Documentos Diocesanos

Boletín Eclesiástico

2009
2010
2011
2012
2013
2014
2015
2016
2017
2018
2019
2020
2021

Volver Atrás

El templo Expiatorio de Guadalajara

Un ejemplo de arquitectura neogótica para la Iglesia católica

 

Martín M. Checa-Artasu[1]

 

Desde una perspectiva novedosa y oportuna,

el autor del texto que a continuación se publica engarza la construcción

de uno de los monumentos más señeros de la capital de Jalisco

al contexto sociocultural de la fe católica a fines del siglo xix,

el culto cristológico.[2]

 

Introducción

Desde finales del siglo xix y las dos primeras décadas del siglo xx se edifican una serie de templos en el Occidente de México, la mayoría de gran tamaño, en estilo neogótico. Estas dos características mucho tendrán que ver con la advocación a la que se encomendaran los nuevos templos.[3] Ésta será el motor de la edificación debido al carácter y a los atributos específicos que les otorgaba la Iglesia mexicana, en reconstrucción y fortalecimiento en esos años. Desde esta perspectiva, en las líneas siguientes desgranaremos las vicisitudes en la construcción del templo Expiatorio del Santísimo Sacramento, sito en Guadalajara, un templo cuya primera piedra se coloca el 15 de agosto de 1897 y que se concluirá en 1972, tras no pocas incidencias. Más allá de la edilicia o de la técnica y de los arquitectos que dirigieron las obras, queremos prestar atención a la relación entre la advocación escogida para el templo, reforzada en esos años por la Iglesia, y el uso político y religioso que de ella hizo el Arzobispado de Guadalajara, que tuvo su máxima expresión en la construcción de un templo en estilo neogótico de grandes dimensiones, hoy uno de los símbolos de la ciudad.

 

1.    La advocación

La advocación que se eligió para dicho templo, el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, ya tenía en Guadalajara algunas cofradías de origen virreinal, pero que no contaban con su propia iglesia. De hecho, en la capital tapatía la erección del Templo Expiatorio del Santísimo Sacramento será un perfecto ejemplo de la unión de dos modelos devocionales: el virreinal de origen español, ampliamente arraigado,  y el francés, que combinaba a partes iguales la difusión de nuevas devociones (la Virgen de Lourdes, la Medalla Milagrosa, La Salette o el Sagrado Corazón) con la pátina cultural que se atribuía a todo lo francés, muy en boga a finales del siglo xix.[4] Éste será un modelo devocional que llegó a México por distintas vías: a través de los clérigos y prelados exiliados durante la Guerra de Reforma, de las visitas y viajes de seminaristas y prelados a Francia y por la importación de cofradías y asociaciones para laicos similares a las que había en Francia. En México será un modelo que convivirá y se vertebrará con las devociones de origen español, fuertemente arraigadas.

Con ese modelo francés viene asociada una determinada forma arquitectónica claramente historicista y que toma referentes de dos estilos surgidos en la Edad Media europea, el románico y el gótico. En México, el resultado será la simbiosis entre advocación y arquitectura resuelta en unos edificios proyectados como elementos de una reconquista espiritual que se daba por esos años del cambio de siglo. En el caso que nos ocupa, el templo unirá el concepto de la expiación, muy presente en la devoción francesa, con el de una forma eclesiológica de raíz hispánica íntimamente ligada con la Eucaristía, elemento central de la liturgia.

Conviene añadir aquí otro aspecto vinculado con ambos modelos devocionales: el concepto de la expiación de los pecados a escala mundial será un recurso antimodernista y antiliberal usado por la Iglesia católica en el último tercio del siglo xix para reagrupar conciencias y plantear la necesidad de perdón y reparación por toda la serie de ideologías contrarias al ideario de la Iglesia que se dan en la sociedad. Así, la expiación se pide a través de advocaciones que recuerdan el sacrificio de Jesucristo. De esta forma, el Sagrado Corazón o el Santísimo Sacramento, que es el cuerpo y la sangre de Cristo, cumplirán esa función de mediadores simbólicos de la expiación de pecados y del perdón.[5] Asimismo, el acto de expiación, la remoción de la culpa o del pecado implica de un medio, objeto, animal o persona. Así, el templo mismo deviene ese medio, el chivo expiatorio que permite el tránsito del creyente hasta el símbolo, mediado por una advocación que permite la reconciliación entre el hombre, el creyente, y Dios.

Así, se puede entender que el programa arquitectónico del templo dedicado con esa función debe invitar al tránsito desde el espacio donde se dan los pecados, en este caso el mundo exterior, y por ende la ciudad donde se han potenciado una serie de valores liberales como la idea de ciudadanía, la libertad de cultos, etc., que son entendidos por la jerarquía como ataques a la Iglesia. Desde ese punto externo se pasa al interior del templo y se llega al núcleo central, el altar, que recoge la advocación que permite y activa la expiación para quien la solicite. Un tránsito que ha de ser largo en el desplazamiento, tanto por un sentido de penitencia como por un sentido de sometimiento a Dios. Ello explicará la existencia de una gran plaza o atrio frente al templo, así como la disposición de la iglesia con naves longitudinales, elementos ambos que maximizarán el efecto procesional, de penitencia y de solicitud del perdón.

