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Noticias personales del Padre Leopoldo Gálvez (4ª Parte).

 

J. Leopoldo Gálvez Díaz

 

El autor de estas memorias repasa en qué términos se dio la restauración del Seminario de Guadalajara a partir de 1918, en una época mala para las cuestiones académicas en los ambientes clericales, toda vez que al acendrado anticlericalismo de los carrancistas, a partir de 1917 se añadió la legislación antirreligiosa de la Constitución promulgada ese año, que entre otras cosas prohibía tajantemente el reconocimiento oficial de los estudios realizados en esos planteles.

 

 

Los cargos

 

A mí, de ordinario me dejaban vacante. No sería material útil. Sin embargo, yo gozaba con mis catecismos. Y por ahí, un día me llamaron a “comisiones”: “Gálvez –me dijo el padre Nachito de Alba–,1 va usted de familiar con monseñor Uranga.2 Ayúdele en su misa y en las confirmaciones”. A poco, otra vez con un recado así: “Oiga, Leopoldo, el señor obispo Uranga sale hoy para México, como asistente a la consagración episcopal del padre Antonio Guízar Valencia.3 Se va usted con él”. Y desde esa vez ya no quiso el señor Uranga que le mandaran otros servidores. Y seguí asistiéndolo en pleno, sin faltar a las clases. Cuando salía fuera de la ciudad, mandaba él mismo al Colegio un aviso insinuante: “Que venga acá Galvitos”.

            Con monseñor Uranga aprendí a rezar y a hojear el breviario. Con ese buen hombre confirmé buenos propósitos. Con él aprendí humildad y lealtad a la Iglesia de Jesucristo. Su persona y su vida fueron mi norma. Me contaba su época de ministro. Su gestión de cura en San Dimas, Durango. Su episcopado sinaloense. Y yo iba pensando: si la vida ministerial se parece a esa vida pobre y alegre que me describe el señor obispo, no extrañaré si me ordeno. El estado de gracia y el cargo del oficio divino es algo llevadero. Si los señores curas son como el párroco de San Dimas y como el párroco de Jiquílpan, don Alejo Carranza, no se me hace ingrato ya el servicio religioso en el campo. Si estos hombres se animaron a aceptar el santo sacerdocio y si ellos han salvado obstáculos y si ellos se han casado así con la caridad y jovialidad viriles, es capaz que sea dable a uno superarse.

            Yo le tenía miedo a la castidad. Yo le tenía asco al despotismo que vi en la milicia. Yo le sacaba a la injusticia de toda dictadura y maliciaba ya que el clero era una rama inflexible en lo disciplinar, en lo teologal y en lo particular.

            Por esos días me ordené subdiácono y el señor obispo me confirmó el ánimo. A la vez que me abrazó el cuerpo: “Sea celoso y ame mucho su estado. Lo felicito”. Y quizá por eso he buscado también yo mejoramientos del alma, iguales para las almas ad extra, mejorando este mundo entre nosotros, a ver si rodáramos más fácilmente hacia el ideal. Mejoramientos en derredor para servir “mejor” a la Iglesia y a Dios.

 

En la Casa de San Sebastián de Analco4

 

Siguió el empeño por seleccionar, y como resultado expulsaron a muchos. Uno no sabía por qué los eliminaban. Y hasta nosotros alcanzó aquella ola de inquietud por lo misterioso como procedían y el terreno que uno pisaba. Cualquier jugador puede perder o puede ganar. No porque yo me sintiera indigno, indisciplinado o desaplicado, sino por hallarme donde había epidemia.

            El temor se propagó en derredor. La incertidumbre molestaba. Yo, desde más lejos noté algo, “el olor”. Un gremio desagradable de alumnos maricas, es decir, afeminados, no por ganas de naguas, pues ya las traían, que se designaron a sí mismos “los obispos” y se divertían a veces remedando a los prelados en sus funciones propias. Y sí; los mirábamos, nos daban risa, los criticábamos, pero hasta ahí.

