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El beato Luis Padilla Gómez (1899 – 1927), mártir mexicano

Luis Macedo Padilla1

 

Al tiempo de la beatificación del mártir Luis Padilla Gómez,

un sobrino nieto suyo dictó una conferencia, cuyo contenido se trascribe, al cumplirse 90 años de la ofrenda que hizo de su vida uno de los tres fieles laicos fusilados el 1º de abril de 1927 sin que mediara proceso alguno y mucho menos sentencia, por órdenes directas de Plutarco Elías Calles, cumplidas por el jefe de operaciones militares de Jalisco, general Jesús María Ferreira.2

 

Exordio

El 20 de noviembre de 2005, en el Estadio Jalisco de Guadalajara y ante más de 60 mil personas fue beatificado Luis Padilla Gómez, junto con otros doce mártires de la persecución religiosa en México en su fase más álgida, la Guerra Cristera (1927-1929). Según se sabe por diversas fuentes, Luis Padilla fue un hombre íntegro, bueno y volcado a los demás en el apostolado, principalmente entre los jóvenes, en tiempos de persecución religiosa.

Juan Pablo II solía recordar que la Iglesia en el siglo XX, dolorosamente surcado por enormes tragedias, fue también, como resultado de los diversos totalitarismos y del clima ideológico y cultural que se formó a 200 años de los “sueños de la razón”, ha sido también el del retorno de los mártires. Las ideologías violentaron a la humanidad y a la naturaleza como nunca antes, a nombre de su pretendida utopía racionalista y la realización práctica de la misma. Esa fue la línea del tiempo que engastó la era de los mártires del siglo pasado en México.

Atento a ello, el aludido Pontífice, en la Carta de preparación al nuevo milenio, recomendó que “En la medida de lo posible no deben perderse en la Iglesia los testimonios de los mártires. Como se ha sugerido en el Consistorio, es preciso que las iglesias locales hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio”.3

Es significativo el hecho de que los grupos políticos hegemónicos, en su afán por vaciar interiormente a sus súbditos y manipularlos según sus fines, no sean necesariamente ateos ni adversarios de las prácticas religiosas, aunque sí de la existencia de la Iglesia como realidad histórica y donde se educa en una de las libertades básicas, la de profesar la fe. Al menos tal estrategia implementó durante su mandato el presidente Plutarco Elías Calles, y con tal propósito azuzó la Guerra Cristera o Cristiada en repudio a las disposiciones jurídicas del callismo que constreñían la libertad religiosa, valiéndose de la resistencia activa.

Entre 1926 y 29, muchos varones y muchísimas mujeres se involucraron en la Guerra Cristera para afirmar su pertenencia a Cristo y dar fe que la libertad más que una condición física o social es un reconocimiento de que nuestro linaje sólo depende del Creador, no de las potestades humanas.

 

  1. Datos de su parentela y vida

 

Luis Padilla Gómez nació en Guadalajara el 9 de diciembre de 1899 en casa de sus padres, en la céntrica calle de Molina que entonces hacía esquina con la del Carmen. Fue el menor de los hijos de Dionisio Padilla y Mercedes Gómez Medina; junto con él nació otro niño que murió a los pocos días y al que se impuso en el bautismo el nombre de Manuel.

Luis Padilla Gómez tuvo los siguientes cuatro hermanos, en orden cronológico: José, Agustín, María de la Luz y Mercedes, y de ellos nacerían diez sobrinos: siete de su hermano José4 (de apellidos Padilla Salazar), dos de su hermano Agustín (Padilla Cruz), uno de su hermana Mercedes (Vázquez Padilla). A ellos podemos añadir diez primos, hijos de dos hermanos de su madre, Ignacio y Manuel Gómez Medina.

Actualmente (2005) sobreviven en primer grado María Padilla de Espinosa, hija de su hermano José, Isabel Padilla de Manjarrez y Emilia Padilla de Remus, hijas de su hermano Agustín, y catorce sobrinos nietos, entre los cuales me incluyo.

De esta familia y en descendencia directa, en Colima sólo vivimos María Padilla Salazar y el de la voz. También sobrino nieto suyo en otro grado es Manuel Gómez Ochoa, y bisnietos los Gómez Espinosa.

            Siendo Luis pequeño, su padre lo dejó en la orfandad; heredó a su familia una pequeña fortuna, y la entereza de su cónyuge supo darles una vida más bien cómoda y holgada que estrecha, no menos que una educación esmerada y cristiana.

