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Memorias del Padre Gálvez (2ª Parte).

Leopoldo Gálvez Díaz

Los párrafos que siguen describen el ambiente del Seminario Conciliar de Guadalajara en los meses previos al desastre que trajeron consigo los movimientos armados que dieron al traste, en el Estado de Jalisco y en la Arquidiócesis de Guadalajara, con la relativa armonía que prevaleció entre la Iglesia y el Estado durante la dilatada gestión del Presidente Porfirio Díaz y durante la fugaz del Presidente Francisco Ignacio Madero

 

Perseverancia vocacional

 

¿La vida? Si regular para el común de los labriegos, pero para este Gálvez algo azarosa y oscura todavía ¿Y la novia? Sí. Ya sería tal vez bueno pensar en ello. Pero, padre de mi alma, yo pienso en otras cosas (Quomodo fiet istud…?)1 Quiero… quisiera aprender más, por lo pronto, y después, si fuera posible que halle mi campo, es capaz que me cuadre ser sacerdote.

            Ah que usted, Leopoldo, ni me lo cuente. También yo lo quisiera, se lo aseguro.

            Y me dejó entrever su gusto interior por aquella confesión que le hice.

            El padre Cortés tenía buen corazón, con miras muy altas, pero era padre pobre. Pasó su vida en El Valle, sin segundos pantalones, sin un caballo, siquiera para andar la inmensidad que comprende todavía aquella jurisdicción; sin ayuda de nadie, ni estímulos eclesiásticos de ribete. Lo plantaron allí los superiores, en aquel suelo bello pero ingrata gente. Llegó todavía jovencito, pero aquel medio hostil debió oprimirlo. La población liberal y protestante y los fieles insensibles e incultos le arruinaron su celo. Más aún: sin agradecimientos siquiera de boca de la Sagrada Mitra que uno dijera, pues en una ocasión que un señor arzobispo pasó visita en Mazamitla, dejó un auto referente al padre Valle que decía: “Me parece que el padre Vicario es muy joven y no debe estar solo”. Sin embargo, allí siguió el padre por años y años, hasta que se acordaron de él y lo removieron.

Ora lo verá, Leopoldo, crea que vamos a hacer algo, me anunció el padre Cortés, y me mantuvo las esperanzas por algún tiempo.

Luego, cuando el padre Silva vino a sus vacaciones, hablaron los dos de mí:

Leopoldo Gálvez, ranchero con ambiciones, tal vez buena vocación. Hagamos algo por él.

Y discurrieron y discurrimos que me fuera a Guadalajara o a Zacatecas para preparar las cosas. Algo problemático y malicioso, porque lo de “Zacatecas” y las “preparaciones” no me gustaban.

En un año te vistes. Los libros, a ver cómo. Y a esperar lo que Dios diga.

Como que no, como que sí, le dijeron a mi padre para que me permitiera venir a Guadalajara, dizque a trabajar. Y con estas luces y aquellas otras conseguí quehacer de mozo con don Francisco Muñoz (Hidalgo 1069), que había sido hacía poco Gobernador de Sonora.2 Mis entenderes serían varios: cuidar y ordeñar tres o cuatro vacas. Llevar y traer del centro a sus niños de escuela, calle abajo, hasta la de Pavo. Traer el mandado y regar las plantas; cuidar la puerta cuando ellos comían y esperar a los señores si salían de noche, por todo lo cual me darían alimentos y 8 pesos en efectivo cada mes.

Todo iba bien un mes, dos, tres. Por ahí a los cuatro cobré el sueldito y me lo dieron sin regateos: 32 pesos. Me compré zapatos, pantalones, cobija y, echando trazas, en otros cuatro meses, de aquí al año me planto en el Colegio. Con zapatos de tres pesos y saquito de dril y un sombrero de fieltro corriente, requetemeadmiten. Yo hallé todavía entre los alumnos externos del Seminario algunos que calzaban guaraches dobles.

Cuando a los ocho meses volví a cobrar mi mesada, que me van saliendo con malas noticias: “¿Cuál sueldito, mi amigo? Creo que se lo he pagado con puntualidad”. Y como don Francisco me vería sorprendido, siguió explicándome:

¿Qué no cobraste tú mediante Juan Gálvez, tu tío, tu tutor o intermediario responsable?