            ¡Y que va llegando la Inquisición! ¡Dime tú, los “obispos” en tela de juicio, qué será de nosotros, la clerigalla! Susto lógico, dirían los filósofos. Ora sí, en funciones, qué les parece. Y ya van ya vienen a las oficinas, con el padre Rector, con el maestro de espíritu, con el padre Secretario, y se desaparecían.

            Ándale, Peches, me decían los amigos, a qué horas nos emplazarán a nosotros, como a los “obispos”. De veras, decía yo entre mí, ¿qué traerán con los “obispos”? A poco venía José Cornejo a anunciármelo: “Corazón, corazón ¿qué se te hace? Nos quieren correr”. Éste trae algo, decía yo por lo bajo. Por ahí, al otro día, se me acercaba con reservas y me soplaba más: “Corazón, corazón, yo traigo miedo”. Sí, todos sentíamos igual. Hazle una manda a la Sanjuanita y que nos hallen confesados ese día. Yo, haciendo más solemne aquel mitote y su propio aspaviento. En seguida venía Jesús Cortés Susarrey musitándome al oído: “Chipreno, ¿qué sabes tú de ese asunto? ¿Qué hay en concreto?” ¿Cuál asunto?, decía yo sin ningún interés. Anda, el asunto ese de los “obispos”, repetía quedito. Y, Dios me perdone, yo quería que sí siguieran con algunos.

            Cipriano González no decía nada, no sé por qué. Pienso que por vanidad e inmunidad. ¡Era tan prieto! Bernardo Parga tampoco hablaba, sería por tarugo, sería por algún complejo, sería por dolencias físicas. José Reyes Vega y Juan García Parga se reían del apuro. Ellos eran garantizados contra “obispados”, machos, los pobres, a carta cabal, de confianza absoluta en ese sentido “erótico”. ¿Y qué tal después?

Yo había ido manteniéndome como se pudo y sin vivir de interno en el Colegio. Pero al comenzar “profesional”, es decir teología, nos urgieron a los clérigos a internarnos en la Casa de Estudios, y con tal ocasión comencé a sentir la autoridad episcopal. “Padrecito Gálvez, venga usted conmigo”, me ordenó por oficio el ilustrísimo señor arzobispo doctor don Francisco Orozco y Jiménez. “Sé que demoras tu ingreso al Colegio. Dime, hijo, ¿por qué lo haces? Tú ya eres padrecito y el bullicio del mundo te impide prepararte mejor para tus Órdenes”. Sí, monseñor, estoy consciente de tal obligación y mi voluntad pronta a obedecer, pero como al meterme al Colegio no cuento yo con algo seguro para resistir los gastos del internado (eran 40 pesos), excúseme, padre mío. Por eso ando todavía afuera.

            “Oye, oye ¿tienes ajuar de dormir, alguna camita siquiera, una cobija, una palangana?” Padre obispo, creo que sí (creo que sí me sería posible conseguir tales objetos). “Bueno, pues llévalos al Seminario. Dile al padre Rector que yo te mando así”.

            Y ahora entraron en acción las mujeres, el devoto sexo femenino: María de la Luz Nuño, Luisita Orozco, Francisca Ceballos, que me proveyeron de lo indispensable y el aseo de ropa semanalmente por amor al cielo y nomás por eso, dejando descansar a la Madre Clara Gómez, superiora de las Terciarias Franciscanas de El Refugio, y confirmando algo, un principio ascético de san Alfonso Rodríguez, que dice que “sin preocupaciones del alma y del cuerpo se sirve pronto y bien a Dios nuestro Señor”; es decir, que las menos preocupaciones dejan más campo para el estudio y las devociones. Y como consecuencia ahora me dediqué más a los libros o materias prescritas y puse más empeño en mi especialidad, los catecismos.

            Esos cuatro últimos años fueron para mí los más recordados y los más amables. Mejor compañía, conciencia tranquila y sutil ambiente; más cosecha en ciencias concretas, más simpatía general y mejores calificaciones, de modo que cuando llegué al sacerdocio llegué apto, provisto de medios. Cuando recibí mi consagración, el hombre (materia) era digno, a propósito, digo, como debe ser. Mis “hambres en mis desiertos” son de después, en la campaña y en las marchas y en el paro final.