En el caso específico del Templo Expiatorio del Santísimo Sacramento de Guadalajara, fue pensado monumental desde el principio, tanto para proveer un sentido de subyugación y sometimiento como para ser el expositor simbólico del cuerpo de Cristo las 24 horas al día de los 365 días del año,[6] para promover el perdón y la expiación por los ataques a la Iglesia Católica por parte del Estado mexicano que había permitido la libertad de cultos, lo que dio entre otros resultados la presencia en Guadalajara de grupos protestantes que intentaban captar feligreses católicos.[7] Una exposición permanente del cuerpo de Jesucristo en el sacramento de la Eucaristía, el principal en la liturgia, que es propiciador del perdón de todos los pecados, y por ende, de la expiación y la reconciliación del hombre consigo mismo y con la sociedad.[8] Así, los pasos para obtener el perdón requieren de un edificio magnifico, grandilocuente, visible y capaz de situarse como eje urbano de una ciudad que empieza a crecer con nuevas colonias que deben ser salvadas de los males de la sociedad y del mundo a través del artilugio propiciador de perdón y de expiación.

 

2.    Los agentes promotores de la construcción del templo Expiatorio

 

La iniciativa de construir un templo expiatorio bajo la advocación eucarística fue impulsada por varios representantes del cabildo catedralicio de Guadalajara, quienes contaron con la aquiescencia del arzobispo de ese momento, Pedro Loza y Pardavé (1815-1898). Baste recordar que en los años que se empezó a gestar esa iniciativa, entre 1894 y 1897, Loza y Pardavé tenía ya ochenta años y su estado de salud se había resentido, lo que le obligaba a delegar muchas de las responsabilidades y tareas que antaño había desempeñado para la diócesis.

Efectivamente, para 1895 había una voluntad clara de llevar a cabo el proyecto de templo, dentro de la estrategia político-religiosa de la Iglesia en Jalisco,[9] que entre otras cosas pasaba por verlo como un elemento de contención frente a la presencia de grupos de protestantes, de origen estadounidense, que se localizaban en la ciudad de Guadalajara en esos años. Además, la propuesta y los motivos del nuevo templo servían a la diócesis para reforzar una táctica que había contenido los embates de los gobiernos liberales a base de una serie de estrategias moralistas que iban más allá de la legalidad, como las “contrapropuestas” o los “arreglos de conciencia”. Éstos habían permitido a la Iglesia tapatía mantener de facto muchas de sus propiedades y sus actividades y, de paso, habían servido para aglutinar a los católicos en torno a ideas comunes en relación con la defensa de la catolicidad en todas sus expresiones.[10]

En clave religiosa, el impulso de un templo al Santísimo Sacramento con carácter expiatorio coincide con la creación de toda una serie de asociaciones y grupos que surgen en el orbe católico, donde la Eucaristía es elevada a la categoría de advocación y de medio de diálogo espiritual con Jesucristo. Una de ellas es el Apostolado Expiatorio Eucarístico, creado en la diócesis tapatía a finales del siglo xix por iniciativa del canónigo de la catedral de Guadalajara Pedro Romero Arnaiz. Esta entidad tendrá como órgano de difusión la publicación del Mensajero Eucarístico. Para 1906 este apostolado tenía notoria presencia en Guadalajara y contaba con unos veinte mil asociados que desarrollaban numerosos ejercicios espirituales.[11]

Romero Arnaiz había sido párroco de Tepatitlán, donde al parecer impulsó la construcción de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe en 1888.[12] Asimismo, era doctor en Sagradas Teología por la Academia Pontificia un tiempo establecida en el Seminario Conciliar de Guadalajara y alcanzó en el cabildo la dignidad de Maestrescuelas. Era ferviente devoto, a la par que estudioso, del sacramento de la Eucaristía y de sus funciones expiatorias y reconciliadoras. Es precisamente en torno al Culto Expiatorio del Santísimo Sacramento que se reunirán una serie de fieles, tanto religiosos como seglares, que bajo la égida de Romero pasarán del apostolado eucarístico a la constitución de una comisión promotora del templo a su culto.

El Canónigo Romero, en esta iniciativa de promoción del sacramento de la Eucaristía como mecanismo de desagravio y de salvación a través de un templo, será secundado por renombrados católicos con peso específico en la ciudad. Se creará así una comisión formada por devotos al culto del Santísimo Sacramento y que por sus conocimientos pudieran coadyuvar a construir el templo.

El principal apoyo de Romero será el Canónigo Lectoral de la Catedral de Guadalajara don Agustín de la Rosa Serrano (1824-1907), un clérigo tapatío docente en el Seminario Conciliar que se había caracterizado por sus posturas claramente antiliberales y su exacerbada postura contraria a la inmigración estadounidense en México como promotora del protestantismo. Dotado de una aguda inteligencia, fue un relevante y duro polemista, así como un prolífico autor de textos teológicos, filosóficos, políticos y educativos.[13] Además, el padre De la Rosa, conocido popularmente en Guadalajara como el “Padre Rositas”, destacó por su ayuda a la niñez pobre y desamparada de la ciudad. Este hecho, junto con su imagen personal desastrada y humilde, le confería una popularidad muy notable entre la feligresía católica.

Sin embargo, su participación, a la edad de 73 años, en el proyecto del Templo Expiatorio del Santísimo Sacramento tenía una clave política incuestionable relacionada con sus posiciones antiliberales, de defensa a ultranza del papel de la Iglesia, así como su exacerbado antiyanquismo y antiprotestantismo. El prestigio del personaje dentro de la archidiócesis explicaría su participación como presidente de la primera comisión para el desarrollo del Templo Expiatorio aprobada por el Arzobispo Loza y Pardavé a principios de 1897. En dicha comisión será vicepresidente el tercer inductor del proyecto del templo expiatorio, el Canónigo Felipe de la Rosa Serrano, hermano del anterior y profesor de latín del Seminario Conciliar. Conviene añadir aquí que ambos clérigos ya habían desarrollado iniciativas conjuntas de defensa de la catolicidad frente los embates del liberalismo a través de la publicación La Religión y la Sociedad, periódico religioso, político, científico y literario creado en 1865 y extinguido en 1873, dirigido por Agustín de la Rosa y en el que Felipe fue redactor.[14]  

