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24 octubre…

En el centenario del natalicio de monseñor Rafael Vázquez Corona

 

José R. Ramírez

 

Varón notable por su sabiduría y sus múltiples cualidades para el apostolado de los tiempos que la Divina Providencia lo sembró en la Iglesia de México, donde dejó copiosos frutos, es oportuno dejar un testimonio de su vida y su acción sacerdotal.

 

En la alegre y fresca sierra de Tapalpa –entonces, 1917, todavía no maculada los estigmas del turismo–, alegre de pinos olorosos, de madroños florecidos, y por octubre vestida de gala en exuberancia de flores sobre el multiverde de los campos, nació el niño Rafael –medicina de Dios– para cumplir ese llamado de curar el dolor, y el más cruel, el del alma, en muchas gentes que él habría de encontrar en su camino, más amplio y más profundo que el del Arcángel compañero de Tobías.

Nació con el signo de “Hay que hacer el bien de prisa, que el mal no pierde pisada”. Signo terrible como el viento huracanado que lo había de impulsar a correr, volar, sin paz ni sosiego.

Si alguien con visión profética hubiera tomado en sus brazos a aquel niño cuando José Conrado Vázquez y Tomasita Eugenia Corona lo llevaron a bautizar a él, el último de los cuatro hijos, al templo parroquial, y hubiera anunciado lo que sería su vida futura, la incredulidad y el asombro habrían sido la respuesta.

Alegre inicio de una vida en que será difícil opacar la alegría, aun en medio de grandes penas y problemas.

Alegre empezar, mas no pleno, pues el gozo total no es para esta vida, donde es huésped continuo el dolor. Se presentó por primera vez con ropaje de llanto y orfandad cuando Luis Manuel, Alfonso María, Margarita María y Rafael Conrado, niños pequeños aún, más necesitaban pan en la mesa, ternura y protección paterna en la vida.

Peregrinaron de Tapalpa a la población hermana de Atemajac de Brizuela, por la misma cresta de la sierra, más al norte, donde encontraron sus más allegados familiares.

Breves días en el descubrimiento de las primeras letras para quien se habrá de familiarizar tanto con ellas; el gusto por el canto y la música y una experiencia de Cristo, nueva y gozosa en la primera Comunión. Fue Tomasita madre, maestra y compañera en estos primeros pasos.

El peregrinar encontró una nueva estación en la ciudad de Guadalajara. Un 28 de diciembre, día en que la Cristiandad celebra a los Santos Inocentes, fue una bella sorpresa ver al niño Rafael dirigir el canto Gregoriano ante los severos capitulares de la catedral, y al niño Alfonso conducir con hábil batuta la polifonía del coro catedralicio. Ambos eran los niños precoces del Colegio de Infantes.

Así, con la naturalidad con que el número dos sigue el uno, dieron los hermanos el siguiente paso, en noviembre de 1931, del coro al Seminario. Con esa misma facilidad fueron manifestándose sencillamente dotados para la música y para las letras. Ni el latín fue huerto cerrado para ellos, ni la literatura castellana y universal guardó secretos que ellos no pudieran descifrar. El joven maestro José Ruiz Medrano se complacía en las manifestaciones de ingenio de aquellos alumnos que un día se embarcaron, enviados a Roma, para ampliar horizontes y ahondar conocimientos.

Con sobrados medios, en la Universidad Gregoriana –de ilustres maestros, ambiciosos planes y programas, numerosos alumnos y tiempo dedicado exclusivamente al estudio– aunaron talento y esfuerzo para enriquecerse con las ciencias humanas y divinas. Fueron pasando años y aulas en constante trabajo intelectual, aunque nunca insensibles al ambiente de fe, de arte, de historia, de tradición de la Roma de Pedro y la de antes de los Césares, ni al horror de la segunda guerra mundial que dejó en su alma huellas de las consecuencias del pecado elevado a conflicto mundial. Los alumnos imposibilitados de volver a su propia patria supieron en ese tiempo de privaciones y congojas y vivieron de cerca sucesos y riesgos dolorosos. Sin duda ése fuel el crisol donde hubo de purificarse el corazón de Rafael para que en sus años sacerdotales se le encontrara siempre sin encono, sin amargura, sin pesimismo, sin tristeza.

En ese ambiente de contradicciones, de claras luces y tinieblas asfixiantes, pudo hacer su opción vital ante el llamado del Señor. En plenitud de su fe y su juventud dio la respuesta. Así cantó él, medularmente poético, al recibir la tonsura y órdenes menores:

 

Señor, aquí me tienes, vengo a vivir contigo:

Moraremos unidos en la paz de tu abrigo.

