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El escolar Juan Rulfo

 

Juan José Doñán1

 

Toda la educación formal de Juan Nepomuceno Pérez Vizcaíno (Juan Rulfo) fue en colegios católicos en tiempos de persecución religiosa, y aún en el Seminario Conciliar de Guadalajara, plantel al que perteneció con gérmenes vocacionales, cuando esta institución carecía de una sede fija debido a la aplicación tajante de la Ley Calles2

 

Todos los estudios formales de Rulfo tuvieron lugar en Guadalajara, y para más señas los mismos quedaron limitados a dos instituciones católicas: el orfanato Luis Silva, fundado en 1887 por el canónigo tapatío de ese nombre y el Seminario Conciliar. Antes de su llegada a la capital jalisciense, los hermanos Pérez Vizcaíno habían aprendido las primeras letras en San Gabriel, primero en un colegio regentado por monjas josefinas, pertenecientes a una orden de origen francés, colegio que habría cerrado sus puertas en 1925 a causa de “las álgidas circunstancias precedentes a la revolución cristera”.3 Luego de ello, durante poco menos de un año, Severiano y Juan –ya para entonces huérfanos de padre por el asesinato de don Juan Nepomuceno Pérez Rulfo en 1923– habrían seguido con clases particulares con una maestra de nombre María de Jesús Ayala,4 antes de que en 1927 su familia decidiera enviarlos al colegio tapatío Luis Silva, donde el menor fue admitido en el tercer año y donde permanecería como interno hasta 1932, cuando pasó a ser alumno del Seminario Conciliar de Señor San José.

 

1.    Los años en el colegio Luis Silva

 

Fundado en 1887 por el arzobispado de Guadalajara, originalmente con el nombre de Orfanatorio del Sagrado Corazón y con el propósito de atender de manera preferente “a la niñez desvalida” de la región, el colegio Luis Silva se granjeó muy pronto, precisamente por su naturaleza altruista, el reconocimiento de no pocas de las más altas autoridades civiles, comenzando por el gobernador Ramón Corona, quien en 1888 dispuso que se le otorgara un inmueble del gobierno de Jalisco con el fin de que pudiera atender un mayor número de infantes en el desamparo. Desde entonces y hasta la actualidad, dicho colegio, fundado por religiosos ha mantenido la espaciosa finca adosada al templo de Jesús María, no obstante que en 1938 el entonces gobernador Everardo Topete trató de ponerla a la venta, aun cuando muy pronto tuvo que desistir de ese propósito por la intervención nada menos que del presidente de la república, Lázaro Cárdenas, quien el 20 de junio de ese mismo año le dirigió una carta al mandatario estatal, pidiéndole “que el edificio de la institución Orfanatorio Luis Silva, ubicada en esa ciudad no sea vendido y se deje para que se siga aprovechando de acuerdo con el destino que le dio el Gobierno el Sr. General Corona en el año de 1888”.5 He aquí un caso tal vez para el escándalo, o al menos para el desconcierto, tanto de jacobinos como de mochos, así como para ciertos espíritus dogmáticos que dividen a los personajes históricos en héroes y villanos químicamente puros: ¡Ramón Corona y Lázaro Cárdenas, dos liberales de cepa y hasta con fama masones de alta graduación, favoreciendo y abogando por la preservación de una institución educativa católica!

            No es ocioso precisar que el alumnado de este colegio no se conformaba únicamente con estudiantes internos –éstos en su mayoría, en efecto, eran huérfanos–, pues tampoco escaseaban niños de muy diversa condición social que vivían con sus familias y, como en cualquier escuela convencional, sólo acudían a tomar clases en el turno correspondiente. Ése fue el caso de diversos personajes que durante su infancia pasaron por las aulas del Luis Silva, como el cómico Jesús Martínez Palillo, uno de los más representantes más populares de la carpa mexicana, cuyo domicilio estaba por el barrio del Santuario, o de Roberto Cañedo, quien llegaría a ser un renombrado actor de cine durante la llamada “época de oro” y que procedía de una linajuda familia jalisciense afincada en el centro de la ciudad. Otro famoso egresado de la institución fue Jaime el Tubo Gómez, originario del puerto de Manzanillo y que andando el tiempo (en los años cincuenta y sesenta) llegaría a ser portero del Guadalajara, en la brillante época del campeonísimo, así como de la selección mexicana, y quien muy tempranamente tuvo la oportunidad de mostrar sus grandes dotes atléticas, primero como excepcional voleibolista, en el anchuroso patio del Colegio Luis Silva, que originalmente, en la Guadalajara virreinal y antes de las reformas juaristas, había sido el claustro del convento de Jesús María.

