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La salud pública en la vida y obra de Fray Antonio Alcalde

José Francisco Card. Robles Ortega

 

El 22 de febrero del 2018, en el marco del xx Congreso Internacional Avances en Medicina (ciam) y vii Congreso Internacional de Enfermería, organizados por la Universidad de Guadalajara y los Hospitales Civiles de Guadalajara, el arzobispo de esta sede, en su condición de sucesor en la cátedra episcopal de fray Antonio Alcalde, o.p., fue designado presidente honorario. En el muy relevante acto tomó parte Arieh Warshel, Premio Nobel de Química 2013, Phan Thi Kim Phuc, defensora de las víctimas de guerra, Sue Hignett, y José Narro Robles, secretario de Salud de México, que de los labios de arzobispo tapatío escucharon el discurso que sigue.

 

Señores Directores del Hospital Civil de Guadalajara y de sus dos unidades hospitalarias, el Antiguo Hospital Civil Fray Antonio Alcalde y el Nuevo Hospital Civil Doctor Juan i. Menchaca;

Señor Doctor Ariel Miranda Altamirano, Presidente Ejecutivo del Comité Organizador del xx Congreso Internacional Avances en medicina;

Señoras y señores delegados de las diversas instancias involucradas en labores sanitarias aquí presentes,

Muy distinguida concurrencia:

 

En su mensaje de bienvenida al portal que anuncia y divulga este Congreso, su Presidente Ejecutivo calificó al siervo de Dios fray Antonio Alcalde, O.P., como “obispo visionario”, por su participación fundamental para que a fines del siglo xviii en la ciudad de Guadalajara se edificara, abriera sus puertas “a la humanidad doliente” y tuviera rentas suficientes para sostenerse a perpetuidad el hospital más grande del Nuevo Mundo, que pese al tiempo transcurrido, bajo la premisa de que “la salud del pueblo es la suprema ley”, sigue cumpliendo su misión.

            Añade dicho mensaje que el eje conductor del Congreso será la búsqueda de “estrategias para facilitar el acceso a servicios de calidad en salud” a los que la buscan en sus instalaciones, para lo cual ha convocado a las voces y autoridades más calificadas en el ámbito internacional, quienes nos ofrecerán luces para optimizar nuestro compromiso a favor de la salud pública.

Y bien, en mi carácter de sucesor en la cátedra episcopal tapatía del también llamado Fraile de la Calavera, recibo y agradezco, en representación de la Iglesia particular de Guadalajara, el título de Presidente Honorario de este Congreso, y aprovecho la ocasión para ofrecerles tres aspectos muy concisos en este mensaje: el íntimo vínculo que une la historia de la institución hospitalaria que hoy nos congrega con la arquidiócesis a mi cargo; la necesidad de renovar en todas las formas posibles el aspecto humanista y humanitarista de las actividades que desempeñan los involucrados en el área de la salud pública desde una actitud vital que conciba de forma integrada los valores humanos con la capacidad para sentir afecto, comprensión y solidaridad hacia los enfermos y sus allegados; y todo de cara al legado que nos dejó fray Antonio Alcalde, Genio de la Caridad, de cuyo espíritu somos herederos, máxime cuando hoy sabemos por fuentes documentales primarias que él mismo sufrió en carne propia quebrantos gravísimos en su cuerpo, pero que lejos de aplastar su ánimo lo suavizaron de forma plena y edificante.

i

            Acerca de lo primero, me limito a recordar lo que muchos de ustedes ya saben: que durante los trescientos años de la dominación española y los primeros del México independiente, la autoridad civil exigía a los agricultores y ganaderos el diez por ciento anual de sus ganancias para destinarlo a sufragar las obras asistenciales entonces a cargo de la Iglesia: la educación y la salud pública. De ese diezmo estuvieron exonerados los pueblos de indios, de modo que de las diez diócesis que hubo en la Nueva España, algunas muy grandes, como la de Yucatán, eran pobres en comparación con otras, como la de Guadalajara.

Dado que ambas diócesis estuvieron a cargo de fray Antonio con una diferencia de pocos años, sepan que por concepto de la cuarta parte del diezmo que le correspondía nuestro obispo recibió en Yucatán, donde casi todos sus habitantes estaban exonerados del gravamen, 7 000 pesos anuales, que empleó a favor de la educación y del hospital de San Juan de Dios de Mérida, aunque también sostuvo en 1769 comedores públicos para los afectados por la pérdida de las cosechas del año anterior. En la diócesis de Guadalajara, entonces siete veces más grande que la yucateca, por el mismo concepto le correspondieron 70 000 mil pesos y a veces más, los cuales destinó de forma íntegra al bien común.