No, señor. Hasta esta fecha yo no sabía nada.

Pues sábetelo todo. Tu tío recibió estos meses tu salario

Y así fue la verdad. Por ahí a la vuelta vivía el tío Socorro Arceo y con él trabajaba de cochero mi tío Juan Gálvez. Por la mañana, según eso, le ordeñaba unas vacas a don Abraham Gallardo, que vivía por Hidalgo, junto a mi domicilio, y como los vecinos si son vaqueros se conocen, y como los parientes suelen buscarse y reconocerse, se dicen de tú y se envalentinan de comunismo para tracalearse el dinerito.

De la extrañeza me puse triste. De la mala jugada me dio coraje, y del desconsuelo me volví flojo, es decir, sin ganas, y resolví dejarlo, yéndome a otro barrio. ¡Qué hago, Padre Dios de mi alma! ¡Mírame, Diosito santo, sin estado, sin estudios y sin porvenir (yo pensaba el “porvenir” como garantía de vida, como un seguro personal, la carrera y la esposa, que es como si dijéramos un patrimonio, es decir, la fe, la esperanza y la caridad). Y ya que hice oración, corrí al Seminario, a ver qué pensaba el padre Che Silva.

¡Que ya te saliste! ¡Que ya te vas! No corras, Leopoldo. ¿Luego no eres hombre? Acuérdate qué dijimos. No te rajes. Sabías que esta lucha era pesada y aceptaste. Estarás golpeado, pero no vencido. Lo bueno es que viniste. Puede que te dé la mano. Ora verás. Y sin creer ya nada en los “ora verás”, me detuve un día, dos…

¿Ves allá abajo aquella torre alta? Es el templo de San José de Gracia. Allí, a su lado, está la Casa del Colegio Menor. Diles que vas a la clase, que yo te mando.

 

Como oyente en el Seminario Menor

 

Era el mes de febrero de 1912. Habían ya transcurridos tres meses del inicio del curso escolar y yo con mi embajada:

Que un clérigo del Seminario Mayor me manda por aquí, a ver si asisto a clases…

Sí, dijo el padre prefecto, don Casimiro López. Chávez Silva y su pupilo deben estar chiflados. Bueno. Pasa. Asiste a las clases. No le hace que participes como mero espectador.

El padre Silva me proveyó de libros: gramática latina, que él ya había estudiado; su Historia de México y su Cronología, Historia Sagrada, Catecismo del P. Ripalda y no sé qué más. Me arregló también que durmiera en el Seminario Mayor, en el entresuelo del lado norte, y que me dieran en su cocina de comer. Y siguió ayudándome con sus oportunas exhortaciones, al fin que yo prestaba mi voluntad.

Leopoldo ¿cómo te ha ido? ¿crees que pasarás el año?

Sí, yo creo que sí. Dios suele hacer maravillas.

Pégatele a un santo fuerte, no te quiero un padre picho.

El padre Agustín Ch. Silva no era una maravilla en cuanto a sabiduría, pero sabía meter ánimo. Ya que se vio en funciones de director espiritual, lo sacaba a uno de apuros. Nuestro Señor se lo llevó “virgen”, porque no lo alcanzaron los desencantos, ni las persecuciones ni los feos escándalos. Murió en San Julián, Jalisco, en cumplimiento de su deber, víctima de la fiebre española de 1918.

Como me veían entrar y salir al Colegio Mayor siendo yo apenas un latinista, comenzaron los moradores del Gran Seminario a bordar consejas sobre mi persona: “Bueno, bueno, ¿y este rancherote quién es?, ¿un patán entre los padres?” Y me saludaban y se me arrimaban con curiosidad.

Nada, padre Ramírez. Soy de veras un ranchero “aspirante”. Estoy aquí de favor y de pasada, causa de los apuros. Usted sabrá, uno de bruja. Pero si en algo le soy útil…

Ahora que ya supe todo, me presento ante el minimista. Soy el Padre Director de la Escuela Nocturna que queda aquí abajo y que sostiene la Sociedad de San Vicente de Paul. Soy capellán de Coro en la Catedral y sirvo, además, en La Inmaculada. En la Escuela Nocturna quieren un auxiliar y me parece que si quisieras podrías desempeñar ese cargo, una clasecita de una hora, sencilla, como para obreros, como para niños. Y te ganarás unos cuantos pesos, ocho duros al mes. Será buena ayudadita, si aceptas. Tú me dices.