            Me acuerdo que ya próximo a la ordenación, a fines de 1921, recibí otro recado del Excelentísimo Señor Orozco: “que venga el diácono Gálvez a la Secretaría”. Ya estoy aquí, Su Ilustrísima. “Te mandé llamar para preguntarte algo. ¿Por qué no haces tú ahora los santos Ejercicios?” No sé decirle. A mí no me habrán escogido. A mí nadie me lo ha ordenado. “Bueno, bueno, a ti no te lo han mandado, pero ¿tú quisieras, si yo te lo mando?” ¡Seguro que sí! “Anda, hijo, anda. Yo te lo mando. Haz en esta tanda tus Ejercicios. Yo deseo que seas presbítero”. Cosa providencial, misteriosa, pero clarísima, viniendo de la boca episcopal. Cuando el obispo llama es vocación segura, y a mí me llamó el obispo. ¡Su deferencia, favoreciéndome! ¡Su amplitud de modos, complaciendo al hijo! La gracia del Cielo que me traería con el sacerdocio; el ideal que llega rebosante. Y me ordenó, según voluntad. Bendito sea Dios.

 

Despojos

 

De los despojos o despreciados del Seminario cuando yo estudiaba salieron algunos de relevantes dotes, por ejemplo el licenciado don Agustín Yáñez, buen escritor y gobernador de Jalisco de 1953 a 59, y el doctor José C. Carlín, maestro de facultad y conocido mucho del medio medical. Se enroló de camillero en la Cruz Roja cuando la Revolución. Luego se encariñó con la medicina y coronó su carrera diplomándose doctor. Fue de Arandas, como aquel otro gran médico, don Marcelino Álvarez, y protegido como yo de aquel viejito santo, el canónigo don Juan N. de la Torre. Y ya que hice aquí esta breve semblanza, diré algo más sobre algunos de mis compañeros.

 

Padre Aristeo Pedroza. Este buen amigo estuvo de moda. Festivo él y simpático sin remilgos, su estilo picante lo ponía en evidencia, o yo no sé. A él sí lo querían correr. Pero su ciencia adquirida y su desparpajo a lo Cantinflas lo salvó. Sus ocurrencias y franqueza sincera le granjearon siempre buena voluntad desde arriba, es decir, desde el Prelado. Su espontaneidad y su inteligencia eran de admirarse. También su aplicación y sus desplantes. Miren si no.

Un día se perdió Aristeo. Pregunten a Tuxpan. Se iría para su pueblo. Que acá no ha venido, respondió el telégrafo. Saldría a la ciudad y algo le habrá sucedido. Búsquenlo en la Inspección. Repórtenlo por ahí. Que nada se sabe. Que de las comisarías darán razón. ¿Se caería a alguna noria? Que se asomen al agua. Que venga el buzo. Ya bajaron al pozo, revolvieron las aguas diligentemente y no hallaron rastros. Pero, ¿dónde pudo irse? La casa no tiene sótanos ni laberintos. Pues como sea, Aristeo no aparece. ¿Se iría de ronda? ¡Pero en el Colegio! Aquí no sabemos que haya trovadores. O quién sabe. ¿Acaso que Aristeo tenga novia? ¿Ya hurgaron allá abajo, en la Biblioteca? ¡Ah! No. Nos faltó allí. Sí, señor, acá se halla. “¿Diga usted qué hacía por acá, mientras despavoridos lo buscábamos todos?” Le dijo el padre Nachito de Alba. “¿Y por qué me buscabais? ¿Qué no sabíais que los estudiantes deben ocuparse en los textos de la Universidad?”

Hubo un azote de gripe en la ciudad y se metió también al Colegio. Y como la influenza iba propagándose con rapidez y malignidad, algo se alarmaron los superiores. Le preguntaron al médico oficial si sería necesario cerrar el establecimiento. “Tanto como eso, no”, dijeron los higienistas, pero sí sería bueno aislar a los atacados ya. Y como consecuencia, puso el padre Rector en la puerta de la enfermería un letrerito que decía: “Se prohíbe visitar a los enfermos. El padre Rector”. Y selló el Seminario. No faltaron los comentarios en pro y en contra. Todos leímos el aviso, pero a nadie se le ocurrió hacer lo que hizo Aristeo Pedroza: quitó de su lugar aquella orden y escribió él otra, de su cabeza y de su propia mano, que decía: “Las obras de misericordia son catorce, siete espirituales y siete corporales. Las corporales son éstas, la primera, visitar a los enfermos. El padre Ripalda”.

