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El P. Amado López y su controversia con la jerarquía a causa de los arreglos

 

Juan González Morfín1

 

La brillante trayectoria de un eclesiástico de la Arquidiócesis de Guadalajara, muy involucrado en el proceso del catolicismo social de los tres primeros lustros del siglo xx será fuertemente confrontado por la desgastante pugna que releve tal etapa, al calor del animoso anticlericalismo que entre 1914 y 1940 produjo una represión brutal a la libertad religiosa, especialmente esa era de terror que trajo consigo la aplicación de la Ley Calles, promulgada hace 90 años con el deliberado propósito de descatolizar al pueblo de México. De ello dan fe las páginas que siguen.

 

1. El P. Amado López y su insatisfacción por los arreglos

 

En el Archivo de la Arquidiócesis de Guadalajara se encuentran varias cartas de noviembre de 1926 en las que, siguiendo un mismo esquema, se agradece a diversos clérigos el tiempo en que estuvieron colaborando como profesores del Seminario y se les suspende en ese oficio, atendiendo a las circunstancias por las que se estaba pasando. Una de esas circulares está dirigida al P. Amado López, profesor de Teología Moral, quien a partir de ese momento tuvo que dejar su cátedra en el seminario clandestino y, junto con los demás clérigos del país, ocuparse de sobrevivir escondiéndose donde le fuera posible.2

            Él, como muchos otros, veía con admiración la defensa armada que habían emprendido los católicos en algunos puntos, especialmente en el occidente del país, y creía que con un apoyo más decidido de los católicos en general, y particularmente de la jerarquía, el movimiento llegaría a triunfar. Por eso le descorazonaban las noticias que llegaban de un posible arreglo para reanudar los cultos sin que las leyes que habían originado la suspensión de éstos hubieran sido derogadas. Por eso también, cuando se dieron los arreglos de junio de 1929, su alma no pudo vivir en paz y comenzó a buscar esa tranquilidad de su conciencia haciendo lo que sabía, que era sobre todo escribir.

            En esos momentos había sido reubicado en la dirección del Boletín Eclesiástico de la Arquidiócesis de Guadalajara, pero no era desde las páginas de esta publicación de donde él pudiera convenientemente descargar su molestia y protestar contra quienes habían sostenido los acuerdos con el gobierno; por ello recurrió a una revista que aparecía cada tres semanas, El hombre libre que, aun estando dirigida por un pensador no católico,3 hacía honor a su nombre y permitía que en sus páginas se vertieran con toda libertad opiniones que causaban escozor, incluso entre las clases gobernantes.

            Para firmar sus artículos eligió el seudónimo de Silviano Velarde; sin embargo, para casi todo el mundo era sabido quién estaba atrás de esos escritos. En este breve artículo se busca ilustrar lo que en su momento se convirtió en un auténtico foco de insurrección contra los obispos que habían pactado el modus vivendi con el presidente Portes Gil.

 

2. Polémicas y censuras a causa de los artículos de Silviano Velarde

 

Don Antonio Correa, canónigo penitenciario de Guadalajara y gran amigo del arzobispo Pascual Díaz, escribía en agosto de 1930 al prelado de México compadeciéndolo por los ataques que estaba sufriendo. Uno de ellos, conjeturaba, procedía de lo que acababa de escribir Amado López en El hombre libre el anterior 8 de agosto. Mencionaba que alguien había tenido la solicitud de mostrarle ese artículo y tildaba a López de “fanático y, lo que es más grave, director del Boletín Eclesiástico de esta Arquidiócesis”.4 Mencionaba que, aunque usaba el seudónimo de Silviano Velarde, era conocida su autoría. El artículo al que hacía referencia llevaba el título de “Otra vez en la palestra” y en él, explicaba Correa, “vuelve a la carga contra el Excelentísimo Señor Delegado y quienes llevaron a cabo los arreglos”.5

            En su respuesta, Pascual Díaz, mesuradamente, informa a Correa: “ya lo conozco bastante; periódicamente me escribe, siempre con sus dudas y cavilaciones; yo… he procurado contestarle con toda suavidad y procurando atraerlo por la buena”.6