Por tradición familiar sé que mi tío Luis estuvo con frecuencia en esta casa y en Cuyutlán, donde mi abuelo José tenía salinas. Consta que estuvo en el lugar que hoy nos alberga en agosto de 1918, pues al lado de su hermana María de la Luz fue padrino de bautizo de su sobrina Lugarda, que aquí nació y aquí murió cinco años después.

Estudió la primaria en el colegio del señor Tomás Fregoso. Una fecha que Luis siempre recordaba fue la de su primera comunión: el 24 de septiembre de 1908, día de Nuestra Señora de la Merced. Pasó a cursar los estudios secundarios en el Instituto de San José, llamado después Instituto de Ciencias, de los padres jesuitas, donde recibió una educación vigorosa y profunda. Le gustaba mucho el teatro, al que asistía con relativa frecuencia, lo que constituyó para Luis un recuerdo amargo y negativo de su vida porque le había impedido desde joven remontar el vuelo hacia las cumbres. Por eso destruyó el diario en el que estaban consignados sus recuerdos y sus primeros ensayos literarios y empezó un nuevo diario: Recuerdos e impresiones.

El 1° de noviembre de 1915 ingresó a la Congregación Mariana de los padres jesuitas y ése fue el inicio de su apostolado seglar. Realiza unos ejercicios espirituales en León, Guanajuato, y como resultado de ellos escribe:

 

En León yo inmolé mi vida a un ideal.

En León decidí de mi vida y de mi eternidad.

En León hablé con Dios y le dije:

“Señor, mi vida nada vale, pero yo quiero hacerla valer ofrendándola a Ti. ¿Quieres, Señor, aceptarla?

 

            Justo un año después, el 1° de noviembre 1916, Luis conoció al Padre Othón León Romero, a quien debió su ingreso al Seminario Conciliar de Guadalajara, donde permaneció cinco años. En 1920 terminó brillantemente el curso de filosofía y los superiores le propusieron ir a Roma, al Colegio Pío Latino, para estudiar la teología y licenciarse en alguna materia específica. Luis no aceptó esta oportunidad tan halagüeña porque se sentía todavía incierto de su vocación y prefirió retirarse del seminario el 1° de noviembre de 1921. Sin embargo, nunca perdió el deseo de consagrarse a Dios; sería siempre un hombre inquieto, en búsqueda de las cumbres.

Según un compañero suyo que tras su muerte trazó un esbozo biográfico,

 

Luis tuvo en los años del seminario las más profundas experiencias religiosas, aunque mezcladas de extrañas y persistentes angustias. El mismo Luis seminarista nos dejó unos brevísimos apuntes que él mismo llamó “Místicas”. Rebosa en ellos su amor a Dios y a la Virgen y su admiración por sus condiscípulos llamados al sacerdocio, y así escribió Luis: “El Corazón de Jesús me ama; ¡qué pensamiento más dulce, más grande, más suave! Aquel Corazón, formado por el Espíritu Santo, me ama, y no con un amor cualquiera, sino con amor de Padre, de amigo”.

“María, antes que el mundo fuera, Tú ya estabas en la mente del Altísimo, pura como la luna.

Tú, en tu concepción sin mancha, vencedora del dragón.

Tú, en tu nacimiento, esperanza del Mesías.

Tú, en el templo, modelo de vida oculta.

Tú, en la Encarnación, punto de unión entre la humanidad divinizada y el Dios humanizado. Tú, en Belén, primer altar del Niño Dios.

Tú, en el calvario, supremo sacerdote que ofreces a tu propio Hijo Divino.

Tú, en el cielo, nuestra única esperanza.

Tú, ¡Siempre Madre!”.

Y en otro orden de ideas:

“Para ser sacerdote se necesita vocación.

La vocación no es otra cosa que lo que literalmente significa: llamamiento”.

“No me han elegido ustedes; yo los he elegido a ustedes”.

 

La vida espiritual de Luis tuvo por polos su devoción a la Santísima Virgen y la constante meditación. Él sabía que la personalidad de un hombre se mide siempre por su vida interior, y esta vida interior se alimentaba con una gran confianza y abandono en María, la Madre de Dios, y en la Eucaristía: “Soy un débil, soy un muerto lejos de Jesús Eucaristía, que es la fuerza de los débiles y la vida”.

