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Sicut vita, finis ita

Palabras hacia don Antonio Gómez Robledo en la presentación de la Ética eudemia

 

Ramón Xirau

 

En el mes que la Iglesia dedica a honrar a los fieles difuntos,

publicamos un breve texto para recordar a dos eminentes intelectuales católicos de México. El autor es el poeta y filósofo trasterrado Ramón Xirau (Barcelona, 1924),

quien murió en julio del presente año, y el destinatario es su amigo el gran humanista Antonio Gómez Robledo (Guadalajara, 1908-México, 1994).

Se trata del homenaje póstumo de Xirau al filósofo y jurista tapatío al presentarse en la Universidad Nacional su traducción de la Ética eudemia de Aristóteles.[1]

 

 

Celebramos hoy la aparición de un nuevo libro –¿el último?– de don Antonio Gómez Robledo. Se trata de la traducción de la Ética eudemia. Casi no me referiré a ella porque en esta mesa hay tres helenistas que seguramente podrán hablar de ella mejor. Recordaré en este día a don Antonio. En efecto, se trata de un homenaje. En cuanto a la ética aristotélica debo decir que está en la línea de las grandes traducciones de don Antonio: la República de Platón, los Pensamientos de Marco Aurelio. Don Antonio se situaba desde hacía mucho tiempo en esta tradición tan claramente mexicana del humanismo: interés por la persona humana, sin duda. Interés, también, por lo que fue siempre el humanismo: el cultivo y estudio de las “letras humanas”. Antes de hablar algo más de Gómez Robledo, dos experiencias personales.

            En 1940, recién llegado a México, mi padre vino a casa con un libro nuevo. Era la Política de Vitoria de “este joven prometedor”, como nos dijo Joaquín Xirau. Además, este católico de Jalisco dedicó su magnífico libro con estas palabras: “A mi maestro y amigo el doctor Joaquín Xirau dedico este homenaje a la España que ambos amamos y por la que él ha sufrido una pasión ejemplar”. Don Antonio, partidario de la República española, como lo eran en Francia un Bernanos, un Mounier, y un buen número de escritores y pensadores cristianos de espíritu abierto y generoso.

            Mi segunda experiencia no deja de ser triste. Acababa yo de llegar a la junta mensual del Colegio Nacional. Era temprano y éramos muy pocos: Fausto Vega, nuestro administrador y buen amigo, nuestras dos magníficas ayudantes, la maestra Rosa y la maestra Georgina. Pronto llegó también el biólogo Pablo Rudomín. Alguien, creo que un muchacho, vino a decirnos: un señor está tirado en el piso. Así era; a pocos metros de nosotros yacía en el suelo don Antonio, quien, por lo demás, había ido primero, muy temprano, al Instituto de Investigaciones Filosóficas, donde profesaba con entusiasmo su griego. Nada se pudo hacer. La ayuda de la SEP fue inmediata, pero por desgracia inútil. No se celebró nuestra sesión en la sala habitual, convertida ahora en capilla ardiente. Por eso quiero repetir: Tal la vida, tal la muerte. Y, cosa trágica, esta muerte en el trabajo o llegando al trabajo me recuerda otras: la de Joaquín Xirau, la de José María Rocafull, la de José Gaos. Destinos terribles y, en cierto modo, gloriosos. Sí vale aquello de Sicut vita, finis ita.

            A veces colérico, adusto, generoso, buen amigo de colegas y estudiantes, don Antonio fue, como el maestro Manrique, “amigo de sus amigos”. Lo fue en su presencia (¡cuántas veces le consulté asuntos sobre todo helénicos, en aquel su cubículo donde tenía puesta siempre la radio!). Un comentario, muy breve, a su Ética eudemia, es decir, a su prólogo a ella. Traduce Gómez Robledo: “El principio de la razón no es la razón sino algo que le es superior; ahora bien, ¿qué podría ser superior a la ciencia y a la inteligencia sino Dios?” (Ética eudemia, 2, 1248 a 29-29). Lo cual hace que don Antonio, sin tratar de probar nada, sospechaba o, por decirlo con él, “se preguntaba” “si por detrás de los textos aristotélicos no estarán ciertos textos platónicos” y, en especial, las Leyes. No puedo opinar en este asunto. O tal vez puedo opinar en un sentido. A don Antonio le importaban los clásicos y, acaso, el aspecto religioso de los clásicos.

            Don Antonio, filósofo, humanista, jurista, diplomático, recordaba poco antes de su muerte una cuarteta de Quevedo que dice así:

 

Retirado en la paz de estos desiertos,

con pocos pero doctos libros juntos,

vivo en conversación con los difuntos

y escucho con mis ojos a los muertos.

           

            ¿Recordaría esta cuarteta don Antonio Gómez Robledo en su última hora, en el largo camino que va del Instituto de Investigaciones Filosóficas al Colegio Nacional? En su paz quiero recordar ahora a mi amigo, mi maestro Antonio Gómez Robledo.

 

 

 



[1] Theoria: Revista del Colegio de Filosofía, 2, México, UNAM, noviembre de 1995, pp. 117-118.



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