            Efectivamente, unos meses antes de comenzar a escribir en El hombre libre, Amado López había tenido cierto intercambio de correspondencia con Pascual Díaz. En carta de seis folios escrita a finales de abril de ese año le expresaba el desasosiego y la tristeza que le habían sobrevenido a causa de los arreglos, y objetaba el modo en que se habían llevado a cabo:

 

Yo no hallo cómo conciliar que los Ilmos. Sres. Ruiz y Flores y Díaz hayan manifestado que los Obispos Mexicanos reprobaban el registro de ministros y la limitación de sacerdotes… Bien puede ser que esté yo equivocado, pero a mi modo ver, el registro que se está llevando a cabo [después de los arreglos] es el mismo que reprobaron los obispos, y lo que es peor, corregido y aumentado.7

 

Y, más adelante:

 

Nosotros nos hemos sometido a los arreglos… por la sumisión que debemos al Romano Pontífice; pero sobremanera nos entristece el silencio que guardan nuestro Santísimo Padre y el Observador Romano.8

 

Díaz le contestaba respetuosamente y le explicaba que “desgraciadamente, cuando se es víctima de una preocupación que nos domina, resulta difícil ver las cosas con toda serenidad, y mucho temo que esto es lo que le está pasando a Ud.”.9 Aunque pocos días después López volvería a escribir a Díaz en tono más pacífico y hasta insinuando disculparse, sin embargo, como se vería, su conciencia le mandaba elevar su protesta “a la palestra”; es decir, servirse de la prensa para cuestionar los arreglos y a quienes los habían llevado a efecto. Sus escritos, que comenzaron a publicarse en El hombre libre a partir del verano de 1930, habrían de hacer mella especialmente en el ánimo del Delegado Apostólico.

            Al parecer esos artículos, por proceder de un miembro del clero, tuvieron más impacto del que se pudiera presumir, pues dieron lugar a numerosas cartas de don Leopoldo Ruiz y Flores solicitando la intervención del prelado de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, para acallar las críticas de Velarde y evitar que entre el clero se extendiera la idea de que cualquiera podía criticar a la jerarquía.

            Algunas de estas comunicaciones del Delegado Apostólico fueron para agradecer que el señor Orozco hubiera ya tomado cartas en el asunto y permitían ver una sensible preocupación por la posibilidad del escándalo:

 

Acabo de recibir su grata del 7 del actual y me apresuro a darle las gracias por el interés que ha tomado en el asunto de los artículos de El Hombre Libre, que más que desagrado por lo que mira a mi persona, me han causado pena por el mal que pueden causar entre los fieles y por el triste espectáculo que damos a nuestros mismos enemigos.10

 

            Otras, en cambio, conforme arreciaban las críticas, estuvieron encaminadas a reclamar una postura más enérgica de parte del Arzobispo tapatío:

 

Hoy han publicado los periódicos de aquí unas declaraciones mías que creí necesarias. Yo me permitiré rogar a V. S. I. que haga ver al sacerdote auctor [sic] de los artículos publicados en El Hombre Libre que está faltando gravemente a lo mandado en el Código, el cual prohíbe a los sacerdotes publicar artículos de esa clase en periódicos o revistas sin la licencia del Ordinario; y tratándose ahora de un asunto tan delicado, creo llegado el caso de que V. S. I. imponga a dicho sacerdote un precepto formal, para que se abstenga de estar calumniando, denigrando, murmurando, escandalizando y sembrando o ahondando la discordia con semejantes publicaciones.11

           

Tenía razón en protestar el señor Delegado Apostólico, pues entre julio y septiembre, las publicaciones de Silviano Velarde habían ido subiendo de tono y, así, mientras en julio se conformaba con afirmar que por la distancia que hay entre México y Roma los autores de los arreglos podrían haber confundido al Papa, por lo que “sería un crimen culpar a todo el Episcopado Mexicano y una miserable calumnia arrojar sobre el Papa la responsabilidad”12 de los arreglos, en agosto utilizaba palabras supuestamente pronunciadas por el Cardenal Boggiani para asegurar que al Papa se le había dado una información incompleta, por lo que era imposible que aprobara los arreglos tal como se habían realizado y más aún con el incumplimiento cabal de lo acordado, y concluía:

 

