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Monseñor Tito Crespi

y su actuación durante el conflicto religioso en México

 

Juan González Morfín1

 

Al cumplirse 90 años de la promulgación de la Ley Calles, se publica esta colaboración gracias a la cual puede ponderarse, desde la experiencia de dos eclesiásticos muy relevantes, las implicaciones que trajo consigo una medida que a su vez empujó a los obispos de México de ese tiempo (1926) a suspender el culto público en los templos, determinación que terminaría siendo el detonador de la Guerra Cristera.

 

 

Introducción: Antonio Correa y Tito Crespi: sus coincidencias a favor de la paz

 

Como se señaló en un artículo anterior,2 el canónigo penitenciario de Guadalajara, Antonio Correa, se significó como uno de los eclesiásticos que, al recrudecerse el conflicto religios por la expedición de la llamada Ley Calles, se opusieron a algunas medidas tomadas por el episcopado por considerarlas peligrosas para la paz, para el bien de la Iglesia y para la atención pastoral requerida por los fieles. Otros, en cambio, consideraron que era un deber de conciencia adoptar esas medidas y apoyar la defensa que algunos de manera pacífica, y otros a través de las armas, habían adoptado para defender la libertad religiosa. Hubo incluso un prelado, Monseñor José María González y Valencia, que consideró necesario decir a su feligresía:

 

Nos nunca provocamos este movimientos armado. Pero una vez que, agotados los medios pacíficos, ese movimiento existe, a Nuestros hijos católicos que anden levantados en armas por la defensa de sus derechos sociales y religiosos, después de haberlo pensado largamente ante Dios, y de haber consultado a los teólogos más sabios de la ciudad de Roma, debemos decirles: estad tranquilos en vuestras conciencias y recibid Nuestras bendiciones.3

 

            Después de conocer esa carta pastoral en la que el arzobispo de Durango declaraba lícitos los levantamientos armados en defensa de la fe, el canónigo Antonio Correa protestó ante Manuel Alvarado, vicario general de Guadalajara, en quien había encontrado un confidente que compartía sus puntos de vista, criticando duramente el documento del Arzobispo González y Valencia y cuestionando “los privilegios” de que creía gozar para haber publicado la citada pastoral y, al tiempo que expresaba su anhelo de que la Santa Sede “haga justicia” colocándolo en su lugar, hacía una mención interesante al que hasta unos meses atrás había sido secretario de la nunciatura, Mons. Crespi, de quien eran conocidos los esfuerzos que había hecho durante su permanencia en ese cargo para que se evitaran medidas que pudieran exacerbar aun más los ánimos, como la suspensión del culto público. Sobre éste afirma Correa: “Mons. Tito pensaba muy bien”.4

            Cuando en enero de 1925 la prensa mexicana había hecho circular la noticia de que que Crespi saldría de México apenas arribase el nuevo delegado apostólico,5 Correa se apresuró a escribirle para manifestar su adhesión y su agradecimiento por lo que había venido haciendo como regente de la Delegación Apostólica para presentar “conclusiones que encierran el verdadero y único remedio que la pudieran salvar [a la Iglesia] engrandeciéndola”. Lamentaba su separación, que podría traer “tremendas consecuencias”, pues qué se puede esperar de un delegado “que viene a terreno desconocido y lleno de lazos fatales en que tantos han sucumbido y que con tanto acierto y exquisita sagacidad ha descubierto Su Sria. Ilma.”.6

            La temida separación no se dio y lo que sí ocurrió es que se le negó el reingreso al nuevo delegado cuando, apenas llegado, había cruzado la frontera hacia los Estados Unidos para atender un problema de salud. Esto hizo que Crespi permaneciera a cargo de la nunciatura de nueva cuenta y por tiempo indefinido. En este breve artículo se esbozan algunos rasgos que permiten acercarnos a la figura conciliadora de Crespi en tiempos de aguas turbulentas.

 

1. Tito Crespi: semblanza biográfica

 

Tito Crespi (1874-1936): originario de San Remo se ordenó sacerdote para la diócesis de Ventimiglia y de ahí pasó al servicio diplomático de la Santa Sede. En México fue secretario de la delegación apostólica entre 1922 y 1926, quedando a cargo de esta después de las expulsiones de Ernesto Filippi (1923), Serafín Cimino (1925) y Jorge José Caruana (1926). Más tarde, en 1931, fue nombrado auditor de la nunciatura en Madrid, donde ya colaboraba desde 1928. En abril de 1936 los periódicos dieron a conocer su muerte durante una travesía en barco; al principio se dijo que había perecido ahogado, pero según se supo un poco después, en realidad se había suicidado ahorcándose con su cinturón.7 Como desde hacía tiempo se habían agudizado sus problemas de depresión y neurastenia, se atribuyó a éstos la causa de su muerte.

