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Vicenta de Santa Dorotea Chávez Orozco (1867-1949)

Tomás de Híjar Ornelas

 

Apenas pasado el sesquicentenario del nacimiento de una mexicana de honró a su patria reconociendo a Cristo en los dolientes, se exhuman datos mínimos de su vida que contextualizan lo que la historia de la humanidad ha sorteado en los lances menos favorables: que a grandes males, grandes remedios.

 

Beata mexicana, heredera de la sensibilidad social de la Congregación de la Misión, arquetipo de la nueva generación de fundadoras de Institutos Religiosos de vida activa con fines puntualmente humanitarios en México después de las Leyes de Reforma, Vicenta de Santa Dorotea nació en Cotija, Michoacán,  el 6 de febrero del año en que se desmoronó el ii Imperio Mexicano, 1867, siendo la menor de los seis hijos, entre ellos Eligio, José María y Pascuala, engendrados por los esposos Luis Chávez y Benigna de Jesús Orozco, emparentada ella con el futuro arzobispo de Guadalajara don Francisco Orozco y Jiménez.

La infancia de Dorotea discurrió en Cotija, cabecera asentada en un valle estrecho pero muy fértil y sobre todo con un grande trasiego comercial. Su casa familiar se ubicaba en la calle donde vivía la familia Guízar Valencia. Su instrucción escolar se la impartió en el hogar su hermano Eligio, maestro de primeras letras. Junto con su familia emigró a Cocula, Jalisco, y luego a Guadalajara, donde se establecieron en un suburbio populoso al sur de la capital de Jalisco, el barrio de Mexicaltzingo, en su tiempo pueblo de indios y por esas fechas ocupado por industrias, mesones, almacenes de cereales, bodegas del ferrocarril y el rastro de cárnicos.

Ejercía la cura de almas de la parroquia, dedicada a San Juan Bautista, el señor Cura Agustín Beas, párroco entre 1886 y 1893, quien muy a tono con los criterios pastorales del arzobispo Pedro Loza y Pardavé, con el deseo de aliviar un poco las necesidades del pueblo llano, alentó en 1887 el establecimiento de una enfermería en el curato a su cargo, que dos años después se convertirá en un pequeño hospital con seis camas, dedicado en 1890 a la Santísima Trinidad y atendido por socias de la Conferencia de San Vicente de Paúl de esa parroquia.

Cabe señalar que la atención sanitaria en la capital de Jalisco era mala, pues tres lustros antes, en 1874, en pago a dos décadas de admirables servicios, habían sido desterradas de Guadalajara más de cincuenta religiosas de la Compañía de las Hijas de la Caridad, única orden religiosa no exclaustrada debido a sus fines humanitarios al tiempo de aplicarse las Leyes de Reforma y que tenían a su cargo el Hospital de Belén, el Hospicio Cabañas y el Asilo de San Felipe Neri, instituciones que atendían a centenares de desvalidos, todo lo cual de nada les valió cuando el gobierno encabezado por Sebastián Lerdo de Tejada elevó dichas Leyes, el 25 de septiembre del año anterior de 73, al rango constitucional, prohibiendo de forma absoluta la vida consagrada.

Con el deseo de paliar el hueco dejado por la salida de las Hermanas de la Caridad en la Arquidiócesis de Guadalajara, las Conferencias de San Vicente de Paúl, establecidas aquí desde 1864 por el R.P. Agustín Torres, m.c., se dieron a la tarea de estimular a sus socios a la atención humanitaria de los desvalidos, y surgieron iniciativas como la del párroco de Mexicaltzingo.

Dorotea Chávez Orozco, a la sazón célibe, de 25 años de edad y ya huérfana de padre, gravemente afectada de pleuresía ingresó a tan humilde nosocomio, ya para esas fechas instalado muy cerca del puente de las Damas, el 20 de febrero de 1892, determinándose a partir de entonces a servir a los enfermos, lo cual pudo hacer desde el 19 de julio de ese año, día de san Vicente de Paúl, hasta el final de su vida, 57 años después, ámbito que sólo dejará el tiempo necesario para sepultar a su madre, que murió el 20 de febrero de 1894.

Al año siguiente, el canónigo Pedro Romero reemplazó al presbítero Arnulfo Jiménez como asistente eclesiástico de la asociación vicentina y del hospital trinitario, y fue él quien indujo a las voluntarias a abrazar la vida consagrada, pues si bien las leyes prohibían la apertura de noviciados, nada impedía hacer votos de privados de consagración, como lo hicieron las voluntarias del hospital vicentino, Dorotea entre ellas, el 25 de diciembre de 1895 y acatando un reglamento redactado por la coordinadora del pequeño grupo, Margarita Gómez, un tiempo afiliada a las Hijas de la Caridad. La dureza del reglamento acabó con cinco de las seis enfermeras salvo Dorotea, la única en no claudicar aun cuando la sobredicha Margarita se separó del hospital en diciembre de 1898.

El P. Arnulfo Jiménez denominó Hermanas Siervas de los Pobres a estas voluntarias, la más antigua de las cuales terminó siendo Dorotea. Ahora bien, el interés del arzobispo José de Jesús Ortíz y Rodríguez, apodado el Padre de los Obreros, durante cuya gestión de 1902 a 1912 dio un impulso formidable al catolicismo social y a las nuevas formas de vida consagrada, verá en las voluntarias del hospital trinitario la semilla de una nueva fraternidad femenina, acogiendo de buen grado la propuesta que el asistente eclesiástico de las voluntarias, presbítero Miguel Cano Gutiérrez (1866-1924), le presentó y que él autoriza el 12 de mayo de 1905: la comunidad femenina de derecho diocesano denominada Siervas de los Pobres, aprobando las Constituciones y dando su licencia para que la M. Isabel Ruiseco, religiosa de la Congregación de Terciarias Franciscanas de Nuestra Señora del Refugio, hiciera las veces de superiora del naciente plantel a partir del 28 de agosto de 1907.

