hermanos de su madre. Éste, ordenado sacerdote por el señor Cázares en 1888 y habiendo prestado sus servicios ministeriales en algunas parroquias de la diócesis, como, por ejemplo, de Vicario en Ixtlán, moriría en 1930, satisfecho de ver a su ahijado ejerciendo el ministerio sacerdotal. Ordinariamente, el tener como padrino de Bautismo a un sacerdote cuenta mucho para la vida espiritual del ahijado y, en el caso del niño Pablito, si a esta circunstancia añadimos el hecho de que, como veíamos, Cotija era verdaderamente una ciudad levítica, donde las vocaciones sacerdotales y religiosas brotaban abundantes, en gran parte por el ambiente en verdad cristiano de las familias, no fue raro que desde muy niño naciera en él el deseo de ser sacerdote también. Con el apoyo, pues, de sus padres y de su tío el padre Ignacio, Pablo solicitó y consiguió ser admitido en el Seminario de Zamora en 1911, después de haber estudiado la primaria en una de las escuelas de Cotija.

El Seminario ocupaba entonces el magnífico edificio construido por los Obispos De la Peña y Cázares en la esquina de Morelos y Juárez; era su rector el Padre Francisco Luna, hombre de Dios y ejemplar sacerdote, cuya personalidad influiría definitivamente en la formación del joven Pablo, tanto en cuanto al aprecio por su sacerdocio como en cuanto a su generosa entrega a Dios y a las almas. Poco “le duró el gusto” a Pablo su permanencia en aquel Seminario, pues llegaron la Revolución y Joaquín Amaro en 1914, y con él, la incautación y cierre del Seminario de Zamora, con la consiguiente dispersión de los seminaristas a sus casas. Se interrumpió así su formación, con excepción de algunos que la prosiguieron en Castroville, cerca de San Antonio, Texas, donde, con ayuda de algunos obispos estadounidenses y de muchos obispos mexicanos se abrió un Seminario Interdiocesano para seminaristas mexicanos. Pablo regresó con tristeza a su tierra, Cotija, pero siempre con la llama ardiente del deseo de ser sacerdote, esperando tiempos mejores para continuar en su empeño.

 

·      De nuevo en el camino

Y esos tiempos llegaron, aunque no del todo mejores, pues en 1918, cuando de alguna manera amainaron los vientos de la Revolución, el Padre José Plancarte Igartúa se dio a la tarea encomendada por el Obispo José Othón Núñez para reabrir el Seminario, y muchos de los seminaristas que se habían tenido que retirar a sus casas comenzaron a regresar a él para continuar con sus estudios, por invitación expresa del mismo padre Plancarte. Entre ellos estaba el cotijense Pablo González Zepeda. Muchas fueron las dificultades para reabrir el Seminario y muchas las propuestas de cómo hacerlo; el gobierno apenas había promulgado la Constitución de 1917, en la que se habían plasmado leyes totalmente contrarias a la Iglesia, entre ellas las que amenazaban la existencia de los seminarios. Además, el Señor Núñez aún no regresaba de su destierro en Oaxaca y en México, desde donde recibía sugerencias y daba instrucciones para aquella reapertura. Ya el 26 de julio de ese año de 1918 el mismo Señor Núñez daba su opinión definitiva al Vicario General de la Diócesis y al Padre José Plancarte:

 

Juzgo necesario que todos los trabajos del colegio se hagan en el mismo local, porque dando las clases cada catedrático en su casa, no podrá haber estudio en común y por consiguiente perderán tiempo los alumnos, pues la experiencia enseña que los muchachos poco o nada estudian en sus casas. Tampoco se podrá establecer la necesaria disciplina para su educación y formación. Por otra parte, de todas maneras se sabrá la existencia del Colegio, porque siendo pequeña Zamora y conocidas las personas, es imposible que pase inadvertido… Se ve pues que la idea dominante de Ud. era que no hubiera clase por ahora de filosofía. Por eso al hablar yo con Plancarte le dije que ya en el terreno viera las necesidades y nos avisara.

 

            Y por fin, el día 2 de septiembre de ese año de 1918, el Seminario de Zamora fue reabierto para continuar con su imprescindible misión de formar sacerdotes para el servicio de Dios y de la sociedad. Después de barajarse varias opciones para elegir el lugar de aquella reapertura, se decidió hacerlo en los anexos del templo de los Dolores. Tal elección obedeció a varias razones: lo provisional, porque urgía comenzar ya las clases por el calendario escolar vigente entonces, y porque se tenía la esperanza de buscar otro lugar más adecuado a las necesidades del plantel; para “tantear” un poco las reacciones que surgirían por parte del gobierno civil al enterarse del funcionamiento de aquella nueva “Escuelita” (con ese título iba a funcionar) y la de mayor peso, porque el templo de los Dolores estaba, para esa época, un tanto alejado del centro de la ciudad y llamaría menos la atención. Además el lugar se prestaba para organizar los programas y actividades de los muchachos más o menos con cierta oportunidad: la capilla, para los actos de piedad; el salón anexo a la sacristía, para las clases; el portalito del patio, también para clases en caso necesario, y finalmente el patio, de regulares dimensiones, para los juegos y otras actividades.

 

·      El grupo de formadores

Desde luego, el equipo de maestros y superiores era también provisional y se formó conforme las circunstancias y las necesidades lo fueron requiriendo, como le había indicado el Señor Obispo Núñez al Padre Plancarte. Al principio éste fungió como superior (aunque, como veremos luego, en condiciones muy especiales, por varias razones) y le ayudaban en las clases el Padre Salvador Martínez Silva (futuro Obispo auxiliar del señor Fulcheri), el Padre Rafael Plancarte (hermano del padre José y que tenía algunos otros cargos en la Catedral), Miguel Serrato Laguardia, ya diácono y quien, desde el 1 de junio de 1916, había estado en la Basílica de Zapopan, próximo a ordenarse presbítero (el 21 de diciembre de 1918, en Mixcoac); y un exhermano marista, Antonio Romero. Para la asesoría espiritual, el Padre Plancarte, después de haber pretendido que le ayudara el Padre Faustino Murguía, capellán del Sagrado Corazón y maestro en el antiguo Seminario, pidió al Canónigo cotijense don Manuel Zepeda Álvarez, quien había sido párroco de La Huacana y de Ixtlán, que lo auxiliase en aquella tarea, a lo que éste accedió gustosamente.

Finalmente, para ayudarse en la disciplina, el padre Plancarte nombró Celador al minorista Benjamín Serafín, también cotijense, quien había recibido apenas el 25 de mayo de ese mismo año las órdenes menores en el templo de San Francisco, de manos del Señor Obispo Placencia (por ausencia del señor Núñez) y se había incorporado ya al Seminario. A este nuevo Seminario regresaba el incipiente filósofo Pablo González Zepeda.

 

·      La forja del carácter

Es innegable que las dificultades y los problemas, para quienes así lo quieren y lo saben aprovechar, son motivos para formar el carácter y fortalecer la voluntad, al mismo tiempo que para tener una visión positiva de la vida y, por lo mismo, una actuación acorde con esa visión. Caso contrario sucede cuando se tiene todo y se vive un ambiente de comodidad excesiva, de apoltronamiento y ausencia de problemas. Tal fue el caso del joven seminarista Pablo González quien, por las circunstancias de aquella época en la que le tocó vivir su formación y preparación para el sacerdocio en el Seminario de Zamora, supo forjar su carácter y valorar su vocación para ser luego un auténtico pastor de almas y un hombre de servicio alegre y sincero hacia los demás, como lo veremos a través de esta pequeña biografía. En efecto, recorriendo las páginas de la historia del Seminario de Zamora, podemos darnos cuenta de las múltiples y grandes dificultades que tuvo que enfrentar y resolver para poder seguir con su labor de darle sacerdotes a la Diócesis, siendo, desde luego, sus mismos alumnos los que tuvieron que sufrir y vivir tales dificultades.

Aunque es difícil que con nuestra actual manera de vivir y de pensar podamos imaginarnos la gravedad de tales sufrimientos y dificultades, debemos señalar sin embargo, en primer lugar, lo que la falta de dinero (que, aunque sea el “estiércol del diablo” como lo llamó Papini, es indispensable y abona de manera inmejorable las obras de Dios) debió suponer para el Seminario y, necesariamente, para la sobrevivencia y subsistencia de sus alumnos, la mayoría de los cuales era de familias pobres o de clase media y cuyos gastos dependían en gran parte de la generosidad del pueblo y de la economía de la Curia. Pero una y otra, con la Revolución, habían llegado a su mínima expresión, de tal manera que el Señor Obispo Núñez tuvo que exponer a la Santa Sede aquella situación y solicitar de ella el permiso para que de la gruesa decimal no fuese el 5% el que se le diese al Seminario, sino el 10% para que pudiese sostenerse.