            Pero en el recuerdo del Juan Rulfo adulto, los años que pasó en ese orfanato fueron una suerte de purgatorio. En varias entrevistas y también en más de un escrito autobiográfico el autor habla del interminable encierro, interrumpido una día a la semana (el domingo), cuando los internos eran llevados de paseo a algún sitio en las afueras de Guadalajara, y también una vez al año en las ansiadas vacaciones del año escolar, las cuales permitían a los hermanos Pérez Vizcaíno volver durante varias semanas al añorado terruño (San Gabriel, Apulco y sus alrededores), donde eran recibidos por la abuela materna, Tiburcia Arias, dado que la madre, María Vizcaíno, había muerto en noviembre de 1927, es decir, a las pocas semanas del ingreso de sus hijos al colegio Luis Silva, y a cuyos funerales ni siquiera pudieron asistir.

            Los testimonios de condiscípulos suyos coinciden en varias cosas: que Juan Rulfo tenía una personalidad muy diferente de la de su hermano Severiano; que era un niño introvertido, “muy reservado”, de semblante triste, poco sociable, pulcro y buen estudiante, especialmente aprovechado en materias humanísticas como historia y geografía. Y precisamente por no ser afecto a los juegos escolares ni tampoco a hacer chorcha con sus compañeros, tuvo que buscarse un remedio contra la monotonía y la reclusión, el cual encontró en la lectura, un gusto que ya había adquirido en San Gabriel con los libros que un perseguido cura del lugar había dejado como encargo en la casa de la abuela materna. Pero a diferencia de las lecturas de su primera infancia, las cuales años después el mismo Rulfo especificaría detalladamente,6 no se sabe a ciencia cierta qué libros leyó en el Luis Silva más allá de los textos escolares de cajón. Tampoco hay noticia de sus lecturas extracurriculares en el Seminario tapatío, institución en la que fue admitido en noviembre de 1932, por las mismas fechas en que la Universidad de Guadalajara era reabierta luego de una breve huelga de un par de meses provocada por los alumnos de la Escuela de Leyes, que pedían la renuncia del director del plantel, Ignacio Jacobo, quien tiempo después ocupó la rectoría de la universidad jalisciense.

 

2.    Un seminarista en las sombras

 

Luego de la muerte de Rulfo el 7 de enero de 1986, para todo mundo fue una sorpresa mayúscula venir a enterarse que el admirado escritor hubiera sido seminarista, pues hasta entonces nadie había hablado de ello, comenzando por el propio autor, quien en sus testimonios autobiográficos y en algunas entrevistas relacionadas con su formación escolar, siempre repitió que luego de salir del colegio había intentado en vano entrar a la universidad tapatía, pero que como ésta se hallaba en huelga por ese tiempo, decidió trasladarse a la ciudad de México, donde habría asistido, aunque sólo como oyente, a las facultades de Leyes y de Filosofía y Letras de la UNAM, porque su empleo en la Secretaría de Gobernación le había impedido convertirse en un alumno regular de alguna de ellas.

            Sin embargo, hay sobradas pruebas para poder afirmar que las cosas no sucedieron así, comenzando por la palmaria omisión del seminario. En junio de 1932, con quince años cumplidos, Rulfo salió con su certificado de estudios del colegio Luis Silva, donde se había demorado cursando el “sexto año doble” (un grado opcional en el que se llevaban algunas materias comerciales, como taquimecanografía y teneduría de libros, de gran utilidad sobre todo para quien optaba por buscar un empleo antes que seguir estudiando). Cabe precisar que para esas fechas en la Universidad de Guadalajara no había ninguna huelga, pues ésta sólo sobrevendría impensadamente a fines septiembre de ese mismo año y duró escasos dos meses. A partir de esto, queda claro que Rulfo no hizo trámites para entrar a la Preparatoria de Jalisco, que por entonces era una de las doce dependencias de la universidad tapatía. Sí hizo trámites, pero para entrar a una institución educativa de otro tipo: el Seminario de Señor San José, donde fue admitido en segundo año y no en primero, tal vez porque, como llegó a suponer Antonio Alatorre,7 Rulfo ya tenía quince años y la edad promedio de los seminaristas recién admitidos no solía pasar de los trece, y también porque pudo haber contado a su favor el hecho de haber cursado el “sexto año doble”.

            Así pues, si Rulfo se inscribió en el Seminario de Guadalajara no fue ni porque la universidad estuviera en huelga, ni tampoco porque pretendiera cursar su bachillerato en esa trincentenaria institución educativa religiosa, pues por entonces (los años culminantes del maximato) había una abierta animadversión gobiernista a todo aquello que oliera a incienso, y los estudios en planteles católicos carecían de validez oficial: no eran reconocidos por ninguna dependencia educativa de carácter público, como la Universidad de Guadalajara. Y esto lo sabían el jovencísimo Juan Pérez Vizcaíno y su tutor don Vicente Vizcaíno, tío materno, así como el resto de la familia. De manera que la opción por el seminario tapatío no pudo haber sido un “plan B”, sino una decisión calculada de la persona que, para esas fechas y no obstante su minoría de edad y también sus eventuales dudas vocacionales, no descartaba seguir la carrera de cantamisas.