 

2. Su permanencia en México durante años difíciles

 

En su estancia en México tuvo que sortear problemas de todo tipo, sobre todo a partir de la llegada al poder de Plutarco Elías Calles. Cuando en 1925 el subsecretario de Relaciones, general Heriberto Jara, informó a Crespi que al delegado apostólico Cimino, que había salido a los Estados Unidos para atenderse médicamente, se le negaba la autorización de regresar al país, ya que el presidente estaba “molesto por la actitud tomada por los católicos y en especial por la publicación del manifiesto de la Liga de defensa religiosa”,8 Crespi hizo notar a la Santa Sede que “la posible causa que ha motivado la actitud del Presidente no es el manifiesto de la Liga, sino la tendencia de Calles a una política antirreligiosa” y anticipaba un panorama sombrío: “desde hace dos meses el horizonte se va encapotando cada vez más y ninguna fuerza amiga o enemiga sirve para detener al Presidente en la lucha religiosa”. Sobre la irrupción de la Liga en la vida nacional y la posible participación del episcopado en su nacimiento, asentaba: “La Liga ha surgido sin la injerencia de los obispos y sacerdotes con ocasión de los escandalosos sucesos del presunto cisma y de las provocaciones permitidas e incluso apoyadas por el Gobierno contra los católicos”.

            Una vez que la ley del 2 de julio de 1926, que imponía sanciones penales a los infractores de leyes en materia de religión, llevó a que algunos obispos se decidieran por la suspensión del culto como medida de presión y para hacer un vacío legal a la llamada “ley Calles”, en su carácter de secretario de la nunciatura y estando expulsado su titular, Crespi hizo todo lo posible para evitar esa medida que, como explicaría un poco después al delegado Caruana: “la cacareada mayoría [a favor de la suspensión del culto] es un fraude… Este asunto ha sido, en resumidas cuentas, uno de los acostumbrados hechos de manipulación que van más allá de lo imaginable”.9 Poco antes había informado en telegrama a Mons. Tosti, delegado en las Antillas: “Comité episcopal reformando primera decisión por intrigas del acostumbrado grupo y jesuitas busca formar mayoría para cerrar iglesias República si Roma antes termine mes no responde consulta que propondrán estos”.10

            Por eso, cuando fue expulsado Mons. Crespi por el gobierno de Calles en agosto de 1926, el Comité episcopal se apresuró a enviar un informe al cardenal Boggiani, quien simpatizaba con las medidas radicales como, en ese momento, la suspensión del culto público, para que intercediera ante el cardenal Gasparri cuando este recibiera la información de Crespi, pues, decían: “Mons. Crespi, que pecaba de indiscreto, dio a entender que no iba de acuerdo con la línea intransigente que nos propusimos seguir,11 tan pronto como se vieron claras las miras del Gobierno y nos obligó a tomar una resolución definitiva en su política antirreligiosa, y bien pudiera ser que, aprobada como ha sido con tanto consuelo y ánimo para nosotros por la Santa Sede, sufriera algo la buena impresión que del Episcopado, Clero y pueblo tiene su Santidad, por los informes que pudiera dar Mons. Crespi”.12

            Camino a Roma, a su paso por Estados Unidos, hizo declaraciones a la prensa en el sentido que temían los partidarios de la intransigencia absoluta. En el archivo de la arquidiócesis de México se encuentran, traducidas al español, declaraciones vertidas a la prensa estadounidense el 2 de agosto de 1926:

 

Monseñor Crespi, Secretario de la Delegación Papal en México, quien fue expulsado de ese país, predice un arreglo pacífico de la presente controversia religiosa, porque la Santa Sede prohíbe el derramamiento de sangre. Mons. Crespi se dirige a New York para esperar órdenes del Vaticano. Monseñor dice que hay dos posibilidades de arreglo: primero, compromiso interno; segundo, intervención diplomática. La revolución y el derramamiento de sangre, darían por resultado sólo el triunfo momentáneo de la Iglesia y no la paz duradera, de manera que la revolución no es deseada por la Santa Iglesia.13

 

            Con la salida de Crespi del país, terminó un periodo de casi tres años y medio, a partir de la expulsión de Mons. Filippi en 1923, en el que “fue casi siempre él quien dirigió los destinos de la Delegación y representó la vía principal de comunicación entre Roma y el episcopado mexicano”.14

 

3. Nuevamente en el ojo del huracán: su estancia en España

 

Durante su estancia en España, desde 1927 hasta su muerte, se contó entre los amigos del Card. Isidro Gomá y fue criticado por la prensa republicana como partidario de la monarquía.15 En cambio, no tuvo una buena relación con el nuncio Federico Tedeschini.16 Su labor diplomática y de informante de la Santa Sede está extensamente documentada en diversos archivos.17

            Por otra parte, en los medios católicos, tanto civiles como eclesiásticos, era muy  estimado, y su muerte, quizá por esto, al principio fue cubierta por un velo de misterio, inventándose incluso que había caído de la embarcación durante un viaje de España a Génova, y había perecido ahogado;18 sin embargo, al poco tiempo terminó conociéndose la verdad de su suicidio.19