Otros miembros de la comisión fueron el profesor Atilano Zavala (1853-1915), quien fungía como secretario, un católico ferviente y politizado, vivo ejemplo del uso de las dos estrategias de difusión de la fe católica que imperaban en Jalisco, la educación y la prensa.[15] Nacido en Guadalajara obtuvo el título de maestro de instrucción primaria; fundó una escuela que tuvo destacada fama en Guadalajara y en la que se formaron numerosos personajes de la vida económica, cultural, científica y política de la ciudad. Más tarde estudio derecho e impartió clases de derecho internacional en la Escuela de Jurisprudencia de la Sociedad Católica de Señores y en la del Estado. Entre la docencia y la abogacía fue diputado en el Congreso de la Unión, magistrado del Tribunal Superior de Justicia y formó parte de las comisiones revisoras de los códigos civiles. Fue fundador y director de La Linterna de Diógenes, un diario de honda raigambre católica, y propietario de una imprenta llamada Tipografía Católica de Atilano Zavala.[16]

También perteneció a dicha comisión, el abogado y notario Enrique Arriola, quien fungió como tesorero. Arriola tenía a su cargo la notaría número 3 de la ciudad y era un hombre público conocido por su religiosidad.[17]

Como vocales figuraron el Canónigo Lauro Díaz Morales, vicario en la parroquia de San José de Analco y tío abuelo del que años más tarde será el arquitecto encargado de culminar el templo expiatorio, Ignacio Díaz Morales, y el empresario y hacendado Manuel L. Corcuera y Luna, quien se había formado en Inglaterra y en Bélgica y era propietario de la hacienda de Estipac, dedicada a la producción de caña de azúcar.[18] Corcuera en esos momentos era presidente de la Sociedad Católica de Señores, una entidad que pocos años más tarde sería reactivada por el abogado Luis B. de la Mora, como un elemento más para la estructuración y promoción del Partido Católico de México en Jalisco. Finalmente, también fue vocal de la comisión Teófilo Loreto (?-1915), un connotado litógrafo, dibujante y propietario de la Litográfica de Loreto, creada en 1863 y más tarde denominada Imprenta y Litografía de Loreto y Ancira.[19] A él y a su empresa se le atribuyen varios trabajos como el Mapa de Jalisco de 1869, de Guadalajara de 1863, el del sitio de Puebla de 1862, entre otros.[20]

Como se ve, la comisión estaba formada por un grupo de clérigos de avanzada edad, de posiciones antiliberales y contrarias a la presencia protestante en el país, y por una serie de seglares católicos que manejaban la prensa, la educación y la abogacía como elementos de defensa de la catolicidad. Dicha comisión asumió sus funciones a mediados de 1897. A cargo de ella corrió la solemne y decorada ceremonia de colocación de la primera piedra del templo el 15 agosto de 1897. Sin embargo, muy probablemente la muerte del arzobispo Loza y Pardavé en noviembre de 1898 y el corto mandato del arzobispo Jacinto López y Romo, de agosto de 1899 a diciembre 1900, ralentizarían su funcionamiento en esos primeros años.

Aun así, la comisión realizó una tarea primordial: buscar a quien pudiera proyectar un templo con determinadas características, lo que debió acontecer entre 1896 y 1900. Tras ello, y en razón de la avanzada edad de muchos de sus miembros, la comisión languideció para desaparecer en la primera década del siglo xx y quedó a cargo de la obra del templo el canónigo Pedro Romero Arnaiz.

 

3.    La primera piedra  

 

La primera piedra del Templo Expiatorio de Guadalajara se colocó el 15 de agosto de 1897 en un predio de 4 500 metros cuadrados en la prolongación de la calle de los Placeres (la actual calle de Madero) que en esos años quedaba un tanto alejado del centro de la ciudad, al poniente de éste, en la colonia Americana, de reciente conformación. Se trataba de un solar que había sido cedido al Arzobispado por el canónigo Agustín de la Rosa.[21] El acto de colocación de la primera piedra no fue presidido por el Arzobispo Loza y Pardavé, a quien representó el Deán y Vicario general de la archidiócesis, Francisco Arias y Cárdenas (1825-1903).[22] Una substitución debida, sin duda, a la avanzada edad y a la enfermedad que acosaban al prelado desde hacía tiempo. Sin embargo, unos días antes, el 4 de agosto de 1897, el Arzobispo Loza había autorizado finalmente la construcción del templo tras la recomendación expresa que hizo el Papa León xiii en un oficio dirigido al Arzobispo tapatío fechado el 25 de julio de ese mismo año. En este sentido, la autorización redactada por Loza y Pardavé no deja ninguna duda de los motivos que justificaban la erección del templo:

 

Con gran satisfacción me enterado del oficio de VV.SS. fechado el 25 julio próximo pasado en el cual me expresan sus deseos recomendabilísimos y laudables bajo todos los conceptos, de construir un templo dedicado al Santísimo Sacramento, en el cual se honre de un modo especial a este augusto misterio, y se haga frente al mismo tiempo a los funestos avances que hace el protestantismo, sobre todo en la clase menesterosa. En el mismo citado oficio se hace mención de las escuelas y asilo que se fundarán con ese mismo objeto.[23]

 

            La prensa se hizo eco de dicha autorización, así como del acto de colocación de la primera piedra, que motivó a la ciudadanía a acudir en masa. Para ello fue necesario decorar el entorno del futuro templo contando con la participación de los vecinos del solar donde iba a ser levantado:

 

