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Palabras de apertura y de clausura

de la Asamblea Pastoral Provincial de Guadalajara.

Homilía de la Misa de Acción de Gracias.

+José Francisco Card. Robles Ortega

Del 10 al 12 de junio del año en curso de 2015 tuvo lugar la primera Asamblea Pastoral de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara. Su esencia, finalidad y perspectivas las desglosan las intervenciones del señor Arzobispo en ella, que aquí se trascriben,

precedidas de una breve crónica del acto.

El miércoles 10 de junio, la Casa de Oración Nazaret que atienden las Religiosas Siervas de Jesús Sacramentado en el municipio de Ixtlahuacán de los Membrillos, Jalisco, acogió a los delegados de la arquidiócesis de Guadalajara y de las diócesis de Colima, Tepic, Aguascalientes, Autlán, San Juan de los Lagos, Ciudad Guzmán y de la Prelatura de Jesús María del Nayar: ciento cincuenta y siete personas. Junto con el Metropolitano, estuvieron presentes todos los obispos de las diócesis sufragáneas: don Marcelino Hernández Rodríguez, don Luis Artemio Flores Calzada, don José María de la Torre Martín, don Gonzalo Galván Castillo, don Felipe Salazar Villagrana, don Braulio Rafael León Villegas y fray José de Jesús González Hernández, OFM, respectivamente. El secretario de la Provincia, presbítero Maurilio Martínez Tamayo, dio la introducción de los motivos y fundamentos de la convocatoria. El mensaje de apertura se trascribe luego de esta introducción. El Departamento de Estudios Históricos de la Arquidiócesis ofreció la participación de cinco de sus integrantes; al día siguiente se presentó el panel Restituir el tejido social desde la familia y los temas “Líneas de formación en el Magisterio del Papa Francisco”, “Panorama de la inseguridad y violencia en nuestra región”, “Acción de la Iglesia en favor de una auténtica paz” y “Procesos de paz en nuestras Diócesis: desafíos y respuestas posibles a situaciones concretas”. Las conclusiones y los compromisos se presentaron el viernes 12. La Asamblea fue clausurada con una misa solemne en la Catedral Metropolitana, a las 17 horas. Durante ella, el Coro de la UNIVA, bajo la dirección del maestro Juan Ángel Morelos Romero, cantó la Misa de la Asunción, compuesta para esa basílica en 1948 por monseñor Licinio Refice.

Palabras de bienvenida

Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.

(Mt. 16,18-19)

Señores obispos, señores presbíteros, delegados y representantes de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara para esta Asamblea:

¡Qué contundencia! ¡Qué reto! ¡Qué desafío tan categórico el que Nuestro Señor Jesucristo echó encima de los hombros de Simón, hijo de Jonás, delegándole nada menos que una potestad que Él recibió de su Padre, el Creador eterno!

            El título de “roca” con el que trasmuta el nombre original del pescador de Galilea le pertenece a Él, según se lo aplica alguna vez discutiendo con los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo judío: Él es la piedra principal desdeñada por los constructores (Mt. 21-42). La decisión de transferirlo a favor de quien en lo sucesivo se llamará Pedro, encargándole que sea el fundamento de la fe evangélica de la Iglesia, encierra un reto desmesurado. ¿Alguien mejor que Jesús conocía los alcances y los límites de un hombre tan arrebatado como impulsivo, tan intenso como medroso? Y, si lo sabía, ¿por qué darle tamaña atribución? Cristo mismo lo explica: por haber sido Pedro el primero en confesar su fe en “Cristo, Hijo de Dios Vivo” (Mt. 16,16) y esto por revelación directa del Padre celestial.

Ahora bien, para ser ratificado en su oficio, el Apóstol sufrirá, al filo mismo del triduo pascual, el bochorno de su defección, lavada con abundantes y amargas lágrimas, y quien tres veces negó a su Maestro otras tantas deberá ratificar en voz alta su adhesión inquebrantable al Resucitado y, una vez convertido, apacentar a las ovejas, o sea, apacentar en la fe a los hermanos, signándolos con la presencia del Espíritu Santo (Lc. 22,32). Tal fue y sigue siendo la cualidad esencial del ministerio petrino.

Una de sus manifestaciones concretas consiste en organizar las iglesias particulares en Provincias Eclesiásticas, adjudicando a su cabeza, el Arzobispo metropolitano, la tarea de confirmar en la fe, en el amor y en la unidad el “camino de la sinodalidad”, según palabras del Papa Francisco, hasta alcanzar la comunión, que las más de las veces consiste en “unirse en las diferencias”.

