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Adalberto González González. In memoriam

Tomás de Híjar

 

Durante las primeras horas del domingo 26 de agosto del año 2018, en las instalaciones del sanatorio San Francisco de Asís, de Zapopan, falleció don Adalberto González González, presbítero del clero de Guadalajara desde 1966. Originario de la Capilla de Guadalupe, delegación municipal de Tepatitlán, Jalisco, donde nació en 1940, entre los servicios de su ministerio tuvo, entre 1981 y el 2005, la dirección de este Boletín.

 

Y así voy a morir, escribiendo

Lo dijo alguna vez y se le cumplió. Luego de ocho años de sobrellevar la pérdida de su salud a raíz de un accidente de tránsito, dejó de existir un eclesiástico jalisciense que la posteridad recordará, entre otros motivos, por el aquí subrayado: su producción literaria, a la que entregó mucho de su atención a partir de la edad cuadragenaria, al calor de una encomienda que le dio el Arzobispo don José Salazar López: Vocero del Arzobispado de Guadalajara.

Cercano por ello al mundo del periodismo, quien antes fuera ministro de las parroquias de Temastián y Totatiche, al norte de Jalisco, y de Jamay, en la Ciénega de Chapala, comenzó a publicar y lo siguió haciendo regularmente unos cinco lustros en las páginas del ya desaparecido suplemento cultural del periódico tapatío El Informador, en ese tiempo a cargo de don Luis Sandoval Godoy, con ilustraciones de Alfonso de Lara Gallardo, relatos cortos ambientados en lugares de nombre ficticio pero innegable geografía: la de los recuerdos de su infancia en el municipio de Tepatitlán, topónimo náhuatl que significa Lugar de Piedra Dura y que bien se ajusta a un entorno donde la subsistencia la asegura sólo el trabajo laborioso.

            La compilación de esas colaboraciones sirvió como pie de cría, al margen de los corrillos literarios, a su andadura libresca, de modo que a su cuenta y riesgo fue divulgando en ediciones de autor sus colecciones de cuentos, sin obtener por ello nada distinto al gusto de haberlo hecho.

            Este año tenía ya en prensa El silencio de los guerreros, testimonios de vida de algunos eclesiásticos con quienes compartió la recta final en el Nuevo Trinitario Sacerdotal, albergue para clérigos que sostiene la Arquidiócesis tapatía y donde pasó su etapa postrera, en retiro pero, dijimos, sin dejar la pluma ni su trato con los medios de comunicación hasta el final de sus días.

 

Recepción tardía de sus textos

 

No obstante que sus relatos giran en torno a la forma de ser de las gentes de los Altos de Jalisco, apenas a finales del 2017 el municipio de Tepatitlán le ofreció, en el Museo de la Ciudad de la cabecera, un acto académico donde él mismo expuso la médula de su narrativa y ofreció algunos sus libros. En el presídium, Francisco Sandoval López, Director de Arte y Cultura del municipio, le dio la bienvenida a nombre del alcalde Víctor Hugo Bravo Hernández, ufanándose de conocer y gustar sus textos; también estuvieron el director del Museo, Norberto Servín González, el cronista de Capilla de Guadalupe, Miguel Navarro Gutiérrez, el párroco de San Francisco de Asís, don Emiliano Valadez Fernández y el Director del Semanario Arquidiocesano de Guadalajara, don Alberto Ávila Rodríguez.

Esta primera y única acogida al escritor en su patria chica, ahora, con su paso del tiempo a la eternidad, se convierte, creemos, en una deuda para sus coterráneos, la de estimar cuánto vale lo que dejó publicado o inédito un escritor que se especializó en describir a los alteños con dureza, la que ciertamente distingue a los descendientes de esos estancieros que a principios del siglo xix, luego de foguearse muchas décadas en los contornos de los pueblos de indios, se acomodaron a vivir en las cabeceras aprovechando la creación, en 1812, de los Ayuntamientos constitucionales, según lo dispusieron las Cortes de Cádiz.

 

Astuto, sagaz, taimado

 

Así define el adjetivo “ladino” el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española en su más reciente versión, donde agrega que en México el calificativo también se aplica a una persona “que es mestiza y sólo habla español”.

