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Notas de lectura

Luis de la Torre[1]

 

 

Salidos del alma en el invierno de la vida,

estos apuntes ilustran las inquietudes de siempre

de un jalisciense cuyo talento han dejado huella

en el campo cultural mexicano de la segunda mitad del siglo xx:

sus anhelos, expectativas, inquietudes hondas, fe…[2]

 

 

1.    Madre Nuestra

“Francia ha dejado de quererme, por eso me voy de Notre Dame”. Bien podríamos poner esta sentencia en boca de Nuestra Señora de París. Y es que Francia, la hija mayor de la Iglesia, la Francia de Santa Genoveva de París, la patrona de la ciudad fundada en el islote del Sena, la Francia de Carlomagno y San Luis rey, muerto como cruzado salvaguardando Tierra Santa para la cristiandad, la de Juana de Arco, la de las carmelitas mártires de la Revolución francesa, la de la caridad de San Vicente de Paul, la conversión de Paul Claudel y tantos ejemplos de auténtico catolicismo, esa Francia ha elegido para su vida diaria, como toda Europa, un laicismo prácticamente ateo.

Notre Dame tenía una afluencia numerosísima de turistas, más que devotos de Nuestra Señora, atraídos por la monumentalidad y la historia de la catedral. El incendio es una impresionante sacudida a la fe adormecida de una nación que le ha dado la espalda a la Iglesia y aun que ha entregado ciudades enteras, como Marsella, al Islam. La sacudida es impresionante porque implica la destrucción de un símbolo acendradamente parisiense, nacional y católicamente internacional.

Ya la Revolución francesa con su odio a la religión, gracias a sus filósofos y enciclopedistas ateos, había destruido con sus manos ensangrentadas la catedral, que convirtió en bodega durante más de treinta años, hasta que un escritor de conciencia como Víctor Hugo puso de relieve lo que significaban para París aquellas ruinas.

En su novela Nuestra Señora de París, por encima de Quasimodo, el encargado del campanario y la gitana y bella Esmeralda, el personaje principal es la misma catedral. Con su lectura la nación tomó conciencia del valor de su joya medieval y el rey Luis Felipe decidió la reconstrucción de la catedral destrozada encargándole el proyecto a un experimentado arquitecto de nombre Viollet-le-Duc.

Unos proponían demolerla en función de un malentendido progreso, otros proponían mantener las ruinas tal como estaban, como testigo del pasado, pero se impusieron la sensibilidad, el arte y la memoria histórica, sin dejar de revalorar lo sagrado. Bajo la dirección de Viollet-le-Duc se pasó de un edificio raspado, batido, disminuido, enajenado, a una iglesia revivificada, arborescente y parlante, que años después sufriría otro incendio no tan grave.

Desde hace ocho siglos París es Notre Dame, por encima de la Torre Eiffel, de los Campos Elíseos, del Arco de Triunfo, la Ópera y la tumba de Napoleón. “París bien vale una misa” es una frase atribuida al hugonote Enrique IV, lo que quiere decir el aprecio que se le tiene a la catedral desde el punto de vista reinante, no católico; es decir, del interés que representa para el poder su participación en la grandeza de su significado.

En el gótico sublime de la construcción de Notre Dame nació la masonería, la constructora, la de los maestros albañiles o maçons que luego fueron copados con sus secretos arquitectónicos para convertirse en una secta política e ideológica secreta y piramidalmente organizada para destruir las monarquías y el poder espiritual de la Iglesia con el lema humanista de Libertad, Igualdad y Fraternidad.

Notre Dame mantuvo siglo tras siglo su piedra orante, su alta liturgia diocesana y su imponente belleza arquitectónica, orgullo del parisino creyente y no creyente. Por todo eso, el incendio que estremeció a París y al mundo entero tiene un mensaje apocalíptico. No es sólo un monumento, un icono, un memorial de la Ciudad Luz. Es el corazón del catolicismo europeo y una de las reliquias más queridas y apreciadas universalmente.

El gobierno de Francia se ha comprometido a restaurar la catedral y aun hacerla más bella en el lapso de cinco años. De inmediato aparecieron las aportaciones millonarias. El empresario de exitosas firmas de moda esposo de Salma Hayek ha ofrecido ya cien millones de euros. ¿Se tocarán el corazón los grandes capitales mexicanos, los Slim, los Helú, los Azcárraga? Esa restauración será la piedra, los vitrales, la cúpula y la aguja. ¿Y el alma? ¿Y el mensaje? ¿Y el misterio? Eso debe sacudirnos. No es el incendio de Roma, ni el de Moscú, ni el Reichstag. Este incendio tiene un sentido espiritual mucho más profundo.

  

2.    Escritores católicos

En mi juventud, queriendo fortalecer mi fe con lecturas de autores católicos más allá de las vidas de santos, milagros y apariciones, me encontré con autores profundos que sacudieron las fibras de mi corazón y mi inteligencia.