“El palio –dijo recientemente el Santo Padre a los que lo recibieron de sus manos–, al ser signo de la comunión con el Obispo de Roma, con la Iglesia universal, con el Sínodo de los Obispos, supone también para cada uno de vosotros el compromiso de ser instrumentos de comunión”.[1] Hace menos de un año y en circunstancias similares, exhortó enérgicamente a los nuevos arzobispos a evitar refugios distintos a la sola confianza en Dios, así se trate de la cercanía con “los que tienen poder en este mundo” o de esa especie de “orgullo que busca gratificaciones y reconocimientos”.[2]

Con humildad y confianza, cosechando los frutos de un Año Jubilar por el aniversario 150 del nacimiento de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara, mis hermanos obispos de Colima, Tepic, Aguascalientes, Autlán, San Juan de los Lagos y Ciudad Guzmán, el prelado de Jesús María del Nayar y yo, acogimos la propuesta que derivó en esta primera Asamblea Pastoral Provincial para reanimar con ella un proceso de evangelización y conversión que en lo sucesivo nos permita articular esfuerzos y acordar compromisos comunes.

La arquidiócesis, en sus orígenes, fue una instancia administrativa de la antigua Roma; hoy designa a una sede episcopal a la que otras diócesis reconocen como metropolitana, formando todas ellas una Provincia Eclesiástica. Tal configuración ya era vigente al tiempo de celebrarse el primero de los concilios ecuménicos de la historia, el de Nicea, en el año 325, y dio pie en los siglos subsecuentes a copiosas y ejemplares asambleas que mucho aportaron al campo de la doctrina y de la disciplina eclesiástica. En esta parte del mundo, por ejemplo, los tres concilios provinciales mexicanos celebrados entre 1555 y 1585 permitieron crecer, desarrollarse y dar frutos abundantes a la cepa sembrada por los misioneros en la fase preliminar de la evangelización del Nuevo Mundo.

Del Concilio de Trento al vigente Código de Derecho Canónico, el sentido jurídico y pastoral de las Provincias Eclesiásticas quedó constreñido a dos aspectos muy puntuales: “promover una acción pastoral común en varias diócesis vecinas, según las circunstancias de las personas y de los lugares”, y fomentar “de manera más adecuada las recíprocas relaciones entre los Obispos diocesanos”.[3]

Ésa y no otra es la meta que nos congrega hoy y los días sucesivos en esta primera Asamblea Provincial Pastoral de la Arquidiócesis de Guadalajara. Somos conscientes de que estamos abriendo una brecha para nosotros nueva, no así en otros lugares, como la hermana Arquidiócesis de Puebla que hace unos meses, en octubre del 2014, sostuvo su quinta reunión de esta índole, formato gracias al cual es posible incluir y unir a los miembros de la jerarquía y del clero con religiosos y fieles laicos de ambos sexos, en un rico cruce de puntos de vista, deliberaciones y matices.

El objetivo de esta primera Asamblea es muy claro: potenciar los frutos del Año Jubilar recuperando el pasado, profundizando el presente y proyectando el futuro, para descubrir las líneas pastorales más atingentes que plantean los desafíos de la Misión Continental, la familia, la formación y la inseguridad y la violencia, y tal será la dinámica de los días que siguen: rescatar el fruto de un siglo y medio de experiencia de fe en una región muy característica de México, el legado de dos Concilios Provinciales Guadalajarenses, el de 1897 y el de 1954, y muchas vicisitudes que ahora podemos revisar de forma imparcial y objetiva, sin sentirnos víctimas o culpables: me refiero a las azarosas circunstancias que desligaron jurídicamente, de una vez y para siempre, a la Iglesia en México del poder temporal.

Cuando nos asomamos a las páginas de la historia no dejan de sorprendernos las atribuciones que llegaron a tener los representantes laicos del poder civil, llámense el emperador, el rey, los príncipes, los gobernantes. Pero tal estupor podría haber causado a nuestros antepasados el clericalismo que hoy debemos conjurar de nuestras actividades pastorales, conscientes que de no actuar con la debida energía corremos el riesgo de quedarnos al margen del vertiginoso proceso social de nuestro tiempo, marcado en los últimos 20 años por la revolución electrónica de los medios de comunicación.