En el Colegio no dejaban leer libros extraños a los estudios que allí se llevaban, menos la prensa, menos novelas. Sin embargo, Aristeo Pedroza leía el periódico día con día y nos transmitía las noticias importantes. Aristeo lo sabía todo. Lo leía todo. Era admirable.

Dormía la siesta donde se le hacía bueno. En este aposento y en aquel otro y hasta en la cama del padre Rector. ¿Cómo abría los salones? ¿A qué se atendría? Los excusados privados del profesorado los ocupaba sin escrúpulo el padre Aristeo. Creo que allí leía las revistas, y si lo sorprendían in fraganti respondía inconfundible, con su tono especial de voz: “Ocupado”. Por ahí, en una ocasión que el capellán de la Casa no vino a rezar la Misa, salió otro padre al altar a cumplir con el rito. Ver aquello Aristeo, santiguarse y salirse fue todo uno, pero murmurando recio, para que lo oyéramos los más cercanos: “Ave María purísima. Ya va a decir la Misa ese joto infeliz”.

Cuando había antojitos extras en la mesa rectoral o en la cocina, como en los aniversarios del señor Orozco, digamos, o san Francisco de Asís, el padre Aristeo se regalaba en grande, él sabía cómo, y comía de día y de noche uvas y manzanas, pasteles y fiambres, que nos daban envidia.

En las clases de Sagrada Escritura íbamos traduciendo los salmos. Y a Aristeo le tocó aquel versículo del salmo 53 que dice: “Dixit insipiens in corde suo: non est Deus”. Y lo puso en castellano corriente, según su costumbre: “¡Dijo el pendejo en su corazón: no hay Dios!”, a lo que todos soltamos la risa, menos el padre maestro, que dijo: “Bien dicho. ¿Por qué se ríen?”.

A monseñor Orozco le caían bien sus chistes y en ocasiones hasta él mismo lo provocaba. También oía sus loas, que Aristeo le decía en mexicano, lengua que aún se habla en Tuxpan. Y lo ordenó.

Ya siendo presbítero, se levantó en armas por Cristo Rey en el pueblo de La Barca, Jalisco. Y lo hizo con dignidad, según se vio. Se rindió al Gobierno después de los arreglos con el presidente Portes Gil, en junio de 1929, en Yurécuaro, Michoacán, y faltando a su palabra, lo fusilaron cerca de Arandas, Jalisco.

 

Padre Toribio Romo.5 Mi buen amigo, que se sacó la suya dando su vida por Cristo Rey, como él lo deseaba, en Tequila, Jalisco. Y lo quise por ser pobre y campesino como yo. Lo quise especialmente porque era del Valle de Guadalupe, una parroquia rural que yo serví después con regular fruto. Lo quise, repito, por ser buen ranchero, ranchero ingenuo, ranchero alegre, ranchero fiel.

            Trajo a su hermano Román al Seminario pero peor que yo y peor que otros. Fiado en el poder de Dios, y yo se lo echaba en cara de ver sus miserias: ¿qué crees que no haces pecado induciendo a ese muchacho a morir de inanición? ¿Qué no te da lástima ver ese cuadro? “Sí, Peches; sí, Peches; pero no me lo digas, puede que sí, puede que no. Yo estoy pidiendo. Quien quita, ¿no?” Román se ordenó. Dicen que salió buen cura.

            Fue antecesor mío en Sayula, con un cura incapaz y verdugo de padres.6 Y, cuando de allí salió Toribio sin novedad, supongo yo en él virtud y amor sin duda al ideal sacerdotal. Y a reserva de que lo canonicen como mártir, yo, desde mi mundo, lo canonizo. Toma esto, pues, Toribio del cielo, recuerdo por recuerdo. Que me valga tu sangre. Pídele a Dios por tu amigo. También yo pensé ser mártir… Mi martirio ya va lejos. También yo peleo por Cristo. Espérame allá en el cielo ¿Reconocerás a Peches?