Ganarle a mi cuerpo su tortilla ¿cómo no había de ser bueno? Lo mismo que ganaba en la casa de Muñoz, y de pilón aprendiendo “cositas” en el Seminario. La hora de plantón con los obreros es capaz que sea un apostolado, y esos ocho pesitos me dan servicio.

Sí, padre. Acepto. Presénteme usted.

Y seguí sus cursos mientras subsistió allí la Escuela, dos o tres años más, entre 1913 y 14.

Y a todo esto, yo nada les dije a mis padres. Sabían, eso sí, que su hijo Leopoldo estaba en la capital, trabajando y ganando dinero para ayudarles. Fue mi papá con el padre Cortés a informarse, y le dieron esta razón: el muchacho está trabajando para ganar sus estudios. Se metió al Seminario. Ése es su domicilio. Vamos a lamentarlo, seguramente, pero es que entretanto no se reciba, Leopoldo no podrá ayudarlos, al contrario, y cumpliendo su encargo, les pongo en conocimiento que lo ayuden ustedes conforme puedan. Creo que sus abuelos Díaz Rodríguez son capaces de hacerlo. Su tío don Zenón Gudiño dice que lo ayuda…

Y mi padre se la comería pensando: “Bueno. Mis suegros y el concuño que lo ayuden, están riquitos. ¿Yo qué más hago? Resignarme a que Leopoldo no me dé servicio”. La verdad de los hechos fue así: nadie nunca me ayudó con nada para mis estudios. Esos señores parientes, tan ponderados mientras yo estudiaba, se dieron ínfulas de buenos protectores míos ante la gente, ante los padres Cortés y Silva y hasta con mis pobres padres, pero aunque sí pudieron haberlo hecho y no obstante sus dichos, nunca me ayudaron ni con palabras. Digo mal: sí me ayudaron, pero a pasar vergüenzas, como lo diré.

 

Tropiezos y dificultades

 

En esa época de mi formación eclesiástica, cuando me sentía más pobre acudía sin remedio con el padre Agustín: “Padre, me pasa esto. Padre, présteme un peso. Consiéntame otra vez. Mire, padre mío, la cuota fulana, el Corpus del Seminario, los Ejercicios Espirituales, este libro, acá el doctor… Présteme 3 pesos”.

Sí, Leopoldo, lo sé. Toma 2 pesos.

Padrecito, si no soy pesado, ajústeme tres pesos.

Con mucho gusto. Tómalos. ¿Necesitas más?

Era buen ranchero el padre, y socorrido en casa, más que quien esto escribe. Mas acá usó de reservas, pues lo seguí molestando. A poco me desairaba, poniéndome las trancas. Hasta que un día, más conciso, me dijo:

Quiero platicar contigo sin que te asustes. ¿En qué te gastas tanto dinero? Yo, que ya estudio “Mayores” no llego a eso. Respóndeme.

Me dio coraje, sentí vergüenza, creí caerme. Pero como no me sentí ligado, reaccioné pronto y le respondí:

¿Cuál dinero, padre mío? ¿Cuánto dinero se le hace a usted mucho? Yo no manejo grandes cantidades.

-Te lo digo: ocho pesos de la Escuela Nocturna, dos pesos de ayudarle la Misa al canónigo De la Torre; la mesada que te da tu tío Zenón y lo que te manda don Tiburcito, lo que por ahí consigues y lo que a mí me pides, que bien son cien pesos.

¿Así está eso? Pues aunque lo desmienta, preciso es desenredarnos. Sepa su merced que a mí nadie me ayuda si no es usted. Con ese piquito que luego me presta y se lo devuelvo en dos o tres meses, como a usted le consta.

