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Dolencias y dolientes en la encrucijada humanitaria del obispo Alcalde

Tomás de Híjar Ornelas

 

En el marco del acto cívico que tuvo lugar en el 3 de mayo del 2018, al cumplirse 224 años de la apertura del Real Hospital de San Miguel de Belén, en la sede que sigue ocupando ahora bajo el nombre de Antiguo Hospital Civil Fray Antonio Alcalde, y en presencia del Gobernador de Jalisco, Aristóteles Sandoval Díaz, y del Director General de los Hospitales Civiles, Héctor Raúl Pérez Gómez, y una copiosa audiencia,

se pronunció como discurso oficial el texto que sigue.

 

Nos congrega esta mañana un deber de justicia para quienes han permitido que desde hace 224 años este lugar sea un refugio donde la humanidad doliente pueda alumbrar la vida, recobrar la salud o recibir la atención humanitaria esencial para dejar este mundo de la mejor manera.

La institución, que ha tenido diversos nombres a lo largo de su historia, cuenta ya con 437 años, pues desde 1581 Guadalajara tuvo un hospital, sostenido con las rentas del Cabildo Eclesiástico, bajo el título de San Miguel Arcángel, celestial patrono de la ciudad, atendido luego por los religiosos hospitalarios de la Orden de los Hermanos de Belén, que le dieron su apellido, ambos perdidos cuando la institución se secularizó pero sin mengua de los propósitos humanitarios que mantiene ahora con la nomenclatura de Benemérito, el Antiguo Hospital Civil Fray Antonio Alcalde, al que haré referencia en los planteamientos que siguen.

La encrucijada humanitaria de Antonio Alcalde y Barriga comenzó muchos años antes de que fuera Obispo de Guadalajara, que es como decir, de que dispusiera de rentas eclesiásticas copiosas como para echarse a cuestas la empresa de edificar y sostener una obra que a sus coetáneos les pareció innecesaria y dispendiosa.

En efecto, el Doctor Agustín José Mariano del Río de Loza, colaborador de fray Antonio, se queja en 1790 ante el Arzobispo primado de España, Cardenal Francisco Antonio Lorenzana, diciendo que este edificio era prescindible, pues afirma:

 

Hay aquí dos hospitales bastantes para todos los enfermos pobres en los achaques corrientes: uno de San Juan de Dios, para hombres, extramuros del lugar, pero sin rentas; otro en el centro, con la asignación de los novenos, para ambos sexos, a cargo de los Padres de Belén. En tiempo de mortandad no faltan casas de alquiler donde puedan asistirse los enfermos, pero faltan alimentos, boticas, médicos, ropa y demás necesarios. Con doscientos y más de cuarenta mil pesos asegurados a réditos había para dotar camas y menesteres de estos hospitales, para acrecer el de San Juan de Dios cuanto quisieran y para ir labrando poco a poco la Babilonia en que se han de trasladar cuatro legos de Belén con los enfermos comunes, abandonando su hospital antiguo, dejando arruinar el nuevo, sin rentas que lo sostengan o gravando con un censo perpetuo la Corona, que habrá de dotar los frailes, las camas, los médicos, las boticas, capellanes, sirvientes y demás, cuando todo se pudiera haber surtido con el capital que están gastando. Pero yo no debo de entenderlo, el prelado lo habrá pensado mejor, y poco antes de morir el Señor don Carlos III le dio por ello las gracias y concedió facultad para que teste a su salvo, inhibiendo que muerto Su Ilustrísima, se entrometa alguno en lo que deje, ni con pretexto de expolios, sino sólo de los albaceas que nombrare.[1]

 

            Nos queda claro ahora que el visionario obispo Alcalde pensó en la humanidad doliente de su tiempo y del nuestro en términos tales que aseguró la grandeza de Guadalajara, que de ocupar el decimosegundo lugar en importancia en la Nueva España al tiempo del arribo a ella del Obispo Alcalde, se convirtió no muchos años después de su muerte en la segunda, categoría que sigue ostentando y no hay quien le arrebate.

Pero, recuperando el hilo de mi discurso, quiero ahora dedicarme tan sólo a lo que a mi juicio fue la encrucijada humanitaria de fray Antonio: la muerte de su madre, Isabel Barriga, a los pocos días de haber dado a luz al menor de los cuatro hijos que tuvo con su cónyuge José Alcalde; la Guerra de Sucesión, que enfangó España de 1701 a 1715, que es como decir, de la infancia a la adolescencia de nuestro personaje; la crisis vocacional de la Orden de Predicadores, que sin disminuir el número de frailes padeció el afán de acomodo de muchos de ellos, y su opción por la pobreza más radical, que mantuvo sin fisura durante toda su vida.

De lo primero no necesito abundar. Quienes hemos tenido la fortuna de venir al mundo con una progenitora que nos brindó, además del ser, atenciones y cuidados en la primera parte de la vida, como sólo ella puede hacerlo, podemos figurarnos el prematuro drama de quedar despojados de ese vínculo natural por obra de un destino aciago, que suplirán otras atenciones y cuidados tal vez con suma diligencia, pero sin un reemplazo equivalente. Soy hijo de un varón al que le ocurrió algo parecido, y me consta por los comentarios de mi padre y las secuelas que en él dejó la orfandad lo que esto implica. Pero también la dosis de ternura acumulada que una situación de esa índole puede causar en quien la sufre, y de ello también soy testigo, pues mi padre volcó en su prole lo que hubiera podido recibir de su madre difunta, y nuestro Obispo Alcalde hizo infinitamente más que eso.

