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Como semblanza del padre Luis Medina Ascencio

Luis Sandoval Godoy1

Se dan algunos apuntes del primer jalisciense doctorado en historia, que corren por cuenta de uno de sus pupilos, con las prendas literarias que adornan su producción y con la experiencia que pudo tener luego, al paso de muchos años, de la renovada presencia en Guadalajara del celebrado y muy fecundo historiador jesuita y consistente propulsor de los estudios historiográficos2

En el lenguaje familiar suele hablarse de alguien que puede decir “vida y milagros” de una persona. Quien lo diga dice una soberana mentira. Nadie es capaz de trazar el dibujo cabal y exacto de un ser humano; nadie puede abarcar cuántas y cuáles fueron o son las acciones que ha realizado en su vida.

Con tal convicción nos acercamos esta noche a la persona del padre Luis Medina Ascencio, S. J., y a un pretendido recuento de los trabajos que ha desarrollado nada más en terrenos de la historia, pues hemos de dejar a un lado ese otro anchuroso horizonte en campos de su ministerio, de su labor docente, de los matices humanos característicos: sencillez, transparencia y bondad que se derraman en su trato, en su conversación, en su actitud.

Hace diez años, en esta misma Cámara de Comercio de Guadalajara, fue otorgada al padre Medina Ascencio la Medalla de Honor 1984, presea instituida por la institución en reconocimiento de aquellos jaliscienses que han realizado una labor de servicio a la comunidad en cualquiera de los infinitos aspectos en que una persona puede servir a los demás. En esa ocasión, don Miguel Ramos Flores, presidente de la canaco, tuvo a su cargo el discurso oficial de la ceremonia que presidía el Gobernador de Jalisco, don Enrique Álvarez del Castillo.

Dijo aquella noche el director de esta Casa, tratando de contener en un haz de palabras la vida y la acción de un personaje en la significación y los relieves de la vida y la acción del padre Medina Ascencio:

Sereno al analizar los hechos, ecuánime ante las diversas corrientes de nuestra dividida historiografía nacional, agudo conocedor de los hombres destacados en la acción patria y preciso al reconocer en todos, sean de acá, sean los de allá, las luces que los hicieron brillar y las sombras que los manifestaron humanos y limitados...

El dibujo apuntó las cualidades señeras de quien ha dedicado su vida entera a trabajos de investigación del pasado; había que ir más allá, tras los rasgos personales del homenajeado de aquella noche, del homenajeado de ésta, convertido ahora en un árbol cargado de frutos, frutos que se regañan en la dulzura de las mieles que da el otoño de la vida, ramas que se doblan al peso de su espléndida cosecha.

Un repaso de los temas tratados por el padre Medina Ascencio da cuenta por sí solo de sus inquietudes, búsqueda intelectual en el pensamiento de los filósofos que dieron rumbos a la humanidad, método de los historiadores que dieron los cauces clásicos en el arte de historiar; todo ello y la preocupación por el pasado regional, por las cuestiones vitales, el punto de convulsión que ha dado origen a las borrascas de la historia nacional.

Es búsqueda febril, las horas y los días en entrega deleitosa a la consulta de papeles amarillentos, escritos que manchó el tiempo, grafía de siglos lejanos en desleído enredo de signos incomprensibles para el neófito. Qué satisfacción, cuánta regocijada vehemencia al encontrar aquel dato, descubrir aquella fecha, hallar aquel pasaje que explica la inquietante cuestión que se anduvo persiguiendo por tanto tiempo...

Horas de silencio; recogimiento del recinto, quietud del trabajo. El siglo xx en su tráfago ensordecedor no ha podido impedir que, como en el medioevo, hubiera hoy voluntades recias, vocaciones en disciplinado empeño puesto en la reconstrucción de capítulos fundamentales del pasado.

Así en el caso del padre Medina Ascencio, de quien el dirigente del comercio organizado de Guadalajara en la noche a que hemos hecho alusión, hizo notar cómo “su labor es silenciosa porque se desarrolla en el silencio de los archivos y en la quietud de su cuarto de estudio, donde analiza, interpreta, desarrolla, corrige, redacta y presenta después sus obras o artículos, folletos o libros”.

La dedicación de una vida, el gusto por la historia nació en el alma del doctor Medina Ascencio, desde la infancia en su natal Cocula, en San Miguel el Alto, o en la entonces silenciosa villa de Zapopan, cuando oía comentar a su papá, don Francisco Medina de la Torre, cuestiones de historia nacional o regional, y advertía cómo se le inflamaba el rostro al referirse a un tema polémico, o al hacer reflexionar a sus hijos en la sinrazón de infidentes maneras de interpretar o desviar un hecho histórico. Todo esto dejaba una huella firme en el alma del niño, del adolescente, y más cuando asistió al desarrollo de un trabajo de su padre en la investigación y redacción de una monografía histórica de San Miguel el Alto, a cuyo trabajo dedicó don Francisco deleitosas horas, ante la observación, el interés, la complacencia de su hijo Luis.

Lo demás ya se ha dicho: ingresó al Seminario de Guadalajara a los doce años de edad, en 1924; terminados los estudios eclesiásticos, diez años después, fue enviado al Colegio Pío Latinoamericano de Roma, donde fue ordenado sacerdote y emprendió el difícil doctorado de Historia, en la Universidad Gregoriana.

A su regreso a la patria, incorporado preferentemente a la docencia en el Seminario, se dedicó con hondura y amplitud a la investigación histórica, a lo cual supo inducir a sus alumnos que participaron con él en diversos trabajos de estudios de escala regional.