 

  1. Apostolado

 

Una vez fuera del Seminario, se dio de alta como profesor e impartió clases sin retribución alguna a niños y jóvenes pobres. Fue socio fundador, miembro activo y presidente de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana de Jalisco, donde desarrolló un intenso apostolado, sobre todo en el campo de la promoción social. Su acendrada piedad la practicaba sin afectación en todas partes: en su casa, en la calle y en el templo.

Su vida espiritual va profundizándose más y más. Él mismo nos ofrece su semblanza moral, una especie de inventario de su mejor ser y haber, la cristalización de todos sus ideales, la síntesis de su intensa personalidad. Oigámosle:

 

Rasgo principal de mi carácter: crearme dificultades y desvivirme por servir a todo el mundo. Ocupaciones que prefiero: elevar a otros. Estudios que prefiero: la historia eclesiástica de mi patria. Lo que me haría feliz: conocer mi camino y seguirlo sin flojedades ni cobardías. Cómo quisiera ser audaz para el bien, valiente contra el mal. Mi lema: Dios conmigo y para mí. El don que quisiera tener: el de la oración.

 

            En su habitación en el tercer piso de la calle de Molina 66, Luis construyó una capilla utilizando un armario, carretes de hilo, estampitas, etc.; el resultado final fue una magnífica réplica de una iglesia. Existe una foto de esa capilla y no se distingue de una iglesia real. Cuando lo visitaban sus sobrinas de Colima o Guadalajara, las llamaba diciendo: “Suban, traigan a sus muñecas, vamos todos a rezar”.

 

 

  1. La guerra cristera

 

En 1927 México vivía una situación crítica provocada por los sucesivos ataques que desde el gobierno de la nación se lanzaban contra la esencia de su identidad. Todo un pueblo, unido por un mismo grito, “¡Viva Cristo Rey!”, se levantó en armas contra el gobierno callista, que nunca ocultó su afán por descatolizar a los mexicanos, toda vez que, a decir de Jean Meyer, tenía la convicción de que el catolicismo era incompatible a los fines del Estado, pues según él, el católico, a ser un buen ciudadano anteponía su lealtad a Roma.

Calles detestaba a la Iglesia y sus obras, y como presidente no perdió la ocasión de acometer, desde diciembre de 1925, una lucha que pretendía ser final y decisiva, algo así como el combate total entre la luz de la razón y las tinieblas del oscurantismo católico.

Calles proponía un nacionalismo nuevo, un Estado monolítico y una Revolución perpetua, una revolución institucionalizada, en la cual los ciudadanos no deberían lealtad a nadie más que al propio Estado. Calles preconizaba el protestantismo y la Iglesia nacional como una necesidad lógica del Estado moderno. En su pensamiento racionalista quería realizar el sueño del siglo XIX y absorber la religión dentro de la filosofía del Estado.

Al tiempo en que Calles esperaba “suprimir el fanatismo” cortándolo de raíz, un sector del pueblo en el occidente de México se levantó en armas. La causa era clara: luchaba por la apertura de cultos, por la religión y su libertad.

La Guerra Cristera sólo inició formalmente el 1° de enero de 1927 y no en la totalidad de la República, sino en los estados de Zacatecas, Jalisco, Colima, Nayarit, Michoacán, Querétaro y Guanajuato, zona desde la cual se expandió a los alrededores y a centros más alejados. La sublevación fue masiva y unánime en todos los pueblos y rancherías de la región.

Sin embargo, y pese a las primeras derrotas infligidas al movimiento, los militares no tenían los medios para vencer a los sublevados. La represión y la búsqueda de una solución militar al conflicto echaban leña al fuego y propagaban la insurrección por las cuatro esquinas de la meseta central.

Enfurecido por una represión sangrienta y por una verdadera persecución religiosa –todo sacerdote capturado en los campos era fusilado, todo acto religioso se consideraba un delito que podía castigarse con la muerte–, el pueblo se lanza activamente a la lucha, directa o indirectamente. Por cada cristero combatiente, “bravo”, hay nueve pacíficos, “mansos”.

Los católicos encontraron en el Arzobispo Orozco y Jiménez un líder que alentó la organización social. Bajo su dirección los católicos pasaron de la resistencia a la combatividad. Con él la Acción Católica tuvo un impulso importante: se fundó la Junta Diocesana de la Acción Social, se instaló el Consejo de la Orden de los Caballeros de Colón Antonio Alcalde, se crearon la Asociación Nacional de Padres de Familia y la Unión de Católicos Mexicanos. Todas estas organizaciones coincidían en la defensa de los derechos de Dios y de la Iglesia.