Luego, si no está resuelto el problema religioso y si en vez de resolverse se ha agravado… resulta un insulto a los católicos si se entona un Te Deum por la paz entre la Iglesia y el Estado. Debe cantarse [más bien] un responso para lamentar que la Iglesia haya quedado esclavizada por el Estado.13

 

Y, todavía más audaz, hace una franca invitación a la rebeldía, que expresaría en los primeros días de septiembre:

 

¡¡¡Católicos!!! No es posible que sigamos así; continuar en este estado de abyección y envilecimiento… Si hombres de corazón metalizado o repletos de ambición, o sedientos de gloria mundana, ocultaron al Papa y a la mayor parte de los Obispos la verdad… esforcémonos en salir de este abismo y en romper las cadenas que se nos han forjado.

¡Qué responsabilidad tan tremenda ante Dios y ante la Historia la de todos aquellos que nos precipitaron en esta situación!… El Señor Pío XI no es responsable de nuestra situación; los responsables son los que le ocultaron la verdad y los que le arrancaron el permiso de reanudar los cultos haciéndole promesas que no se han cumplido.14

 

            A los pocos días de este último artículo, el Delegado Apostólico envió a Monseñor Orozco y Jiménez una carta mucho más exigente, que condujo a éste a ser más claro, si no lo hubiera sido antes, con el P. Amado López. De ahí se siguió que en el siguiente artículo se notara un cierto cambio, pues estaba escrito en un tono mucho más sereno, al mismo tiempo que reiteraba su adhesión al Papa y su veneración a los obispos, junto con una especie de disculpa:

 

Comprendo que con mis artículos he mortificado a los Ilmos. señores Ruiz y Díaz; pero si ellos pudieran asomarse al fondo de muchas almas de sacerdotes y de miles de corazones de católicos, verían cuánta decepción hay en estos corazones y en esas almas por los arreglos de la cuestión religiosa de la que ellos fueron los principales actores y los inmediatos responsables.15

 

            Sus buenos propósitos, sin embargo, duraron poco, y las diatribas continuaron por meses, a pesar de las exigencias de Ruiz y Flores que, en mayo de 1931, se veía precisado a regresar a la vía exhortativa y, en carta manuscrita, escribía lo siguiente al Obispo de Guadalajara:

 

No sé si habrá visto V. E. Rma. los últimos artículos que El hombre libre ha publicado con la firma de Velarde. Yo los considero muy peligrosos por las confusiones a que da lugar. El último sobre todo, creo que está inspirado por los elementos descontentos de acá y termina con una falsedad asombrosa pero muy eficaz para sembrar desconfianza; pues que no hay tal junta en Roma del P. Walsh, de Mr. Morrow y Portes Gil y el pobre Sr. Díaz nunca soñó en ir a conferencias con esos Señores. Dios ilumine a V.E. Rma. para que consiga algo de este Sr. Velarde.16

           

            El artículo a que hacía referencia el Delegado daba por cierta una reunión en Roma que nunca ocurrió, pero que algunas personas cercanas a la Liga difundieron como un hecho, y que el mismo Amado López contribuyó a divulgar, poniendo además de su parte algunos calificativos poco amables para los supuestos asistentes, excluyendo de esos calificativos, prudentemente, al obispo Díaz:

 

Están en Roma los tres enemigos del alma: el P. Edmundo Walsh (el mundo), Mr. Morrow (el demonio) y el licenciado Portes Gil (la carne). ¿Para qué se reunió de nuevo esa trinidad fatídica o este triunvirato perniciosísimo? No es fácil adivinarlo todo, pero los tres están esperando al señor Arzobispo de México para conferenciar con él y es de presumirse que el Papa tratará extensamente la cuestión religiosa.17

 

Sin duda que esto ocasionó una nueva reconvención al autor del artículo, pues apenas unos días después Ruiz y Flores agradecía que ya hubiera tomado cartas en el asunto y, al mismo tiempo, acusaba a la Liga de estar apoyando a Velarde:

 

Comienzo por agradecerle todo lo que me comunica acerca del amigo Velarde y bien sé que V. E. Rma. no aprueba la conducta de este señor. Yo tengo indicios ciertos de que está en comunicación con los de la Liga, y éstos es natural que se froten las manos con cada uno de esos artículos, si no es que le suministren noticias más o menos inventadas para material de sus artículos, como la de la conferencia en Roma del Sr. Arzº. Díaz con Mr. Morrow, P. Walsh y Portes Gil.18

 

            Luego de tres semanas volvería a informar del asunto a Monseñor Orozco, en quien, al parecer, había encontrado un buen confidente para desahogarse:

 

He leído con verdadera satisfacción el Edicto de V.E. Rma. exhortando a los fieles a que guarden el respeto debido a sus obispos y sacerdotes.

