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Recuerdos de Juan Rulfo a propósito de la guerra cristera

 

Hablando en una entrevista televisiva de los trágicos sucesos de la primera parte de su vida, Juan Rulfo (1917-1986) entreteje con sus recuerdos la impresión que dejó en él –y posteriormente en sus obras– la guerra cristera a partir de 1926 y la persecución religiosa que padeció entre los 15 y los 17 años de edad,

siendo estudiante del Seminario Conciliar de Guadalajara.[1]

 

[¿Quiénes eran los Pérez Rulfo?]

 

Pérez Rulfo es un apellido compuesto. El original es Rulfo. El primero llegó de España en 1790, mi antepasado directo. Fue monje en un convento, era el mayor de la familia. El padre no lo quería y lo metió de monje. Entonces se fue a México, a un convento, y de allí huyó. Se llamaba Juan del Rulfo. Lo que resultó después, que este hombre se casó primero con una persona, enviudó y volvió a casarse. Combatió en las fuerzas de [Félix María] Calleja, que a su vez estaba combatiendo en contra de los insurgentes. Quizá fue el motivo principal por el que él se apropiara del Pérez Rulfo, porque era conocido como capitán Juan del Rulfo en las fuerzas realistas y naturalmente que después él no quiso. Vino la independencia y él trató de eludir el compromiso que  había tenido con las fuerzas españolas, para pasar hacia el bando insurgente.

Mi abuelo paterno era abogado. Mi abuelo materno era hacendado. Nací en un pueblo que se llama Apulco, perteneciente a San Gabriel, del distrito de Sayula, y como es un pueblo que no aparece en los mapas, siempre se da como origen la población más grande. Era un pueblo muy pequeño, con una población de unos dos mil habitantes. Un pueblo en una barranca, con calles torcidas, empinadas. Mi abuelo construyó casi todo el pueblo: el puente sobre un río, también él fue el autor de la construcción de la iglesia, creó al pueblo.

Vino después la rebelión cristera y entonces hubo una concentración y a todas las gentes de los pueblos pequeños los concentraron en las ciudades más grandes. Fue cuando nosotros nos pasamos a vivir a San Gabriel.

 

[Parece que la revolución cristera fue especialmente dura con ustedes. No hubo más remedio que irse a probar suerte en otro lugar; que sus padres y demás parientes perdieron prácticamente todo lo que tenían. Esa revolución ocurrió entre los años de 1926 a 1928. ¿Usted querría explicarnos un poco por qué se les llamaba los cristeros, cuál era el fundamente de ese nombre y de esa revolución?]

 

Los cristeros nacieron cuando se aplicó la Constitución mexicana, que debía haber un cura por cada diez mil habitantes, y naturalmente que el pueblo se opuso. Entonces los sacerdotes cerraron las iglesias y dejaron el culto cerrado también y el pueblo protestó primero con boicots de cierta forma; después, se levantó en armas, tomó las armas y se fue a defender lo que llamaban ellos la santa causa de Dios. Esa rebelión en realidad tiene un origen más bien matriarcal. El fenómeno curioso fue que las mujeres fueron las que hicieron la revolución cristera, porque decirle a un hermano, a un esposo o a un hijo “no eres hombre si no te vas a pelear por la causa de Dios” pues era una ofensa muy grande, ¿no? Entonces se levantaron todos en armas.

 

[Esa zona en la que usted nació era una zona en la que en cierto modo debió de ir creando en usted un sedimento que luego, más tarde, veríamos en sus libros; era una zona más violenta, una zona donde se producían saqueos, incendios, revoluciones, sequías, toda clase de fenómenos caracterizados por la violencia de la naturaleza o del hombre…]

 

Sí. Es una zona agitada, muy violenta, sobre todo la Cristiada; se caracterizó más que nada por el saqueo tanto de un lado como del otro. Fue una rebelión estúpida, si se quiere, porque ni los cristeros tenían posibilidades de triunfo ni los federales tenían los suficientes recursos para acabar con estos hombres que eran de tipo guerrillero. Además, tenían que luchar contra las mujeres, porque el motivo principal era atacar al hombre, pero la mujer era la que surtía de parque, la mujer era la que almacenaba el armamento, era la intermediaria entre el hombre y el cristero. Eso lo dejó pasar por alto el gobierno federal, y mientras las mujeres se movilizaban libremente por el campo y todas partes, llevando armamento, pues era difícil terminar con la rebelión.

 

[De ahí de Sayula salieron siempre y sobre todo en esa época y posteriormente también muchos hombres emigrando hacia Tijuana, hacia la frontera con los Estados Unidos, para buscar trabajo como braceros, que era por lo menos más seguro, ¿no?]

 

Muchos. La mayor parte de la población de Tijuana y Mexicali es de Jalisco. Es de esa zona de Jalisco, precisamente.

 

[Quedamos entonces en que su familia era una familia acomodada pero que perdió sus bienes en esa revolución. En los primeros meses de esa guerra usted sufrió una pérdida muy grande para un niño, que fue la de su padre ¿no?]

 

Fueron mi abuelo y mi padre. Los dos murieron en esa época. Y enseguida murió mi madre, a los pocos años. Yo estaba estudiando con las monjas josefinas de San Gabriel. Cuando vino la revolución, clausuraron los colegios, entonces nosotros nos fuimos a Guadalajara.