Tras ingresar a la Compañía de Jesús, luego de otros años más de estudio en la casa de los jesuitas en San Cayetano, fue destinado como maestro de Historia de la Iglesia, de Historia Universal e Historia de México al Seminario interdiocesano de Montezuma, en Nuevo México. En los años de permanencia en este lugar escribió la Historia del Seminario de Montezuma y coordinó la publicación de un delicioso compendio de trabajos de los alumnos en lo que denominó Montezuma íntimo, su escenario, su gente, su vida.

Cuando en acuerdo del episcopado mexicano fue suspendido el Seminario de Montezuma, tuvo oportunidad el padre Medina Ascencio de volver por dos años a Roma, tiempo en el cual pudo consultar detenidamente los archivos del Vaticano y proveerse de información sustancial, directa, en las fuentes donde se originaron o consignaron los hechos que tuvieron relación con la cercanía o el distanciamiento que a lo largo de históricas peripecias se han registrado entre México y la Santa Sede. En la recopilación de los testimonios habidos en esta temporada de intensa búsqueda fue alimentada la obra principal del padre Medina, obra sin igual, en tres tomos, con sus títulos: La Santa Sede y la emancipación mexicana, La Iglesia y el Estado liberal, y el tercero ansiosamente esperado, México y el Vaticano, que habrá de concluir con la información relativa a la segunda visita de Juan Pablo ii a nuestra patria.

Con todos los trabajos de investigación en los archivos de la Iglesia en la Ciudad Eterna, todavía tuvo tiempo el padre para recopilar información y dar trazas a la Historia del Colegio Pio Latinoamericano de Roma, en un sustancioso y bien nutrido volumen de 500 páginas.

Mencionaba el señor Ramos Flores la fundación de la revista Estudios Históricos, cuya publicación tuvo que dejar en otras manos cuando ingresó a la Compañía de Jesús; y dijo también que “es el único jalisciense miembro de la Academia de la Historia, a la cual pertenece desde 1981, y fue fundador de la Sociedad de Historia Eclesiástica Mexicana, así como del Instituto Cultural Ignacio Dávila Garibi de la Cámara Nacional de Comercio de Guadalajara”. A esos honores y logros habría que agregar sus trabajos y la dirección en investigaciones dentro del Centro de Estudios Históricos Guadalupanos, con documentos, testimonios, búsqueda de referencias del hecho guadalupano a lo largo de escritos, de publicaciones, de diversos autores que han apoyado o negado la autenticidad de las apariciones a través de los siglos. En estos trabajos correspondió al padre Medina Ascencio encabezar los estudios de investigación requeridos en las causas de beatificación para determinar los datos biográficos de Juan Diego, las informaciones que dieron cuenta de su vida transparente, en piedad y acatamiento de las enseñanzas cristianas de su tiempo, de todo lo cual pudiera establecerse en definición de la Santa Sede el rango de su beatitud que a los 450 años de distancia fue otorgada a feliz vidente del Tepeyac.

Entre otras obras que componen el acervo bibliográfico del padre Medina Ascencio conviene mencionar un librito que por pie de imprenta sólo consigna el año de su edición, 1978. Se trata del Resumen histórico de la persecución religiosa en México, 1910-1937, obra virtualmente desconocida y por cierto de gran peso e interés, por la equilibrada objetividad con que recorre ese escabroso capítulo de nuestra historia. O también la edición de Archivos y bibliotecas eclesiásticos. Normas para su mantenimiento y conservación, en edición de JUS, 1966. Es un útil y práctico manual de consulta y de normas sencillas y claras que deberían observarse de parte de los señores curas para que los archivos parroquiales reciban el tratamiento y cuidado que merecen valiosos acervos documentales que en ocasiones son consumidos por la humedad, la incuria o el ataque de feroces bichos, sin que llegue hasta ellos una mano misericordiosa que los rescate de su destrucción.

Finalmente y en lectura de corrido, mencionaremos algunos temas de trascendencia publicados en dos revistas. En Ábside, 1939, “Francia y el primer enviado mexicano ante la Santa Sede, un documento inédito”; 1941, “Un perfil franciscano: fray Luis del Refugio de Palacio”; 1947, “La autenticidad de la encíclica de León xii”, con documentos inéditos; 1946, “Trento y su obra”; 1951, “Introducción a Tucídides, su tiempo y sus predecesores”, y en ese mismo año “Introducción a Tucídides, el hombre”; 1956, “El Indeterminismo y la escolástica, notas sobre las leyes del microcosmos”. En la revista Estudios Históricos: 1943, “Nuevas luces sobre la encíclica de León xii”, y en el segundo número y los siguientes, hasta el 6 inclusive, de 1945, los diversos capítulos y apartados de lo que luego sería el primer tomo de su ópera magna: La Santa Sede y la emancipación mexicana.

***

He de concluir dando gracias a Dios que nos da el gozo de vernos aquí con el padre Luis Medina Asencio, como retoños de olivo al borde de su silencio, que es tanto como decir a orillas de su sabiduría, de su ejemplo de fidelidad a una vocación, de las líneas que dibujan el perfil de su sencillez, de su bondad, la amistad y el afecto paternal que nos ha dispensado.

En segundo término, hemos de aceptar las limitaciones que tiene todo intento de reproducir la fisonomía de una persona. Nadie puede dar una definitiva definidora vida y milagros de nadie. Pero todos podemos, como en este caso, decir al padre Medina Asencio que el Centro de Estudios Históricos Fray Antonio Tello, obra suya, así como la cincuentona revista Estudios Históricos, representan un testimonio que dirá más allá de nosotros lo que nosotros, queriéndolo y todo, no sabemos decir.



1 Escritor y periodista (El Teúl, Zacatecas, 1927).

2 Mecanoescrito de una conferencia pronunciada por su autor en la Cámara de Comercio de Guadalajara en 1994, proporcionada por él para este Boletín.



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