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El renacimiento de la Iglesia en México

luego de las Leyes de Reforma

+ José Francisco Card. Robles Ortega

Conferencia del arzobispo de Guadalajara, leída ante su presbiterio en el Templo Expiatorio de Guadalajara el 18 de junio del 2014, en el marco del iv Congrego Eucarístico Diocesano, incrustado dentro de las celebraciones por el aniversario 150 del nacimiento de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara.

Si recordar es vivir, el motivo que hoy nos congrega bajo las bóvedas de este recinto, nos da la ocasión de vivir y recordar la vida nueva que Cristo comunicó al mundo con su muerte y resurrección gloriosa, de la que es prenda y memorial la Eucaristía, y el recuerdo de aquéllos de quienes heredamos una responsabilidad que a su tiempo transferiremos a otros: “Haced esto como memorial mío” (I Cor. 11,25).

Tengamos en cuenta, sin embargo, que

la orden de repetir la Eucaristía no equivale a la recomendación de mantener vivo el recuerdo de Jesús, sino de realizar con Él la salvación. Y en ese recuerdo actualizante están implicados necesariamente Dios y la Iglesia. El memorial no es, por tanto, para Dios o para la Iglesia, sino de la Iglesia ante Dios.[1]

Bastaría echar un vistazo al ámbito que hoy nos acoge para cerciorarnos de lo que acabo de afirmar: cada piedra, moldura, haces de columnas, vitrales, bóvedas, atrapan la voluntad férrea de esos antecesores nuestros que hace 120 años supieron responder a su tiempo edificando lo que la furia y el vendaval habían reducido a escombros tres décadas antes. Hubieran podido paralizarse en el dolor, la amargura y el llanto, pero eligieron convertir en acicate lo que para sus opositores fue una derrota.

            Si un monumento caracteriza y representa a Guadalajara ciudad y a Guadalajara obispado es su catedral. Pero obligados a elegir otro para referirnos a esta Iglesia particular después de su elevación al rango de sede metropolitana, ninguno mejor que este templo Expiatorio, en cuya edificación se invirtieron cien años de labores, los más difíciles y enconados, para llevar a feliz término un proyecto como este, pero también los más providenciales si de tomarle el pulso a la fe del pueblo se trata.

            Comparando el Año Jubilar y el iv Congreso Eucarístico Diocesano, que engastan la efeméride sesquicentenaria de la Iglesia guadalajarense, con los platos de una balanza en equilibrio cuyo fiel es Cristo, Príncipe de la Paz, les propongo que reflexionemos en el significado que este tiempo de gracia ha tenido para el hoy de nuestra misión evangelizadora.

            Nuestra arquidiócesis fue creada el 26 de enero de 1863, en un tiempo en el que los obispos de México padecían injusto destierro, y nació jurídicamente a la vuelta de unos meses, el 17 de marzo del año siguiente, a la par que casi se duplicaban las Iglesias particulares en el país. ¿Se debió ello a un capricho, a una situación fortuita, a un accidente? Desde la fe, tal cosa no es posible. Estamos en las manos de Dios y es Él quien guía nuestros pasos a donde más nos conviene. Permítaseme, pues, evocar en tres momentos, de medio siglo cada uno, lo que he llamado en el título de esta conferencia “el renacimiento de la Iglesia en Guadalajara”.

1.    Ver con los ojos del Padre. Un motivo para recordar. 1864-1914

 

Según se vea el vaso medio lleno o medio vacío, la Arquidiócesis de Guadalajara nació en el mejor o en el peor momento de su historia. Los pesimistas se inclinarán a lo primero. El desastre que se produjo en México no mucho después de su emancipación de España dejó a la Iglesia sin el yugo de un sistema de gobierno que incluía a las estructuras eclesiásticas como parte de su trama, pero también a merced de nóveles aspirantes a ejercer el patronato que sobre la Iglesia tuvo el monarca español, sin las motivaciones prístinas de tal encomienda y sí, en cambio, con ávidos deseos de ejercer un control indebido sobre ella en lo relativo a la presentación de candidatos a las sedes episcopales, la creación de nuevas diócesis y otros asuntos netamente intraeclesiales. Desastrosa fue la fractura producida a la par del nacimiento del Imperio mexicano en 1821, y muchos efectos perniciosos sobrevinieron luego: gobiernos erráticos, luchas fratricidas, falta de armonía social.