            Entre las obras que le inmortalizan destaca la construcción del hospital de la ciudad, que se llamó originalmente de San Miguel, por ser el príncipe de las milicias angélicas patrono celestial de Guadalajara, y como dicho nosocomio se erigió en el edificio que primero sirvió como parroquia y luego como catedral provisional de la ciudad, conservó el nombre incluso cuando a fines del siglo xvi permutó el inmueble por el convento de monjas dominicas de Santa María de Gracia, que mudaron a aquél su residencia, en tanto que el hospital, sostenido por el Cabildo Eclesiástico, se acomodó donde aún estaba cuando 200 años después lo conoció fray Antonio: en la manzana que hoy ocupa el mercado Corona de Guadalajara, pero ya bajo el nombre de San Miguel de Belén, en deferencia a la Orden Hospitalaria Betlemita, que lo administraba desde los primeros años del siglo xviii.

            La Iglesia tapatía sostuvo el Hospital de Belén hasta que fue secularizado, llamándosele desde entonces Hospital Civil. No obstante ello, siguió siendo atendido de forma ejemplar hasta 1874 por las Hijas de la Caridad, como ahora lo es por la Congregación de Hermanas Josefinas.

 

ii

 

En cuanto al aspecto humanista y humanitarista que ha de irrigar a los agentes sanitarios, como lo son casi todos ustedes, traigo a colación la sustancia del Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial del Enfermo del 2018, que celebramos apenas este domingo 11 de febrero.

En él presenta a la Iglesia como un “hospital de campaña”, repasa la condición de médico usada por Jesucristo como parte sustancial de su ministerio para después afirmar, tajante, que sus discípulos recibimos de él la tarea de acercarnos con eficacia y misericordia a las personas enfermas del espíritu y del cuerpo, lo cual implica “cuidar unos de otros”, brindando una atención médica de calidad que ponga “a la persona humana en el centro del proceso terapéutico, y paralelo a ello “realizar la investigación científica en el respeto de la vida” y “ofrecer a la gente la mejor atención sanitaria posible” –objetivo de este Congreso– “para eliminar la mortalidad infantil y erradicar algunas enfermedades generalizadas”, sin excluir el cuidado amoroso al enfermo “incluso cuando no puede sanar”.

Pide el Papa a los agentes sanitarios ser generosos sin límite y comprometerse con la investigación científica en aras a “para proporcionar a los enfermos una atención innovadora y fiable”; les insiste en no incurrir en lo que él llama “riesgo del «empresarialismo», que, denuncia, en nuestro tiempo “intenta que la atención médica caiga en el ámbito del mercado y termine descartando a los pobres”.

Concluye recordando que “la inteligencia organizacional y la caridad requieren más bien que se respete a la persona enferma en su dignidad y se la ponga siempre en el centro del proceso de la curación”.

 

iii

 

Respecto al tercer punto de mi mensaje, puedo decirles que ahora, cada vez con nuevas fuentes documentales, conocemos más y más al que antes sólo honrábamos como benefactor de la humanidad, pero del que con los nuevos datos iremos situando en un nivel superior al ya muy elevado que le dieron sus contemporáneos considerándolo un prodigio de virtud.

En efecto, al calor de la causa de canonización se ha impuesto la necesidad de escudriñar los archivos para tener del siervo de Dios fray Antonio Alcalde nuevos datos que nos permitan explicar de forma satisfactoria quien fue, qué hizo y cómo lo consiguió, especialmente en los veinte postreros años de su longeva existencia, los que pasó en Guadalajara, donde desarrolló proyectos tan integrales e importantes a favor del urbanismo, la vivienda popular, la educación en todos sus niveles, las fuentes de trabajo, la justicia social y la salud pública, que le han valido el título de refundador de esta capital.

Ahora podemos afirmar, como ya lo hizo el brillante jurista Mariano Otero medio siglo después de la muerte de fray Antonio, en 1842, que si la capital de Jalisco se convirtió en la segunda en importancia de México ello fue posible gracias al proceso que con los mejores auspicios patrocinó al que también se le ha llamado el mejor alcalde que ha tenido la ciudad, posible, afirmamos, gracias a su congruencia: la de vivir a pie juntillas lo que pensaba y enseñaba.

Ateniéndonos a lo que hizo el obispo dominico abrazando la pobreza extrema y sobrellevando sus propios achaques con buen ánimo y sin muestras de abatimiento, descubrimos en él una veta que convierte la filantropía en un estilo de vida coherente con sus principios y postulados, en abierto desdén a los criterios mundanos de la ganancia material y del reconocimiento público, con un plan programático admirable, con una visión de futuro muy clara, con proyectos cimentados en la dignidad integral de la persona y sin más recompensa que la satisfacción por el deber cumplido.

Según ahondemos en sus motivaciones, quienes hoy administramos su legado humanitario podremos afinar las propias, y una muy puntual para los aquí reunidos nos la propone este Congreso: elaborar estrategias para facilitar el acceso a servicios de calidad en salud a los más desvalidos.

Felicito a los organizadores de este acto y deseo para todos ustedes que alcancen sin rodeos y de forma operativa lo que se han propuesto.



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