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La familia, lugar de evangelización

José-Román Flecha Andrés[1]

 

Concluye con este número el artículo extenso que su autor tuvo a bien compartir para este Boletín, a propósito de  uno de los temas que como teólogo más ha estudiado: la familia

 

5. La familia, comunidad  de  servicio

 

Jesús es reconocido como Maestro y Mediador.  Pero es también para los cristianos su Rey  y Señor. Un rey que no vino a ser servido sino a servir. Por eso resultaba molesto para los dominadores que se hacían servir por los demás y despertaba incomprensiones entre los acostumbrados  a servir en larga y penosa esclavitud.

Al referirse al papel de los laicos en la Iglesia, el Concilio Vaticano ii ha subrayado también su participación en el señorío de Cristo y en su  dignidad regia: sirviendo a Cristo también en los demás, los cristianos conducen a sus hermanos al Rey, cuyo servicio equivale a reinar.[2]

Es difícil en muchas catequesis abordar este tema de la dignidad regia del cristiano.  O porque no ha sido suficientemente explicado en la evangelización ordinaria. O porque el hombre de la calle se siente manipulado hasta la náusea. O porque las ideologías dominantes le ofrecen caminos de liberación que sólo generan nuevas frustraciones

Y, sin embargo, recordando las palabras del Concilio, en su exhortación Familiaris consortio, el Papa San Juan Pablo ii aplica también a la familia cristiana esta vocación regia que se traduce en el servicio a los demás:

 

La familia cristiana es así animada y guiada por la ley nueva del Espíritu, y en íntima comunión con la Iglesia, pueblo real, es llamada a vivir su “servicio” de amor a Dios y a los hermanos. Como Cristo ejerce su potestad real poniéndose al servicio de los hombres (cfr. Mc 10, 45), así también el cristiano encuentra el auténtico sentido de su participación en la realeza de su Señor compartiendo su espíritu y su actitud de servicio al hombre.[3]

 

            El mismo documento hará notar que esta actitud se realiza en primer lugar en el seno de la familia para proyectarse en un segundo momento a otras familias y a toda la sociedad. Se diría que en el servicio diario los miembros de la familia conquistan la meta de la libertad. Y que su propia libertad los capacita para servir, libremente, regiamente, a los hombres y mujeres de su entorno.

 

1.    Libres en el servicio

 

La experiencia de la libertad es hoy una de las más discutidas. Evocando el pensamiento de Isaías Berlin, se puede decir que un hombre libre no es sólo el que está exento de ligaduras. Libre es sobre todo el disponible. Libre es el que no se resigna con la esclavitud propia ni con la cautividad en que yacen los demás. Libre es, especialmente, el que es capaz de ofrecerse a sí mismo en la máxima disposición, que es la entrega del amor.

La familia es el lugar primero para el descubrimiento y la valoración de la persona humana. En ella el ser humano no es una abstracción ni un número: sus miembros tienen rostros y gustos concretos, necesidades concretas e inaplazables.

En la familia los  deberes se convierten en expectativas: en la comunidad familiar hay rostros de personas que esperan algo de los demás. Y los derechos se reflejan en expectantes manos tendidas y en generosa oferta de dones.

La familia puede vivir y recordar a todos el mensaje evangélico primordial: los seres humanos tienen una dignidad única y común por ser hijos del mismo Padre, unidos por la misma llamada y por el mismo destino.

            En este contexto, la familia puede realizar su misión dentro de su diaria tarea educativa. “La educación es ante todo una dádiva de humanidad por parte de ambos padres: ellos comunican juntos su humanidad madura al recién nacido, el cual, a su vez, les da la novedad y el frescor de la humanidad que trae consigo al mundo”.

La familia puede educar en unas virtudes humanas que renueven la sociedad desde dentro. Virtudes como la austeridad, la justicia, la verdad, la dedicación apasionada a la paz y la comprensión, la apertura a la convivencia en el diálogo, el respeto y la tolerancia, la  preparación para una integración armónica y serena de la sexualidad en el proyecto vital, la preparación para un trabajo realmente creativo y personalizante.

La familia puede hacer posible y palpable la utopía de la nueva civilización del amor que soñaba y proponía Pablo vi.

 

2.    Libres para el servicio

 

La libertad es, a un tiempo, don y tarea. Esa libertad no se alcanza plenamente sin una liberación integral.[4] Por eso, la familia que ha educado en la libertad no puede detenerse ahí. Ha de educar a sus miembros para que a su vez puedan ser “agentes responsables, solidarios y eficaces para promover soluciones cristianas” a la problemática humana y social que los rodea, o mejor, para colaborar con los demás, desde su propia motivación cristiana, en la búsqueda y aplicación de las soluciones adecuadas.