 

Epílogo

 

Estimado por los partidarios de la conciliación en México y, en su momento, por los de la monarquía en España, la figura de Crespi ha permanecido casi oculta durante muchos años, por más que sus informes, elaborados con profesionalidad y objetividad, nos permiten todavía acercarnos a los hechos que convulsionaron la época en que se desenvolvió como funcionario de las delegaciones apostólicas de México y España.20

            Las predicciones que hizo en San Antonio, Texas, en su camino a Nueva York, y de ahí a Roma, en el sentido de que no sería a través del derramamiento de sangre como la Iglesia alcanzaría la paz en México, habrían de cumplirse con el modus vivendi no escrito ni pactado que se inició, en la época del presidente Cárdenas, con las buenas relaciones entre el delegado apostólico, Monseñor Luis María Martínez y el presidente en turno.



1 Licenciado en Letras Clásicas por la UNAM y doctor en Teología por la Pontificia Universidad de la Santa Cruz. Presbítero desde el año 2004. Ha publicado algunos estudios sobre el conflicto religioso en México: La guerra cristera y su licitud moral (Roma 2004, México 2009), El conflicto religioso en México y Pío XI (México 2009), Sacerdotes y Mártires (México 2011).

2 Juan González Morfín, “La guerra o la paz: dos soluciones para un mismo problema. Apostolado epistolar de Antonio Correa a favor de la paz: 1926-1929”, en Boletín eclesiástico IX (2015/8), pp. 53-70.

3 José María González y Valencia, Carta pastoral, 11-II-1927, en Andrés Barquín y Ruiz, José María González y Valencia, Arzobispo de Durango, Jus, México 1967, pp. 43-44.

4 Antonio Correa, Carta a Manuel Alvarado, 1-VI-1927, en mecanuscrito inédito con extractos de la correspondencia de Antonio Correa elaborado por Luis Sandoval Godoy.

5 Cfr. Excélsior, 29-I-1925.

6 Antonio Correa, Carta a Tito Crespi, 30-I-1925, en mecanuscrito inédito con extractos de la correspondencia de Antonio Correa elaborado por Luis Sandoval Godoy.

7 Cfr. Cristóbal Robles Muñoz, La Santa Sede y la II República (1931). De la reconciliación al conflicto, Visión libros, Madrid 2013, p. 364.

8 Tito Crespi, Informe al Card. Pietro Gasparri sobre la llegada de Mons. Cimino y la disposición del Presidente Calles, 27-III-1925, en Archivio Segreto Vaticano, Archivio della Delegazione Apostolica in Messico, busta 46, fasc. 213, ff. 93-94.

9 Tito Crespi, Carta a Jorge José Caruana, 5-VIII-1926, cit. por Paolo Valvo, “”Una turlupinatura stile messicano”. La Santa Sede e la suspensione del culto pubblico in Messico (luglio 1926)”, en Quaderni di Storia 78 (2013/2), p. 212.

10 Ib., p. 210.

11 Jean Meyer, citando a Lagarde, señala que “Crespi, el jefe de la delegación apostólica, “insistía vivamente en favor de una solución de conciliación”“ (Jean Meyer, La cristiada 1, Siglo XXI, México 1973, p. 263).

12 Comité Episcopal, Informe para el Card. Pietro Gasparri, agosto 1926, en Archivo de la Arquidiócesis de México (AHAM), fondo episcopal: José Mora y del Río (1926), , caja 46, expediente 28; también se encuentra en Id., fondo episcopal: Pascual Díaz Barreto (1926), caja 59, expediente 16.

13 AHAM, fondo episcopal: José Mora y del Río (1926), caja 148, expediente 70. El original, en inglés, se encuentra en The Evening Independent (de Florida), 2-VIII- 1926, p. 1.

14 Paolo Valvo, Op. cit., p. 221.

15 Cfr. Miguel Ángel Dionisio Vivas, El Cardenal Isidro Gomá y la Iglesia española en los años treinta, Universidad Autónoma de Madrid (tesis), Madrid 2010.

16 Cfr. Miguel Ángel Dionisio Vivas, “El Fondo Gomá  del Archivo Diocesano de Toledo”, en Toletana 25 (2011), p. 356.

17 Cfr. Vicente Cárcel Ortí, La II República y la guerra civil en el Archivo Secreto Vaticano, BAC, Madrid 2011.

18 Cfr. ABC, 19-IV-1936.

19 Cfr. Cristóbal Robles Muñoz, Op. cit., p. 364, notas 60-64.

20 Algunos de estos informes sobre México se pueden consultar en José Luis Soberanes Fernández y Óscar Cruz Barney (coords.), Los arreglos del presidente Portes Gil con la jerarquía católica y el fin de la guerra cristera. Aspectos jurídicos e históricos, UNAM – IIJ, México 2015, pp. 279-294, Anexos 1-5.



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