Posteriormente se aglutinaron en la Unión Popular de Jalisco, fundada por Anacleto González Flores, entre cuyos propósitos se contaban “el sostenimiento de las escuelas y de un órgano periodístico”5 inspirándose en la experiencia del Wolksverein de Ludwig Winhorst, en la Alemania de Bismarck. Por votación unánime, la UP nombró como jefe a Anacleto Gonzalez Flores, y secretario a Luis Padilla Gómez.

En la organización de la Unión Popular había jefes de manzana, de sector, de parroquia, de ciudad, de región. De esta forma se extendía la telaraña que trataba de defender a todo trance el derecho que tiene México para vivir su tradición, su independencia, su religión, y en una palabra su propia vida.

 

 

  1. La consigna del primer año fue “catecismo, escuela y prensa”

 

Toma gran incremento la Unión Popular designando jefes y jefas de cuartel y de manzana. El señor don Ignacio Gómez Medina, tío materno de Luis y jefe parroquial,  desarrolla una acción activa, eficaz y digna de toda alabanza, mientras que un primo hermano de Luis, Jorge Gómez Colin, peleó del lado cristero con la fuerza de las armas.

Pero antes de continuar la crónica de esta guerra martirial hemos de detenernos a analizar la actitud de la jerarquía hacia los cristeros.

El 18 de octubre de 1926, en Roma, Pío XI recibe una comisión de obispos mexicanos que le informa de la situación de persecución y de resistencia armada. Pocos días después, habiéndose planteado al Cardenal Gasparri la cuestión de si los prelados podían disponer de los bienes de la Iglesia para la defensa armada, contesta que «él, el secretario de Estado de Su Santidad, si fuera Obispo mexicano, vendería sus alhajas para el caso» (Ríus 138).

Un mes más tarde publica el Papa Pío XI su encíclica Iniquis afflictisque (Aflicción inicua), en la que denuncia los atropellos sufridos por la Iglesia en México:

 

Ya casi no queda libertad ninguna a la Iglesia, y el ejercicio del ministerio sagrado se ve de tal manera impedido que se castiga, como si fuera un delito capital, con penas severísimas.

 

El Papa alaba con entusiasmo la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, extendida «por toda la República, donde sus socios trabajan concorde y asiduamente con el fin de ordenar e instruir a todos los católicos para oponer a los adversarios un frente único y solidísimo». Y el Papa se conmueve ante el heroísmo de los católicos mexicanos: «Algunos de estos adolescentes, de estos jóvenes –cómo contener las lágrimas al pensarlo– se han lanzado a la muerte, con el rosario en la mano, al grito de ¡Viva Cristo Rey! Inenarrable espectáculo que se ofrece al mundo, a los ángeles y a los hombres».

Luis, ya lo hemos dicho, era socio y fundador de la ACJM en Guadalajara, además de ser su presidente. Ahora, fuera del seminario, se dedicó más que nunca a promoverla, dictando conferencias en los círculos de estudio. Era un asceta y un místico. También se empeñó en difundir la Unión Popular en giras de propaganda por los pueblos de Jalisco y aceptaba con gran paciencia tanto las críticas de los católicos como las acusaciones de los adversarios. Con celo incansable intentaba formar a los muchachos y a los jóvenes deseosos de ingresar en ella, recibiéndolos en su hogar y enseñándoles, con la palabra y el ejemplo, lo mejor de la doctrina religiosa y social de la Iglesia.

A diferencia de su amigo Anacleto González Flores, beatificado el mismo día, a Luis no le gustaba escribir en los periódicos, aunque era muy amante de las letras y de la poesía y con gusto daba clase de literatura en el Seminario Conciliar de Guadalajara. Si Anacleto tenía el aire de tribuno, Luis tenía el corazón de un pastor sabio y santo.

El deseo de ser sacerdote no se había apagado en él, al grado que el 28 de agosto de 1926, al mes de haber sido cerrados los templos, decidió regresar al Seminario. Ya no pudo; los sacerdotes y los seminaristas se habían dispersado.