La lista es amplia y generosa: leí a Gilbert K. Chesterton, aunque sus escritos no me impresionaron tanto, pues las narraciones detectivescas del Padre Brown me parecieron solamente divertidas, aunque muy elogiadas por autores como Borges, por su calidad literaria. En cambio, la vida de Chesterton me impresionó mucho por su consistencia como creyente. Se trata de un hombre alegre, lleno de agradecimiento por la vida, un pensador inteligente que habiendo sido bautizado dentro de la iglesia anglicana, más como un acto social que religioso, en su juventud se hizo librepensador, agnóstico, y al casarse con una mujer devotamente anglicana fue descubriendo el catolicismo y, una vez que se adentró en los escritos patrísticos y la historia de la Iglesia, se volvió un hombre de fe, de fe que defendía con humor e ironía en su quehacer como periodista y en sus largas conversaciones con ateos inteligentes y burlones como Berdard Shaw. Chesterton sólo fue bautizado católico a los 48 años de edad. Creyó sinceramente que el cristianismo es la llave para entender el misterio de la vida. Su producción literaria es extraordinaria, conservando siempre el sentido ortodoxo de su cristianismo que refleja, no sin ironía, en sus poemas, sus artículos periodísticos, sus novelas, sus ensayos, sus biografías, su teatro y las narraciones del Padre Brown, donde pone la psicología al servicio de la teología.

Su amigo Hilaire Belloc es un ardiente defensor de la Iglesia. Su pensamiento puede sintetizarse en su frase “la fe es Europa y Europa es la fe”, con la cual se resume su ortodoxia católica con la que bautiza toda su producción literaria y periodística. Sus biografías tocan personajes y situaciones en las que se debate la fe católica. Escribió Los judíos, Europa y la fe, Isabel de Inglaterra, Las cruzadas, Cómo ocurrió la Reforma, Las grandes herejías y otras obras más, en las que se manifiesta como un acendrado apologista católico. De él leí Los judíos.

Graham Greene, según él mismo lo aseveró, no es un escritor católico, sino un católico escritor. Y así hay que tomarlo. Por medio del cine podemos conocer sus obras, como El tercer hombre, El tren de Estambul, El americano impasible, películas basadas en novelas que no tienen nada de mensaje católico. Pero en El fugitivo, interpretado por Henry Fonda y Pedro Armendáriz, Graham Greene tiene que ambientar el estado de represión que sufrió la Iglesia en el México de Calles. El tema lo desarrollará más profundamente en dos extraordinarias novelas: Caminos sin ley y El poder y la Gloria. Son tres novelas que muestran el trasfondo católico de Graham Greene y su destreza para narrar psicológicamente un tortuoso sentimiento de culpa en la humanidad de un sacerdote católico.

Luego me encontraría con La montaña de los siete círculos de Thomas Merton, que me llevaría a leer Las aguas del Siloé, Las semillas de la contemplación y Ascenso a la verdad. Ahora sí que me encontraba con un místico inteligentísimo, que vivía como monje benedictino en el claustro de Getsemaní, en Nueva York. Merton se había convertido al catolicismo a los 21 años de edad. Su vena literaria lo encaminó a ser un prolífico autor de más de sesenta libros del más profundo misticismo, con gran inquietud social. Desde antes de su bautismo, buscando un conocimiento religioso, Merton asistió a la conferencia de un monje hindú para solicitarle una instrucción, pero éste le dijo que se conectara con sus propias raíces y le recomendó leer las Confesiones de San Agustín y la Imitación de Cristo. Suficiente para que Merton se centrara en un catolicismo apasionado vivido intensamente, no sin dejar de estudiar y relacionarse con místicos orientales como el Dalai Lama, dándonos un ejemplo de universalidad como la que acaba de mostrarnos el Papa Francisco al convivir respetuosamente con los mormones que inauguraron un templo en Roma.

En mi búsqueda de autores católicos me encontré con un monstruo: Léon Bloy. Leí con verdadera fruición La mujer pobre, El peregrino de lo absoluto, La sangre del pobre y Cartas a sus ahijados, y quede impactado. El trasfondo de su modo de pensar está en el único problema del hombre: el de no ser santo. Léon Bloy es un profeta apocalíptico, intransigente. Sin alcanzar a digerirlo en su absolutismo, me atraían mucho sus convicciones, a las que respondía con una vida de profeta anacoreta. Pero más tarde me sacó de balance cuando dice ser el único que ha comprendido lo que es Satán.