            En lo que a la Iglesia respecta hubo, por ejemplo, un trienio, entre 1829 y 1831, en el que no quedó un solo obispo en todo el país, y cuando pudieron dotarse las sedes vacantes ya se había producido una irreversible pugna de la cual derivaron dos secuelas nefastas para las instituciones eclesiásticas: el desaliento de la vida consagrada en el país y la falta de concordia entre los católicos, que en este momento jurídicamente lo eran todos los mexicanos sin excepción, por un argumento que ahora nos resulta insuficiente: el estado mexicano era confesional.

            Insuficiente, porque del adjetivo “católico” se sirvieron los contendientes en la liza pública para mezclar en sus reyertas a la Iglesia y a no pocos de sus agentes pastorales, para decirlo en términos contemporáneos, los cuales se mezclaron en esto y en aquello de la vida pública, al grado que nos sorprenderíamos si tuviéramos un listado de los miembros del clero y de la vida religiosa que tomaron parte activa en los debates en torno a la definición de un rumbo propio en el naciente Estado. Cito únicamente a dos muy característicos: los presbíteros Miguel Ramos Arizpe y José María Luis Mora, “Padre del Federalismo” el uno y “Padre del liberalismo mexicano” el otro, masones ambos, más político el primero que el segundo y más ideólogo el segundo que el primero. Aquél falleció ocupando una canonjía en el Cabildo de Puebla; éste, en la apostasía, luego de haberse convertido al protestantismo y no sin antes haber forjado los argumentos legales que servirán para desmantelar el patrimonio de las corporaciones eclesiásticas en México.

            ¿Y la evangelización y la catequesis en este tiempo? No exageramos diciendo que se encontraban abandonadas a su suerte: los obispos eran pocos y con circunscripciones imposibles de recorrer; el clero, escaso y remontado; los religiosos, cada día menos y faltos de entendimiento entre sí y con los obispos. El pueblo fiel, religioso y devoto, pero desalentado, materialista y dejándose llevar por la inercia social; sirviendo sus jóvenes de carne de cañón para las levas organizadas por los caudillos para incrementar la inseguridad, o reventando de cansancio en labores muy fatigosas y mal retribuidas. Una patria esencialmente injusta, de poquísimos pudientes, infinidad de depauperados, y en medio de todos, entre la espada y la pared, la Iglesia, obligada ya por unos o ya por otros a derivar algo de sus recursos al servicio de esta confusión, toda vez que a su cargo estaban entonces educar a la niñez y a la juventud y remediar las necesidades asistenciales del pueblo.

            Entre 1855 y 1863 el bando liberal produjo un torrente legislativo con el firme y deliberado propósito de confinar a la Iglesia a funciones meramente espirituales según ellos lo entendían: intimista, etéreas, subjetivas, del fuero interno, rituales, litúrgicas, confesionales, metidas en su ámbito, no más allá de los muros de los templos.

            Entre 1857 y 60 una sangrienta guerra –como lo son todas, pero ésta especialmente sañuda– dejó a México entre dos potencias: los Estados Unidos, que quince años antes habían despojado al país de más de la mitad de su territorio, y Francia, cuyas pretensiones imperiales le llevaron a financiar una desastrosa intervención, de la que muy poco obtuvo, para sostener el breve mandato de un príncipe con buenas intenciones pero nula sagacidad política.

            La decisión del gobierno juarista de desterrar a casi la totalidad de los obispos de México en 1861 dejó a la Iglesia sin interlocutores y a los liberales con el ánimo de reciclar la estructura eclesiástica, reemplazando con los de ellos los signos que ésta erigió en su tiempo. Como setenta y más años antes había ya sucedido en Europa, la tarea de nuestros reformadores consistió en borrar de la fisonomía de las ciudades y pueblos todo lo que oliera a catolicismo –que no necesariamente a cristianismo, advirtámoslo–: rebautizar las calles, componer un calendario cívico nacionalista, controlar el sonido de las campanas y muchas cosas más de este jaez.

            Se abolió la confesionalidad del Estado, pero no se dio la separación entre éste y la Iglesia como tantas veces se ha dicho, pues se fortaleció una suerte de presidencialismo que en la práctica terminó siendo una monarquía republicana cuatrienal que, valiéndose del derecho positivo, se fue adjudicando facultades y atribuciones ilimitadas en lo tocante a la vida pública. Viendo a la Iglesia como un monolito, pretendieron estos caudillos acabar con ella privándola de sus derechos, liquidando su patrimonio, suprimiendo los conventos y monasterios, prohibiendo los votos religiosos y negándole el permiso de educar dentro de un sistema escolarizado.