Yo espero que los pocos o muchos descontentos abran los ojos y se den cuenta del daño que hacen con sus murmuraciones y escándalos.

Los descontentos de acá, no contentos con haber esparcido la noticia de que el Papa había llamado al Sr. Díaz para que se justificara de las acusaciones que ellos habían hecho, no contentos con reprobar las declaraciones del mismo Sr. hechas en Washington al ir a Europa, no contentos con haber esparcido el rumor de que dicho Señor había fracasado en Roma etc., ahora han dicho que el Sr. Díaz tiene que quedarse recluido toda la vida en un convento fuera de la República por orden del Papa.

Muchos se ríen de todo esto, pero no falta gente que se intranquilice.19

 

3. La Circular 55/30 de Orozco y Jiménez: un paso más para disciplinar a los inconformes

 

El 1º de diciembre de 1930, en un impreso que constaba de cinco páginas y que se había elaborado de manera cuidada, bien editado por una imprenta, se difundió con el sello del gobierno eclesiástico del Arzobispado de Guadalajara la Circular No. 55/30 que, a manera de epígrafe, contenía el asunto que había de tratar: “Deben cesar las censuras sobre los arreglos de la cuestión religiosa”.20

            El documento, firmado al calce por el Arzobispo de Guadalajara, permitía ver –más que las presiones externas, que también las había– la preocupación real de Orozco y Jiménez por una situación que en varios momentos reconoce que es inédita entre los fieles de su arquidiócesis, esto es, “que algunos, por fortuna pocos, so pretexto de defender a la misma Sta. Iglesia, han llegado hasta lo increíble en escritos y conversaciones, denigrando a distintas personalidades eclesiásticas, especialmente a varios Prelados”.21

            Explica que quienes se han hecho promotores de esa campaña esgrimen como pretexto que la Iglesia en México, al aceptar un modus vivendi que resuelve sólo parcialmente el conflicto religioso, “ha claudicado y errado el camino”.22 Esa acusación no tiene fundamento, pues “hay varias maneras de aceptar un mal: una es querer el mal por él mismo, aunque se le quiera bajo la apariencia de bien… puede también quererse el mal no por sí, sino para evitar un mal mayor”,23 y es ésta la situación en que se habría aceptado el modus vivendi.

            Reconoce sin ambages “que la situación de la Iglesia bajo el modus vivendi no es algo ideal o deseable en sí”;24 es más, llega a conceder que, “si hubiera algún católico u Obispo que quisiera ese estado como el ideal para la Iglesia, pudiéramos decir que había apostasiado”.25 Sin embargo, tanto el Papa como el Delegado Apostólico, como el resto de la jerarquía, “han aceptado el modus vivendi a más no poder, como el menor mal; nadie, si no está cegado por la pasión, podrá tachar esto como claudicación”.26

            Habida cuenta de esto, considera el prelado un atrevimiento y una audacia funestos el que personas que se llaman y son católicas lleguen a las faltas de respeto que están llegando respecto a los príncipes de la Iglesia. Por ello, afirma:

 

Sin meterme al asunto de lo que cada uno piense, no puedo permitir el que cada quien se crea autorizado a censurar aun públicamente a sus Prelados, puesto que admitir tal cosa es lo mismo que aceptar que se acabe el respeto a la autoridad del Sumo Pontífice y de la autoridad episcopal, preparando el terreno para un división profunda y aun para algo peor. ¡Cuándo en toda la Historia de México se había expresado un católico de un Obispo como lo hemos visto últimamente!27

 

