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1914. Iglesia – Revolución Mexicana: se incita a promover la Acción Católica

 

+ Miguel M. de la Mora

 

El documento que sigue condensa de forma vibrante y premonitoria una moción urgente en torno al tema que sentó las bases del ‘sistema político mexicano’ a partir de 1914: la hegemonía, alcanzada por la facción originalmente encabezada por Venustiano Carranza, implementando una estrategia de exterminio, una de cuyas vertientes fue un acendrado anticlericalismo. De ello se da fe en un documento suscrito poco antes de la caída del régimen encabezado por el ingeniero y general jalisciense Victoriano Huerta.1

 

Venerables hermanos:

 

No hace mucho propuse, por el honorable conducto del ilustrísimo y reverendísimo señor arzobispo de Guadalajara, que nos pusiéramos de acuerdo y en caso de parecernos oportuno, diéramos una Pastoral Colectiva acerca de un asunto que según mi humilde juicio entraña una importancia gravísima y de candente actualidad. Me refería a la Acción Católica y especialmente a la parte que en ella corresponde al venerable clero mexicano. Vosotros juzgasteis que la publicación de una Pastoral Colectiva acerca del asunto mencionado agravaría en las actuales circunstancias nuestra ya difícil situación, y me parece que tenéis razón, pero si no podemos prudentemente publicar ahora esa Pastoral, sí podemos prepararla o por lo menos aprovechar la estancia de tantos prelados en esta ciudad para ponemos de acuerdo en un asunto que, por las razones que os expondré, ameritaría la convocación de un Concilio Nacional.

Permitidme pues que con todo el respeto y veneración  que tengo a vuestra santidad y ciencia, os exponga brevemente las razones que tengo para pensar, como habéis visto arriba.

 

¿Existe el socialismo en México?

 

Desgraciadamente sí. El Socialismo se nos adelantó en México como se adelantó a los católicos europeos. Y tan es así que podemos asegurar sin género de duda que la revolución actual es netamente socialista y que ha sido promovida, fomentada y sostenida, no por los esfuerzos aislados de algunos individuos más o menos interesados en la revuelta si no por los trabajos inteligentemente encaminados de un  organización socialista poderosísima, terrible arrolladora.

            Que la revolución actual es toda socialista no puede ponerlo en duda, en tela de juicio quien quiera que haya conocido el programa revolucionario. En Chihuahua, Sinaloa, Sonora, Durango, Nuevo León, Tamaulipas, Zacatecas, Michoacán, Guerrero, Morelos, en todas partes, desde el principio de la revolución se hizo circular en inmenso número de programas copiados de un periódico de El Paso el programa revolucionario, concebido sin ambages, en tono crudamente socialista. Desde el principio dijeron los revolucionarios y se han sostenido y se afirman cada día más en ello, que los enemigos del pueblo, los que la revolución combate y ha de aniquilar son el clero, el capital y el ejército. Y hay que confesar que los revolucionarios han sido terriblemente consecuentes con sus principios, porque han vejado y ultrajado y perseguido a los obispos y sacerdotes, han perseguido también con inaudito encarnizamiento el capital, hasta destruirlo y no como quiera, no por las exigencias de la guerra y en provecho de la revolución, si no sistemáticamente sin provecho de nadie, de un modo salvaje, sólo porque es capital y nada más. En cuanto al ejército, están patentes la inquina y el odio infernal con que lo miran y lo tratan.

Por lo mismo decir, como he oído repetidas veces, que esta revolución funesta no tiene bandera, que no tiene ideales, que no encarna una tendencia definida, es por lo menos una vulgaridad indigna propia de personas que nada observan.

Pero esa predicación socialista puesta en práctica con tanta uniformidad de un confín a otro de la República, pueda ser el efecto de los esfuerzos aislados de alguno que otro individuo de los que dirigen la revuelta. ¿Es moralmente posible que por casualidad estén de acuerdo en la propaganda eficacísima de tan funestas ideas, tantos millares de rebeldes de tan diversa índole y tan distinta educación, que hayan conseguido este maravilloso efecto, algunos pocos individuos sin vínculo de asociación? Decirlo sería una locura. Es claro por lo mismo, que ha intervenido en esta vasta propaganda una organización poderosísima, extendida por toda la República y entroncada con organizaciones similares de los Estados Unidos Yankees.