            Pero tal criba sirvió, en cambio, para azarandar la hojarasca de una herencia corporativa incómoda, lo que produjo, en contraparte, una gradual y sana autonomía de dos esferas que cohabitaron durante mucho tiempo y ahora debían vivir separadas, todo lo cual atisbó en su camino al destierro, a su paso por los Estados Unidos, el último obispo y primer arzobispo de esta Iglesia, don Pedro Espinosa y Dávalos.

            No exageramos si, tomando como punto de partida el año del nacimiento de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara, 1864, nos detenemos a considerar los muchos beneficios que incidieron directamente a favor de la difusión del Evangelio: se afianzó el clero nativo, que adquirió además un perfil casi netamente diocesano y derivó de ello acciones pastorales más articuladas y compactas; se fueron erigiendo nuevas diócesis, según las necesidades lo exigían, sin los tropiezos de antaño; se fueron dotando las sedes vacantes sin la injerencia de los gobiernos seculares y se multiplicaron las parroquias en toda la República.

            Las Leyes de Reforma no fueron abolidas, pero su aplicación, a partir de 1884, quedó, como lo ha señalado recientemente un historiador de la Iglesia en Guadalajara, “entre el derecho y el hecho”,[2] permitiendo a la Iglesia no sólo adaptarse a los tiempos nuevos, sino además depurar sus cuadros, libre ya de las seducciones temporales que tanto entorpecieron su desarrollo en otras épocas.

            El pontificado de casi treinta años, de 1869 a 1898, del segundo arzobispo tapatío, don Pedro Loza y Pardavé, el mismo que dio licencia y dispuso la construcción de este templo y precisamente en este lugar, la colonia Americana, condensa lo que vengo diciendo: con mano suave pero firme pudo él reconstruir por completo lo que recibió en ruinas: el Seminario Conciliar, las parroquias, los templos de la arquidiócesis (se edificaron más de cien durante su gestión), las obras sociales y de beneficencia y las escuelas parroquiales. Muy notorio fue el auge que en este tiempo tuvieron las asociaciones piadosas y de fines altruistas, como la Asociación Josefina, cuyos miembros, obligados a contribuir mensualmente con un centavo a su grupo, pudieron edificar en pocos años el suntuoso santuario de San José de Gracia; o las Conferencias de San Vicente de Paúl, que llegaron a sostener comedores públicos, dispensarios, asilos y orfelinatos dentro y fuera de la capital de Jalisco a favor de cientos de indigentes, o el Hospital del Refugio, en San Pedro Tlaquepaque. Consciente de las nuevas necesidades de su grey, monseñor Loza pidió a la Santa Sede, y obtuvo, la división de su circunscripción en dos ocasiones, para crear la de Colima (1881) y la de Tepic (1891). Aún pudo, ya colmado de años, convocar y presidir el Primer Concilio Provincial de Guadalajara, celebrado entre 1896 y 1897, consagrando esta suma de Iglesias particulares al Sagrado Corazón de Jesús y a Santa María de Guadalupe.

            Le sucedió un pastor de gestión breve, don Jacinto López y Romo, surgido de este clero y responsable del de Linares (Monterrey) durante 13 años, que murió nueve meses después de su toma de posesión, el último día del siglo xix, 31 de diciembre de 1900.

            Un renovado impulso trajo consigo la gestión episcopal de monseñor José de Jesús Ortiz y Rodríguez; fue una década durante la cual se restauró la vida consagrada en la arquidiócesis: renacieron las órdenes antiguas, incluyendo el monacato femenino, se introdujeron otras (salesianos, maristas, lasallistas), y muchas surgieron aquí desde la cuna, en este tiempo que también lo fue del catolicismo social, especialmente con los Operarios Guadalupanos y la Sociedad de Obreros Católicos; muy viva fue promoción del laicado, merced a lo cual hubo en Jalisco destacados militantes en la breve pero intensa participación en la justa democrática del Partido Católico Nacional.