Inmediatamente después pasa a recordar los cánones que regulan la publicación de escritos en los que haya algo que interese especialmente a la religión y explica cómo, incluso en el orden civil, las faltas cometidas directamente contra la autoridad son reputadas como mayores y más graves incluso que el homicidio o el adulterio, porque son disolventes de la misma sociedad, y lo mismo ocurre con la Iglesia, que es una sociedad perfecta. Y, ya casi para terminar, insiste en el bien que hará que los fieles de su diócesis atiendan la voz de su prelado y pastor, que únicamente quiere el bien de todos y, por ello, se abstengan

 

de esas críticas que tanto daño hacen… a la Sta. Iglesia, y con mayor razón se abstengan de publicar cosa alguna que vaya en contra de las anteriores normas. Igualmente, los buenos católicos procurarán no leer esa hojas o libros… ni repartirlos ni hacerles caso.28

           

            La Circular, como se alcanza a ver, no tenía como único objetivo atajar los artículos que el P. Amado López había venido publicando bajo el seudónimo de Silviano Velarde y que habían dado continuos dolores de cabeza al Delegado Apostólico, sino también salía al paso de otros críticos y libelistas, así como de un nuevo desafío que comenzaba a dibujarse para las enseñanzas del Delegado Apostólico. Se trataba del P. Agustín Gutiérrez, también del clero tapatío, que en esta época ya había dado sus primeros pasos por el camino del disenso presentándose incluso ante autoridades de la Sede Apostólica.29 Por pertenecer también a su clero, informaba Ruiz y Flores al Señor Orozco y Jiménez lo siguiente: “Respecto del P. Gutiérrez ya sabía yo que había estado unos días en Laredo conferenciando con el Sr. Obispo de Huejutla.30 Yo creo que en Roma no le harán caso”.31

 

4. El fin del P. Amado López

 

A pesar de la Circular 55/30, el primer semestre de 1931 fue un tiempo aciago para el Delegado Apostólico a causa de las críticas frecuentes y arengas incendiarias que Silviano Velarde seguía publicando en El hombre libre. En la ya citada carta del 18 de mayo, Ruiz y Flores concluía con una expresión que parecía casi como una claudicación y decía a Orozco y Jiménez: “Dios ilumine a V.E. Rma. para que consiga algo de este Sr. Velarde”.32 Realmente parecía conceder que no esperaba que el superior de Velarde en Guadalajara pudiera conseguir mucho. Y todavía tenemos cartas del Delegado al Arzobispo de la sede tapatía escritas en junio y julio en las que volvía a tocar el tema de Velarde.

            En una de ellas mencionaba haber leído la Circular 55/30, a la que se refiere como edicto, y expresa su satisfacción por este gesto de unidad del Sr. Orozco:

 

He leído con verdadera satisfacción el Edicto de V.E. Rma. exhortando a los fieles a que guarden el respeto debido a sus obispos y sacerdotes.

Yo espero que los pocos o muchos descontentos abran los ojos y se den cuenta del daño que hacen con sus murmuraciones y escándalos.33

 

            Un mes después, el P. Amado López escribía nuevamente para explicar en El hombre libre que había decidido dejar de escribir por obediencia y unidad con su prelado, y que por eso ya no estaban apareciendo sus artículos:

 

Algunos han interpretado mi silencio como una claudicación: esto es una calumnia… si por obediente estoy callado y callado seguiré, no por esto debe creerse que he renunciado a mis ideas y que pienso de otra manera de como hasta aquí había pensado… Si callando todavía se me tiene como cismático, como rebelde, como falto de sentido común, ¿qué se diría si no obedeciera al mandato de mi legítimo superior?34

 

            En este gesto de sumisión insumisa, de conceder sin ceder, se veía sobre todo el deseo que abrigaba en el corazón de, con sus escritos, hacer un bien y no un daño a la Iglesia. Esto se repetiría casi un año después, con motivo una especie de testamente compuesto momentos antes de morir en el que dejaba escrito que nunca había pretendido faltar a la fe, ni a lo que enseñaba la Santa Iglesia, y que tampoco se había separado de la obediencia debida al Romano Pontífice ni a los obispos.35