Que desde su niñez más tierna Antonio sólo viera a su alrededor los estragos de la guerra consideramos que produjo en él un compromiso a favor de la paz que descansa en la justicia, especialmente la distributiva, que consiste en construir “una sociedad de hombres y mujeres propietarios libres, conscientes de sus derechos y con los medios para defenderse contra las tendencias centralizadoras tanto del Estado como de las corporaciones”. En razón de ello, las acciones que emprenderá cuando tenga los recursos, la ascendencia moral, la autoridad y la energía para hacerlo los invertirá en provocar una cadena de beneficios sociales que, partiendo de la dignidad esencial del ser humano, genere procesos más allá del asistencialismo: promoción de la vivienda popular, de la autogestión y de fuentes de trabajo bien remuneradas.

La crisis vocacional de los dominicos la conocemos sólo quienes hemos tenido que ahondar en ciertos capítulos de la historia de la Iglesia que son recurrentes. Básteme entonces señalar de momento que la familia religiosa en la que se insertó desde que tenía 16 años de edad y a la que sirvió de forma abnegada, primero como mentor de muchas generaciones de pupilos y luego como prior de una comunidad, le hizo comprender en carne propia que el hábito no hace al monje, sino la congruencia con los principios evangélicos, que ayer, hoy y mañana son los de pobreza, castidad y obediencia.

De esto se deriva la cuarta nota de la encrucijada humanitaria de nuestro personaje, pues de forma libre y voluntaria optó por vivir la regla de su orden de forma estricta, que es como decir haciendo de la pobreza un hábito sostenido en no tomar para sí más de los elemental, y aun renunciando a ello cuando fuera necesario para destinarlo al prójimo en su rango más abatido, a los excluidos, por quienes hizo todo lo que estuvo a su alcance, ofreciéndoles educación, de la elemental a la superior, comida y techo, atención espiritual y sanitaria.

Fray Antonio Alcalde, lo sabemos mejor cada día, fue mucho más que un filántropo y un benefactor, fue un coloso que tuvo ante sí la oportunidad de tomar entre sus manos una ciudad y convertirla en lugar de acogida, de tutela, de salvaguarda, de calidad de vida.

Que todo eso lo emprendiera en el ocaso de su vida, la edad septuagenaria, con los arrestos y los bríos de un joven, la experiencia de un sabio y la virtud de un santo, es un tesoro que vamos descubriendo cada vez más.

Por eso, ahora que el Gobierno del Estado de Jalisco, la Universidad de Guadalajara, los Hospitales Civiles, íntimamente vinculados a ella, y el Ayuntamiento hacen justicia a su bienhechor supremo, siendo esta obra hospitalaria la corona de su legado, todos nosotros hemos de comprometernos a defenderlo con renovados elementos: que ningún habitante de la zona metropolitana de Guadalajara desconozca quién fue, qué hizo y cómo garantizó su pervivencia el Fraile de la Calavera, cuyo corazón incorrupto será expuesto esta noche, a las 19 horas, en el templo anexo al lugar que ahora nos aloja, en el marco de la apertura de un año jubilar que hoy comienza, el día de la Santa Cruz, con el beneficio espiritual de la indulgencia plenaria, para recordarnos que no son el dolor, el sufrimiento y la muerte nuestro destino último.

Unámonos entonces y luchemos tomados de la mano para que la ciudad que soñó el Genio de la Caridad, y que ahora está bajo nuestra custodia, renueve los paradigmas que él tuvo, en la encrucijada de su vida, para darle cuerpo a un proyecto del que seguimos recibiendo los frutos, y que este año jubilar por el aniversario 225 de la apertura de este nosocomio sea ocasión favorable para articular procesos de largo aliento que optimicen sus recursos.

Para que el Paseo Fray Antonio Alcalde, a inaugurarse en fechas próximas, tenga el rango humanitario y humanístico del benefactor al cual estará vocacionado, es necesario que su escultura colosal, ahora en el Jardín del Santuario, se reubique, como ya lo ha autorizado el Instituto Nacional de Antropología e Historia y ahora sólo falta la decisión del Gobierno de Jalisco, no menos que un reglamento municipal enérgico que impida que esa zona sea botín del mercantilismo y de los intereses oscuros del hampa y sea, en cambio, un corredor cultural donde la vida familiar descanse en propuestas cimentadas en el surco antropológico en el que debe caer la simiente que renueve la calidad de la vida de la Guadalajara de Alcalde: el deporte, el arte y la tecnología.



[1] Cf. Agustín José Mariano del Río Loza, “Práctica idea de un prelado de la América Septentrional verdaderamente humilde, pobre y benéfico, el Ilustrísimo y Reverendísimo Señor don fray Antonio Alcalde y Barriga, Obispo de Guadalajara, Nuevo Reino de Galicia”, en Gaceta Municipal, año 100, Ayuntamiento de Guadalajara, 7 de agosto de 2017, p. 66.



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