 

Padre Julián Hernández Cueva. Otro buen amigo. Cuando fui a cantar mi primera Misa, le di el mejor testimonio de mi cariño. Le pedí al Arzobispado que fuera él a asistirme como diácono. Llevé igualmente conmigo al padre Joaquín Martín, que era entonces subdiácono, por capricho o manías de la buena observancia litúrgica. A Julián lo destinaron a Temastián por los siglos de los siglos. Amén.7 Y a Joaquín Martín, al Calvario de Encarnación de Díaz, también de por vida; los dos al pie de sus benditos Cristos, y su amigo Peches ahí nomás, así, con la cruz a cuestas, o crucificado sin morirme nunca.

 

Padre Alfredo Galindo. Vino de Zapotlán casi nomás a ordenarse. Su carrera toda la hizo en su pueblo. Pero el poco tiempo que vivió con nosotros nos edificó. Aseado él. Disciplinado, cumplido, el padre Galindo. Y se le traslucían su fina educación y trazas reformistas. Sirvió en la sacristía de la catedral, se hizo religioso después, misionero del Espíritu Santo, y es ahora obispo de Baja California. Yo digo, todos decimos, tenía que ser. El padre Galindo era un buen sujeto.8

 

Padre J. Pilar Quezada. De Totatiche. Valga lo que aquí dije del padre Galindo. Es cura de San Andrés.9

 

Padre Agustín Caloca. Otro de los mártires. Era él muy estudioso, pero a la vez muy separado. Yo no le conocí amigos, ni tampoco intimó conmigo. Cliente devoto del padre espiritual y aficionado a la filosofía, pero no con los pujos de los que van a Roma. Fue ministro y profesor del seminarito de Totatiche y lo fusilaron en Colotlán junto con su párroco, don Cristóbal Magallanes, el 24 de mayo de 1927.

 

Padre Alfredo Ochoa. Lo perdí pronto de vista, desde que pasó al Mayor en 1913 y luego lo enviaron a Roma, hasta que volvió y me dijo: ¡Ven acá, tú, padrecito del milagro! Te felicito. Quédese la gracia en ti: Iube, domne, benedicere. Fue compañero mío en Ocotlán y parecido mucho a mí en ideas y normas de vida. Es michoacano y también gemelo en lo catequista; desafortunado en obras, como su amigo Gálvez, y algo misántropo. Yo diría: merecía ser algo. Pero no somos nadie, no somos nada. Nos sabemos leer el uno al otro.

 

Padre Gabino García. Compañero de aventuras en la Baja California, lo corrieron sin remedio del Colegio Seminario, pero por mentecato, no por otra cosa. Era indito y feo, pero, yo diría, un hombre aficionado al bien. Se ordenó en Sinaloa por fin de cuentas y se murió en Mexicali casi lueguito, pero en posesión de su ideal.

 

Otro teólogo vino de León en busca de asilo, Santiago Puente. Salió calamitoso, es la verdad. Y se conquistó el desprecio general. Cuando yo salía a la ciudad, me lo daban como testigo o burladero humano, como a las monjas. Me buscaba para rezar las horas y yo lo complacía. Era algo cojo y lo remedaban arrastrando un pie y tarareándole el estribillo “vengo siguiendo tus pasos, Lucero de la mañana”.

 

Padre Manuel Velázquez Morán. Yo nunca supe de dónde era ni de dónde vino a acabar la carrera. Traía una sotana rara, parecida a la de la orden agustiniana, y creo que debido a esto lo llamaron Martín Lutero.

 

Padre Santiago Ulloa fue mi condiscípulo desde el primer año. Viví allá lejos con él y le guardo gratitud; en el barrio del Santuario, Rutilio, su hermano, se dedicó a explotar vacas y la madre de ambos hizo conmigo el papel de madre buena y fiel. No era una maravilla en saber, pero tampoco tonto ni desaplicado. Se ordenó y se fue a Saltillo, como yo a Hermosillo. No era meticuloso cuando yo lo traté. Dicen que ya viejo se ha hecho molesto con sus vicarios. Es ahora cura de Jesús María, Jalisco.