En efecto, y esto os lo comunico bajo mucha reserva por convenir así para no perjudicar a la persona que me lo reveló, sé por conducto respetable, que sólo en México, la Junta Socialista  tiene más de quinientos miembros de todas las clases sociales, que en las sesiones de esta agrupación se predica muy hábilmente el programa de la revolución, qué individuos comisionados al efecto en esas sesiones deberían haber quemado varias iglesias y matado al General Huerta, al ilustrísimo señor arzobispo de México y a otros varios eclesiásticos el día 23 de mayo último. Pero un oportuno anónimo descubrió al General Huerta el Centro Anarquista y la policía reservada pudo aprehender a veinte personas complicadas, evitándose así el golpe fatal.

Ahora bien, la gente del pueblo, la masa enorme de pobres y desheredado de la fortuna, recibe con avidez las funestas prédicas socialistas, porque un feroz caciquismo de más de treinta años de injusticias para con los humildes, así como los abusos de infames especuladores y el antiguo sistema de salarios agrícolas, sostenido por tantos hacendados, prepararon magníficamente el terreno. Las chusmas revolucionarias reunidas con tanta facilidad son una prueba de mi aserto.

¿Tenemos obligación los obispos, de oponernos con todas nuestras fuerzas y de la mejor manera a esta furiosa avalancha del Socialismo? ¿Cómo dudarlo? Si somos Pastores, debemos defender a nuestras ovejas de los carniceros lobos; si somos los defensores de nuestras iglesias, debemos evitar su ruina; y no hay en la actualidad errores tan perjudiciales al pueblo cristiano como los que se derivan del Socialismo.

Creo por tanto, que sería injurioso ponerme a demostraros la urgente necesidad que tenemos de oponer la debida resistencia a los avances del Socialismo.

¿Bastaría la enseñanza sola para conjurar el peligro? evidentemente que no, porque el pueblo tiene verdaderas y gravísimas necesidades en el orden económico; el pueblo tiene hambre; el salario de infinidad de pobres es sumamente pequeño y los artículos de primera necesidad son demasiado altos; en el pueblo de extensas regiones del país hay esclavitud y esclavitud crudelísima; y es pueril suponer que la sola enseñanza de los deberes del pueblo y de lo fines de las doctrinas socialistas puedan vencer a unos predicadores que ofrecen pan, riquezas, dignidad y bienestar a un pueblo sencillo y hambriento. Ciertamente la predicación y la enseñanza son lo primero, lo más eficaz, lo que más nos obliga; pero no por eso debemos descuidar los otros medios que la prudencia y el celo aconsejan para salvar  a las almas, sobre todo cuando hay tantos que ni oyen la predicación, ni leen jamás los documentos pastorales; además, nuestros enemigos se aprovechan de los sufrimientos de los pobres para excitar sus más bajas pasiones y explotarlas en provecho de sus propagandas malsanas. Y nosotros nada de esto podemos hacer. Es preciso pues obrar, aliviar la situación del pueblo, darle pan, defender sus intereses, es decir, es necesaria la Acción Social Católica. Por lo mismo sostengo que, dadas nuestras circunstancias no podemos sin un milagro salvar al pueblo si prescindimos de la Acción Social Católica.

Pero como no todo el clero lo entiende así y como nosotros mismos no estamos de acuerdo acerca de la campaña que debemos emprender contra el Socialismo, es sumamente provechoso que nos pongamos de acuerdo y que persuadamos a nuestro clero de la necesidad de la Acción Social Cristiana y le demos orientaciones fijas y convenientes, y que nosotros mismos trabajemos en esa acción salvadora con celo siempre creciente.

Por tanto, venerables hermanos, propongo humilde y respetuosamente que nos reunamos a tratar este asunto, ya que la Providencia ha querido congregar a tantos obispos en esta ciudad.

México, 17 de junio de 1914

Miguel, Obispo de Zacatecas [Rúbrica

 



1  Se trascribe un mecanoescrito depositado en el Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara, Sección Obispos, Caja 12, Exp. 33/1914. Contextualiza este documento el artículo “Noticias, en su centenario de la Semana Social Mexicana en Zacatecas, Arquidiócesis de Guadalajara”, de Francisco Barbosa Guzmán, publicada en este Boletín, en septiembre del 2012, Año vi, No 9, pp. 597-608. Acerca del autor, lo más completo hasta ahora escrito en torno suyo es la tesis de maestría en historia “En olor de santidad”. Miguel M. de la Mora (1874-1930), Biografía crítica y la conformación de una devoción en el México posrevolucionario, de Jesús Alfaro Saldaña, disponible en la red.



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