Las leyes vigentes a partir de la Constitución de 1917, si no prohibían de modo explícito, sí amenazaban claramente la existencia de los seminarios, ya que éstos (como los obispados, las casas curales, conventos y colegios religiosos) pasaban a ser propiedad de la nación, por lo que el de Zamora debió existir de manera “ilegal” y a escondidas y, los primeros años de la vida de Pablo en él, como “La escuelita de los hijos de don Procopio” (tal era el seudónimo del Señor Obispo Núñez en toda la correspondencia y asuntos de gobierno de la Diócesis).

 

·      De la ceca a la meca

Otro problema no menos serio que tuvo que enfrentar el Seminario fue el no tener un edificio propio donde establecerse para poder llevar una vida de comunidad de los alumnos entre sí, y de los alumnos con los formadores. Habiéndose reabierto, según veíamos, en los anexos del templo de los Dolores, pronto se vio que aquel lugar era insuficiente para albergar a los alumnos del Seminario, cuyo número crecía cada vez más, por lo que se pensó en establecerlo en los anexos de Catedral, proyecto no aceptado por las consecuencias políticas que podría tener su cercanía con el culto de ésta. Se eligió entonces la casa del Portal de Aguinaga, frente a la Catedral y a la plazuela del mismo nombre (luego se establecería ahí por muchos años la Agencia Ford), elección motivada por la economía –los dueños la alquilaron a bajo precio– y por su amplitud.

Así la describe el Padre Ramiro Vargas en su Diario:

 

A medio año (1920) cambiamos casa, nos fuimos al Portal de Aguinaga, casa grande con muchos cuartos (obscuros) y patio. Tenía huerta, pero ésta no la teníamos; sólo de cuando en cuando nos permitían pasar a bañarnos en un baño o pequeña alberca. Ahora ya el Padre Plancarte tenía su cuarto donde poder arreglar los asuntos con los alumnos u otras personas. El patio me parece que era inferior al de los Dolores, menos soleado y más chico.

 

Al año siguiente y por la misma razón del crecimiento del número de alumnos y de la conveniencia de que los padres formadores conviviesen con ellos, se rentó la casa de la esquina de Hidalgo y Ocampo, en contraesquina del templo de San Francisco. En esa había pernoctado el Padre Miguel Hidalgo en 1810, en su paso hacia Guadalajara, y en ella dio a Zamora el título de ciudad. En dicha casa el Seminario pudo funcionar de mejor manera: una capilla amplia, un comedor, salones de clase, varios dormitorios comunes, un patio amplio y corredores para los juegos. Más higiene, más ventilación, más luz. Más aún, pudieron tener sus cuartos en dicha casa el Padre Rector (Antonio Guízar y Valencia), el Padre Vicerrector (José Plancarte Igartúa) y el Padre Espiritual (José María González Valencia). No obstante todo esto, se tuvo que alquilar otra pequeña casa, por la calle de Madero y junto a donde estaría luego el Monumento a la Madre, para la impartición de algunas clases, ya que la de Hidalgo y Ocampo no era suficiente. La Providencia ayudaba a que los esfuerzos de los superiores y los sacrificios de los alumnos fueran teniendo sus recompensas.

En 1922, don Rafael Verduzco le ofreció al Seminario su casa de Aquiles Serdán (entre Colón y Juárez, donde actualmente está el Colegio Auxilio y donde estaría el Seminario hasta 1926, al comenzar la persecución religiosa y, luego, de 1929 hasta una nueva dispersión, después de la cual ya no se regresó a aquella casa). Desde luego, estaba “menos arreglada que la de Hidalgo, pero mucho más amplia”: una capilla y un comedor más grandes, más dormitorios para los internos y más recámaras para algunos otros padres formadores, dos grandes patios donde se pudo practicar mejor y más deporte. Se consiguió luego al lado de aquella casa otra pequeña, donde se estableció la cocina del Seminario. De todas maneras hubo que rentar dos casas más para poder solucionar el cupo de alumnos y los salones de clases: una casa del doctor Salinas y la casa de Mercedes Méndez, ubicada esta última en Hidalgo, junto al antiguo Palacio Episcopal y donde está actualmente la Casa del Sacerdote. De la ceca a la meca, Pablo González y sus compañeros se preparaban al ministerio ordenado.

 

·      La influencia de los formadores

Sin duda alguna debemos afirmar que, entonces como ahora, la personalidad y el estilo de los formadores de un Seminario influyen definitivamente en la formación de todo seminarista, así como los acontecimientos internos y “familiares” de esa institución. Y si echamos una ligera mirada a los superiores y a algunos acontecimientos del Seminario de Zamora en la época de formación de Pablo González, nos daremos cuenta (como él mismo lo supo después) que ambos factores también influyeron en su vida de seminarista y de sacerdote.

Aunque por breve tiempo, a Pablo le tocó tener como rector al virtuoso Padre Antonio Guízar Valencia, hermano de San Rafael y luego Arzobispo de Chihuahua. Lo suplió como rector el Padre José Plancarte Igartúa (del que ya hemos hablado, modelo de autenticidad y de entrega), Padre Espiritual y maestro Salvador Martínez Silva (quien sería luego Obispo auxiliar del Señor Fulcheri). Los demás maestros: el Padre Federico González (también vicerrector y quien desempeñaría luego un importante papel durante la persecución religiosa), el Padre Federico Salas (hombre sencillo y de carácter que sería luego, por muchos años, secretario de la Mitra), el señor Francisco Luna (dotado de grandes virtudes y del que también ya hemos hablado), el Padre Jesús Moreno (Vicario General de la diócesis), el Padre Luis Núñez Valladares (de labor callada, pero efectiva y generosa), el Padre Agustín Magaña (de admirable cultura y con una amplia y adelantada visión), el Padre Francisco Garnica (“hombre inteligente y culto, simpático”, según el señor Vargas Cacho), el Padre Jesús Ceja (humilde y con gran capacidad servicial), el Padre Nicolás Gómez (de acendrada piedad y que luego sería canónigo), el Padre Octaviano Villanueva (dedicado a lo que se le encomendara), el Padre Conrado García (que sería más tarde también canónigo) y don Heliodoro Oseguera (seglar ejemplar y con un gran cariño al Seminario).

Muchos fueron los acontecimientos que le tocó vivir a Pablo González, acontecimientos que quedaron grabados en su mente para siempre: la llegada a Zamora del delegado apostólico, Monseñor Ernesto Filippi, que mucho influyó en el nombramiento de varios sacerdotes zamoranos como miembros del Episcopado mexicano; la exhumación de los restos del Señor Cázares, que estaban en lo que iba a ser la Catedral nueva y que fueron trasladados a la Catedral; la ordenación episcopal en la Catedral de Zamora de sus paisanos el Padre José María González Valencia como Obispo de Durango, y del Padre Francisco González Arias como Obispo de Campeche; la llegada a Zamora del Señor Fulcheri, supliendo al Señor Núñez, trasladado a Oaxaca como Arzobispo.

 

·      Cimientos para futuras actitudes

Muchas de nuestras actuaciones responden a las ideas y convicciones que en nuestro interior y, a veces muy profundamente, son fruto de reacciones a los acontecimientos que, o nos toca vivir, o por lo menos ser testigos, aunque sea a la distancia. En efecto, como luego veremos, Pablo González adoptó ciertas actitudes que, aunque buenas y positivas, le acarrearían serios problemas, aunque siempre las supo y pudo superar. Me refiero concretamente a sus convicciones acerca de la libertad religiosa y de conciencia, tan conculcadas en nuestra Patria durante la persecución que a él le tocó vivir y sufrir en carne propia. Tales sentimientos y convicciones fueron motivados por muchos de los sucesos que le tocó conocer y vivir durante su vida de Seminario y durante los primeros años de su ministerio sacerdotal. Sin ahondar en ellos, me permito sólo enumerar los más importantes y los que más impactaron la sensibilidad del joven seminarista y futuro sacerdote.

En 1921, el 8 de febrero, colocaron una bomba en el Palacio Arzobispal de la ciudad de México, donde residía el paisano don José Dolores Mora del Río, Arzobispo de México, nacido en Pajacuarán y maestro muy apreciado de Amado Nervo, entre otros; el 12 de mayo, fanáticos anticatólicos colocaron una bandera comunista en la Catedral de Morelia: el 14 de noviembre, otra bomba en el altar de la Basílica de Guadalupe, pretendiendo destruir la bendita imagen. En 1922 se dieron otros varios acontecimientos de menor importancia, pero que iban preparando el camino para la persecución religiosa.

En 1923, el 11 de febrero fue la bendición de la primera piedra del monumento a Cristo Rey en el cerro del Cubilete y, por ese motivo, se decretó la expulsión del país del Delegado Apostólico (vendrían años más tarde el bombardeo y la destrucción de aquel monumento). Estos hechos y otros muchos de la misma índole iban creando en el corazón de Pablo sentimientos de “santa rabia” y deseos de prepararse para los tiempos que se avecinaban y así poder servir mejor a Dios y a sus semejantes.