            Se tuvo por este tiempo la celebración del primer Congreso Eucarístico Nacional y se estableció el periodismo católico. Florecieron las asociaciones confesionales como el Apostolado Eucarístico Expiatorio, que aquí tuvo su sede, y las Congregaciones Marianas. Fue un periodo renovador en todos los órdenes. En el artístico y educativo se inauguraron la Gran Fábrica de Órganos La Guadalupana, a pocos pasos de donde nos encontramos, la Escuela de Artes y Oficios del Espíritu Santo y la Escuela Normal Católica; en el asistencial, los asilos de La Luz, el Vicentino y de Santa Catarina; los hospitales de Nuestra Señora de Guadalupe, del Sagrado Corazón, de la Santísima Trinidad, de la Beata Margarita y el colosal proyecto de la obra de San Martín de Tours y Nuestra Señora de los Desamparados, a todo lo cual se añaden diversas Casas de Ejercicios dentro y fuera de la ciudad episcopal. Una muerte piadosa, a mediados de 1912, le ahorró a este ínclito varón los sinsabores que afligirían a la patria pocos meses después.

            Fue elegido para sucederle el Siervo de Dios Francisco Orozco y Jiménez, durante una década obispo de Chiapas, en cuyo ministerio se distinguió por su interés a favor de los indios, lo cual le granjeó la animadversión de ciertas personas que medraban con la debilidad de aquéllos, ganándose un apodo que hoy le honra: “el Obispo Chamula”. Arribó a Guadalajara el 9 de febrero de 1913 y desde el primer instante actuó con la energía y la conciencia de la grave responsabilidad que pesaba sobre sus hombros: retomar el legado de los pastores que le precedieron y apacentar una grey ávida de recibir el consuelo y la gracia de los sacramentos. Joven entre los miembros de su Cabildo Eclesiástico (tenía 48 años en ese momento), no dudó en presentar como cartas credenciales la potestad de la que estaba investido, y sus subordinados lo asumieron sin mayores complicaciones. Paradójicamente, será el gobierno del estado, mejor dicho, los militantes de un liberalismo anticlerical, los que orillen al gobernador de entonces, José López Portillo y Rojas, a exigirle al arzobispo una mesura que él no rompió; pero llevó a cabo un acto público en las calles de la ciudad al cual se dio una resonancia mayúscula en los primeros días de 1914, a consecuencia de lo cual monseñor Orozco debió trasladarse a México, iniciando con ese viaje el primero de sus cinco destierros, como se les ha llamado en recuerdo de los que padeció san Atanasio, pero que en el caso del pastor de Guadalajara exacto sería decir que fueron dos exilios voluntarios y tres impuestos por el gobierno.

2.    Juzgar con los criterios del Hijo. Una ocasión para reflexionar. 1914-1964

Dos persecuciones religiosas ha soportado la Iglesia en Guadalajara. La primera, de 1856 a 1863, fue de corte jacobino, anticlerical y anticatólico. La segunda, de 1914 a 1940, tuvo también estas notas, pero además ribetes de anticristiana y antirreligiosidad. En Guadalajara todo comenzó el 8 de julio de 1914, día en el que entraron triunfantes los caudillos aglutinados por el Plan de Guadalupe, lanzado por el exgobernador de Coahuila Venustiano Carranza en contra del régimen del presidente Victoriano Huerta. Esgrimiendo acusaciones nunca probadas, los carrancistas dieron por cierto que la Iglesia y los obispos, no menos que los militantes del Partido Católico Nacional, habían respaldado y sostenido a Huerta, supuesto que ellos usaron para imponer prácticas de terror entre los miembros del clero y de los institutos de vida consagrada. A partir de esa fecha, el carrancismo se dio a la tarea de confiscar todos los bienes patrimoniales de la Iglesia, e incautó en Jalisco muchos templos, el Seminario, la casa episcopal, los colegios y asilos católicos, las demás obras de la Iglesia y todos los bienes raíces que mediante testaferros poseían las corporaciones religiosas.

            El gobernador militar Manuel M. Diéguez nunca ocultó su repudio a la Iglesia. En la adolescencia estudió en el Seminario Conciliar; un pariente y homónimo suyo formaba parte del clero de Guadalajara; si tuvo motivos personales para detestar esos antecedentes, nunca los dio a conocer. En lo que no vaciló mientras ejerció el poder fue en mantener una postura coherente con este principio: someter a la Iglesia a las decisiones del gobierno.