En su diario, Luis nos describe un diálogo (probablemente salido de su inspiración) entre tres seminaristas:

 

-Hoy –decía uno– se nos ha dicho que el día más feliz de la vida es el día de la primera comunión. Y esto es cierto.

-No –dijo el segundo–, yo pienso que el día más feliz es el día de la ordenación sacerdotal, cuando uno tiene en sus manos a Jesucristo mismo.

-Aún hay un día más feliz –dijo el tercero.

-Imposible –dijeron los dos primeros.

-Sí, y es el día del martirio.

 

            Escribe proféticamente Luis:

 

Siento que algo solemne va a ocurrir en mi vida. ¿Qué será de mí? ¿Debo de ofrecer el sacrificio de mi vida, sin más realidad que la sanación de un pasado inútil?

 ¿Destrozaré el corazón de mi madre, o escucharé una vez más la voz de mi egoísmo?

 ¿Cuál es mi deber? Pregunta de vida o muerte, de gloria o de ignominia, de redención o de estúpida resignación.

 

Y concluye: “No le he de escatimar mi sangre a Dios”. A través del dolor, Dios iba preparando a su víctima para el sacrificio. Se cierran los templos, caen las primeras víctimas.

 

 

5.    El fin

 

El 4 de febrero de 1927 Luis estaba en Ameca, Jalisco, en una gira de propaganda. y desde ahí escribe a su madre, Merceditas:

 

Estoy bastante contento y no tienes por qué tener ningún cuidado por mí; estoy mucho mejor y más seguro que en Guadalajara: por lo tanto presupongo tu permiso para continuar por algún tiempo por estos rumbos. No me escribas, pues de aquí iremos a otro lado; yo lo haré con la mayor frecuencia posible.

 

 A principio de marzo regresa a Guadalajara a trabajar al lado de su amigo Anacleto González Flores, el llamado Gandhi mexicano. Pero Luis, el místico, gime en su alma y confiesa al Padre Ignacio González, su director espiritual:

 

La situación en México me entristece: Jesucristo encarnecido, el culto cesa, la fe se debilita, las costumbres públicas y domesticas se corrompen, ¿quién no se estremece ante el tremendo castigo? Y no obstante, ésta es una prueba de misericordia, y no queremos comprenderlo.

 

Tanto Anacleto como Luis se oponían a las armas; propagaron la “resistencia civil”, y se optó por el boicot decretado por la Unión Popular y que consistió principalmente en que cada católico comprara en los establecimientos comerciales sólo lo estrictamente lo indispensable.

Obviamente estos líderes no pasaron inadvertidos para las fuerzas del gobierno. Se emprendió una cacería comandada por el general Ferreira (que siendo teniente coronel había estado en Colima por los años de 1915, y arbitrariamente “confiscó” los teléfonos del Consulado alemán en esta ciudad, propiedad del Cónsul  don Arnoldo Vogel). Este mismo general Ferreira tenía órdenes superiores de acabar pronto con los jefes intelectuales de la rebelión cristera y quiso cumplirlas con celo y exactitud, porque estaba de por medio su carrera.

En aquellos días, Anacleto se hospedaba en la casa de la familia Vargas González. Los agentes de Ferreira conocían los probables paraderos de los jefes y se movieron en dos direcciones: la casa de Luis Padilla y el domicilio de los Vargas González.

La noche del 31 de marzo de 1927, Luis, como de costumbre, se había retirado temprano a su cuarto. A las dos de la mañana su casa fue rodeada por agentes de la policía encabezados por el mismo general. Después de besar a su mamá y pedirle su bendición, fue conducido por los sicarios al Cuartel Colorado. Se tuvo aún la desfachatez de decir a la señora que no le pasaría nada, que solamente se trataba de una investigación. A eso de las ocho de la mañana, su mamá y su hermana María de la Luz fueron detenidas en la inspección de policía y no volvieron a ver a Luis. Las mujeres, después de un interrogatorio en la inspección general de la policía, quedaron libres, mientras que a Luis lo llevaron primero a la zona de operaciones militares y después al Cuartel Colorado. Soportó en el trayecto golpes, insultos y vejaciones.

También fueron aprehendidos el abogado Anacleto González Flores y los hermanos Jorge, Ramón y Florentino Vargas González, acusados de conspirar contra el Estado mexicano. Florentino fue liberado pocas horas después debido a su corta edad.

El joven Luis fue remitido al Cuartel Colorado; ahí ya se encontraban Anacleto y los hermanos Vargas González. Se les hizo un juicio sumario y los llevaron al paredón de fusilamiento.

