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Fernando Carlos Vevia Romero

In memoriam

Carmen Vidaurre[1]

 

El sábado de Pascua, 25 de abril del 2019, dejó de existir en Guadalajara, su patria chica desde 1975, el doctor Fernando Carlos Vevia Romero (Madrid, 1936), académico excepcional de la Universidad de Guadalajara y colaborador asiduo de este Boletín. Quien fue su discípula, leyó el texto que sigue luego de la misa que se ofreció en sufragio del culto humanista en el templo de Santa Teresa, donde fueron depositadas sus cenizas.

 

Para quienes evalúan las aportaciones de un investigador en términos cuantitativos será importante saber que Fernando Carlos Vevia Romero produjo 13 libros, 24 capítulos en obras colectivas, 16 volúmenes traducidos, principalmente del alemán, inglés y francés, y un número considerable de artículos en muy diversas publicaciones. Para quienes, lejos de quedarse con las cifras, ponen atención en los aspectos cualitativos de una labor intelectual será más interesante conocer que en sus obras se ocupó de la forma en que el contexto social fue representado en el teatro de Rodolfo Usigli, que abordó a partir de aportaciones del estructuralismo francés, cómo las relaciones en tríadas sirvieron de base a las representaciones literarias de la sexualidad en las novelas de Cervantes, que se ocupó de un tema que sería objeto de abundantes coloquios y publicaciones en el ámbito de la sociología, la antropología y en las obras posteriores de renombrados filósofos latinoamericanos y europeos, las cuestiones identitarias colectivas nacionales y continentales, que rescató de la hemeroteca obras teatrales mexicanas olvidadas, y por ello mismo ignoradas por los historiadores de la literatura, que analizó desde una perspectiva crítica y filosófica el discurso religioso en América Latina, que abordó diversos aspectos de la estética y la teoría del arte a propósito de la obra de diversos pensadores, muchos de ellos fundamentales en el desarrollo del arte del siglo xx y no sólo en el de sus propios contextos históricos, que se atrevió a analizar cuestiones de ética y sociedad en la novela picaresca a partir de las propuestas metodológicas de Noam Chomsky, que estudió el misticismo poético de San Juan de la Cruz desde enfoques metodológicos diversos, y tuvo la osadía de hacer aportaciones novedosas sobre la obra de uno de los autores más estudiados en la lengua española y de quien podría pensarse que ya todo se ha escrito, pues se trata de Cervantes, y lo hizo analizando El Quijote como una obra marcadamente hipertextual, o en términos de Gerard Genette subrayadamente transtextual, por establecer redes de relaciones múltiples con abundes producciones literarias y pictóricas previas y contemporáneas a ella, lo hizo también estudiando todos los escritos de ese destacado autor –de quien todos hablan pero muy poco realmente conocen–, analizando desde La Galatea hasta El Quijote, siendo este tema para él una verdadera obsesión, que lo llevó no sólo a escribir cinco de sus libros publicados, el último de ellos en 2016, El mar de Cervantes, sino que lo condujo también a dejar una cantidad enorme de escritos inéditos acumulados en su estudio.

Sobre semiótica, no sólo continuó con la labor que Xavier Gómez Robledo había emprendido en la entonces facultad de Filosofía y Letras, llevó la enseñanza y la difusión de la semiología, del Grupo Tel Quel y la semiótica, mucho más allá del conocimiento de las obras de Pierre Giraud y Roland Barthes –de quien el gentilísimo y docto jesuita Gómez Robledo fuera discípulo–, al hacernos descubrir la profunda influencia de Hegel en la concepción del signo formulada por Greimas, al producir una obra informada que introduce al lector, incluso no especializado, de modo amable y claro en los estudios de un método tan exigente como lo es la semiótica, al traducir al español por primera vez los escritos que permiten identificar –a quienes no leían inglés– el enorme abismo que existe entre las nociones de interpretante e interprete en las concepciones de Charles Sanders Peirce aunque haya todavía investigadores despistados que los confunden, escritos que nos llevan también comprobar los resabios de la filosofía del siglo xviii que se manifiestan en la obra de este filosofo de la ciencia.