¡No me lo escondas, por Dios! No te conozco por mentiroso. Don Zenón Gudiño, tu señor tío, y don Tiburcio Díaz, tu abuelo, son muy buenos caballeros. Ellos me lo aseguraban. ¿Qué tanteas?

¿Qué más podía responder al padrecito Agustín? Pero mejor fue así, dejarla de ese tamaño. Si él tenía en tan buen concepto a mis parientes, sería inútil contradecirlo. Seguramente llegó a creer que opté por callarme por ser culpable. Cuando le dan a uno donde más le duele a veces nos quedamos sin habla. Sin embargo, se escapó de mis labios lo mejor que pude haber dicho:

Padre Agustín, ya ve que sí, pues no. ¿Ya ve usted plaza? Pues no hay (los toros). Me hacía falta saber lo que ahora sé. Y así quedamos.

 

En el Seminario Mayor 

 

Me recibió en el Seminario Menor el señor diácono José Garibi Rivera, en funciones de secretario del padre prefecto, don Casimiro López. Mi maestro de primer año de latín fue el padre don Amando J. de Alba, que murió en 1945 siendo canónigo magistral del Cabildo Eclesiástico de Guadalajara.

            En el Colegio había ciertas costumbres, muchacherías con los novatos; dizque “bautizándolos” más o menos los “oficiantes”, pero por lo general displicentes los “bautizados”. Y por más que uno lo sepa y aunque busque escaparse y aunque lo esté uno esperando siempre con desagrado, lo cogen por sorpresa. A mí me bautizaron en plena capilla y en día de fiesta, quebrándome encima un foco viejo lleno de agua y diciéndome muchos el convenido remoquete: “Don Pancho Madero, don Pancho Madero”. Y un condiscípulo mío, Juan García P., fue mi padrino de farsa, o sea, el atrevido que ejecutó la “ceremonia”.

            Quién sabe qué parecido me hallarían los compañeros con el Presidente don Francisco Madero. Por chaparrito, decían unos; por los mostachos bien tupidos que yo llevaba, pensarían otros, y por lo idealista y lideresco, dijeron todos. Por lo que haya sido, estuvimos de moda esos años el señor Madero en toda la República y en el Seminario de Guadalajara su pobre alumno, Leopoldo Gálvez, alias “Don Pancho”. Y los que más propagaron el sobrenombre fueron mis profesores en Mayores, que ni supe cómo llegó hasta ellos la noticia: “A ver, don Madero, siga usted leyendo” (P. Retolaza). “El que sigue. Don Pancho, favor de decirnos la lección de ayer” (P.A.R.). “Resuélvales, Maderito, su opinión es buena” (P. Vicente M. Camacho). “Oiga, don Madero” (Prof. C. Guillén).

            Por fortuna, decía yo, ese ruido me hace bien. A ver si se desvía el interés que tengan por decirme “Madero”. Y el dicho ruido era éste: tuvimos de compañero aquel curso de 1912 a un muchachote inhóspito, ya talludo él y lépero sin par; malcriado, superdesaseado y flojo que no había más. Gente imposible y que nomás de verlo nos causaba náuseas. Que lo habían traído al Seminario como último recurso familiar, no a ver si se corregía, sino a ver si se moderaba. Cómo sería que no exagero si digo que las diez plagas de Egipto se cumplían en él.

Aunque el muchachote nos tenía hartos, todos le temíamos y a todos encamorraba. Majaderías sin fin salían de su boca, irreverencias gordas con el padre Amando, hasta que en cierta ocasión rebasó la medida, agotó la paciencia del padre profesor, que lo expulsó del aula: “Sálgase de aquí, fulano”. “Que no me salgo”. “Que se salga, le ordeno”. “No me salgo, le digo. Que se salga su … madre”. “Favor de salirse, o me salgo yo”. “Como mejor le arme”. Y el pillo no se salió, pero sí el padre Amando. Fue aquello tan insólito que a todos nos indignó. El colmo de la injuria y lo dañoso del episodio fue que aquel endiablado joven, haciendo gestos deshonestos y murmurando más palabrotas se puso a fumar como si nada.