Eso son las criaturas ficticias nacidas del magín de Adalberto González, ladinos en la doble connotación antes dicha: astutos, sagaces y taimados por un lado, de piel blanca y hasta bermeja, cabello rubio y ojos claros –como lo fue Adalberto– por otro.

Sin necesidad de ahondar en ello o aun insinuarlo, nos transmiten sus cuentos, a modo de viñetas, a los nietos de los que fundadores de la Capilla de Guadalupe en pleno siglo xix, a costa de desplazar a las periferias a los indios, algunos de los cuáles optaron por remontarse al Cerro Gordo donde subsistieron mientras les fue posible en improvisados campamentos.

Para consumar tal hazaña, desplazar a los naturales de sus pueblos, los estancieros y los medieros se les fueron arrimando en calidad de arrendatarios de sus tierras de comunidad y artesanos, y luego de la creación de los Ayuntamientos se las compraron y hasta propiciaron la unión marital de sus hijas con indios terratenientes. Lo cierto es que a la vuelta de dos generaciones la genética caucásica se impuso a la amerindia y los indios hasta de la memoria fueron borrados, tanto así que aún hoy ingenuos siguen dando por buenas las descabelladas suposiciones de los que hacen descender a los alteños de hoy de franceses.

Y bien, de todo lo que pasó luego de eso en la comarca de Tepatitlán, que se extiende al norte hasta Yahualica y el Valle de Guadalupe, al sur a Tototlán y Atotonilco el Alto, al oeste a Cuquío, Acatic y Zapotlanejo y al oriente a San Miguel el Alto y Arandas –viento más cercano a la Capilla de Guadalupe, que Adalberto mienta en sus textos con el anagrama Allipac– , saca nuestro autor raja para relatos que compilados fue publicando en la década de los 80 bajo estos nombres: Voces secas, Lo que allí pasó, Tierra adormecida, Así eran ellos, ¡Ni modo que no!, Se alborotó el gallinero, De los Congrán, De los Arcada, Dichos alteños, Itinerario (versos), Más allá de Allipac, Cuentos niños, Todos se nombran pero nadie se llama y Personajes.

 

Juicio sumario de su narrativa

 

Consultado al respecto por quien esto escribe, el maestro en letras Juan José Doñán opina, a propósito del recién fallecido, que estando pendiente la valoración formal de su aportación a las letras mexicanas, sus afanes no fueron ajenos al interés que por la esencia alteña tuvieron dos talentos que también pasaron por las aulas del Seminario Conciliar de Guadalajara, Mariano Azuela y Agustín Yáñez. Ni tampoco a otro estudiante del plantel levítico, Juan Rulfo, quien usó de cantera el mundo rural del Sur de Jalisco y elevó a rango universal, pero a diferencia de ellos, González González, que escarmenó de sus recuerdos dos filones muy particulares, las cicatrices de la Guerra Cristera y el microcosmos de las gentes que conoció en la infancia, encriptará su numen en el regionalismo para recrear, como de soslayo, estampas del arquetipo del alteño socarrón y malicioso, vendedor de baratijas, pichicato y mezquino, si bien tamizando esos perfiles con otros más diáfanos, femeninos casi todos, e inmersos en la tarea de salvaguardar el núcleo social básico, la familia.

Cerremos lo dicho añadiendo que al escribir así nuestro autor proyectó lo que vivió él mismo en su calidad de primer varón de una prole de ocho que pronto dejó huérfanos su progenitor, Filemón González, Comisario y Delegado Municipal de la Capilla de Guadalupe entre 1936 y 39, y que antes de bajar a la tumba pidió a su hijo niño, con todo el peso de su autoridad, que alcanzara en la vida un sitio de relieve, mandato que él nunca olvidó.

Quédele a un futuro biógrafo la tarea de explicar cuánto marco en el hijo las expectativas de su padre y terminen estos párrafos evocando la personalidad inquieta que conocimos, que además de la pluma –siempre estilográfica– tomó también el pincel y cultivó con esmero la anticuaria hasta granjearse la estima de los comerciantes de ese tianguis que de pocos años a la fecha se instala los domingos en una céntrica arteria de Guadalajara, honrado por sus bienquerientes con el apodo de Trocadero.



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