Entre otros asuntos, Fernando Carlos Vevia Romero se ocupó del pensamiento teológico, del neoclásico español, del idealismo alemán, de la estética del arte y la literatura en la obra de autores de Europa Oriental, de los puntos de contacto entre la inteligencia artificial y la humana, escribió sobre pensadores muy diversos de siglo xx. Participó también, con su colección antológica de ensayos, que junto a las de poesía y narrativa realizadas por Hugo Gutiérrez Vega y Fernando del Paso, conforman la propuesta de “Letras para volar” para promover la lectura en el nivel de bachillerato, buscando contribuir así a solucionar un grave problema que afecta incluso a muchos docentes de nuestro país: la muy deficiente capacidad lectora.

Sus capítulos de libros nos ofrecen un panorama más amplio de sus intereses literarios, que incluían autores nacionales y extranjeros, pues en ellos se ocupó de las obras de Juan Ruiz de Alarcón, José Luis Martínez, Juan Rulfo, Teresa de Ávila, Juana Inés de la Cruz, Miguel de Unamuno, Jean-Charlier Gerson, Bertolt Becht, entre otros.

            Su labor de traducción fue notable, no sólo por involucrar distintos idiomas que hablaba con notable dominio, también por la dificultad que presentaban algunas de las obras que tradujo.

Había nacido en la tercera ciudad más poblada de la actual Unión Europea, un asentamiento visigodo incorporado a la corona de Castilla en el siglo xi y a la que él describía como una ciudad que poseía un clima dividido entre seis meses de invierno y seis meses de infierno, y cuyas queridas calles le parecían enormemente similares a las de la ciudad de México, y había estudiado en una de las instituciones educativas de mayor renombre en España. Sus intereses académicos lo habían llevado a Alemania, donde al igual que la maestra Irma Martínez López fuera profesor de español por varios años. Éstas entre otras experiencias lo hacían destacar la importancia que tiene la lengua como factor ideológico de mediación en los procesos cognitivos y a interesarse profundamente por la filosofía del lenguaje, ocupándose entonces por analizar no sólo el ensayo sobre el entendimiento humano de John Locke, las aportaciones sobre la referencia y el significado de Fregue, la teoría de las descripciones de Bertrand Russell, las aportaciones sobre lógica y lingüística de Ludwig Wittgenstein que influirían notablemente en el Círculo de Viena, las obras de Charles William Morris, pero también las de Mijail Bajtín y de los formalistas rusos. Posteriormente estudiaría el estructuralismo francés y la semiótica desarrollada en el denominado Círculo de París, especialmente a uno de sus representantes, Julien Greimas, a quien luego contrastaría con Umberto Eco, Teun van Dijk, Yuri Lotmman, y tantos otros.

En 1973 había contraído matrimonio con la maestra Irma Martínez López, e invitado a la Universidad de Guadalajara por uno de los fundadores de la Facultad de Filosofía Letras, se hizo cargo de los diversos cursos de posgrado sobre Literatura Española, desde la Edad Media hasta la Generación del 27, y sobre el Teatro Español, principalmente de los Siglos de Oro, los seminarios sobre Cervantes, los de traductología y lingüística aplicada, así como de las asignaturas sobre teoría de los signos y metodología. Aunque por años sólo impartió clases en posgrado, posteriormente, en las licenciaturas de Letras y Filosofía se ocupó, entre otros muchos cursos, de los seminarios de Semiótica, Teatro Mexicano, Semántica, El Quijote, Filología y Lingüística, la Lógica de Hegel, Filosofía de las Religiones, Filosofía Clásica, Hermenéutica y Fenomenología. Es principalmente de estos cursos que deriva lo que la prensa ha denominado un abundante anecdotario sobre su persona, que en realidad constituye parte del testimonio colectivo de una labor académica extraordinaria, no sólo porque era un profesor que sí había leído a todos los autores de los que hablaba, además los había leído en su lengua original, es decir, en griego, latín, y las lenguas modernas en que esos autores escribieron, y conocía además la mayoría de estudios realizados sobre todas las obras que abordaba. Era un profesor ordenado, puntual, poseedor de un agudo y fino sentido irónico, de una humildad abrumadora, de una curiosidad insaciable, de un singular decoro y una notable empatía en su trato hacia sus estudiantes, de un amor difícil de ocultar hacia el conocimiento, características que hacían imposible, después de escucharlo, no sentirse alentado a continuar aprendiendo toda la vida.