 

·      Me acercaré al altar de Dios

 

Poco a poco iba Pablo González acercándose a la meta, preparándose intelectual y espiritualmente lo mejor posible. Llegado el tiempo, en septiembre de 1922, mientras cursaba su primer año de Teología, solicitó “de acuerdo con sus superiores y con plena conciencia” ser admitido a la Primera Tonsura y a las Órdenes Menores. Recordemos que antes del Concilio Vaticano II y desde tiempos inmemoriales, la Iglesia tenía establecido que, antes de recibir el Subdiaconado, los candidatos al sacerdocio deberían recibir la Tonsura y cuatro Órdenes llamadas Menores. Eran éstas una especie de gradas sucesivas para ascender al diaconado y el sacerdocio, y entrañaban un gran simbolismo a la vez que ayudaban a que el seminarista que se preparaba para ser sacerdote se familiarizara poco a poco con lo relativo al ministerio. Ésa fue precisamente la vivencia del joven Pablo, por lo que me permito recordar un poco de lo relacionado con cada uno de dichos “pasos hacia el altar del Señor”.

El día 24 de septiembre de ese año de 1922 recibía de manos del Señor Fulcheri en el entonces Santuario de Guadalupe de Zamora (hoy iglesia de San Juan Diego) la tonsura y las cuatro Órdenes Menores. Para la tonsura, el Obispo cortaba un poco de pelo del candidato, acción que luego se perfeccionaba con la hechura del cerquillo que constantemente se renovaba cuando era necesario. En la antigüedad, la tonsura era signo de esclavitud y de servicio, y en la mente de Pablo nació desde entonces su convicción de ser siervo de Dios y de servicio a sus semejantes.

El Ostiariado (del latín ostia que significa puerta) lo consagraba como guardián del templo y de las cosas sagradas, pero especialmente del Santísimo Sacramento; por eso el Obispo le presentaba al candidato dos llaves, diciéndole: “Actúa de tal suerte que puedas dar cuenta a Dios de las cosas sagradas que se guardan bajo estas dos llaves”. Con el Lectorado se le confería el oficio de leer en la iglesia las Sagradas Escrituras, de enseñar el catecismo, por lo que el Obispo le decía: “Sé un fiel transmisor de la palabra de Dios, a fin de compartir la recompensa con los que desde el comienzo de los tiempos han administrado su palabra”. En el Exorcistado se le daba el oficio (simbólica y condicionalmente) de imponer las manos sobre los poseídos del demonio, y el Obispo, al entregarle el Libro de los Exorcismos, le decía: “Recíbelo y confía a la memoria las fórmulas; recibe el poder de poner las manos sobre los energúmenos que ya han sido bautizados o sobre los que todavía son catecúmenos”. Al recibirse el Acolitado, se le daba el poder de portar las luces en la iglesia y de presentarle al celebrante el vino y el agua, diciéndole el Obispo: “Recibe este candelero y este cirio, y sabe que debes emplearlos para encender la iluminación de la iglesia, en el nombre del Señor”, y “Recibe esta vinajera para proveer el vino y el agua en la Eucaristía de la sangre de Cristo, en el nombre del Señor”.

 

·      Mayores compromisos

Un año y medio después, Pablo, ya en cuarto de Teología, solicitó al Obispo recibir el Subdiaconado, orden sagrada que la Iglesia consideró ya desde el siglo XII como Orden Mayor, debido a las obligaciones y responsabilidades que implicaba para el candidato al sacerdocio. El 19 de abril de 1924 recibió Pablo el Subdiaconado también de manos del Señor Fulcheri, pero esta vez en la Catedral. La importancia primordial para el que recibía este Orden –luego suprimida por el Concilio Vaticano II– era que se comprometía a ser célibe, es decir a no casarse, como una respuesta a la invitación de Cristo para dedicarse mejor al ministerio sacerdotal. Serio compromiso al que Pablo no sólo se comprometió, sino que cumplió estrictamente durante toda su vida.

Finalmente, el día 16 de julio de ese mismo año de 1924 solicitó ser admitido al Diaconado, antesala de la realización de su ideal, y el día 20 de ese mismo mes y año y con la dispensa de los llamados intersticios (el Derecho Canónico exigía se guardara cierto tiempo entre la recepción de un Orden y de otro), el señor Fulcheri lo ordenaba como tal en la iglesia de San Francisco. El diácono (del griego diakonos, y luego del latín diaconus, significa “servidor”) viene del origen mismo de la Iglesia, como lo narran los Hechos de los Apóstoles, y como nos dice el Concilio Vaticano II en la Lumen Gentium, “en el grado inferior de la jerarquía están los diáconos, que reciben la imposición de las manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio”. Así, confortados con la gracia sacramental, en comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad. Es oficio propio del diácono, según le fuere asignado por la autoridad competente, administrar solemnemente el bautismo, reservar y distribuir la Eucaristía, asistir al matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, llevar el viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir el rito de los funerales y sepultura... Dedicados a los oficios de la caridad y de la administración, recuerden los diáconos el aviso del bienaventurado Policarpo: “Misericordiosos, diligentes, procediendo conformes a la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos” (San Policarpo, Ad phil. 5). Y Pablo, al recibir este Orden, también lo hizo programa de su vida, como lo veremos luego.

El día 19 de septiembre de 1924, Pablo González Zepeda, después de haber presentado al Señor Obispo Fulcheri su solicitud para ser admitido al presbiterado, de haber pasado las amonestaciones ante el pueblo y las informaciones de los superiores del Seminario; después de haber sido aceptada su solicitud y de haber hecho sus ejercicios espirituales, escribía de su puño y letra, como entonces se tenía mandado en el Seminario de Zamora, su juramento que, como a todos los que se ordenaban en esa época, les ayudaba a reflexionar profunda y seriamente en el paso tan importante para el tiempo y la eternidad que iban a dar y que reforzaba y afianzaba en cierta forma su libre y consciente voluntad para aceptar los serios compromisos de su sacerdocio. Después de leerlo delante de un superior, sus manos puestas sobre los Santos Evangelios, lo firmaba y entregaba para ser guardado en el Archivo de la Diócesis.

Muchos de los sacerdotes de la diócesis de Zamora a quienes les tocó escribir y firmar tal juramento guardaban una copia de él y, ya durante su vida ministerial, acostumbraban de vez en cuando leerlo y meditarlo para recordarse a sí mismos los compromisos sacerdotales adquiridos delante de Dios y de la Iglesia y renovar de esta manera su voluntad de cumplirlos.

 

·      Tu es sacerdos in aeternum

Y llegó el día tan esperado y preparado, aunque para el joven diácono Pablo González (como luego lo mostrará con sus palabras y, sobre todo, con su vida) el ser ordenado sacerdote no era la meta, el final de la carrera, sino su principio; recibía el don del sacerdocio no para gozarse en él o para sentirse superior a los demás, sino para servir a Dios y a sus semejantes con todo lo que el Señor le confería en aquella ceremonia, efectuada el 20 de septiembre de 1924 en la iglesia de San Francisco, en Zamora.

Cuando el Obispo tomó sus manos entre las suyas y le preguntó: “¿Prometes respeto y obediencia mí y a mis sucesores?”, Pablo respondió con sinceridad y convicción y no por mero formulismo, como lo demostró siempre, tanto en su vida de colaboración con su Obispo diocesano como luego en su vida religiosa. Aquella ceremonia no sería posteriormente un mero recuerdo agradable y sentimental, sino un acicate para no “acostumbrarse” a ser sacerdote y “aterrizar” y poner en práctica todo el significado y simbolismo. Pablo González Zepeda estaba listo para ser un sacerdote ejemplar.

 

2.    El Padre Pablito

 

El primer nombramiento que recibió el neosacerdote Pablo González Zepeda fue el de Vicario Cooperador de la parroquia de la Purísima en Zamora (única parroquia en aquel entonces) y, poco más tarde, el de profesor de algunas materias secundarias en el Seminario, así como el de Familiar del Señor Fulcheri, cargo que desempeñó por algunos meses, aprendiendo de él vivos ejemplos de un hombre de paz y de bondad. Pronto el Padre Pablo González se convirtió, tanto entre la feligresía de la Purísima como entre los alumnos del Seminario, en “el Padre Pablito”, debido a su menuda figura pero, sobre todo, a su espíritu alegre y optimista que contagiaba a quienes lo trataban, así como a su bondad y don de gentes, traducidos en el saludo y la sonrisa que daba a todo mundo, de toda condición. Fue en su ministerio en la parroquia donde desplegó una gran actividad, no como activismo llamativo, sino como fruto de su identidad sacerdotal consciente y de su autenticidad y compromiso con Dios y con los fieles, e inyectándoles su entusiasmo y alegría en el servicio de Dios y de los demás.