Ninguno de los aquí presentes desconocemos que la historia de la Iglesia en México nació cuando el altar y el trono estaban inextricablemente unidos, al grado que el rey podía actuar en sus dominios como vicario del Papa en las cuestiones temporales de la Iglesia. Fue el Emperador Carlos v quien solicitó al Papa Pablo iii la creación del obispado Compostelano, que luego pasó a llamarse de Guadalajara, y él y sus descendientes quienes presentaron a los romanos pontífices a los obispos que gobernarían esta Iglesia durante dos y medio siglos. Decretos reales autorizaron entre nosotros la fundación de conventos y monasterios, de seminarios conciliares, universidades y colegios, hospitales y casas de misericordia. Las leyes civiles tutelaban la religión de Estado, cuya confesionalidad aparecía a todos como uno de los bastiones naturales y necesarios de la armonía social.

El siglo xix se empeñó en reemplazar tal esquema, y la Iglesia, forzada por las circunstancias las más de las veces, debió no sólo renunciar a fueros y privilegios, sino incluso hasta a sus derechos más elementales, y fue perseguida y sañudamente vilipendiada.

Condensando los hechos que marcaron desde el nacimiento de esta Provincia Eclesiástica el 17 de marzo de 1864 hasta nuestros días, podríamos quedarnos con estas notas: un fuerte compromiso a favor de la educación católica y de la acción social de los fieles laicos entre 1871 y 1914; una resistencia pasiva y activa con un empeño valiente y heroico hasta el testimonio martirial en defensa de la libertad religiosa de este año hasta el de 1940, y de entonces a nuestros días, un bloque largo de 75 años, dos terceras partes del cual –hasta 1992– estuvo marcado por la persistencia en las páginas de la Constitución de una agresiva legislación anticlerical, suavizada por una relación, llamémosla así, “nicodémica” entre la Iglesia y el Estado, que después de ese último año va siendo de respetuosa y deslindada separación entre dos esferas que nadie quiere volver a uncir al mismo yugo, pero tampoco enfrentar o polarizar, toda vez que un cristiano que se precie de serlo no puede menos que ser un ciudadano honesto y responsable, como lo recuerda el apóstol Pablo en su carta a Timoteo.[4]

Acabamos de vivir una contienda electoral que supuso, al menos en el ámbito de esta Provincia Eclesiástica, un paso más hacia la democratización de la sociedad, que según lo dijimos los obispos no hace mucho, debe transitar ya de la representación a la participación responsable y solidaria.[5] Los resultados de las urnas anticipan el deseo pujante de muchos mexicanos que siguen esperando y confiando en los cambios estructurales que tanto urgen para alcanzar la paz en la justicia y el bienestar social de este país, pero también los grandes retos que los católicos tenemos para tutelar y proteger a la familia natural, al matrimonio y a la procreación, no menos que a la educación católica de los niños, adolescentes y jóvenes, caminando al filo de la navaja entre quienes se resisten a entender la diferencia entre la sana laicidad y el laicismo reacio a todo lo que implique sentido de trascendencia.

Pidiendo a Dios nuestro Padre, que nos ha salvado mediante la Sangre redentora de su Hijo, que nos regale en abundancia estos días la presencia de su Espíritu, e imitando el ejemplo de María para proclamar la grandeza del Señor y llenarnos de alegría en nuestro Salvador, que sin mérito de nuestra parte nos ha elegido para que seamos comunicadores de sus dones a favor de nuestros hermanos, doy por inaugurada la Primera Asamblea Pastoral de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara.

Palabras de clausura

Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.

(Act.1,14)

Señores obispos, presbíteros, religiosas y religiosos, hermanas y hermanos:

 

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos conserva el hermoso testimonio que acaban ustedes de escuchar: entre la Ascensión del Señor y la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés, el pequeño grupo de los discípulos del Resucitado: los apóstoles, los hermanos –varones y mujeres, aclara el texto–, junto con María y los parientes del Señor, “perseveraban” en la oración, con un mismo espíritu. Tales fueron, al filo del nacimiento de la Iglesia, y lo siguen siendo por siempre, los platos de la balanza donde descendieron los dones del Paráclito: oración perseverante y comunión fraterna.