 

[A la muerte de sus padres usted se quedó casi sin ningún pariente próximo que pudiera tener la responsabilidad de cuidar de usted.]

 

Con una abuela, nada más.

 

[Y entonces, parece que tuvo que vivir por muchos años en un orfanato. De ese orfanatorio los recuerdos que usted tiene no son precisamente gratos.]

 

No. En absoluto.

 

[Usted ha dicho que era como una correccional.]

 

Era el único orfanatorio que existía en Guadalajara y a los ricos de Guadalajara los entregaban ahí como cárcel correccional. Nosotros,[2] que no éramos de allí, que veníamos de los pueblos, lo tomamos todo como cosa natural, pero para muchas personas, sobre todo hijos de gente pudiente de Guadalajara, la forma de castigar a los hijos era metiéndolos en ese orfanatorio. Era terrible la disciplina, el sistema era carcelario. Lo único que aprendí fue a deprimirme. Fue una de las épocas en las que me encontré yo más solo y donde conseguí un estado depresivo que todavía no se me puede curar. Nos enemistábamos. Había pandillas. Muchachos que unos a otros nos hacíamos la vida pesada.

 

[Usted tiene un cierto y raro prestigio de hombre muy escéptico con respecto a las gentes, de hombre más bien tímido, introvertido, de hombre reacio a enfrentarse con el público, con el halago, con los aplausos e incluso con los fans que pueden estar diciéndole lo mucho que le admiran. Ese sentimiento arranca más o menos de esa época, o usted cree que estaba ya en sus genes, en su carácter.]

 

Yo creo que ya era cosa de carácter. El pánico que yo le tengo a la multitud, a la gente, es una cosa natural, congénita quizá.

 

[Usted es más feliz en la soledad.]

 

Exacto, he aprendido a vivir con la soledad.

 

[La cultiva usted como si fuera su más preciosa flor, un gran amor. Dígame, maestro, además de la soledad, usted tiene sin duda en esa soledad una serie de personajes que le rodean. Yo estoy seguro que usted tiene sus fantasmas más o menos vivos o muertos, con los cuales usted mantiene una especie de diálogo constante, que acaso sean esos personajes que usted ha arrancado de la realidad de su pueblo. La preocupación que usted siente en general por el hombre y por el estado de violencia en el que el hombre tiene que vivir siempre está constante en toda su obra.]

 

Efectivamente. Pero es una violencia y un medio de vivir creado, imaginado. No he conocido yo gente violenta. No he vivido yo, fuera de esos años de la Cristiada, en una zona agitada. Casi se puede decir que los primeros años en que vino la rebelión yo salí de ahí. Entonces más o menos hubo apaciguamiento. Los lugares donde yo estuve eran lugares tranquilos. Pero el hombre no lo era. El hombre traía ya una violencia retardada, era de chispa retardada. Era un hombre al que podía surgirle la violencia en cualquier instante y es que traía todavía los resabios de la revolución, venía con ese impulso. Les había dejado la revolución y aún querían ellos seguir. Les había gustado el asalto, el allanamiento, la violación, la violencia, y traían el impulso. Entonces, se encontraba uno con hombres aparentemente pacíficos, con personas que no aparentaban ninguna maldad, pero por dentro eran asesinos. Era gente que había vivido muchas vidas, con una larga trayectoria de crímenes detrás de ellos. Es impresionante conocer a esta gente, que de pronto la considera uno pacífica, tranquila, apacible, como decía antes, y de pronto sabe uno que detrás de ellos hay una historia muy grande de violencia. Entonces esos personajes se me han grabado y los he tenido que recrear, no pintar como ellos eran, sino que he tenido que revivirlos de alguna forma, imaginándolos como yo hubiera querido que fueran. El proceso de creación que sigo en estas cosas no es propiamente tomando las cosas de la realidad, sino es imaginándolas.

 

[La realidad es sólo el punto de partida y después hay una recreación total.]

 

Sí. Lo único que hay de real es la ubicación. Ubicando al personaje, ya le doy yo cierta realidad aparente, y después tengo que inventarle el modo de hablar, de expresarse, porque ellos no se expresan así.

 

[Lo curioso es que usted, que es un escritor con una gran economía de palabras, que no trata de decir con demasiados adjetivos las cosas, ni siquiera los paisajes, los fondos sobre los que sobresale la silueta de los protagonistas de la acción, siempre el paisaje de una manera o de otra está dicho, aunque no sea más que en el diálogo. Ese llano, ese páramo, esa calidad del paisaje, esa luminosidad y esa violencia del paisaje están descritos casi sin quererlo. Ésa es una de las mayores virtudes que tiene su prosa, en el sentido que usted ha intentado hacer descripción y nos la da.]

 

Le agradezco mucho sus conceptos. Pero ya le digo: cualquier persona que tratara de encontrar esos paisajes,  encontrar esos motivos que han dado origen a esas descripciones, no los encontrará.



[1] Fragmento de la entrevista practicada por el periodista español Joaquín Soler Serrano (1919-2010) a Juan Rulfo, emitida el 17 de abril de 1977 para la serie A Fondo, producida por la Radiotelevisión Española (RTVE) (Ministerio de Cultura, Expte. N° 58.774). Al hacerse esta trascripción se han hecho a la misma ajustes mínimos.

[2] Se refiere a su hermano Severiano, tres años mayor que él (N. del E.).



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