            Ése fue el marco en el que hizo la ofrenda de la vida el primero de los mártires mexicanos del siglo xx, san David Galván; también donde se forjó una nueva generación de católicos de gallarda figura: Anacleto González Flores, Miguel Gómez Loza, Luis Padilla Gómez, Agustín Yáñez, Antonio Gómez Robledo. Los primeros morirán en la raya. Los dos últimos se incorporarán a la vida pública, quedándoles de su experiencia juvenil una huella indeleble.

            ¿Qué pasó en la Arquidiócesis durante este tiempo calamitoso? Que el catolicismo social de los primeros 14 años del siglo pasado debió metamorfosearse en resistencia pasiva frente al anticlericalismo estatista de los siguientes dos lustros, y en resistencia activa entre 1926 y 29, para terminar alineándose a una situación dolorosa e incómoda durante toda la cuarta década del siglo pasado: clandestinidad y catacumbas para la vida de la fe fuera de los templos.

            Fueron años pavorosos para todos, aun para quienes se veían obligados a obedecer órdenes superiores en contra de su conciencia, a renunciar a sus principios por un pequeño beneficio material en tiempos de carestía. La nueva Constitución, promulgada en 1917 agudizó el conflicto entre la Iglesia y el Estado, pues en 1873 Sebastián Lerdo de Tejada había elevado a rango constitucional las Leyes de Reforma, y los legisladores del 17 le prohibieron a la Iglesia educar a la niñez y profesar votos sagrados, se nacionalizaron absolutamente todos sus bienes raíces y el menaje de sus templos, se le negó vida jurídica y al clero se le impusieron restricciones, tantas como para desanimar al más esforzado a optar por ese camino de vida.

            Sin embargo, ése era sólo el principio. Entre 1921 y 1926 el gobierno persiguió a los sacerdotes, religiosos y religiosas, desterró a los obispos, solapó e indujo un atentado para destruir la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe y redujo a escombros el monumento a Cristo Rey en Silao, Guanajuato.

            Y todavía faltaba lo peor. A mediados de 1926, el presidente Plutarco Elías Calles asumió la responsabilidad histórica de convertir en delito federal las infracciones a los artículos anticlericales de la Constitución, y a principios de 1927, la de dar curso a la iniciativa de ley para reglamentar el artículo 130, cuya aplicación taxativa impedía la existencia de la Iglesia en México y orillaba a los obispos de México, con la venia de la Santa Sede, a suspender el culto público en todos los templos del país mientras no se derogaran estas normas, lo que forzó a su clero a administrar los sacramentos fuera de los únicos lugares donde las normas civiles lo consentían, y al pueblo a creer que el gobierno prohibía la misa y quería confiscar los templos.

            En tal marco, muchos sacerdotes buscaron refugio en el extranjero. Los más se concentraron en las capitales, subsistiendo del modo que les fue posible. Los menos permanecieron en sus destinos, pero en la clandestinidad, arriesgando a cada paso la vida, llegando algunos incluso a ofrendarla, entre los cuales hoy honramos a un grupo de esforzados con el título de mártires, aunque muchos más lo hayan sido de forma incruenta, incluyendo a muchos elementos del pueblo sencillo y abnegado que en reiteradas ocasiones sufrieron represalias terribles por cuenta de quien debía brindarles protección: el ejército federal.

            Fue una época negra, en la que el sectarismo se cebó contra el pueblo, en absoluta oposición a la voluntad popular. Tiempo de pruebas durísimas. Pero también de actos heroicos, la mayor parte de los cuales sólo los supo Dios.

            Después de la tempestad viene la calma. Pero en nuestro caso, siguió lloviendo a raudales, no obstante el ventajoso y parcial modus vivendi de junio de 1929, en el cual los representantes del episcopado, don Leopoldo Ruiz y Flores y don Pascual Díaz Barreto, y el presidente interino de México, Emilio Portes Gil, pactaron unos “arreglos” para la reapertura del culto, negociando, incluso, el destierro del arzobispo de Guadalajara a cambio de un cese de hostilidades que nunca llegó ni para ellos, ni para la Iglesia, ni para los católicos que se alistaron en la resistencia activa en contra del callismo y luego fueron asesinados a mansalva o exiliados de su terruño.