Imitando su ejemplo, los agentes de pastoral de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara que hemos vivido el Pentecostés de estos últimos tres días, nos hemos saciado con la plegaria, el encuentro y la convivencia; hemos permitido que nos evangelice el testimonio de tantos hermanos y hermanas con los que hemos coincidido en este remanso de paz y de oración que ha hospedado a los participantes de la Primera Asamblea Pastoral de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara con tanta satisfacción, casi como para hacer eco a la petición de Pedro en el Tabor: “¡Señor, qué bien estamos aquí!”

La presencia y el interés de todos ustedes han sido el fruto más destacado de nuestra Asamblea. Desde el primer momento, el entusiasmo se apoderó de quienes fuimos concientes de estar inaugurando un camino de largo aliento, una manera de ser Iglesia en el que la corresponsabilidad solidaria es tan sólo uno de los dones de la presencia del Espíritu Santo, como lo son también la paz interior, el gozo espiritual, la piedad y el amor de Dios.

¿Qué hemos sembrado en estas jornadas? Memoria, gratitud y esperanza. Hace unos días, el Papa Francisco sintetizaba estos anhelos en una entrevista concedida al periódico La Voz del Pueblo (25.05.2015): “Hay tres cosas que tenemos que tener todos en la vida: memoria, capacidad de ver el presente y utopía para el futuro”.

¿Qué trajimos a esta Asamblea y qué nos llevamos? Trajimos gozo y nos llevamos esperanza. Lo primero, porque una efeméride sesquicentenaria nos permitió sentir la unión y la fuerza de una dimensión pastoral que queremos en lo sucesivo potenciar y encauzar. Lo segundo, porque la experiencia aquí iniciada dará a los Vicarios de Pastoral de la Provincia materia para comenzar tal vez un Consejo Permanente de esta Asamblea, de modo que en un tiempo prudente nos ofrezcan a los obispos una herramienta gracias a la cual podamos atender de la mejor forma los desafíos y retos que se ventilaron en este foro a propósito de la familia, de la formación, de la seguridad y la paz.

Un reconocimiento a los que hicieron posible esta Asamblea Pastoral. Todos hemos sido testigos de la eficiencia, calidad y responsabilidad del equipo de animación pastoral de la Provincia. Del gran interés de mis hermanos obispos de la Provincia, que junto con algunos de los miembros de su presbiterio y laicado dimos una muestra de esa koinonía que es la mejor imagen de la comunión eclesial y de los vínculos que ella genera; la Secretaría General de la Provincia y el Comité para los Festejos por el aniversario 150 del nacimiento de la Provincia hicieron lo suyo. Mis reconocimientos a todos.

Aunque estas palabras mías concluyen los trabajos de esta Asamblea, la corona de todo será la misa solemne esta tarde en la Catedral, donde se renovará la consagración de la Provincia al único que por derecho propio es Señor y Juez de la Historia, y a Él quiero dedicar una postrera reflexión.

¿Qué tiene Jesús de Nazaret como para que los cristianos pretendamos presentarlo nada menos que como camino, verdad y vida? Tiene el Reino, el poder y la gloria. ¡Ah! Pero su reino no es de este mundo. Mejor dicho, poco tiene que ver con los reinos que fabrica este mundo. El reinado de Cristo es fraternidad, reconciliación, misericordia, perdón, justicia y, como fruto de todo esto, paz. El poder, en los labios de Cristo, nada tiene de dominación, sino, en el sentido más directo y limpio del término, es capacidad para hacer algo, es más, de hacerlo todo: abolir la muerte y sus efectos, expulsar al príncipe de este mundo, redimir la naturaleza humana caída, y luego de eso, siempre con Él, por Él y con Él, compartirnos su gloria, la que recibió de su Padre y que dejó para compartir nuestras miserias, transformarlas, y una vez rehechas, devolverlas al Creador con una plenitud superior a la que tuvo nuestro linaje al tiempo de la Creación.

Al que ignora quién es Cristo y qué ofrece al hombre de todos los tiempos, digámosle a voz en cuello: es el amor de Dios que nos sale al paso para compartirnos su intimidad, curar nuestras heridas, dignificar nuestra conducta y enseñarnos a vencer el miedo a darlo todo por el solo gusto de hacerlo.

¿Y de nuestra especie quién recibió anticipadamente los saludables efectos que aquí he aludido sino la doncella de Nazaret? ¡Con razón, profetizando lo que hoy haremos, pudo exclamar ante Isabel: “Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones”. Acordes con esto, después de reverenciar al Hijo, digámosle a María, como la madre del Bautista: “Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte de Dios”. Gracias a todos.