El 10 de febrero de 1908, luego de quince años de servicios de voluntariado solícito, gratuito y abnegado, Dorotea junto con otras seis compañeras recibió de manos del arzobispo Ortiz el hábito de Sierva de los Pobres y dos años después el cargo de primera Maestra de novicias. El 15 de agosto de ese año de 1910 pudo emitir sus votos simples y trocar su nombre de pila por el que usaría el resto de su vida: Vicenta de Santa Dorotea, en recuerdo de san Vicente de Paul. Dos meses después pasará al recién creado hospital vicentino de Zapotlán el Grande, del que regresará el 3 de diciembre de 1911 para hacer sus primeros votos canónicos, ya con el nada obsta de la Santa Sede.

Al año siguiente de 1912 fue testigo del terremoto que destruyó Zapotlán y consuelo para las víctimas. En 1913 retornó a Guadalajara, coincidiendo con el arribo del nuevo Arzobispo don Francisco Orozco y Jiménez, su pariente. El primer capítulo general del Instituto la eligió primera superiora general, oficio que ejercerá sólo con un trienio de interrupción durante más de treinta años, durante los cuales fundará, además del hospital de Zapotlán el Grande ya mencionado, los de San Juan de los Lagos (1913), Etzatlán (1920), Tepatitlán (1921), Teocuitatlán (1923), Jalostotitlán (1926), San Camilo en Guadalajara (1931), Ahualulco (1933), Ocotlán (1934), Guadalupano de Guadalajara (1934), asilo de la Santísima Trinidad de Guadalajara (1935), el sanatorio Del Río en Puebla, la clínica Metalúrgica de Torreón (1938) y el asilo del Carmen en Culiacán (1939).

En 1914, cuando comenzaba la segunda persecución religiosa en México, la Hermana Vicenta renovó sus votos; finalmente, el 3 de diciembre de 1915, a la edad de 48 años, emitió los perpetuos ante el cofundador del Instituto, el P. don Miguel Cano.

La Madre Vicenta mantuvo el espíritu de su comunidad durante la persecución religiosa impulsando un sentido comunitario profundo. Ella misma debió velar casi personalmente para que las religiosas de las diversas comunidades resultaran indemnes en medio de las tropelías de esos años. Toda vez que la comunidad no poseía bienes, los hospitales que atendía eran de particulares y su subsistencia se mantenía con recursos providenciales, no con rentas. Sorteando toda clase de privaciones y con un espíritu de confianza absoluta en la Providencia, la Madre Vicenta salió airosa en todo ese trance. El 14 de abril de 1924, muy afectado por la persecución religiosa, muere, a la edad de 58 años, el P. Miguel Cano.

En 1926 dos Siervas de los Pobres que a instancias del Arzobispo Orozco y Jiménez tomaron un curso en los Estados Unidos para especializarse en enfermería fraguaron una conspiración contra la fundadora y las Constituciones vigentes. El 18 de octubre de ese año el Arzobispo pidió su renuncia a la Superior General, que ella le presentó al otro día, y se hizo cargo durante el trienio siguiente del hospital de Zapotlán el Grande. Luego de este tiempo fue reelecta superiora General hasta 1936.

En 1942, contando ya 75 años, fue relevada de su cargo, toda vez que comenzó a perder la vista y a sufrir viejos achaques que ella disimulaba lo mejor posible. A principios de 1948 el Capítulo General la nombró Vicaria y Consejera General, pero la decrepitud le impidió asumir tales cargos.

Después de este año y hasta la víspera de su muerte, sus días discurrieron en la paz y la serenidad de quien cosecha al final de sus días la satisfacción del deber cumplido: sin quejas, cercana a sus hermanas, accesible a todos, bondadosa en grado superlativo.

Murió el 30 de julio de 1949, en brazos del Arzobispo de Guadalajara don José Garibi Rivera. Desde el momento de su muerte se extendió su fama de santidad. 17 años después de su muerte dio inicio su causa de canonización. En 1978, la Congregación para las Causas de los Santos le dio el título de Venerable, y fue beatificada por san Juan Pablo ii en la Plaza de San Pedro en Roma, junto con el mártir Vilmos Apor y el obispo Juan Bautista Scalabrini.

Sus reliquias se veneran en el presbiterio del oratorio dedicado al Espíritu Santo en la capilla del hospital donde discurrió la mayor parte de su vida. La presencia de su instituto se extiende a ocho diócesis de la República mexicana.

 

Bibliografía

 

Chanal, S.I., Fermín, Historia de un corazón de amabilísima dulzura, Guadalajara, Tipografía de Vera, 1951.

Dávila Garibi, José Ignacio, Apuntes para la historia de la Iglesia en Guadalajara, Vol. V, México, Editorial Cultura, 1966

Higuera Bonfil, Antonio, Religión y culturas contemporáneas, Aguascalientes, Universidad Autónoma de Aguascalientes, 2011

Saucedo Zarco, Carmen, Historias de santos mexicanos, México, Planeta, 2002.

Villa Roiz, Miguel Ángel, De América al cielo: santos, beatos, mártires y siervos de Dios hacia el tercer milenio, México, s.p.i., 2000.



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