Uno de sus apostolados favoritos fue el trabajo con los jóvenes de la acjm, grupo que tendría poco después, durante la persecución religiosa, un papel preponderante y heroico en la defensa de la fe y de la libertad de conciencia. Entre aquellos jóvenes entusiastas que seguían al Padre Pablito y lo secundaban en todas sus iniciativas figuró un dinámico joven, Carlos Villegas, quien lo ayudó de manera muy importante durante el peligroso ejercicio de su ministerio, sobre todo también durante la persecución. Este joven acejotaemero fue luego un gran amigo del Seminario y, teniendo una imprenta y practicando la prestidigitación, les hacía cantidad de sellos de goma a los seminaristas y, de vez en cuando, los deleitaba con actos de dicho entretenimiento (todavía hoy vive en el convento de las Madres Capuchinas una de sus hijas, heredera de la piedad y el entusiasmo de don Carlos Villegas).

Cuando sobrevino la persecución callista, el Padre Pablito ejerció en todo Zamora un apostolado “oculto y heroico”, según Ramiro Vargas Cacho, ejecutando proezas y hazañas dignas de una novela. A la suspensión del culto, al cierre del Seminario a causa de la Ley Calles, siguió la prohibición a todo sacerdote de ejercer su ministerio y la amenaza de castigar con multas, cárcel y aun con la muerte a quien quebrantara dicha prohibición. Pero para el Padre Pablito, por su entusiasmo juvenil, su carácter férreo y su celo por las almas, se necesitaba algo más para impedirle el servir a los fieles católicos en la recepción de los sacramentos, por lo que, disfrazado a veces de obrero, a veces de campesino, “se daba sus mañas” para celebrar la misa, para confesar, bautizar, ungir enfermos y aun asistir a matrimonios.

Muchas bardas, muchos techos, muchos patios y corrales de las casas zamoranas supieron de los saltos, escaramuzas y deslizamientos del Padre Pablito, cumpliendo aquellos oficios sacerdotales. El mismo Señor Vargas Cacho, en su Diario, nos narra una de aquellas “aventuras” del Padre Pablito. Cierto día unos feligreses se le acercaron para pedirle fuese a auxiliar a un pariente que se encontraba grave y pedía los auxilios espirituales, entregándole un papelito donde se hallaba anotado el domicilio donde debería acudir: calle Lerdo de Tejada y el número. Pronto el Padre Pablito se hizo de Viático y de los óleos y acudió a aquel llamado. Llegado a la calle Lerdo de Tejada y al número escrito en el papelito se dio cuenta de que era el cuartel de los soldados pero, sin amedrentarse, se presentó ante el guardia y le dijo: “me dijeron que aquí había un enfermo grave”. Y el guardia, quizá creyendo que era un médico que iba a ver a uno de los soldados, en efecto, gravemente enfermo, lo dejó pasar. El Padre Pablito fue conducido hasta el lugar del enfermo y, ante su sorpresa, le preguntó si quería confesarse y “arreglarse”, a lo que éste accedió. Lo confesó, lo ungió y le dio el Viático (siempre llevaba en su relicario varias hostias “por lo que pudiera necesitarse”) y salió tranquilamente del cuartel.

Al salir se encontró con las personas que le habían entregado aquel papelito, angustiadas y llorosas porque se habían equivocado en el número (su casa estaba a unos metros del cuartel) y, al darse cuenta de su error, creyeron que el Padre Pablito, llegando al cuartel, iba a ser encarcelado o algo peor. Pero al verlo salir tranquilo, sano y salvo, le pidieron perdón por su error; el Padre Pablito sólo les dijo: “llévenme a ver su enfermo”, y así lo hicieron y “arregló” a aquel otro moribundo. ¿Providencia de Dios? Sí, pero con la colaboración de la valentía y el compromiso de un sacerdote que lo quería ser plenamente, aun a costa de todo.           

 

·      A San José de Gracia

En 1929, después de los dizque “arreglos” con el gobierno para terminar con la guerra cristera y a los cinco años de ordenado sacerdote, el Padre Pablito recibió el nombramiento de Vicario fijo de San José de Gracia. La historia fascinante de este pueblo la conocemos tanto por la extraordinaria pluma de don Luis González en su Pueblo en vilo como por los muchos documentos existentes sobre esta población en el Archivo Diocesano, desde su fundación, ideada y plasmada tanto por parte de los habitantes del rancho del Llano de la Cruz, como de los sacerdotes que desde Sahuayo los atendían, de levantar una capilla y, al llegar como párroco a Sahuayo el señor cura don Esteban Zepeda, a aquella idea se añadió la de fundar un pueblo “hecho y derecho”, “con su plaza, su templo y sus calles”, idea que se hizo realidad en 1888, el 19 de marzo, fiesta de San José. A los tres meses, el pueblo recién nacido se convirtió en vicaría de Sahuayo, a raíz de la visita que el señor Obispo Cázares realizó en el mes de junio, mandándoles para atenderlos, ya “de pie”, al Padre don Othón Sánchez, al que le siguió una larga serie de sacerdotes que lo atendieron espiritualmente, dependiendo de la parroquia de Sahuayo, entre los que se recuerda a los padres Francisco Castillo, Timoteo López y Emilio Ávalos.

Durante la difícil época de la revolución cristera, el Padre Federico González, hombre de gran temple y originario de aquel pueblo, había servido espiritual y materialmente a sus paisanos hasta que llegó el Padre Pablo González, encontrando en San José de Gracia a varios de sus antiguos compañeros y condiscípulos en el Seminario. Un dato que me parece interesante, a propósito de San José y del envío del Padre Pablito a él como Vicario fijo, es el pensar cómo han cambiado las circunstancias de entonces hasta nuestros días, sobre todo en relación con las comunicaciones entre este pueblo y la sede de la Diócesis. Para ello me permito citar al Señor Vargas Cacho en su Diario de 1930, que nos da una idea de tal situación:

 

El Señor Cura Pablo González de San José de Gracia, Michoacán, me invitó a pasar unos días de vacaciones con él: acepté con mucho gusto y salí para allá por Guadalajara, Chapala, Tizapán, San José. Preferí Guadalajara por estar con mis tías (podía haber sido Ocotlán). Salí a Guadalajara en tren, donde estuve un día, dije misa en Aranzazú, donde estaba de capellán mi compañero Vicente Gutiérrez, de Guadalajara; en coche (varios en él) a Chapala, de Chapala en vapor a Tizapán y de Tizapán, a caballo -5 horas- a San José.

 

            Era el nuevo destino del Padre Pablito.

 

·      Un joven cura “con olor a oveja”

Su juventud y la escasa experiencia que el Padre Pablito tenía acerca de la administración personal, directa y normal de una comunidad de feligreses (debido esto último a que los años que estuvo de Vicario en la Purísima en Zamora, vivió y ejercitó su ministerio “a salto de mata” y a escondidas) no fueron obstáculo de ninguna manera para que pronto se manifestara en aquella Vicaría fija de San José de Gracia como verdadero pastor del rebaño que el Obispo le encomendara, ya que para eso se había ordenado sacerdote y porque esa era su profunda convicción. El mismo Señor Fulcheri fue testigo de tal manifestación y, por eso, al elevar a parroquia a San José de Gracia, no dudó en nombrar al Padre Pablito como su primer párroco, a pesar de su corta edad, sus apenas seis años de ordenado y su inexperiencia. Efectivamente, el 12 de marzo de 1930 firmaba un decreto por el que elevaba a la categoría de Parroquia la Vicaría Fija de San José de Gracia, y en otro documento nombraba al Padre Pablito su primer Cura, con lo cual su responsabilidad y su actividad pastoral crecieron, al mismo tiempo que lo hacían su optimismo, su jovialidad y su celo apostólico, como se consigna en varias comunicaciones que con sus superiores sostuvo. Ya como flamante párroco, entre bromas y veras, le escribía, entre otras cosas, al Canónigo Salvador Martínez Silva, el 7 de abril de 1930:

 

Ya soy Cura… Dios Nuestro señor no permita que dure tres años en este oficio, porque quiero salvar mi alma, y dice el proverbio: “tres años de cura, condenación segura”... Me siento animado de la mejor voluntad para ajustar esta parroquia a todo lo que prescribe el Derecho Canónico… pero me encuentro torpe… ignorante y ciego para hacer cosa que sirva y lo peor, que no tengo a quién consultar mis dudas o pedir consejo, ni alguno que me enseñara prácticamente la administración parroquial. Diga Ud. a Dios que tenga misericordia del cura de San José de Gracia, que le perdone todos los yerros en la administración parroquial y que pronto lo libere de esta carga.