 

Viviremos unidos en una sola voz

coronados de espinas y cantando los dos.

 

Mientras mayores eran los esfuerzos por crecer en la sabiduría de Dios, más se iba acercando al altar. Al recibir el Diaconado escribió así:

 

Hoy he abierto la puerta de la Casa

 y en éxtasis sublíme:

 palpar estas manos el amor que redime.

 

La ilusión de la cercana ordenación sacerdotal hizo más llevaderos los estudios para lograr la licenciatura en Filosofía y Teología.

El don del Sacerdocio llegó del cielo para los dos hermanos y sus compañeros el 25 octubre de 1941, fiesta de Cristo Rey, en la capilla del Colegio Pío Latino Americano. Recibían el carácter indeleble de amigos de Cristo, dispensadores de sus gracias, heraldos de su mensaje, ministros de sus sacramentos. Así cantó el Padre Rafael:

 

Exulta eternamente,

exulta, corazón,

dilata por los ámbitos

el grito de tu voz.

 

Exulta eternamente

 y canta, porque hoy

te ha besado el Maestro

con divina efusión.

 

Como las perla muda

Que se agita en la flor

En tus sonrisas bulle

el ósculo de Dios.

 

Fue alegría para todos los alumnos del colegio, alegría para la madre ausente y los hermanos Luis y Margarita, que con ella celebraron la noticia; alegría para el Arzobispado de Guadalajara que los impulsó a cruzar el océano y esperaba ansioso su retorno.

Cantaron su misa en el íntimo gozo de su familia y amigos y pusieron su entusiasmo sacerdotal para que el Pastor Don José Garibi Rivera los enviara donde su acción fuera oportuna y fecunda.

Sus manos estaban ansiosas de partir el pan con el hambriento, de saciar con palabras de verdad, aliento de vida y gozo de belleza a muchas almas juveniles.

 

Mis manos son santas como el Santo leño

que en la piedra viva tu cuerpo exaltó

tu sangre y mis manos son Altar idéntico

en ellas inmólase idéntico amor.

 

            En los Altos de Jalisco iniciaron ambos la siembra. La Capilla de Guadalupe recibió al Padre Alfonso y San Miguel el Alto al Padre Rafael. “Unidos con el vínculo de la sangre y con lazos aún más estrechos de comunión de vida e identidad de ideal, ardiendo en idéntica ambición”, tendrían que separarse. Desde ese día son soldados en idéntico y distinto campo de batalla.

San Miguel el Alto guarda recuerdo de los doce meses del paso fugaz del Padre Rafael en un grupo de jóvenes ahora hombres maduros, a quienes hizo vibrar en altos ideales, y en un monumento a Cristo Rey en la cumbre de una colina, muestra agradecida del sacerdocio recibido al celebrar la realeza de Aquél para quien servir es reinar.

El seminario de Guadalajara lo exigió como maestro y le fue ofreciendo distintas materias y grupos. Enseñó Literatura algunos años, y después Filosofía, y fue además nombrado ayudante del director en la schola cantorum del Seminario. También fue director varios años de la revista Apóstol y de la Academia Filósofico-Teológica de Santo Tomás de Aquino. Los Seminaristas siempre vieron en él entusiasmo, energía inagotable, optimismo y seguridad en su doctrina y en su acción. Habilísimo para dirigir y organizar, presentó con los seminaristas muchas obras de teatro difíciles, como El condenado por desconfiado, La hidalga del Valle, Asesinato en la Catedral y otras de connotados autores.

Puertas afuera del Seminario, su acción era mucho más abundantes y variada: capellán de los Hermanos Maristas, sus colegios y sus grupos de escultismo, con frecuentes excursiones y campamentos; Asistente Eclesiástico de la acjm, seguido siempre por grupos de jóvenes llenos de fuego y búsqueda. El Padre Rafael se exigía rigor para el cumplimiento fiel del Seminario y se derrochaba donde no eran infrecuentes las prolongadas vigilias en estudio, charlas, trabajos en los que él y sus acompañantes desafiaban al sueño y a la fatiga.

            Con Don Rafael Anaya de la Peña organizó la Casa de la Juventud y el mep (Movimiento Estudiantil y Profesional) y la cme (Corporación Estudiantes Mexicanos), donde se dedicó con gran ahínco y su característica alegría a la orientación y dirección de centenares de jóvenes. Además de las inquietudes pastorales, siempre eran manifiesta su inclinación hacia las artes y las letras, y se daba tiempo para organizar conciertos, representaciones de obras de teatro con artistas renombrados y reuniones donde se ventilaban temas de alta cultura.