            Y como prueba de lo anterior parecería estar el hecho de que cuando Rulfo fue admitido como alumno del Seminario Conciliar de Señor San José la institución ni siquiera contaba con un domicilio fijo, a raíz de que su sede había sido confiscada por las tropas obregonistas en el ya lejano 8 de julio de 1914, cuando el ejército constitucionalista tomó la plaza de Guadalajara, y a causa de ello el seminario había venido funcionando desde entonces en la semiclandestinidad, tanto en anexos de algunos templos como en casas particulares.

 Por lo demás, era muy explicable que quien hasta entonces se había formado en un ambiente de remarcado catolicismo, tanto en su familia como en su colegio y en la propia Guadalajara poscristera –con una sociedad que para principios de los años treinta vivía tironeada por el conflicto suscitado por la implantación oficial de la “escuela socialista” – tuviera afinidad con quienes eran hostilizados y perseguidos por gobiernos antirreligiosos, una afinidad que, una generación antes, también había tenido el joven Agustín Yáñez, y posteriormente, hacia mediados de los años treinta, otras figuras incipientes de la intelectualidad tapatía como los jovencísimos Alí Chumacero y José Luis Martínez. Éste llegó a ser encarcelado, hacia fines de 1934, por encontrarse entre los opositores de la “reforma universitaria” recién aprobada, la cual no sólo admitía sino que oficializaba la “educación socialista” en la Universidad.

            El posterior abandono de la carrera religiosa, en agosto de 1934, pudo deberse lo mismo a que el seminarista Juan Pérez Vizcaíno, de 17 años, ya no estaba seguro de que el sacerdocio fuese una verdadera opción vocacional para él, o que lo disuadiera el hecho de haber reprobado en latín, la asignatura principal, y aun cuando pudo haber intentado acreditarla en un examen extraordinario, no lo hizo, y de esta manera puso fin a su aventura seminarística, sin aprobar el tercer grado. No habría que descartar que por entonces el joven, que ya iba para los 18 años, hubiera pensado en seguir una carrera liberal. El problema era que no tenía estudios de bachillerato, y aun cuando pudo haberlos hecho inscribiéndose en la Preparatoria de Jalisco, sencillamente no lo hizo en ese momento –o por lo menos no hay ningún indicio confiable de que siquiera lo hubiera intentado– y optó por irse algún tiempo a San Gabriel y el Llano Grande, donde su hermano Severiano ya era un próspero hombre de campo. Y en caso de que su plan hubiese sido el de esperarse para el siguiente ciclo escolar (1935-1936), tenía dos inconvenientes: su edad un poco pasada para entrar a la preparatoria y el hecho de que en ese periodo la Universidad de Guadalajara, ahora sí, tuvo que cerrar sus puertas por el conflicto que se dio entre la dividida comunidad jalisciense a causa de que las autoridades estatales –y por consecuencia también las de la casa de estudios, que dependía del gobernador y era abiertamente antagónica a la autonomía universitaria– adoptaron la educación socialista.

            Luego de pasar casi un año en San Gabriel y sus alrededores, Rulfo, ya casi de 19 años, se mudó a la ciudad de México, pero no para seguir estudiando, sino para conseguir empleo, protegido y promovido por el entonces capitán David Pérez Rulfo, su tío paterno, muy allegado al general Manuel Ávila Camacho, personaje que en ese momento (fines de 1935 y comienzos de 1936) se desempeñaba como subsecretario de Guerra y Marina. Por recomendación de éste, quien cinco años después llegaría a la presidencia de la República, el día 7 de febrero de 1936 Juan Pérez Vizcaíno, el pre-Juan Rulfo, entró a trabajar a la Secretaría de Gobernación, dependencia de la que sería empleado durante once años.

            Así concluyó la etapa escolar de Juan Rulfo y comenzaría la de burócrata, pero sobre todo la más importante de todas: la de escritor.



1 Maestro en Letras, es ensayista, articulista, cronista y profesor. Ha escrito Antología del cuento cristero (1993), El occidente de México cuenta (1995), Oblatos-Colonias. Andanzas tapatías (2001), Juan Rulfo ante la crítica (2003), Iconografía de Agustín Yáñez (2011) y ¡Ai pinchemente! Teoría del tapatío (2011).

2 Este Boletín agradece al autor de este artículo la gentileza que tuvo al ceder la primicia de una investigación de mayor calado e inminente publicación.

3 Federico Munguía Cárdenas, Antecedentes y datos biográficos de Juan Rulfo, Guadalajara, Unidad Editorial del Gobierno de Jalisco, 1987, p. 23.

4 Id.

5 Alfonso Manuel Castañeda, El Colegio Luis Silva en el tiempo y en la acción, Guadalajara, Editorial Gráfica, 1957, p. 174.

6 Elena Poniatowska, “¡Ay vida, no me mereces! Juan Rulfo, tú pon cara de de disimulo”, en Juan Rulfo: homenaje nacional, México, Instituto Nacional de Bellas Artes/SEP, 1980, p. 54.

7 Antonio Alatorre, “Cuitas del joven Rulfo, burócrata”, revista Umbral, núm. 2, Guadalajara, Secretaría de Educación y Cultura de Jalisco, primavera de 1992, p. 59.



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