 

Leandro García y Gregorio Guzmán eran los calígrafos oficiales, pues escribían precioso. Gregorio, también mi condiscípulo desde el principio, era mi conocido de Cocula, pues fue alumno de los hermanos maristas, alumno interno de rango, pues lo protegía el padre Francisco Aréchiga Brambila. Se tornó despectivo conmigo, incomprensible con todos y escrupuloso consigo mismo. Es cura de Milpillas, ermitañero y ciego.

 

Padre Aurelio Jiménez. Vino al Colegio ya viudo y viejo. Su especialidad era leer sus textos volteado a la pared y aislado de todos, granjeándose por eso que lo molestaran muchos con bromas a costa de su mujer difunta: “Meditando en Juanita ¿verdad?” “Con las naguas de la muerta se forjó el uniforme, ¿qué tal?” “Los gorditos al cuerpo y los pellejos a Dios, ¿qué se le hace?” “Ni se ocupe de leer ¿cree usted que Juanita lo deje aprender?” Y carraspeando y oyendo esos disparates acabó, sabe Dios cómo, y nomás para morirse, como Gabinito el de Sinaloa.

 

A Víctor Rodríguez lo ninguneó mi maestro don Gregorio Retolaza. Qué tal estaría este vale que se granjeó este reproche: “¿Y usted ya es diácono? ¡Me admiro y lo lamento! ¿Por qué su merced ni a mentadas de madre defiende a la santa Iglesia?” En lo que concierne a ciencias en general y a buenas maneras en particular, había por ahí grandes tarugos, de modo que no se admiren que se vean por allí afuera tantos curas lerdos, despotricantes e inhumanos.

 

Padre J. Trinidad Mora. Joven que asimilaron durante la marcha de San Cristóbal de la Barranca al Tateposco de Cuquío, y pese al cariz ranchero y francote del presunto padre, salió más templado que otros pulidos en derecho y filosofía. Fue cura de San Pedro Tlaquepaque y tuvo que habérselas con protestantes y políticos liberales hasta dar con sus huesos a la cárcel, sin rendirse ante el dinero y la fuerza. Más lo celebraríamos todos si el señor cura Mora fuera obispo. Pero no lo ponen. ¡Qué esperanzas! Sería otro Pedro Segura.10 También hacen falta sacerdotes claridosos. No en vano los mundanos nos tildan a los curas de veletas o algo peor.

 

Padre Mateo Chávez. Hizo su latín en Zacatecas y era el más templado en las principales materias: latín, griego, filosofía. Su visión práctica era admirable. De pequeña estatura pero de altos vuelos, se compensaba él vistiendo bien y comiendo mejor. Su capa torera se hizo proverbial: se veía ridículo. Fue rector del seminario de Huejutla, en el destierro, y a pesar de lo enfermizo que era hizo labor ad extra con sus predicaciones. Era campesino humilde de Ixtlahuacán del Río, que pudo sostenerse en plano señorial gracias a protectores ricos.

 

Padre José María González. Ya casi viejo volvió al Seminario dizque a reanudar sus estudios. Había sido maestrito de ranchos. No andaba, que digamos, escaso de ideas. Parecía espantajo de chilar, parecía momia envuelta en mortaja negra o un orangután en fachas de gente, al grado de pensar muchos que si los impedimentos para ordenarse se aplicaran, Chemita se atoraría por feo. Acordamos una vez a forzarlo a dejar las tirlangas y al efecto le compramos la sotana y el bonete de tela mediana pero aceptable. Y en un recreo de mediodía pasó la función: primero, rasurarlo y formarle redondita la tonsura; segundo, desvestirlo y tercero, encapillarlo. Después, lo exhibimos por los patios, bailándole y cantándole y hasta dándole chocolates a modo de ofrenda. En San Martín de la Cal llevaba los viáticos “a cuerno limpio”, es decir, a pie, con lluvia o con sol, con polvaredas y ríos crecidos y sin umbela ni capa pluvial. Figúrense cómo volvía de tales caminatas. Fue padre penitenciario en La Merced de Guadalajara hasta que murió. Fue mi compañero de ordenación.11

 

De los rezagos anteriores quedó J. Refugio Mejía, que se me figuraba un Churchill por el puro eterno que traía en los labios.