 

            De hecho, cuando de la Mitra se le hace alguna observación sobre algún documento parroquial elaborado por él, acepta y agradece sinceramente dicha observación, ya que no estaba acostumbrado a llevar la administración de una parroquia y va aprendiendo poco a poco a ser párroco, no a ser sacerdote, que ya lo era plenamente.

 

·      Un testimonio válido y muy importante

Pienso que una de las grandes satisfacciones y alegrías de un Obispo en su Diócesis es cuando de algún pueblo le piden que no les quite a algún sacerdote y le dan razones válidas para ello, como también es motivo para él de pena y dolor cuando de algún otro pueblo le piden que les quite a tal o cual sacerdote, dándole también razones suficientes y válidas para que atienda a su súplica. Por eso creo que cuando el Señor Obispo Fulcheri recibió por correo de San José de Gracia un documento-petición de parte de un gran personaje de aquel pueblo, secundado por todos sus habitantes, sintió una gran alegría. En efecto, aquella carta estaba firmada por don Gregorio González Pulido, digno y quizás el más importante representante de los feligreses de la nueva parroquia, como lo podemos constatar por muchos documentos y por los datos que don Luis González en su ya citado Pueblo en vilo nos da de él.

Don Gregorio era hijo de don Guadalupe González y de doña Gertrudis Pulido y hermano mayor de Andrés y de Bernardo; hombre inteligente y de suma actividad que se dedicó al comercio, a la ganadería, a la apicultura y que jugó un papel importantísimo en la fundación del pueblo de San José de Gracia y, directamente, en la construcción de la iglesia del aquel nuevo pueblo, promoviendo y dirigiendo su construcción y vendiendo ganado propio para la compra de ornamentos. Era una especie de patriarca que contó entre su descendencia a hombres ilustres como el mismo Luis González o Rogelio Sánchez, que fue Obispo de Colima, por citar algunos. Pues bien, cuando surgió el rumor de que el joven cura, Padre Pablito, iba a ser removido de San José, don Gregorio escribió inmediatamente una extensa carta al Señor Fulcheri el 4 de enero de 1931, en la que entre otras cosas le decía:

 

Creo que no pasará desapercibido para usted y para la mayoría de los superiores la labor que el muy estimado Sr. Pbro. D. Pablo González ha desarrollado en este lugar, lo mismo que el aprecio que se le tiene, pues se ha captado las simpatías de hombres y mujeres, de chicos y grandes, de buenos y malos, tanto aquí como en todas las rancherías pertenecientes a esta parroquia. Puedo asegurar a usted, Ilmo. Señor, y con toda verdad, que de los sacerdotes que hemos tenido en este pueblo, es el único que ha podido dejar y tener contento a todo mundo, pues aun los llamados agraristas lo aprecian…

 

            Recordemos que aquellos eran tiempos en los que, desgraciadamente y por razones políticas, se había inculcado a mucha gente del pueblo el que, para poder tener un pedazo de tierra, era necesario ser “tragacuras” y descreído, aunque la inmensa mayoría de ellos era gente buena, pero necesitada, por lo que no había que culparlos del todo. Y es que la labor del Padre Pablito en aquella parroquia de San José de Gracia era, efectivamente, de llamar la atención, pues a pesar de su inexperiencia, sus trabajos en el orden espiritual y material a favor de sus feligreses se manifestaban día con día, como se puede apreciar no solamente en lo dicho por don Gregorio, sino por las numerosas licencias que pide a sus superiores para exponer el Santísimo “todos los jueves del año, los domingos terceros, los viernes primeros, los días 19 de cada mes, el 3 y el 7 de octubre, las fiestas de Cristo Rey, Todos los Santos, los dobles de primera y segunda clase de la Santísima Virgen y día último del año”; para la imposición de los escapularios “de la Virgen del Carmen, de San José, de la Purísima y de la Virgen de los Dolores”. Además del fomento de la vida espiritual y sacramental de sus feligreses, trabajó en la definitiva demarcación de la parroquia, en el arreglo de la iglesia y en otras obras de carácter social y de beneficencia.

En otras ocasiones, por razones familiares o por un posible cambio a trabajar en el Seminario Auxiliar que se había fundado en Cotija, el Padre Pablito “hizo sus maletas y empaquetó sus libros” para salir de San José, pero su “anhelo por servir y trabajar sólo para Dios… por lo que debo estar donde mis superiores me manden” y las súplicas de los habitantes del pueblo lo retuvieron un tiempo más en San José de Gracia.

 

·      Un piadoso complot

Hay un episodio en la vida del Padre Pablito que merece ser conocido porque así podemos aquilatar mejor a este sacerdote ejemplar en cuanto a su sinceridad, celo y humildad. Aunque el Padre Pablito no actuó de ninguna manera con el movimiento armado de los cristeros, sin embargo y en cuanto que luchaban por defender el natural y legítimo derecho de ejercer su libertad de conciencia y de culto, comulgó en esto con ellos y, en aquella parroquia de San José de Gracia tuvo la oportunidad de convivir y de platicar largo y tendido con algunos de los cristeros de aquel pueblo, los cuales habían desempeñado un papel importante en aquella lucha.

Efectivamente, de ahí era y ahí vivía Apolinar Partida, quien había colaborado enormemente en la toma del puerto de Manzanillo por parte de los cristeros del Volcán de Colima. Muchos habitantes de San José de Gracia, de todas las clases sociales, pero de la misma fe y con el mismo deseo heroico de defender esa fe y sus derechos hasta con su misma sangre, habían empuñado las armas: gente sencilla del pueblo y de los ranchos y miembros de las mejores familias, como Honorato González y otros más, se habían lanzado a aquella lucha. El padre Pablito, dado su carácter abierto y apasionado, manifestaba, además de su rebeldía ante los atropellos del gobierno contra la libertad religiosa del pueblo mexicano y la actividad sacerdotal, un profundo sentimiento y abierto reconocimiento a Cristo como Rey espiritual del Universo, figura y atributo divinos que se grabaron íntimamente en la mente y el corazón de muchos sacerdotes y católicos de aquel entonces, sobre todo ante el hecho de que miles de vidas se ofrendaron en aras de la búsqueda de aquellos derechos.

El 11 de febrero de 1931, al ser multado el Padre Pablito por el gobierno por no presentar a tiempo las cuentas de la parroquia, le comentaba al Señor Martínez Silva en una carta, con su carácter brioso como el de su patrono, Pablo de Tarso,

 

tener que pagar al verdugo los atropellos y las injusticias de que somos víctimas… me siento indignado en estos momentos y pregunto a Su Señoría y dígame, si puede, ¿hasta cuándo hemos de vivir tan humillados y hemos de tolerar que esa turba de canallas impíos continúe bailando sobre nuestros derechos y sobre los santos derechos de la Iglesia? ¿Cómo se puede estar quieto sabiendo que tantos malvados enemigos de Dios se ríen y se burlan de nuestra obediencia servil hacia ellos y nuestra mansedumbre?... Si tantas humillaciones y atropellos sirven para honor de la Iglesia y de su Fundador, bendita situación la nuestra, aunque sea dura, pero que el Señor nos dé mucha paciencia para no perder el mérito.

 

            Y precisamente de su amor a Cristo Rey nació en el padre la idea de fraguar un piadoso complot a costa del patrono del pueblo, San José. Cuando fue a visitarlo el Padre Ramiro Vargas, le escribió al Señor Martínez Silva, ya Canónigo y Vicario General de la Diócesis, el 16 de octubre de 1931:

 

El P. Ramiro Vargas que llegará a esa mañana, lleva el chisme de manifestar a Mons. Fulcheri y a su Sría. la conspiración esplendorosa que he fraguado yo, pobre cura de barriada, postizo y empolvado, contra el excelso San José, patrón titular de esta parroquia: que, en adelante, Cristo Rey sea el Patrono del pueblo… Muy contento bajará San José de su trono que hace cuarenta años ocupa, para que suba su Rey, y Cristo Rey aceptará con gusto el trono pobre de una iglesia destruida por sus enemigos, para bendecir a este pueblo que lo llama y que se arrojó a la lucha por defender los intereses de Él y peleó hasta el heroísmo dos largos años, sufrió destierro y persecuciones por Él y dio tantos hijos que perdieron su vida en la lucha, al grito de ¡VIVA CRISTO REY! Muy justo que las viudas y huérfanos de aquellos valientes vean en su trono a Aquél por quien perdieron la vida los que los han hecho derramar tantas lágrimas y han sufrido tanta miseria, para que le aclamen y, al hacerlo, sientan el consuelo que sentían los valientes al decir, con el último aliento: ¡VIVA CRISTO REY!

 

El complot estaba fraguado y pedía se le respondiera, para hacer tal cambio en la ya próxima fiesta de Cristo Rey.