Verdaderamente solemne fue el acto de bendición y de colocación de la primera piedra del templo que va a construirse en esta ciudad y que será dedicado al Santísimo Sacramento. Con la debida anticipación se fijaron anuncios en una gran parte de la ciudad y se distribuyeron centenares de invitaciones subscritas por el Comité directivo de la obra, y por medio de impresos que se repartieron profusamente se excitó al vecindario para que en aquel día adornara el exterior de sus casas. Juntamente con la excitativa se distribuyeron en todas las casas que rodean al lugar del nuevo templo y en una extensión considerable, listones de papel encarnado en los que en grandes caracteres se leía lo siguiente: “Gloria, honor y adoración a Nuestro Señor Jesucristo, realmente presente en el Santísimo Sacramento”. […] Llegó por fin el día asignado para tan significativa ceremonia y todo el vecindario, respondiendo a la excitativa que se le dirigió, desde en la mañana adornó graciosamente el exterior de sus casas, ya con vistos cortinajes, ya con hermosas colgaduras de follaje, ya  con lazos de flores, y banderas y flámulas de papel de China, presentando las calles un aspecto risueño y dándose con este general adorno un elocuente testimonio que la impiedad y la herejía nada han logrado en aquella extensísima barriada, a pesar de los esfuerzos que constantemente están haciendo los partidarios del error por arrancar o extraviar nuestras sagradas creencias religiosas.[24]

 

A las cinco y media de la tarde dio principio la ceremonia, con la asistencia de personalidades de la política y de la sociedad tapatía que acudieron en calidad de padrinos de la futura obra. También se hizo presente un nutrido público que había contado con un servicio de tranvías de la empresa Mexicaltzingo que operaba en la ciudad, concentrándose en el lugar “una concurrencia excesivamente numerosa”,  como diría la prensa. Además de ello, actuó la banda de música de la gendarmería de la ciudad y hubo fuegos artificiales.

El acto protocolario consistió en la bendición y el posterior entierro de la primera piedra.[25] Se colocó una gran cruz que por unos años actuaría de baliza indicando el edificio que estaba construyendo y que ese solar había sido dedicado por la Iglesia a Cristo en la Eucaristía.[26] El acto concluyó con la alocución del presbítero Arcadio Medrano, profesor, Prefecto del Seminario y Secretario de la Sagrada Mitra jalisciense: Quiera Dios conceder que pronto se lleve a término la importante obra cuya primera piedra acaba de colocarse”.[27]

Como se puede intuir de lo relatado por la prensa, el acto convocó a la participación de un importante número de feligreses; la archidiócesis consiguió una visibilidad pública notable en unos años cuando las relaciones entre el poder civil y el religioso se mantenían en una tensa cordialidad. Tras la colocación de la primera piedra pasaron 75 años para ver concluido el templo; tres cuartos de siglo en que se dieron toda una serie de vicisitudes de las que damos cuenta en las líneas siguientes.

 

4.    El proyecto arquitectónico y el estilo neogótico

 

Tras la colocación de la primera piedra, la comisión constructora del templo realizó toda una serie de gestiones para empezar la construcción. Una de las primeras fue el desarrollo de un proyecto arquitectónico. Todo parece indicar, a tenor de informaciones tanto de archivo como de prensa, que hubo tres proyectos arquitectónicos. Uno, datado en 1897, fue el del ingeniero Manuel Pérez Gómez, quien se había formado en la Escuela de Ingeniería de Jalisco y había sido el constructor de la carretera Guadalajara-San Blas. También había participado en una serie de obras y refacciones en templos del arzobispado en Atotonilco el Alto.[28] Del proyecto casi nada se sabe, excepto por una nota fechada el 10 de agosto de 1897 en la página 2 de La Voz de México, donde se informa de la aprobación por parte del Arzobispo Loza de la construcción de templo, y se indica:

 

El plano para el templo de que se trata ya ha sido levantado por el Sr. Ingeniero Manuel Pérez Gómez, quien después de un detenido estudio y fundándose en razones muy atendibles, ha determinado que dicho templo ocupe la parte occidental de la manzana, situándolo de norte a sur y quedando el pórtico principal en la calle de los Placeres.

 

Un segundo proyecto fue el que se le solicitó al ingeniero agrimensor e hidrógrafo tapatío Salvador Collado Jasso (1859-1909), egresado de la Escuela de Ingenieros de Jalisco. Collado había concluido en 1894 el puente colgante del Arcediano sobre la barranca de Huentitán, para establecer comunicación entre Guadalajara y las localidades del norte de Jalisco.[29] En abril de 1899 varias notas de prensa atribuyen al ingeniero Collado la redacción de los planos del Templo del Santísimo Sacramento, que en esos momentos aún está por comenzar, y su futura participación como director de obras.[30] En cuanto a su estilo y forma poco se sabe. Ignacio Díaz Morales, arquitecto tapatío que sería el encargado de obras del templo de 1931 a 1972, nos menciona que fue rechazado por el Arzobispado por su cúpula barroca y la falta de proporciones de ésta.[31] A pesar de ello, en 1902 se le otorgó el segundo premio y la medalla de plata por el proyecto del templo en el marco de la Exposición Regional Jalisciense.[32]

Finalmente, entre 1899 y 1900 el arzobispado de Guadalajara encargó un proyecto al arquitecto italiano Adamo Boari, ingeniero de formación, quien ya había realizado algunas obras para la archidiócesis de Guadalajara, en concreto en el municipio de Atotonilco el Alto, y que poco tiempo después proyectaría el Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México.[33] Su proyecto tuvo dimensiones considerables: 3 800 metros cuadrados de superficie; tres naves con torre campanario en su lado izquierdo, que retoma aspectos del gótico italiano con reminiscencias bizantinas, con un notable parecido con la catedral de Orvieto, en Umbría, construida en el siglo xiv. La única diferencia que se introducía era una torre campanario de cuatro cuerpos, culminada con gran pináculo, y un reloj en lado izquierdo de la fachada. El resto de la fachada tiene un parecido casi exacto con la catedral de Orvieto, especialmente en lo que se refiere a la factura de las puertas principales y de los mosaicos que en un segundo nivel decoran los frontones del templo.