Pero hay otros rasgos de su persona que los miembros de mi generación y de otras precedentes y posteriores tuvimos la oportunidad de conocer, rasgos que hicieron que pese a haber tenido entre nuestros profesores a personajes con cualidades tan destacadas como el sentido crítico, rigor editorial, humor caustico de Adalberto Navarro Sánchez, la erudición y gentileza conmovedora de Xavier Gómez Robledo, el auténtico compromiso social de Jean Franco, el humanismo y pródigo bagaje cultural de Louis Cardaillac, la disciplina de Hélène Lagace, la capacidad de observación, sólo en parte derivada de su afición al ajedrez, de Andrés Orrego Matte, la discreción y fidelidad al esfuerzo constante de Jorge Munguía Martínez, la calidez hospitalaria de María del Rosario Heras, y otras muchas cualidades de profesores igualmente apreciables que impartieron cursos en la Universidad de Guadalajara en sus distintos niveles educativos, de entre todos nuestros maestros hayamos elegido como ejemplo de generosidad, de sentido humano, de compromiso con la labor académica a Fernando Carlos Vevia Romero, cuya ética, cuyo respeto por el conocimiento, permitían que incluso quienes pensaban diferente, ya fueran anarquistas o simplemente rebeldes, simpatizante de izquierdas o derechas, automarginales o absurdamente elitistas, miembros de núcleos que se creían infantes terribles y niños prodigios, o simplemente diferentes, pudiéramos quererlo y respetarlo, con la misma honestidad de la que él era un ejemplo viviente. Cariño que no era fácil ganar, pues entre otras cosas teníamos la costumbre de hacerle preguntas que creíamos imposibles de responder para un profesor de Literatura, como cuántos tipos de coníferas se habían registrado en México, o a quiénes consideraba los más destacados representantes de la semiótica jurídica, y que él siempre respondía, ante nuestro asombro divertido.

Su labor docente salió muchas veces de las aulas, en abundantes congresos nacionales e internacionales, coloquios, encuentros, seminarios, jornadas, conferencias, programas de radio, charlas, publicaciones periódicas, presentaciones de libros, por ello, a pesar que, como Machado, no perseguía dejar en la memoria sus palabras, se inclinaba al aislamiento del sabio del poema de fray Luis de León, y como Quevedo despreciaba el afán por los bienes materiales, años más tarde de haberse jubilado, siempre huyendo, hay que decirlo, de la hostilidad de quienes consideran el trabajo intelectual como algo peligroso, pues reconocen en él lo que el doctor Vevia llamaba en complicidad “nuestra guerrilla intelectual contra los que no quieren pensar”, comenzó a recibir sólo algunos de los muchos reconocimientos que merecía, aunque se requeriría ser muy ignorante para no ser capaz de reconocer el valor de su trabajo académico. Pese a esto, lo mejor de su persona queda en las experiencias que cada quien compartió con él y su esposa, dos seres humanos complementarios, igualmente modestos y generosos, con propios y ajenos, por lo que se vuelve necesario destacar esto con justicia, y subrayar que ella también fue profesora en nuestra universidad.

No he querido abundar sobre lo que muchos de ustedes saben sobre Fernando Carlos Vevia Romero, lo convivido durante muchos años de respetuosa relación. Ojalá que quienes no tuvieron el honor, el privilegio de conocerlo personalmente, o sólo lo conocieron al margen de su labor académica, lean sus obras, o por lo menos, lean; la mejor forma de honrar el trabajo intelectual es ésa, no hay otra.

Finalmente me atrevo a repetir una de las muchas frases que expresaba el doctor al terminar una clase o una conferencia, pero que aquí, debido a las circunstancias, adquiere un sentido un poco diferente; nos sirve también para destacar la tristeza que nos causa que un implacable abismo de silencios ocupe lo que fuera un territorio resonante de sabias palabras, el tajo que nos significa la certeza, que ya no volveremos a escucharlo decir, con una media sonrisa entre melancólica y traviesa: “Gracias por su amable atención, pacientes y sufridos oyentes”.



[1] Licenciada en Letras por la Universidad de Guadalajara, Maestra en Lengua y Literatura Española e Hispanoamericana por la Escuela de Graduados de la misma institución, Doctora en Cultura Hispanoamericana por la Universidad de Montpellier (Francia). Este Boletín agradece a su autora haberle cedido el texto que aquí se publica.



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