            En la revista La Época de noviembre de 1932 se publicó un artículo, que se reprodujo también el Boletín Eclesiástico de la Arquidiócesis de Guadalajara, en el que además de hacerse ver que Silviano Velarde y el P. Amado López eran la misma persona, se mencionaba que había dado un bello ejemplo de humildad cuando, por petición de su obispo, decidió callar “no porque sus artículos fueran contra la doctrina de Cristo, sino por convenir así dadas las circunstancias” y, todavía más, que permaneció callado con todo y que “algunos católicos que no estaban de acuerdo con su manera de pensar aprovecharon dolosamente la ocasión para atacarlo desde las columnas de algunos periódicos”.36

 

Conclusión

 

Un ejemplo entre otros de la insatisfacción que se vivió en muchos sectores católicos por el modo en que se llevaron a cabo los arreglos celebrados entre los obispos Ruiz y Díaz y el presidente Portes Gil fueron las publicaciones del P. Amado López, bajo el seudónimo de Silviano Velarde, las cuales cobraron gran relevancia porque procedían de un clérigo conocido en el ambiente tapatío, antiguo profesor del Seminario y, en ese momento, director del Boletín eclesiástico. En ellas, a fin de cuentas, se invitaba a rebelarse, aun sin especificar nunca el modo y si había de hacerse por las armas. Más bien eran estas mismas publicaciones una muestra de rebeldía que buscaba ser imitada y que se dirigía, casi invariablemente, contra los obispos que habían protagonizado los arreglos.

            Sin embargo, para conocer mejor qué era lo que el P. López veía como solución hay que acercarnos un poco a su correspondencia personal. Concretamente, en una carta escrita a Andrés Barquín y Ruiz, personaje cercano a la Liga y, como él, detractor de los obispos Ruiz y Díaz, le mencionaba que para solucionar el problema del incremento constante de restricciones a la Iglesia las protestas y los memoriales servían de muy poco; la defensa armada era difícil de resucitar “a causa de la decepción sufrida” y, por eso, el mejor remedio, el único que debía intentarse como “el mejor medio para combatir a estos hombres era tirarles al estómago y al bolsillo, pero con buena puntería, [es decir] no pagando las contribuciones”.37



1 Licenciado en Letras Clásicas por la UNAM y doctor en Teología por la Pontificia Universidad de la Santa Cruz. Presbítero desde el año 2004. Ha publicado algunos estudios sobre el conflicto religioso en México: La guerra cristera y su licitud moral (Roma 2004, México 2009), El conflicto religioso en México y Pío xi (México 2009), Sacerdotes y mártires (México 2011).

2 “En virtud de las tristes circunstancias por que atraviesa actualmente el Seminario Conciliar, que se ve obligado a andar de una parte a otra y víctima de constantes atropellos, y tomando en consideración las graves molestias que esto origina a Ud. (…) el Ilmo. Revmo. Sr. Arzobispo ha tenido a bien exonerar a Ud. del cargo de Profesor de Teología Moral que satisfactoriamente ha venido desempeñando” (Circular A.-889/26, 12-XI-1926, en Archivo de la Arquidiócesis de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, Correspondencia, 1918-1930).

3 Diego Arenas Guzmán (1891-1974), periodista que había participado con Madero en la revolución de 1910 y que, más recientemente, había estado preso, si bien momentáneamente, por escribir en contra de la política de Calles y a favor de la libertad religiosa en agosto de 1928 (El Informador, 11-VIII-1928, p. 1). Su publicación El hombre libre cobraría más relevancia durante el periodo del presidente Cárdenas, de quien fue gran opositor. Posteriormente llegaría a la dirección del periódico El Nacional.

4 Antonio Correa, Carta a Pascual Díaz Barreto, 15-VIII-1930, en Archivo Histórico de la Arquidiócesis de México (AHAM), fondo episcopal Pascual Díaz Barreto (1928), caja 14, expediente 29.

5 Id.

6 Pascual Díaz Barreto, Carta a Antonio Correa, 18-VIII-1930, en AHAM, fondo episcopal Pascual Díaz Barreto (1928), caja 14, expediente 29.

7 Amado López, Carta a Pascual Díaz Barreto, 26-IV-1930, en AHAM, fondo episcopal Pascual Díaz Barreto (1930), caja 10, expediente 38, f. 3.