Homilía durante la Misa de Acción de Gracias

Éste es el día del Señor, éste es el tiempo de la misericordia

Salmo 123

Venerables hermanos en el Episcopado,

queridos hijos sacerdotes, próvidos colaboradores de la misión evangelizadora,

hermanas y hermanos consagrados,

agentes todos de pastoral,

Pueblo Santo de Dios:

La conmemoración jubilar por el aniversario 150 de la creación de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara que hemos celebrado llenos de esperanza pastoral y que concluimos con anhelos de amplio horizonte evangelizador y decidido compromiso apostólico en esta Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús se yergue como verdadero tiempo de gracia, mediante la cual el Señor Jesús, Supremo Pastor de las almas, nos ha brindado la oportunidad de vivir eclesialmente una profunda experiencia de comunión y participación entre los obispos y los agentes de pastoral de esta porción del pueblo de Dios, para que toda su acción misionera, su empeño y vitalidad, sean dirigidos a la instauración del Reino de Dios en las comunidades diocesanas que la conforman.

La Provincia Eclesiástica de Guadalajara ha sido fraguada en la mística de la Cruz. En primer lugar porque tuvo, como contexto histórico previo inmediato, la declaración y reglamentación de las Leyes de Reforma en el marco del régimen anticlerical juarista, y en segundo lugar, porque al cabo de sus primeras cinco décadas fue admirablemente consolidada por la sangre de los mártires mexicanos, que al grito oblativo de “Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe” dejaron caer en tierra el trigo de la propia existencia para el florecimiento del Reino de Dios y en honor a la fecundidad del Evangelio en nuestra Patria.

En la marcha histórica y el desarrollo pastoral de esta Provincia no debemos olvidar la celebración de los Concilios Provinciales de 1897 y 1954, intermediados en 1938 por la celebración del i Sínodo Arquidiocesano. Además, y con toda justicia, traemos a la memoria la celebración del i Congreso Eucarístico Nacional en 1906 y del glorioso Año Mariano de 1954.

Cada uno de estos acontecimientos eclesiales delinearon el rumbo pastoral de la Provincia y constituyeron, con las riquezas y limitaciones propias de su tiempo, esfuerzos concretos de renovación eclesial e innovación evangelizadora en nuestra Provincia. A este caudal histórico de salvación se une, en continuidad pastoral, el presente Año Jubilar por los 150 años de creación de la Provincia.

En comunión y participación hemos reflexionado, bajo la luz del Espíritu Santo, sobre la compleja, vertiginosa y desafiante realidad pastoral que nos interpela seriamente y nos reta a buscar con audacia nuevos caminos en la acción evangelizadora con el fin de asumir tal realidad, iluminarla y transformarla con fuerza de la Palabra perenne del Evangelio.

Fruto de este discernimiento pastoral ha sido la detección de los desafíos pastorales y la propuesta de las líneas comunes de acción que en torno a los temas urgentes de la familia, la formación integral del discípulo misionero y de la paz, se han elaborado en la reciente Asamblea Pastoral de la Provincia. Desafíos pastorales y líneas comunes de acción que al ser integradas e implementadas en el proceso pastoral de cada una de nuestras diócesis, serán un instrumento privilegiado de comunión y un signo eficaz de unidad en respuesta a la situación actual de nuestra Provincia.

Con el impulso del Espíritu de Dios, maravillosamente manifestado en la Asamblea Pastoral, nuestra memoria histórica se concientiza y nuestra acción pastoral se renueva. El discernimiento pastoral de los múltiples factores históricos de esta ya prolongada época de cambio caracterizada por la explosión de las generaciones natodigitales nos plantea grandes retos pastorales que hemos de atender si queremos ser fieles al mandato misionero que de Cristo hemos recibido.

Nos hemos preguntado, entre otras cuestiones pastorales, cómo responder ante la pérdida progresiva del sentido cristiano del matrimonio y la familia, con sus graves y erosionantes consecuencias para la Iglesia y la sociedad; cómo articular y vincular todas las fuerzas pastorales para implementar una nueva evangelización en favor de la familia, cómo enfrentar la inaplazable urgencia de una formación integral del discípulo misionero que logre, a partir del encuentro vivo con Cristo, la configuración con Él, y cómo encaminar hacia la paz a una sociedad alejada de Dios y plagada de violencia; cómo hacer que cada creyente, desde la familia, respete el absoluto valor de la dignidad de la persona y la vida humana; en fin, cómo generar procesos familiares y sociales de construcción de la paz a la luz del Evangelio. Éstas son algunas de las preguntas. Y cuál será la respuesta.