Anacleto, como líder que era, seguía exhortando a sus compañeros, y cuando el místico Luis manifestó el deseo de confesarse, el Maestro Anacleto le contestó: “No, hermano; ya no es tiempo de confesarse, sino de pedir perdón y perdonar. El que nos espera es un Padre, no un juez. Tu misma sangre te purificará”.

Ya en el paredón, los cuatro valientes cristianos recitaron a voz en cuello el acto de contrición, mientras Luis Padilla, arrodillado, ofrecía su vida a Dios con ferviente oración; una descarga de fusilería cayó sobre los hermanos Jorge y Ramón Vargas González. Luis, por su parte, bañado en sangre, llegó de rodillas al suelo, todavía orando. Los verdugos habían descargado sus armas sobre él, consumando, a sus 26 años cumplidos, su oblación a Dios con el derramamiento de la sangre.

Su madre y su hermana no volvieron a ver a Luis hasta las tres de la tarde, tendido en uno de los corredores de la inspección de policía (que antes fuera el palacio arzobispal). El mártir, que vestía traje de verano blanco, comparecía como en Ecce Homo, manchando con su propia sangre por todo el cuerpo. Existe testimonio de que el señor Solana, (?) viéndole así, le cubrió con su propio gabán o sobretodo.

Por la noche, el cuerpo de Luis fue velado en su casa, que resultó pequeña para tanta gente que fue a despedir y a dar el homenaje al mártir de Cristo, sepultado luego en el Panteón de Mezquitán. Se calcularon 10 000 asistentes al funeral.

Al Padre José María Robles la noticia de la muerte de su amigo Anacleto, de los hermanos Vargas y de Luis Padilla lo entristeció sobremanera: se le veía abatido y como enfermo. Exclamaba: “Esa corona no es para mi cabeza”. El día 5 de abril de 1927 anotó en su diario:

 

Santa Misa en casa-refugio. Se confirma el asesinato en Guadalajara del licenciado don Anacleto González Flores: perdemos un héroe cristiano en la tierra, pero ganamos un mártir en el cielo. ¡Y con él, otros cuatro adalides de nuestra causa; entre los cuatro se cuenta gloriosamente al joven Luis Padilla! In memoria aeterna erit justus.

 

Para el gobierno, la única manera de salir del atolladero de esta guerra era entenderse con la Iglesia. Urgía hacerlo unos meses antes de las nuevas elecciones presidenciales, para evitar una posible alianza entre las fuerzas políticas urbanas, las facciones revolucionarias de oposición y los cristeros, que habrían podido hacer el papel de brazo armado de la disidencia.

En junio de 1929 (apenas tres meses después del sacrificio de Anacleto González Flores, los hermanos Jorge y Ramón Vargas González y de Luis Padilla Gómez) el entendimiento cristalizó en los llamados “arreglos”, basados en el acuerdo que habían alcanzado (siempre oralmente, ya que nunca llegaron a firmarlo) el presidente Calles y monseñor Ruiz y Flores, por intermedio del embajador norteamericano, de un jesuita norteamericano, Edmund Walsh, y la diplomacia francesa.

Roma, informada por Washington, dio su autorización, y monseñor Ruiz y Flores, nombrado delegado apostólico, llegó a México en la primera semana de junio. Entre el 12 y el 21 de junio todo quedó resuelto; el 22 la prensa publicaba los “arreglos”: la ley no se modificaba, pero se suspendía su aplicación. Se garantizaba amnistía a los combatientes, así como la restitución de las iglesias y de los presbiterios.

Así terminaba este triste episodio de la historia de México, que regó con sangre de ambos bandos la inmensa mayoría del territorio nacional.

 

 

6.    La fama de santidad

 

En 1952 los restos mortales de Luis Padilla Gómez fueron trasladados a la cripta del templo de San Agustín y finalmente en 1981 de nuevo fueron exhumados para llevarlos al templo de San Sebastián (que antaño fuera Iglesia Catedral de Guadalajara) donde recibieron homenaje de la ACJM y a la mañana siguiente se trasladaron a la iglesia de San José de Analco, en Guadalajara, en donde reposan actualmente cerca de la capilla a la Virgen de Guadalupe y reciben el cariño y las oraciones de quienes lo vistan.