El protagonismo de la familia en una sociedad que busca la libertad y la responsabilidad comienza por la renovación de las relaciones que vinculan los subsistemas que la integran y enriquecen. Así lo ha dicho el Papa San Juan Pablo ii con motivo del jubileo de las familias:

 

Cuando se respetan las funciones, logrando que la relación entre los esposos y la relación entre los padres y los hijos se desarrollen de manera armoniosa y serena, es natural que para la familia adquieran significado e importancia también los demás parientes, como los abuelos, los tíos y los primos. A menudo, en estas relaciones fundadas en el afecto sincero y en la ayuda mutua la familia desempeña un papel realmente insustituible, para que las personas que se encuentran en dificultad, los solteros, las viudas y los viudos, y los huérfanos encuentren un ambiente agradable y acogedor. La familia no puede encerrarse en sí misma. La relación afectuosa con los parientes es el primer ámbito de esta apertura necesaria, que proyecta a la familia hacia la sociedad entera.[5]

 

Desde su propio testimonio de confianza y de hospitalidad, la familia cristiana está llamada a asumir un puesto nuevo y responsable tanto en la Iglesia como en la sociedad.

En un proceso de catequesis de adultos, las familias pueden desempeñar un papel absolutamente insustituible. Los grupos catequéticos de adultos deberán partir de su experiencia familiar para ir reflexionando sobre las actitudes de Jesús, sobre su propia confesión de fe, sobre su inserción en la comunidad, sobre su compromiso con la vida rumorosa y apresurada de la calle. Pero los adultos tendrán que tener presente toda la dimensión familiar de su experiencia humana y cristiana.

De alguna forma, la familia entera tendrá que integrarse en las celebraciones de esas pequeñas comunidades nucleares que empiezan a brotar al hilo y al final del proceso catequético de adultos, donde se ha iniciado  esa experiencia.

Por lo que se refiere a su presencia en la sociedad, hay que preguntarse qué espera la familia de la sociedad. “Ante todo que sea reconocida en su identidad y aceptada en su naturaleza de sujeto social”.  También en este contexto, las familias cristianas tienen ante los ojos un amplio panorama que va de la reivindicación de sus derechos fundamentales hasta la participación en la marcha de la misma sociedad. 

Es ésa una tarea que San Juan Pablo ii encomienda a las familias al comienzo del tercer milenio cristiano: “Las familias mismas deben ser cada vez más conscientes de la atención debida a los hijos y hacerse promotores de una eficaz presencia eclesial y social para tutelar sus derechos”. 

Para la reivindicación de tales derechos en cada lugar concreto habrá que descubrir los cauces apropiados: asociaciones de vecinos, agrupaciones culturales o recreativas, asociaciones de padres de alumnos o las nuevas formas de participación que tienden a abrirse espacio en la escuela y el colegio.

He aquí algunas sugerencias en relación con esa misión de la familia cristiana que tan adecuadamente ha sido resumida en la exhortación Familiaris consortio:

 

La familia cristiana, mientras con la caridad edifica la Iglesia, se pone al servicio del hombre y del mundo, actuando de verdad aquella promoción humana cuyo contenido ha sido sintetizado en el Mensaje del Sínodo a las familias: “Otro cometido de la familia es el de formar los hombres al amor y practicar el amor en toda relación humana con los demás, de tal modo que ella no se encierre en sí misma, sino que permanezca abierta a la comunidad inspirándose en un sentido de justicia y de solicitud hacia los otros, consciente de la propia responsabilidad hacia toda la sociedad”.

 

La familia es el verdadero hogar de la misericordia. Es la escuela donde se enseña, se aprende y se testimonia el humilde servicio de las obras de misericordia. 

De todas formas, en un mundo en cambio, la familia, como institución sujeta al cambio, puede y debe redescubrir su identidad. Si ella es modelada por la sociedad, también ella puede imprimir su sello sobre la sociedad misma. Un sello de confianza y creatividad, de búsqueda y de atención a los signos de los tiempos, de solidaridad en la justicia y en la cercanía compasiva. O, si se prefiere, un sello de fe, de esperanza y de renovada caridad. La gran tríada de virtudes humanas y teologales que son imprescindibles para conseguir una auténtica vida buena. 

Tanto para los creyentes como para los no creyentes la familia constituye un “patrimonio de la humanidad, una institución social fundamental, la célula viva y el pilar de la sociedad”.



[1] Profesor emérito de Teología Moral de la Universidad Pontificia de Salamanca.

[2] Lumen gentium 36.

[3] N. 63.

[4] Cf. Puebla, 321.

[5] Homilía del 15.08.2000.



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