Hubiéramos querido hacerlo pedazos y por el número lo habríamos podido, pero bien conocíamos las fuerzas de aquel gigantón y su talante decidido y repulsivo sin fin. Estábamos paralizados de veras, de miedo, de hipnosis, de impresión mágica. Yo siquiera protesté con palabras:  

Incapaz él. Mírenlo, mírenlo. Y se quedó muy pechitieso (como si dijéramos tan fresco, tan aseñorado, tan sereno, tan sin pendientes como si fueran nada las penas que causa).

Los muchachos pescaron al vuelo la frasecita pechitieso y la repitieron tanto que la palabreja quedó consagrada en el Colegio, y ella y su autor hicieron época ese año en los patios, en los salones, en los paseos, entre el profesorado y hasta en la calle.

Oye, Pechitieso. ¿Cómo te va, Pechitieso? Dime esto, Pechitieso.

El padre Amando se gozaba en recordármelo: “¿Cómo se quedó, Galvitos?” “Sí, padre, muy pechitieso”.

Cuando llegamos a teólogos, como ya sabíamos sincopar, ya era yo el Padre Peches. Y como salía a colación un padre Pesch,3 pues siguió la función. Si los alumnos iban a examinarse, allí salía Peches.

Pero, por Dios ¿Te animas? ¿No te da temor? Tan flojo que andas, tan serio que es eso.

¿Por qué me dicen luego Peches? Peches lo hace y pasa el año. Yo voy a lo Peches, a ver si acaso.

Luego que salía algo “gacho” o se oían estrépitos, me lo cargaban.

Debió ser Peches. ¿Qué traerá Peches? ¡Ah, qué Peches!

Si comían golosinas o si algo les dolía, luego se acordaban:

Nos falta Peches. ¿Dónde está Peches? ¡Llámenlo a Peches!

¿Se extraviaban los libros? Luego luego lo resolvían:

No se apuren, Peches lo sabe.

Si los reprobaban, si los castigaban, si los despedían, si se morían, de todo salía yo fiador, de todo era yo la causa, de todo me hacían culpable:

Lo pechestesiaron. Fue un pechestesiazo. Fue culpa de Peches. Eso huele a Peches. Quéjense a Peches. ¡Jesús, María y José! Por ahí anda Peches.

En ese primer año en el Seminario me saqué la lotería, pero no la de plata, sino el gustazo de que en los exámenes me hayan aprobado y sin envidias ni celos ningunos, aprobación al derecho, legítima, como los hombres, y al “espectador”.

 

Otros recuerdos más de 1912 fueron los siguientes: que se murió el Señor Arzobispo doctor y licenciado don José de Jesús Ortiz. Que sobrevino el desastre marítimo del Titanic, buque lujosísimo, el 14 de abril, en que se originó el S.O.S., letras consagradas para pedir auxilio, sea en el mar, sea en el aire. Y por último, los temblores que asustaron tanto a los tapatíos desde el día 8 de mayo a septiembre 1°.

 

La vísperas del alzamiento carrancista

 

En 1913 volví al Colegio como alumno de iure. Al segundo año de latín, teniendo como maestro al padre don Martín Quintero. Ameno, persuasivo, apostólico, su clase de historia general era algo interesante. Nos enseñó a rezar en griego, idioma que tal vez dominaba, y nos persuadía de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Es ahora canónigo de la Catedral y no sé qué presuma del barniz romano. En este segundo curso del bachillerato me enseñé de veras a ayudar la misa de este modo:

-Leopoldo, tienes por delante otra oportunidad, me anunció el padre Silva. Vas a ir desde mañana a la calle de Alcalde, y le ayudas la misa al señor canónigo don Juan N. de la Torre. Es algo tempranito, pero tú no te rajes. Dijo que dará 2 pesos al mes.

Y lo hice con empeño esa vez y durante años. Yendo adelante, se informó de mí

-Dime ¿y fuiste allá? ¿Aprendiste el rezado? -Sí, padre, creo que sí (después de una temporada y a fuerza de corregirme el viejito santo:

-Mira, Leopoldo, cuando me ayudes, no respondas en plural: “misereatur vestri”. Di, entonces, al Confiteor, “misereatur tui, misereatur tui, misereatur tui”. Será bueno que aquí te quedes.

-Como usted mande

-Riégales las macetas a mis hermanas y que te den desayuno.