Efectivamente, Adamo Boari hizo una copia de una iglesia medieval italiana porque él asumía, con total normalidad, que como arquitecto debía tomar los modelos del pasado incluso de forma casi mimética, más si se trata de encargos provenientes de la Iglesia, quien explícitamente deseaba construir en estilos medievales pues se acercaba a un pasado glorioso.[34] Un dato apunta en este sentido y además permite, aunque sea parcialmente, explicar por qué la archidiócesis de Guadalajara tomó en cuenta el proyecto del italiano Boari y no el del tapatío Collado.

En 1906 se celebró en Guadalajara el Congreso Eucarístico, que tras varias sesiones debatió distintos temas en torno del papel de la Eucaristía en relación con la situación de la Iglesia mexicana en esos años. Las actas de dicho congreso fueron publicadas en 1908; en ellas se lee cómo las distintas secciones de estudios que se conformaron en el marco del congreso aportan sus conclusiones. La sección dedicada a liturgia, arte e historia expresa las siguientes opiniones, que mucho tienen que ver con el deber ser de los futuros templos católicos:

 

104) Como medio de fomentar la devoción al Santísimo y al Sagrado Corazón, impúlsese la construcción de templos y edificios de caridad, de acuerdo con la arquitectura cristiana, y la conclusión oportuna y adecuada de las obras comenzadas de esta naturaleza.

105) Procurar que los Altares en que deba estar el Sagrado Depósito tengan una mesa de mármol blanco, al menos la cubierta.

106) Es de recomendarse para lo sucesivo el empleo de pilares y arcos metálicos en los templos que se construyan.

107) “El estilo modernista” arte nuevo no es conveniente se adopte en su estado actual para la arquitectura de los templos, pero puede emplearse con cierta prudencia en la pintura puramente ornamental.

110) Recomendar la formación de clases elementales de Arquitectura y Decoración en los Seminarios, para educar el gusto artístico de los futuros Sacerdotes, porque frecuentemente se ven obligados los Sres. Curas, Vicarios, a emprender obras y reformas en los templos que tienen a su cargo, así como decorar sus Iglesias para festividades solemnes.

113) Es aceptado el empleo de fierro forjado, cuando sea el estilo gótico el que se adopte en la parte de los altares, sobre todo en los mayores, que se destina a las imágenes.[35]

 

A tenor de estos lineamientos redactados en el marco del Congreso Eucarístico Nacional se puede entender por qué fue preferido el proyecto de Boari, al menos en cuanto a su estilo. El gótico era entendido por la Iglesia mexicana como el estilo cristiano al que debían someterse los nuevos edificios católicos. Además, se consideraba la presencia de hierro forjado como elementos de sustentación de muros y cubiertas, aunque éste debía cubrirse con algún tipo de decoración historicista, cosa que se hará en el templo Expiatorio. Como se deja entrever, se trata, sin duda, de una declaración de principios arquitectónicos, decorativos y estilísticos de la Iglesia en México que tendrá fiel cumplimiento en diversos templos que en esos años se construyen.

 

La evolución constructiva del templo

Una vez que se dispuso de los proyectos arquitectónicos, se tomaron en consideración los planteamientos de Boari y en menor medida los de Collado y empezaron las obras del templo.[36] Se abrieron los fundamentos y se inició el acopio de material, piedra de cantera, para levantar las primeras paredes. El proyecto constructivo caminó con paso firme entre 1901 y 1912, coincidiendo con la prelatura del Arzobispo José de Jesús Ortiz y Rodríguez (septiembre de 1901 a junio de 1912), quién designó al Canónigo Pedro Romero Arnaiz para el seguimiento de la obra, que al parecer al principio se solventaría con las aportaciones de este Canónigo.[37] En 1906 la celebración del Congreso Eucarístico Nacional en Guadalajara sirvió de plataforma para dar carácter nacional a la expiación que se proponía desde el templo, lo cual lo colocará al mismo nivel que el de San Felipe de Jesús en la ciudad de México, que tenía esas características.

Para 1911 se dieron por concluidos los pilares y las soleras del templo.[38] Al año siguiente, debido a los embates revolucionarios en Guadalajara, las obras quedaron paralizadas hasta 1919.[39] Se habían construido hasta ese momento los fundamentos de las tres naves con sus muros y columnas, pero con unas condiciones de estabilidad y resistencia pésimas, que años más tarde significaron una serie de cambios el proyecto original.[40]

Tras ese impasse se retomaron las obras y se concluyó una capilla provisional que permitió que se comenzara a celebrar la misa.[41] En febrero de 1924, tras la muerte del canónigo Romero, el Arzobispo de Guadalajara Francisco Orozco y Jiménez delegó la gestión y el seguimiento de la obra a su mano derecha, el futuro Cardenal José Garibi Rivera, por entonces joven presbítero. Una delegación de funciones que se formalizó, pues como mínimo desde mediados de 1923 Garibi había cuidado de los pormenores de la construcción, dada la avanzada edad del canónigo Romero. Con el nombramiento, iniciará con mano firme su gestión del templo, que continuará siendo Arzobispo de Guadalajara. Entre 1924 y 1930 delegó la dirección de la obra al ingeniero Luis Ugarte Vizcaíno, quien construyó el coro.[42] Este ingeniero civil, autor de cuantiosas obras públicas y de muchos templos,[43] era docente en la Escuela Libre de Ingenieros de Guadalajara, donde tuvo como uno de sus alumnos más avezados al pasante de arquitectura Ignacio Díaz Morales Álvarez Tostado (1905-1992). Ugarte lo invitó a participar en la obra del Expiatorio, la dirección de cuyas obras asumiría unos años más tarde. Será Díaz Morales quien introducirá en la construcción los cambios necesarios para solucionar los problemas estructurales que  padecía. Además, introducirá cambios al proyecto de Boari, haciendo una relectura de éste que mucho tendrá que ver con su catolicismo y con su propia concepción de los estilos históricos y en especial del gótico.