Pero es importante narrar un hecho extraordinario: al cabo de veinticinco años de sepultado en el Panteón Municipal de esta ciudad, en la cripta de la familia Padilla Gómez, cuando se procedió a la exhumación de su cadáver para trasladarlo a la cripta de San Agustín (era en punto de las doce del día 9 de julio de 1952), la señorita Luz Padilla, hermana de Luis, que contemplaba el esqueleto, de repente vio aparecer como una estrellita en el orificio del tiro de gracia. En seguida nuevas estrellitas cubrieron todo el cráneo, hasta extenderse el fenómeno a todos los huesos; de tal guisa que la osamenta quedó totalmente brillante.

Los testigos oculares son de toda seriedad y competencia: Baltasar G. Valdivia, de la Funeraria El Carmen, escribe: “En relación con las exhumaciones que se hicieron de los señores Mercedes Gómez viuda de Padilla, Ignacio Gómez Medina, Jacoba Padilla viuda de Peña y Luis Padilla Gómez, solamente este último resultó en toda la osamenta un brillo o sea cristalizados los restos, cosas que ninguno de los otros restos tenían” (marzo 26 de 1953). Y en otra declaración observó el mismo señor: “los huesos, con el sol y el aire, tomaron un brillo sobrenatural que no lo había visto yo en ningunos otros restos”. Es de notar que don Baltasar tenía muchos años en el oficio funerario.

La señora Luz González viuda de Barba manifiesta (julio de 1952): “Estando los restos exhumados y mientras se hacia la instalación en la urna, vimos cómo todos los huesos estaban refulgentes, como si estuvieran cubiertos de brillantitos”. El joven José Alberto Macedo P. agrega: “Los restos de Luis estaban cubiertos de puntitos blancos y luminosos” (20 de agosto de 1952). El notario y abogado José María Partida enfáticamente escribe: “hago constar que, habiendo visto los restos mortales del señor Luis Padilla Gómez antes de que se procediera a su reinhumación en la cripta del templo de San Agustín de esta ciudad, claramente vi que el cráneo se veía cubierto de brillantes o piedras, que al recibir los rayos del sol hacían que brillara intensamente; sería aproximadamente dos minutos el tiempo que observé los restos mencionados” (30 de julio de 1952).

La señorita Luz Padilla se reservó una vértebra, sobre la cual dice el doctor Rodolfo Reynaga Íñíguez: “observada detenidamente, se nota cristalizada tanto en la superficie exterior como en la interior, cosa ésta que no se observa en los huesos comunes y corrientes”. Por el mismo tenor corre la declaración del doctor Roberto Peña González, profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Guadalajara.

El doctor Joaquín Ramos Santos suscribe esta declaración: “Hago constar que el examen de los restos del esqueleto que perteneció al señor Luis Padilla G. presentan un brillo anormal. El estudio comparativo se realizó con piezas que normalmente usan para la exposición de su clase los catedráticos de la materia, y durante tres meses con huesos recientes exhumaciones”.

El ingeniero químico Luis E. Williams analizó uno de estos cristales y declara: “químicamente se obtuvieron reacciones positivas de los siguientes compuestos: manganeso, calcio, fosfatos, sulfatos y carbonatos... Los cristales analizados no fueron solubles” (agosto 14 de 1952). Para el ingeniero Fernando Leal V., “los cristales no tienen explicación científica satisfactoria del fenómeno y de la naturaleza o tipo de cristalización. Tengo para mí, que he sido muchos años profesor de química, que estamos ante un fenómeno sobrenatural” (agosto 24 de 1952).

El proceso de canonización se inició a ruegos de la ACJM, que lo pidió al arzobispo don Juan Sandoval Íñiguez. Se nombró postulador al sacerdote Ramiro Valdés Sánchez para hacer los trámites y que se llevara adelante. Luego de comenzados, el padre Valdés Sánchez se dio a la tarea de documentar, tanto en archivos oficiales como parroquiales, la vida de cada uno de los mártires: se nombraron tribunales para que estudiaran el proceso, que es muy riguroso. Desde luego había que buscar todos los documentos que dieran fe de que nacieron, que vivieron, y de sus padres.

El segundo paso fue localizar a un importante número de personas que dieran testimonios de la vida de cada uno de quienes se sumarían a la larga lista de beatos y santos de México.