            En 1952 la ciudad de Guadalajara fue sede del Primer Congreso Nacional de Cultura Católica. Gracias a la capacidad de organizar del Padre Rafael, a sus valiosas relaciones y al tino con que manejó el acontecimiento pudo realizarse este acto de grande trascendencia, porque reunió a los más destacados elementos de nuestra cultura con un programa de actividades de grande interés y provecho.

La vida se le fue complicando en urgencias apostólicas, de tal manera que no tenía tiempo para el reposo. Era el campeón del no dormir y de la multilocación. En todas partes y a todas horas se le veía y se le oía. Así fue conociendo la patria de frontera a frontera y de litoral a litoral, y con frecuencia volaba a otros países, como a Canadá al Congreso de Toronto, a Italia al Congreso Mundial de los Laicos en Roma, al Congreso de Pax Romana y a Colombia como subsecretario de los Laicos del celam (Conferencia Episcopal Latino Americana), donde trabajó eficazmente dos años.

A su retorno de Colombia fue la capital del país su centro de operaciones, mas sólo centro, porque los muchos cargos y muchas encomiendas transitorias lo empujaban de allá para acá y de acá para allá. Fue nombrado Capellán de Estado de los Caballeros de Colón y Asistente Nacional de la Acción Católica; además, asesor de asuntos delicados, conferencista, predicador muy solicitado en todo el país y director de Ejercicios Espirituales especialmente para sacerdotes y religiosos, y todavía tenía tiempo para dejarse oír en amenas charlas por la radio, amén de otras muchas actividades.

Siempre activo y atento, intuyó los ritmos acelerados del mundo en evolución y se puede decir de él que fe un anticipado a su tiempo en muchos aspectos. Por su servicio a la Iglesia, el Papa lo distinguió al nombrarle Camarero Secreto de Su Santidad y años después su Prelado Doméstico.

Acudió a todos los frentes con la certeza de que el cristianismo tiene siempre la respuesta para todas y cada una de las necesidades de los tiempos.

Dotado de gran sensibilidad, consciente de que había sonado la hora para una nueva forma de ser creyente después del Concilio Vaticano ii, supo presentar a los hombres la misión de la Iglesia y del cristianismo en el presente y en el futuro. Su voz, torrente impetuoso de conceptos, imágenes y sentimientos, orientaba siempre con certeza valoraciones de los hombres y de los acontecimientos. Sabía dar bello ropaje al mensaje cristiano para hacerlo gustoso, aceptable, pero sin debilidades, mucho menos claudicaciones. Tal vez su lema podría ser “Suaviter in modo, fortiter in re”: suave en la forma, firme en la substancia. Quizá un poeta, al mirarlo, podría decir:

 

Hay hombres que forja Dios

de una vez, sin una enmienda:

talla de roble los cuerpos

horno el alma que los lleva.

 

            El don de la cortesía, más aún, de la amistad, le fue connatural. Derecho, sin retorcimientos, trató a las gentes importantes y a las sencillas y en todas dejó la imagen convincente del discípulo de Cristo, pronto siempre a servir, con tanto mayor entusiasmo cuanto mayor era la empresa.

Pero al contemplarlo siempre se traslucía en él la actitud como del que va de paso, del que no para, ni pone su tienda para siempre. Así escribió:

 

Esta casa en que vivo no es mi casa,

esta espina que sangra no es mi espina.

Dame tiempo, Señor, pues aunque tardo,

 he de rendir ante tus pies mi fardo.

 

Así, sin cansancio, sin mirar atrás, con la gravedad alegre que le caracterizó, fue llenando su alforja, y con ella pletórica se acercó a las puertas de la eternidad el 29 de julio de 1981.

 

Marino de infinito infinito dolor de ser finito

de no saber andar y ser viajero.

 

Navegó por este mundo siempre de prisa, firme la mano en el timón, atentos los ojos al puerto.

 

Me encontrará el amor para el viaje

sin tristeza, sin barro, sin hastío.

 

La estela de su vida no ha menguado; presentes están su figura, su palabra, su testimonio en muchas almas agradecidas. Nos encontramos el 24 de octubre… cien años después, 2017.     A los pies de la dulce imagen Guadalupana donde se han depositado sus restos, agradecemos a la misericordia del Señor la vida, las enseñanzas, el testimonio del ministerio sacerdotal del gran amigo del alma.

            Estas líneas, este apresurado esbozo, sirvan de tema para compartir entre amigos algo del amigo ido y presente.



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