Me mandó poner foco en mi cuartito y me ordenó algo más:

-Hazles sus mandaditos pero no por eso descuides tus clases.

Fue así como vine a suplir en funciones a otro estudiante que vivió con ellos hasta que lo mandaron a Roma, es ahora el M. I. Sr. canónigo Dr. don Benjamín Ruelas.

En las vacaciones de ese año vi a mi padre por última vez. Sus ‘pecados’ políticos lo traían en jaque y fueron su ruina. Así es la política, caprichosa. Si luchando en sus filas ganamos, somos héroes; y si en el trajín de la lucha perdemos, nos sacrifican.

Mi señor padre simpatizaba con Espartaco y cuando fue el momento, se sumó al maderismo. Una cosa limpia y santa, no un amor de relumbrón, sino adhesión fiel a aquellos principios. Don Francisco I. Madero fue para mi padre la encarnación del bien, el idealista inmenso que él soñara en su mente. En él veía la justicia, la victoria, todas las esperanzas de México, patriotismo, desprendimiento, valor civil, honradez y cariño al pueblo. Lo que en él echaba de menos y lo que anhelaba y aun anhelamos sus hijos pobres: la cosecha de favores públicos que en bien del pueblo traería su régimen. Pero ¡matarlo así! Como lo hicieron los militares traidores, sin consideración ninguna a su rango de Presidente constitucional en pleno ejercicio de sus funciones cívicas, sin respeto tampoco a su persona consagrada por el voto nacional, su honradez y vida limpia de crímenes era no solamente un delito punible sino un atroz magnicidio. Y cuando así esos hombres culpables avergonzaban a la conciencia social y a la humanidad era preciso castigarlos y vengar a las víctimas.

Un gobernador de Estado pensó como él y se pronunció en Saltillo. Don Venustiano Carranza recogía la herencia –decían- de los ideales maderistas y se encargaría de pelear sus conquistas. Mi padre dijo: “Me pongo de este lado y juego mi suerte. Ahora seré ‘revolucionario constitucionalista’. Esta es la legalidad”. Él no vio las defecciones, no pensó en mixtificaciones, no alcanzó las felonías y traiciones subsiguientes, no sintió la burla que padecemos los mexicanos actuales, hijos o descendientes de revolucionarios sinceros. Cumplió su deber como Dios le dio a entender.

Sonora se puso también en son de guerra. Sus parientes Gálvez de aquella frontera (J. Cruz Gálvez y Jesús Gálvez) se unían al movimiento reivindicador pro maderista. Se entusiasmó el pobrecito y proclamó en su región el constitucionalismo.

Lo vi yo en la serranía en aquella ocasión y aunque ya me latía los riesgos inminentes en que andábamos, bendije sus esperanzas y generosidad. Debía ponerlo en guardia contra celadas y responsabilidades. Tenía una patria, sí, pero igualmente una familia. Y me respondió:

-Hijo, tú me has dicho que si a escoger vamos, la patria está primero. Y el caso es éste. Yo estoy creyendo que estas firmes palabras lo justifican: justicia  y redención. Tú sigue tus libros, reza por tu padre.

Apenas llegué a la casa y me aprehendieron los federales, soldados macuches y remolones, que le sacaban a los rifles y se lucían llevándose a los muchachos, yéndose a lo más fácil y evitando a los insurgentes. Me pasearon por los cerros a su antojo. Me mostraron en los ranchos como bandido. Y me bajaron a Jiquilpan como uno de los rebeldes, hijo de los pronunciados constitucionalistas.

Luego que estuve ante el jefe de armas, dizque jefe político también y capitán de rurales, don Francisco Jiménez, me encargó dar razón precisa de mi padre si no quería que se vengara en mí: “Estudiantito tal. Chulos estudios andas haciendo. Bonitas vacaciones como resultado. Ya lo verás. Y zámpenlo en la cárcel por este día”.

