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Testimonio del tránsito a la vida eterna del P. Ignacio Larrañaga

 

Nilda Morán Moguel[1]

 

El 28 de octubre del 2013, en una casa de ejercicios en el municipio de Ixtlahuacán de los Membrillos, en las cercanías de Guadalajara, falleció de forma repentina, a la edad de 85 años, el R. P. Ignacio Larrañaga, OFMCap. Había nacido en Azpeitia, España, y

se ordenó presbítero para la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos en 1952.

Desde 1959 se radicó en Santiago de Chile, donde comenzó el apostolado

de los Talleres de Oración y Vida, aprobados por la Santa Sede en 1997,

de los que se han beneficiado millones de personas en muchos países del orbe

con el expreso deseo de ir “del encanto de Dios, al encanto de la vida”.

 

Junio del 2011

 

Costó trabajo llegar a la casa a pesar de haberla visitado tiempo atrás; nos detuvimos varias veces a preguntar si íbamos por buen camino, el tráfico a esas horas era intenso y el calor más. Por fin llegamos. La intención era que la secretaria zonal de los Talleres de Oración y Vida conociera el lugar, para decidir si era adecuado para vivir las “Semanas de Culminación”. Después de platicar con la encargada de la casa de oración y de hacer algunas llamadas telefónicas de consulta enviando fotos de distintos espacios, como se usa en nuestros tiempos, se hizo el trato. A ese lugar estarían convocados los guías de la región para vivir las dichas semanas. En ese momento (casi como una premonición) se dijo que ahí tendría nuestro fundador las dos últimas semanas dedicadas a este fin, ello en el mes de octubre del 2013, que se podría convocar a todos aquellos que no hubieran estado en otras ocasiones, incluso para venir de otros países; la cercanía con el aeropuerto ayudaba.

Estábamos seguros que todo sería fiesta en el corazón, como ocurría cuando nuestro querido padre Ignacio nos visitaba y nos alentaba. Tenía tiempo diciéndonos que ya se iba, así que su intención con estas semanas era que todos los guías escucháramos de viva voz no tanto lo que él quería para los talleres como lo que significaba ser un guía, quería que retomáramos el rumbo y ello estaba en la línea de volver a los orígenes, “Refundación de los Talleres de Oración y Vida”. Su deseo vehemente: ¡Conversión permanente para el pueblo de los guías!

 

Llegó el día tan esperado

 

Notablemente más delgado que la última vez que lo habíamos visto, el padre Ignacio se instaló en la Casa de Oración Nazaret y se dedicó a conocerla. El gusto se reflejaba en su rostro, parecía un niño buscando tesoros. Hizo el comentario que ningún lugar de los que había visitado se le comparaba a ése en belleza. Contrario a sus hábitos de recogimiento, se mostró muy dispuesto a tomarse algunas fotos con los pocos guías que estaban en ese momento en la casa y siguió su camino lentamente. El auditorio estaba lleno, las charlas en esa ocasión nos pareció que las llevó a cabo con mayor ímpetu, con más apasionamiento del acostumbrado; cualquiera que lo escuchara hablar diría que se trataba de un hombre joven. Sólo él y Dios sabían lo que éste esfuerzo le significaba. Se mostró enormemente cálido con cada uno de nosotros y, tomando una frase de su amado Francisco de Asís, claramente nos transmitió lo que quería: “Hermano, hermano, comencemos otra vez, porque hasta ahora poco o nada hemos hecho”. Era el mes de julio del 2013.

Volvió a Guadalajara en octubre, proveniente de Brasil; éstas serían, según creíamos, las dos últimas semanas dedicadas al objetivo propuesto. Nos enteramos que no era así, todavía estaba programado ir a Cuba y a Puerto Rico. Se veía aparentemente bien, el ánimo de compartir con los guías y de entregar ese cariño de padre amoroso estuvo presente todo el tiempo, nos costaba trabajo y desconcierto observar a aquel hombre de las multitudes, que sin embargo siempre se mantuvo reservado, departir con todos de forma por demás fraterna. Admirables fueron su paciencia y su entrega en las extenuantes jornadas de trabajo que siempre terminaban con supuesta media hora de fotografías con los hermanos guías, que se alargaba hasta que alguien de los organizadores decía “¡basta!” Viene a nuestra memoria de manera especial aquel día que nos habló de que era hora de retirarse, pero que no creyéramos que para dormirse en sus laureles, sino para “trabajar desde casita”.