            El radicalismo en contra de la Iglesia caracterizó a los gobiernos federal y estatal de los años 30. Se puso en vigor el artículo 3º de la Constitución con el adjetivo “socialista” de la educación impartida por el Estado; se insertó en los planes de estudio, de forma provocadora, la llamada educación sexual, que no pasaba de ser información reproductiva. Se dejó obrar en las entidades federativas a mandatarios tan radicales en contra de la religión como Francisco J. Múgica en Michoacán, Adalberto Tejeda en Veracruz y Tomás Garrido Canabal en Tabasco, célebre éste porque dispuso la demolición de casi todos los templos del estado, la destrucción de casi todas las imágenes sagradas, y adicionó el código civil del estado con un artículo donde señalaba que para ser ministro de culto en esa entidad se necesitaba ser mexicano de nacimiento, mayor de 40 años y estar casado…

            Y no obstante todo ello, la vida de la fe se depuraba. Entre los consuelos recibidos por los obispos, su clero y fieles, estuvieron las palabras de aliento del Papa Pío xi, que en un lapso breve, de 1926 a 1937, dedicó al tema de la persecución religiosa en México dos cartas apostólicas (Paterna sane y Firmissimam constantiam) y dos encíclicas (Iniquis aflictisque y Acerva animi), así como un discurso, magisterio todo en el que advertimos el antes y el después de la Acción Católica, término muy querido para el Pontífice, y escalinata usada por los obispos del país en los años venideros –a partir de 1930– para dar al apostolado de los laicos una dimensión nueva e insospechada, involucrándolo en la evangelización y en la catequesis, en la doctrina social de la Iglesia y en obras de solidaridad y de justicia; fue también, paradójicamente, una primavera de candidatos al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada, de decantación de los cuadros eclesiásticos y de un colegio episcopal abnegado, ejemplar, celoso de su ministerio.

            Paradigmático fue el testimonio de monseñor Orozco y Jiménez: su férrea voluntad de permanecer entre los suyos viviendo a salto de mata, de mantenerse al margen de la resistencia activa pero sin condenarla, de no creer oportuno entablar un diálogo con los representantes de un gobierno que hizo de la ley un ariete para aniquilar o al menos someter a la Iglesia a sus presiones y que era incapaz de comprometerse con sinceridad a ningún acuerdo serio. Fue una era de mártires y de santos, de abnegación y heroísmo, de apostolado de los laicos y de finiquito absoluto de cualquier mezcla de aspiración mundana que aún pudiese quedar en pie entre los aspirantes al estado eclesiástico o a la vida religiosa.

            ¿Cómo se sostuvo, si no, el Seminario de Guadalajara en todos estos años? Se cumplen cien años de la incautación de su tercera sede, que fue transformada en cuartel, oficio que tuvo hasta fechas muy recientes. Su valioso ajuar científico y bibliográfico se redujo a basura. Se prohibió su existencia y se le persiguió de forma tenaz y digna de mejor causa. Dos de sus alumnos, el minorista Andrés Galindo y el diácono Miguel Flores de la Cruz, ofrendaron su vida de forma cruenta en tal marco. La policía secreta y los inspectores de educación se dedicaron a sorprenderlos in flagranti crimine, porque a la categoría de delito se rebajó la educación católica, la formación eclesiástica y religiosa, las expresiones de fe y hasta el nombre de Dios fuera de los templos.

            El bolchevismo parecía imparable y los camisas rojas de Garrido Canabal fueron el anuncio de los tiempos nuevos, de un bolchevismo a la mexicana: aclaremos que, como el liberalismo de este mismo adjetivo, estuvo aderezado con matices del todo peculiares, pues abrazaba de forma acrítica y firme los deseos del caudillo en turno o de ese ogro filantrópico que terminó siendo la “república imperial”, acre y sagazmente descrita por la literatura hispanoamericana del siglo pasado y por pensadores de la talla de Octavio Paz y Samuel Ramos.

            El avance de la guerra en Europa y la participación de los Estados Unidos en ella dieron un viraje a la conducta del gobierno respecto de la Iglesia y los católicos. Sin tocarse las leyes restrictivas de la libertad religiosa, como sucediera antes, dejaron cada día más de aplicarse –nunca lo fueron totalmente–, toda vez que, en palabras de un analista del gobierno, tal legislación anticlerical “precisamente por esa naturaleza restrictiva, cumplió su objetivo de segar de tajo el conflicto secular por la titularidad exclusiva del Estado del ejercicio del poder político”.[3] He aquí la certeza que nunca abandonó a los ideólogos del Estado-nación, apoyada en una visión ideologizada de cristiandad medieval, inexistente al segregarse de España lo que hoy es México pero viva en las diversas formas de liberalismos que en todo este tiempo mantuvieron hacia la Iglesia, sus instituciones y sus representantes una actitud desconfiada, represiva y punitiva.