 

Antonio de Alba. Igual entre iguales, que yo estimaba bien. Cuando fue cura de Chapala me lo asignaron para sinodarme y recuerdo que se mostró conmigo más exigente de lo debido.



1 Ignacio de Alba y Hernández (1890-1978), presbítero del clero de Guadalajara (1915), fue rector del Seminario Conciliar durante el exilio de éste en Bilbao (1926-1929). Electo obispo coadjutor de Colima y titula de Algiza (1939), fue obispo residencial de esa sede de 1949 a 1967. Removido ese año, murió en Guadalajara siendo obispo titular de Tucca in Mauretania (esta y las restantes notas de este artículo son de la Redacción de este Boletín).

2 Francisco Uranga y Sáenz nació en 1863 en Santa Cruz de Rosales, Chihuahua. Presbítero del clero de Durango desde 1886, fue electo obispo de Sinaloa en 1903, sede que dejó en 1919, siendo nombrado auxiliar de Guadalajara y titular de Tlos. En 1922 fue nombrado obispo residencial de Cuernavaca, donde murió en 1930.

3 Electo obispo de Chihuahua a mediados de 1920, fue consagrado el 30 de enero de 1921. Fue primer arzobispo de esa sede (1958), de la que dimitió en 1969. Murió dos años después.

4 De 1914, luego de la incautación de la Casa Central del Seminario, convertida en cuartel por los carrancistas, hasta 1942, el Seminario Conciliar deambulará de un lugar a otro.

5 Canonizado en el año 2000, en el grupo que encabeza Cristóbal Magallanes, es el más venerado de estos mártires. Su sepulcro, en Santa Ana de Guadalupe, es una ruta de peregrinación desbordante.

6 Alude a don Miguel Díaz Orozco, con quien el P. Gálvez sostuvo una relación tormentosa de la que da cuenta Federico Munguía en su libro La Provincia de Ávalos, Guadalajara, Departamento de Bellas Artes, 1988, p. 137. Siendo párroco de San Juan de Dios, en Guadalajara, don Miguel Díaz Orozco murió asesinado.

7 Ciertamente, el presbítero Julián Hernández Cueva (1898-1975) permaneció en Temastián más de 40 años, de 1922 a 1963, distinguiéndose por su laboriosidad en torno al culto de la devota imagen del Señor de los Rayos. En 1963 fue nombrado canónigo de la Colegiata de San Juan de los Lagos.

8 Nació en Zapotlán el Grande en 1894. Se ordenó presbítero con los Misioneros del Espíritu Santo en 1921. Fue electo Vicario Apostólico de la Baja California en 1948 y obispo titula de Lipara. En 1963 fue primer obispo de Tijuana, que gobernó hasta su dimisión por motivos de edad en 1970. Nombrado obispo titular de Burca, murió en 1984.

9 El siervo de Dios José del Pilar Quezada Valdés nació en Totatiche en 1900. Se ordenó presbítero en 1923. Fue electo obispo de Acapulco en 1958, poco después de la redacción de estas notas. Renunció a su sede alcanzada la edad canónica en 1976 y se retiró a su pueblo natal, donde llevó una vida edificante y virtuosa hasta el final de su vida en 1985. Su causa de canonización está en curso.

10 Pedro Segura y Sáez, (1880-1957), de origen humilde, fue cardenal primado de España hasta su destitución en 1931. Desde 1937 hasta su fallecimiento fue arzobispo de Sevilla. Se distinguió por la inflexibilidad de su talante, lo mismo ante los republicanos que, caso único, ante los franquistas, especialmente con el caudillo.

11 Don José María González, personaje excéntrico, publicó en ediciones de autor versos de su cacumen “de una sencillez y gracia extraordinarias”, a decir de Alfonso Arriola Haro, los cuales distribuía a los penitentes dándoselos a leer a modo de penitencia.



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