 

5.    El arquitecto Díaz Morales en el Expiatorio

 

Díaz Morales, quien tal parece que al principio no tenía ningún interés en la obra por su carácter historicista, acepta hacerse cargo de ella por obediencia a la Iglesia y sus representantes.[44] Al tomarla, introduce algunos cambios al proyecto de Boari, tanto estructurales como imponiendo la estereotomía,[45] el uso de la piedra como elemento constructivo y aplicando su propia concepción del gótico. Así, Díaz Morales, contrario a los historicismos, pero católico obediente, a decir de algunos siguiendo el ejemplo del arquitecto Pierre de Craon, personaje de L’Annonce faite à Marie, obra teatral de Paul Claudel, impregnó de 1927 a 1972 de su particular manera de entender la arquitectura la construcción del Expiatorio.[46] Hizo cambios en la estructura de pilares del templo y en las paredes laterales ya construidas, así como en la girola y en las capillas interiores, y construyó un anexo con funciones de oficina y salón para la Adoración Nocturna. A cargo de él estuvo también la adecuación postconciliar, consistente en la construcción de un altar principal[47] sobreelevado en el presbiterio. Éste es simplemente una plataforma rectangular, elevada unos pocos centímetros del suelo mediante seis escalones, que se encaja en el ábside principal del templo, permitiendo la visual delantera de éste y también la circulación a su alrededor.

            En su escenografía interior, el edificio es claramente gótico: una nave central de 30 metros de ancho por 54 metros de largo, pilares compuestos, arcos apuntados, bóvedas de crucería, vitrales que filtran la luz, naves elevadas que en el crucero llegan a los 64 metros, etc. Lo gótico que corresponde al proyecto inicial y justifica las motivaciones para la erección del templo envuelve al altar plenamente postconciliar. En el presbiterio están colocados la mesa, la sede, la credencia y el ambón, éste decorado con un águila explayada de bronce, símbolo iconográfico de San Juan Evangelista, que actúa como atril de las Sagradas Escrituras. Estas piezas de mármol de color crema tienen una textura suave que contrasta con el mármol grisáceo y amarronado del piso y tienen una factura contemporánea, de líneas marcadamente geométricas, notablemente disonantes con el envoltorio gótico del templo. Su diseño data de 1993, cuando el arquitecto Luis Miguel Argüelles hizo una adecuación litúrgica. Argüelles también fue responsable de la instalación del órgano monumental en el coro, sobre la puerta principal de acceso, del diseño de los candiles, así como del Viacrucis, que pintó Alfonso de Lara Gallardo.[48]

            El altar exento pensado por Díaz Morales, por tanto, es un diseño anterior al Concilio Vaticano ii y sus normas, pero es un preámbulo de ellas en cuanto a su resolución, que el arquitecto tapatío usará en otra de sus obras, el Seminario Menor de Guadalajara.

            Sin embargo, un elemento decorativo romperá aparentemente tanto el diseño del altar como la adaptación litúrgica conciliar. Entre 1964 y 1965 se colocó en la parte posterior del altar un manifestador a semejanza de un retablo de aire medievalizante hecho en bronce dorado y peltre policromado, encargado al escultor barcelonés Xavier Corberó. Tiene el sitial del Santísimo como eje central y 24 paneles que recogen escenas del Antiguo y el Nuevo Testamento asociadas con la Eucaristía, pintadas por Juan B. Castro y realizadas en esmalte por Antonio Cortada. El manifestador-retablo de alguna forma retoma la larga tradición barroca, aquí como complemento del altar y con el ánimo de ser un elemento de catequesis para los devotos,[49] quienes no podían olvidar las motivaciones para levantar el templo como depósito del mensaje de perdón y de expiación subyacente en el acto eucarístico. Sabemos por algunos croquis realizados por Díaz Morales que diseñó varias propuestas de retablos para el altar,[50] atendiendo sin duda a la voluntad del Cardenal Garibi Rivera, quien no en vano ya en las décadas de los treinta y los cuarenta había intervenido directamente en la decoración del templo contratando al escultor italomexicano historicista Octavio Augusto Ponzanelli,[51] quien desarrolló el rosetón y muy probablemente la copia de La Piedad que se encuentra cerca de la puerta frontal izquierda del templo.

            El resultado es que lo preconciliar y lo conciliar se contraponen, combinando lo antiguo, lo gótico, con los nuevos aires litúrgicos y estéticos de la Iglesia. En la parte posterior del altar, donde de no estar el retablo la girola retomaría su papel de pasillo de circulación, cumpliendo además la idea conciliar de visión total del altar desde cualquier punto, se va a producir la completa desconexión entre los dos elementos. La pared muda de la parte posterior del retablo ciega la entrada de luz y estrecha el pasillo de circulación, la cual se verá todavía más comprometida ante la existencia en esa área de uno de los accesos a la cripta funeraria del templo, diseñada por Díaz Morales y que es una de las fuentes de ingresos para el mantenimiento del recinto. A todo eso hay que añadir que la girola ya era inicialmente estrecha, dado que proviene de un modelo de gótico italiano, el diseñado por Adamo Boari,  más apegado a la planta basilical y poco proclive a desarrollar ese elemento en los templos.

            Díaz Morales impregnó, pues, con su particular huella la obra del Expiatorio, que tras décadas vio su culminación en 1972. Hacia 1991 terminaría el proyecto con el diseño de la plaza del Agave, al frente, a manera de atrio y con un estacionamiento subterráneo en vecindad con la zona de criptas.