 

·      Petición denegada y desagravio

A nadie, o casi a nadie, le había comentado aquella “conspiración” contra San José y, de seguro, de haberlo hecho, el pueblo no hubiera aceptado aquel cambio, y no por no reconocer la realeza de Cristo (bastantes pruebas y vidas habían ofrecido en aras de ella), sino porque iría en cierto modo contra su historia y la voluntad de sus mayores. Pero el 26 de ese mismo mes recibía el Padre Pablito una carta del señor Martínez Silva, por no estar el Señor Obispo Fulcheri, en la que le comunicaba la resolución tomada por éste: “Ha pensado el Excmo. Sr. Fulcheri que no es conveniente hacer este cambio, por más que sea muy hermosa la idea, y me manda que así te lo comunique, como lo hago ahora, con pena por la negativa, pero viendo la conveniencia de la respuesta del Prelado”. Quizá el Padre Pablito no esperaba aquella negativa, pero sabía aceptar y obedecer, por lo que, al día siguiente, resignado y después de reflexionar serenamente, le contestó al Señor Martínez Silva en el tono jocoso con que siempre se comunicaba con los demás:

 

He quedado muy conforme con la negativa de Monseñor Fulcheri y pido a San José me perdone mi atrevimiento y que no tenga en cuenta el complot frustrado, sino que sirva para que se mueva más (dispensándome) con el JEFE, allá en el cielo, obteniendo de Él el remedio de tantas necesidades que tiene esta parroquia y en especial las necesidades de su atrevido servidor que lo quería destronar; que me perdone San Joselito y ya no volveré a otra intentona.

 

            Y en desagravio y “para contentarlo un poco”, como él mismo lo afirmaría luego, le arregló a San José su altar, haciéndole algunas modificaciones, aprobadas por los superiores, a tal grado que merece del Señor Fulcheri “la aprobación a las modificaciones que proyectas hacer en el altar de San José del templo parroquial de ese pueblo”. Y no sólo eso, sino que incrementó el culto al patrono del pueblo y al mismo Cristo, consiguiendo de la Mitra el permiso para “que pueda exponerse el Santísimo Sacramento a la veneración pública todos los días, durante una hora”, y funda con los jóvenes una Congregación Mariana de San José.

 

·      Una separación que duele

El 4 de marzo de 1932 (apenas a tres años de su estancia en la parroquia de San José de Gracia), ante las lágrimas y aun la desesperación de sus feligreses, el Padre Pablito le entregaba la parroquia al Señor Cura Octaviano Villanueva. Fue un duro e inesperado golpe para los habitantes de aquella parroquia, pues a pesar de los pocos años que aquel sacerdote había permanecido sirviéndoles, se había ganado el cariño y la buena voluntad de todos ellos. Nadie sabía el motivo de la salida del Señor Cura Pablo, y sospechaban que el Obispo lo cambiaba o que el Padre había tenido algún problema en el pueblo, por lo que, a los pocos días, escribieron una sentida carta al Señor Fulcheri, de la cual me permito transcribir algunos párrafos. Lo hago porque es consolador ver cómo el pueblo cristiano sabe apreciar y valorar a los sacerdotes que viven su ministerio de servicio a Dios y a sus hermanos y porque en el caso del Padre Pablito no fue sólo un pequeño grupo de la parroquia (como a veces suele suceder) el que sintió su salida y luchó por su regreso, ni fue el mismo sacerdote el que movió los hilos para “hacerse pedir” (como también, a veces, sucede). Además, creo que los siguientes párrafos son un homenaje al Padre Pablito González y a todos aquellos sacerdotes que como él, entregados a su ministerio, dejan parte importante de su vida y una huella luminosa en cada uno de los pueblos a los que son enviados. He aquí tales párrafos:

 

No intentamos manifestarle, Señor Obispo, la profunda tristeza que embarga el corazón de todos y cada uno de los feligreses de esta parroquia, tanto porque no encontramos palabras para describirlas como porque Su Señoría Ilustrísima debe comprenderla. Hemos buscado un dolor que pueda compararse con el nuestro, y en este mundo no lo encontramos; nos habíamos propuesto llorar en silencio el bien que hemos perdido y al fin hemos roto ese propósito… Desde el momento en que el Sr. Cura Pablo González nos dejó, no hay un solo hogar que no se encuentre de luto y sumido en el más grande de los dolores. El templo se ve menos concurrido, da lástima ver llorar a los niños de la doctrina, las Congregaciones de Hijas de María, Congregación Mariana de Sta. Teresita, de San Luis Gonzaga, de San Estanislao, el Apostolado de la Oración así de hombres como de señoras, el Comité parroquial de la Acción Católica, los cuatro grupos, la misma escuela parroquial nocturna y, en una palabra, el pueblo todo se encuentra desalentado, sin ánimo para seguir en la lucha y tal vez muy pronto irá todo a tierra. Ignoramos cuál sea el destino de los jóvenes en muy pocos días más, sin padre espiritual, sin el único que había logrado ganar su cariño y manejarlos como un artesano maneja un instrumento cualquiera… Esperamos que Su Señoría Ilustrísima reflexionará, verá el mal que se le sigue al pueblo sin el Sr. Cura González y querrá dejárnoslo aquí; prometemos que, si en el pasado nos hemos portado mal con él y no hemos sabido corresponderle, lo haremos en el porvenir. Esperamos como contestación al ya citado Sr. Cura. Señoría Ilustrísima, usted lo puede.

 

En aquella carta aparecían las firmas de casi todos los habitantes de San José de Gracia; firmas de buena caligrafía y “garabateadas”, huellas digitales y crucecitas, estampadas por manos de pobres y de ricos, de letrados y de ignorantes, de hombres, de mujeres, de jóvenes y de niños de aquella parroquia, a quienes dolía la ausencia del Padre Pablito.

 

3.    Un nuevo llamado

 

Los caminos de Dios son inescrutables, el Espíritu de Dios sopla donde quiera y sus llamadas son diversas y para nosotros, a tiempo y a destiempo. A pesar de sus bromas sobre su actuación como cura, el Padre Pablito se sentía cómodo y realizado en su ministerio en aquella parroquia de San José de Gracia y prueba de ello era la labor realizada en todos los sentidos entre sus feligreses. Pero de pronto estalló en su alma algo que el Señor venía fraguando desde hacía algún tiempo, algo que se concretó en una nueva vocación a la que el Padre Pablito respondió de inmediato con generosidad y honestidad: trabajar por la salvación de las almas en tierras de misiones, donde verdaderamente y más que en los países católicos “la mies era mucha y los operarios pocos”.

Para ello y después de una seria reflexión y de varias consultas, el Padre Pablito pidió al Señor Fulcheri permiso para solicitar su ingreso a la Compañía de Jesús y así, más tarde, pedir ser enviado a las misiones que esta institución tenía establecidas en varios de aquellos países. Creo, en mi muy particular manera de pensar, que este espíritu y esta idea se han venido entendiendo menos en nuestros tiempos, debido al concepto de la nueva evangelización que, en cierta forma, ha diluido tal espíritu. En palabras del multicitado Padre Ramiro Vargas, amigo y buen conocedor del Padre Pablito y con relación a ese nuevo llamado del Señor, nos dice: “yo pienso que en esta vocación tuvo parte El Misionero y remotamente nuestro Círculo Misional”.

Efectivamente, fue el Seminario de Zamora uno de los pioneros en México que se impregnó de ese espíritu y dio frutos prácticos y concretos para ayudar a la labor misionera de la Iglesia en otros países, entre otras cosas con una Academia y un Círculo misioneros, la celebración extraordinaria del Domund, la fundación del periódico El Misionero y la aportación de varios de sus alumnos para tales misiones. El Padre Pablito siempre estuvo ligado a todas esas acciones y tomó parte activa en ellas, por lo que es válida la afirmación del Padre Ramiro sobre el influjo de ellas en su vocación misionera. Una pequeña muestra de todo eso (además de otras muchas) es que en 1937, antes de realizar su sueño de partir a tierras de misión, quiso tomarse una fotografía con todos los integrantes del equipo de El Misionero (superiores y alumnos), además del cariño del Padre Pablito por el Seminario y el periódico, el hecho de que irremediablemente cuando en un seminarista existe el espíritu misionero (influido desde luego por sus formadores) su celo apostólico crece.

Mientras el Señor Fulcheri leía la carta de los feligreses de San José de Gracia, el sacerdote hacía los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola para ingresar a la Compañía, después de ser admitido en ella y de haber enviado su Obispo el informe pedido  sobre el Padre Pablito que, entre otras cosas, decía: “Siempre ha demostrado gran celo por la salud de las almas ejerciendo su ministerio sacerdotal en varios lugares de nuestra Diócesis, sobre todo en esta nuestra sede episcopal en tiempo de la persecución religiosa y como párroco de San José de Gracia. Omni laude”.