Escuchemos lo que nos ha dicho hoy el profeta Oseas: “Mi corazón se conmueve dentro de mí y se inflama toda mi compasión” (11,8). Sí, son la misericordia de Dios y su compasión las que nos asisten ante los grandes desafíos. Es su corazón, su Sagrado Corazón, el que se conmueve y su misericordia la que se inflama ante las diversas situaciones pastorales que nos interpelan, y es su misma misericordia la que conduce, sostiene e impulsa nuestro esfuerzo pastoral para responder ante cada carencia y vacío. Si bien estos desafíos nos reclaman una entrega generosa, sería un error entender la respuesta a cada uno de ellos como una heroica tarea personal, “ya que la obra es ante todo de Él”.[6] Para responder a cada uno de los retos, para implementar cada una de las líneas, “en cualquier forma de evangelización, el primado es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su Espíritu”.[7]

Sólo así, en dócil y comprometida colaboración con el impulso de su Espíritu, se gestará la renovación de la vida y acción pastoral de nuestra Provincia en sus estructuras, agentes y métodos.

Por otra parte, San Pablo nos ha dicho en su carta a los Efesios: “A mí… se me ha dado en gracia anunciar a los paganos la incalculable riqueza que hay en Cristo, y dar a conocer a todos cómo va cumpliéndose este designio de salvación. Así… podrán comprender con todo el pueblo de Dios la anchura y la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo” (Ef. 3, 9-15).

Ante la realidad pastoral que nos interpela, éste es el anuncio renovado que hemos de ofrecer permanentemente a los creyentes,[8] el anuncio del inquebrantable amor de Dios manifestado en Cristo muerto y resucitado.[9] ¡Es fundamentalmente el anuncio del kerigma! La proclamación del señorío y del amor de Cristo en nuestra vida. ¡Ciertamente el amor todo lo renueva, y máxime el amor divino! “Cristo es el Evangelio eterno (Ap. 14, 6) y es el mismo ayer y hoy y para siempre (Hb. 13, 8), su riqueza y su hermosura son inagotables. Él es siempre joven y fuente constante de novedad”.[10] Él siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad y, aunque quizá nuestra Provincia atraviese épocas oscuras y debilidades eclesiales, la propuesta cristiana nunca envejece.[11]

Desde aquí se plantea el gran reto pastoral englobante y su correspondiente línea de acción: cada vez que intentemos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio brotarán nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado que respondan a las situaciones del mundo actual.[12]

Hemos de convencernos que la verdadera novedad en la acción evangelizadora y misionera “es la que Dios mismo misteriosamente quiere producir, la que Él inspira, la que Él provoca, la que Él orienta y acompaña de mil maneras”.[13] Recordémoslo, “es Dios quien hace crecer” (1Co 3,7). Esta convicción nos permite, como Provincia, conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que empeña nuestra acción pastoral por entero. El Señor nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo. La entrega generosa y oblativa de cada uno de los agentes de Pastoral, “desde los obispos hasta el más sencillo y desconocido de los servicios eclesiales”,[14] constituye la mejor respuesta personal y eclesial a la misión evangelizadora que se nos ha encomendado. Llevémosla a cabo con plena confianza en el Señor Jesús, que nos conduce bajo el impulso de su Espíritu hacia la casa del Padre, y no olvidemos la insoslayable y decidida entrega que se exige de cada uno de nosotros: sólo así se construirá el Reino de Dios en esta amada Provincia.

Encomendamos este nuevo impulso evangelizador de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara a la maternal intercesión de la Santísima Virgen María y a la protección de los Beatos y Santos Mártires de Cristo Rey para que sea Dios mismo quien lleve a buen término la obra que Él mismo ha confiado en nuestras manos.



[1] Homilía en la capilla papal de la Solemnidad de san Pedro y san Pablo del 2013.

[2] Homilía en la capilla papal de la Solemnidad de san Pedro y san Pablo del 2014.

[3] C. 431.

[4] 1 Tm. 2,1-4.

[5] Mensaje de los Obispos de México del 12 de noviembre del 2014.

[6] Evangelii Gaudium (en lo sucesivo EG) núm. 12.

[7] Id.

[8] EG, 11.

[9] Id.

[10] EG, 11.

[11] Id.

[12] Id.

[13] EG, 12.

[14] EG, 76.



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