 

Era viernes 25 de octubre

 

Estábamos en la Eucaristía de clausura de la penúltima semana aquí. Sus movimientos eran muy lentos, todo el tiempo estuvo sentado, su rostro un mar de paz en donde brillaban sus hermosos ojos azules. Aquel que vibró con la música, ahora prefería que no hubiera cantos. No podemos dejar de recordar lo que creímos era la mirada de San José prodigándole una ternura infinita, parecía que no le quitaba la vista de encima: ello nos conmovió profundamente. El padre nos hacía hincapié de que en el espíritu no hay despedidas. En esta ocasión no podemos precisar si lo dijo o no, sin embargo pensamos que ya estaba grabado en la mente de cada uno. Todos los guías se retiraron alegremente y quedaron en la casa sólo unos cuantos hermanos que prepararían lo necesario para la siguiente semana. Llegó por el padre Ignacio un matrimonio amigo para llevarlo de paseo; estaría de regreso el domingo.

Todo estaba listo para recibirlo, incluso “su dulce”, como él llamaba al periódico que tanto le gustaba leer. Llegó un poco indispuesto del estómago, según comentarios del matrimonio con el que había pasado el fin de semana. Su cansancio era evidente. Había charla programada a las 6 de la tarde. Lo convencieron para que se proyectara el DVD grabado. La esperanza era que se sintiera mejor. No aceptó que lo viera un médico y mucho menos acudir al hospital. Insistió en celebrar la Eucaristía prevista para las 8:30. Al terminar, según nos contó una hermana, hizo el comentario de que se sentía mucho mejor; de todas maneras, las encargadas directas de su atención volvieron a mencionarle el asunto de que lo atendiera un profesional de la salud, y de nuevo se negó.

 

La mañana del lunes 28 de octubre

 

Los guías acudieron desde muy temprano a ocupar sus sitios en el auditorio. Estaba programado el inicio de la jornada para las 7 a.m. El padre era muy puntual. Simplemente no llegó, y después de la oración matutina se informó su fallecimiento. Horas antes, una de las guías escuchaba la insistente alarma de un despertador: ésa fue la primera señal. Al acudir al lugar donde se alojaba Fray Ignacio, se dieron cuenta que la alarma era la de su reloj; entraron a la recámara y ahí lo encontraron como si estuviera dormido, con una leve sonrisa; su semblante reflejaba una paz infinita. Confirmó una hermana guía médica que ya no existían signos vitales. Por fin su acariciado anhelo era realidad. Había pasado a mirar el Rostro del Señor, y seguramente como él lo mencionó, “a trabajar desde casita”.

En las primeras horas todo fue desconcierto, la noticia había corrido, y al no saber qué hacer pensando que llegaría gran cantidad de personas, se decidió no permitir la entrada a nadie. Los celulares de quienes estábamos disponibles no dejaban de timbrar para confirmar la noticia. Por la tarde, el cuerpo del padre fue llevado a la Capilla donde permaneció cuatro días, mientras se hacían todos los trámites para trasladarlo a Santiago de Chile.

La indicación era que la “Semana de Culminación” se viviría como si el padre estuviera impartiendo las charlas, todo estaba grabado. Para muchos fue un enorme esfuerzo trabajar con la tristeza a cuestas. Desde el mismo lunes por la tarde llegaron sus hermanos Capuchinos de Guadalajara-Zapopan; la mañana del martes acudieron algunos guías de otras partes del país que, tras identificarse, lograron pasar. Entre los guías de la coordinación nacional y los asistentes a la “Semana de Culminación” se organizaron guardias para no dejar su cuerpo solo. A pesar de que pasada la sorpresa se permitiera el acceso a la Casa Nazaret, fueron pocas las personas que acudieron a su largo velorio, si se nos permite llamarlo así. Cada día se ofició misa.

 

Epílogo

 

El hombre que transmitió íntegramente la voluntad del Padre, que se entregó por completo a la misión encomendada, que estuvo en tantas partes del mundo con auditorios llenos de personas escuchando el mensaje del profeta, nació a la vida eterna como correspondía, con una muerte santa, en una cama que no era la suya, y en una casa que desde el principio lo cautivó. A falta de muchedumbre, los pájaros acudían a cantar aún muy entrada la tarde. Eso sí, estuvo rodeado del amor de sus guías que tantos desvelos le costamos y que, profundamente afectados, acudíamos en silencio, casi casi de puntitas, a hacer oración de abandono junto a su cuerpo exánime, como él nos enseñó.

El jueves 31 de octubre la celebración eucarística estuvo presidida por el señor Obispo auxiliar de Guadalajara, don Miguel Romano Gómez. Por la tarde, la carroza funeraria se llevó al aeropuerto los restos mortales de fray Igancio Larrañaga Orbegozo. Se nos encogió el corazón al ver que no hubo cortejo fúnebre, nada de multitudes, se fue solo, podríamos decir que como correspondía a la vida interior que llevó. Nosotros, sencillamente, nos quedamos mirando su partida.

 

Guadalajara, Jalisco, agosto del 2016.

 



[1] Odontóloga tapatía; participa desde hace muchos años en la organización de los Talleres de Oración y Vida. Compuso el testimonio que sigue a instancias de este Boletín, que le agradece su buena disposición para ello.



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