 

·      La cristalización de un anhelo

La decisión del Padre Pablito de ingresar a la Compañía de Jesús, además de responder a un anhelo de mayor perfección, fue motivada por su deseo de ir a ejercer su ministerio sacerdotal a un país de misiones, ideal que no podía realizar ya que el clero diocesano, al que pertenecía, no tenía la posibilidad de enviar directamente sacerdotes a aquellos países. Por otra parte debemos señalar que fue tomada después de una concienzuda reflexión y análisis de su vocación y de su futuro, teniendo en cuenta el consejo de sus superiores, especialmente del Señor Obispo Fulcheri. En febrero de 1933 ingresaba a la Compañía de Jesús para hacer su noviciado por espacio de poco más de dos años, noviciado que realizó, según el testimonio de algunos de sus compañeros, “de manera edificante” y sin perder su bonhomía y su carácter alegre y jovial, de tal manera que en 1937 fue admitido por sus superiores jesuitas a emitir sus votos. En febrero de 1936 ya estaba casi definido por él y sus superiores su futuro próximo y los lectores del periódico El Misionero (del que era asiduo lector y con cuyo personal estaba en constante comunicación) leían que “tal vez en fecha no muy lejana, el Padre Pablo González, S. J., bien conocido en esta ciudad, no muy tarde irá a las Misiones de China”. Y en julio de 1937 volvían a ser informados de que “el próximo mes de agosto, Dios mediante, partirá la primera expedición a China de jesuitas mexicanos… en ella van el Padre Pablo González y los Hermanos estudiantes Federico Chávez Peón y Manuel Hernández Montaño. Su destino, concretamente, sería el Vicariato Apostólico de Anking que atendían los padres jesuitas españoles, quienes “ante la inmensidad de la mies y la escasez de los operarios”, habían solicitado ayuda a las Provincias de Colombia y de México, solicitud a la que el Padre Pablito respondió inmediatamente, “levantando la mano”. Aquel Vicariato Apostólico chino contaba con 7 millones de habitantes, de los cuales sólo 26 mil eran católicos y 10 837 catecúmenos, llenos de zozobras e incertidumbres por el establecimiento del comunismo en China por parte de Mao Tse Tung, y con ello la persecución a los cristianos. Vasto e inseguro campo para el celo misionero del Padre Pablito...

 

·      “Adiós, oh Patria de mis amores”

El padre Pablo, antes de partir a China, estuvo en el Seminario de Zamora, entre otras cosas para despedirse de sus antiguos colegas, superiores y de sus antiguos alumnos, pero sobre todo de los integrantes del periódico El Misionero. Con ocasión de esa despedida, Alfonso Ramírez Vega, seminarista de Santiago Tangamandapio y hermano del señor cura Eliseo Ramírez, le compuso una poesía relativa a su partida a las misiones:

 

Majestuoso se aleja de la playa / un espléndido buque pasajero./ Junto a la popa, como absorto, se halla/ un joven sacerdote misionero. / Un momento después, cuando ya advierte/ de la Patria las últimas caricias,/ con voz enternecida, clara y fuerte,/ de Anáhuac se despide y sus delicias: / “Adiós, oh Patria de mis amores, / Adiós por siempre mi Seminario,/ donde me dieron en tu santuario/ del sacerdocio la santa unción./ Adiós, oh templos, donde rezaba,/ donde extasiado yo consagraba/ la Hostia Santa de Redención. /

Se va a su camarote y reverente/ pide a Dios por su Patria, muy a solas,/ y la súplica trémula y ferviente/ se levanta hacia el cielo, dulcemente,/ al arrullo del viento y de las olas.

 

            China, la enorme mies, esperanzadora pero convulsionada, lo esperaba.

 

 

·      En Anking, China

La partida del Padre Pablito como misionero a China, después de haber estado como Vicario en la Purísima de Zamora, como maestro en el Seminario y como párroco en San José, y de haber sido querido y estimado en todas esas partes, despertó no sólo la admiración de muchos, sino que el espíritu misionero se vio aumentado tanto en el Seminario como entre los lectores de El Misionero. En los oídos y en el corazón de los seminaristas resonaron con más fuerza las palabras que el Padre Pablito les dijo en su despedida: “Yo he pedido por vosotros y espero que ayudéis a vuestra nueva misión de Anking. Aunque no deis mucho dinero, podéis ofrecer muchas oraciones y éstas valen más”. Y los lectores de El Misionero pudieron leer en él: “Sin duda el señor suscitará entre los lectores muchas almas generosas que quieran ayudar con sus limosnas al viaje de los misioneros y al sostenimiento de los mismos en aquel nuevo campo apostólico”. Y pronto llegaron los donativos “en pro de los misioneros mexicanos en China y en especial para los misioneros de Anking”. Ya estando en China, el Padre Pablito sostuvo una constante comunicación epistolar, sobre todo con El Misionero, en cuyo archivo existe una regular cantidad de sus cartas llenas de optimismo, de agradecimiento, muchas de las cuales se publicaron en el periódico y en las que contaba sus experiencias de entusiasta y novato misionero. Imposibilitados para dar a conocerlas, me permito transcribir pequeños párrafos de algunas de ellas:

 

He estado recibiendo El Misionero con regularidad. Siempre leo con gusto sus cuatro páginas, deseando que fuesen más largas. Ni las listas de los nombres de los que envían limosnas se me escapan. Agradezco a los colaboradores y felicito a los encargados del periódico. No he visto a José Martínez –el otro seminarista zamorano convertido en misionero en China–, ni sé dónde reside actualmente. Su Vicaría ha sido castigada duramente por la guerra. Son incalculables las pérdidas materiales y las vidas que está costando la despiadada lucha… La caridad desinteresada de los misioneros y seglares católicos para socorrer a los que la guerra deja sin hogar y sin pan han conquistado la admiración y simpatías de multitudes paganas… Hacen falta muchos misioneros. Hace falta dinero para dar un pedazo de pan y cubrir la desnudez de tantos millares de víctimas de la guerra que viven en la más desastrosa miseria.

Julio 25 de 1938.

 

 

·      “Una dicha que se desvanece…”

Pero los caminos y los planes del hombre no siempre son los caminos y los planes de Dios, por más que aquéllos sean rectos y plenos de buenas intenciones. Pronto el padre Pablito, aceptando plenamente la voluntad de Dios, vio cómo sus sueños e ilusiones e iban desvaneciendo, debido a varias circunstancias. En primer lugar la lucha fratricida y terrible, encabezada por Mao Tse Tung para establecer en China el comunismo, con la consiguiente persecución de la religión católica, la expulsión, martirio y aun muerte de muchos sacerdotes y religiosas que luchaban en aquel país para dar a conocer el Evangelio de Cristo. Algunos de ellos y ellas tenían comunicación con El Misionero y daban a conocer a sus lectores sus sufrimientos y problemas causados por aquella implacable persecución (entre otros el Padre Aceves y la Madre Piedad González Luna, de Guadalajara y cuya historia es admirable). En segundo lugar, Dios permitió que el Padre Pablito sufriera una parálisis que lo imposibilitó para ejercer su ministerio en aquellas tierras. El Señor Valencia Ayala, refiriéndose a este hecho, escribió:

 

Abrumado por la masa infiel, palpando la miseria de los que no conocen a Dios, sintió impulsos de entrega generosa por ellos, entre tanto que aprendía la difícil lengua de Confucio y hacía sus primeros ensayos de novel misionero. Pero se alimentaba mal, no encendía la estufa del cuarto con una temperatura helada y hacía esfuerzos sobrehumanos para aprender el chino en la impaciencia de su celo…Y le llegó una parálisis parcial…

 

            El mismo Padre Pablito, en una de las cartas que escribió a El Misionero, nos da una idea de su situación angustiante: “El Misionero (el periódico) está durmiendo tranquilamente en mi mesa, todo el tiempo de mi enfermedad...” (tal era su crítica situación de salud que ni siquiera podía leer su Misionero, que religiosamente, mes con mes, le llegaba desde el Seminario de Zamora). Y describía su enfermedad: “Dos dedos de mi mano izquierda continúan paralizados. El brazo, la lengua y ojo y todos los miembros que estropeó la parálisis sanaron ya, gracias a Dios. Me encomiendo a sus oraciones. P. González, SJ”. Todavía y a pesar de todo, tenía fe y esperanzas de poder continuar realizando su gran sueño de dar a conocer a Cristo y su doctrina a los chinos. Pero el Señor dispuso otra cosa y “los superiores lo devolvieron a México, y se le deshizo el gran sueño misionero de su vida”. Pero lejos de desplomarse, aceptó plenamente la voluntad de Dios que ya le tenía preparada en México otra misión… El entonces seminarista Padre Raúl Gutiérrez Vargas, miembro del grupo responsable del periódico El Misionero, con ocasión de aquella dura prueba para el Padre Pablito que veía desbaratados sus sueños, escribió una poesía que reflejaba en parte sus sentimientos y de la cual me permito transcribir algunos párrafos:

 

País de los recuerdos y las tradiciones,/ fragancia legendaria que hasta mi se llegó,/ ¡cómo amé tus llanuras y tus azules montes!/y en ti formé mi dicha, que se desvaneció. País de los recuerdos, recuerdo de mi vida; /yo por tu suelo inmenso quise mi vida dar/ y gocé tus mañanas cálidas y divinas, / mas naufragué en mi sueño, y hube de tornar. / País de los recuerdos, ilusión de mi vida/ quise en tus pueblos chinos predicar a Jesús./ ¡Qué bien se hubieran visto en un ocaso lila / perfilarse extendidos los brazos de la Cruz…!/ País de los recuerdos: ilusión de mi vida…

 

            Pero como decía antes, el Señor le tenía preparada otra misión al Padre Pablito, enfermo y todo, a su regreso a México, e iba preparando su mente y corazón para realizarla con la misma generosidad y entereza.