8 Ib., f. 6:

9 Pascual Díaz Barreto, Carta a Amado López, 7-V-1930, en AHAM, fondo episcopal Pascual Díaz Barreto (1930), caja 10, expediente 36.

10 Leopoldo Ruiz y Flores, Carta a Francisco Orozco y Jiménez, 9-IX-1930, en Archivo de la Arquidiócesis de Guadalajara (AAG), Francisco Orozco y Jiménez, Correspondencia, caja por clasificar.

11 Leopoldo Ruiz y Flores, Carta a Francisco Orozco y Jiménez, 22-IX-1930, en AAG, Francisco Orozco y Jiménez, correspondencia, caja por clasificar.

12 Silviano Velarde (seudónimo de Amado López), artículo publicado en El hombre libre, 8-VII-1930, copia mecanografiada en el Archivo Cristero de los Jesuitas en custodia del ITESO (ACJI), fascículo Los Arreglos, documento 96.

13 Velarde, artículo publicado en El hombre libre, 27-VIII-1930, copia mecanografiada en ACJI, fascículo Los Arreglos, documento 97.

14 Velarde, artículo publicado en El hombre libre, 5-IX-1930, copia mecanografiada en ACJI, fascículo Los Arreglos, documento 98.

15 Velarde, artículo publicado en El hombre libre, 19-IX-1930, copia mecanografiada en ACJI, fascículo Los Arreglos, documento 103.

16 Leopoldo Ruiz y Flores, Carta a Francisco Orozco y Jiménez, 18-V-1931, en AAG, Francisco Orozco y Jiménez, correspondencia, caja por clasificar.

17 Velarde, artículo publicado en El hombre libre, 19-V-1931, copia mecanografiada en ACJI, fascículo Los Arreglos, documento 109.

18 Leopoldo Ruiz y Flores, Carta a Francisco Orozco y Jiménez, 13-VI-1931, en AAG, Francisco Orozco y Jiménez, correspondencia, caja por clasificar.

19 Leopoldo Ruiz y Flores, Carta a Francisco Orozco y Jiménez, 7-VII-1931, en AAG, Francisco Orozco y Jiménez, correspondencia, caja por clasificar.

20 Francisco Orozco y Jiménez, Circular No. 55/30, 1-XII-1930, en AHAM, fondo episcopal: Pascual Díaz Barreto (1928), caja 14, expediente 29, p. 1.

21 Id.

22 Ib., p. 2.

23 Id.

24 Id.

25 Ib., pp. 2-3.

26 Ib., p. 3.

27 Ib., pp. 3-4.

28 Ib., p. 5.

29 De esta época data un Estudio o Informe sobre la situación de la Iglesia en México de más de 200 páginas, entregado en Roma, y del que existe copia en el Arzobispado de México (cfr. AHAM, fondo episcopal: Pascual Díaz Barreto [1931], caja 77, expediente 31).

30 El obispo de Huejutla, don José de Jesús Manríquez y Zárate, se encontraba en ese momento desterrado y, por lo que se alcanza a ver, era un punto de referencia al que acudían los que consideraban imposible aceptar las condiciones que seguía exigiendo el gobierno.

31 Leopoldo Ruiz y Flores, Carta a Francisco Orozco y Jiménez, 1-VI-1931, en AAG, Francisco Orozco y Jiménez, correspondencia, caja por clasificar.

32 Leopoldo Ruiz y Flores, Carta a Francisco Orozco y Jiménez, 18-V-1931, cit.

33 Leopoldo Ruiz y Flores, Carta a Francisco Orozco y Jiménez, 7-VII-1931, en en AAG, Francisco Orozco y Jiménez, correspondencia, caja por clasificar.

34 Velarde, artículo publicado en El hombre libre, 13-VIII-1931, copia mecanografiada en ACJI, fascículo Los Arreglos, documento 124.

35 Cfr. Fernando Manuel González, Matar y morir por Cristo Rey: aspectos de la Cristiada, Plaza y Valdés, México, 2001, p. 261. Amado López murió el 23 de octubre de 1932.

36 Cit. por Fernando Manuel González, ib.

37 Amado López, Carta a Andrés Barquín y Ruiz, 28-VII-1931, en ACJI, fascículo Los Arreglos, documento 119.

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