 

Fue un largo proceso, un promedio de 22 a 25 testigos por cada uno. Fueron personas que bajo juramento, ante un tribunal constituido, un delegado del obispo, un promotor de justicia y un notario, respondían bajo juramento a las preguntas que ahí se les formulaban. Todo eso se recogió en grandes volúmenes, se selló, se registró y se envió a Roma para que lo estudiaran. En el tiempo oportuno, a ruegos del Arzobispo Cardenal Juan Sandoval, el proceso llegó a feliz término.

 

7.    La beatificación

 

Aunque en un principio la idea de la Arquidiócesis de Guadalajara era realizar la beatificación en octubre de 2004, Juan Pablo II consideró que no era el momento oportuno porque salía del contexto del Congreso Eucarístico Internacional. Posteriormente, la enfermedad y fallecimiento del entonces pontífice retrasaron la celebración. Fue entonces cuando el papa Benedicto XVI atendió la súplica del cardenal, consideró que era oportuno y él mismo señaló la fecha, 20 de noviembre, Fiesta de Cristo Rey.

Durante la ceremonia, presidida el cardenal portugués José Saraiva Martins, Prefecto para la Congregación de las Causas de los Santos, fueron elevados a los altares tres sacerdotes y diez laicos, entre ellos el jalisciense Anacleto González Flores, fundador de la Unión Popular y gran promotor de la ACJM. Del Cardenal son estas palabras:

 

La iglesia es una iglesia integrada por cristianos laicos y la fuerza de la iglesia son sus católicos del pueblo de Dios. El Papa Juan Pablo II insistía: muéstrenme modelos ejemplares de cristianos que han llevado su vida heroicamente santa. Tenemos dos abogados, un médico con su carta de pasante, un electricista, un mecánico, un cantor filarmónico, un maestro y padres de familia ejemplares. Todos los estados de vida y diferentes condiciones.

 

            Fue 22 de junio de 2004 cuando el Papa Juan Pablo II y la Congregación para las Causas de los Santos promulgaron el decreto de martirio de estos trece mártires mexicanos. En él se proclama: “De vosotros nos podemos gloriar ante las Iglesias de Dios por vuestra paciencia y fe en todas vuestras persecuciones y en las tribulaciones que sobrelleváis” (2 Tim. 1,4).

 

 

Epílogo

 

Luis, dije, estuvo varias veces en el lugar que nos acoge en esta velada. Caminó por estos pasillos, durmió en estos cuartos, contempló los rosales que en macetas estaban en este patio, en estos corredores tomaba un chocolate en agua que le preparaba su cuñada doña Pachita, jugaba con sus sobrinas. Cuando venía y se notaba que portaba ropa muy usada, remendada (a pesar de no tener necesidades económicas, Luis había hecho voto privado de pobreza), su hermano José, se enojaba ante su aspecto y le mandaba comprar nueva ropa. Luis la recibía con humildad y sin aspavientos, y decía a su cuñada: “Mira nomás, Pachita, cómo me regresa Pepe a Guadalajara, todo un catrín”.

Luis vivió una vida plena, llena de amor a Dios, a la Santísima Virgen y a su familia. Una vida llena de amor y una muerte en la oblación perfecta: el martirio. Y podemos contarlo entre aquellos grandes hombres que, enamorados de una causa justa, la defienden hasta el extremo, agotando los recursos del derecho y de la paz, pero siempre dispuestos a sufrir la violencia sin oponerle resistencia.

Cerremos esta charla recordando aquello que escribiera Luis proféticamente: “No le he de escatimar mi sangre a Dios”. Y llegado el momento, no lo hizo.



1 Nieto de José Padilla Gómez, hermano del beato Luis. Contador público, incursionó en el periodismo colimote con las columnas “En breve” y “Coscorrón”; también fue profesor en diversas aulas. Un tiempo fue jefe de Cultura del Ayuntamiento de Colima, ciudad donde vivió  entre 1940 y 2012.

2 Conferencia dictada por su autor en el auditorio del Archivo Histórico del Municipio de Colima a finales del año 2005. El texto lo hizo llegar a este Boletín la señora Gabriela Vázquez, otra de las sobrinas nietas del beato Luis Padilla Gómez.

3 Tertio Millennio Adveniente 37.

4 Se avecindó en Colima en 1906, ciudad donde murió en 1949, precisamente en la casa donde se dictó la conferencia. Estuvo casado con Francisca Salazar Carrillo.

5 Barbosa, 1988, p. 296.



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