[1] Doctor en Geografía Humana por la U. de Barcelona. Profesor titular del Departamento de Sociología de la uam Iztapalapa. Miembro del Sistema Nacional de investigadores, de la Academia Mexicana de Ciencias y de icomos México. Véase http://www.martinchecaartasu.com/

[2] Este trabajo es una adaptación de M. Checa-Artasu a su texto “El neogótico y el fortalecimiento de la Iglesia en Guadalajara: el Templo Expiatorio”, publicado en Estudios Jaliscienses, núm. 100, mayo de 2015, pp.40-55. Este Boletín agradece a su autor su inmediata y plena disposición para facilitar que circule ahora, en esta versión y páginas.

[3] Martín M. Checa-Artasu. “Catedrales neogóticas y espacialidades del poder de la Iglesia en las ciudades del Occidente de México: una visión desde la geografía de la religión”. Scripta Nova. Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales. [En línea] Barcelona: Universidad de Barcelona, 1º de noviembre de 2012, vol. xvi, núm. 418 (49). <http://www.ub.es/geocrit/sn/sn-418/sn-418-49.htm>

[4] José Alberto Moreno Chávez, Devociones políticas: cultura católica y politización en la Arquidiócesis de México, 1880-1920, México, El Colegio de México, p. 43.

[5] Gabriela Díaz Patiño, La soberanía social de Jesucristo: el Sagrado Corazón de Jesús en el discurso de reconquista espiritual en el Arzobispado de Morelia, 1875-1923. Tesis de Maestría en Historia. Zamora, Centro de Estudios Históricos de El Colegio de Michoacán.

[6] Francisco Casillas Navarro. El Templo Expiatorio de Guadalajara. Zapopan: Amate Editorial, 2005, p.11.

[7] Ibíd., p. 9.

[8] Josep María Rovira Belloso y J. López, “Sacramento de la Reconciliación y Eucaristía”, Cuadernos Phase, Barcelona: Centro de Pastoral Litúrgica de Barcelona, núm. 25, 1991, p. 3.

[9] Emilia Orendain y Enrique Toussaint (2006) Pedro Castellanos. Monografías de arquitectos del siglo xx, Guadalajara, Secretaría de Cultura del Gobierno de Jalisco, p. 68.

[10] José María Murià Rouret, “Iglesia y Estado en Jalisco durante la República restaurada y el porfiriato”, Dimensión Antropológica, México, inah, vol. 3, núm. 3, 1995, p.65.

[11] Pedro Romero Arnaiz, “Importancia social del Apostolado Eucarístico Expiatorio”, en Congreso Nacional y Eucarístico celebrado en esta ciudad de Guadalajara: en octubre de 1906, bajo los auspicios del Ilmo. y Rmo. Sr. Arzobispo Lic. D. José de Jesús Ortiz, vol. 2, Guadalajara: Tipografía y encuadernación de El Regional, 1908, p. 459.

[12] Equipo Diocesano de Misiones (ed.) Historia, arte y fe: Diócesis de San Juan de los Lagos, San Juan de los Lagos: Diócesis de San Juan de los Lagos, 2000, p. 248.

[13] María del Carmen Rovira (comp.), Pensamiento filosófico mexicano del siglo xix y primeros años del xx, vol. 2, México, unam-Coordinación de Humanidades, 1999, p. 139.

[14] Miguel Ángel Castro y Guadalupe Curiel (ed.), Publicaciones periódicas mexicanas del siglo xix, 1856-1876, México, unam (Coordinación de Humanidades, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, Biblioteca Nacional, Hemeroteca Nacional de México), 2003, p. 481.

[15] Lorena Cortés Manresa, “En defensa de la fe. Debates religiosos en Guadalajara en la segunda mitad del siglo xix”, en David Carbajal López (coord.), Catolicismo y sociedad, nueve miradas. Siglos xvii-xxi. Guadalajara, U de G-Centro universitario de los Lagos / Miguel Ángel Porrúa, 2013, p. 95.

[16] Ramiro Villaseñor y Villaseñor, “Atilano Zavala”, en Las calles históricas de Guadalajara, vol. 3, Guadalajara: Unidad Editorial, 1988, pp. 204-206.

[17] Ibíd., p. 86.

[18] Jaime Álvarez del Castillo Gregory y José G. Castellanos Tapia. Haciendas y estancias de Jalisco, Guadalajara, Ágata, 2003, p. 102.

[19] José Guadalupe Zuno Hernández, Las artes populares en Jalisco, Guadalajara: s.p.i., 1969, pp. 47-48.

[20] Ventura Reyes Zavala, Las Bellas Artes en Jalisco. Apuntes para formar un catálogo de artistas, Guadalajara, Tip. de Valeriano C. Olague, 1887, p. 27.

[21] Lola Vidrio Beltrán, “Titanes de piedra. Una obra medioeval del siglo xx”, El Occidental, Guadalajara, septiembre de 1947, p. 13.

[22] Ramón Mata Torres, Treinta años de historia, Guadalajara, Editor Ramón Mata Torres, 2005, p. 247.

[23] “Templo Expiatorio”, La Voz de México, 10 de agosto de 1897, p. 2.

[24] “Templo Expiatorio del Santísimo Sacramento de Guadalajara”, La Voz de México, 25 de agosto de 1897, p.1.

[25] José Ignacio Dávila Garibi (comp.), Al margen de una polémica: documentación referente a la bendición y colocación de la primera piedra del Templo Expiatorio Eucarístico, que el M.I. Sr. Maestrescuelas Dr. D. Pedro Romero Arnaiz está construyendo en la ciudad de Guadalajara, seguida de algunos comentarios, s.p.i., s.f.