            El fuego y el marro que forjaron estos tiempos nuevos permitirán, a partir de 1940, el comienzo de otra clase de relaciones entre la Iglesia y el Estado, dependientes ya no del favor del soberano y de la protección y tutela de la ley civil, ni siquiera de una sana y conveniente autonomía, pero tampoco del injurioso sometimiento que pretendió la legislación callista de 1926 a 27.

            Durante estos tiempos nuevos, el arzobispo don José Garibi Rivera, hábil gestor social, recobrará casi todos los templos clausurados por el gobierno en su arquidiócesis, promoverá la edificación de muchísimos más, restaurará el Seminario Conciliar, promoverá el primer Sínodo de Guadalajara y el primer Congreso Eucarístico, llevará a cabo el ii Concilio Provincial de esta sede, autorizará el nacimiento de las Iglesias de Autlán (1961) y de Jesús María del Nayar (1962) y sostendrá encuentros nicodémicos con los diversos actores sociales y políticos, contribuyendo a distender, en un marco de respeto y cordialidad, un diálogo que un tiempo se creyó imposible. Primer cardenal mexicano, padre conciliar en el Vaticano ii, fue el empeñoso ejecutor de la obra material del lugar donde hoy estamos, tomándolo bajo su cargo de 1929 a 1969 y dejándonos en él un modelo de coherencia evangélica respecto de los proyectos eclesiales de largo aliento, sostenidos de forma realista, paulatina y contando con el respaldo del pueblo: “Porque, ¿quién de vosotros que quiere edificar una torre no se sienta primero a calcular los gastos y ver si tiene para acabarla?” (Lc.14, 28). Es fama que monseñor Garibi en persona entregaba la raya sabatina a los albañiles del Templo Expiatorio, solventándola en buena parte gracias a las limosnas del cepo al “ánima sola de los señores sacerdotes” de la Catedral…

 

3.    Actuar bajo el impulso del Espíritu Santo. Una razón para dar gracias. 1964-2014

Los últimos cincuenta años son los nuestros. Hemos repasado el ayer con la serenidad del presente, pero nuestra época la valorarán los que vengan mañana. Sin embargo, después de esta revisión de todo un siglo, hecha a grandes zancadas, ¿encuentran ustedes materia para dar gracias a Dios? El 8 de junio de 1964, el nacimiento de un niño en Guadalajara, al que simbólicamente se le asignó el número un millón de sus habitantes, dio pie a un suceso no irrelevante: apadrinaron al recién nacido en la pila del bautismo, en la capilla del hospital de la Santísima Trinidad, el cardenal Garibi Rivera, el gobernador Francisco Medina Ascencio y el alcalde Juan Gil Preciado, dándole cada uno su nombre: Juan José Francisco. Acto elocuente de una nueva era, donde la división quedó superada por una armonía que hoy se añora…

            Aún pasarán muchos años para que las leyes intimidatorias a la libertad religiosa en México sean reemplazadas por otras más acordes con este rubro (1992). En la arquidiócesis, el impulso de los decretos del Concilio Ecuménico Vaticano ii impregnaron la gestión del arzobispo don José Salazar López, una de cuyas primeras decisiones fue separar de su territorio dos porciones para crear en 1972 las Iglesias particulares de San Juan de los Lagos y de Ciudad Guzmán. Con una visión realista y encarnada, este pastor de vida virtuosa predicó la pobreza con el ejemplo, alentó la pastoral de conjunto en las parroquias y recibió al Vicario de Cristo, san Juan Pablo ii, en su primer viaje pastoral por el mundo, en 1979.

            A su sucesor, el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, le tocó asumir el liderazgo de su investidura cardenalicia en diversos ámbitos dentro y fuera del país, convocar el Segundo Sínodo Diocesano y ver la beatificación de los mártires mexicanos. Su muerte alevosa y la incertidumbre acerca de quiénes la maquinaron constituyen un tema de justicia no resuelto.