 

·      El que es perico donde quiera es verde

 

El ver que la persecución maoísta y su grave enfermedad habían derrumbado de manera estrepitosa su sueño acariciado por tantos años de ser misionero en tierras de infieles, indudablemente fue para el Padre Pablito un golpe terrible y quizá a muchos otros los hubiese apocado o les hubiese acabado toda ilusión. Pero él era de la estirpe “de los que se crecen al castigo” y como era un hombre convencido de su vocación y entregado plena y gozosamente a ella, aquellas dolorosas circunstancias no impidieron dicha convicción y dicha entrega y, dentro de lo que su enfermedad se lo permitió, siguió siendo el mismo padre Pablito, alegre, entusiasta y, sobre todo, sacerdote auténtico y consumido por el celo de la salvación de sus hermanos, sin importar lugar, condiciones, objetivos u otras circunstancias.

Es por ello que se me vino a la mente el arriba citado refrán popular, sabiduría pura y aplicable a todo aquel individuo que, sabiendo lo que es y para lo que es, actúa siempre de la misma manera, sin importar el cómo, el cuándo, el dónde y el con quién, ya fuese como el Padre Pablito, como profesor del Seminario, familiar del Sr. Obispo, párroco de San José de Gracia, misionero en China o, enfermo y todo, entre los chinos del Barrio Chino en México o misionero en Tabasco. En efecto, al regresar convaleciente y aún un poco enfermo de China, el padre Pablito, por orden de sus superiores, radicó en la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles en la ciudad de México, ubicada en la calle Lerdo de Tejada, en la Colonia Cuauhtémoc y casi en el centro de la ciudad, administrada por los Padres de la Compañía de Jesús. Ahí, pronto, la Providencia Divina y el celo apostólico del Padre Pablito volvieron a conectarse y se le presentó la oportunidad de darle cauce a esa llama que en su corazón ardía, pues “dio la casualidad” que, cerca de aquella iglesia y muy cerca de la Alameda Central, existía el Barrio Chino, habitado por gran cantidad de individuos de esa nacionalidad. Su amor, sus recuerdos y la nostalgia por China lo inclinaron a ejercer su apostolado entre aquella gente, ayudándose en gran parte por el conocimiento que del idioma chino había adquirido durante su breve estancia en aquel país.

Numerosos fueron los frutos de su apostolado, pues logró que muchos habitantes de aquel barrio se convirtiesen al catolicismo, inculcando además en muchos de ellos el amor a la Virgen de Guadalupe, de tal manera que, al poco tiempo, los chinos católicos de aquel lugar realizaban una peregrinación a la Basílica de Guadalupe, acompañados de danzas y música chinas y mexicanas.

 

·      Tabasco, tierra de misión

 

Para el Padre Pablito, siguiendo el ejemplo de su gran patrono Pablo de Tarso, “a tiempo y a destiempo”, su obsesión era la extensión y consolidación del Reino de Dios, sobre todo donde más se necesitaba y, por los contactos y relaciones existentes entre la Compañía de Jesús y el Señor Del Valle, Obispo de Tabasco, a quien ayudaban en la reconstrucción de la iglesia tabasqueña, pronto el Padre Pablito se dio cuenta de que la Diócesis de Tabasco era uno de esos lugares más necesitados del Evangelio de Cristo. Efectivamente, aunque habían pasado ya algunos años desde que gobernara aquel estado Tomás Garrido Canabal, quien casi aniquiló en él la religión católica, había que comenzar casi desde cero para restablecer de nuevo aquella iglesia particular. Garrido Canabal, con la protección incondicional de Obregón y de Calles, había sido gobernador de Tabasco de enero de 1923 a diciembre de 1926; y nuevamente de 1930 a 1934. El doctor Rodulfo Brito Foucher, quien conoció ampliamente a este personaje, escribió de él, entre otras cosas:

 

No cree en Dios, ni en su raza, ni en la patria, ni en la familia, ni en su padre, ni en su madre, ni en la moral, ni en la ley, ni en el honor, ni en la buena reputación, ni en la propia estimación, ni en los principios, ni en ninguna doctrina. Sólo cree en el éxito y tiene una bestial e insaciable ansia de mando… Pero fue en el ámbito religioso donde Tomás Garrido Canabal dejó aflorar la enorme maldad que puede albergar el alma humana. El odio tan grande que sentía por todo lo que oliese a religión lo hizo convertirse en el más vil, rastrero, bestial y salvaje perseguidor de la Iglesia en la historia de México. Todos los sacerdotes, religiosos y el Obispo de aquella región tuvieron que esconderse o fueron encarcelados, asesinados o desterrados. Todas las iglesias fueron cerradas y sus altares destruidos, siendo demolidas la mayor parte para construir canchas de béisbol o básquetbol. Los únicos lugares donde se podía ver una cruz eran en los cementerios. Durante ¡catorce años! no se vio en Tabasco ni un obispo, ni un sacerdote.

 

Y el Padre Pablito se dedicó con entusiasmo y ahínco a buscar vocaciones para aquella Diócesis tan necesitada de ellas y, obligadamente, volvió sus ojos a su antigua Diócesis y a su antiguo Seminario de Zamora, donde abundaban tales vocaciones. Y precisamente en el Seminario de Zamora, por iniciativa del Señor Obispo Anaya y del Señor Vargas Cacho, existían algunas becas para la formación de sacerdotes para diócesis pobres de México. El 24 de octubre de 1949, el Padre Pablito le escribía al Señor Vargas, Rector del Seminario: “Contesto inmediatamente, agradeciendo en todo lo que a mí toca la generosidad del Señor Anaya por las dos becas que siguen asignadas a la diócesis de Tabasco y la bondad de Ud. de aceptar a los sujetos”.

Fueron varios los seminaristas que de la ciudad de México envió el Padre Pablito al Seminario de Zamora para que, una vez ordenados, fueran a ejercer su ministerio a Tabasco, entre ellos podemos citar a Evaristo Barba, José Montes de Oca y Máximo Ortega. Más tarde, el 9 de mayo de 1950 y desde Villahermosa, el Padre Pablito escribía al mismo Señor Vargas: “Se me ha ocurrido enviar a Evaristo Barba a Montezuma el próximo año escolar; pero antes de indicarle a él nada, deseo un informe general de él y su parecer como rector”. Y el 7 de septiembre de 1950:

 

Por fin Evaristo pudo arreglar su pasaporte para Montezuma… Muy agradecido estoy por la excelente formación que recibió en ese Seminario, en especial por la caridad de Ud. y de los P.P. profesores que “lo domaron” y tuvieron como discípulo.

 

***

 

Finalmente, y para no alargarme, debo añadir que el Padre Pablito, en 1954, murió en la ciudad de México, víctima del cáncer, enfermedad que sufrió con verdadero ánimo heroico.

Mucho más pudiéramos añadir acerca de la personalidad y ejemplaridad de este sacerdote, pero creo que con lo que hasta aquí hemos compartido con los lectores nos hemos formado una leve idea de la grandeza de su alma y de la profunda vivencia de su sacerdocio. “De tejas abajo” y según mi muy personal opinión, son muchos los sacerdotes ejemplares con los que el Señor se ha dignado enriquecer a nuestra Diócesis de Zamora. Aunque no estén en los altares por falta de promoción y decreto de la Iglesia, merecerían estarlo y, si no lo están, no dejan de ser un ejemplo a imitar, no sólo para los sacerdotes sino para todos los miembros de esta Iglesia zamorana, ejemplaridad que, desgraciadamente sólo nos ha servido para admirarla y presumirla, pero no para imitarla.



[1] Egresado del Seminario Conciliar de Zamora, a la fecha se desempeña como archivista diocesano. Este Boletín agradece al autor, que por conducto del doctor Ulises Íñiguez Mendoza hizo llegar esta colaboración. El texto se nutre en buena medida en las fuentes primarias que ahora el biógrafo custodia.



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