[26] Armando González Escoto, El templo Expiatorio de Guadalajara, Zapopan, Universidad del Valle de Atemajac / Amate Editorial, 2006, p. 34.

[27] “Templo Expiatorio del Santísimo Sacramento…” p. 1.

[28] Federico de la Torre, La ingeniería en Jalisco en el siglo xix: génesis y desarrollo de una profesión, Guadalajara, Universidad de Guadalajara-Centro Universitario de los Altos / iteso / Colegio de Arquitectos y Urbanistas del Estado de Jalisco / Ceti / cicej, 2000, p. 227.

[29] Christian Omar Grimaldo Rodríguez, El imaginario urbano sobre un paisaje. La barranca de Huentitán a partir de los procesos de modernización de la segunda mitad del siglo xx en Guadalajara. Tesis de Maestría en Estudios sobre la Región. Zapopan, El Colegio de Jalisco, 2013, p. 64.

[30] “Nueva casa de oración”, La Voz de México, 26 de abril de 1899, p. 3; “Gacetilla-Templo”, El Tiempo, 26 de abril de 1899, p. 1.

[31] Ignacio Díaz Morales, “Breve relación sobre el Templo Expiatorio”, en Iglesias y edificios antiguos de Guadalajara, Guadalajara, Cámara de Comercio / Ayuntamiento de Guadalajara, 1979, p. 312.

[32] Heriberto García Rivas, “Salvador Collado” en Historia de la cultura en México, México, Textos Universitarios, S.A., 1970, p.451, y Adolfo Ochoa, “Salvador Collado”, en Varios, Triviario tapatío, Guadalajara, Tedium Vitae, 2013, p. 145.

[33] Martín Manuel Checa-Artasu, “Entre Chicago y la ciudad de México: la arquitectura religiosa historicista de Adamo Boari”, Academia xxii, México, unam-Facultad de Arquitectura, núm. 15, 2015.

[34] Ibíd., p.26.

[35] Congreso Nacional y Eucarístico celebrado en esta ciudad de Guadalajara en octubre de 1906, bajo los auspicios del Ilmo. y Rmo. Sr. Arzobispo Lic. D. José de Jesús Ortiz, vol. 2. Guadalajara: Tipografía y encuadernación de El Regional, 1908, p. 220.

[36] Pedro Romero Arnaiz. “Importancia social…”, p. 459.

[37] Ramón Mata Torres. Treinta años… p. 247.

[38] Armando González Escoto, El templo Expiatorio…, p. 36.

[39] Anuar Kasis Ariceaga, Ignacio Díaz Morales. Monografías de arquitectos del siglo XX, Guadalajara, Secretaría de Cultura de Jalisco / Centro universitario de arte, arquitectura y diseño de la Universidad de Guadalajara / iteso, 2004, p. 108.

[40] Alfonso Moya Pérez, Arquitectura religiosa en Jalisco: cinco ensayos, Zapopan, Amate Editorial, 1998, p. 208.

[41] Armando González Escoto, El templo Expiatorio…, p. 36.

[42] Anuar Kasis Ariceaga, Ignacio Díaz Morales…, p. 108.

[43] Alison Hermosillo Bagwell, Luis Ugarte Vizcaino. Monografías de arquitectos del siglo xx, Guadalajara, Secretaria de Cultura / Universidad de Guadalajara / iteso, 2011, p.86.

[44] Avelino Sordo Vilchis, “La arquitectura como proyecto de vida. Conversación con Ignacio Díaz Morales”, Revista Varia, núm. 13, agosto-octubre de 1985, p.14.

[45] Enrique Ayala Alonso y José María Buendía Júlbez  (comp.), Textos sobre Ignacio Díaz Morales: del espacio expresivo en la arquitectura. México,  uam-Xochimilco, 1994, p.26.

[46] Guillermo García Oropeza, “La construcción de un arquitecto”, en L.I. Villagarcía (coord.), Gonzalo Villa Chávez: arquitecto, restaurador, acuarelista, 66-116, Colima, Gobierno del Estado de Colima / Universidad de Colima, 2006.

[47] Martín M. Checa-Artasu, “Lo neogótico y el Concilio Vaticano II en la arquitectura religiosa de México. Los reacomodos de una anomalía”, Actas del Congreso Internacional de Arquitectura Religiosa Contemporánea, núm. 40, 2017. < http://www.arquitecturareligiosa.es/index.php/AR/issue/view/5>

[48] Luis Miguel Argüelles Alcalá (Aguascalientes, 1964) es arquitecto y pintor, formado en la U. Autónoma de Guadalajara y miembro de la Comisión de Arte Sacro de la Archidiócesis de Guadalajara. Comunicación personal, 23 de octubre de 2015.

[49] Alfredo J Morales, “Máquinas ilusorias. Reflexiones sobre el retablo español, su historia y conservación”, Bienes culturales: revista del Instituto del Patrimonio Histórico Español, 2003, 2: 3-12.

[50] Los croquis están depositados en el Fondo Díaz Morales, Archivo Arquitectos Jaliscienses en la  Biblioteca del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (iteso).

[51] Martín M.  Checa-Artasu, “Cuando escultura y arquitectura historicista se dan de la mano: la obra del escultor Adolfo Octavio Ponzanelli en la archidiócesis de Guadalajara”, Pragma, Espacio y Comunicación Visual, 2014, 12: 67-82.



Aviso de privacidad | Condiciones Generales
Tels. 33 3614-5504, 33 3055-8000 Fax: 33 3658-2300
© 2020 Arquidiocesis de Guadalajara / Todos los derechos reservados.
Alfredo R. Plascencia 995, Chapultepec Country C.P. 44620 Guadalajara, Jal.
Powered by paxomnis