            A nosotros nos compete ahora retomar este colosal esfuerzo colectivo, que siendo humano en su presentación, es divino en su forma, porque no descansa en las leyes de la naturaleza ni del derecho positivo, sino en la encomienda del Señor a sus discípulos el día de la Ascensión: “Id por todo el mundo, anunciad la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará”.[4]

            En el hoy de la arquidiócesis de Guadalajara encontramos una Iglesia renovada y pujante, con un presbiterio numeroso, quinientas parroquias, muchas congregaciones religiosas masculinas y femeninas, muchísimos grupos apostólicos y una pastoral de conjunto que anima la vida de la fe en sus comunidades.

            Es la arquidiócesis que encabeza una Provincia Eclesiástica que comprende los estados de Jalisco, Colima, Nayarit y Aguascalientes, así como una parte de Zacatecas, en la que encontramos un rico mosaico de expresiones de fe y respuestas pastorales.

            Una Iglesia particular que no se vanagloria de su itinerario, pero que sabe reconocer la presencia del Espíritu Santo en los diversos capítulos que han modelado su genio y figura. Un conglomerado de creyentes que anclando su fe en Cristo y en María, no teme las aguas procelosas en las que navega su barca, porque avizora el perfil señero del Maestro que le dice: “Ánimo. No tengáis miedo. ¡Soy yo!”

            Nos impele el mandato de Cristo que sirve de lema a este Congreso: “Denles ustedes de comer”,[5] pues Nuestro Señor lo da directamente a sus apóstoles, de cuyo ministerio participamos los ministros sagrados.

            Para renovar ese compromiso nos hemos reunido esta mañana en tan emblemático lugar, en el que se honra cotidiana y perpetuamente el Misterio Eucarístico, “signo de unidad, sacramento de piedad, vínculo de caridad”, en palabras de San Agustín.[6]

            Afrontamos con renovado entusiasmo los retos de la Nueva Evangelización, deseosos de ofrecer al mundo una imagen de Cristo amable, solícita, generosa, abnegada, servicial y coherente. Somos conscientes de nuestras limitaciones, de que “llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros”.[7]

            En el pluralismo religioso contemporáneo, la incredulidad de muchos, el ateísmo de otros y la postura crítica de los jóvenes reconocemos humildemente –y pedimos perdón por ello– nuestra falta de celo por la salvación de las almas, el racionalismo enquistado en nuestros ambientes, la falta de vida interior, a lo que se añaden las limitaciones y mezquindades humanas y la presencia insidiosa del Maligno, cuyo signo es la mentira, madre de la división y del cisma.

            Avizoramos tiempos nuevos, donde una cultura de la transparencia por la que clama la sociedad entronque con la civilización del amor, que sólo ofrece a plenitud la aceptación de la buena noticia de Cristo resucitado. Nuestra Iglesia de Guadalajara, tan antigua, tan rica en experiencia y en patrimonio humano, necesita evangelizadores con “olor a oveja”, para decirlo con el Papa Francisco: menos administración y más conversión pastoral y misionera, buscar primero el Reino de Dios y su justicia, que todo lo demás se nos dará por añadidura.[8]

            Elevemos, pues, nuestra voz agradecida al dador de todo bien, que nos permite hoy, a los pies de Jesucristo sacramentado, recordar con alegría y esperanza el nacimiento de la Arquidiócesis de Guadalajara. Sintámonos embajadores de muchos que no pudieron participar en esta asamblea, a los que representamos en el espíritu. Y cuando retornemos a nuestros quehaceres, hagámoslo convencidos de que Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre (Hb. 13,8).



[1] A. Ambrosiano, Nuevo diccionario de teología, t. I, A. Testamento – Mariología, Madrid, Cristiandad, 1982, p. 482.

[2] Cf. Francisco Barbosa Guzmán, “Entre el derecho y el hecho: algunas formas de eludir las Leyes de Reforma en la diócesis de Guadalajara”, en Jaime Olveda (coord.), Desamortización y laicismo, Guadalajara, Pandora, 2010, 192 pp.

[3] José Luis Lamadrid Sauza, La larga marcha de la modernidad en materia religiosa, México, Fondo de Cultura Económica, 1994, p. 31.

[4] (Mc.16,15-16)

[5]  (Lc.9,13)

[6] In Iohannis evangelium tractatus 26, 13.

[7]  (2 Cor.4,7)

[8] Evangelii Gaudium 16,17 y 79.



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