En la prisión y yo tamañito por lo que siguiera. A mi papá, que ya lo esperaban pepenar pronto y yo que me sentía en capilla. Casi al mes me sacaron dizque a una diligencia con el jefe de armas: “Conque sí, estudiantito. Se me va a la escuela sin dilación, óigalo bien, sin espera ninguna. Cuidado y vuelva a ir al rancho. ¿Me oyó? ¿Me entendió? Y como a mi madre eso mismo le ordenaron cuando suplicaba por mí, me urgió ella también en tal sentido: “Sí, hijo, sí. Cuando te pongan libre, te vas lueguito. ¿No vez que tu padre corre peligro?”

Vino luego el escarmiento de los huertistas, matando a mi padre valiéndose del soborno y la vil traición. Pena cruel e inútil porque venía ya triunfando arrolladoramente el constitucionalismo. ‘Verdugo’ escarmiento que nos dejó huérfanos a los ocho hijos Gálvez. Ese capitán Jiménez que llevó en su conciencia el sacrificio de mi padre, dizque era su amigo y viejo conocido; fue su amo en diversas ocasiones, su superior jerárquico cuando sirvió mi padre con los Rurales en Guaracha; casado él con una mujer Gálvez, etcétera. Uno supone según reglas humanas que la pasada amistad nos merece respeto y consideraciones. Un “mira, Chema, vete. Quiero salvarte. Pues no, su amigo y su amo y superior ordenó cuando así le convino: “Mátenlo. Dios lo perdone, Dios nos perdone”.

Y vean lo que son las cosas. Apenas exhibieron su cuerpo en las Casas Reales y lo sepultaron en el panteón, llegaron a Jiquilpan las tropas de Eugenio Zúñiga, de Tlajomulco, con las que se dio de alta un joven de aquel lugar que se llamaba Lázaro Cárdenas del Río, según me lo refirió Marcelo Rodríguez, que iba de soldado en esa brigada.

Mi padre murió por algo. Su ‘algo querido’ que él nos decía. Murió el buen hombre por eso que han llamado ‘la Revolución’, pero la ‘Revolución’ no nos dio nunca nada. Nada nos da todavía. Mi padre y todos sus mártires pensaron para nosotros toda clase de bienes, alegrías y comodidades para su clase media. Bendiciones y anchuras después de la brega, de las lágrimas, de las vigilias. ¡Y si ellos lo vieran! Ni sus hijos del alma salimos de parias, ni esa ‘clase media’ se ha rescatado, ni el pobre país ve aun las bendiciones por ninguna parte. Y si no ¿cuándo sacudió México sus feos modales? ¿Cuándo se ha hecho digno de sus ‘redentores’? ¿Cuándo? Los mexicanos siguen como ayer: pendencieros y tracaleros, miserables y en la miseria, igual de caprichudos e ignorantes; soñadores y fracasados, ¿buscando qué, siguiendo a quién? Las quiméricas ‘conquistas’ de la Revolución que nomás gozan unos, el uno por mil. Venturas que los más no conocemos, no digamos palparlas o poseerlas. Bondades revolucionarias que con los mejores y los capaces nunca llegan tampoco. Los de segunda seguimos igual, y nuestros ‘apóstoles idealistas’ perdidos y nulificados lastimosamente.

Mi profesor de tercer año fue el padre don Domingo Solórzano, que nos impartió métrica latina y griego de fondo. A mi maestro Solórzano me lo hallé en Ocotlán de señor cura cuando yo fui de vicario a Zula (1930). Párroco generoso y comprensivo, bueno con sus colaboradores, no me amargó con hieles, no me quedó a deber, no me molestó en nada, no me persiguió con odios.

 

 



1 Quomodo fiet istud, quoniam virum non cognosco? —¿De qué modo se hará esto si no conozco varón? (Luc., I, 34. N. del E.).

2 En realidad, sólo fue vice gobernador, al lado de Rafael Izábal, entre 1907 y 1911, coincidiendo esta gestión con la reprimida huelga de Cananea, para lo que mucho se prestó Izábal, y con los ataques inferidos a los indios mayos, seris y yaquis. Antes, fungió como Secretario particular y de Gobierno de un cacique local, el general Luis Emeterio Torres, promotor como el que más de la expulsión y despojo de tierra de los yaquis.

3 Se refiere al jesuita C. Pesch, autor de un Compendio de Teología dogmática (N. del E.).



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