¡Hasta dónde alcanzó a llegar su mente escatológica! No se mide cuando dice que ve en Satanás a la tercera persona de la Santísima Trinidad. Pone al Maligno como un ser poderoso, caído y resentido con la humanidad, a la que le envenena los ríos de la vida y las fuentes de la muerte, y arma contra los hombres la naturaleza entera. Todo lo moderno es del Demonio. ¿Cómo puede Léón Bloy identificar al Demonio, al No amor, con el Espíritu Santo, todo Amor? ¿Es Léon Bloy un neoagnóstico que se pierde en los simbolismos más impenetrables? ¿Acaso Léon Bloy es uno de aquellos presumidos herejes que pretendían encontrar en las Escrituras sentidos misteriosos e inaccesibles al común de los mortales? Me quedo con el Leéon Bloy del único problema del hombre: el de no ser santos. Me quedo con el Léon Bloy de La mujer pobre, el de la castidad y el amor a toda prueba. El Bloy teológico es absolutamente personal, fuera de toda ortodoxia, escandalizador y desestabilizador. ¿En qué mente agnóstica o religiosa cabe decir que el primer hombre es Jesús y la primera mujer el Espíritu Santo y están uno frente al otro bajo la mano terrible del Padre? Y sigue desconcertándonos cuando dice que la mujer es figura del Espíritu Santo y representa todo lo caído, todo lo que caerá, y el hombre como figura de Jesús representa la aceptación. Para Bloy, Paráclito es sinónimo de Lucifer. Y luego se jala con una imagen estremecedora: Satán es el hijo de la Luz, es Lucifer, consentido del Padre, es su hijo pródigo del que espera ansiosamente su regreso. Lucifer volverá y será recibido con alborozo por el Padre. Su hermano mayor, Jesús, no estará contento, eso quiere decir que la Iglesia perseguirá al Paráclito liberador que debe desclavar a Cristo al final de los tiempos. Y eso será el triunfo de la sinagoga y la gloria de Satán. El No amor retornará a lo que era primitivamente, el Amor. Si Dios mantiene eternamente el infierno, la Creación está fallida. Hay en ella una mancha, una mácula intolerable para la gloria de Dios, que está obligado a perdonar a Satán y a todos los condenados. Estamos ante ideas inconmensurables, escatológicas, desesperantes. Bloy es el desesperado. Pero por él se convierten al catolicismo Jacques Maritain y su esposa Raïssa. Papini le sigue la corriente con su libro El Diablo, abogando por su redención. En lo que no se equivoca Papini es cuando encuentra al Demonio sentado en la banqueta, aburrido, sin quehacer, puesto que todos los hombres van hacia él como romería.

 

3.    Activismo antiespiritual

Cuando Papini se encontró con el Diablo sentado en la banqueta, desempleado y aburrido porque ya no tenía para qué preocuparse por hacerles la vida pesada a los hombres, ya que ellos acudían solitos hacia él como ratas tras el flautista de Hamelín, Papini midió mal el pensamiento del ángel caído. Éste sólo estaba descansando, maquinando, inventando mil atracciones para distraer al hombre de la más mínima posibilidad de pensar en Dios o en la vida eterna. Y su prodigiosa inventiva encontró mil formas de distraer esos pensamientos. Olvídate de herejías y cismas. Nestorianos, agnósticos, maniqueos, monofisitas, cátaros y albigenses, modernismo y todos los ismos de cuestionamiento a la fe son historia.

El nostálgico personaje del abismo que le causó pena a Papini es un activista incansable para su causa, y bien que estaba planeando una gran estrategia para echar sus campanas al vuelo entrando el siglo xxi. Televisión, celulares y deportes serían sus instrumentos más eficaces para distraer completa y obsesivamente la mente de una humanidad tendiente al ateísmo. Y de qué forma tan hipócrita y seudoinocente iba el ángel de la impiedad a manejar esos inicuos instrumentos disfrazados de sano esparcimiento. Basta ver un anuncio que dice: “el futbol lo puede todo”. Se maneja la palabra “todo” como si nada. El Todo queda reducido a un saco de ilusión y desprendimiento de lo eterno. Aquí no ha pasado nada y todos felices.

El futbol se ha vuelto una religión mundial. Sus sacerdotes, los comentaristas de múltiples difusoras, son extremadamente burdos en su afán de hacer creer al cautivo televidente que se encuentra en el Nirvana del conocimiento, de la emoción y del recreo del vivir. Esa casta sacerdotal de comentaristas ha encontrado, a base de mentirse a sí mismos, la manera de distraer idiotamente al grueso de un público insulso, sin interés por un pensamiento más elevado, al tiempo que lo entretienen por horas con estupideces como que si la bola salió o no salió de la raya. No. El futbol con todas sus estrellas no es el universo. El futbol es una herejía moderna, muy bien planeada por esa inteligencia permitida para envolver al hombre en una falsa felicidad que lo distrae totalmente de lo trascendente, apoyada por la suma del entretenimiento que es la televisión. El deporte, claro, es una actividad saludable y recomendable, pero de allí al curso que le está dando, sobre todo al futbol, el coro de comentaristas que loan las hazañas de los futbolistas como grandes heroicidades, con sus narraciones exaltadas y sus sabiondos juicios y conclusiones, es algo para someterlos a juicio. No se midieron y están llevando una simple crónica deportiva al paroxismo de la imbecilidad.

 



[1] Luis de la Torre Ruiz, (Mezquitic, Jalisco, 1932), artista plástico, fundador y director del periódico Mi Pueblo, ha sido galardonado con los premios nacional de periodismo en caricatura, Fernando Benítez, José Pagés Llergo y Jalisco al mérito literario.

[2] Este Boletín agradece a su autor su inmediata disposición para publicar en estas páginas los textos que siguen.



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